viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen (1934-2016)

Así pues, una vez más se reunieron en la roca, al término del vigesimosegundo año, e Ish grabó el número 22 en la superficie lisa con el martillo y el cincel, justo debajo del 21. Como hacía un buen día y nada de frío, había acudido la comunidad entera, hasta las madres con los bebés. En cuanto el número estuvo grabado, todos, salvo los que eran tan pequeños que no sabían hablar, se desearon feliz año nuevo, según la costumbre que habían mantenido de los Viejos Tiempos.
Sin embargo, cuando Ish, siguiendo el ritual, preguntó cómo debían llamar al año, no obtuvo más respuesta que un silencio repentino.
Al final, quien tomó la palabra fue Ezra, el buen ayudante, el gran conocedor de almas.
--Este año han pasado demasiadas cosas y, le pongamos el nombre que le pongamos, siempre nos sonará mal. En cambio, los números consuelan y no traen malos recuerdos. Dejemos este año sin nombre y recordémoslo tan solo como el año 22.

George R. Stewart, La tierra permanece

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lunes, 28 de octubre de 2013

Lou Reed (1942-2013)

Le robo esta ilustración de Alejandro Terán a Álex Vidal.

Ya he hablado de Lou Reed en varias entradas de este blog, así que no tengo que demostrar lo fan que era de él. Discos como los tres primeros de la Velvet Underground, Transformer, Rock and Roll Animal, New York, Songs for 'Drella, Magic and Loss, Coney Island Baby y, sobre todo, Berlin, se cuentan entre mis favoritos. Sería tan difícil detallar los momentos de mi vida que asocio con discos o canciones de Lou Reed, y además tengo tan poco tiempo para ello, que ni siquiera me molestaré en tratar de desglosarlos.
En todo caso, he aprovechado para trastear por Spotify y abrir una lista con mis canciones favoritas de Lou Reed, para escucharlas mientras trabajo, a modo de homenaje. Espero que os guste.

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jueves, 24 de octubre de 2013

Un año

Hoy hace un año que desayuné con la noticia de que mi padre acababa de fallecer. De ese modo se cerraba un ciclo muy simbólico: nos quedamos embarazados al mes de fallecer mi madre, y mi padre falleció a los diez días de nacer Mireia. 
Cualquier consideración, comentario o evocación al respecto sería un puro pasteleo o pornografía emocional por mi parte, y hay cosas que, a estas alturas, prefiero no compartir en público. 
Sin embargo, no me resisto a colgar una foto suya, que creo que ya había aparecido en el blog. Nos muestra a un suboficial recién salido de la Escuela de Zaragoza que prefería pasarse los domingos confraternizando con los saharauis en Villa Cisneros o en Cabeza Playa y aprendiendo a chapurrear hassanía antes que ir a misa, para cabreo del capellán castrense. Creo que la anécdota lo define muy bien, tanto a la persona como al personaje.
Quería hacer constar este aniversario: es lo justo.


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martes, 20 de diciembre de 2011

Juan Carlos Planells (1950-2011)

Mi última colaboración (hasta el momento) con Literatura Prospectiva es el obituario del escritor, crítico, bloguero y corrector Juan Carlos Planells, que falleció el 3 de diciembre en Barcelona. Dejé un comentario a la noticia, Nacho Illarregui me pidió que lo ampliara, y me salió el texto que podéis leer a continuación. Aquí está el enlace a su edición original en Literatura Prospectiva. 
Los incontables ensayos que escribió Juan Carlos a lo largo de sus más de treinta años de actividad en el fándom son una de las fuentes obligatorias para entender el desarrollo, auge, caída, nuevo auge y atocinamiento de la literatura fantástica española. Su obra literaria, personal e inclasificable, merece no caer en el olvido, ya que contiene una de las novelas (El enfrentamiento) y varios de los relatos ("Cambio de guardia", "¿Cómo mataremos la tarde del domingo?", "Cofres", "De muerte y de dolor", "Heridas y cicatrices", La mirada del intruso", "Otro día sin noticias tuyas" y "Una oveja negra y varios lobos") más representativos de lo que ha sido el género intra fándom. Su blog es un punto de referencia obligado. Y su labor profesional, corrector de estilo y galeradas, es más importante de lo que parece, ya que ayudó a elevar los estándares de calidad de editoriales como Gigamesh.
Ha muerto, pues, uno de los nombres fundamentales para entender la ciencia ficción española de los últimos treinta y tantos años. Y una persona llena de contradicciones, pero atenta, de trato agradable y, a su manera, entrañable.

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El pasado 3 de diciembre falleció el escritor, crítico y corrector Juan Carlos Planells. Tenía sesenta y un años, y un ictus cerebral se lo llevó por delante. A juzgar por la fecha en que fue enterrado (cuatro días después del óbito), cabe suponer que murió solo. Es este un hecho relevante, ya que muchos aspectos de la vida (y, suponemos, muerte) de Juan Carlos transcurrieron en soledad. Pese a que le costaba abrirse a los demás (creo que todos lo recordaremos con esa sempiterna media sonrisa entre tímida y socarrona) y nuestra relación era más cordial que amistosa (sensación, supongo, que compartirán los aficionados que tuvieron más trato con él), uno no deja de tener la impresión de que sus últimos años fueron tristes y solitarios, en parte por los avatares de la vida, y en parte por elección. Manteníamos un contacto esporádico, y meramente epistolar, fruto de la simpatía mutua que nos profesábamos de los tiempos en que trabajé en la editorial Gigamesh y, antes, en que ambos colaborábamos con sus revistas, primero a las órdenes de Alejo Cuervo y después a las de Julián Díez.
Nuestro último intercambio de mensajes se produjo hace algo más de dos años, entre junio y septiembre de 2009. Me comentaba que apenas le quedaban clientes, ya que algunas editoriales lo habían catalogado como persona «poco fiable». Le facilité los datos de toda mi agenda de contactos, con indicación expresa de cuáles me parecían los más idóneos para su perfil profesional (corrección de galeradas en papel y en castellano). Después de unos cuantos mensajes centrándonos en un cliente en concreto, que manifestó su interés por contactar con él, me comentó, con la sencillez y amabilidad que lo caracterizaban, que en realidad ya no hacía falta, que había renunciado a la tarea de seguir buscando clientes, que ya le daba todo igual, y que muchas gracias por la gestión. Lo siguiente que supe, a través de Álex Vidal, era que había vendido buena parte de su biblioteca privada. Y, pocos meses después, en su blog, una serie de entradas en las que comentaba con todo lujo de detalles sus peripecias en el mundillo de los comedores sociales. Y ahora, un año después, nos llega la noticia de su muerte. No me cabe la menor duda de que no murió como le habría gustado (y creo que tenía unas indisimuladas preferencias al respecto; que lo entienda quien quiera), pero sí tengo la impresión de que no quería seguir viviendo, de que ya había bajado los brazos. El resto, lo que ya sabemos que sucedió el día 3 de diciembre, solo era cuestión de (poco) tiempo, supongo.
Algunos obituarios, y muchos comentarios de viva voz, insisten en que Juan Carlos tenía una personalidad que se podría calificar de difícil. No lo conocí lo suficiente como para saber hasta qué punto era cierto, pero no era infrecuente recibir mensajes suyos en forma de filípica contra tal o cual editorial o revista, desautorizando de manera expresa esta publicación o aquel proyecto. No dejaba de ser una manera de recibir noticias suyas y de saber que estaba bien, o no muy mal. En todo caso, cabe decir algo que creo que lo honra, y que en cierto modo puede ayudar a desmentir esa reputación: durante los años más duros de esa guerra fría que sufrió el fandom en la década de 1990, Juan Carlos fue uno de los poquitos autores que simultaneó sus colaboraciones en BEM y Gigamesh, los dos polos de esa lucha intestina que ahora no interesa a nadie, y que en aquel momento parecía que solo dejaba de interesarle a él. Esto dice mucho acerca de su lealtad (amigo personal de Joan Manel Ortiz y de Alejo Cuervo, ya desde los tiempos del fanzine Tránsito) y del respeto que inspiraba (como «vieja gloria» de los tiempos míticos de Nueva Dimensión, cuyas páginas verdes prácticamente acaparó en los últimos números de la revista). En mi caso, el trato fue siempre cordial, y todo lo amistoso que él podía llegar a ser.

Una de mis primeras incursiones en el género había sido el volumen conmemorativo del número 100 de Super Ficción de Martínez Roca, en el que Alejo Cuervo, Albert Solé y él reseñaban todos los títulos de la colección. Ese fue mi primer contacto con su faceta ensayística; le siguieron sus impecables reseñas que aparecían en la primera época de la revista Gigamesh y, después, en los Nueva Dimensión que iba consiguiendo en los saldos. No lo conocí en persona hasta la década de 1990, supongo que en la HispaCon de Barcelona (1991). Con todo, cuando más y mejor lo conocí fue durante los cinco años en que estuve al frente de las revistas Stalker y Gigamesh. Telefonearlo para cantarle los títulos que componían los hit-parade de las revistas era todo un placer, porque, además de la calificación de la película o libro de marras, te razonaba el porqué de su voto, te hacía comentarios que solo puedo calificar de hiperenlaces de viva voz y, en resumen, lo que era una llamada meramente burocrática se convertía en una charla distendida que a veces se prolongaba más de media hora. Cuando se acercaba a la editorial, con esas galeradas que corregía de manera irreprochable y en un tiempo récord, a veces me correspondía hacer los honores de recibirlo (si Álex estaba pendiente de otras cosas) y, entre café y café, aprendía lo que no estaba escrito. Hablar de trabajo con Juan Carlos era, sobre todo, eso: aprender.
Tardé mucho en saber que Juan Carlos era hijo de un pintor surrealista, Àngel Planells. En alguna ocasión comentó que había conocido a Salvador Dalí. Esas infancia y adolescencia, a caballo entre la casa paterna en el corazón del Eixample (lo que ahora se llama el Gaixample) y unas vacaciones en la Costa Brava, supongo que en el Cadaqués natal de su padre, nos ilustran acerca de un modo de vida que se está extinguiendo. La Barcelona (y, por ende, la Cataluña) burguesa, de pintores no demasiado bohemios, de pisos inmensos de renta antigua, con bibliotecas suficientes para quedarse atrapado en ellas, atado a la lectura y los recuerdos, cual Peter Pan en una versión con seny del Arrebato de Iván Zulueta. La Cataluña de la burguesía tardofranquista cuyas contradicciones eran divertidas, con sus hijos perdiéndose una y mil veces entre novelas de Juan Marsé y canciones de Jaume Sisa o Pau Riba, entre las minifaldas provocadoras que se ponían las niñas bonitas de la gauche divine de la calle Marià Cubí y las borracheras de licores y psicotrópicos de un Canet Rock cualquiera, entre ejemplares polvorientos de la revista Patufet adquiridos en el Mercat de Sant Antoni y títulos más polvorientos de la colección Galaxia de Vértice o de revistas Más Allá, adquiridos en alguna librería de lance de la calle Aribau. Esa Cataluña mítica, en resumen, que evocan los cuentos de terror de Cristina Fernández Cubas o los ultracortos inclasificables de Pere Calders (y que, a su vez, no son más que una traslación en clave fantástica de una vertiente realista que se halla presente en la obra de Mercè Rodoreda), de la que Juan Carlos tal vez fuera su único (y, si hubiera tenido seguidores, máximo) exponente, gracias a relatos como «Otro día sin noticias tuyas», «De muerte y de dolor» o «Una oveja negra y varios lobos» y, por supuesto, a la novela El enfrentamiento, a la que ya se refería en el Nueva Dimensión número 145 (el especial Philip K. Dick, de 1982).

El enfrentamiento, claro. Resulta inexcusable hablar de Juan Carlos Planells y no referirse a esta novela. Imperfecta. Con una estructura poco clara. Fascinante. Absorbente. Una joya sin pulir, una tormenta de ideas en medio de un mar sereno. ¿Un 3 sobre 5? Es probable, si se juzga con criterios meramente literarios y de resultados. Y, no obstante, una obra mucho más importante que todo eso. Al igual que él, que Juan Carlos, una obra que inauguraba y clausuraba un estilo por sí misma, y que habría sido su máximo exponente si hubiera tenido seguidores. Una novela dickiana, nuestro Hombre en el castillo, vale, pero también nuestra Plaza del Diamante, la constatación de que Juan Carlos apuntaba en ambas direcciones: a la mejor tradición de esa ciencia ficción que conocía como casi nadie en España (y a la que dedicó algunas de sus mejores páginas, aunque, claro está, no llamaran la atención de ningún estudioso porque «solo eran reseñas») y a la mejor tradición de esa literatura catalana de posguerra que, sospecho, también conocía como casi nadie en Cataluña. Tal vez ese retrato de una resistencia antinazi recordase mucho a las películas o novelas bélicas, y también a las ucronías y novelas de ciencia ficción, pero, ante todo, creo que Juan Carlos estaba hablando de Cataluña y de sí mismo. De esa Cataluña perdida en algún rincón de su casa, en forma de libro antiguo o cuadro con la firma de su padre. Puro kipple. ¿A alguien le extraña que sus autores de cabecera fueran Philip K. Dick, J. G. Ballard o Keith Laumer? Pero también es una novela policíaca. Atención, lectores: Juan Carlos se encasilló en las publicaciones de ciencia ficción porque tal vez no deseaba otra cosa, aunque sé que colaboró con (o, al menos, leía) revistas como Gimlet. Si hubiera sido asiduo de las Semanas Negras o Prótesis hubiera aparecido antes, habría sido un autor reconocido de género policíaco. Sabía un montonazo de este género, casi tanto como del fantástico.
Juan Carlos subía a la editorial, entre los años 2002 y 2006 (y después, pero de eso ya no tengo constancia directa), siempre con esa sonrisa, siempre con ese comentario irónico o ese dato erudito que te dejaban patidifuso (sobre todo, porque los habías tenido delante de tus propias narices y no habías sabido verlos), cargado con tochazos de mil folios que llevaba en bolsitas de plástico: las primeras y las segundas compaginadas del título que fuese a sacar la editorial en aquel momento. A veces añadía alguna reseña, siempre mecanografiada, que le habías encargado porque sabías que le hacía ilusión aparecer publicado en las revistas. De este modo, Juan Carlos escapaba a los corsés limitadores de los números de palabras o caracteres. A cualquier otro colaborador le podías encargar una reseña de quinientas palabras (o de mil, si iba a encabezar la sección de reseñas). Juan Carlos no. Él te llevaba la puñetera Biblia (tres, cuatro, hasta seis folios), siempre escrita a máquina, y claro, tú tenías que picar el texto y verterlo a Word. Susto: dos mil quinientas palabras. Dios, le habías pedido cinco veces menos. Dios, no sobraba nada, ni una puñetera coma. Dios, tenías que recomponer la sección de reseñas (claro, de repente había que dejar fuera dos o tres) y, en ocasiones, encabezarla con la suya. Dios, a veces te planteabas si sacar esa reseña de la sección y considerarla un ensayo con personalidad propia, en la «parte noble» de la revista. La pistola de rayos, de Philip K. Dick. Furia feroz, de J. G. Ballard. Dos de las cuatro o cinco mejores reseñas que aparecieron en los trece números de Gigamesh que tuve el placer y el disgusto de dirigir.

Y siempre, siempre, mecanografiadas. Excepto al final. En algún momento de 2005, Juan Carlos descubrió los ordenadores. Además, comenzó a contarnos sus desventuras en el cibercafé. Él, un señor de cincuenta y tantos años, nos hacía partirnos de risa, entre café y café, con esas anécdotas que tenían como protagonista a la señora bielorrusa de su ciber (no olvidemos que carecía de recursos como para instalarse internet en su piso). Comenzó a pasarnos material de ficción. Cuentos que, de manera invariable y para mi desesperación (¡quería publicarle un relato a toda costa!), le rechazaba, porque lo mínimo que le exigíamos era el nivel de «Gatos en medio de la calle», y lo cierto, siendo indulgente, era que esos nuevos relatos no alcanzaban el nivel de lo que sabíamos que Juan Carlos era capaz de escribir. De lo que Juan Carlos había escrito en un pasado no tan remoto. Eso sí, siempre llamaba la atención el vigor con que aceptó la llegada del 2.0 y del siglo XXI a su vida. Relatos protagonizados por usuarios fantasmas de un chat. Relatos protagonizados por canciones fantasmas de su idolatradísima Avril Lavigne. Era otro Juan Carlos Planells, tal vez no tan brillante como el de los relatos de la década de 1990, pero igualmente personal y único. Como el blog que inauguró en esa época. Qué paradoja: el autor más reticente a las nuevas tecnologías, el que te lo mandaba todo mecanografiado y no tenía ordenador, fue, al mismo tiempo, el bloguero más incansable, prolífico y brillante que he conocido. Porque no cabe duda al respecto: su blog Planells Facts & Fiction es uno de los más memorables que jamás haya parido friqui español alguno.
Estos últimos relatos también son premonitorios, en cierto modo. No puedo dejar de acordarme de ellos ahora que leo acerca de su muerte. La muerte estaba tan metida en la personalidad y mentalidad de Juan Carlos que cuesta creer que no haya acudido antes a su encuentro. Tal vez llegaron a algún tipo de arreglo, en plan «Venga, déjame escribir esta entrada sobre Ken Russell» o «Haz el puto favor de permitirme acabar la sección Galería de mujeres», que ella, la muerte, se negó a cumplir. O puede que Juan Carlos, erotómano impenitente, no pudiera resistirse a los encantos de la parca: es una mujer, al fin y al cabo. Otra de sus grandes pasiones.
En cualquier caso, con Juan Carlos Planells se va uno de los últimos artesanos. Uno de esos críticos inclasificables, como Emilio Serra o Alfredo Benítez. Uno de esos escritores que son un subgénero en sí mismos, como Enrique Lázaro. Alguien que ejemplifica como nadie la difícil transición del folio mecanografiado a los ordenadores, del marcador rojo de corrector de galeradas a la corrección en Word o PDF, de las editoriales en las que contaban los conceptos de equipo y capital humano a los grandes trusts acéfalos y pendientes única y exclusivamente de la cuenta de resultados. El futuro y la realidad atropellaron a Juan Carlos y lo dejaron sin trabajo, sin dinero y prácticamente sin vida, pero él respondió con honestidad, brillantez y buen hacer. Y con esa sonrisa socarrona con la que siempre lo recordaremos, incluso aquellos que, sin haber llegado a ser sus amigos, lo apreciábamos de veras.

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viernes, 16 de diciembre de 2011

Carmen Romero (1929-2011). Mi madre.

El pasado 6 de diciembre falleció mi madre, Carmen Romero.


(He desactivado los comentarios de esta entrada. Espero que lo entendáis. En la próxima entrada volveré a activarlos.)

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viernes, 19 de febrero de 2010

Alonso Santiago

Anoche falleció Alonso Santiago, de lo que eufemísticamente se suele denominar "una larga y penosa enfermedad". Últimamente vivía en el Puerto de Santa María, donde hace unos días se inauguró una exposición retrospectiva sobre su obra pictórica (Sala CAI, hasta el 20 de marzo, por si vivís cerca y os apetece verla).
La vocación artística de Alonso venía de familia: su padre, don Alfonso Santiago, también fue pintor. En los últimos tiempos compaginaba su labor pictórica con la literaria: había obtenido algunos premios de relatos y publicado en recopilaciones de poemas. Y, además, tocaba muy bien la guitarra española. Era, pues, un todoterreno.
De su evolución como pintor poco puedo contar: dejo esa tarea a los críticos de arte. Sólo asistí a una exposición de sus obras, en la madrileña galería Loring, a mediados de los años ochenta. Por aquel entonces hacía poco tiempo que había decidido dejar su puesto de trabajo como restaurador en el Museo del Ejército y dedicarse a tiempo completo a su gran pasión, la pintura. Su obra es extensa y, como digo, no sé lo suficiente de ella como para analizarla y categorizarla.
Pero Alonso no se dedicó sólo a pintar cuadros. También desarrolló una fértil carrera como ilustrador. Resultan memorables sus trabajos en libros de temáticas tan dispares como la elaboración de gazpacho, la Lisboa de Fernando Pessoa o las diversas suertes del toreo. No obstante, su obra de arte definitiva en la materia, entiendo, es Teleny, de Oscar Wilde, en la edición de Valdemar. Aparte de las ilustraciones de cubierta e interiores, destacan las letras capitulares, un prodigio de erotismo, trazo firme y, si se quiere, humor.

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lunes, 20 de abril de 2009

J. G. Ballard (1930-2009)

jueves, 26 de febrero de 2009

Postales desde el Mundo del Río


Es la primera vez que me entero de una noticia por Facebook, en vez de hacerlo a través de blogs o listas de correo, así que supongo que ésta va a ser la tendencia a partir de ahora.
Leo en el mensaje de estado de José Antonio del Valle que Philip José Farmer acaba de fallecer, y me quedo de piedra. No porque no me lo esperase (tenía noventa y un años), ni porque lo considerase el mejor autor de su generación, sino por una cuestión de puro cariño. Empecé en esto por culpa, entre otras (pocas) lecturas, de la serie del Mundo del Río. Me pasé la primera adolescencia soñando con resucitar en un mundo en el que estuviese toda la gente que ha existido en la historia de la humanidad, y poder conocer a mis ancestros, a gente famosa, a gente normal... y poder resucitar una y otra vez, y no tener que luchar por el alimento y caminar siempre desnudo en la orilla de un río inabarcable e interminable. También quería explorar los mundos que se abrían a través de Pórtico, ser alumno de Hari Seldon o asociarme con los tunantes Arnold y Gregor, pero, por encima de todo, lo que yo quería era explorar el Mundo del Río, con la compañía de Richard Francis Burton, Mark Twain o quien fuera.
Por aquello de la economía de medios (y que estoy a reventar de trabajo), copio y pego la necrológica que acabo de colgar en el Foro Fantasy de Círculo de Lectores. Sólo me he dejado una referencia que me parece obligatoria: hablar de "Las ruinas de mi cerebro", otro de mis relatos favoritos de todos los tiempos. Quitando eso, suscribo la necrológica palabra por palabra, con la perspectiva histórica que me dan los treinta minutos que han pasado desde que la escribí.
En casos como éste, lo razonable es ir a la librería más cercana, comprar algún título de Farmer y rendirle homenaje como a él le hubiera gustado: leyendo su obra. Pero, que yo sepa, sólo hay título suyo en catálogo; eso sí, el mejor. Hablo de A vuestros cuerpos dispersos. Si no lo conocéis, lanzaos a por él, sin duda. Vosotros también soñaréis con despertar en el Mundo del Río.

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El 25 de febrero falleció Philip José Farmer en su domicilio de Peoria (Illinois). Tenía noventa y un años.

Aunque no era un autor muy conocido por el gran público, lo cierto es que Farmer era uno de los grandes, y deja un poquito más huérfanos a los aficionados de todo el mundo, que ven cómo se mueren los autores de la denominada, con justicia, Edad de Oro de la ciencia ficción; ya sólo quedan Jack Vance (noventa y tres años) y Frederik Pohl (noventa).

Farmer nació en 1918 en Terre Haute (Indiana), y saltó a la fama con su novela Los amantes (1953), por la que ganó el premio Hugo al mejor autor novel. En ella se plantea un idilio entre un humano y una alienígena de una especie insectoide, en un mundo tiránico en el que este tipo de comportamientos está muy perseguido. El trasunto de la novela no era otro que las relaciones entre diferentes razas (en aquella década se comenzaban a abolir las discriminaciones con la minoría negra), y la novela levantó verdaderas ampollas. Leída hoy es bastante inocua, pero lo cierto es que se trata de una muy buena primera novela, y como tal hay que juzgarla.

Farmer abrió constantemente puertas a la apertura del género hacia nuevas formas expresivas y temáticas que hasta entonces se habían considerado tabúes. En 1960 publica una recopilación de relatos titulada Relaciones extrañas, en la que se adelanta a su tiempo en cuanto al tratamiento explícito de la sexualidad. En aquella época, sólo Theodore Sturgeon estaba yendo tan lejos en el campo de las publicaciones especializadas. De nuevo, algunos de los relatos han envejecido fatal en este aspecto, pero siguen siendo buenos relatos. No hay más que leer "Madre" o "Ábrete a mí, hermana mía".

Para estar a la altura del escándalo que supusieron los dos títulos ya citados, Farmer exploró a lo largo de su obra la sexualidad, e incluso la pornografía. La imagen de la bestia y Cuidado con la bestia, dos de sus novelas más famosas, son pornográficas, y Venus en la concha, firmada como Kilgore Trout, no es mucho menos explícita.

Con esta última, Farmer llegó a la culminación de una de sus obsesiones: el homenaje literario. Kilgore Trout es un personaje de las novelas de Kurt Vonnegut, y se inspira en el también escritor Theodore Sturgeon. De este modo, Farmer estaba rizando el rizo: escribía una novela "a la manera de" Vonnegut, firmada como uno de sus personajes y basada en otro autor. Merece la pena leerla.

Con todo, sus homenajes literarios más famosos tienen como protagonistas al Tarzán de Edgar Rice Burroughs y a Doc Savage. El primero aparece en una trilogía que comienza con otra de sus grandes novelas, A Feast Unknown. Y uno de sus cuentos más famosos, "El Niño Podrido de la Selva pasa de todo", consigue hacer funcionar un homenaje literario casi imposible: escribir un cuento del Tarzán de Edgar Rice Burroughs escrito a la manera del escritor vanguardista William Burroughs.

Su dominio del relato fue incuestionable, y lo convirtió en uno de los abanderados de la penúltima revolución que ha experimentado la ciencia ficción: la Nueva Ola. La antología emblemática del movimiento, Visiones peligrosas (seleccionada por Harlan Ellison) contiene el cuento más famoso de Farmer, y tal vez el mejor: "Jinetes del salario púrpura". Se llevó el Hugo, y comenzó a ser uno de los autores más influyentes del género. Ya no se limitaba a homenajear a sus ídolos y hacer aparecer a sus amigos en sus novelas, sino que él mismo marcaba tendencias y servía de inspiración a otros autores. Así, la serie de Ámbar de Roger Zelazny le debe mucho a la serie de Tiers, que comienza con Hacedor de universos.

Pero, por encima de todo, Philip José Farmer va a ser recordado por la serie del Mundo del Río, uno de los hitos de la ciencia ficción. Su primera parte, A vuestros cuerpos dispersos (1971), ganó el Hugo y aparece en todos los listados de mejores novelas de ciencia ficción. Con motivo. Farmer crea uno de los escenarios más apasionantes que ha dado el género: en un futuro cercano, toda la humanidad resucita en un planeta terraformado cuya superficie entera es el valle de un inmenso río. El protagonista, irónicamente, es Richard Francis Burton, el mítico explorador que descubrió las fuentes del Nilo. Se embarca en una expedición para encontrar, precisamente, las fuentes de ese río inmenso, y en el camino va rodeándose de personajes variados, algunos famosos y otros no: un neanderthal, un escritor de ciencia ficción (Peter Jairus Frigate, las mismas iniciales que Philip José Farmer) y un extraterrestre. Con el tiempo descubre que los humanos resucitados pueden morir... y resucitar; eso sí, en otro punto indeterminado del cauce del río. Ahora bien, tal vez no puedan resucitar indefinidamente.

La segunda novela de la serie, El fabuloso barco fluvial (1971), mantiene el nivel de la primera y está protagonizada por un piloto de barco de vapor del Misisipí, Samuel Clemens... que no es otro que el nombre auténtico del escritor Mark Twain. Las siguientes tres novelas, El oscuro designio, El laberinto mágico y Dioses del Mundo del Río, son de calidad decreciente y tal vez dejen un regusto amargo al lector, pero ya se sabe qué difícil es terminar bien una serie cuando comienzan a darse demasiadas explicaciones, algunas de ellas contradictorias...

Sea como fuere, Philip José Farmer es uno de los grandes escritores de ciencia ficción, un autor polivalente, irregular y prolífico, pero siempre fascinante.


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jueves, 10 de julio de 2008

Muere Sergio Algora (1969-2008)


Parece que el blog se me va a convertir en una recopilación de necrológicas, pero esto es lo que hay. El lunes me hice eco del fallecimiento de Thomas M. Disch, y en semanas anteriores me sentí tentado de hablar acerca de Matilde Horne y Simone Ortega. Hoy hablaré de Sergio Algora, ex cantante de El Niño Gusano, uno de los grandes grupos del pop español de los noventa, y actual mitad creativa de otro grupo interesantísimo: La Costa Brava. Tenía treinta y nueve años. Padecía del corazón, por lo que lo había pasado por el quirófano hace tiempo.
La escena indie española de los noventa tuvo en El Niño Gusano uno de sus mejores representantes. Discos como El efecto lupa o Circo luso tienen un candor y una sonoridad pop arrebatadoras, pero también letras surrealistas que nos permitían hablar de un mundo propio. Siempre estuvieron ensombrecidos por el éxito de otros grupos más comerciales o conocidos (Surfin' Bichos, Australian Blonde, Manta Ray, Los Planetas), pero, diez años después, entre los no demasiados momentos salvables de aquella década (lo siento, hoy tengo el día setentero) sin duda podemos encontrar un puñado de canciones de El Niño Gusano, como esta "Pon tu mente al sol".



Si pudiera elegir, saldría de la bolsa del canguro,
si tuviera que elegir me quitaría la piel para estar desnudo.
Yo no sé contar lo que pasa en la realidad.

Si pudiera elegir sería el hombre más lento del mundo.
Ya tengo listo un traje nuevo para mi corazón.

Pondré mi mente al sol,
pondré mi mente al sol,
Pondré mi mente al sol,
pondré mi mente al sol...

Tejí con hilo verde una alfombra de hojas donde tumbarme,
también fabriqué un dado con la palabra "hoy" en cada lado.
Yo no sé contar lo que pasa en la realidad.

Y si pudiera elegir, saldría de la bolsa del canguro,
ya tengo listo un traje nuevo para mi corazón.
Yo no sé contar lo que pasa en la realidad.

No, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío, con frío...
No, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío, con frío...
No, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío, con frío...
No, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío, con frío...

Tras la disolución de la banda, y con el cambio de milenio, Sergio Algora se unió al ex Australian Blonde Fran Fernández para formar otro grupo igual de heterodoxo, La Costa Brava. El candor surrealista de El Niño Gusano se convertía aquí en una mala leche subidísima, con una melodías pop casi de canción francesa. Le cantaban a Natalia Verbeke y Beyoncé Knowles, o le dedicaban canciones a las pijas de su ciudad. Atentos a la letra: es de lo más inteligente y malintencionado que se ha compuesto por estos pagos.



Adoro a las pijas de mi ciudad.
Su aroma es tan distinto
que uno se esfuerza en averiguar
el secreto de sus besos.

Su estilo de vida tan convencional
me produce tanta envidia.
Incluso el más cínico puede apreciar
la belleza de las cosas simples.

Van rompiendo los corazones
en sus coches de tres millones.

Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, te lo cambio...
Te lo cambio por amor, el dinero...

Cuantas veces disfruto al verlas bailar
esos ritmos latinos
o las sevillanas con esfuerzo aprendidas
para no ser menos.

No és sólo la ropa que pueden comprar,
brillan por si mismas.
Y cuando el buen tiempo las viste de estreno
cortan el aliento.

No conozco a quien se resista
a su sonrisa de dentista.

Te lo cambio por amor, te lo cambio ...
Te lo cambio por amor, te lo cambio ...
Te lo cambio por amor, te lo cambio ...
Te lo cambio por amor, el dinero que tu padre te dejó.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.

Las chicas modernas enseñan las piernas.
Las chicas de barrio levantan las manos.

Pero la cosa no quedó ahí. También escribía poesía y tenía un blog.
Todo esto se ha ido para no volver. Una pena. Nos quedamos sin las novelas de Thomas M. Disch y sin las letras de Sergio Algora, todo ello en la misma semana. Siete días aciagos para la inteligencia, en suma. A ver si la cosa remonta.

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lunes, 7 de julio de 2008

Muere Thomas M. Disch (1940-2008)

Desayuno, como quien dice, con una pésima noticia: el escritor estadounidense Thomas M. Disch se ha suicidado en su domicilio de Nueva York, el 4 de julio. No pudo superar la pérdida de su pareja, Charles Naylor, ni la amenaza de desahucio que pesaba sobre su apartamento. Tenía 68 años. Muere, valga la imagen grosera y morbosa en circunstacias como ésta, como podría morir uno de los personajes de la que tal vez sea su obra cumbre: 334.

Nacido en Des Moines, Iowa, estudió en colegios católicos de Minneapolis y se aficionó a la poesia, la música clásica, la ópera y el ballet. En Nueva York trabajó como extra en la Metropolitan Opera, guardarropa en un teatro de Broadway, agente de seguros, corrector de estilo, empleado de pompas fúnebres... Todo esto se puede ver en otra de sus grandes novelas: En alas de la canción.

En 1962 publicó su primer relato, "The Double Timer". Viajó alrededor del mundo con el también escritor John Sladek. Durante aquel viaje (o gracias a las experiencias derivadas de aquel viaje) escribió varios cuentos magníficos como "Casablanca" y "La costa asiática", un pequeño clásico de factura delicada, trasfondo onírico y descripciones maravillosas de una Estambul espectral. Sigo pensando que es el mejor contenido que apareció en el fanzine que Julián Díez y yo editábamos en los años noventa, Núcleo Ubik, y estaba empeñado en reeditarlo en un Gigamesh especial Thomas M. Disch que no llegó a aparecer, del que sólo quedan unas casillas en una hoja de cálculo y que muy bien podría haber estado rematado con otros dos contenidos de auténtica traca: "Understanding Human Behaviour" (que, creo, sigue inédito en castellano) y El cardenal se desintoxica. Arturo Villarrubia estuvo en contacto con el autor, que lo hizo partícipe de numerosas confidencias: sí, por supuesto que le ilusionaba la idea de un número especial de la revista; no, por desgracia no podría acudir a la Semana Negra, a la que estaba invitado, ya que se encontraba sumido en una fuerte depresión debida a problemas personales.

Durante su viaje alrededor del mundo, Disch escribió Los genocidas (1965, en México), The House That Fear Built (1966, en Casablanca), The Puppies of Terra y Eco alrededor de sus huesos (1967, en la Costa del Sol) y Campo de concentración (1968, en el Tirol). Son obras sombrías y maduras, novelas de un estadounidense que escribe como un británico. La primera es una de las novelas de invasión extraterrestre más sombrías que se han escrito jamás. La última es una advertencia contra los totalitarismos y la utilización de reclusos con tratamientos experimentales en investigaciones gubernamentales. Los totalitarismos: una de las constantes de Disch. La historia de un recluso de conciencia a quien se le inocula una enfermedad para comprobar si repercute en su inteligencia estremece, pero estremecen más esas apostillas, frases sueltas anotadas aquí y allá, que la hacen más coherente, incluso. Una de ellas no se me ha borrado desde que leí la novela, en mi adolescencia: "Cada vez que escucho la palabra 'inteligencia', descorro el seguro de mi pistola".

De vuelta a Nueva York, Disch escribe guiones para la serie televisiva El prisionero, publica poesía (Highway Sandwiches, 1970, junto con Charles Platt y Marilyn Hacker), libros infantiles (The Brave Little Toaster, 1986, que apareció en Nueva Dimensión como "El pequeño tostadorcito" y fue llevado al cine por Disney, como La tostadora valiente), teatro (El cardenal se desintoxica, 1990, que fue retirada de la cartelera de Nueva York por su contenido anticlerical... y estrenada no hace mucho en el circuito de teatros independientes de Madrid; de nuevo, Arturo os podrá dar más datos al respecto, ya que conoce al director del montaje) y ensayos (The Dreams Our Stuff Is Made Of, 1998, premios Hugo y Locus; y On SF, 2005).

Más tarde, Disch se apartó de la ciencia ficción catastrofista de sus inicios para centrarse en una literatura del futuro más cotidiano (334, 1972, tal vez una de las mejores distopías escritas por un autor surgido de las publicaciones especializadas, y una de las más sencillas y cotidianas; y En alas de la canción, 1979, premio J. W. Campbell y finalista del National Book Award, en la que escribía acerca de la represión de la homosexualidad y las tendencias artísticas del protagonista en unos Estados Unidos totalitarios gobernados por el sector duro de la derecha del Medio Oeste) y, en sus últimos años, en el género de terror, con El ejecutivo (1984), Doctor en medicina (1991) y su homenaje a la novela gótica, El cura (1994), fallida pero con algunos momentos realmente brillantes, que le valieron ser finalista de la última edición del premio Xatafi-Cyberdark.

La muerte de Disch nos aleja de esa ciencia ficción cotidiana y de advertencia, de esas patadas al hígado que ahuyentaban a los lectores y que ya sólo vienen de fuera del fándom, en forma de La carretera, de Cormac McCarthy, o Futureland, de Walter Mosley. 334 fue uno de los títulos menos vendidos de Gran Super Ficción de Martínez Roca, del mismo modo que En alas de la canción es uno de los menos vendidos del catálogo de Bibliópolis. Grandes novelas de las que nadie quiere oir, puesto que nos hablan de una realidad dura, y nosotros no queremos eso, ¿verdad?, somos escapistas por naturaleza. O Los genocidas, uno de los pocos clásicos que siguen sin reeditarse, perdida ya en el tiempo la edición de Nebulae Segunda Época. ¿Nunca le perdonaremos a Disch el que nos comparara, a la brillante humanidad, con una plaga de insectos molestos a los que hay que exterminar? ¿A qué espera Edhasa para rescatarla?
Disch nos deja solos con nuestro negro futuro y nuestras falsas esperanzas. Ya casi no nos queda nadie para recordárnoslos.
¿Qué tal si se organiza un justo homenaje a su vida y obra en la próxima hispacón de Almería? ¿O en la Semana Negra que comienza esta semana, y a la que ya no podrá asistir?



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miércoles, 26 de marzo de 2008

Rafael Azcona (1926-2008)

Cuando muere el autor de los guiones más inteligentes de la historia del cine español, cualquier palabra que se escriba es completamente superflua. Ahí nos quedan El verdugo, Plácido, Tamaño natural y la serie Patrimonio Nacional, de Luis García Berlanga; El pisito, El cochecito y La gran comilona, de Marco Ferreri; El año de las luces, Belle époque y La niña de tus ojos, de Fernando Trueba; El bosque animado y La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda; La prima Angélica y ¡Ay, Carmela!, de Carlos Saura... Como el listado es casi interminable, selecciono dos fragmentos de la que para mí es la película española: El verdugo.




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martes, 14 de agosto de 2007

24 Hour Party Man

El verano trae malas noticias. Me entero ayer del fallecimiento de Tony Wilson, el legendario presentador televisivo y factótum de Factory Records y de la sala The Hacienda de Manchester; o, lo que es lo mismo, el inventor del Manchester Sound, el responsable de que esa ciudad británica fuera conocida por algo más que el fútbol. Nombres como Joy Division, New Order o Happy Mondays publicaron en su sello. Otros, como los Smiths, no quisieron hacerlo, pero también formaron parte del ambiente de la ciudad en los años ochenta.

(Videoclip de "24 Hour Party People", de los Happy Mondays)
La causa de su fallecimiento de Tony Wilson, según la noticia de El País, fue un infarto; pero hay mucho más detrás de esta muerte. Enfermo de cáncer de riñón, no pudo costearse el tratamiento (3.500 libras al mes), porque nunca quiso hacerse un seguro médico, y el sistema de sanidad pública británica, el NHS, no se lo quiso cubrir. De modo que sus amigos, entre ellos los hermanos Ryder, financiaron el tratamiento mientras fue humanamente posible. Como decía Tony Wilson: "Nunca suscribí un seguro médico privado, porque soy socialista. Y ahora me encuentro con que el NHS [la Seguridad Social] me cubre una abdominoplastia o una operación de cirugía plástica, pero no el medicamento que necesito para seguir vivo. Es un escándalo". ¿Para eso existe la sanidad pública? ¿Para hacerte liposucciones, y no para tratarte un cáncer? Si quieres sanidad de calidad, hazte un seguro privado. Claro.
Desde su programa So It Goes, Tony Wilson guió a la juventud británica por unos senderos musicales que cambiaron la manera de pensar y vivir de varias generaciones. Los Sex Pistols, Durruti Column, Siouxsie and the Banshees... Todos ellos desfilaron por una cadena local, y se hicieron grandes.
En el 2002, el gran Michael Winterbottom plasmó la experiencia de Tony Wilson en una película única e inclasificable, como toda su obra: 24 Hour Party People.

Este canto a la vida está narrado en primera persona por Tony Wilson, encarnado de manera muy convincente por Steve Coogan, y se permite diálogos casi inverosímiles con el público, cameos de los personajes reales dentro del film (con Viny Reilly, Howard DeVoto y, sobre todo, el propio Tony Wilson), reconstrucciones de escenas que parecerían imposibles si no supiésemos que sucedieron tal como nos las narran, y mucha, mucha música. En su momento, publiqué en Bibliópolis una de las críticas que con más gusto he escrito, y que aprovecho para reproducir en su integridad:
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Tal vez por aquello de que la música estadounidense siempre se presenta en un solo acto, Michael Winterbottom quiere dejar constancia de la nacionalidad británica de la música aquí incluida y estructura 24 Hour Party People en dos actos, ambos iniciados con Las Walkirias de Wagner como música de fondo.
El primero nos presenta a Tony Wilson, intrépido reportero del programa So It Goes de Granada TV, descubriendo las excelencias del ala delta. Estamos en 1976 y Wilson, pese a su popularidad mediática, no puede ocultar su verdadera vocación: la música. Manchester vive la crisis económica y su grupo rockero más emblemático, los Buzzcocks, está al borde de la disolución, tras la fuga de los miembros menos implicados en el proyecto de Howard Devoto y Pete Shelley. De hecho, el 4 de junio no pueden actuar en el Free Trade Hall, con lo cual las únicas estrellas son Johnny Rotten y sus Sex Pistols. Al evento acuden tan sólo cuarenta y dos personas, entre las cuales figuran los ya mencionados Devoto y Shelley, Tony Wilson y su esposa Lindsay, Ian Curtis, Peter Hook y Bernard Sumner (núcleo de la Joy División), Morrisey (futuro líder de los Smiths, que se negó a que su personaje apareciera en la película) y un pelirrojo apático llamado Mike Hucknall (Simply Red). Wilson, convencido del valor de aquella música inconformista, puebla su programa de actuaciones de los Pistols y de Siouxsie and The Banshees, y madura la idea de crear un sello propio, Factory, en el cual dar salida a sus inquietudes y las de toda una ciudad, Manchester. 24 Hour Party People (título, por cierto, de una canción de los Happy Mondays) es la historia de esa discográfica, del tránsito desde la inocencia descarada de aquellos primeros años hasta una inocencia mucho más peligrosa, la de una compañía sabedora de que tiene en catálogo grupos de éxito mundial y pese a todo se mantiene fiel a sus principios cooperativos: toda la música pertenece a sus intérpretes, no existen contratos por escrito, los grupos son libres de abandonar en cuanto les apetezca. Anarquía en el Reino Unido, en suma, pero llena de referencias a William Butler Yeats o Plutarco.
Winterbottom narra esta historia con indudable maestría. El envidiable montaje es sólo un arma puesta al servicio de la verdadera protagonista de la cinta: la música. Para narrar la historia elige el punto de vista de Tony Wilson, el epicentro del sello Factory, pero no se trata de un narrador al uso. Los juegos de Wilson con la cámara, en permanente diálogo con el público, restan carga mítica a la película, de modo que lo que podría haberse convertido en una loa a unos años dorados del rock mancuniano termina por aparecer como un documento cínico y muy divertido sobre una época en la que nadie sabía quién era ni adónde iba, tan sólo se limitaba a vivir al día y sin preocupaciones, en una fiesta perpetua de veinticuatro horas diarias. Tony Wilson se interna en el negocio musical al tiempo que su estrella como presentador televisivo va declinando. Terminamos por ver al antaño fenómeno televisivo convertido en conductor de programas como La rueda de la fortuna, lo cual depara uno de los momentos más sardónicos de la película. Tomando prestada una referencia a Boecio y su Consolación por la filosofía (con lo cual, involuntariamente, Winterbottom enlaza su película con la también sardónica La conjura de los necios de John Kennedy Toole), el Tony Wilson de la película lanza una disquisición erudita sobre la fortuna y el azar, que es recortada en la mesa de mandos del programa. En ese momento, el Tony Wilson fílmico (un genial Steve Coogan) hace notar que el actor que interpreta al director del programa es el auténtico Tony Wilson, y aprovecha para enumerar todos los cameos de músicos reales en la película, desde Howard Devoto (cuya aparición en los lavabos de la sala de conciertos, poniendo en solfa la veracidad de una de las anécdotas contadas en el film, constituye uno de los momentos más divertidamente intertextuales de la cinta) hasta Vini Reilly (con sutil diatriba contra los DVDs incluida), pasando por Mark E. Smith o Shaun Ryder. Nace así una conversación a dos bandas: Coogan habla al público (el personaje de ficción se comunica con el espectador), pero también se constituye como nexo de unión entre lo narrado y lo sucedido (personajes de ficción y reales interactúan entre ellos y se intercambian papeles). Para rematar el juego metacinematográfico, Winterbottom intercala imagen real y documentales de la época, de manera análoga a la técnica empleada en su magistral Welcome to Sarajevo (1997), en la que resultaba virtualmente imposible diferenciar las imágenes reales del cerco de Sarajevo de las tomas, cámara en mano, que Winterbottom efectuó en la capital bosnia. Los conciertos de Sex Pistols, Joy División y Happy Mondays se funden a la perfección con las dramatizaciones de los mismos. ¿Estamos viendo al auténtico Bez bailar en los conciertos del grupo de Shaun Ryder, o a su sosías cinematográfico? ¿En qué momento el espíritu de Ian Curtis posee a Sean Harris? ¿Seguro que la escena en que New Order ensayan “Blue Monday” no está robada de un documental?

No obstante, y a contrario, ¿hasta qué punto hay que tomarse en serio la veracidad de lo aquí narrado? La meticulosidad con que Winterbottom ambienta la época (asistido por la monumental tarea de supervisión musical y la no menos monumental tarea del responsable de la fotografía, Robbie Müller, ya conocido por su trabajo en Bailar en la oscuridad) no debe dar pie a pensar que nos hallamos ante un documental. Las continuas llamadas por parte de Steve Coogan o los personajes reales mencionados en el film (ya se ha citado la hilarante aparición de Howard Devoto) nos recuerdan en todo momento que 24 Hour Party People es una película, y como tal hay que considerarla. Lo cual no impide al espectador disfrutar de los grandes momentos históricos que se citan en el filme. El suicidio de Ian Curtis está narrado con auténtica delicadeza y fidelidad a lo sucedido, al tiempo que cierra con amargura el primer acto. La anécdota que abre a carcajada limpia el segundo acto (los hermanos Ryder, antes de formar los Happy Mondays, envenenando a centenares de palomas que se desploman muertas a ritmo de Wagner) es un prodigio de humor.

Y aquí Winterbottom y el guión de Frank Cottrel Boyce logran un magnífico golpe maestro. La primera parte (o acto, como da en llamarla Coogan/Wilson), que narra todo el optimismo de los primeros años de Factory, está filmada con tonos oscuros, propios del post-punk y la onda siniestra, y consigue el efecto aparentemente contradictorio de resultar optimista (se trata de los años de crecimiento e inocencia indómita) tomando como paradigma una personalidad atormentada, la de Ian Curtis, cuyo trágico final viene a romper la tónica hasta aquel momento agradablemente cómica de la película. El segundo acto emplea una fotografía con colores más psicodélicos y luminosos, comienza y termina a ritmo de comedia (mucha atención a esa aparición divina, no sabe uno si digna de Monty Python o del David Lynch de Corazón salvaje) y las barrabasadas de los Happy Mondays durante la época dorada del sonido Madchester y la sala The Hacienda sólo pueden tomarse con una sonrisa de incredulidad; pero, más allá de documentarse una década feliz, se narra la pérdida de referentes por parte de Wilson y sus copropietarios de discográfica, el desembarco de las drogas y la delincuencia, la cara menos amable del negocio, las adicciones prolongadas y las muertes o enfermedades de amigos y familiares. A este respecto, resulta particularmente destacable el papel de Andy Serkis (la voz de Gollum en El Señor de los Anillos) como Martin Hannett, el productor genial y politoxicómano de los grupos de Factory.
Nos hallamos, por tanto, ante una película enormemente rica, tanto en el aspecto visual como en el narrativo, llena de juegos con el espectador y el personaje real al que se alude en el metraje, una película postmoderna en el sentido que a Tony Wilson le gustaría dar a este término y, sobre todo, una película que trata con auténtico cariño y razonable distanciamiento un fenómeno musical, una época, una manera de entender el mundo y la vida.

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Descansa en paz, Tony Wilson. Y gracias, muchas gracias, por todo.



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