Leonard Cohen (1934-2016)
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Que dice la Ley de Protección de Datos que cuidadín con lo que haces por aquí. O cuidadín con lo que hago yo con tus visitas. Que cuidadín. Yo aviso. No sé de qué, pero aviso. Padezco de una extrañísima forma de amnesia funcional consistente en que soy incapaz de evocar recuerdos sin convertirlos en literatura transrealista.
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El 25 de febrero falleció Philip José Farmer en su domicilio de Peoria (Illinois). Tenía noventa y un años.
Aunque no era un autor muy conocido por el gran público, lo cierto es que Farmer era uno de los grandes, y deja un poquito más huérfanos a los aficionados de todo el mundo, que ven cómo se mueren los autores de la denominada, con justicia, Edad de Oro de la ciencia ficción; ya sólo quedan Jack Vance (noventa y tres años) y Frederik Pohl (noventa).
Farmer nació en 1918 en Terre Haute (Indiana), y saltó a la fama con su novela Los amantes (1953), por la que ganó el premio Hugo al mejor autor novel. En ella se plantea un idilio entre un humano y una alienígena de una especie insectoide, en un mundo tiránico en el que este tipo de comportamientos está muy perseguido. El trasunto de la novela no era otro que las relaciones entre diferentes razas (en aquella década se comenzaban a abolir las discriminaciones con la minoría negra), y la novela levantó verdaderas ampollas. Leída hoy es bastante inocua, pero lo cierto es que se trata de una muy buena primera novela, y como tal hay que juzgarla.
Farmer abrió constantemente puertas a la apertura del género hacia nuevas formas expresivas y temáticas que hasta entonces se habían considerado tabúes. En 1960 publica una recopilación de relatos titulada Relaciones extrañas, en la que se adelanta a su tiempo en cuanto al tratamiento explícito de la sexualidad. En aquella época, sólo Theodore Sturgeon estaba yendo tan lejos en el campo de las publicaciones especializadas. De nuevo, algunos de los relatos han envejecido fatal en este aspecto, pero siguen siendo buenos relatos. No hay más que leer "Madre" o "Ábrete a mí, hermana mía".
Para estar a la altura del escándalo que supusieron los dos títulos ya citados, Farmer exploró a lo largo de su obra la sexualidad, e incluso la pornografía. La imagen de la bestia y Cuidado con la bestia, dos de sus novelas más famosas, son pornográficas, y Venus en la concha, firmada como Kilgore Trout, no es mucho menos explícita.
Con esta última, Farmer llegó a la culminación de una de sus obsesiones: el homenaje literario. Kilgore Trout es un personaje de las novelas de Kurt Vonnegut, y se inspira en el también escritor Theodore Sturgeon. De este modo, Farmer estaba rizando el rizo: escribía una novela "a la manera de" Vonnegut, firmada como uno de sus personajes y basada en otro autor. Merece la pena leerla.
Con todo, sus homenajes literarios más famosos tienen como protagonistas al Tarzán de Edgar Rice Burroughs y a Doc Savage. El primero aparece en una trilogía que comienza con otra de sus grandes novelas, A Feast Unknown. Y uno de sus cuentos más famosos, "El Niño Podrido de la Selva pasa de todo", consigue hacer funcionar un homenaje literario casi imposible: escribir un cuento del Tarzán de Edgar Rice Burroughs escrito a la manera del escritor vanguardista William Burroughs.
Su dominio del relato fue incuestionable, y lo convirtió en uno de los abanderados de la penúltima revolución que ha experimentado la ciencia ficción: la Nueva Ola. La antología emblemática del movimiento, Visiones peligrosas (seleccionada por Harlan Ellison) contiene el cuento más famoso de Farmer, y tal vez el mejor: "Jinetes del salario púrpura". Se llevó el Hugo, y comenzó a ser uno de los autores más influyentes del género. Ya no se limitaba a homenajear a sus ídolos y hacer aparecer a sus amigos en sus novelas, sino que él mismo marcaba tendencias y servía de inspiración a otros autores. Así, la serie de Ámbar de Roger Zelazny le debe mucho a la serie de Tiers, que comienza con Hacedor de universos.
Pero, por encima de todo, Philip José Farmer va a ser recordado por la serie del Mundo del Río, uno de los hitos de la ciencia ficción. Su primera parte, A vuestros cuerpos dispersos (1971), ganó el Hugo y aparece en todos los listados de mejores novelas de ciencia ficción. Con motivo. Farmer crea uno de los escenarios más apasionantes que ha dado el género: en un futuro cercano, toda la humanidad resucita en un planeta terraformado cuya superficie entera es el valle de un inmenso río. El protagonista, irónicamente, es Richard Francis Burton, el mítico explorador que descubrió las fuentes del Nilo. Se embarca en una expedición para encontrar, precisamente, las fuentes de ese río inmenso, y en el camino va rodeándose de personajes variados, algunos famosos y otros no: un neanderthal, un escritor de ciencia ficción (Peter Jairus Frigate, las mismas iniciales que Philip José Farmer) y un extraterrestre. Con el tiempo descubre que los humanos resucitados pueden morir... y resucitar; eso sí, en otro punto indeterminado del cauce del río. Ahora bien, tal vez no puedan resucitar indefinidamente.
La segunda novela de la serie, El fabuloso barco fluvial (1971), mantiene el nivel de la primera y está protagonizada por un piloto de barco de vapor del Misisipí, Samuel Clemens... que no es otro que el nombre auténtico del escritor Mark Twain. Las siguientes tres novelas, El oscuro designio, El laberinto mágico y Dioses del Mundo del Río, son de calidad decreciente y tal vez dejen un regusto amargo al lector, pero ya se sabe qué difícil es terminar bien una serie cuando comienzan a darse demasiadas explicaciones, algunas de ellas contradictorias...
Sea como fuere, Philip José Farmer es uno de los grandes escritores de ciencia ficción, un autor polivalente, irregular y prolífico, pero siempre fascinante.

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Desayuno, como quien dice, con una pésima noticia: el escritor estadounidense Thomas M. Disch se ha suicidado en su domicilio de Nueva York, el 4 de julio. No pudo superar la pérdida de su pareja, Charles Naylor, ni la amenaza de desahucio que pesaba sobre su apartamento. Tenía 68 años. Muere, valga la imagen grosera y morbosa en circunstacias como ésta, como podría morir uno de los personajes de la que tal vez sea su obra cumbre: 334.Nacido en Des Moines, Iowa, estudió en colegios católicos de Minneapolis y se aficionó a la poesia, la música clásica, la ópera y el ballet. En Nueva York trabajó como extra en la Metropolitan Opera, guardarropa en un teatro de Broadway, agente de seguros, corrector de estilo, empleado de pompas fúnebres... Todo esto se puede ver en otra de sus grandes novelas: En alas de la canción.
En 1962 publicó su primer relato, "The Double Timer". Viajó alrededor del mundo con el también escritor John Sladek. Durante aquel viaje (o gracias a las experiencias derivadas de aquel viaje) escribió varios cuentos magníficos como "Casablanca" y "La costa asiática", un pequeño clásico de factura delicada, trasfondo onírico y descripciones maravillosas de una Estambul espectral. Sigo pensando que es el mejor contenido que apareció en el fanzine que Julián Díez y yo editábamos en los años noventa, Núcleo Ubik, y estaba empeñado en reeditarlo en un Gigamesh especial Thomas M. Disch que no llegó a aparecer, del que sólo quedan unas casillas en una hoja de cálculo y que muy bien podría haber estado rematado con otros dos contenidos de auténtica traca: "Understanding Human Behaviour" (que, creo, sigue inédito en castellano) y El cardenal se desintoxica. Arturo Villarrubia estuvo en contacto con el autor, que lo hizo partícipe de numerosas confidencias: sí, por supuesto que le ilusionaba la idea de un número especial de la revista; no, por desgracia no podría acudir a la Semana Negra, a la que estaba invitado, ya que se encontraba sumido en una fuerte depresión debida a problemas personales.
Durante su viaje alrededor del mundo, Disch escribió Los genocidas (1965, en México), The House That Fear Built (1966, en Casablanca), The Puppies of Terra y Eco alrededor de sus huesos (1967, en la Costa del Sol) y Campo de concentración (1968, en el Tirol). Son obras sombrías y maduras, novelas de un estadounidense que escribe como un británico. La primera es una de las novelas de invasión extraterrestre más sombrías que se han escrito jamás. La última es una advertencia contra los totalitarismos y la utilización de reclusos con tratamientos experimentales en investigaciones gubernamentales. Los totalitarismos: una de las constantes de Disch. La historia de un recluso de conciencia a quien se le inocula una enfermedad para comprobar si repercute en su inteligencia estremece, pero estremecen más esas apostillas, frases sueltas anotadas aquí y allá, que la hacen más coherente, incluso. Una de ellas no se me ha borrado desde que leí la novela, en mi adolescencia: "Cada vez que escucho la palabra 'inteligencia', descorro el seguro de mi pistola".
De vuelta a Nueva York, Disch escribe guiones para la serie televisiva El prisionero, publica poesía (Highway Sandwiches, 1970, junto con Charles Platt y Marilyn Hacker), libros infantiles (The Brave Little Toaster, 1986, que apareció en Nueva Dimensión como "El pequeño tostadorcito" y fue llevado al cine por Disney, como La tostadora valiente), teatro (El cardenal se desintoxica, 1990, que fue retirada de la cartelera de Nueva York por su contenido anticlerical... y estrenada no hace mucho en el circuito de teatros independientes de Madrid; de nuevo, Arturo os podrá dar más datos al respecto, ya que conoce al director del montaje) y ensayos (The Dreams Our Stuff Is Made Of, 1998, premios Hugo y Locus; y On SF, 2005).

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Tal vez por aquello de que la música estadounidense siempre se presenta en un solo acto, Michael Winterbottom quiere dejar constancia de la nacionalidad británica de la música aquí incluida y estructura 24 Hour Party People en dos actos, ambos iniciados con Las Walkirias de Wagner como música de fondo.
El primero nos presenta a Tony Wilson, intrépido reportero del programa So It Goes de Granada TV, descubriendo las excelencias del ala delta. Estamos en 1976 y Wilson, pese a su popularidad mediática, no puede ocultar su verdadera vocación: la música. Manchester vive la crisis económica y su grupo rockero más emblemático, los Buzzcocks, está al borde de la disolución, tras la fuga de los miembros menos implicados en el proyecto de Howard Devoto y Pete Shelley. De hecho, el 4 de junio no pueden actuar en el Free Trade Hall, con lo cual las únicas estrellas son Johnny Rotten y sus Sex Pistols. Al evento acuden tan sólo cuarenta y dos personas, entre las cuales figuran los ya mencionados Devoto y Shelley, Tony Wilson y su esposa Lindsay, Ian Curtis, Peter Hook y Bernard Sumner (núcleo de la Joy División), Morrisey (futuro líder de los Smiths, que se negó a que su personaje apareciera en la película) y un pelirrojo apático llamado Mike Hucknall (Simply Red). Wilson, convencido del valor de aquella música inconformista, puebla su programa de actuaciones de los Pistols y de Siouxsie and The Banshees, y madura la idea de crear un sello propio, Factory, en el cual dar salida a sus inquietudes y las de toda una ciudad, Manchester. 24 Hour Party People (título, por cierto, de una canción de los Happy Mondays) es la historia de esa discográfica, del tránsito desde la inocencia descarada de aquellos primeros años hasta una inocencia mucho más peligrosa, la de una compañía sabedora de que tiene en catálogo grupos de éxito mundial y pese a todo se mantiene fiel a sus principios cooperativos: toda la música pertenece a sus intérpretes, no existen contratos por escrito, los grupos son libres de abandonar en cuanto les apetezca. Anarquía en el Reino Unido, en suma, pero llena de referencias a William Butler Yeats o Plutarco.
Winterbottom narra esta historia con indudable maestría. El envidiable montaje es sólo un arma puesta al servicio de la verdadera protagonista de la cinta: la música. Para narrar la historia elige el punto de vista de Tony Wilson, el epicentro del sello Factory, pero no se trata de un narrador al uso. Los juegos de Wilson con la cámara, en permanente diálogo con el público, restan carga mítica a la película, de modo que lo que podría haberse convertido en una loa a unos años dorados del rock mancuniano termina por aparecer como un documento cínico y muy divertido sobre una época en la que nadie sabía quién era ni adónde iba, tan sólo se limitaba a vivir al día y sin preocupaciones, en una fiesta perpetua de veinticuatro horas diarias. Tony Wilson se interna en el negocio musical al tiempo que su estrella como presentador televisivo va declinando. Terminamos por ver al antaño fenómeno televisivo convertido en conductor de programas como La rueda de la fortuna, lo cual depara uno de los momentos más sardónicos de la película. Tomando prestada una referencia a Boecio y su Consolación por la filosofía (con lo cual, involuntariamente, Winterbottom enlaza su película con la también sardónica La conjura de los necios de John Kennedy Toole), el Tony Wilson de la película lanza una disquisición erudita sobre la fortuna y el azar, que es recortada en la mesa de mandos del programa. En ese momento, el Tony Wilson fílmico (un genial Steve Coogan) hace notar que el actor que interpreta al director del programa es el auténtico Tony Wilson, y aprovecha para enumerar todos los cameos de músicos reales en la película, desde Howard Devoto (cuya aparición en los lavabos de la sala de conciertos, poniendo en solfa la veracidad de una de las anécdotas contadas en el film, constituye uno de los momentos más divertidamente intertextuales de la cinta) hasta Vini Reilly (con sutil diatriba contra los DVDs incluida), pasando por Mark E. Smith o Shaun Ryder. Nace así una conversación a dos bandas: Coogan habla al público (el personaje de ficción se comunica con el espectador), pero también se constituye como nexo de unión entre lo narrado y lo sucedido (personajes de ficción y reales interactúan entre ellos y se intercambian papeles). Para rematar el juego metacinematográfico, Winterbottom intercala imagen real y documentales de la época, de manera análoga a la técnica empleada en su magistral Welcome to Sarajevo (1997), en la que resultaba virtualmente imposible diferenciar las imágenes reales del cerco de Sarajevo de las tomas, cámara en mano, que Winterbottom efectuó en la capital bosnia. Los conciertos de Sex Pistols, Joy División y Happy Mondays se funden a la perfección con las dramatizaciones de los mismos. ¿Estamos viendo al auténtico Bez bailar en los conciertos del grupo de Shaun Ryder, o a su sosías cinematográfico? ¿En qué momento el espíritu de Ian Curtis posee a Sean Harris? ¿Seguro que la escena en que New Order ensayan “Blue Monday” no está robada de un documental?
No obstante, y a contrario, ¿hasta qué punto hay que tomarse en serio la veracidad de lo aquí narrado? La meticulosidad con que Winterbottom ambienta la época (asistido por la monumental tarea de supervisión musical y la no menos monumental tarea del responsable de la fotografía, Robbie Müller, ya conocido por su trabajo en Bailar en la oscuridad) no debe dar pie a pensar que nos hallamos ante un documental. Las continuas llamadas por parte de Steve Coogan o los personajes reales mencionados en el film (ya se ha citado la hilarante aparición de Howard Devoto) nos recuerdan en todo momento que 24 Hour Party People es una película, y como tal hay que considerarla. Lo cual no impide al espectador disfrutar de los grandes momentos históricos que se citan en el filme. El suicidio de Ian Curtis está narrado con auténtica delicadeza y fidelidad a lo sucedido, al tiempo que cierra con amargura el primer acto. La anécdota que abre a carcajada limpia el segundo acto (los hermanos Ryder, antes de formar los Happy Mondays, envenenando a centenares de palomas que se desploman muertas a ritmo de Wagner) es un prodigio de humor.
Y aquí Winterbottom y el guión de Frank Cottrel Boyce logran un magnífico golpe maestro. La primera parte (o acto, como da en llamarla Coogan/Wilson), que narra todo el optimismo de los primeros años de Factory, está filmada con tonos oscuros, propios del post-punk y la onda siniestra, y consigue el efecto aparentemente contradictorio de resultar optimista (se trata de los años de crecimiento e inocencia indómita) tomando como paradigma una personalidad atormentada, la de Ian Curtis, cuyo trágico final viene a romper la tónica hasta aquel momento agradablemente cómica de la película. El segundo acto emplea una fotografía con colores más psicodélicos y luminosos, comienza y termina a ritmo de comedia (mucha atención a esa aparición divina, no sabe uno si digna de Monty Python o del David Lynch de Corazón salvaje) y las barrabasadas de los Happy Mondays durante la época dorada del sonido Madchester y la sala The Hacienda sólo pueden tomarse con una sonrisa de incredulidad; pero, más allá de documentarse una década feliz, se narra la pérdida de referentes por parte de Wilson y sus copropietarios de discográfica, el desembarco de las drogas y la delincuencia, la cara menos amable del negocio, las adicciones prolongadas y las muertes o enfermedades de amigos y familiares. A este respecto, resulta particularmente destacable el papel de Andy Serkis (la voz de Gollum en El Señor de los Anillos) como Martin Hannett, el productor genial y politoxicómano de los grupos de Factory.
Nos hallamos, por tanto, ante una película enormemente rica, tanto en el aspecto visual como en el narrativo, llena de juegos con el espectador y el personaje real al que se alude en el metraje, una película postmoderna en el sentido que a Tony Wilson le gustaría dar a este término y, sobre todo, una película que trata con auténtico cariño y razonable distanciamiento un fenómeno musical, una época, una manera de entender el mundo y la vida.
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Descansa en paz, Tony Wilson. Y gracias, muchas gracias, por todo.
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