Cinco autoras, cinco relatos
Quisiera celebrar el 8-M compartiendo este ensayo aparecido en mi libro Moriremos por fuego amigo (Cazador de Ratas, 2019). Es uno de los contenidos inéditos del recopilatorio, y en él quise incidir en cinco relatos que considero especialmente significativos de la ciencia ficción, fantasía y terror españoles y en español que se publicaron durante los años noventa y dos mil, seleccionados con una doble premisa: en primer lugar, escritos por mujeres y, en segundo lugar, no reeditados (aunque con la excepción del último relato).
No me extiendo más. Disfrutad del ensayo, o no, y en todo caso leed los cuentos que analizo: todos ellos son magníficos y me parece incomprensible que no se hayan reeditado.
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En Cuatro autores, cuatro relatos, un
ensayo mío aparecido en 2012 en Literatura Prospectiva, reivindiqué algunas
historias de ciencia ficción, fantasía o terror españolas aparecidas en los
años noventa, a las que en su momento no presté demasiada atención y que, sin
embargo, no han hecho sino ganar con el tiempo y convertirse en pequeños
clásicos. Escribí acerca de relatos de César Mallorquí, Armando Boix, Carlos
Pavón y León Arsenal.
No
había ninguna autora, aunque en la declaración de intenciones citaba a Elia
Barceló entre los escritores punteros del género que no incluía en el listado,
pues habían comenzado a publicar en los años ochenta y ya estaban
suficientemente reivindicados y asentados en el canon. Barceló es una presencia
recurrente en todas las antologías históricas del género, con relatos como Mil euros por tu vida, La mujer de Lot y, muy en especial, La estrella. Aunque este último es su
relato paradigmático, los dos anteriores se reeditaron, respectivamente, en dos
antologías muy atractivas: Historia y
antología de la ciencia ficción española, recopilada por Fernando Ángel
Moreno y Julián Díez para Cátedra en 2014, y Distópicas. Antología de escritoras españolas de ciencia ficción,
recopilada por Lola Robles y Teresa López-Pellisa para Libros de la Ballena en
2018. La estrella es el relato en el
que se suele pensar cuando acude a nuestra mente el nombre de Elia Barceló,
pero lo cierto es que no es el único suyo que se ha editado en recopilaciones
de carácter histórico.
Porque
lo cierto es que ahí residía el hecho diferencial: ninguno de los cuatro
relatos que proponía en aquel ensayo había sido reeditado en ninguna de las ya
por entonces habituales antologías históricas del género; como mucho, en las Fabricantes de Sueños que la por aquel
entonces AEFCF ofrecía a modo de resumen de lo mejor del año. Cierto, los de
César Mallorquí, Armando Boix y León Arsenal habían aparecido en recopilaciones
personales de relatos, y solo el de Boix había aparecido en más de un recopilatorio;
de hecho, ninguno de ellos se ha reeditado en los últimos años. En cuanto al de
Carlos Pavón, apenas unos meses después de aparecer mi ensayo se incluyó en Prospectivas. Antología del cuento de
ciencia ficción española actual, que Fernando Ángel Moreno seleccionó para
Salto de Página en 2012.
En
lo relativo a las autoras de ciencia ficción, fantasía y terror españolas o
latinoamericanas que publicaron contenidos con editoriales, fanzines o revistas
españoles, parece como si, en lo tocante a los años noventa, solo hubiera
existido La estrella, de Elia
Barceló. Y lo cierto es que esa década no fue especialmente prolífica en cuanto
a género escrito por mujeres. En el ensayo Cincuenta
relatos para una década mencionaba un listado de mis cincuenta relatos
favoritos de los años noventa que elaboré en el año 2000, y solo había dos
mujeres: Elia Barceló (con La estrella,
en el séptimo puesto; Oscuro, como un
cristal, en el 43, y Ritos, en el
45) y Adolfina García (con La casquería,
en el 34). En el anexo de ese ensayo, Los
doscientos relatos más importantes de los años noventa, incluía el listado
completo y aparecían, además de otros cuentos de Elia Barceló (Estreno, en el 103; Loca, en el 124; El día más
feliz, en el 157, y Cobarde, en
el 180) y Adolfina García (Gandamo,
en el 136, y De postre, en el 172),
autoras como Karim Taylhardat (Cinerario,
en el 57), Luna García (Ladrona, en
el 130), Mariarita Pennington Evans (Leitmotiv,
en el 176), Susana Vallejo (Estar tres,
en el 198) y Elena Pérez (La hucha de
Sara, en el 199). Siete autoras y quince relatos; es decir, el siete y
medio por ciento del total.
Elia Barceló es una referencia ineludible para la ciencia ficción española actual.
¿De
verdad que solo el siete y medio por ciento de los buenos relatos de los años
noventa aparecidos en publicaciones del fandom
estaba escrito por mujeres? ¿Había un sesgo por mi parte o, en efecto, el fandom raquítico y eminentemente
masculino de los años noventa se traducía en que no solo había pocas mujeres en
las convenciones o tertulias, sino también en los sumarios de las revistas o
fanzines? Supongo que mitad y mitad, aunque hay datos tan elocuentes como que
el único Ignotus de toda la década que ganó una obra de ficción española
escrita por una mujer fue el de La
estrella, de Elia Barceló, quien también fue finalista en las categorías de
novela (Consecuencias naturales, en
1995), novela corta (El mundo de Yarek,
en 1994) y cuento (Loca, en 1993). Si
salimos de las categorías de ficción, tanto Elia Barceló (La inquietante familiaridad, en el año 2000) como Pilar Pedraza (Máquinas de amar, en 1995) fueron
finalistas al mejor libro de ensayo. Todo esto, mientras en las categorías de
ficción extranjera Connie Willis se hinchaba a ganar Ignotus (seis en este
período) y Lois McMaster Bujold a perderlos frente a Connie Willis (cinco en
toda la década).
¿Cabría,
pues, hablar de un sesgo por parte de los premios populares? Tal vez. Veamos
qué sucede con los premios con jurado.
El
UPC tan solo ha registrado una victoria femenina española (El mundo de Yarek, de Elia Barceló, en 1993) y dos menciones especiales
(Puede usted llamarme Bob, señor, de
Mercè Roigé, en 1992, y Teorema, de
Irene da Rocha, en 2002) en veinticuatro ediciones, a las que hay que añadir
las dos menciones obtenidas por Kristine K. Rusch.
El
Alberto Magno muestra otra única victoria femenina (Jardín de infancia, de Sara Sacristán, en 2011), un segundo puesto
(La verdadera vida de Cordwainer Smith,
de Begoña Pérez Ruiz, en 2018), dos accésits UPV/EHU (Tximeleta mezularia, de Gotzone Barandika, en 2004, y Dioses del metal, de Irantzu González,
en 2008) y tres menciones (Lluvia
amarilla, de Sonia Pereyra, en 1999; Sueño
profundo, de Laura Quijano, en 2009, y División
Seis: Príncipes de hielo, de Marisa Villalón, en 2011) en treinta ediciones.
El
Domingo Santos es un tanto peculiar, ya que en no todas las ediciones se
publicitaron los nombres de los finalistas, por lo que no podemos extraer
información sobre la autoría de los relatos. Aun así, los datos disponibles son
más demoledores aún que en los dos premios anteriores: no ha ganado ni una sola
autora, y no empezó a haber mujeres finalistas (salvo que las actas de las
cuatro ediciones anteriores que no publicitaron los nombres de los finalistas
desmientan este hecho) hasta 2010, en el que se reconocieron los trabajos de
Julia R. Robles (Aeternitas, que
también consta como finalista del premio Andrómeda de ficción especulativa
2011), Carmen del Pino (El pueblo
fantasma) y Ana Martínez Castillo (Sofisticación).
En la edición de 2011 fueron cuatro las mujeres finalistas: Carmen del Pino (El otro que soy), Natalia Viana (El peso de la culpa), Laura López
Alfranca (Muerte por compasión) y
Luisa Fernández (Trece latidos en la
noche). Es imposible efectuar el seguimiento de las siguientes ediciones,
ya que en ninguna de ellas se abrieron plicas para comprobar la identidad de
los finalistas no premiados y, de hacerlo, no consta en ninguno de los medios
que he consultado. El hecho de que las ediciones de 2010 y 2011 registrasen
tres y cuatro mujeres finalistas hace suponer, por extrapolación, que no se
trató de un hecho casual sino de una tendencia y que en las siguientes
convocatorias ha habido más.
En
cuanto al Aznar/Pablo Rido, y con eso termino el análisis de los cuatro premios
que conformaron el grand slam durante
los años noventa y buena parte de los años dos mil, solo ha premiado a una
mujer (Nuria C. Botey, por Dancing with
an Angel, en 2003) y distinguido a otras tres con la condición de
finalistas (María Dolores Gema Galván, por Retrato
de mujer, en el año 2000; Carmen Falguera, por La colonia, en 2002, y María Belén Díaz (El laberinto de los impenitentes, en 2004). Es cosa sabida que un
contertulio que se sentaba junto a Galván en la cena oficial del año 2000 le
espetó que el Rido era un premio profundamente machista, como demostraba el
hecho de que ella fuera la primera finalista en nueve ediciones, y también es
cosa sabida que ese estupendo (doy fe de ello: fui prejurado en aquella
edición) relato se quedó inédito: primero, porque nadie se lo pidió, y segundo,
porque, después de aquel comentario, nunca más volvió a la tertulia ni, hasta
donde sé, trabó contacto alguno con el fandom.
Nuria C. Botey es una de las voces incontestables del terror actual escrito en español.
Sé
que esto solo es una anécdota y que, a partir de ella, no se puede inferir el
funcionamiento del fandom español de
toda una década, la de los noventa, y tal vez de parte de los años dos mil,
pero parece una evidencia que los años noventa fueron un páramo en lo que a
publicación de autoras se refiere. Ni siquiera hay relatos de esa década en el
díptico de Libros de la Ballena que conforman Distópicas y Poshumanas.
¿Tendríamos, pues, que dar por bueno el consenso en torno a que, en cuanto a
mujeres escritoras de ficción de género fantástico que publicaron en medios
especializados surgidos del fandom,
los años noventa fueron un auténtico campo de nabos que se podría resumir en
Elia Barceló y dos más? Los datos parecen apuntar en esta dirección, pero ya en
el año 2000 dejé constancia de que hubo al menos otras seis autoras que
publicaron relatos destacables. A diferencia del listado que presento en No, no voy a hablar de tu cuento: Cincuenta
relatos para un siglo naciente y su anexo (Los 250 relatos más significativos de los años dos mil), solo
recogía relatos de fanzines y revistas especializadas. En el mundo real había
más material de primer orden. No me cabe duda de que, si tuviera que reelaborar
ese listado de los años noventa basándome en lecturas procedentes de
publicaciones y editoriales generalistas, la presencia femenina sería más
numerosa y ocuparía algunos de los puestos nobles; estoy pensando, de manera
particular, en dos relatos de Cristina Fernández Cubas: El ángulo del horror, de 1990, y La mujer de verde, de 1994.
Ya
que he mencionado los ensayos relacionados con los mejores relatos de los años
dos mil, en esa década el panorama, aunque sigue resultando un tanto desolador,
cambia para bien: frente a los catorce relatos de siete autoras del listado
largo de doscientas obras de los años noventa, en el listado largo de doscientos
cincuenta hay treinta relatos de veintitrés autoras (por orden alfabético: Elia
Barceló, Pilar Barba, Nuria C. Botey, Daína Chaviano, Eva Díaz Riobello,
Patricia Esteban Erlés, Cristina Fernández Cubas, Laura Gallego, Paula Grañeda,
Felicidad Martínez, Alejandra Medina, Rosa Montero, Julia Otxoa, Pilar Pedraza,
Tábata Peregrín, Cristina Peri Rossi, Laura Ponce, María Concepción Regueiro,
Paula Ruggeri, Jimina Sabadú, Marta Sanz, Patricia Suárez y Anabel Zaragozí) y
cinco relatos de otras tantas autoras en el listado de cincuenta (por orden
alfabético: Elia Barceló, Nuria C. Botey, Daína Chaviano, Cristina Fernández
Cubas y María Concepción Regueiro). Todo apunta a que el crecimiento será
exponencial en los años dos mil diez, y quienes investiguen esta década bien
podrían encontrarse con una paridad o incluso un predominio femenino, escenario
inédito hasta ahora en España y muy en línea con lo que está sucediendo en los
países anglosajones.
Daína Chaviano tiene recopilaciones de relatos de obligada lectura.
Los
años dos mil aportan sendos relatos a Distópicas
(Nuevo animal de compañía, de Pilar
Barba) y Poshumanas (El error, de Rosa Montero) y otro más a Historia y antología de la ciencia ficción
española (Mil euros por tu vida,
de Elia Barceló). Sigue siendo un bagaje más bien pobre, pero es que estamos
hablando única y exclusivamente de ciencia ficción. ¿Cambia el panorama si
añadimos los géneros afines? En la antología histórica más representativa del
género de terror español, Aquelarre,
editada por Antonio Rómar y Pablo Mazo para Salto de Página en 2010, aparece
también un único cuento: Círculo Polar
Ártico, de Care Santos (original de 2009); si ampliamos la búsqueda a los
años noventa, tenemos el ya citado El
ángulo del horror, de Cristina Fernández Cubas (aparecido en 1990). En
cuanto a la fantasía, analizada en la Perturbaciones
de Juan Jacinto Muñoz Rengel en 2009, parece que tenemos más suerte, pues
aparecen cinco relatos: La mujer de verde,
de Cristina Fernández Cubas (1994); El
juicio final, de Cristina Peri Rossi (2000); Cantalobos, de Patricia Esteban Erlés (2008); Diario, de Julia Otxoa (2009) y La
obsesión de la alimaña, de Elia Barceló (2009).
Reconozcámoslo: Denis Villeneuve tendría que haber pasado del guion de Blade Runner 2049
y haber adaptado a Rosa Montero.
y haber adaptado a Rosa Montero.
¿Qué
se publicaba en las revistas y fanzines señeros del género? Los datos nos
vuelven a decir que más bien poco. Hablaré de las iniciativas que conozco
mejor, por haber sido director, coeditor, parte de la mente colmena editora y
seleccionador, respectivamente: la revista Gigamesh,
el fanzine Núcleo Ubik y las
antologías Artifex Cuarta Época y Visiones 2002.
En
cuanto a la primera, la presencia de autoras españolas o latinoamericanas en
las secciones de no ficción era constante (Elia Barceló y Susana Vallejo fueron
colaboradoras asiduas, o bien con ensayos o bien con reseñas; Adolfina García
siempre fue uno de los activos más potentes de Gigamesh, en todas sus etapas, gracias a sus desopilantes reseñas
de libros; María Beatriz Cóceres ganó el premio Gigamesh de ensayo y fue
finalista en otra edición, al igual que Mayte Aguilar, y prácticamente en todos
los números aparecían reseñas firmadas por mujeres), pero ¿cuántos relatos
escritos por mujeres de lengua española se publicaron en los cuarenta y cuatro números
de la revista aparecidos entre 1991 y 2007? Exactamente dos: Balneario, de Pilar Pedraza, en el
número 9 (dedicado a ella), y Chop suey,
de Angélica Gorodischer, en el 28 (un especial CF latinoamericana). Para más
inri, ambos relatos eran reediciones.
Resulta incomprensible que Angélica Gorodischer no haya ganado el Premio Cervantes.
El
segundo, editado entre 1994 y 1995, aporta la misma cantidad de relatos
escritos por mujeres, dos, si bien lo hicieron en solo dos números y, en esta
ocasión, sí eran inéditos: El día más
feliz, de Elia Barceló, en el número 1, y Gandamo, de Adolfina García, en el 2/3. Elia, además, tradujo
relatos y escribió una sección para el fanzine.
Las
terceras, publicadas entre 2008 y 2009, arrojan una cifra muy triste: ninguno
de los treinta y dos relatos aparecidos en sus 4/5 números vino firmado por
mujeres. Conservo los registros de los relatos remitidos para los dos primeros
números y en ellos solo consta uno escrito por una mujer, pero esta lo retiró
al cambiar de manera sustancial las condiciones del proyecto, de antología en
formato papel a publicación electrónica. Supongamos que no lo hubiera retirado;
en tal caso, habríamos tenido un relato sobre treinta y tres. Si hacemos
historia, los precedentes de esta publicación mantuvieron una tendencia al alza
en cuanto a presencia femenina: una sola autora (Fuensanta Rabadán) en los catorce
números de El Fantasma (denominación
que Luis G. Prado le dio a su fanzine desde 1993 hasta 1997); otra en los seis
números de Artifex Primera Época
(Elia Barceló, con Oscuro, como un
cristal) que ocuparon el bienio 1997-1998; tres en los trece números de Artifex Segunda Época que coeditó junto
con Julián Díez de 1999 a 2004 (Elia Barceló, Sue Burke y Tábata Peregrín) y
cuatro en las cuatro antologías Artifex
Tercera Época que Díez y García Prado lanzaron entre 2005 y 2006 (Nuria C.
Botey, Raquel González, Blanca Martínez y Jimina Sabadú). La publicación
hermana de Artifex Tercera Época, la
antología Paura de terror, publicó
cinco relatos de cuatro autoras (Nuria C. Botey, que hizo doblete, más Elia
Barceló, Eva Díaz Riobello y Pilar Pedraza) en los cuatro números que editó de
2004 a 2008.
Pilar Pedraza es lo mejor que le va a pasar nunca al género fantástico español. Punto.
Con
la cuarta sí parece que la proporción es más satisfactoria. Tres de los catorce
relatos del Visiones 2002, que
seleccioné para la AEFCF, están firmados por mujeres: Ahora puedo oír tu llanto, de Paula Grañeda; Hamburgo Sur, de Patricia Súarez, y Ojo en el cielo, de Paula Ruggeri. En cuanto a los relatos
remitidos, había nueve de setenta y cinco. Uno de ellos lo encargué ex profeso:
el de Paula Grañeda, quien no se movía en círculos fandomitas pero era asidua en el palmarés del Concurso de Cuento de
la Universidad Autónoma de Madrid, por lo que me pareció que podía aportar un
relato que se apartara de su registro habitual, cosa que hizo, y con resultados
notables. Esas tres autoras de catorce no eran las ocho de trece del Visiones 2018 seleccionado por Israel
Alonso y Nieves Delgado, ni las seis de quince del Visiones 2000 seleccionado por Juan Miguel Aguilera, ni las cinco
de quince del Visiones 2016
seleccionado por Lola Robles y María Concepción Regueiro, ni las tres de tres del
Visiones 2007 seleccionado por
Antonio Gorinkai Rivas, ni las cuatro
de dieciséis del Visiones 2008 seleccionado
por la Tertulia Valenciana, pero tampoco eran el cero absoluto registrado en
cinco ediciones de los años noventa y dos de los años dos mil.
Todo
esto, con independencia del enfoque que se quiera adoptar, nos dice algo muy
evidente con respecto a la ciencia ficción, la fantasía y el terror de los años
noventa y dos mil: se publicaron pocos relatos de autoras en editoriales e
iniciativas especializadas y, salvo un par de excepciones notables, ni el
público lector ni los jurados de los concursos ni los editores ni los
antologistas les prestaron demasiada atención. No cabe hablar de ninguneo, al
menos en los años dos mil, pero sí de cierto desinterés: del mismo modo que me
moví para buscar autoras para el Visiones
2002, bien podría haberlo hecho para Gigamesh
o Artifex Cuarta Época. Por otra
parte, las estadísticas también eran adversas, aunque el aumento de la cantidad
de mujeres que publicaron en los años dos mil se traduce en que ganan más
premios o aportan más relatos finalistas, se las edita más, y también, y esta
es la materia de este ensayo, aportan más narraciones a las recopilaciones
históricas, es decir, al canon de la literatura española de género fantástico.
Y
con ello delimitamos el ámbito de estudio de este ensayo: los buenos relatos de
ciencia ficción, fantasía o terror publicados o bien por autoras españolas en
cualquier medio o bien por autoras latinoamericanas que publicaron en
territorio español, pero que, a pesar de ser buenos, no se han reeditado en ninguna
de las antologías históricas que están comenzando a proliferar. El criterio es
el mismo que el que presentaba en Cuatro
relatos, cuatro autores, solo que añadiendo los años dos mil. Así pues, en
este ensayo hablaré de cinco relatos de los años noventa y dos mil que me
parecen merecedores de una reedición, o bien en próximas antologías históricas,
o bien en antologías temáticas… o, incluso, formando el sumario de una
antología. Son los siguientes.
Cinerario, de Karim
Taylhardat
Karim Taylhardat
es un caso típico de autora que vino, no debió de quedarse muy convencida con
lo que vio y desapareció. Cinerario
apareció en el número 23 de BEM, con
fecha de agosto-septiembre de 1992. Era un ultracorto potente, críptico y
desasosegador, muy visual y con una prosa firme y experta. El relato pasó de
puntillas, apenas fue comentado (todas las referencias que he encontrado en
internet me llevan a artículos y prólogos míos) y, en resumen y de manera nada
sorprendente, la autora no volvió a colaborar con ninguna publicación del fandom.
Lo
cual no quiere decir que no haya tenido una carrera prolífica. En la base de
datos de la Biblioteca Nacional de España constan nueve obras de su autoría,
tanto biografías como guiones de cómic (ha colaborado con Jesús Cuadrado en
numerosos proyectos), libros de relatos y novelas. Esta venezolana afincada en
España es, pues, una autora profesional con una sólida carrera, bisnieta de
editora (Concepción Acevedo de Taylhardat, la primera editora venezolana de
revistas, allá por 1885) y columnista de eldiario.es con una sección sobre
universo animal, una faceta que le interesa de manera especial, como se puede
colegir del ensayo Perrillos del Halda
(Ed. Huerga y Fierro, 2016) y las múltiples referencias que aparecen en
internet a una investigación suya sobre el perro en el cine mudo. Entre sus
ensayos sobre cómic, parece destacar La
pequeña Lulú. La grumete huérfana (Ed. Sinsentido, 1999), consagrado a la
figura de Marge Henderson, y, entre sus guiones, una adaptación de El corazón de las tinieblas de Joseph
Conrad (Ed. Sinsentido, 2002). También ha publicado sendos ensayos biográficos
sobre la fotógrafa alemana Emmy Klinsch: El
Madrid de Emmy Klimsch. 1919-1940: Archivo inédito de una fotógrafa alemana
(Ed. Temporae, 2011) y Ribadesella. 1920:
Fotos inéditas de Emmy Klimsch (Ed. Temporae, 2013). Asimismo, se debe
mencionar la novela Las silentes de
Guanamito (Edicions de Ponent, 2000), ganadora del I Premio de Narrativa
Fundación Rey Alfonso XIII. En 1994 editó una recopilación de relatos, Arracadas (Ed. Horas y Horas), en la que
ignoro si se rescata este Cinerario.
En
resumen, este relato podría ser un magnífico candidato a reedición en cualquier
antología histórica de los años noventa. Su calidad lo merece, y la trayectoria
posterior de la autora hace suponer que este cuento no fue un acierto aislado,
sino un eslabón más de una carrera sólida e interesante.
La casquería, de Adolfina García
Si Karim
Taylhardat es un ejemplo paradigmático de autora que, en vista de la nula
repercusión de un buen relato suyo, desapareció por donde había venido,
Adolfina García es el paradigma de la periodista que ha vivido en carne propia
el final del modelo tradicional de prensa escrita, y cómo esta circunstancia ha
condicionado e incluso determinado la que podría haber sido una carrera
brillantísima en los años noventa y dos mil y le ha proporcionado un regreso
por todo lo alto en los compases finales de los años dos mil diez. Carlos Saiz
Cidoncha hablaba de las Tres M para referirse a los motivos por los que los
fans de los años setenta y ochenta abandonaban el fandom: (servicio) mili(tar), muerte y matrimonio. Pero claro,
hablamos de un fandom eminentemente
masculino e incel. Los años noventa,
aparte de vivir la desaparición del servicio militar obligatorio y un aumento
de la cantidad de mujeres presentes en el fandom,
añadieron otro motivo, aunque no empezaba por M: el trabajo. Con la crisis de
finales de los años dos mil, además, había que sumar la emigración o
expatriación, como se prefiera. Adolfina ha vivido ambas circunstancias. Una
vez terminada la carrera de Ciencias de la Información, comenzó a trabajar en Diario 16, de donde pasó a 20 Minutos. Llegó a ser jefa de sección
de esta cabecera hasta que se convirtió en una víctima más del peculiar
funcionamiento de la prensa generalista en el siglo xxi. En la actualidad reside en Noruega y ha relanzado su
carrera literaria, como acreditan 50 %
poliéster, 50 % algodón, uno de los dos o tres relatos más destacables de
la ya de por sí destacable antología de fantasía de cachava y boina No son molinos (Ed. Cerbero, 2017), y,
sobre todo, su primera novela, Planeta
Dónald (Ed. Alberto Santos, 2018), una digamos distopía con invasión
extraterrestre que destaca por su planteamiento audaz y se lee muy bien.
Pero
no adelantemos acontecimientos. Adolfina García comenzó a publicar ficción
antes de convertirse en una de las piezas fundamentales de la sección de
reseñas literarias de la revista Gigamesh
que por aquel entonces dirigía Julián Díez. Los aficionados talluditos
recordamos con especial cariño las críticas que hacía del ciclo del Centro
Galáctico, de Greg Benford: su estilo desenfadado, desbordante de humor ácido,
te hacía leer a carcajada limpia las reseñas de unos libros que, en el fondo,
sabías que eran mucho más aburridos e intragables de lo que se sugería en la
reseña y, desde luego, no leerías por nada del mundo, aunque las reseñas de
Adolfina te dejaban con la duda razonable: «¿Y si merecieran la pena?». En este
sentido, fue precursora del estilo de otro periodista friki forjado en las
páginas de Gigamesh: Alberto Cairo.
Mi llegada a la dirección de Gigamesh,
un cargo que encajaba mucho mejor con su perfil profesional pero que no podía
asumir debido a que en aquella época era jefa de sección en 20 Minutos, coincidió con un bajón en su
producción ensayística, aunque llegamos a publicarle algunas reseñas. Durante
los primeros años dos mil publicó, de manera cada vez más esporádica, reseñas
en Gigamesh, Solaris o Jabberwock.
Esta es la Adolfina García que seguramente les suene a los aficionados que
llegaron al género gracias al auge de internet.
Por
todo ello, lo más probable es que la inmensa mayoría de los frikis que están en
esto desde los tiempos de los foros y las listas de correos solo conozcan a la
Adolfina García reseñadora, del mismo modo que para los miembros del nuevo fandom solo es la autora de una buena
novela y un relato extraordinario, ambos de muy reciente aparición. Sin
embargo, lo más seguro es que no sepan que, entre 1992 y 1995, publicó cinco
relatos, tres de ellos excelentes. Su primer vuelo, El jorobado, aparecido en el boletín Pórtico de la AEFCF en 1992, es un ultracorto que nos deja entrever
a una adolescente con muy buenas ideas aunque todavía mucho margen de mejora. El relevo, aparecido en el Visiones propias de Julián Díez (1992),
tiene un tono a lo Dino Buzzati que nos permite hablar de un relato más
logrado. De postre, publicado en el Visiones propias II de Elia Barceló
(1993), ya es un muy buen cuento de terror rural, en el que Adolfina comienza a
dar rienda suelta a las que serán sus marcas de fábrica: un acabado formal casi
perfecto, una increíble mala leche y una querencia por la estética feísta
rayana en el gore. Gandamo, otro
terror rural, es su aportación al primer número de Núcleo Ubik (1994) y resulta aún mejor. Fiel a su entrega anual, en
1995 publica el que hasta aquel momento era su mejor cuento, y también fue el
último en más de veinte años: La
casquería. Es una lectura agobiante, desagradable y claustrofóbica,
ambientada en un edificio residencial que en aquel momento parecía una versión
macarra de la Delicatessen de
Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro y ahora parecería una versión (más, mucho más)
gore de La comunidad de Álex de la
Iglesia. El cuento te conmovía hasta los cimientos, te revolvía las tripas y te
dejaba con la impresión de hallarte ante un pequeño clásico. Recuerdo que
Julián Díez me telefoneó solo para decirme que el de Adolfina iba a ser el
primer cuento español que iba a aparecer en las páginas de Gigamesh; en concreto, en el número 4, su estreno como director. El
valor de este relato, pues, va más allá de lo literario: también es un hito. No
olvidemos que, en aquel momento, Gigamesh
era la única publicación especializada que pagaba contenidos, lo que convertía
a Adolfina García en autora profesional.
En
una conversación con Lola Robles manifesté mi extrañeza ante la ausencia de La casquería en Distópicas o Poshumanas,
sus dos antologías históricas de ciencia ficción española escrita por mujeres.
Lola me respondió que lamentaba profundamente no poder incluir a García en los
sumarios de las antologías, pero que estas estaban dedicadas a la ciencia
ficción, y todos los cuentos de la autora cordobesa eran de fantasía o de
terror; de hecho, Planeta Dónald es
su primera incursión en la ciencia ficción. Por supuesto, añadía, en cuanto
Teresa López-Pellisa y ella editen alguna antología histórica del terror o la
fantasía escritas por mujeres en lengua española, Adolfina García estará ahí. Y
lo hará con todo merecimiento, porque La
casquería es, sin duda, uno de los cuentos importantes del terror español
de los años noventa, y solo ha sido reeditado en una ocasión; en concreto, en
el número 93 de la revista mexicana A
Quien Corresponda (1999).
Hamburgo Sur, de Patricia
Suárez
Como ya he
comentado, en el Visiones 2002, que
seleccioné, aparecían tres relatos escritos por mujeres. Ahora puedo oír tu llanto, de Paula Grañeda, era un muy solvente
relato de venganza sobrenatural e imposible escrito a lo Edgar Allan Poe. Ojo en el cielo, de Paula Ruggeri, era
una divertidísima parodia del estilo dickiano, muy en la línea de los homenajes
literarios que escribe la autora. Por último, Hamburgo Sur, de Patricia Suárez, era una delicadísima y compleja
historia que, desde el reduccionismo apresurado y la manía del etiquetado
fácil, podríamos llamar cortazariana acerca de una reunión familiar que no
termina de concretarse y de unas visiones, cuya naturaleza no terminamos de
saber si tiene un elemento fantástico o es el producto de la imaginación del
protagonista, que proporcionan un bien trabado giro argumental final. Se
trataba de un relato magnífico, que fue uno de los más aplaudidos en las
reseñas de aquel Visiones y que,
huelga decirlo, no se ha reeditado en España, al menos hasta donde he podido
rastrear, ya que, como sucedía con el relato de Karim Taylhardat, todas las
búsquedas que he efectuado me llevan sin remedio a artículos míos.
El
caso es que, a la altura de 2002, Patricia Suárez era una firma consolidada en
el mundo editorial argentino, lo cual se nota en la maestría de su estilo y en
el ritmo perfecto que le imprime a la historia. Es un placer leerla y, al llegar
al final, releerla para recapitular. Es lo que se suele llamar una pieza de
orfebrería en la que todo encaja. De hecho, Suárez es profesora de talleres de
escritura y ha publicado obras al respecto, como La escritura literaria: cómo y qué leer para escribir (Homo
Sapiens, 2007). En cuanto a su maestría como narradora en extensiones breves,
baste decir que su recopilatorio El árbol
del limón (Algaida, 2013) ganó el IX Certamen Iberoamericano de Relatos
Cortes de Cádiz, y que no es su único galardón en la materia. Con todo, los dos
campos en los que parece sentirse más a gusto, al menos a tenor de la cantidad
de volúmenes publicados, son el teatro y la literatura infantil. En la base de
datos de la Biblioteca Nacional de España constan catorce registros de obras
suyas, repartidos a partes iguales entre narrativa breve, teatro y novela
infantil. En Argentina ha publicado más de una docena de novelas para público
infantil y juvenil, además de media docena de poemarios. Es, pues, una autora
de obra extensa y de alta calidad, que se ha adentrado de manera tangencial en
el género fantástico pero lo ha hecho con relatos tan sobresalientes como este Hamburgo Sur, cuya reedición en alguna
antología histórica sería un acto de justicia.
Monstruos marinos, de Jimina Sabadú
Cuando Jimina
Sabadú publicó Monstruos marinos, su
primer relato, en el número 2 de Artifex
Tercera Época (2005), su nombre no era en absoluto desconocido. Habitual en
las páginas del mítico fanzine Mondo
Brutto, colaboraba tanto en radio como en prensa escrita. Sabadú encarna el
nuevo fandom de los años dos mil,
criado entre referentes frikis y posmodernos, para los que el lolitismo, el
manga y el cosplay son referentes tan
válidos como Luis García Berlanga o las series infantiles de los años ochenta,
y al mismo tiempo dotado de un sólido bagaje teórico y práctico (imparte clases
de dramaturgia y literatura creativa en la Universidad Camilo José Cela). Sus
colaboraciones con Jordi Costa en el videoblog Otaku y Carcamal, por ejemplo,
son tan divertidas como rigurosas, y son solo un eslabón más de una cadena que
la ha llevado a trabajar en televisión y en radio (por ejemplo, para la
recientemente clausurada radio municipal madrileña, M21). Además de tener en su
haber el cortometraje Fiat Homo
(2010), ha sido guionista de los largometrajes La máquina de bailar, de Óscar Aibar (2006), y Faraday, de Norberto Ramos del Val (2013), que dejan bien claro, a
modo de declaración de principios, su amor por la cultura popular de los años
ochenta y noventa, del que Monstruos
marinos es un buen exponente. El hecho de que sea la prologuista de Guía de Sensación de vivir para el teenager
de hoy, de Pilar Baena (Diábolo, 2015) es cualquier cosa menos casual.
El
relato que nos ocupa fue su primera obra publicada de ficción. En él plantea
algunas de las constantes que desarrollará en sus novelas Celacanto (Lengua de Trapo, 2010), con la que ganó el XVI Premio
Lengua de Trapo de Novela, y Los
supervivientes (Algaida, 2015), que ganó el XX Premio Ateneo Joven de
Sevilla.
La recurrencia de una infancia «de las de antes» como territorio
mítico y al mismo tiempo indeseable, los guiños frikis y la presencia en la
trama de elementos de la cultura pop y kitsch
de los años ochenta convierte este relato y las dos novelas en una especie de
universo compartido, aunque son independientes y ni siquiera comparten
personajes, tan solo arquetipos y alusiones casuales. Un ejemplo es el
celacanto que da título a su primera novela y que aparece de manera tangencial
en este relato: nos vale como símbolo de la pervivencia e interferencia de esa
infancia ya casi prehistórica en nuestro mundo adulto. Asimismo, el leitmotiv de Monstruos marinos es una vuelta de tuerca sobre la temática de Frankenstein, de Mary Shelley: la
capacidad humana de crear vida artificial, representada en este caso no por los
dinosaurios que tanto apasionan a la pandilla protagonista del relato, ni por
un ser humano construido a partir de retazos de cadáveres, sino por esas
quisquillas revenidas que se vendían por correspondencia en los años setenta y
ochenta como si fueran los mismísimos Reyes de la Arena del relato epónimo de
George R. R. Martin. Jugar a ser Dios es un juego de niños, de manera literal,
solo que las circunstancias de la víctima, una maestra de primaria (perdón,
EGB), le añaden a la historia una dimensión casi ballardiana («Quizá los
monstruos marinos nos querían explicar que aquello de vivir fuera del tiempo
era solo un estado mental»); por otro lado, esa pandilla tan disfuncional que
está condenada a desaparecer tras el fin de la infancia nos remite no solo al
nudo argumental de Celacanto, sino
también a otras obras definitivas sobre esta temática como Mystic River (la de Dennis Lehane o Clint Eastwood, como prefiera
la lectora) o El cuerpo/Cuenta conmigo
(y, de nuevo, puede elegir, esta vez entre Stephen King o Rob Reiner).
Monstruos marinos se erige, en
resumen, como un relato definitivo sobre la infancia perdida y los riesgos que
entraña jugar a ser un demiurgo, solo un punto por debajo del Arrebato de Iván Zulueta en cuanto a
crudeza y capacidad evocadora, y al mismo tiempo es un buen preludio de las dos
novelas que Sabadú ha publicado posteriormente, tan recomendables como este
relato pero que, por cuestiones de extensión, quedan fuera del ámbito temático
de este ensayo. Es otra de las historias de género fantástico creado por
autoras españolas que no termino de entender por qué no se ha reeditado.
Erundina salvadora, de María
Concepción Regueiro
Y llegamos al
final de esta retrospectiva con uno de los relatos que más me sorprendieron
cuando formé parte del comité seleccionador del Fabricantes de Sueños de 2008, que recopilaba los mejores relatos
aparecidos durante 2007. Publicado en el número 14 de Erídano, era una de las primeras obras notables de la gallega María
Concepción Regueiro, una autora que alterna la escritura en gallego y en
castellano, por lo que su presencia aquí es un recordatorio de la literatura
fantástica escrita en eso que, a veces de manera peyorativa, se define como
«otras lenguas del Estado». No poseo el bagaje suficiente como para abarcar y
juzgar el género escrito en catalán, euskera, gallego o asturiano, pero está
claro que es una asignatura pendiente en libros como este, más predispuestos a
analizar relatos escritos a diez mil kilómetros que otros cuyos autores muy
bien podrían vivir en el mismo barrio que los autores; pared con pared, como
quien dice.
Regueiro
comenzó publicando una novela adulta, Tempos
agradables (Edicións do Cumio, 2002) antes de dar el salto a la literatura
infantil en gallego, con títulos como Un
marciano neste mundo (Ed. Baía, 2004) y O
tesouro das ánimas (Ed. Baía, 2006). Aun sin abandonarlo del todo (vuelve a
la lengua gallega en A herdanza do
marqués, de 2009, y A cerna do
segredo, de 2014), no tarda en comenzar a escribir en castellano. De este
modo, durante el primer lustro de los años dos mil se labra una reputación de
autora solvente con relatos como San
Antonio (2003) o La sangre de los
inocentes (2005), que va publicando en las antologías de relatos
presentados al premio El Melocotón Mecánico de Grupo AJEC (en las ediciones de
2003 y 2005) o en recopilatorios como Razas
estelares (2004), de Mundo Imaginario. Todo esto se traduce en un primer
libro de relatos, La estirpe de Tordón
(Mundo Imaginario, 2005) y la publicación de más historias en el circuito de
revistas electrónicas como Parnaso o Alfa Eridani que dominó los años
centrales de la década pasada. Para cuando apareció Erundina salvadora, en 2007, Regueiro estaba a punto de publicar su
primera novela de ciencia ficción en castellano, La moderna Atenea (Ed. Grupo AJEC, 2008), que fue finalista del
Ignotus, y dar por lo tanto un salto cualitativo.
La
nueva década la convirtió en una de las autoras de referencia, en particular
tras la publicación del recopilatorio Historias
del Crazy Bar y otros relatos de lo imposible (Stonewall, 2013), escrito a
medias con Lola Robles, que la sitúa como una de las cabezas visibles de la
emergente escena fantástica LGBTI+, que tal vez alcance su máximo exponente en
la novela ¿Hogar? (Café con Leche,
2018). También junto a Lola Robles selecciona la antología Visiones 2016 de la AEFCFT y aparece en la recopilación histórica Distópicas (2018). Asimismo, publica
relatos en antologías indispensables como La
canción de Orfeo y otros relatos de viajes interestelares (Ed. Cápside, 2016)
y la ya mencionada No son molinos (Ed.
Cerbero, 2017).
Llegados
a este punto, Regueiro experimenta un nuevo salto cualitativo: se inventa nada
menos que un subgénero, el llamado delibespunk,
que consiste en mezclar parafernalia de ciencia ficción levemente steampunk con una ambientación en el
mundo rural, de lo que resulta una muy personal mezcla de cachava y boina,
realismo mágico, realismo y retrofuturismo. Hasta ahora, los jalones más
significativos de esta vertiente son el relato Isla Faraday (SuperSonic
Magazine 7, 2017) y las novelas cortas Los
espíritus del humo (Ed. Cerbero, 2017) y La refulgencia (Ed. Cerbero, 2019).
Y
aquí quería llegar yo. El delibespunk,
tal como lo enuncia Regueiro en el ciclo narrativo que está publicando con la
editorial Cerbero, ya se veía venir en Erundina
salvadora. En él se nos narran las vicisitudes de Desiderio Ibáñez, un
programador informático avant-la-lettre que,
tras la deserción de Mario, hereda una máquina a la que llama Erundina. Esta es
un desarrollo del motor diferencial que ideó Charles Babbage en el siglo xix y que ha protagonizado buena parte
de la literatura steampunk desde
Bruce Sterling hasta nuestros días. Pero Erundina no es un ordenador al uso:
tiene la capacidad de planificar estrategias, y su concurso puede ser
fundamental para ganar la Guerra Civil. Porque, en efecto, estamos en la
Barcelona de finales de 1938, con el bando republicano enfrentado en un conato
interminable de guerra civil dentro de la Guerra Civil, los anarquistas por un
lado y los socialistas de Negrín por otro, y las tropas franquistas a punto de
romper el frente del Ebro y precipitar el final de la contienda. Desiderio se encuentra
con varios milicianos anarquistas, que representan el español medio, al margen
de los intereses que dictan la alta política y el cálculo estratégico; es
decir, todo aquello que simboliza Erundina. A los milicianos los mueve el
factor emocional, o eso aseguran. Han perdido hijos o amigos en la guerra: ya
no es una cuestión ideológica, es algo personal, como corresponde a toda
contienda fratricida. El relato concluye con una vuelta de tuerca en clave
ucrónica.
Leído
en su momento, daba la impresión de que Erundina
salvadora, de haberse publicado un par de años antes, habría entrado sin
problemas en la antología Franco: Una
historia alternativa, seleccionada por Julián Díez para Minotauro en 2006,
y que no dudo en considerar la mejor antología temática española de los años
dos mil. Releída ahora, doce años después de su primera publicación, parece que
la urgencia es otra: bien podría servir de base para una segunda antología
temática sobre lo que doy en llamar francopunk,
esas historias, no necesariamente ucrónicas, en las que Franco o el franquismo
desempeñan un papel relevante. Cierto es que, aunque la coyuntura ha devuelto
al dictador a la primera plana de la actualidad nacional, las circunstancias
legales no son favorables, con leyes mordaza que ven delitos de odio donde no
los hay y un poder judicial digamos que demasiado susceptible con el asunto;
pero, mientras existan la libertad de expresión y las editoriales,
independientes o no, siempre se podrá soñar con una segunda entrega de Franco: Una historia alternativa. Como
digo, el relato de Regueiro podría ser uno de sus platos fuertes. Y, de no ser
posible, siempre nos quedarán las antologías históricas. Por calidad, Erundina salvadora tendría que estar en
una de ellas.
A modo de
conclusión, solo he ofrecido cinco sugerencias, pero por supuesto podría
haberme extendido hasta la docena. Nombres como Susana Vallejo siguen hoy
vigentes e incluso han ido a más, tras unos años noventa y dos mil en los que
desaparecieron del mapa por motivos varios, para regresar por todo lo alto en
los años dos mil diez. Si bien no alcanza el nivel de las novelas que ha
escrito de diez años para acá, por ejemplo Switch
in the Red (Edebé, 2009) o Calle
Berlín, 109 (Plaza & Janés, 2013), un relato como el ya citado Estar tres va más allá del propósito
para el que se escribió: los deberes del taller literario que Elia Barceló
impartió en Andorra en verano de 1993, consistentes en escribir un relato de
ciencia ficción con sexo en gravedad cero y un loro; de hecho, es una historia
que, releída hoy en día, conserva toda su frescura y merece un rescate. Sin
embargo, ¿qué habrá sido de Georgina Burgos, Luna García, Susana García,
Alejandra Medina o Elena Pérez, que en su momento escribieron relatos más que
meritorios y luego desaparecieron del fandom
sin dejar rastro? La primera es hoy en día una auténtica eminencia en su campo
profesional, la sexología, y, además de ser finalista del premio La Sonrisa
Vertical, ha autoeditado algunas novelas de ciencia ficción, lo cual significa
que el frikismo, aquello que la llevó a las publicaciones de género, sigue ahí,
algo más que latente, pero ¿qué ha sucedido para que no haya regresado a las
publicaciones del fandom? El mundillo
ya no tiene que ver con el que era en los años noventa. Tal vez sea buena idea
localizarlas, reeditar algunos de esos relatos que forman parte de la historia
de la ciencia ficción, la fantasía y el terror españoles y, quién sabe,
descubrir que el talento y la predisposición siguen ahí, y contar con nuevas
historias inéditas suyas. Si este ensayo es solo un primer paso para conseguir
este propósito, o el germen de alguna antología histórica, o una fuente de
información para editores con buen ojo clínico, bienvenido sea.
Etiquetas: 8-M, Adolfina García, Cazador de ratas, ciencia ficción española, Conchi Regueiro, Jimina Sabadú, Karim Taylhardat, María Concepción Regueiro, Moriremos por fuego amigo, Patricia Suárez


























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