miércoles, 8 de mayo de 2013

Hernia pública, hernia privada

Día 1

Como ya sabéis si seguís el blog, el otro día me descubrieron una hernia umbilical que necesita cirugía. Dado que no parece el tipo de cosas que convenga posponer indefinidamente, decido comerme mis principios y aprovechar que estoy pagando mutua para comprobar qué tal funciona la privada en materia quirúrgica.
Así pues, pido hora en la consulta del cirujano y, como se suele decir, que sea lo que dios quiera.
Y he aquí lo que sucede.
El hospital, para empezar, ya no se llama como siempre, sino que le han antepuesto el nombre de la empresa del marido de la Cospe. Mal augurio.
Para continuar, hay dos tipos diferenciados de modus operandi. Si vienes de la Seguridad Social, tienes que introducir tu tarjeta sanitaria en una maquinita que te da número y, si ves que está jodida, ya te atienden en ventanilla. A los que vamos por mutua nos atienden directamente en ventanilla. En la vida real, tienen a una persona orientando a los clientes (ya no somos pacientes, ni siquiera usuarios), porque el cacao es mayúsculo y no hay quien se aclare, ya sea público o privado.
Me paso una hora y cuarto de reloj esperando que me atienda el cirujano. Correctísimo y directo, eso sí. Como con los gines de cuando Cristina estaba embarazada también nos hacían esperar hasta hora y media, deduzco que el problema de la impuntualidad es crónico, independientemente de que la sanidad te la pagues de tus impuestos o te la repagues de tus impuestos y tu cuota de la mutua. Vamos, que esto es un loose-loose.
Dicho esto, me programan el preoperatorio en dos días: el lunes de dos semanas después me hacen las pruebas, y el martes me visitan el médico y el anestesista.


Día 2

El programa de actos consta de analítica, electrocardiograma y placa de tórax (esta última, "por si acaso", dado mi historial clínico de neumonías y linfomas, no porque realmente sea necesaria para una operación de chichinabo que se realiza con anestesia local).
En mi hospital público, mi analítica anual está programada desde un año antes. Los pacientes pasan de cuarto de hora en cuarto de hora; es decir, si te dieron hora para dentro de un año a las ocho de la mañana, tienes que plantarte allí a las ocho menos cuarto, pedir la vez en la cola de las ocho (siempre hay varias colas) y esperar a que te den número en la planta de abajo, que es donde hacen las extracciones.
Aquí la cosa funciona de una manera menos intuitiva y más reglada: según llegas, pides número y ya te dan otro número para las extracciones. La espera, al final, acaba siendo de casi media hora, mientras que en el público no suele llegar al cuarto de hora, y además las enfermeras se quejan de que las extracciones son un despiporre, porque me han llamado a mí antes que a los dos números inmediatamente anteriores, y les urge empezar a controlar eso antes de que se desmanden las cosas.
De ahí me voy al electrocardiograma. El sistema informático está caído. No, yo no tengo nada que ver. No es ninguna JuanMagnetada: es que "están mejorando el sistema", y la hora que me dieron no vale de nada. Tengo que bajar a la planta de entrada, donde me darán número. Una empleada del hospital me indica lo que tengo que hacer, y una vez allí me chupo la cola preceptiva para que me manden a la planta de arriba, que es de donde vengo.
Cuando llego, todo es un descontrol. La enfermera está de muy mala hostia porque todos los clientes la están pagando con ella, y ella va en modo Amo del Calabozo. Cuando le digo que vengo a hacerme un electro, me suelta un "¡Y dale!" y me deja claro que la hora que pone en la solicitud es meramente orientativa, cosa que ya sé porque llevo diez minutos oyéndolo. Total, que me paso tres cuartos de hora esperando, y ya se me está solapando esta hora con la de la placa de tórax. Estoy a punto de preguntarle a la enfermera si me puede dar una hora aproximada a la que me atenderán, porque, de lo contrario, me bajo a radiología para hacerme la placa, y luego subo. Me quedo con las ganas, porque una diabética y una cancerosa se enzarzan delante de mis narices. Ambas tiene su parte de razón: la primera, porque debería ir buscando una farmacia con toda urgencia, y la segunda, porque tiene otra prueba justo a esa hora. La primera se va a la farmacia, y a la segunda la cuelan para que se calle.
Y a mí, pues bueno, me cogen cuando me toca, que es cinco minutos antes de la hora a la que tenía la placa. Una vez dentro, la enfermera se ablanda, ya que me ve la media elástica al colocarme el electrodo, y le hablo de mis trombosis y de mi linfoma, además de mi hija, con lo que se amansa y acaba de lo más amable.
Me ahorro volver al control de la entrada porque, según la enfermera, las placas las lleva otra subcontrata y no hace falta pedir número, ya lo llevan ellos directamente. Comienzo a entrever qué es lo que ha pasado esta mañana: cada servicio funciona dependiendo de la subcontrata. Si la subcontrata es eficiente, la cosa va bien; si es un puto desastre, la cosa es un puto desastre. Todo muy ajustado a la oferta y la demanda, faltaría más.
La placa de tórax va como la seda. Me llaman a los cinco minutos de entrar, me tienen dos minutos esperando para comprobar que no hay que repetirla, y a casa.

Día 3

Ayer me hice las pruebas, y hoy me toca visitarme con los médicos. Vamos a ver qué tal es la experiencia.
Para comenzar, tengo que pasar por la misma cola del día anterior y, para variar también, tengo problema informático de tres pares de cojones: pasan hasta cuatro veces mi tarjeta de la mutua antes de que me puedan dar número, previa consulta de la enfermera con otras dos enfermeras. Y no, esto no es ninguna JuanMagnetada: es que en este hospital que se llama como el marido de la Cospe tienen un sistema informático birrioso que, eso sí, jode por igual a los clientes que vienen de la pública y a los que vienen de la privada.
Total, que me subo a la planta donde está la anestesista. Me encuentro con la enfermera que me hizo el electro el día anterior. Debe de acordarse de mí, porque me indica dónde está la anestesista y me desea suerte.
Con la anestesista estoy que lo tiro, porque es llegar y cogerme, pese a que delante de mí iban dos monjitas. Me somete al cuestionario de rutina (que qué enfermedades he tenido, que si tengo alergias a medicamentos, que qué medicamentos consumo, que si bebo, que si fumo y, en resumen, las mismas preguntas del cuestionario escrito que acabo de rellenar), omite la pregunta estrella que me hacían en el hospital militar (eso de poner cara de circunstancias y preguntar: "¿Te drogas?", como si les doliera más que a ti) y me dice que la analítica está muy bien, y que no tiene ni idea de cuándo me operan, que eso es cosa del cirujano.
Como ya me han asignado número para el cirujano, me dedico a dar una vueltecita por los alrededores mientras hablo por teléfono con Cristina. Dado que tengo que leer un par de libros para reseñar en Lecturalia, decido plantarme veinte minutos antes de hora en la consulta, para ir leyendo con calma... y en cuanto llego, veinte minutos antes de mi hora, me encuentro con que me están llamando. ¡Veinte minutos antes! Entre la hora de retraso del electro de ayer y estos veinte minutos de adelanto, mi desconcierto no hace sino aumentar.
Con el cirujano va todo muy rápido: que le entregue el consentimiento, me entrega una solicitud de autorización de la cirugía para la mutua, me recuerda las cuatro normas básicas que tengo que observar el día de la operación (ir acompañado, y tal), y que ya nos veremos el día de la intervención. Por supuesto, ni idea de cuándo me operan, solo vaguedades: "Suelen tardar como un mes", "Ya te avisaremos", etcétera.

Total, ¿qué consecuencias tengo que extraer de todo esto? Pues que, a no ser que la caguen en la operación y me encuentre con que en vez de haberme quitado una hernia umbilical me han implantado dos tetazas de actriz porno, el nivel de incompetencia es el mismo en la pública y la privada, lo de la mejor gestión se lo creen en su casa a la hora de comer, el caos y los retrasos que se pueden llegar a producir son incluso mayores que en algunos hospitales públicos y, en resumen, que todo esto ha servido para que uno de los hospitales de referencia de Barcelona lleve ahora el nombre de la empresa donde trabaja el marido de la Cospe.

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miércoles, 24 de abril de 2013

Me habré herniao


Pues sí, he conseguido que la expresión "Te habrás herniado" sea algo más que una mera figura literaria. En concreto, tengo una hernia umbilical que requiere de cirugía. En mayo veremos las fechas. Es una chorrada y te vas a casa el mismo día, pero no deja de ser una muesca más en mi nutrido historial clínico. Ya os iré contando.
La cosa, en realidad, no tiene demasiado misterio. Estábamos buscándole ropa a Mireia en su armario cuando, de repente, noto como que estoy hinchado y no tengo ombligo. "Qué raro --me digo--, pero si estoy en mi peso ideal y no me he dado ningún atracón a comer." Me levanto la camisa y ahí la veo, un bultito no demasiado grande pero lo suficiente como para llamar la atención. Ayer estuve en el médico, me confirmó que se trata de una hernia, y que es una chorrada de operación, pero que hay que operar. 
Por lo demás, poco que contar. Mireia está simpática, en fase oral y convencida de que su papá es una pelotita de pelos a la que se puede agarrar por las orejas o por las greñas. Como va a la guardería y hay mucho gilipollas que no vacuna a sus hijos porque se cree las conspiranoias esas de que las vacunas son un montaje de las farmacéuticas, el caso es que lo está pillando todo. El mes de marzo fue particularmente malo al respecto, ya que la pobrecita no levantó cabeza. Pero está creciendo bien, cada vez le gustan más los potitos, está comenzando a dormir más o menos del tirón por las noches, y bueno, que se nos hace mayorcita. El día menos pensado comienza a sentarse sin ayuda, emitir sonidos preverbales o hacer palmitas por sí sola. Pero vamos, que para eso deben de faltar uno o dos meses.
En todo caso, no es que tenga mucho tiempo para actualizar el blog, como podéis comprobar.
Hala, lo dejo por hoy, que tengo que llevarla a la guarde.

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jueves, 28 de febrero de 2013

Pontifex ex machina


martes, 26 de febrero de 2013

No somos Italia

Estoy empezando a sospechar que Luis Bárcenas será presidente del gobierno como número 1 del partido de Mario Conde después de las elecciones de 2015, que habrá que repetir porque Cayo Lara habrá sido incapaz de materializar la ventaja que le darán los sondeos sobre el partido de Toni Cantó, Fofito y Santiago Segura...

(Reflexión publicada hace un rato en el Facebook de Cristina Macía, y realizada al hilo de las elecciones italianas y del divertidísimo número que nos están regalando Luis Bárcenas, Dolores de Cospedal, Carlos Floriano y demás especímenes. Si queréis, puedo hablar también de los ERE, el 11-M, los catalanes y los liberados sindicales, pero va a ser que no.)

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miércoles, 20 de febrero de 2013

Cosas que hacer en Sants cuando tienes una hija de cuatro meses

No quitarle ojo, camino de la guardería, mientras va a su puta bola, intentando meterse el chupete en la boca ella solita, con un gesto de suma concentración.
Escribir una entrada del blog de Lecturalia con ella sentada a tus rodillas, porque es la única manera de que no se eche a llorar.
Adquirir modales de conductor kamikaze cuando un grupo de #SeñorasQue te obstruyen toda la acera, no te hacen ni puto caso cuando les pides permiso para pasar, llegas tarde al ambulatorio y tienes que hacer maniobras arriesgadas para sortearlas.
Comer contrarreloj en el momento en que se queda dormida a mediodía, y tener la seguridad de que hoy volverás a tomarte el café medio frío, porque solo te ha dado tiempo a comer y tomar el postre.
Dejar esta entrada a medias, porque está emergiendo y tienes que prepararle el biberón y sus primeras papillas de frutas.
¿Que si un bebé te cambia la vida? Ya te digo...

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viernes, 28 de diciembre de 2012

Aquellas sí que eran inocentadas

El Día de los Inocentes transcurre con mucho jijí y mucho jajá en las redes sociales, tal vez a la espera de lo que nos depare el último Consejo de Ministros del año. De hecho, inocentadas brillantes, de esas que hacen que no te lo puedas creer de buenas que son, solo he visto una, en un medio con el que colaboro, y ya, si eso, la enlazo cuando haya quedado suficientemente claro que es una inocentada. Por no joderle la gracia al invento, digo. Pero vamos, que no tengo palabras.
De hecho, me ha dado pie para enlazar los tiempos aquellos en que nos currábamos las inocentadas de manera colectiva, coral incluso. 
Supongo que algún día alguien (no necesariamente yo) le dedicará un estudio en profundidad a la página web Bibliópolis. Crítica en la red, que Luis G. Prado puso en marcha durante el cambio de milenio, y que marcó un antes y un después en la crítica literaria de género fantástico en Internet. Aparte de las columnas y reseñas habituales, el equipo de colaboradores, en el que me llena de orgullo y satisfacción decir que participé, también había espacio para el cachondeíto fino, y de este modo nació Biliópolis. Crítica sin red, la actualización del Día de los Inocentes del año 2000. Como es evidente, lo petamos, y el año siguiente también hubo actualización temática, aunque camuflada como una actualización más; de ahí que no os ofrezca enlace. Claro está, introdujimos novedades: si en el año 2000 cada colaborador se encargaba de su respectiva sección, en 2001 hicimos un crossover majo, de modo que Fulanito actualizara la sección de Zutanito, Zutanito la de Perenganito, y así sucesivamente, pero con referencias cruzadas. El resultado fue mucho más currado, ya que en vez de ir cada uno a la suya había cierto, digamos, "universo referencial".
Pues bien, procedo a desclasificar las dos inocentadas literarias más elaboradas en las que he participado.
La del año 2000 era una vuelta de tuerca sobre la columna Mentidero 5, que glosaba cotilleos sobre el fándom con un nivel de detalle y cafrería que, vistos ahora, me parecen escandalosos e inconscientes a partes iguales. ¿De verdad tuve las narices de escribir todo aquello? Me dejé unas cuantas batallitas en el tintero porque, al pasar a dirigir la revista Gigamesh, dejé la sección (encontraba cierta incompatibilidad estructural, por así decir), y al fin y al cabo no llegué a hablar de los tres asuntos más controvertidos (Gigamesh, BEM y la AEFCFyT, porque, según mi razonamiento de aquella época, no quería perder el empleo, ni que me partieran la boca, ni que me declararan persona non grata en el mundillo, respectivamente), pero vamos, creo que dejé por escrito un buen caudal de anécdotas que, evidentemente, acabarán sirviendo de base para esa Gran Novela Sobre El Fándom que sé que algún año de estos terminaré por escribir (y que, de hecho, ya he empezado, aunque esa es otra historia).
A lo que iba: para aquella inocentada me inventé un fanzine, Belzagor, que venía a ser el reflejo chungo del fándom desde finales de los años sesenta hasta el cambio del milenio, una especie de Forrest Gump literario o gemelo malvado de Nueva Dimensión que, pese a que se me fue bastante la pinza, podría haber sido real. La entrada entera está aquí, pinchando sobre este enlace, y a continuación reproduzco los primeros parrafillos, para que veais un poco de qué iba el tema. 

Cuando se escribe la historia de las publicaciones del fandom, se tiende a seguir una especie de línea recta en la cual sólo caben las más directamente comprometidas con el mundillo, aquellos fanzines y revistas puramente metafandomíticos, y tiende a obviarse una inmensa corriente, en absoluto desdeñable, de heroicas aventuras desarrolladas -al menos en lo relativo a los años setenta- al margen de las emblemáticas Nueva Dimensión, Kandama o Fan de Fantasía. Se olvida, por ejemplo, que el auténtico récord de supervivencia y números aparecidos de una publicación no lo ostenta Nueva Dimensión, sino Belzagor, el fanzine (semiprozine, más bien) del que vamos a hablar a continuación.
Y es una lástima, porque Belzagor fue, hablando en términos de calidad-cantidad, la mejor publicación que ha existido jamás en el panorama cienciaficcionero patrio. Sin embargo, una serie de circunstancias la han relegado a un olvido, creo yo que interesado, un ninguneo concienzudo y absolutamente injustificado, como si el hecho de haber funcionado durante veintisiete años y doscientos seis números al margen de la corriente principal de opinión del fandom madrileño-barcelonés hubiese sido un pecado mortal absolutamente imperdonable, causa de la pérdida de la Gracia Divina y, repito, un olvido sistemático que se traduce incluso en la práctica ausencia de documentos escritos que acrediten su existencia. En efecto, encontrar un número suelto de Belzagor es una tarea prácticamente imposible, y más aún en los cauces habituales. Consultadas al efecto librerías como Gigamesh, Arte 9 o Miraguano, lo más que ha conseguido este cronista de las miserias fandomíticas han sido airados o despectivos comentarios o, simplemente, un incómodo silencio, por no decir que un delator cambio de tema, con mirada hacia otro lado incluida. Definitivamente, Belzagor es el grano en el culo del actual fandom español, se pregunte a quien se pregunte, y tal vez se trate de la única cuestión en la que las guerritas del fandom quedan arrinconadas y la unanimidad es total. Haced la prueba en la próxima HispaCon a la que asistáis, venga, intentadlo.
El caso es que esta unanimidad resulta comprensible. Envidia cochina, queridos lectores, eso es lo que le sucede al fandom, incapaz de asumir que la publicación más brillante de toda la historia de la cf española no sólo no le debe nada al fandom sino que se le adelantó en prácticamente todos los logros y avances que éste ha ido consiguiendo a lo largo de los años.
Nace Belzagor en enero de 1973, por obra y gracia de dos activos aficionados, sumidos hoy en el olvido más ignominioso: Fernando Torque Sánchez (Alba de Tormes, 1942) y María del Pilar de Andrade y Mendoza (Ferrol, 1942). Licenciados en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, donde descubren la ciencia-ficción gracias a un seminario sobre "Otredad y cristianismo en la Saga de los Aznar" impartido por Gonzalo Torrente Ballester y Enrique Miret Magdalena, ambos habían frecuentado las reuniones del mítico CLA (Círculo de Lectores de Anticipación, la primera asociación española dedicada a la ciencia-ficción) e intervenido de manera activa en la organización de la primera HispaCon,
Fernando Torque y Pilar de Andrade en la HispaCon '69 la de Barcelona ´69. De hecho, el único documento gráfico en el que tenemos constancia (algo borrosa, eso sí) de su existencia es una fotografía tomada durante la representación, en el transcurso de aquel evento, de la obra teatral Sodomáquina de Carlo Frabetti. Habían contraído matrimonio en Ferrol el 31 de enero de 1967, celebran sus nupcias con un viaje por los Estados Unidos en el que conocen (de obra y en persona) a buena parte de los más influyentes (y completamente inaccesibles en España por aquella época) autores norteamericanos contemporáneos (Charles Bukowski, William Burroughs, Thomas Pynchon), se empapan de la ciencia-ficción rupturista que por aquella época invade el género (testigos privilegiados del nacimiento de la New Wave) y, en definitiva, fruto de su unión nacerán Pilar (1967) y Teodoro (1969). Con respecto a este último existe una anécdota ciertamente jugosa. El retoño recibe este nombre en claro homenaje al autor estadounidense Theodore Sturgeon, aunque ellos siempre comentaron (en el editorial de Belzagor nº 2, por ejemplo), no se sabe si en serio o en broma, que su deseo era llamarle Michaelmoorcock de Jesús y de Todos los Santos, pero el párroco, el Padre Usillos, amenazó con excomulgarles, no obstante lo cual consintió en que se le impusiesen, además, los nombres de Miguel (por Moorcock) y, cómo no, Roberto (por Robert Silverberg). He intentado confirmar este extremo, pero, puesto en contacto con el Obispado de Salamanca, sólo acertaron a informarme del trágico fallecimiento del Padre Usillos y del hecho de que las partidas bautismales de Pilar y Teodoro ardieron a causa de un cortocircuito producido en las dependencias del Archivo Parroquial.


En 2001 nos preocupaba que la fórmula de Biliópolis se echara a perder si la repetíamos, de modo que cambiamos de tercio y camuflamos la inocentada en una actualización normal. Hice crossover con la sección Cosecha Roja, de modo que me inventé una Cosecha Rosa, y una historia bastante delirante en la que venía a demostrar, con pruebas, que Boris Vian fue en realidad un seudónimo, una tapadera y un hombre de paja de Victoria Holt, la escritora de novela romántica. Tal vez no quedó tan redonda como la del año anterior, pero el nivel de delirio era incluso más elevado. Aquí está en enlace, y aquí copio y pego los primeros párrafos.

De entre todos los episodios oscuros que podemos encontrar a lo largo de la historia de la novela negra, sin duda el misterio que envuelve a las motivaciones de la escritora británica Eleanor Alicia Burford Hibberts se lleva la palma. ¿Qué pudo llevar a una autora de renombre mundial a obrar como obró, aun a riesgo de su credibilidad, tan sólo para probar suerte en un género en el que, sin duda y perseverando, muy bien hubiera podido darnos grandes obras maestras sin recurrir a estratagemas tan enrevesadas? Nunca lo sabremos. Afortunadamente, nos queda su ingente obra, repartida entre los géneros histórico, policíaco, fantástico y, cómo no, romántico.
Es poco lo que sabemos de Eleanor Burford, excepto que nació en Londres en una fecha indeterminada entre 1906 y 1910 (¡nunca se dice la edad exacta de una dama!) y falleció el 18 de enero de 1993 a bordo de un crucero que cubría la ruta entre Grecia y Egipto. Publicó más de doscientas novelas, con múltiples seudónimos, lo cual nos puede dar una pista acerca del porqué de su comportamiento. Aunque siente a temprana edad la vocación literaria, hasta 1947 no consigue publicar Más allá de las montañas azules, bajo el seudónimo “Jean Plaidy”, con el que escribiría novelas históricas tan relevantes como Castille for Isabelle, Isabella and Ferdinand, Las cortes del amor y Madame du Barry. Las biografías oficiales saltan de esta fecha hasta 1960, en que su agente en los Estados Unidos le sugiere que se adentre en el género rosa (con Amante de Mellyn), al cual regala auténticas obras maestras como Arenas movedizas, El amante diabólico, La leyenda de la séptima virgen, La mujer secreta o Ambición mortal, todas ellas reseñadas en términos sumamente elogiosos en Las 100 mejores novelas rosa del siglo XX; bueno, y las 15 mejores novelas españolas, que en realidad son casi todas antologías, pero en fin, ya nos entendemos  (Varios autores, La Factoría de Ideas, 2001), Literatura romántica: las 100 mejores novelas escritas por mis compadres británicos (David Pringle, en Minotauro, 1990) y Ciencia-pasión hard: guía de posturas (Miquel Barceló, Ediciones B, 1990, cuya reedición, anunciada como inminente desde tiempos inmemoriales, no sabemos ya si esperar sentados, o cómo). Particularmente destacables son La confesión de la reina, de 1968, una biografía bastante fiel de María Antonieta, y sus llamémosles continuaciones: El jinete del diablo (1977) y La isla del Paraíso (1985), todas ellas ambientadas en un siglo XVIII que, reconozcámoslo, debe mucho más al Chloderlos de Laclos de Las relaciones peligrosas y al Marqués de Sade de Justine que a la pléyade de mediocridades tipo Danielle Steel que han venido a manchar de manera irremediable la imagen de un género por lo demás tan respetable como el policíaco o el fantástico. (Léase al respecto el polémico artículo de Barbara Cartland “Victoria Holt: una visionaria entre chulop*t*s”, en Gigaflesh nº7.) Además de los ya citados seudónimos, Eleanor Hibbert publicó como Philippa Carr (a partir de El milagro de San Bruno, 1972), así como Elbur Ford, Kathleen Kellow, Ellalice Tate y, cómo no, su nombre de soltera, Eleanor Burford.
El caso es que en 1946, tan sólo una año antes de ver publicada su primera novela, Eleanor se encuentra en una encrucijada: tiene más o menos encarrilada su carrera literaria, en la vertiente histórica, pero le apetece escribir, a partes iguales, género policíaco y romántico. Para buscar inspiración viaja a Francia, que por aquel entonces es un hervidero cultural e intelectual. La sociedad parisiense de los meses posteriores a la Liberación acoge con los brazos abiertos a músicos de jazz, escritores de novela policíaca, aprendices de filósofos existencialistas... El Boulevard Saint-Germain, en el corazón del Barrio Latino, es el epicentro de una de las mayores revoluciones jamás vividas por la cultura popular. La divina “rive gauche” recupera el esplendor de los años veinte, cuando la “lost generation” campaba por sus respetos, cuando Gertrude Stein o Ernest Hemingway consiguieron el pequeño milagro de escribir, desde París, algunas de las obras maestras de la literatura estadounidense.
Eleanor Burford alquila una azotea en las inmediaciones de la Sorbona, frecuenta conciertos de jazz (apadrinada por Louis Armstrong, aprende a tocar la trompeta) y urde una novela romántica que siempre consideró como la cumbre de su narrativa: The Foam of the Days. En ella se narra una historia de amor urbano y adolescente, que adquiere sus mayores componentes folletinescos cuando la chica enferma gravemente, una enfermedad que es tratada con un toque entre surrealista y arrebatado muy del gusto de los gustos imperantes en aquel París en reconstrucción: Raymond Queneau y Alfred Jarry se manifiestan como las principales influencias de Eleanor, quien contacta con varias editoriales, sin éxito. Debido a los sucesivos rechazos, se inventa el seudónimo “Victoria Holt”, pero ello tampoco le sirve de mucho. Desanimada, da su brazo a torcer, al mismo tiempo que descubre las posibilidades del hard-boiled, género al que, entre clase de trompeta y clase de trompeta, consagra todos sus esfuerzos. La crudeza de I’ll Spit On Your Grave, una historia de venganza racial ambientada en un Profundo Sur con ecos tanto de Jim Thompson como de William Faulkner, es una buena muestra del giro que Eleanor imprime a su carrera. Concebida en principio como una novela romántica estructurada en torno al idilio imposible entre un chicarrón albino y una joven blanca de buena familia, y de cómo este chicarrón se hace pasar por blanco, deviene en una sangrienta sucesión de episodios violentos, con sexo explícito y escenas que, pese a la tolerancia del París de la inmediata posguerra, resultaban definitivamente impublicables.

Lo dicho. Que las disfrutéis tanto como las disfrutaron los frikis cuando aparecieron.

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lunes, 24 de diciembre de 2012

Siete años

Tal día como hoy, hace siete años, y exactamente a esta hora, cedí a las presiones de mi entorno (léase: Álex) y me abrí este blog.
Bueno, en realidad la cosa fue un poco más compleja. Yo ya llevaba un tiempo haciendo acopio de entradas (en particular, me pasé todo el puente de la Constitución de 2005 escribiéndolas como loco), y en un momento de debilidad, durante unas Navidades en casa de mi madre en Madrid, encontré un ratito para crearme el blog y colgar nada menos que tres entradas en un solo día. Comparad con el "frenético" ritmo que llevo en los últimos años, actualizando, si acaso, cada dos meses.
Han pasado muchas cosas desde entonces (varios pisos compartidos, algún bandazo laboral, un matrimonio, una hija, las muertes de mis padres...), y debo confesar que el rollito de la pornografía emocional por la pornografía emocional ya no me atrae lo más mínimo, pero me da pena darle matarile al blog así como así, ya que me ha supuesto grandes satisfacciones y grandes disgustos personales y paraprofesionales a partes iguales, algunas de sus entradas son de lo mejorcito que he escrito o voy a escribir jamás (tengo preferencias, claro está, pero eso me lo guardo para mí), es parte de mi vida y, aunque ya no es lo mismo que antes, por lo menos es, que no es poco. Ya casi ni me paso por Twitter, Facebook me cansa cada vez más, no sé por qué no me he borrado de Google +, solo me acuerdo de Spotify cuando algún usuario a quien ni siquiera conozco se suscribe a alguna de mis listas de reproducción, a LinkedIn ni me acerco y, en resumen, entre la paternidad y el recato que me ha entrado en los últimos años, cada vez me doy menos a las redes sociales y aplicaciones varias (¡pero si no tengo ni WhatsApp!). Aun así, el blog es un valor seguro. Errático, con los comentarios capados en la mitad de las entradas (porque para qué: ya no comenta casi nadie) y todo lo que queráis, pero seguro al fin y al cabo. Se salva de la quema porque es un fin en sí mismo.
Así pues, aquí andamos, de cumpleaños bloguero. Siete años, quinientas diez entradas y muchísimas cosas, personas y proyectos después. Así pues, soplemos las siete velas virtuales y deseémosle una larga vida, con independencia de si esta es prolífica o no.

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sábado, 22 de diciembre de 2012

Cuando despertamos del apocalipsis maya, el mundo real todavía estaba allí


El texto que mejor refleja el estado de ánimo de toda la gente que esperó el fin del mundo hasta las 23.59.59 del 21 de diciembre, y la cara que se les puso cuando comenzó el día 22 y el mundo real y los recortes todavía estaban aquí. Cómo no, es del maestro Philip K. Dick.

Every day that passed put me into a greater state of excitement. Toward the end of the month I was hardly sleeping at all.
When April twenty-third arrived I woke up while it was still dark. I lay in bed awhile, so keyed-up that I could barely stand it. Then at five-thirty a.m. I got out of bed and got dressed and ate breakfast. All I could get down was a bowl of Wheat Chex, incidently. And a dish of apple sauce. I lit a fire in the fireplace in the living room and then I began walking around the house. I didn't know exactly where Charley would first be seen, so I tried to cover every part of the house, be in each room at least once every fifteen minutes.
By noon I was so conscious of him that I kept turning my head and catching a glimpse of him out of the corner of my eye. But at two o'clock I had a distinct feeling of let-down. I had a cheese sandwich and a glass of milk and that made me feel better, but the sense of his presence did not become any stronger.
When six o'clock came, and he still hadn't come back to life, I began to become uneasy. So I telephoned Mrs. Hambro.
"Hello," she said, in that hoarse voice.
I said, "This is Jack Seville." (What I meant, of course, was Jack Isidore.) "I wondered if you'd noticed anything definitive."
"We're meditating," she said. "I thought you would be with us. Didn't you catch our telepathic message?"
"When was it sent out?" I asked.
"Two days ago," she said. "At midnight, when the lines are Strongest."
"I didn't get it," I said in agitation. "Anyhow, I have to be over here at the house. I'm waiting for Charley Hume to come back to life."
"Well, I think you should be here," she said, and I noticed a real hint of crossness in her voice. "There may be a good reason why we aren't getting the expected results."
"You mean, it's my fault?" I demanded. "Because I'm not there?"
"There has to be some reason," she said. "I don't see why you have to stay there and wait for that particular person to come back to life."
We argued awhile, and then hung up with less than the most amiable feelings. Again I began pacing around the house, looking this time into every closet, in case he returned and found himself shut in where he couldn't get out.
At eleven-thirty that evening I was really getting worried. I again telephoned Mrs. Hambro, but this time got no answer.
By a quarter of twelve I was virtually out of my mind with worry. I had the radio on and was listening to a program of dance music and news. Finally the announcer said that in one minute it would be twelve midnight. He gave a commercial for United Airlines. Then it was twelve. Charley hadn't come back to life. And it was April twenty-fourth. The world hadn't come to an end.
I was never so disconcerted in my entire life.

(Confesiones de un artista de mierda, de Philip K. Dick)

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martes, 18 de diciembre de 2012

Hasta donde El Hematocrítico de Arte no había llegado

Reconozco que el blog del Hematocrítico de Arte es una de mis debilidades absolutas, pero lo que se dice absolutas. Si algún día me diera por actualizar los enlaces que aparecen en la columna de la derecha de este blog, sin duda lo enlazaría, junto con El Mundo Today o  la cuenta de Facebook de Versiones Bizarras. Lo que convierte al Hematocrítico de Arte en un must es esa capacidad tan brillante de descontextualizar imágenes mediante las descripciones literales y mordaces de su contenido; no deja de ser una variante de las versiones literales de videoclips que hemos sacado en este blogs, aunque trasplantadas al ámbito artístico. El Hematocrítico nos muestra cuadros clásicos (generalmente, renacentistas, aunque a veces llega hasta el realismo decimonónico) y los retitula efectuando una descripción surrealista pero literal de lo que vemos en esa imagen. Basta añadir un falso título original en traducción macarrónica (pues casi todas las obras que se nos presentan son italianas o francesas), y el festival del humor está asegurado. A nosotros, que tenemos el bagaje cultural del siglo XXI, nos corresponde interpretarlo. Si, además, contamos con el bagaje suficiente de arte e iconografía, el juego es mucho más disfrutable. Para entendernos, el Hematocrítico hace con el arte medieval y moderno lo que Les Luthiers hacen con la música clásica. Todo esto produce momentos tan desopilantes como estos:

Papá Noel regalando iglesia de Playmóbil a obispo con león 
(Il regalli per le obispi dil zoológicci)
de Carlo Crivelli

Papa jugando al minigolf durante la invasión de los ovnis de Cristo
(La pachangui interrupta per la invasioni desconccertanti),
de Masolino da Panicale


Ahora bien, siempre he echado en falta dos ejes temáticos que me encantan, pero que entiendo que al Hematocrítico se la traigan floja, dado que es su blog, tiene sus inquietudes propias y saca en él lo que quiere: el arte contemporáneo y el frikismo. Como digo, el Hematocrítico apenas visita la pintura del siglo XIX, por lo que nos faltan obras descontextualizables pero vigentes como las de Ramón Casas o las ilustraciones de clásicos literarios como Moby Dick.
Por todo ello, me ha dado por hacer no tanto una copia del Hematocrítico de Arte (misión imposible e innecesaria, ya que se trata de un blog insuperable) como tres descontextualizaciones de obras de arte o ilustraciones. Evidentemente, arrimo el ascua a mis sardinas, que en este caso son la actualidad política, la serie Juego de tronos y el título de una de las obras emblemáticas de Joaquín Sorolla. No es lo mismo que hace el Hematocrítico, ni por intenciones ni por modus operandi, pero sí es un homenaje y una coña marinera que colgué en Facebook hace unos días y que espero que os haga gracia.

Violentísimo manifestante indignado en primer plano atacando alevosamente a los agentes 
de la autoridad (El Felip Puig ho negarà tot)
de Ramón Casas.





Ejecución sumarísima de Ned Stark en un Desembarco del Rey alternativo con ambientación steampunk y cierto toque cañí a lo Danza de tinieblas, de Ramón Casas.




¡Y aún dicen que el pescado es caro! (Joaquín Sorolla, revisited).

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lunes, 17 de diciembre de 2012

Apocalipsis maya (copiado de mi Facebook)



Querido amigo magufo:

Como sin duda sabrás, el próximo día 21 de diciembre se producirá el fin del mundo. En realidad, el comienzo de esta carta es meramente retórico, porque sé que lo sabes. La cantidad ingente de mensajitos, cadenas, enlaces, retuits y chuminadas digitales varias en las que me alertas del inminente fin del mundo me ha dejado claro, de manera inequívoca, que estás convencido de q
ue el mundo se acaba porque alguien sacó de contexto una extrapolación errónea acerca de un dato en absoluto contrastado que tenía más o menos algo que ver con un calendario maya que, en efecto, existe.

Pero tú, amigo magufo, sabes que mi escepticismo, y el de muchos otros seres racionales como yo, carece de fundamento. Y, en efecto, estás convencido de que el fin del mundo me va a pillar en pelotas, mientras que tú estás preparado.

Por todo eso, y como, a pesar de todo, cabe la posibilidad de que yo esté equivocado, querría pedirte un favor, ya que eres mi amigo, o al menos así lo demuestran las carretadas de spam relacionado con el fin del mundo que me has estado enviando durante el último año.

Verás. Yo es que no estoy seguro de que el 21 de diciembre se vaya a producir el fin del mundo, ¿sabes?, pero tú sí. Y seguramente poseas una gran cantidad de bienes a los que tal vez tengas mucho apego (piso, coche, segunda vivienda, muebles, cuenta corriente, discos, películas, objetos decorativos, ropita que le iría genial a mi hija, libros, libros, ¡libros!), pero que, entre tú y yo, no te van a servir de nada si el mundo se acaba. Total, nos vamos a ir todos a tomar por saco, y ni te vas a enterar de lo que venga después. Pero claro, durante todo este tiempo has confiado mucho en mí, enviándome todos esos mensajes, y yo me pregunto lo siguiente: ¿te tirarías el rollo y me los donarías?

Es muy sencillo: tenemos de aquí al día 21 de diciembre para acudir a una notaría. Tan solo tendrías que rehacer tu testamento y DONARME TODOS TUS BIENES. Así podrías trasncender a un plano de existencia superior, junto con toda la demás gente previsora y crédula que está, como tú, convencida de que el fin del mundo se producirá el día 21 de diciembre. Y, encima, lo harías mucho más feliz, puesto que habrías hecho una buena obra.

Solo te llevará una mañana. Y, en serio, si luego resulta que abres el ojo el 22 de diciembre y el mundo sigue existiendo, solo tienes que denunciarme por apropiación indebida, o por estafa, o por lo que se te ocurra, y rezar para que yo haya perdido mi ejemplar del documento notarial en el que me donas todos tus bienes... o no me lo haya gastado todo para entonces, claro: a fin de cuentas, el mundo se acaba, ¿no? Creo que todos salimos ganando.

¿Hace? ¿Quedamos un día y me donas todos tus bienes? ¿No? ¡Pero hombre (o mujer)! ¡Si estás convencido de que el 21 de diciembre se acaba todo!

Ah, ¿no estás convencido del todo? ¿En realidad no crees que el 21 se vaya a acabar el mundo? Pues muy bien, entonces ¿SE PUEDE SABER QUÉ COÑO HACES ENVIÁNDOME SPAM COMO UN GILIPOLLAS? ¡¡DEJA EN PAZ MI PUTA CUENTA Y MÉTETE TU SPAM POR DONDE TE QUEPA, O TE BLOQUEO!!

Muchas gracias.

Tuyo afectadísimo,

Juanma.
(Tontás que se le ocurren a uno, cuelga en el Facebook y les hacen gracia a los lectores.)

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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Puentes de la Constitución

Mi amiga Luz, cuyo padre falleció un 10 de diciembre, me dijo lo siguiente cuando se enteró de que había fallecido mi madre, el 6 de diciembre del año pasado: "Vas a odiar el puente de la Constitución mientras vivas". No le falta razón, porque llevo desde el día 2 (cuando nos enteramos de que su situación ya era irreversible, y nos las tuvimos que arreglar para viajar de Girona a Madrid en el primer tren en el que pudimos encontrar plaza) rememorando los hechos... pero claro, muy atenuados por la alegría y el trabajo que supone tener a una recién nacida en casa.
Mireia crece a buen ritmo, ya comienza a sonreír, a observar ciertos horarios de "gente mayor" (solo dos tomas nocturnas, espaciadas por sus buenas cuatro o cinco horas) e, incluso, a dormirse solita.
Por otro lado, no deja de ser llamativo como hemos convertido a una niña de menos de dos meses en una puñetera politoxicómana: es una viciosa del chupete y de necesitar bracitos para dormir. Así es la vida.
Y claro, todos aquellos buenos propósitos de convertir a Mireia en una persona con culturilla musical se han vuelto en mi contra. En mes y medio he pasado de ser alguien que intenta cantarle a Leonard Cohen y la Velvet Underground para dormirla (con resultados desiguales), y a Siniestro Total y Los Enemigos para animarla (con notable éxito, debo decir) a un padre que se sorprende a sí mismo tarareando las melodías que suenan en su hamaca, o silbando la canción con la que intentamos que se quede dormida cuando le entran los ataques de llanto. ¡En lo que han quedado las buenas intenciones!


Es cierto que la paternidad te cambia la vida por completo.
Y que puede conseguir que, en vez de odiar para siempre el puente de la Constitución, solo se me ponga muy mal cuerpo y piense que, al fin y al cabo, así es el ciclo de la vida. Algo es algo.

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viernes, 23 de noviembre de 2012

Dación en pago del alma

Se tiró por un balcón, desde un séptimo piso, porque lo iban a desahuciar, e iba a perder el piso que tantos esfuerzos le había costado comprar. 
Nada más estrellarse contra el suelo, abrió los ojos, en el otro lado.
Pero no estaba solo. Allí lo esperaban Alberto Ruiz-Gallardón, dos agentes judiciales y Mefistófeles en persona. 
--¡Ingenuo! El suicidio tampoco liquida la hipoteca --le dijo Gallardón, y se echó a reír con una carcajada inhumana.
Aquello solo era el principio.

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lunes, 5 de noviembre de 2012

Remember, remember...

Hoy cumplirías ochenta y tres años, y tendrías un cacao emocional de tres pares de cojones, porque acabarías de enterrar a tu exmarido pero también habrías conocido a tu preciosa nieta Mireia.
Todo eso si estuvieras viva, claro.

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miércoles, 31 de octubre de 2012

Lejos de África, en Lecturalia

Como ya he comentado, estoy colaborando con el blog de Lecturalia. Mi última colaboración, hasta la fecha, es esta entrada, dividida en dos, sobre novelas españolas cuyas acciones transcurren en las colonias españolas en África. Se trata de un paseo literario por Marruecos (la primera parte), e Ifni, el Sáhara Occidental y Guinea Ecuatorial (la segunda parte). Los éxitos coyunturales de El tiempo entre costuras, de María Dueñas, y Palmeras en la nieve, de Luz Gabás, me dan pie para hablar de obras maestras de la literatura española, como Imán, de Ramón J. Sender, o La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Espero que os guste.

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domingo, 28 de octubre de 2012

Entrevista en Fantasymundo

Alejandro Serrano me entrevistó para Fantasymundo, y el resultado se publicó el 1 de octubre. Aquí pongo el enlace. A disfrutarlo... o no.

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Unos que nacen, otros morirán

Dos mil quinientos años de historia de la filosofía para que, al final, todo se reduzca a un verso de Julio Iglesias.
De manera sucinta:
El 14 de octubre, a las 14.25, nació nuestra hija Mireia, con sus 3,550 kg y 51 cm a cuestas. Está creciendo bien, muy guapa y con los inevitables cólicos.
Y el 24 de octubre, a las 6.20, falleció mi padre Enrique, a los ochenta y dos años.
La noticia más feliz y una de las más tristes, prácticamente de un día para otro.

(Nota: Como hice cuando falleció mi madre, desactivo los comentarios. Muchas gracias por haceros cargo.)

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martes, 4 de septiembre de 2012

Colaboraciones en Lecturalia

A partir de este mes de septiembre voy a colaborar con Lecturalia Blog, compartiendo espacio con Alfredo Álamo, Raquel Vallés y Gabriella Campbell, a quienes doy las gracias por haber pensado que yo podría aportar algo al proyecto. Espero que mis entradas estén a la altura y, por supuesto, trataré de que dos días a la semana tengáis material variado, desenfadado e interesante acerca del mundo editorial, de la literatura en general, y de todas esas cosas que nos interesan a los letraheridos. 
Para abrir boca, dedico mi primera entrada a un asunto tan controvertido como pródigo en ejemplos: las vendettas literarias. ¿Que qué es eso? Leed la entrada y lo sabréis.

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miércoles, 22 de agosto de 2012

Carta a Mireia

Hola, Mireia,

Todavía no me conoces en persona, aunque me has oído (y sentido) muchísimas ocasiones a lo largo de estas casi treinta y cinco semanas. Sí, yo soy esa voz melosa que le susurra cosas a la tripita de tu mamá cuando te pones a dar patadas y codazos, cuando entras en esas fases de movimientos intensos, nada más irnos a la camita a dormir, que nos hacen tener la certeza de que te encuentras bien de salud, y que vas a ser una niña muy pero que muy despierta y vivaz. Debes de reconocerme, porque a veces dejas de moverte durante unos segundos, y otras veces comienzas a moverte con mayor fuerza que antes. Aún no sé si esto se debe a que me reconoces y te alegras de oír esa voz familiar que no sabes de quién es, o a que te acabo de despertar y te he cortado el rollo, o a que te he asustado y acabas de pegar un respingo. Ya lo iremos descubriendo juntos.

También soy ese peso que sientes en el culete o en la cabecita cuando te pones a dar bandazos, seguramente incómoda porque la tripita de mamá se te está quedando pequeña. ¡Con lo divertido que era extender los bracitos hasta la otra punta del saco amniótico! (Parece mentira, pero así es como has salido en todas y cada una de las ecografías que te hemos hecho a lo largo de este embarazo: con los brazos extendidos.) Si a continuación oyes un "¿De quién es esta pierna? ¡Que me la comoooo!", entonces es mamá; pero si oyes algo parecido a "¿Pero cómo está hoy esta revoltosaaaaaaa?", entonces, no te quepa duda, soy yo. 

Tu papá.

Y tú eres (vas a ser) mi hija.

Y mamá, tú y yo vamos a ser una familia.

No seremos toda tu familia, porque vas a tener tres abuelitos, unos cuantos tíos y muchos primitos, tíos abuelos, primos segundos o tíos segundos. Pero te faltará una abuelita, y nos da mucha pena, porque si hubiera vivido dos meses más habría llegado a saber que venías de camino. Incluso llegamos a pensar en ponerte su nombre, porque es muy habitual que los bebés se llamen como sus papás o sus abuelitos, pero en cuanto vimos la segunda ecografía, la de las veinte semanas, y que eras una niña, supimos que tenías cara de Mireia, que tenías que llamarte Mireia. Cuando todavía eras una fantasía, un deseo, cuando aún no sabíamos que venías de camino, e incluso cuando ya lo sabíamos pero aún no estaba claro si eras un niño o una niña, te llamábamos Camino, o Caminito, por seguir una vieja broma entre mamá y papá. Claro está, si te llamábamos así ibas a ser Camino de Santiago, como... Bueno, ya lo verás: seguro que te llevamos dentro de unos años, y así lo entenderás todo. 

Todos los futuros papás hacen estas cosas.

Tenemos muchas ganas de que vengas, Mireia. Después de treinta y cinco semanas dentro de mamá, y algunas menos sabiendo que estás allí, tenemos unas ganas locas de verte la carita. Te la hemos visto, pero como suele salir en las ecografías: difusa, en blanco y negro, y muy pequeñita, más de lo que eres en realidad. Nos hemos negado a hacerte ecografías de esas de no sé cuántas dimensiones: tiempo tendremos de hacerte fotos cuando hayas nacido. Eso sí, en la penúltima ecografía, la de hace tres semanas, te pudimos ver con toda claridad, tragando líquido amniótico, preparando el acto de reflejo de mamar. Ensáyalo bien, Mireia, porque, si todo va bien, esa será tu manera de comer durante los próximos meses de vida, tal vez durante casi todo tu primer año en este mundo. 

Uno de los primeros consejos que nos dieron cuando supimos que venías fue que no leyésemos nada en internet, y que no hiciéramos caso de los comentarios que oyéramos. Es cierto que la gente está muy predispuesta a compartir las experiencias negativas, y que se guarda para sí las positivas, por lo que es inevitable caer en cierto alarmismo, y verlo todo negro. También es cierto que seríamos unos malos padres, negligentes y poco realistas, si no fuéramos conscientes de todo lo que implica traer al mundo a una personita frágil, con la que todo cuidado y toda precaución son pocos. Hasta ahora estás creciendo sin grandes problemas, sana, dentro de la normalidad y, aunque nos has dado algún que otro sobresalto y mamá está teniendo bastantes de las molestas propias de un embarazo (sobre todo, de un embarazo cuyo tercer trimestre va a transcurrir en medio de la peor ola de calor de los últimos años), no podemos quejarnos demasiado... y, hasta donde sabemos, eres una niña sana.

No obstante, nos inquietamos, claro. Porque nunca podremos estar seguros de que todo vaya a ir bien. Porque un hipido tuyo nos hace gracia, pero tres seguidos nos hacen temer que te esté pasando algo. Porque, aunque eres una niña tranquila en general, si estás demasiado tranquila durante muchas horas nos llevamos un buen susto. Pero hoy te hemos visto en una ecografía, dormidita y con la mano izquierda levantada, cerca del moflete, y hemos sabido que estabas bien.

Supongo que la paternidad y la maternidad es, precisamente, esto: estar alerta, pero sin volverse paranoico, y preocupado, pero sin ser un neurótico. Sacar a relucir un instinto protector y una capacidad para pegar un salto al menor contratiempo. Ya nos iremos acostumbrando, nosotros y tú. No queremos sobreprotegerte, porque vas a vivir en un mundo mucho más hostil de lo que nos habría gustado, pero tampoco queremos ser negligentes y dejarte a tu puta bola. Queremos que tengas un papá y una mamá, no unos pesados que no te dejen ni respirar, pero tampoco unos desapegados que pasen de ti, y no vamos a saber nunca si nos estamos pasando o no estamos llegando.

Queremos que tengas todas las comodidades que podamos permitirnos darte, aunque nos da miedo malcriarte. Por otro lado, somos conscientes de que no podremos darte según qué cosas. 

No tenemos carné de conducir, y es difícil que lleguemos a tener coche, pero por suerte vivimos en una gran ciudad en la que podemos desplazarnos en transporte público, o incluso andando. 

Tal vez no podamos ofrecerte una sanidad y una educación de auténtica calidad, como la que te habríamos dado si hubieras nacido hace unos años: nos da pánico pensar que te pueda pasar algo irreversible que, en otras circunstancias, hace tan solo cinco o diez años, no habría pasado de ser un mero percance. 

También tenemos miedo de que no disfrutes de una verdadera igualdad de oportunidades en asuntos como el acceso a un trabajo digno (o el  acceso a un trabajo, a secas) o la capacidad de hacer lo que quieras con tu propia vida (nadie nos dice que, dado el cariz que están tomando los acontecimientos, no te vaya a pasar lo mismo que a tu abuelita Carmina, que tuvo que dejar su trabajo porque la ley establecía que las mujeres casadas no podían seguir trabajando). Quién sabe, a lo mejor acabamos animándote a hacer algo que siempre es doloroso para unos padres: emigrar a un país donde tengas verdaderas posibilidades de llevar una vida mejor que aquí.

Te resultará difícil expresar tus verdaderas opiniones, y tal vez no llegues a saber lo que es ir a una manifestación para reclamar tus derechos, ni la justicia gratuita si alguna vez te metes en un lío, ni un contrato de trabajo indefinido, ni un matrimonio civil, ni una sociedad laica. Todo esto nos da auténtica pena, porque no entraba dentro de nuestros planes traerte a un mundo en el que, sin duda, tendrás una calidad de vida notablemente peor que la que disfrutamos papá y mamá.

Por otro lado, creemos que vas a ser afortunada en el sentido de que intentaremos educarte en el bilingüismo, en tus raíces catalanas y madrileñas. Te llamas Mireia, que es un nombre catalán, porque eres catalana, y queremos que te sientas orgullosa de ello. Pero también de tus raíces madrileñas, andaluzas, gallegas y castellanas. Si las cosas se ponen feas de aquí a unos años, sea en el sentido que sea, es probable que te encuentres en alguna encrucijada incómoda, ni de aquí ni de allí, que en Madrid te insulten o te miren mal por ser catalana, y en Barcelona te pase otro tanto por ser xarnega, hija de un español, pero esperamos que no se llegue a eso, y puedas crecer siendo bilingüe perfecta, hablando tan bien el castellano como el catalán y, además, sabiendo hablar inglés y algún que otro idioma (alemán, mandarín, francés o portugués, eso ya se verá).

Aunque te vas a criar en un ambiente que valora la cultura (tanto mamá como papá viven de ella, pero claro, habrá que ver por cuánto tiempo), tampoco podemos estar seguros de que vayas a recibir una educación tan completa como la que hemos recibido papá y mamá, y vale, vas a tener la suerte de conocer en persona a algunos de los escritores cuyos libros tal vez tengas que leer en el colegio, pero, por otro lado, es muy probable que ni siquiera llegues a sentir el menor interés por ellos, porque, simplemente, estará mal visto leer, nos considerarás unos frikis penosos y, qué idea más horrible, tu sistema de valores nos acabará pareciendo tan aborrecible como a ti el nuestro. Somos unos padres preocupados, no lo olvides.

Pero nos estamos adelantando mucho a unos acontecimientos que tal vez no se produzcan así. Tal vez el futuro no sea para tanto. O tal vez sea mucho peor. O incluso cabe la posibilidad de que deje de importarnos, porque no habrás conocido la alternativa y, en vez de torturarte con lo que era o lo que podría haber sido, optaremos por el pragmatismo y decidamos educarte en el aquí y el ahora, para que salves el pellejo y te aferres a las escasas posibilidades que nos quedan de seguir perteneciendo a la clase media, suponiendo que eso vaya a seguir existiendo dentro de unos años. En que no te falte de comer, ni de vestir, e incluso te alcance para algún caprichito, y goces de buena salud, y estés en posición de acceder a un trabajo acorde con tus posibilidades reales, aunque ello suponga que tengas que largarte de aquí.

Tenemos todas las incertidumbres del mundo, todas las dudas. ¿Seremos unos buenos padres? ¿Hemos hecho bien al traerte a un mundo que se está desmoronando? ¿Podremos darte la estabilidad emocional y material que necesitas para crecer como persona y llegar hasta donde te propongas? ¿Cuántas de nuestras manías y virtudes heredarás, y cuáles no? ¿Contribuirás a mejorar el patrimonio genético de la especie? ¿Tendrás hijos, alguien a quien podamos llamar nuestro nieto, y llegaremos a verlo? Ser papá y mamá no es fácil, lo intuimos más que sabemos (dentro de unas cinco semanas nos enteraremos de lo que es bueno), pero tal vez ser hija nuestra tampoco vaya a serlo, y todo eso nos preocupa.

Queremos darte una vida y una casa en las que puedas crecer sana y feliz. Papá y mamá han tenido que irse de un pisito, el piso de soltera de mamá, donde hemos vivido muy a gusto, hemos sido muy felices, hemos planificado tu venida... y hemos descubierto que venías de camino. Pero es un piso muy pequeñito para los tres. Queríamos darte una habitación, que está quedando monísima, en un piso más grande, que no va a tener el encanto que tiene el piso de mamá y papá, pero que será nuestro piso, el piso de Mireia y de sus papás. Nos costó mucho encontrarlo, y esa es una historia que ya contaré en otra ocasión. Pero también nos ha costado muchísimo, tres meses, encontrar inquilinos para el otro piso. Escribo esto y todavía no sé si vamos por el buen camino, si habrá algún contratiempo de última hora que lo eche todo a perder, pero no creo. Ha sido toda una odisea, encontrar inquilinos, y también te lo contaré cuando tenga más tiempo. 

Han pasado muchas cosas durante estos meses, desde que sabemos que existes, y desde unos meses antes. Problemas de salud. La muerte de tu abuelita. Viajes a Madrid para desmontar su piso. Saber que venías. Buscar un piso donde puedas tener una infancia cómoda y segura. ¡Amueblarlo y convertirlo en un piso al que poder llamar hogar! Alquilar nuestro piso. Y, sobre todo, esperarte... pero no de una manera pasiva, sino haciendo cosas. Cuidándonos. Comiendo bien. Haciéndole caso a la gine de mamá. Yendo al hospital cada vez que nos llevábamos un susto. Asistiendo a clases de yoga, y al curso premamá. Buscándote ropita. Buscándote carrito, cunita, cambiador y bañera. Eligiendo con cuidado todos los detalles de tu habitación. Leyendo. Han sido unos meses muy locos y, de hecho, ni siquiera hemos encontrado un ratito para contarles a todos nuestros amigos que vienes de camino. Algunos, incluso, se enterarán mientras lean esto. ¡Dile hola a toda esta gente, Mireia! ¡Son tus titos, y te van a malcriar!

Nada de esto es relevante, supongo, porque, cuando llegues, nos vamos a olvidar de todo lo que hemos leído, escuchado y aprendido, con la emoción y los nervios. Además, somos papás primerizos, y todo, todo lo que nos suceda a los tres va a ser territorio inexplorado. Aprenderemos juntos: tú, a ser Mireia, y nosotros, a ser tus papás. Y no tenemos ni idea de si lo haremos bien o mal, puede que de todo un poco. Lo único que sabemos con certeza es que ya falta menos para que vengas, que en principio todo va bien, que nos faltan apenas cinco semanas para verte la carita, tocarte, olerte y escucharte, para saber si se nos ha ido la olla comprándote ropita o si nos hemos quedado cortísimos, para comprobar qué tal se nos da vivir juntos, cómo nos las arreglamos, los tres juntos, para ir descubriéndonos, acostumbrándonos y queriéndonos. Nos aterra la responsabilidad y nos ciega la ilusión. Nos apetece mucho conocerte y poder decirte que te queremos, y no pegar ojo durante unos cuantos meses, y pasarnos todo el día cambiando pañales y buscándote guardería, y viendo cómo vas creciendo día a día, segundo a segundo, y saber, en definitiva, que hemos puesto en el mundo a una persona que algún día, si todo va como tiene que ir, como debería ir, será una persona plena y, esperamos, orgullosa de lo que es, tan orgullosa de sus padres como nosotros lo estamos ya de ella. 

Te queremos mucho,

Mamá y papá.

(No se me ocurría mejor manera de celebrar la entrada número 500 de este blog. No es previsible que Mireia nos deje dedicarle mucho tiempo a Pornografía Emocional, pero tampoco me apetece cerrarlo, así que si el blog tiene que quedarse en animación suspendida durante muchos meses, e incluso un par de años, no se me ocurre mejor momento que este para interrumpir la narración. Por otro lado, puede que ahora me entren las prisas y me dedique a actualizar a lo loco, o a acumular borradores para cuando nuestras vidas consistan en cambiar pañales. Si, a pesar de los pesares, consigo sacar tiempo para el blog, pues nada, mucho mejor.)

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lunes, 6 de agosto de 2012

La labor del corrector, en Lecturalia

Gabriella Campbell me ha hecho una entrevista en dos partes para Lecturalia. Podéis leerla aquí y aquí. La profusión de coñas puede hacer que la reflexión seria sobre el futuro del sector editorial quede un tanto diluida, pero no os confundáis: teníamos claro que queríamos darle un toque distendido al asunto, sí, pero también intento reivindicar la profesión de corrector de textos. No sé si lo hemos logrado pero, en todo caso, aquí la tenéis. A disfrutarla.

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jueves, 2 de agosto de 2012

42



-Hace setenta y cinco mil generaciones, nuestros antepasados pusieron en marcha este programa -dijo el segundo hombre-, y en todo ese tiempo nosotros seremos los primeros en oír las palabras del ordenador.
-Es una perspectiva pavorosa, Phouchg -convino el primer hombre, y Arthur se dio cuenta de repente que estaba viendo una película con subtítulos.
-¡Somos nosotros quienes oiremos -dijo Phouchg- la respuesta a la gran pregunta de la vida!
-¡Chsss! -dijo Loonquawl con un suave gesto-. ¡Creo que Pensamiento Profundo se dispone a hablar!
Hubo un expectante momento de pausa mientras los paneles de la parte delantera de la consola empezaban a despertarse lentamente. Comenzaron a encenderse y a apagarse luces de prueba que pronto funcionaron de modo continuo. Un canturreo leve y suave se oyó por el canal de comunicación.
-Buenos días -dijo al fin Pensamiento Profundo.
- Hmmm... Buenos días, Pensamiento Profundo -dijo nerviosamente Loonquawl-, ¿tienes... hmmm, es decir...
-¿Una respuesta que daros? -le interrumpió Pensamiento Profundo en tono majestuoso-. Sí, la tengo.
Los dos hombres temblaron de expectación. Su espera no había sido en vano.
-¿De veras existe? -jadeó Phouchg.
-Existe de veras -le confirmó Pensamiento Profundo.
-¿A todo? ¿A la gran pregunta de la Vida, del Universo y de Todo?
-Sí.
Los dos hombres estaban listos para aquel momento, se habían preparado durante toda la vida; se les escogió al nacer para que presenciaran la respuesta, pero aun así jadeaban y se retorcían como criaturas nerviosas.
-¿Y estás dispuesto a dárnosla? -le apremió Loonquawl.
-Lo estoy.
-¿Ahora mismo?
-Ahora mismo -contestó Pensamiento Profundo.
Ambos se pasaron la lengua por los labios secos.
-Aunque no creo -añadió Pensamiento Profundo- que vaya a gustaros.
-¡No importa! -exclamó Phouchg-. ¡Tenemos que saberla! ¡Ahora mismo!
-¿Ahora mismo? -inquirió Pensamiento Profundo.
-¡Sí! Ahora mismo...
- Muy bien -dijo el ordenador, volviendo a guardar silencio.
-¡Del Universo...! -exclamó Loonquawl. Los dos hombres se agitaron inquietos. La tensión era insoportable.
-¡Y de Todo...!
-En serio, no os va a gustar -observó Pensamiento Profundo.
-¡Dínosla!
-De acuerdo -dijo Pensamiento Profundo-. La Respuesta a la Gran Pregunta...
-¡Sí...!
-... de la Vida, del Universo y de Todo... -dijo Pensamiento Profundo.
-¡Sí...!
-Es -dijo Pensamiento Profundo, haciendo una pausa.
-¡Sí!
-Es...
-¡¡¡¿Sí...?!!!
-Cuarenta y dos -dijo Pensamiento Profundo, con calma y majestad infinitas.

No sé si la respuesta a todo es 'cuarenta y dos', como decía Douglas Adams en la Guía del autoestopista galáctico, pero tengo todo un año para comprobarlo: en efecto, hoy es mi cumple. Y caen cuarenta y dos tacos. Una edad muy, pero que muy friki. A ver qué tal se da este año. Pese a la crisis y "la que está cayendo", no pinta nada mal.

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martes, 31 de julio de 2012

Colaboraciones en Booquo

Como ya sabéis, colaboro con Círculo de Lectores desde hace varios años. Hasta ahora, esa colaboración se desarrollaba en tres vertientes. Por un lado, la moderación del Foro Fantasy y otras actividades relacionadas con el género (como el encuentro interactivo con George R. R. Martin que se celebró hace cuatro años). Por otro lado, la elaboración de informes de lectura, en los que ayudaba a decidir acerca de la publicación de determinados títulos. Y, por último, pero solo porque estoy detallando mis colaboraciones en orden cronológico, la moderación del foro del Premio Círculo de Lectores de Novela. Bueno, sí, también he corregido algunos títulos de Círculo, pero fue tan solo una colección, y de eso hace ya mucho tiempo.
Pues bien. De un tiempo a esta parte, y a modo de preparación para las celebraciones de su cincuentenario, Círculo ha puesto en marcha nuevas actividades, ha cancelado algunas de las que desarrollaba hasta ahora y le ha lavado la cara a otras, de modo que el digamos organigrama de mis colaboraciones con ellos ha cambiado un tanto, aunque no de manera cualitativa ni cuantitativa. 
En primer lugar, se ha inaugurado una de las apuestas más ambiciosas de Círculo, la plataforma Booquo, que pretende convertirse en un punto de encuentro para lectores de libro electrónico y degustadores de series y películas en general. Booquo nace también con la intención de convertirse en una comunidad de lectores, agrupados por afinidades temáticas, de ahí que se haya compartimentado en varios canales. En concreto, colaboro con dos de ellos: Historia y Enigmas, y Club del Crimen. La filosofía de estos canales es ofrecer contenidos relacionados con los títulos editados por Booquo, pero también susceptibles de ser disfrutados por un público general. De este modo, se alternan reportajes temáticos con reseñas, encuestas, entrevistas y monográficos. Además, cada canal cuenta con un colaborador especial (Lorenzo Silva o Matilde Asensi, por mencionar los dos primeros), en torno al cual gira parte d ela programación del bimestre.
En segundo lugar, Círculo ha cancelado el Foro Fantasy, para centrarse en el proyecto de Booquo. De momento no hay previsto abrir un canal de Fantasy, aunque espero que, con el tiempo y una caña, se acabe retomando la idea. Durante los más de cuatro años de existencia de Foro Fantasy se han publicado contenidos y debates muy interesantes, entre ellos las lecturas compartidas. Me lo he pasado muy bien, he aprendido mucho, me da pena que la idea no haya tenido continuidad y, en resumen, creo que ha sido una experiencia muy enriquecedora.
En tercer y último lugar, se ha modificado el formato del foro del Premio Círculo de Lectores de Novela, que se ha convertido en un blog, por lo que ganará en dinamismo e interactividad con los jurados. Es el paso lógico, teniendo en cuenta que el premio va por la quinta edición y se trata, por lo tanto, de una iniciativa plenamente consolidada. 
De este modo, mis colaboraciones en Círculo quedan como sigue.
En los dos canales de Booquo con los que colaboro (Historia y Enigmas, y Club del Crimen) voy publicando reseñas, reportajes e incluso entrevistas. Como las colaboraciones no se firman, prefiero mantener ese espíritu anónimo y de equipo, aunque, a modo de pistas, puedo decir que he escrito sobre temas tan dispares como la Guerra Civil, las novelas policiacas ambientadas en el Call barcelonés, los autores más célebres de enigmas y ocultismo, el thriller rural o una entrevista con un conocidísimo autor de literatura fantástica que suele incluir referencias a la antigüedad clásica griega y romana. Por poner solo unos ejemplos.
En el blog del Premio Círculo de Lectores de Novela todavía estamos calentando motores, ya que aún no se ha hecho público el listado de novelas finalistas. Cuando todos los jurados las tengan en su poder, comenzaremos a debatir y comentarlas.
Como veis, no me estoy quieto. Ni ganas.

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miércoles, 11 de julio de 2012

Cumpleaños feroz

Suelo tener buena memoria con los cumpleaños, tanto si sois amigos o familiares como si apenas tenemos contacto, hemos sido amigos o, incluso, no nos soportamos. Qué le voy a hacer. Otros no olvidan nunca una cara, o sus diálogos favoritos de película: a mí me cuesta olvidarme de una fecha de cumpleaños. A no ser, claro, que me trabuque con ellas, que también puede ocurrir; en ese caso, de lo que no me olvido nunca es de la fecha errónea. Y, por supuesto, seguiré sin recordar la correcta.
Con la cantidad de plasmaciones infinitamente más provechosas (lucrativas, quiero decir; tampoco hace falta llegar a lo de Rain Man en el casino de Las Vegas, aunque me vendría bien si nos instalan Eurovegas a la vuelta de la esquina...) que podría haber tenido la memoria fotográfica, y voy y desarrollo esta.
Entendedme, no es que me queje. De hecho, a veces me hace quedar como un señor. Hablo con alguien de quien apenas sé nada, le comento "Tu cumpleaños fue hace un par de días, ¿no?", me responde un emocionado "¡Te has acordado!", y la verdad es que subo puntos.
No, en absoluto lo considero información inútil. Sin ir más lejos, tengo un padre que no se ha acordado de mi cumpleaños en su puñetera vida, con el agravante de que el suyo es justo quince días después, y el "Felicidades, y de paso felicítame por mi cumpleaños de hace dos semanas" se ha convertido en un pequeño clásico familiar. Qué sé yo, a lo mejor he desarrollado este curioso súper poder como reacción a los olvidos constantes por parte de mi padre. Pudiera ser, pero paso de gastarme cien euros la hora para salir de dudas.
Pero a lo que iba. Como digo, suelo acordarme de las fechas de cumpleaños de mis amigos. Claro, a medida que pasa el tiempo se me olvidan las cosas, de modo que es mucho más probable que me acuerde del cumpleaños de alguien con quien no hablo desde hace muuuchos años que del de mi compañero de trabajo de hace dos meses, suponiendo que lo hubiera tenido.
En concreto, hoy es el cumpleaños de alguien a quien no tengo demasiadas ganas de volver a ver. No porque lo odie, ni porque me hiciera nada en concreto, ni yo a él, aunque algo de todo eso hay, sino por acumulación y cansancio. Me da pereza. Me da palo. No me apetece, en resumen. Si nos cruzamos por la calle voy a querer saber de su vida, en qué anda y, sobre todo, si salió del bucle existencial que hizo que no me apeteciera volver a verlo. Pero ya está.
Es lo que tienen los vampiros emocionales: chupan recursos, chupan recursos, y te acaban anulando. La única salida posible es tener los suficientes reflejos como para salir por patas. Quedar como un perfecto hijo de puta, pero mucho más tranquilo. Y, tal vez, con la cordura relativamente a salvo.
De todos modos, y como veremos más adelante, tengo motivos para suponer que tal vez no esté entre nosotros, teniendo en cuenta los resultados de un par de búsquedas en Google. Volveremos a ese asunto.


No voy a dar nombres. Digamos que durante unos cuantos años fuimos compañeros de colegio, y después, de pandilla. 
Hasta que llegó el BUP, todo bien. Era un alumno aplicado, sacaba mejores notas que yo (y, a veces, bastante mejores), algunos años compartíamos clase y otros no (nos agrupaban por riguroso orden alfabético, y éramos demasiados, de modo que él estaba en la franja de apellido en la que lo mismo acababa en el grupo E, el mío, que en el D) y, dado que vivíamos cerca, a veces regresábamos juntos a casa. Era más amigo de otros amigos, pero había buen rollo. Era lo suficientemente despierto como para que me apeteciera conversar con él, y lo suficientemente friki como para que congeniáramos y abriéramos la posibilidad de formar parte del mismo grupito, andando el tiempo. Y qué coño, era muy majo. Pesadete, pero muy majo. Tampoco es que yo fuera el niño más normal del mundo.
En tercero de BUP me fui del colegio, y curiosamente ese fue el detonante para la formación de una pandilla. Acabé saliendo con él a los futbolines y los bares de perritos calientes del barrio, y también con otros amigos, más que cuando compartíamos aula.
Las cosas comenzaron a torcerse más o menos hacia esa época. Sufrió una lesión de rodilla que marcó, para mal, los siguientes años de su vida. Supongo que le agriaron el carácter. Dejó de ser el mismo.
Y también estaba su entorno familiar, por supuesto.
De muchas de estas cosas me iba enterando por mis amigos, y algunas me las confió él más adelante, cuando ya había quemado a los otros tres miembros del grupito y yo era el único con quien podía sincerarse (durante una época en que la pandilla estaba prácticamente disgregada y yo era el único que se hablaba con todos). Pero el panorama era más o menos el siguiente.
Era hijo natural. Su madre lo había tenido con quince años y, en esa época, ella aún negaba en público que él fuera su hijo. Lo presentaba como su hermano pequeño, y no daba más explicaciones. Ella se había casado con un buen hombre, había tenido dos hijos con él, e incluso se había ido a vivir a otra ciudad. Le había confiado la educación a su tía, que por lo tanto era la tía abuela de mi amigo.
Si digo "su tía", y añado que era rentista, que tenía varios pisos en propiedad, que vivía en el barrio de Salamanca, y que además tenía una asistenta y ama de llaves, podría parecer que estoy hablando de la marquesa de la calle de Torrijos, pero la realidad era bastante más sórdida. Me fui dando cuenta a medida que la amistad se afianzó y me fue invitando a subir a su piso.
La tía era una anciana enferma (padecía una parálisis parcial) y con muy malos prontos. No se puede decir que fuera mala persona, pero tenía el carácter agriado de manera permanente. Entrar en su casa y oírla gritar el nombre de su sobrino por todo el piso, de manera tan seca que se te incrustaba en los tímpanos y los túetanos, era como presenciar una disputa continua entre Norman Bates y su madre o, explicado para frikis de hoy en día, entre el Howard Wolowitz de The Big Bang Theory y su madre. La asistenta era una señora menudita, ataviada con su sempiterno traje de faena de color de rosa y un vago acento rioplatense, y, junto con el permanente olor a humanidad rancia enclaustrada que se respiraba en aquel piso, contribuía a que acompañarlo a su casa fuera una experiencia más bien traumática. Los tresillos de posguerra se hermanaban con objetos que ahora llamaríamos kitsch y con discos a cual más estremecedor.
Porque esa era otra: su cultura musical era, por decirlo fino, impropia de un varón casi veinteañero criado en el Madrid de la Movida. Por decirlo de una manera más gráfica, era un copia y pega de todos los números uno de Los 40 Principales durante los últimos años ochenta y primeros noventa. Mientras yo descubría a la Velvet Underground, la Joy Division, los Pixies o Negu Gorriak, lo más estimulante que escuchaba él era Sinitta, Jason Donovan, Glenn Medeiros, New Kids on the Block y las Objetivo Birmania de cuando les dio por convertirse en unas Bananarama de baratillo.


(Inciso. Sí, vale, voy muy de guay con el tema de los gustos musicales, cinematográficos y literarios, y supongo que a veces yo no querría ser amigo de alguien que considere relevantes estas cosas, pero esta entrada va de otra cosa. Del adocenamiento paulatino de una persona. De la pérdida de expectativas. De la pérdida de inquietudes. De cómo puede alguien que ha sido uno de los seis u ocho alumnos más brillantes del curso caer en la vulgaridad, la falta de ilusiones y, en resumen, una zafiedad a la que no parecía destinado. De cómo, por volver a los símiles frikis, alguien que podría haber sido Lisa Simpson acaba convertido en Homer Simpson. Y, tal vez, muere en el intento.)


Reconozco de manera abierta que vivir en aquel ambiente opresivo sin salir perjudicado era poco menos que un imposible. Su tía le había proporcionado una estabilidad económica, unos apellidos y la posibilidad de estudiar en un buen colegio religioso de un barrio pijo de la capital. Pero, por otro lado, los gritos continuos y el hecho de vivir en aquel gineceo imperfecto y geriátrico debían de haber minado algo, mucho o todo de su estabilidad emocional. Lo entendíamos, lo apoyábamos y, más importante, le aguantábamos sus neuras, igual que él aguantaba las mías (porque a mí también había que darme de comer aparte, dados mis antecedentes familiares), pero siempre llegaba un punto en el que conseguía que se te acabara la paciencia.
En mi caso, además, tuve la inmensa suerte de que no hubiera mujeres de por medio, porque supongo que también habríamos acabado tarifando.
Porque, y esto es complicado de contar, resulta que dijo, hizo o dio a entender cosas que, aun teniéndole mucha paciencia, y aun sabiendo lo especialito que era, solo podían inducir a pensar en una cosa: que te estaba intentando levantar la novia. 
Se lo hizo a dos amigos. Quedo un día contigo para ir a patinar (y, de paso, me vuelvo a cascar la rodilla y me pierdo la Selectividad), digo esto, doy a entender lo otro, intento hacer lo de más allá, te chivas a tu novio, y hala, ya tenemos cisma en el grupo, hasta que las aguas se calman y, como al fin y al cabo es buen chico y no parece que lo haga con mala intención, vuelves a quedar con él, a limar asperezas, y se reanuda la amistad o, por lo menos, llegas a ese deseable punto Lagrange en el que puedes compartir habitación y conversación sin tirarte los trastos a la cabeza.
Dos veces, insisto. En un grupo de cinco.


En otras ocasiones, no voy a negarlo, era él quien tenía que aguantarme mis prontos y mis chorradas. Insisto: yo también era muy especialito, y no sé si yo habría podido ser amigo del Juanma anterior a la universidad.
Recuerdo, en particular, una acampada a Cercedilla, con un amigo suyo. La situación era confusa, uno de esos extraños experimentos de mezclar churras con merinas a los que, como buen liante y manipulador, era tan dado, porque no tenía mucho en común con su amigo, y además no teníamos mucha idea de cómo arreglárnoslas en el campo (de hecho, tuvimos la genial idea de dejar los víveres fuera de la tienda de campaña, y amanecimos sin ellos, porque se los habían comido las vacas que deambulaban por aquella dehesa). Casi sin comer, sin poder movernos de la zona de acampada porque él no quería hacer ninguna excursión, aguantando un sol de justicia en una pradera masificada y condenado a pasar un fin de semana de mierda en el que lo más divertido que estábamos haciendo era sacarnos fotos meando contra los pinos de la sierra de Guadarrama y grabar una casete con homenajes continuos a Radio La Voz de la Experiencia - Cadena del Water, llegó un momento en que estallé y me retiré a dormir a la tienda de campaña. Como él era simpático, y su amigo era tirando a normal, resulta que en ese momento vino lo mejor: él y su amigo se pasaron toda la noche de charla con un grupito, mientras veían un eclipsde de luna.
Como digo, el problema no era siempre él.
Soy fácil de cabrear. Y antes lo era aún más.
Recuerdo otra ocasión en que había quedado con él para bañarme en la piscina del piso de mi hermano. Era una tarde inclemente del mes de agosto, él me había liado de muy mala manera para ir al piso de mi hermano (pues esa era su gran especialidad: hacerte la picha un lío hasta que acababas claudicando y haciendo lo que le daba la real gana), yo ya iba a desgana, y hete aquí que la piscina estaba impracticable, encenagada. Llevaba varios días sin funcionar, y resultaba hasta incómodo estar junto a ella. Perfecto, me dije, nos vamos de aquí, y me vuelvo a casa, que me apetece estar fresquito. Pues no: a él se le puso en las narices quedarse a tomar el sol, y allí nos pasamos toda una tarde, tomando el sol junto a una ciénaga.
Puede que, en esa ocasión, el problema fuera yo.


La cosa dio un giro radical cuando falleció su tía. Mi amigo se encontró de repente como heredero del piso de su tía, jubiló a la asistenta, se encargó de administrar los otros pisos que le había dejado su tía en herencia y, dado que había conseguido encabronar a dos de los cinco amigos que componíamos el grupo después de sus intentos de levantarles las novias, perdimos parte del contacto... y él comenzó a salir con amigos nuevos.
O, más que salir, comenzó a llamarlos por teléfono.
¿Os acordáis de los famosos Party Line de principios de los años noventa? Sí, aquellas conversaciones telefónicas a varias bandas, en las que todo era diversión... y facturas telefónicas astronómicas. 
Pues bien, metió en el piso a dos amigos a quienes había conocido en el Party Line.
Uno se largó unos cuantos meses después, sin que se volviera a saber de él, y les dejó una factura de teléfono de..., atención, que hablo más o menos de 1992..., doscientas mil (200.000) pesetas. Mil doscientos euros de ahora, más el IPC. Haced la cuenta. Un verdadero pastón, vamos.
Y con la otra compañera de piso, pues bueno, no es que se liara: es que, además, tuvieron un hijo.
Al principio nos alegramos mucho por él, porque, por un lado, el hecho de que él estuviera saliendo con una chica eliminaba de raíz la posibilidad de que nos intentara levantar a las novias (y, en consecuencia, eso se tradujo en un nuevo acercamiento a lo que quedaba de la pandilla) y, por otro, sus intentos inmediatamente anteriores de buscar chica se habían saldado con una tormentosa relación a distancia (supongo que, también, producto del Party Line: nunca entraba en detalles), varios viajes alocadísimos y precipitadísimos a la otra punta de la Península y, en concreto, un conato de accidente que casi lo hace despeñarse por un barranco mientras conducía a ciento y pico por hora por un puerto de montaña para llegar lo antes posible a aclarar las cosas con ella.
Nos podía sacar de quicio, pero joder, era nuestro amigo, no le deseábamos ningún mal, tan solo que se centrara y, desde luego, jamás iba a conseguirlo si perdía el tiempo y se arriesgaba a perder la vida eligiendo chica tan rematadamente mal.
Así pues, nos hizo mucha ilusión que por fin sentara cabeza.
A su chica había que darle de comer aparte, pero bueno, ¿a quién no?
Nos hizo muchísima ilusión saber que ella estaba embarazada.
Les aguantábamos sus fantasías de futuros papis, porque nos hacían gracia y, al fin y al cabo, estaban abriéndonos el camino: era el primer amigo mío que iba a tener descendencia, y estas cosas te confieren un aura diferente de respeto y admiración.
No se querían casar hasta que el niño o niña tuviera cuatro o cinco años, para que pudiera ir bien arregladito a la boda y llevarles los anillos. Ella quería niña, porque, como se llevarían veintipocos años, podrían salir juntas de fiesta cuando la pequeña tuviera edad de salir. Él quería niño, para hacerlo socio del Real Madrid e ir juntos al Bernabéu y, en un momento dado, convertirlo en el nuevo Butragueño.
Incluso le hice de canguro en alguna que otra ocasión.
Conversar con ellos era cada vez más difícil, porque ya no había temas en común. No se podía hablar ni de música, por los motivos que ya he contado, ni de cine, porque llegó un punto en que ya no había quien lo sacara de Steven Seagal, ni de política, porque tras unas elecciones municipales y autonómicas acabó reconociéndome que no había votado a los que le gustaban, ni a aquellos con quienes comulgaba ideológicamente (no tenía ideología), sino a los que creía que iban a ganar, sin hacerse más preguntas. Eran de dos partidos diferentes, algo así como votar a Ana Botella y Tomás Gómez, o a Álvarez del Manzano y Leguina.
En un momento dado era un alma muerta sin nada mejor que hacer.
Porque esa era otra: durante aquellos primeros años, ninguno de los dos trabajaba. Él se había matriculado en la universidad, en la carrera que quería cursar (el expediente académico se le había venido abajo en los últimos dos años, pero hasta aquel momento había sido brillante, y tuvo cierto margen de puntuación en Selectividad como para entrar en esa carrera), y sus años en la facultad habían coincidido con los más descontrolados de su vida privada, los de los últimos meses de vida de su tía y la etapa con los Party Line. Iba a su ritmo, nos decía, aprobando algunas y dejándose otras.
Al principio era por no romperle ritmos al niño, decían. Lo más natural les parecía dejarse guiar por los ritmos de sueño del niño, que resultó ser muy dormilón.
En cuanto al dinero, no lo necesitaban, porque habían heredado pisos, y no pagaban hipoteca.
Se gastaron un pastizal haciéndole una reforma al piso, propia de revista de interiores.
Se compraron un coche más grande.
Se compraron una nevera de dos puertas que ocupaba media pared de la cocina.
Siempre estaba llena. Abarrotada.
Y solo eran dos.
Ellos dos crecieron en proporción directa a la nevera.
Llegó un momento en que comenzó a vender los pisos que le había dejado su tía en herencia.
Pero no bajaban el tren de vida.
Siempre había cocacolas, cervezas, fantas de limón, cortezas de cerdo, pizzas congeladas y comida precocinada en abundancia cuando ibas a verlos. Nunca vi ni una sartén ni una lechuga en su piso.
Y llegó un momento en el que ya solo les quedaba el piso de su tía. Y, además, tenían un niño, que era una monada. Se parecía a él, y a su abuela, pero con la diferencia de que mi amigo ya era solo una parodia de aquel que había sido. Una parodia que en tres o cuatro años había generado más de treinta kilos de sobrepeso.
Se habían comido un par de pisos. Y no es una frase hecha. 
Y, puestas así las cosas, comenzaron a buscar trabajo. Como no estaban cualificados (ella tenía el gradudado escolar, y él seguía sin acabar la carrera: siempre iba a darle el empujoncito definitivo, pero si no era el niño eran las obras del piso, o una nueva operación, y si no, pues la venta de algún piso de su tía), buscaban como reponedores en los hipermercados de la zona, sobre todo, porque no podían trabajar a más de cien metros de su piso, para estar cerca del niño. Ella mantuvo, durante bastante tiempo, la (supongo que) fantasía de que iban a montar un puesto de encurtidos en el mercado del barrio. Pero, con el tiempo, dejaron incluso de tener esa fantasía.
El bautizo del niño, aunque sirvió para reunir a lo que quedaba del grupo, fue una experiencia realmente traumática, porque nos llevaron a un bar de carretera que rezumaba gotitas de jamón semilíquido. Pero no podías decir nada, porque te estaban invitando, sabías que a esas alturas ya no iban nada bien de dinero, su madre había reaparecido y los estaba ayudando mucho, sus medio hermanos se habían volcado en su pequeño no-sabían-si-primo-o-sobrino y, en resumen, la vida les sonreía a pesar de los claroscuros.
Sin llegar a distanciarme de él... Bueno, sí, qué coño: a las alturas de 1999 estábamos bastante distanciados, pero él tenía un nuevo amigo (creo que compañero de facultad) que prácticamente lo había adoptado y se había convertido en su valedor, junto con su novia. Era la persona a quien recurría en caso de emergencia, y bueno, yo estaba desaparecido en combate durante mis últimos años de oposición y mis nueve meses entre hospitales y quimioterapias.


Cesura.


Del cáncer salí como se suele salir de él cuando no lo haces con los pies por delante: mucho más sabio y experto, mucho más consciente de tus prioridades, y con muchas menos ganas de tonterías.
Lo cual lo incluía a él.
No fue algo que se me ocurriera de repente, sino el producto de la traca final de esta historia.
Estamos en la primavera de 2000. He salido de mi linfoma de Hodgkin y de mi trombosis venosa profunda, ya he vuelto a la fase de ultimátum "o te buscas un trabajo o lo dejamos" por parte de una pareja que está muy agobiada porque lleva un año pagándose ella sola una hipoteca que le viene bastante grande, y estoy compatibilizando dos cursos para desempleados, uno sobre redes informáticas y otro sobre bibliotecas, hasta que el INEM me pilla (son incompatibles) y me decanto por el de bibliotecas. Esto me deja las mañanas libres, aunque en realidad debería estar terminando el curso a distancia de archivos y bibliotecas en el que me matriculé para sobrellevar la quimioterapia y los reposos absolutos.
Pues bien. En realidad, las mañanas fueron cualquier cosa menos apacibles momentos de relajamiento y estudio.
Primero comenzó a venir como viene el amigo de verdad que vive al lado de tu casa y con quien te reencuentras después de una larga temporada sin haber tenido contacto: con una mezcla de alegría y de cautela. Visitas protocolarias a ver qué tal estaba el enfermito, acompañadas por un interés genuino porque, joder, somos amigos, lo he pasado mal, y me encanta haber retomado el contacto. Lo recibo con los brazos abiertos.
Pero suceden varias cosas. Una, la clásica tratándose de él, que le das la mano y se toma el brazo. Las peticiones de favores que van más allá de la prudencia. 
Que si no me importa ir a mirarle unas notas. Vale, no tengo por qué (él debe de estar trabajando de reponedor, supongo), pero lo hago. Y, de paso, como algo no me cuadra, indago un poco y me doy cuenta de que en realidad no está en último curso de carrera, como lleva un par de años diciéndome, sino mucho, mucho más retrasado. Bueno, es fantasioso y mentiroso compulsivo a partes iguales, y al fin y al cabo no es asunto mío. El favor era que fuese a mirarle las notas, y yo se lo hago.
Que si no me importa que nos deje al niño, que por aquel entonces ya tiene cuatro años y una mirada triste y apocada que minimiza a un niño encantador y educadísimo con quien da gusto estar. Pues vale, claro, cómo no.
Que si no me importa que se quede un rato para charlar, que últimamente anda muy agobiado. Venga, vale, voy a llegar a clase justo a tiempo, pero bueno, reconozco que soy un maniático con mi sentido de la puntualidad, y que no me voy a morir si en vez de llegar un cuarto de hora antes lo hago con un margen de dos minutos, o incluso con la clase recién comenzada.
Cuando me quiero dar cuenta, toda mi vida matutina consiste en estar con él, dos, tres, cuatro e incluso cinco días a la semana. Lo veo más que a mi pareja. Algunos días tengo que echarlo, porque ya no se trata de que no vaya a llegar a tiempo a clase, ni de que tenga que comer en cinco minutos antes de salir a clase a toda prisa: es que me he quedado sin comer.
Y bueno, no puedo ser muy duro con él, porque lo que me tiene que contar es una auténtica historia de terror.
Su novia había seguido con los Party Line después de que sentaran cabeza y tuvieran al niño. Pero eso no es todo: ella se ha enganchado al chat, que es lo que se lleva en aquel momento, y está tonteando de manera descaradísima con un tío.
Eso es al principio. Más tarde me entero de que, más que tontear, lo que están es liados. Y desde hace algún tiempo.
Y luego, como  pasa con las muñecas rusas, me entero de otra historia más: ella está a punto de plantarlo.
Pero claro, resulta que ella no se quiere ir: quiere que se vaya él. De su piso. Del piso que él heredó. Del piso que se están comiendo desde hace siete años, igual que se comieron los pisos de la tía.
Las cosas llegan a ponerse tan feas que un día, mientras yo estoy en clase, mi madre tiene, literalmente, que pararle los pies a ella, que acaba de poner los pies en mi casa en plan operación comando para llevarse a rastras al niño y, a continuación, echar a mi amigo de su piso. Mi madre no consiente que se lo lleve, mantiene a raya a la novia de mi amigo, y llama a la madre de este para que se lo lleve a su piso, porque en ningún sitio estará mejor que con su abuela.
Y entonces empieza a aflorar la mierda.
Resulta que, para empezar, la novia de mi amigo no se llama como nos decía que se llamaba.


(Inciso sobre la importancia de los nombres. El caso más extremo de cambio de personalidad a través de un cambio de nombre fue el de una sobrina de mi tía, que estaba saliendo con un tal Borja, un tío alegre, dinámico y moderno. Una noche iban haciendo el cabra con la moto o el coche --él era alegre, dinámico y moderno y, por lo tanto, propenso a hacer esas cosas-- y se metieron un piñazo espectacular. En cuanto apareció por el hospital la madre de él, una maruja de nivel socioeconómico humilde tirando a bajo, comenzó una retahíla de lamentaciones por su hijo, en estos términos: "¡Ay, mi Currillo! ¡Ay, mi Currillo!".
Con esta anécdota quiero dejar clara una cosa: nosotros elegimos los nombres con que queremos que se nos conozca, y estos determinan nuestro estatus. Si te llamas Currillo y eres hijo de inmigrantes de clase baja, es evidente que no te podrás ligar a una niña mona de un barrio bien, pero si te cambias el nombre a Borja, y además adoptas un papel alegre, dinámico y moderno, el camino estará más despejado. Estás manteniendo una impostura, aunque, por otro lado, te estás metiendo en el papel hasta que este te devora. Es el principio básico de los súper héroes. Clark Kent puede ser un mindundi cuando lo mangonean en el Daily Planet, pero cuando se enfunda el traje alegre, dinámico y moderno de Supermán, joder, entonces es el puto rey del mundo.
Curiosamente, la sobrina de mi tía no dejó a su Borja después de aquello, aunque, con el tiempo, acabaron cortando, pero por otros motivos.
Un nombre, además, se puede imponer para despersonalizar a alguien. Siempre cuento la sórdida historia de otro amigo mío, a quien su novia, y luego esposa, llamaba por su nombre de pila, no por su diminutivo, que era como lo llamábamos todos. No había quien la sacara de allí, y el caso es que, con el tiempo, consiguió que él abandonara el papel que tenía con su diminutivo --es decir, el del tío más cojonudo del grupito de amigos de la universidad-- y asumiera, de manera lenta pero implacable, el de su nombre de pila, con el que lo había rebautizado su mujer. Ella lo había modelado, como el alquimista que le impone una letra en la frente a un gólem para que solo responda ante él.
Hay un tango que lo cuenta muy bien: "Ya no sos ni Margarita / Ahora te llamas Margot".
A la novia de mi amigo le pasaba algo parecido: en su isla natal tenía un nombre, que vi porque mi amigo escondió su libro de familia en mi casa, para tenerlo a buen recaudo, pero en la capital se hacía llamar de otra manera. No sé si lo hacía para huir, o porque le pareciera natural, o para crearse una nueva identidad alegre, dinámica y moderna. Creo que fue esto último. Y, durante unos siete años, le funcionó.)


Pero eso no es todo: ella ya tenía cuatro hijos cuando se mudó a Madrid a vivir con él. Veo sus partidas de nacimiento. Nombres exóticos, de la vieja cultura aborigen de la isla de donde ella procede. Al primero lo tuvo con catorce años. Y después, a razón de uno cada año y medio o dos años. De padres diferentes, todos ellos. Ella se fue a Madrid con veintidós años, cuatro hijos, un pastón dilapidado en llamadas telefónicas, y una nueva identidad. Todo esto le dio un nuevo sentido a los "Pues yo, aquí donde me ves, era toda una fiestera en mi isla" y "Es que tú no me viste antes de ponerme así, yo era de rompe y rasga" y demás comentarios reforzadores del autoconcepto con los que ella sazonaba casi todas sus conversaciones.
Él supo lo de los cuatro hijos cuando ya llevaban un tiempo juntos, pero tuvo que aceptarlo, qué remedio, y de vez en cuando le permitía hacer escapaditas a su isla natal, para ver a los niños, e incluso se iba con ella. Supongo que esto explica, en parte, el ritmo al que menguaba la fortuna familiar.
Resulta, además, que como él es pusilánime y está cediendo en todo, ella está a punto de plantarlo en la calle, porque va a acceder a que ella se quede con el niño y el piso. Ya se irá él con su madre y sus hermanastros. "Esto no es vida. Esto no es vida", me repite una y otra vez. Ese es su mantra. Ya lo era desde hace años (de hecho, lo ha sido siempre, porque él es victimista y pesimista por naturaleza), pero ahora se hace más intenso y monotemático. No le queda otra cosa excepto su autocompasión y la certeza de que lo van a desplumar.
Llegados a ese punto, tomamos cartas en el asunto. Ya hemos visto el papel, determinante, de mi madre, como muro de contención para mantener a raya a la novia descerebrada, quemando los últimos cartuchos de su fuerza de voluntad (apenas le queda año y pico para desarrollar el cúmulo de enfermedades que se la llevaron a la tumba en diciembre del año pasado), distrayendo fuerzas y tiempo de otros frentes prioritarios para ella (mi recuperación después de la enfermedad, por un lado, mi recién nacida sobrina, por otro, y el cáncer fulminante que a lo largo de ese verano se llevará la vida de su mejor amiga), y tomando decisiones por él; en este caso, la decisión más juiciosa: confiarle al pequeño a la persona que mejor puede cuidarlo, a la única persona con la que la novia de mi amigo no va a tener los ovarios de enfrentarse: la abuela del niño.
Por otro lado, mi hermano Enrique, que es abogado, intenta poner un poco de orden en el tema, y consigue detener el sinsentido, al menos de momento. Ya no recuerdo los detalles, pero consigue que la novia abandone la pretensión de quedarse con el piso y el niño. La madre de mi amigo se lleva al niño, fuera del alcance de la madre de este. Y mi amigo deja de ver a mi hermano, cuando su ya ex novia se ha largado por fin de Madrid y ha regresado a su isla de origen, con su flamante cibernovio, y sin piso ni niño. Se ha salvado por los putos pelos, como en una película mala. Ahora que ha tocado fondo, hay que conseguir que salga a flote, aunque es incapaz de salirse de su mantra: "Esto no es vida, prefiero morirme a esto, esto no es vida", por mucho que le cuentes, con pelos y señales, cómo es la quimioterapia en vena, por mucho que le cuentes, con pelos y señales, cómo es pasarse dos semanas en reposo absoluto y pasando por la humillación de que te pongan una cuña cada vez que tienes que hacer tus necesidades, por mucho que le cuentes, con pelos y señales, cómo es un día cualquiera en la vida de un enfermo de una planta de oncología. Eso no es vida, joder, pero acabas saliendo de eso, y descubriendo que sí era vida, y que el mero hecho de vivir es vida.
Mi hermano Pablo, que trabaja llevando las nóminas de una empresa de logística, le consigue empleo en los muelles, dando la salida a los camiones que cargan y descargan. No es un trabajo difícil, tan solo requiere un poco de razonamiento espacial, poseer carné de conducir y tener ganas de pasar frío durante la hora del alba. No dura ni una semana, porque eso no es vida, porque él no puede, porque eso no es vida, porque él no puede, porque no se considera capacitado ni siquiera para eso, porque eso no es vida.
Entra entonces en escena mi padre, que es psiquiatra y lo recibe en la sala de espera de la residencia militar, donde vive durante aquellos años. El problema estriba en que mi padre es muy heterodoxo como psiquiatra; muy bueno, pero muy heterodoxo. Y mi amigo es, como ya he dicho, una persona muy ortodoxa, que no se sale ni medio milímetro de lo que se espera de un español medio. Las sesiones son un puñetero descontrol, y deja de ir un día en que mi padre le recomienda, a modo de deberes para reforzar el autoconocimiento, que se lea una obra de teatro de Bertolt Brecht.
Llega un momento en que hacemos un chiste: al paso que va mi amigo, el siguiente miembro de la familia por cuyas manos va a pasar es mi hermana... que es médico forense.
Y entonces, y solo entonces, cuando mi amigo se ha convertido en mi monotema, el la persona que ha absorbido casi todo mi tiempo libre durante varios meses, reparo en un hecho nada baladí, del que, por supuesto, no lo culpo en absoluto, pero que resulta llamativo y sintomático.
Esos meses del derrumbamiento de mi amigo, que no llegó a ser total porque, de manera providencial, intervinimos mis hermanos, mi madre, hasta cierto punto mi padre, y yo fueron, también, los meses en que yo estaba recuperándome de una enfermedad muy chunga (dos superpuestas, en realidad: un cáncer y una trombosis), incorporándome al mercado laboral (en forma de curso de quinientas horas que, a la postre, me abrió todas las puertas que marcaron los siguientes dos años de mi vida) y... cortando con mi pareja de entonces. Por supuesto, él no tuvo nada que ver, las rupturas son cosa de los dos miembros de la pareja, mi enfermedad no dejó de ser una prórroga de un año, pero lo cierto es que durante aquellos meses en que mi relación iba cuesta abajo y sin frenos, durante todos esos minutos de la basura en que ya estábamos saliendo por pura inercia, durante todo ese tiempo, digo, mi mayor preocupación no fue el salir de un cáncer ni el encontrar trabajo ni el salvar lo que pudiera de una relación que se iba al garete (se pasó todo un mes prácticamente sin cogerme el teléfono), sino el hecho de hallarme atrapado en la telaraña de las historias de mi amigo, arrastrado hacia su desastre como algo más que un mero espectador pasivo.
Ni que decir tiene que la relación se enfrió. Al principio hablábamos con cierta frecuencia. Me contaba que había vendido el piso, lo último que le quedaba de la herencia de su tía, y que ahora vivía fuera de la ciudad con su hijo, su madre, sus hermanastros y su padrastro, y que la convivencia era difícil, pero que estaba mucho mejor que antes, recomponiéndose, aunque con su eterno fatalismo, su "Esto no es vida, esto no es vida". Pero parecía mucho más sereno. Por suerte, su amigo y la novia de este estaban muy encima de él y lo ayudaban muchísimo, y no sé si me lo decía a título informativo o a modo de reproche, porque estaba cada vez más claro que a esas alturas yo ya no estaba por la labor.
De hecho, ni lo llamé cuando me vine a vivir a Barcelona. Ni tampoco conservo ningún teléfono suyo de contacto, aunque a decir verdad da igual, porque vendió su piso, tampoco tengo el teléfono de su madre y, por aquel entonces, no tenía móvil.
En un par de ocasiones lo he buscado en Google y, como tiene unos apellidos muy característicos, lo he encontrado sin demasiados problemas. En realidad, solo he llegado a encontrar una referencia suya, de hace unos cuantos años.
También busqué a su hijo, y ahí fue donde comenzó a descuadrarme todo, porque me encontré con que residía en la isla natal de su madre, y que los registros con su nombre, relativos a competiciones deportivas (en las que ni destaca ni es un paquete), datan de hace cinco y un años respectivamente, lo que deja más que claro que vive con su madre.
¿Qué pasó? ¿Por qué está el hijo de mi amigo con su madre, en vez de estar con su padre y con su abuela?
¿Sentó ella cabeza, ahora es una persona normal y está en condiciones de criar a su hijo?
¿Terminó él de bajar los brazos, se dejó liar en algún pleito resuelto por su parte a golpe de "Esto no es vida, esto no es vida" y ganó ella la custodia del hijo?
¿Regresó mi amigo con ella, y ahora vuelven a ser una familia?
¿Habrá hecho alguna barrabasada tan gorda que le han quitado la custodia del niño, e incluso ella, con todas las barbaridades que lleva a sus espaldas, estará más capacitada que él para cuidar a su hijo?
Y, por supuesto, la pregunta que no me quiero hacer: ¿le habrá pasado algo? El único resultado que me ofrece Google sobre su persona data de hace muchos años, prácticamente de cuando aún manteníamos contacto telefónico, y lo siguiente que veo es que su hijo está con su madre. Si tenemos en cuenta lo rematadamente mal que acabaron, y lo rematadamente zumbada que estaba ella, me extrañaría mucho que la presencia del hijo con la madre haya sido algo voluntario. Blanco y en botella, supongo, para mi pesar, por lo que implicaría.
El caso es que acabé muy quemado con esta historia, y supongo que hasta cierto punto debo de ser un verdadero cabronazo, porque técnicamente me desentendí de un amigo que las estaba pasando putas, en un momento en que estaba bastante jodido (y, como digo, tengo indicios para suponer que la cosa fue a peor), pero llegó un momento en el que ya no pude más, en el que era o mantener la cordura o dejarme arrastrar con él, y yo ya tenía bastantes cosas en la cabeza. Supongo que es el tipo de actitud que desarrollas con el tiempo, que diez años antes me habría implicado más, y que diez años después lo habría frenado en seco nada más verlo venir. No es que no quiera verlo, si da la casualidad de que él sigue vivo y coincidimos me apetecerá hablar con él y que nos pongamos al día, pero, como se suele decir, "tú en tu casa y yo en la mía": se nos rompió el vínculo, de tanto usarlo. Si ha cambiado, mejor para él; pero no sé si me apetece salir de dudas.


(Último inciso. ¿Conocéis el proverbio chino que dice que no basta con darle un pez al hambriento sino que, además, hay que darle una caña y enseñarle a pescar? Seguro que sí. Pues bien: esta historia demuestra que ese proverbio es una puta mierda, porque se le escapa una variable mucho más importante que el pez, la caña y el conocimiento: el hambriento tiene que querer comerse el pez que le ofreces, y además tiene que querer aprender a pescar. Si no hay voluntad de comerse el pez, de aferrar la caña entre las manos y de aprender a manejarla, no hay nada que hacer. Y, además, vas a perder el tiempo y, probablemente, te vas a quedar sin comer durante todo el tiempo invertido en la tarea, lo que, de manera inevitable, va a hacer que se te quiten las ganas de invitar a comer, regalarle tu caña y enseñarle a pescar a la próxima persona realmente necesitada con la que te encuentres. Mi amigo no quería luchar, rechazó de manera consciente y sistemática todos los intentos de ayudarlo y, por lo que sé, hasta es probable que haya tomado alguna decisión drástica que le diera la razón con respecto a su sempiterno "esto no es vida".)


A pesar de todo lo que acabo de contar, me acuerdo de su cumpleaños, que es hoy. Aunque lleve doce años sin llamarlo para felicitarlo. Pero me acuerdo.
Cumpleaños feliz, estés donde estés.