jueves, 22 de septiembre de 2016

Richard Matheson, el maestro de la paranoia

Después de unos años retirado del ruedo, vuelvo a colaborar en ensayos colectivos con una aportación al fenomenal Richard Matheson: El maestro de la paranoia, que ha coordinado Sergi Grau, tal vez el mejor conocedor que hay de la obra del autor por estos pagos, y que edita Gigamesh como flamante número 1 de su colección Miscelánea.


El volumen consta de tres partes. En la primera, "Prolegómenos", Sergi Grau y Joan Renter hablan de la vida de Richard Matheson. En la segunda, "Narrativa", Lluís Vilanova, David Roas, Carlos Díaz Maroto, Álvaro San Martín, Tomás Fernández Valentí, Sergi Grau, Jordi Ardid y un servidor analizamos sus obras literarias. En la tercera, "Guiones para cine y televisión", José María Latorre, Juan Carlos Vizcaíno Martínez, Lluís Vilanova, Jordi Ardid, Joaquín Vallet Rodrigo, Tomás Fernández Valentí, Adrián Sánchez, Tonio L. Alarcón, Sergi Grau, Carlos Díaz Maroto y Álex Barba analizan a fondo la inabarcable faceta de Matheson como guionista de cine y televisión (creedme: de manera directa o indirecta, la mitad de vuestros recuerdos frikis de infancia y adolescencia tienen que ver con trabajos detrás de los cuales estuvo Matheson). En la cuarta, "Inédito en español", que a título personal es la que considero que os va a poner los dientes largos y vais a leer con una mezcla de interés y cabreo (¿cómo es posible que los westerns y policiacos de Matheson estén inéditos en español?), Adrián Sánchez, Álvaro San Martín, Sergi Grau, Lluís Vilanova, Jordi Ardid, Joaquín Vallet Rodrigo y Sergi Grau le dan un repaso al resto de la obra del autor. Y, además, como extras, la bibliografía y la filmografía del autor, cerca de veinte páginas, son de las que aturden por la cantidad y la calidad.

¿Qué puedo aportar a este volumen? Visto el nivel de los colaboradores, más bien poco. No obstante, lo he dado todo y he escrito un ensayo sobre la última novela fantástica de Matheson, Otros reinos, una interesante fantasía feérica que, cierto, es una obra menor, pero también se puede leer como un testamento literario y vital (la publicó un par de años antes de morir), y parte del ensayo sobre El hombre menguante, que es responsabilidad casi entera de Carlos Díaz Maroto.

Pero eso no es todo. Esta noche, en el marco de los fenomenales programas dobles de Phenomena (¡ese juego de palabras!), tendrá lugar la presentación del volumen, con la participación de Sergi Grau, Alejo Cuervo y parte de los autores del libro. Pero antes, proyección doble palomitera de El increíble hombre menguante y La leyenda de la mansión del infierno, para ir abriendo boca.
Sin duda, uno de los libros sobre ensayo fantástico más completos que van a salir este año. Ideal para leer en el avión. Y no será el único del que os hable en el blog. ¡Permaneced en sintonía!


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viernes, 16 de septiembre de 2016

El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu



Una de las novelas de ciencia ficción del año es El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu. Una verdadera maravilla. Ganó el premio Hugo, más que nada por el fuego cruzado de los peligrosísimos Sad Puppies, ya que había entrado de rebote en la papeleta final. Ni caso: bien ganado está. Y al lorito, porque lo tiene todo para llevarse el Ignotus del año que viene. Es una muy buena novela, y al parecer las continuaciones son mejores aún.
Por todo eso me parece procedente hablar de ella, aunque no escribiré reseña, sino un informe de lectura que elaboré hace tiempo para otra editorial. Esta desestimó la publicación de la novela por equis motivos, supongo que por el coste desmesurado de una traducción directa del chino y porque se trata de la primera novela de una trilogía, pero desde luego no fue porque mi informe fuese negativo. Como no me suelen poner problemas para colgar informes, lo hago, aunque, desde luego, eliminando referencias a la editorial y desvelando spoilers muy sangrantes. Eso sí, aviso: CONTIENE SPOILERS.
Y por último: no, no leo chino. El informe estaba elaborado a partir de la traducción de Ken Liu al inglés, que además dicen los entendidos que deja bastante que desear; ahí ni entro ni salgo.



TÍTULO:
The Three Body Problem (三体, en chino).

AUTOR:
Liu Cixin.

NUM.PÁGINAS:
304.



LECTOR Y FECHA LECTURA:
Juan Manuel Santiago. 18 de diciembre 2014.






- Resumen:

Primera parte: Primavera silenciosa.
Esta primera parte abarca de los capítulos 1 al 3 de la novela, funciona a modo de prólogo y se desarrolla en tiempo pasado (1967 a 1969).
En el primer capítulo asistimos a una dura escena de la Revolución Cultural en su apogeo en 1967: los guardias rojos están ajusticiando a Ye Zetai, un profesor universitario de la Universidad de Tsingua acusado de contrarrevolucionario. Su hija Ye Wenjei, astrofísica, ha sido testigo, y más tarde se enterará de que su hermana, Ye Wenxue, participó en el linchamiento. Es un verdadero auto de fe, al más puro estilo inquisitorial, y lo ajustician basándose en que las enseñanzas de la física occidental son reaccionarias y atentan contra la Revolución.
Ye Wenjei es enviada a un campo de reeducación en el nordeste de China. Está en una zona boscosa limítrofe con Siberia; de hecho, la crisis sino-soviética de 1969, que estuvo a punto de convertirse en una guerra abierta (¡y nuclear!) entre ambas potencias, se gesta en esta región llena de alerces y abetos. Ye Wenjei se hace con un ejemplar de Primavera silenciosa, de Rachel Carson, el primer ensayo que alertaba sobre la conciencia medioambiental. Parece una encerrona de su camarada Bai Mulin, pues al descubrirle el ejemplar a Ye, el comisario político toma represalias y la confina en el observatorio del Pico del Radar, que todo el mundo sabe que es una base militar. Este hecho cambia la historia de la humanidad, según nos advierte el autor, ya que Ye Wenjei comienza a trabajar en el Pico del Radar y sienta las bases de la búsqueda de vida extraterrestre y el primer contacto con los trisolarianos.
Así pues, Ye comienza a trabajar en la llamada Costa Roja, el proyecto relacionado con SETI que tratará de buscar vida extraterrestre en las radiaciones de fondo detectadas por el radiotelescopio de Pico del Radar. Allí conoce a Yang Weining, un matemático superdotado pero inútil en el trato humano, con quien acabará casándose por conveniencia.

Segunda parte: Tres Cuerpos.
Esta segunda parte abarca de los capítulos 4 al 20 y se desarrolla en tiempo presente (2007, momento en que transcurre el grueso de la acción) y en forma de flashback a 1969 y la década de 1970 (las investigaciones de Ye en la Costa Roja).
Treinta y ocho años después, en 2007, Wang Miao es un físico especializado en nanotecnología a quien se convoca a una reunión ultrasecreta con altos mandos del ejército chino, pero también de la OTAN y de la CIA. Se le encomienda una misión: infiltrarse en Fronteras de la Ciencia, una extraña organización compuesta por físicos que está derivando hacia postulados casi anticientíficos (postula la inexistencia de la ciencia) y que está sufriendo una epidemia de suicidios en sus filas.
Fronteras de la Ciencia parece un grupo de físicos e investigadores teóricos demasiado enfrascados en discusiones bizantinas (las teorías del tirador y del granjero, capítulo 6). Sin embargo, un buen día Wang empieza a percibir cosas raras. Ve series de números en los negativos de las fotografías que saca él con su cámara Leica; el fenómeno no se produce si quienes sacan las fotos son su mujer o su hijo. Llega a la conclusión de que es un aviso, y se trata de una cuenta atrás, aunque no sabe de qué se trata. Sufre ataques de pánico que le impiden trabajar en condiciones. Todo ello lo lleva a hablar con Shen Yufei, una brillante física. La visita en su casa y la ve enfrascada en un juego de realidad virtual: Tres Cuerpos. Entra en el juego.
Tres Cuerpos es una especie de videojuego en clave alegórica: siempre aparecen científicos destacados (Einstein, Newton, Von Neuman…) y el jugador interactúa con otros dos personajes, con los que mantiene charlas de un elevado nivel teórico. ¿Adónde va a parar Tres Cuerpos? Necesita varias partidas para intuirlo. En ellas se habla de Eras Caóticas y Eras Estables. Se trata de dilucidar cómo se evitan las primeras. Acabamos descubriendo que en realidad los personajes son los trisolarianos, habitantes de un planeta del sol triple de Alfa Centauri amenazados por una catástrofe medioambiental que los exterminará, por lo que deben huir del planeta; para ello entran en contacto con la humanidad, y Tres Cuerpos parece uno de los medios a través de los cuales se comunican.
Wang conoce a Ye Wenjie, que ahora es una anciana y es la madre de Yang Dong, uno de sus contactos. Ella lo insta a viajar a varios radiotelescopios. En ese momento descubre los mensajes que están llegando de los trisolarianos. Ye le cuenta a Wang lo que sucedió en la Costa Roja, cómo le contaron la verdadera naturaleza de sus investigaciones, en el marco del proyecto SETI, y cómo se trabó el primer contacto con extraterrestres. Las señales que enviaban recibieron una respuesta desalentadora: los humanos no debían responderlas, pues se trataba de una celada para determinar si había vida inteligente en la Tierra y, en tal caso, proceder a invadirla.
Wang sigue jugando a Tres Cuerpos, hasta que descubre la verdadera naturaleza del juego y puede pasar al segundo nivel. Wei Cheng le cuenta su historia, con homenajes varios al Arthur Conan Doyle de Estudio en escarlata, y se nos expone el llamado problema de los tres cuerpos, un enigma matemático enunciado por Henri Poincaré y que hasta ahora no ha sido resuelto.
Se produce un asesinato, y todas las pistas llevan a Pan Han, un fanático de la lucha contra el cambio climático. En este punto aparecen la ETO (Organización Tierra-Trisolarianos), que está detrás de Tres Cuerpos, fue fundada por Mike Evans, un naturalista que resulta ser heredero de un magnate petrolero, y que vive una auténtica guerra civil entre dos facciones: adventistas y redencionistas. Es prácticamente una secta que cree en el carácter casi divino de los trisolarianos, también llamados el Señor. Las comunicaciones recibidas informan de que ya están en marcha hacia la Tierra y que faltan cuatro siglos para su llegada. En este punto, los miembros de la ETO difieren acerca de lo que deben hacer al respecto, aunque el sentido es el mismo: han perdido la fe en la especie humana, que está destrozando el planeta, y entienden que deberían hacer todo lo posible para que los trisolarianos nos impongan sus sistemas de valores.

Tercera parte: El crepúsculo de la humanidad.
Esta tercera parte abarca de los capítulos 21 al 34 y también se desarrolla en tiempo presente (año 2007) y con flashbacks a la década de 1970…, así como con unos capítulos finales en que vemos por fin a los trisolarianos.
(Y hasta aquí puedo contar. Si queréis saber qué pasa, os la leéis.)



- Trama:
Es la historia de los prolegómenos de una invasión extraterrestre narrada desde los puntos de vista de los científicos encargados de los diferentes proyectos que se suceden a lo largo de cuarenta años para tratar de comunicarse con los trisolarianos, una cultura alienígena oriunda del sistema de Alfa Centauri, a cuatro años luz de la Tierra, que ha sido víctima de una catástrofe medioambiental que la obliga a buscar un nuevo mundo donde habitar.
A lo largo de las trescientas páginas del libro vemos los pormenores de las investigaciones sobre la búsqueda de vida extraterrestre, así como un elemento de ciencia ficción dura, el problema matemático de los tres cuerpos, que resulta fundamental para entender la trama. El juego homónimo es una manera que tiene el ETO de captar adeptos, pero también de intentar resolver este problema y, de paso, averiguar cuáles son las intenciones de los trisolarianos.
Lo que se nos presenta al principio como las historias yuxtapuestas de dos generaciones de astrofísicos chinos acaba convirtiéndose en una novela de invasiones extraterrestres, de catástrofes y elementos de thriller, con organizaciones secretas casi terroristas y muchas reflexiones sobre la senda autodestructiva de la Tierra por los propios humanos, las diferencias entre las mentalidades occidental y oriental, y las diferencias entre la mentalidad humana y la mentalidad trisolariana. El final abierto nos deja en las puertas de [omito el SPOILEEEEEERACOOOO] las siguientes dos novelas de la trilogía: El bosque oscuro y Callejón sin salida.
En el fondo, la novela versa acerca de la búsqueda del conocimiento, tanto científico como humano.

- Género:
Es una novela de ciencia ficción transhumanista con guiños a la ciencia ficción dura, de primer contacto y de invasiones extraterrestres. También tiene elementos de novela histórica (de la historia de la Revolución Cultural), extrapolación sobre el fenómeno de las sectas y el terrorismo de última generación, no pocas pinceladas de inquietudes medioambientales y, en resumen, un delicadísimo equilibrio en torno a temáticas new age o directamente “magufas”, en las que el autor no cae porque conserva todo el rigor científico, pero que, si se lee de manera apresurada, sí se podría caer.



Opinión del lector
 -Valoración literaria (de 1 a 10):
9
Se trata de una de las mejores novelas de ciencia ficción que se han publicado en los últimos diez años, en general y sin distinción de subgéneros ni de procedencia geográfica. A pesar de algunos altibajos (el final aparece un tanto forzado [aquí contaba OTRO SPOILER, LALALALÁAA]), y de que se ven con claridad algunas hechuras (el viejo método de que alguien muy instruido en una materia le hace una explicación profusa a un lego, con lo que se explica al lector una teoría científica, por ejemplo), se puede decir que es una novela casi redonda, con un estilo aparentemente sencillo pero con una gran complejidad que, no obstante, no entorpece la lectura.

-Valoración comercial (de 1 a 10):
8
[...] Si se realiza una promoción que insista en el factor diferencial, el hecho de ser LA novela de ciencia ficción china (y, por ende, LA novela de ciencia ficción no anglosajona o no occidental), puede ser una sorpresa.
Si se le da un tratamiento indiferenciado del resto de novelas publicadas en el sello, tiene elementos de sobra para defenderse por sí sola: es una buena novela [...] y el boca oreja puede funcionar muy bien para promocionarla.
El autor y la obra son lo suficientemente interesantes como para intentar traerlo a España de gira promocional. Aseguraría prensa y podría ser cabeza de cartel en eventos como la Semana Negra, Celsius o alguna posible nueva edición de Kosmopolis. De hecho, el autor sería más vendible entre medios generalistas que entre medios especializados.
Se trata de la primera parte de una trilogía. Parece ser que la tercera parte es aún mejor que esta, por lo que lo ideal sería que apareciese íntegra [...]. Esto entraña riesgos comerciales y de planificación, ya que no solo habría que pensar en esta novela, sino también en las dos siguientes.




 -Comentario crítico:
Esta novela puede suponer el descubrimiento de una ciencia ficción no anglosajona, la china, aunque está escrita de una manera apta para el consumo de lectores occidentales.
El problema de los tres cuerpos se puede adscribir a partes casi iguales a las corrientes de la ciencia ficción dura (la primera parte) y la ciencia ficción transhumanista (la segunda parte), lo que la convierte en un nexo entre dos maneras de entender el género que no siempre han corrido en paralelo ni se han llevado bien. Es, pues, una novela interesante para comprender hacia dónde va el género en la segunda década del siglo xxi.
La ambivalencia entre lo occidental y lo oriental aparece de manera explícita en muchos pasajes del libro (en el juego Tres Cuerpos aparecen físicos y científicos occidentales, como Einstein o Newton, que les dan las claves necesarias a los protagonistas chinos, pero también vemos a un occidental como Evans que idea el ETO gracias al influjo oriental del budismo. Todo ello acentúa la idea de yin y yang, así como la interrelación entre dos mundos, Oriente y Occidente, que se nos suelen vender como compartimentos estancos. Liu Cixin dedica varios comentarios, a título de narrador pero también en bocas de sus personajes, a esta ambivalencia.
Como ciencia ficción, El problema de los tres cuerpos es impecable, aunque tal vez pierda algo de fuelle en los últimos capítulos [SPOILEEEER de dos párrafos que quito].
El pulso narrativo del autor es firme, y produce momentos deslumbrantes, como las descripciones de las purgas de la Revolución Cultural o algunas escenas dentro del juego de Tres Cuerpos. Liu Cixin escribe algunas de las páginas más apasionantes de la ciencia ficción mundial de los últimos diez años, y merece la pena darlas a conocer al lector español.


 -Sensación epidérmica:
Se trata de una muy buena novela, que lógicamente queda un tanto incompleta, ya que es la primera parte de una trilogía. Ofrece, de manera consecutiva, muy buenas descripciones de la Revolución Cultural, la situación del científico en China (y, por extensión, la figura del científico solitario), el funcionamiento del juego Tres Cuerpos, los pormenores del funcionamiento de la ETO y, por último, una aproximación a los trisolarianos, los verdaderos protagonistas de la novela.


 -¿Lo regalarías? (si es que sí, ¿a qué tipo de persona?)
Sí. A interesados en ciencia ficción en general (me temo que sería uno de los libros importantes del año, incluso posible finalista de los Ignotus), pero también a gente interesada en el Lejano Oriente en general y en China en particular. Y, por supuesto, a físicos, astrofísicos y amantes de los problemas matemáticos.
- Comparación con otros autores / libros:
Autores de ciencia ficción dura ambientada en época actual y que hagan énfasis en la problemática del científico: el Gregory Benford de Cronopaisaje, o de las obras de David Brin o Robert Sawyer.
Ciencia ficción transhumanista, una de las corrientes principales del género ahora mismo, gracias a la inspiración de Arthur C. Clarke, la renovación que supuso Greg Egan y los trabajos actuales de Peter Watts.
La ciencia ficción clásica recibe numerosos homenajes, el más evidente de todos a “La bola de billar”, un cuento de Isaac Asimov que se encuentra en su antología Estoy en Puertomarte sin Hilda y que, en resumen, expone el problema de los tres cuerpos que da título a esta novela.
Stanislaw Lem. La misión de Wang Miao es parecida, en un primer momento, a la del protagonista de La investigación: tiene que investigar una serie de muertes que no se sabe si son asesinatos, ni si tienen móvil u oportunidad.
La ciencia ficción de última generación. Está en la misma onda que los autores que están marcando el paso de la nueva década, como Aliette de Bodard o, claro está, Ken Liu, quien además es el traductor de esta novela al inglés.
Al igual que sucedió hace tiempo con Años de prosperidad, de Chan Koonchung, este título puede trascender las fronteras del fandom precisamente gracias a la procedencia china del autor. La CF oriental puede deparar sorpresas como Liu Cixin o el japonés Yasutaka Tsuitsui. Fuera del ámbito occidental, podemos ampliar a lo que escribe Ben Okri en África.
Novelas “de primer contacto”, desde Contacto de Carl Sagan hasta el ya citado David Brin o el Stanislaw Lem de Solaris.
A tenor de lo que se lee en los últimos capítulos y las referencias disponibles de los otros dos títulos de la trilogía, la obra se enmarca en la ciencia ficción catastrofista y “de invasiones extraterrestres”, desde el H. G. Wells de La guerra de los mundos hasta las series televisivas V y Falling Skies, pasando por el clásico más pesimista del subgénero: Los genocidas, de Thomas M. Disch, que parte de la misma premisa (apenas somos unos insectos molestos para los invasores extraterrestres).
El retrato que efectúa Liu Cixin de las discusiones sectarias entre adventistas y redencionistas, así como algunas otras soluciones literarias del autor al describir el entorno del ETO y sus connotaciones sectarias y “platilleras”, remiten a novelas como La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq.
La manera en que juega con los problemas matemáticos (el de los tres cuerpos) la hace muy recomendable, por un lado, para lectores aficionados a los pasatiempos lógico-matemáticos (a lo Martin Gardner), pero, por otro, a los interesados en esta materia en un plano profesional (físicos y matemáticos con inquietudes literarias).
Hay un homenaje muy evidente a Estudio en escarlata, de Arthur Conan Doyle, lo que podría emparentar esta novela, de manera leve pero consistente, con Sherlock Holmes.
La parte del juego Tres Cuerpos tiene elementos casi de película wuxia (para entendernos, cine a lo Tigre y dragón).

- Público al que va dirigido: 
Lector de ciencia ficción dura (pero sin pasarse), como el Gregory Benford de la ya citada Cronopaisaje.
Lector de ciencia ficción transhumanista.
Lector que quiera estar a la última de lo que es ahora mismo la ciencia ficción.
Amantes de la ciencia ficción “exótica” no anglosajona. Ya hemos hablado de Chan Koonchung.
Aficionados a novelas de ciencia ficción (o no) en las que los juegos o videojuegos formen parte fundamental de la trama. La referencia implícita en algunos pasajes es El juego de Ender, de Orson Scott Card, aunque luego deriva por otros derroteros.
Lectores de novelas “de primer contacto”, desde Carl Sagan hasta el ya citado David Brin o el Stanislaw Lem de Solaris.
Lector de ciencia ficción catastrofista y “de invasiones extraterrestres.
Fuera del género fantástico, la novela puede ser una lectura muy valiosa para interesados en China, la cultura china, la historia china reciente (en particular, la Revolución Cultural).
Aficionados a pasatiempos matemáticos y problemas matemáticos en un nivel más serio. Matemáticos, físicos y astrofísicos.

- ¿Lo publicarías?
Sí. Es una novela magnífica, nos abre las puertas de la ciencia ficción china (de la que apenas ha aparecido material en España) y, por las referencias que manejo, la tercera de la trilogía es aún mejor, lo que haría aconsejable publicar el ciclo completo.


- Propuestas de título: El problema de los tres cuerpos está bien, ya que los lectores aficionados a los problemas matemáticos entenderán a qué se refiere, aunque no cuadra mucho con el nombre del juego que es determinante en la novela, por lo que tal vez habría que dejarlo en Tres cuerpos a secas (o Tres Cuerpos, si el criterio de la editorial es que los nombres de videojuegos vayan en caja alta). También sería conveniente esete título si tenemos en cuenta que los siguientes títulos de la trilogía serían El bosque oscuro y Callejón sin salida, mucho más concisos que El problema de los tres cuerpos. Aun así, la primera opción parece mejor.


Cuestiones particulares:
- Problemas de traducción/adaptación/edición:
Se trata de una novela escrita originalmente en chino, lo que complica la posible traducción. En el informe hemos trabajado a partir de la traducción al inglés que efectuó Ken Liu, uno de los autores de referencia de la ciencia ficción actual. Su mera presencia en esta edición es un factor que puede ayudar a venderla (de hecho, sería interesante conservar la nota final del traductor, aunque al final se traduzca directamente del chino).
No obstante, Liu Cixin ha publicado un relato en la antología Terra Nova 3, aparecida en Fantascy. Se tradujo directamente del chino, y el traductor de ese relato, Javier Altayó, parece la persona más indicada para traducir esta obra. También sería interesante publicar una nota del traductor similar a la de Ken Liu, lo que le daría un valor añadido a la obra. La obra contiene numerosas referencias históricas, pero también mucha ironía, por lo que la traducción puede ser difícil, pese a la facilidad con que se lee la obra. También complicaría las tareas de revisión del texto.
Mariano Villarreal comenta que fue toda una odisea contratar en cuento de la antología ya citada. Cabe suponer que ese escollo a la hora de la gestión de los derechos ya se ha superado, y que hay línea directa con el agente o representante del autor, lo cual facilitaría la contratación de esta obra.

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La tan traída y llevada atención al cliente


Comparto en el blog mi penúltimo estado de Facebook, ya que merece la pena difundir estas cosas, aun a riesgo de crear un efecto Streisand. 

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Cristina y yo estamos encantados de la vida con Baci d'Angelo Patîsserie. El año pasado encargamos con ellos el bizcocho de cumpleaños de Mireia para celebrarlo en su colegio, ya que tiene un compañero de cole alérgico al huevo y, para cosas de estas, las pastelerías veganas son la solución más práctica. El servicio fue bueno, lo entregaron en el colegio a la hora convenida, y todo guay.

Por ese motivo, unos meses después queríamos tener un detalle con el padre de un amigo. Nos había hecho un favor muy grande y, ya que estaban ampliando el negocio y haciendo catering a domicilio, pensamos que un lote de desayuno para dos estaría genial y les alegraría la mañana. La hora de entrega acuciaba, al tratarse de un desayuno, y les insistimos con el asunto. Ahí ya se pusieron bastante bordes: no podían asegurar puntualidad en el reparto fuera de Barcelona ciudad. Sí pero no: Esplugues está en el área urbana de Barcelona, tardas menos en llegar ahí que a algunos distritos de Barcelona, y nos rechinó la poca flexibilidad. 

Pues bien, el desayuno no llegó a la hora del desayuno. Ni a ninguna otra hora. El reparto no se hizo.

Esto era un sábado. El lunes reclamamos, tomaron nota y nos abonaron el importe del desayuno... descontando los gastos de tramitación de la tarjeta de crédito. Un total de 3,18 euros, vale, que ni los van a hacer ricos ni nos van a sacar de pobres, pero es que no es eso: si tienen que reembolsarte un abono por un servicio no realizado, no tienen por qué descontarte tarifas ni nada. No creo que sea difícil entender que, si la cagas, no tiene sentido penalizar al afectado. Lo mínimo sería que la empresa corriera con los gastos.

(Un inciso. Si entráis en su web, veréis que ahora dice que si hay algún problema y el servicio no se entrega, ese diez por ciento de gastos de tramitación se lo quedan ellos. Lo pone en la web desde después de que pusiéramos la reclamación, antes no había ni aviso legal, y suponemos que lo pusieron a raíz de nuestra queja.)

Les dijimos todo esto por correo y ellos, muy bordes, dijeron que pasando. Amenazamos con ir a Consum a reclamar, y siguieron en sus trece. Reclamamos a Consum, y siguieron negándose a devolver esos gastos. Hemos tenido que ir a conciliación, y persisten en que ya no devuelven ni un céntimo; como mucho, un cheque de regalo que no nos interesa porque no queremos volver a tener tratos con ellos. Las únicas alternativas legales que nos quedan a estas alturas son desistir de nuestra reclamación o ir a juicio, porque la vía de la conciliación ya está cerrada.

Y en esas estamos. ¿Qué hacemos? ¿Vamos a juicio por 3,18 euros, lo dejamos correr o contamos nuestra historia para que la sepáis si os pasa a vosotros?

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jueves, 8 de septiembre de 2016

Confesiones de un papanatas de mierda



La semana pasada se estrenó El elegido, de Antonio Chavarrías, que habla de uno de esos acontecimientos históricos que siempre me han fascinado: la trama urdida para que Ramon Mercader asesinase a Stalin. No la he visto todavía, las reseñas que leo por ahí me hacen suponer que es una película parcialmente fallida más allá de la premisa interesante para frikis del tema y, en resumen, me cabrea pero no me sorprende que ni una sola de las reseñas que he leído mencione la que (a falta de ver El elegido) sigue siendo la mejor película sobre el asunto: el documental Asaltar los cielos, de Javier Rioyo y José Luis López Linares (1995).
Por todo esto, aprovecho para rescatar un cuento mío del año catapún, que va precisamente sobre Trotski, Ramon Mercader, ucronías sobre la Guerra Civil y Philip K. Dick. Todo muy crazy, como lo que escribíamos en los años noventa. Ha envejecido mal, y obviamente no es El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, pero me parece entrañable a su manera y, como no hay manera de encontrarlo y, además, la ocasión la pintan calva, pues aprovecho para colgarlo.
Buena lectura, y sed indulgentes con él.



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CONFESIONES DE UN PAPANATAS DE MIERDA


1


OBJETIVO: BRONSTEIN, por R. Mercader (¿seud.?)
México, Editora Nacional, 1940. 20,8 X 13,7 cm.
374 pp. Rústica. Anticipación/Ficción política.


Curioso ejemplar. No es la primera vez que lo aparto de esta inmensa biblioteca, único recuerdo tangible que conservo de una vida tan irreal y fragmentaria que por fuerza tiene que ser verdadera.
Descubrí este volumen hará cuatro o cinco sesiones de lectura intensiva mi única referencia temporal válida, toda vez que desistí de la medida en años o días, al mismo tiempo que en mi mente cristalizaban algunas pinceladas, sumamente vagas y contradictorias, de mi improbable existencia anterior.
Mercader. No aparece en ninguno de los diccionarios enciclopédicos y son muchos los que se guardan aquí ni en las múltiples ediciones del Quién es quién de que me sirvo para mis consultas. Una vez lo vislumbré, pero la molesta aparición de la sonda mental me obligó a abandonar toda actividad. Al reanudar mi tarea, ya no pude encontrar la enciclopedia. Un tratado sobre la Guerra Civil española atrajo mi atención, de modo que renuncié a solucionar el enigma.
Me desconcierta el interés que siento por la Guerra Civil. Debo achacarlo a una especie de curiosidad genealógica. Mi tío Marcos fue un héroe destacado de la República. Sé muy pocas cosas acerca de aquel conflicto, y de un modo disperso, general e impreciso.
Abro el libro. La mirada vaga ociosa por las rancias páginas, algunas de ellas subrayadas, acaso con propósitos secretos o conspirativos, por no decir contrarrevolucionarios. (Interesantes conceptos que se han presentado en mi consciencia de modo inopinado.) Huele a polvorienta Historia anquilosada y deseosa de instruir tras forzado ostracismo; a malintencionada sinceridad; a venta precipitada ante la presencia de un ogpu tras el escaparate de la librería.
Me veo inmerso en la lectura. Siempre me había retenido el pudor, el qué dirán, algo superior a mí, un temor inconcreto a contaminarme de ideas indeseables... Esta vez no. Al carajo con los prejuicios, exclamo, satisfecho por recuperar una expresión tan castiza.
Esta vez no. Leeré el libro y averiguaré de dónde viene y por qué su aparición está trastornando mi realidad y mis recuerdos.


2

       En los últimos días del gobierno de la República, cuando la situación era tan embrollada que uno ya no sabía si estaba defendiendo al Frente Popular contra el fascismo, al gobierno soviético catalán frente a la invasión alemana, a la cabeza de puente monárquico(juanista)-británica de los embates nacionalistas, o a la burguesía del comunismo, Marcos se echó al monte. Poco importaba el bando que escogiera, eso a él le resultaba muy abstracto; el hecho era que decantarse por la guerrilla constituía un acto político por sí mismo.
Tampoco sus compañeros de partida lo tenían mucho más claro: excenetistas aragoneses, bolcheviques estalinistas del PCE, radicales de Azaña, demócratas posibilistas de Casado, caballeristas, juanistas e incluso agentes de la SFIO confraternizaban con aquellas unidades tan artificiales e ineficientes como sacrificadas y valerosas. Unos ataques del gobierno soviético trotskista catalán lo obligaron a refugiarse en territorio valenciano, en una especie de tierra de nadie y tierra de todos, al alcance y al mismo tiempo a salvo de los tres bandos contendientes.
Los recién llegados traían noticias de los frentes: Madrid había caído el mismo día en que los nazis ocupaban Polonia y Lituania. Por su parte, la URSS entraba en Estonia y Letonia, y constituía a sus adeptos valencianos en república socialista: el equilibrio de poderes en la península Ibérica se decantaba a favor del trotskismo. Era la declaración de guerra a Hitler. Mussolini no podía impedir la consolidación del frente mediterráneo. el Reino Unido enviaba tropas juanistas, encabezadas por los desertores Kindelán, Aranda y Franco, a «reconquistar» Andalucía. La Guerra Civil española, en resumen, había concluido con ambos bandos desintegrados e implicados en un conflicto mundial. El tiempo les daba la razón a Negrín y los suyos... Lástima que Casado los hubiese fusilado unos meses antes.


3

Philip y su hermana como tales se presentaron, y no había razón para dudar de sus palabras depositaron la impedimenta en el suelo arenoso del patio. El motel era un solitario acuartelamiento militar reconvertido, reliquia viviente de los tiempos de Maximiliano, y necesitaba con toda urgencia un servicio de limpieza. El sol caía a plomo sobre sus cabezas, y pugnaba con las sombras por arrebatarles el espacio vital. Una chicharra interpretaba, con obsesiva insistencia, su peculiar versión de un corrido mexicano. No se oía nada más. El pastoso olor a sudor y aceite entremezclados convertía la atmósfera en una irrespirable solución semilíquida.
Me voy a derretir.
Acostúmbrate, Phil. Lo sabías cuando te decidiste a acompañarme.
Quién me mandaba.
Recogieron los bártulos sendas mochilas con adminículos colgando en las posiciones más inverosímiles, excrecencias supurantes en forma de cantimplora, saco de dormir o pantalones deportivos y, tras detenerse un momento en la cantina, ascendieron por una especie de escalera sin barandilla a un rellano donde se ubicaba su habitación.
¿Te has fijado en el tipo que había en la cantina? Inmóvil, silencioso, la mirada extraviada... Sería un buen personaje para tu novela.
Jane no le respondió: estaba demasiado preocupada empujando el picaporte de la puerta. Una vez logrado su objetivo, espetó:
Bueno, Phil, esto no difiere en mucho de tu cueva en vísperas de limpieza.
El hermano se abstuvo de ironizar acerca del cruel comentario, incapaz de rebatirlo con argumentos sólidos. En efecto, quienquiera que hubiese escrito aquello de «En el principio fue el caos» debía de haber estado pensando en su cuartito de California o en aquel insalubre motel mexicano, indistintamente. Por la única ventana, cubierta con algunos maderos mal remachados, a duras penas penetraban algunos arroyuelos de luz, que dejaban a la imaginación la tarea de desentrañar los horrores ocultos bajo un mar de pelusas y polvo, cuyos dominios se extendían más allá de la penumbra. Un gigantesco armario de estilo imperial se erguía amenazador en la misma línea de sombra. Bajo un pozo de luz cegado, una pareja de bultos inmóviles sumía a Phil en la duda acerca de su función y naturaleza. En un arranque de sosegado realismo, decidió que se trataba de las camas. La decoración se completaba (al menos, dentro del espectro visual) con un desconchado aguamanil.
¿Y no podrías haber encontrado algo más barato?
No te me quejes ahora. La idea de venir a México en estas condiciones fue tuya.
Fastuoso. Empezamos bien.


4

... Llegué a esta ciudad americana para matar a Bronstein el traidor o, dicho de otro modo y así sabrán ustedes a qué me refiero: Stalin, el Partido, el Socialismo me pagaron para ajusticiar a Trotski...

Un escalofrío me recorre el espinazo. Yo no debería estar leyendo esto. Intento racionalizar semejante sensación y mi cerebro se empapa de sustantivos, toponímicos y siglas: procesos, Yakutia, OGPU...
OGPU. Lo asocio a algo malo, a alguien que sabe que estoy leyendo este libro y trata de evitarlo. Policía secreta, político-militar, Terror. Son sinónimos. Supe de su existencia al tiempo que descubría el libro. A la sensación de irrealidad y extrañeza se añadió la corazonada de que detrás de todo había algo real, tangible, un apellido de rechinantes botas militares cuyo terrorífico taconeo me pone sobre aviso cuando ya es tarde. Algo o alguien que sondea mi mente con la certeza de que hallará claves que yo mismo ignoro.
Un reloj situado más allá de estas paredes da las doce. Hora de vaciar la mente, hora de concentrarme en la nada. La sonda mental nunca demora su marcha, «apisonando a sus enemigos, llevada en volandas por los buenos ciudadanos», como reza una consigna del Partido que acaba de llegar a mi memoria. La OGPU me lobotomizará, la OGPU vendrá por mí tarde o temprano, la OGPU por las inmediaciones suenan las sirenas de los comisarios políticos: ya está aquí la sonda justiciera es mi amiga, la OGPU vela por los intereses del Proletariado Internacional, la OGPU triunfará sobre el desviacionismo opuesto a la Revolución Permanente; la OGPU es el arma definitiva con que Trotski venció a Kámenev, Zinóviev, Mólotov, Beria, Stalin, Hitler, Mussolini, Sanjurjo e Hirohito; la OGPU las sirenas son ya un eco lejano, allende la biblioteca debería ser eliminada para siempre, borrada de la faz de la Tierra.
Me la estoy jugando.
Me arrojo sobre el libro de manera violenta y salvaje, y durante horas y horas me afano en reducirlo a fragmentos tan minúsculos como la pericia me permite.
No entiendo nada. El presentimiento de extrañeza ha cedido ante una absoluta certidumbre. Mi vida corre peligro, y sólo puedo atribuirlo a la violenta irrupción de este libro. Tal vez si acabo con él...
¡Maldito seas, R. Mercader, seas quien seas, por todo el daño que me causas! No podrás conmigo. Ni tú ni nadie.


5

Jane miró el reloj. Aún recordaba el entrañable viaje con que sus padres quisieron celebrar el undécimo cumpleaños de los gemelos... con ocho meses de retraso. Los Ángeles en agosto era un horno, mucho menos apetecible que San Francisco por aquella época, de modo que no prolongaron su estancia más allá del fin de semana.
Su padre escapó a hurtadillas a los estudios Disney, donde compró sendos relojes de genuina mercadotecnia para los niños. Hubo algunos problemas cuando, al regresar a casa, Phil descubrió que había olvidado el suyo en el motel, y anduvo detrás del de Jane, una Minnie aislada del resto del mundo por una semiesfera de cristal, con un minutero de casi idénticas dimensiones que la aguja horaria, lo cual inducía a frecuentes equívocos. No obstante, lo había conservado desde entonces, remisa a cambiarlo por «esas baratijas suizas y japonesas».
(Y, recordaba con cierta maldad, le encantaba lucirlo ante el «vegetal autista» de la cantina, como habían dado en llamarle, pues el trotecillo pausado del segundero parecía ponerle fuera de sí.)
¿Qué hora tienes, especie de Kerouac de sexo femenino?
Jane tuvo la vaga impresión de que Phil se estaba arrepintiendo de viajar con ella. Ambos estaban muy susceptibles: ella, por intentar a toda costa inspirarse para su novela, aunque implicase desatender a un cada vez más ausente Phil, el cual estrenaba estado civil tras un fallido matrimonio.
Las nueve y cuarto... No, las tres menos cuarto... Yo qué sé.
Valiente ayuda refunfuñó Phil. Abrió la puerta y, a juzgar por la posición del sol y la bofetada de calor, sospechó que la hora más probable era la segunda.
Un lagarto aceleraba la marcha, fugitivo del abrasador suelo de arena. Un automóvil bramaba, sediento y humeante, implorando auxilio.
Bajo a la cantina. Necesito un trago.
Tráeme una Corona le oyó a Jane, por encima del tecleo de su máquina portátil, en las profundidades del inhabitable antro. Muy fría, a poder ser.


6

Soñé que estaba cuerdo.

Una ráfaga de ametralladora nos arrancaba del sopor. Habíamos descuidado la guardia. Estaban a unas decenas de metros y, parapetándose en la noche cerrada, descargaron sobre nuestras posiciones más munición de la que jamás llegaríamos a poseer.
Confusión. A mi compañero le estalló en las manos su viejo fusil. No quise mirar, ni oírle en su estertor. Una bengala iluminó el campamento. Cuerpos destrozados, cañonazos, voces encrespadas exigiendo el santo y seña. El periodista inglés que cubría las noticias del frente cargaba su arma con nerviosa rapidez. Una bengala. Explosión. Humareda. El inglés ya no estaba.
El comisario político amenazaba con entregarnos a los facciosos si no defendíamos la posición con bravura. Yo me escondí, desertor en medio del combate, rodeado de muerte, tanto amiga como enemiga.
La escaramuza concluía. Al menos, los disparos cesaron por ambos bandos. Silencio. Nada. Nadie.
Amanecía. Me aventuré a salir, sin tomar precauciones. El campamento estaba desierto, y no me refiero a que yo fuera el único ser vivo en las inmediaciones: estaba vacío. No había señal alguna de combates, de masacre, de gritos, de sangre. A decir verdad, todo era monte bajo y zarzas, y las tiendas de campaña, trincheras de sacos terreros y armas no estaban. Nunca habían estado.
A lo lejos se distinguía una ciudad. Me llevaría al menos un día de camino, calculé, acostumbrado a las largas marchas milicianas. «Mañana tomamos el café ahí», bromeábamos con el periodista inglés, en el castellano escaso e inexacto de que se servía. Un tipo enigmático, mister Blair. Había sido miliciano del POUM en este mismo frente. Tras los sucesos de Barcelona del año anterior había escapado del país por temor a represalias: pese a su probado trotskismo, lo habían visto confraternizando con estalinianos y libertarios. Una vez se hubieron calmado los ánimos, y tras la disolución de las milicias, se hizo tabla rasa y lo readmitieron en España, ahora como corresponsal de guerra. Se rumoreaba que iba a ser candidato a la presidencia del gobierno en una lista conjunta de todas las izquierdas británicas...
Avancé hacia la ciudad. El cielo ennegrecido amenazaba con vaciarse sobre mi camino. Apreté el paso. La tormenta parecía inminente. Un viento molesto se desató sin previo aviso. Oí truenos. El temporal arreciaba. Sudaba, ¿o era la lluvia? Me rodeó una amalgama de tierra mojada, ozono y otros olores.
El aire silbaba en mis oídos, un sonido parecido a «Ven, ven, ven» y, a falta de cobijo, me dejé guiar por el viento, sorteando los matorrales y la ya impenetrable cortina de agua. Seguí un sendero invisible y, agazapado tras una colina, descubrí un refugio, destartalado y feo, pero con un techo y cuatro paredes con que aislarme del temporal.
Franqueé el umbral y, para mi sorpresa, me vi en mi biblioteca.
Desperté.


Sigo despierto.
Veo cien mil volúmenes, nada menos que todo un edificio invadido por libros, algunos de ellos peligrosos. Ya he localizado uno. ¿Cuántos más me aguardan, dispuestos a delatarme a la sonda mental de la OGPU? Debo destruir toda prueba incriminatoria, diezmar la biblioteca si fuera necesario. Esto es un auto de fe, una cruzada. ¡Guerra a la desviación!
Manos a la obra. Kámenev: a la pira. Historia de la Revolución, de Trotski: a la sección de clásicos, junto a Dante y Shakespeare. Dimitrov: al agujero. Diario de una bandera, de Franco. Éste se las trae. Franco salvó a la República, cuando capituló con el Frente Popular tras su derrota en Guadalajara y se cambió de bando, dejando a Sanjurjo y Mola descoordinados e impotentes ante los desembarcos soviéticos en Levante y británico en Vizcaya. Ya veré qué hago con el libro... ¡Maurín! Éste hay que conservarlo.
Absorto en la criba que ha de separar el grano de la paja, no he advertido el primer gañido de la sirena. Sobresaltado, me aferro a la Historia de la Revolución. Abro al azar y declamo en voz alta, hasta que la sonda se ha alejado:

... La subordinación de los movimientos nacionales al proceso esencial de la Revolución, a la lucha del proletariado por el poder, no se realiza de golpe, sino en varias fases y en formas diferentes según las diversas regiones del país...

Se han ido. ¿Cuándo me dejarán en paz? ¿Cuándo regresarán para arrestarme, si es eso lo que quieren de mí, y pondrán fin a toda esta tensión?
Vuelvo a abrir el libro por la misma página, y lo que veo me hace gritar aterrorizado, expulsando fuera de mí hasta el último suspiro.
Arranco la página, pero ésta, ante mis propios ojos, brota cual tallo en primavera, primero en blanco, ahora trazando un mensaje manuscrito en caracteres cirílicos, una sola línea que se repite a todo lo largo y ancho del texto, e invade el libro, quinientas páginas con la misma cantinela:

Nunca te dejaremos en paz. Nunca. ¿Lo entiendes?


7

Jane se quedó de una pieza cuando vio aparecer a Phil.
¡Por Dios! ¿Qué te ha pasado?
Phil cayó de bruces sobre el suelo de la habitación, levantando una polvareda que hizo toser a Jane hasta el ahogo. El rostro, ensangrentado por el golpe, la miró, complacido. Extendió la mano derecha hacia ella y vocalizó, con perfecta claridad, sin abandonar la sonrisa:
Jane, ¿por qué no me dijiste nunca que estabas muerta?
La aludida no se lo podía creer. Phil, sereno en todo momento, continuó.
No me gusta tener que enterarme de este modo. Si mamá y papá nos lo hubiesen dicho, ahora no estaría aquí. Sería hijo único, ¿sabes?, y tu reloj de Disney sería mío.
A Jane se le saltaban las lágrimas.
Claro que tal vez lo habría perdido en L. A., de todos modos.
La mujer rompió a llorar.
Me gusta tu diadema de color cielo. Te hace juego con los ojos. Tienes una cara muy interesante, una mezcla de Wagner y Lizst, no sé si me entiendes. Hablaré de ello en la radio: «Le dedico esta rapsodia húngara a mi hermana gemela, muerta apenas un mes después de nacer, cuyos ojos, épicos y románticos a un tiempo, me recuerdan al sol mexicano en todo su esplendor». No llores, es la pura verdad.
Se incorporó para ayudar a una Jane trémula como nunca antes la viera.
Joder, Phil, no me vuelvas a hacer esto hipó, en un lamento apenas audible.


8

Ahora me enfrento a una doble tarea: por un lado, continuar la purga iniciada en la biblioteca; por otro, inspeccionar cada libro en busca de mensajes comprometedores.
Soy más metódico que antes. Dedico cincuenta minutos a inspeccionar los volúmenes sospechosos y diez a leer aquellos que no entrañan el menor riesgo, de modo que hago coincidir esos diez minutos con el paso de la sonda.
Calculo que en unos dos meses habré expurgado unos veinte mil, por tan sólo sesenta salvados. Con los títulos sacrílegos mantengo viva la caldera del caserón, cuyo poder calorífico es tal que los libros sin inventariar han acabado secándose. Abrirlos equivale a aventurarse en una suerte de biblioteca de Alejandría, todo pergaminos frágiles y antiguos. El calor y la sequedad se hacen insoportables, y las cenizas fugitivas del cuarto de calderas forman una estera inconsistente, volátil.
Distingo un lomo familiar, cuyo título me hace dudar un instante. Después, la certeza:

Objetivo: Bronstein

y, como si no pudiera ser de otro modo, la consabida advertencia, escrita dondequiera que abra el libro:

¿Nunca te has parado a pensar en quién era ese tal R. Mercader?

Siento el familiar escalofrío de la sonda a mis espaldas. Me escruta, sin hallar en mi mente más que una cadencia sin significado y obsesivamente repetida errepuntomercader, errepuntomercader, errepuntomercader, de modo que no encuentra ningún elemento constitutivo de delito.
Tardo en comprender qué es lo que me ha salvado. Si no fuese porque el peligro nunca puede ser conjurado, experimentaría gratitud hacia ese R. Mercader, sea quien sea, aunque pergeñe libros contrarrevolucionarios.


9

Después de todo, no fue una mala experiencia. Deberías probar, Jane.
No digas gilipolleces, Phil. De verdad, a veces no te entiendo.
¿No has reflexionado sobre las inmensas posibilidades que esto abriría en tu carrera literaria?
Perfecto, Philip. En la yugular. Acabas de apelar a lo más sagrado para mí. Me conoces demasiado bien, hermanito.
No fastidies, Phil. Necesito estar lúcida, en vez meterme la primera porquería que me ofrezca un desconocido.
Entonces, ¿por qué coño has venido aquí? Que sepas que se escribe igual en Berkeley que en un pueblo mexicano.
No he venido aquí a escribir, sino a inspirarme. Lo que no sé es por qué te he traído conmigo.
Tú sabrás, Juanita dijo, pronunciando deliberadamente con acento mexicano. Ambos rieron.
Entrelazaron las manos y permanecieron un buen tiempo en esa posición. Era su manera de solucionar desavenencias, desde la infancia hasta entonces.
Phil... susurró Jane, con una inflexión entre dubitativa e interrogativa.
¿Sí? respondió éste, casi seguro de cuál sería el siguiente paso que iba a dar su hermana.
¿Cómo fue la experiencia? Me refiero al «viaje».
Phil se lo explicó, dirigiendo la mirada más allá de la espesa capa de polvo y madera. Hacia la cantina.


10

Ha sucedido. Justo el día después de concluir mi tarea purificadora. Seis meses me ha costado, pero al fin la biblioteca está limpia. Una ortodoxa selección de ochocientos títulos ejemplares, todos los que se puede poseer sin temor a represalias. Por ello, la irrupción de la OGPU no me ha inquietado en absoluto.
«¿Qué se les ofrece, camaradas? pregunto, con servil pero sincera cortesía.
El comisario político no se da por aludido. Prosigue la búsqueda (¿de qué?) con un entusiasmo revolucionario aún mayor que el de los otros milicianos.
«Todos mis libros están en orden –los desafío, engarzando el primer ejemplar que encuentro. Miren si no. Y comienzo a leer un párrafo cualquiera. Al pasar la página, me topo con una desagradable sorpresa:

¿Todo en orden? ¡Que te crees tú eso!

Mi rictus de pasmo pasa inadvertido. Lo cual no es óbice para que el comisario me requise el tomo que yace en mis manos.
¡Hombre! ¡Las Actas del III Congreso de la Komintern! Una joya bibliográfica. No sabe cuánto las hemos buscado. La Biblioteca Soviética del distrito las recibirá con alborozo. ¡Salud, camarada! No sabes por vez primera, el agente de la OGPU me tutea cuánto agradece el Partido acciones como ésta. ¡Así formamos un proletariado sano, fuerte y culto!
El comisario repite la escena tantas veces como libros codiciados caen en sus manos. Al cabo de una hora he perdido la cuenta de cuántos ejemplares ha incautado.
Cómo reprimí la insurrección de Krondstadt. ¿No es emocionante? Pocos ejemplares sobrevivieron al fugaz período estalinista, pero con la restauración del Verdadero Régimen Comunista aparecieron más. Aun así, es la obra más buscada de Trotski. ¿Cómo la adquiriste?
Enarbola el libro con vehemencia, de guisa tal que el título, en letras doradas, refulge con singular intensidad. Leo lo siguiente:

¡Eso, eso! Dile cómo la adquiriste.

Guardo mutismo hasta que los hombres de la OGPU han abandonado la biblioteca, entre promesas de hablar de mí en la próxima reunión del Comité de Distrito, y me amenazan veladamente con regresar, tal vez sin tantos miramientos.


11

El mundo gira alrededor de tu barba fosforescente, que crece y mengua al compás del motor. La carretera es una cinta de envolver regalos, y el papel a juego es un dorado desierto sin solución de continuidad con el cielo del atardecer. Veo a través de ti.
Phil sonrió y puso el coche en cuarta. Un utilitario inglés (no recordaba la marca) que el dueño del hotel les había alquilado por cinco dólares al día. Conducían sin rumbo fijo, hasta donde el depósito de gasolina quisiera que llegasen. Jane experimentaba su primer «viaje» como lo que era: una niña curiosa, ansiosa por probarlo todo, empirista contumaz. Le comentaba, o más bien le retransmitía en directo, todas sus vivencias.
Un gigante gaseoso huye por el tubo de escape. Es un genio dispuesto a concedernos un único deseo: correr, correr, correr. Los moradores de la lámpara somos nosotros. Dos geniecillos fraternales. ¿Cuántos deseos le concederías tú a quien nos liberase de esta prisión?
Phil reflexionó.
Ninguno. ¡Que trabaje para conseguírselos!
Rieron a mandíbula batiente. Era maravilloso viajar con Jane, sobre todo ahora que lo habían abandonado su esposa y su hijo. Aquella semana en México se estaba revelando como el mejor fármaco antidepresivo. En cuanto a Jane, tal vez pudiera extraer de allí el argumento de alguna de sus siguientes novelas.
Condujeron de noche. Se alternaban al volante cada cincuenta o sesenta millas. El paisaje desértico se había terminado hacía mucho tiempo. Ahora transitaban por una zona residencial. Unos árboles descomunales se apartaban a su paso; algunos, con una ligera genuflexión. Jane les sonreía. La cinta de envolver regalos era indiscernible. Las luces del vehículo perdían potencia. Conducían a la estima, como hacían los primeros marinos en los tiempos previos a la brújula.
Se detuvieron. Phil intentó hacer arrancar el motor, sin resultados.
Cojonudo. Se nos acaba la gasolina en la puerta del castillo de Drácula.
Ese comentario fue de Jane. Phil se dio la vuelta y, en efecto, divisó a través del cristal algo que merecía ser el castillo al que se refería ella. Un grueso muro con alguna que otra torre de fortín, cubierto de agrestes matorrales dispuestos a invadir la carretera, dejaba a la intuición la tarea de adivinar detalles adicionales acerca de la casa que indudablemente tenía que haber más allá. Tras una cancela entreabierta y un segundo muro, una vereda conducía a una aglomeración vegetal oscura e impenetrable.
¡Phil! ¡Mira!
El graznido de Jane le hizo dirigir la atención hacia la cancela. Allá se distinguía la figura de un ser humano, no muy grande, con algo en una mano, mientras la otra iba y venía, compulsivamente, de ese algo a la boca.


12

Marcos estaba oficialmente muerto. Había caído en la defensa de Madrid.
Si conquistar la ciudad había sido tarea fácil, conservarla estaba resultando un suplicio, más duro aún que la «guerra carlista a la inversa», como la denominaban entre bromas y veras los compañeros juanistas probritánicos con quienes había combatido en el Maestrazgo. Era cierto. Una partida guerrillera nunca se expone de manera innecesaria, conoce mil escondrijos, puede atacar aprovechando la noche y cuenta con quintacolumnistas entre la población de la comarca. La ciudad está más expuesta a bombardeos y hay que defenderla movilizando a la población. En ella viven un millón de personas, no un par de cientos. Era triste reconocerlo, pero el Ejército Partisano no estaba capacitado para aquella empresa. ¡Maldito fuera quien les había ordenado avanzar hacia Madrid! ¿Qué le habría costado mantenerlos como un colchón de seguridad entre los germanófilos de Muñoz Grandes y las repúblicas soviéticas de Levante y Cataluña? De ese modo, no habrían tenido que pasar a la ofensiva.
Por otra parte, no había más remedio. Cuando el Tercer Reich y sus gobiernos satélites se desplomaron, estalló una segunda fase en el conflicto, la que enfrentaba a las potencias «democráticas» occidentales con las repúblicas soviéticas. Los que habían sido aliados durante seis años peleaban ahora sin cuartel. En el caso de la península Ibérica, el Directorio formado por don Juan, Franco y Casado les declaró la guerra a Valencia y Cataluña. Como contrapartida por su ayuda, el Reino Unido ocupaba Menorca, pero tuvo que abandonarla por el estallido de una guerra civil dentro de sus fronteras. Moscú azuzó al Ejército Partisano de Marcos para que luchase por una República Soviética de Castilla y... ¿para qué? ¿Para ordenarle la retirada sin dar explicaciones de ningún tipo? ¿En nombre de qué tenía que aceptar la contraorden? ¡Maldito fuera quien le ordenó primero marchar hacia Madrid, a sabiendas de que era casi un imposible, y ahora le mandaba renunciar a lo ganado, replegarse como un cobarde contrarrevolucionario! Él, Marcos en persona, acabaría con ese tirano.
Ahora bien, lo haría bajo una identidad falsa.
Dispuso su muerte y la de sus allegados en un ataque occidental contra el Estado Mayor. Una bomba juanista borró de la faz de la tierra el edificio donde supuestamente se encontraba Marcos, quien, de este modo, ingresaba en el santoral revolucionario, como tantos otros.
Una vez muerto, voló en un biplaza, sorteando las alarmas antiaéreas, en pos de su última misión: Trostski.


13

¡Maldición! Es el fin. La sonda se detiene ante la puerta de la biblioteca. ¿Cuál será mi coartada esta vez? Les diré que la OGPU me visita con frecuencia para aprovisionar a la Biblioteca Soviética de incunables escritos por Trotski que yo les cedo como muestra de fervor revolucionario...
Pero no creo que sea suficiente. Necesito un golpe de efecto que ahuyente a esos temibles secuaces del Mal para siempre jamás. Saldré yo mismo a recibirlos, portando un obsequio de mi humilde colección. Terrorismo y revolución, primera edición. 1920. Servirá.
El recinto de la biblioteca desaparece detrás, más allá de la oscura noche. Camino a tientas, guiado por la luminosidad de la sonda, allende las almenas. Un faro, posiblemente de una batería antiaérea, ilumina el libro. Quiero asegurarme de que... ¡En mala hora! Las páginas me previenen.

Cuidado con ellos. Vienen del mundo real.

¿El mundo real? ¿Qué mundo real?

El mundo en el que a Trotski lo mató Stalin.

Se me erizan todos los cabellos; hasta los de los genitales. No le puedo entregar esto a la OGPU. Me fusilarán de inmediato. (Lo harán, de todos modos, si la sonda está captando mis pensamientos.)

El mundo en el que tu idolatrado tío Marcos no es tu tío, sino un criminal. El hombre que mató a Trotski...

Arranco la hoja de cuajo y me la trago. Digiero sin mesura, como si me fuera la vida en ello. (Me va la vida en ello.)

...en esta casita fortificada de Coyoacán...

Me llevo a las fauces de manera compulsiva un cuadernillo limpiamente amputado. Mastico e insalivo hasta formar una papilla intragable e ilegible, venciendo la grima, la repulsión. No debo pensar en ello. No debo pensar. No pienso.

¿Sigues sin saber quién es Ramón Mercader?

¡Me importa un carajo quién sea ese tipo! ¡Yo sólo quiero que me dejen en paz! ¡Lo que me hayáis de hacer, hacedlo ya!


14

El sujeto gritaba en español. Una convulsión dejó patente que se estaba asfixiando. Aun así, siguió ingiriendo. Las luces se apagaban. Jodido coche. Tendrían que socorrer a ese hombre. Jane salió del vehículo.
Vamos, Phil, ¿no ves que se está ahogando?
Corrieron. Las primeras luces del alba acudieron en su ayuda. Phil miró al cielo. El espectro abarcaba desde la simple negrura, al oeste, hasta un tímido blancuzco, en el este.
«Qué alba tan poco romántica pensó. Cómo se nota que se me están pasando los efectos. El bajonazo es bestial.»
¡Phil, joder! No te quedes mirando a las nubes. Este hombre está muy mal.
Y, en efecto, lo estaba. No le quedaba mucho. Una bola le obstruía las vías respiratorias. Tardaría poco en morir; apenas un suspiro. Nunca mejor dicho.
–Phil, la navaja.
¿Qué?
¡Que me des tu navaja! Voy a hacerle una traqueotomía. O eso espero.
Era o eso o nada, así que Phil accedió. De todos modos, iba a morir...
El hombre murmuraba, con un hilillo de voz:
No os lo diré... no... no sé quién es... Mercader... Ramón...
Jane y Phil intercambiaron una mirada inquisitiva.
¿Ramón Mercader? ¿No fue ése el tipo que mató a Trotski?
La navaja se hundió en su cuello. El hombre intentó gritar, pero ya no le quedaba voz. Una mueca de desánimo le invadió. Una lágrima surcó su rostro. Contuvo su escasa respiración, le sacudió un ligero espasmo y murió.
En la mano, una porción de algo que muy bien pudiera ser peyote quedó engastada para siempre.


15

Los hombres de la OGPU salen de la sonda mental. Son dos, un hombre y una mujer, jóvenes, tal vez rondando la treintena. Guardan un sorprendente parecido entre ellos. No podía ser de otro modo. En los últimos años se había corrido la voz, y ahora sé que es cierto. ¡Los fabrican! Dios mío, fabrican a los agentes, son productos de laboratorio, clones, idénticos unos a otros.
No me atraparán vivo.
Como, devoro, degluto, sin prestar atención. Comprendo, demasiado tarde ya, que me estoy asfixiando, que el libro se niega conscientemente a que acaben con él.
Los hombres hablan entre sí en un idioma extraño, ajeno a mi mundo. Tal vez la jerga de la OGPU. El hombre le tiende a la mujer un extraño artefacto alargado de punta brillante. ¡Un detector de mentiras! ¡Esto sí que es el fin! Hablaré, sí, pero sólo les diré lo que yo quiera contarles. Las palabras fluyen, con pasmosa celeridad, un discurso digno de Lenin.
Durante media hora los convenzo de la mentira del régimen. Mi tío Marcos sí que era un valiente, siempre dispuesto a luchar contra el fascismo. Como conclusión exclamo, henchido de orgullo:
No os diré nada más acerca de mi tío Marcos.
Ahora puedo morir tranquilo. Sin embargo, oigo una voz majestuosa por encima de mí y, aunque habla en su extraña jerga, sé que me está preguntando:
¿El tío Marcos? ¿No fue ése el asesino del camarada Trotski?
Y recuerdo quién era el tío Marcos. Recuerdo quién era Ramón Mercader. La revelación me abrasa la mente. Me opongo con todas mis fuerzas al detector de mentiras, que ahora parece ser un simple cuchillo. Los ogpu se transfiguran en simples civiles vestidos con pantalones vaqueros. Sé dónde estoy... Pero ¿qué estoy diciendo? Todo esto sólo puede ser un engaño de la OGPU. La sonda debe de haberlo leído todo... No tengo escapatoria... Antes morir que ser torturado...


16

Ramón Mercader... Jacques Mornard... Frank Jackson... El tío Marcos... Qué gracioso era el chaval: llamarte tío Marcos, sin ninguna razón en especial, sólo porque le hace gracia llamarte así, sólo porque le recuerdas a un Marcos del servicio de guardaespaldas de Liev Davidovich. Pero el niño se ha quedado con la copla, y en Marcos te has convertido. Qué encanto de crío. Toma, mono, un caramelito de peyote, cómetelo mientras yo termino con lo mío, que se me hace tarde y tengo que acabar ya con esto. Liev Davidovich, Trotski, te pregunta por Sylvia una vez más, e insiste en que debes rehacer el artículo, el señuelo que utilizaste para quedar a solas con Trotski, y...
Tiemblas. El otro día estuviste tan cerca... Tenías que haber acabado con él, pero no lo hiciste. ¿No querías que Sylvia lo presenciase? Ella esté lejos ahora, esperándote... Ya ha pasado la hora. Debe de estar impacientándose. El viejo dice algo:
... mal aspecto. Debería usted cuidar más su salud.
Dan las seis. Media docena de campanadas atruenan en tu cerebro. Estás descompuesto. Si no acabas ahora con él... Debes salir a toda prisa... No, antes tienes que acabar con tu cometido. Mira por el balcón, más allá de la biblioteca. Ahí lo tienes, está desprevenido... Sopesas el piolet con las manos y lo extraes del abrigo...
No ha sido tan difícil, después de todo. Lo hecho, hecho está. Sales corriendo, pero no lo suficientemente deprisa. Culatazos en tu cara, de los que sólo puedes escapar balbuciendo alguna excusa. Lo has hecho por tu madre. Oyes al moribundo el hijo de puta sigue vivo diciendo que no deben matarte, que antes tienes que hablar. Ellos siguen pegándote. Di la verdad, dinos la verdad, habla, sabremos cuándo mientes.
Ves al niño. Está junto a ti, con un colocón indescriptible, llamándote tío Marcos. Lo apartan de un golpe. Por un momento crees que le han partido el espinazo, pero el chico ni se inmuta. A juzgar por su mirada, sabes que no se ha enterado, que está en algún otro sitio, pero no aquí, que vive dentro de sí mismo, o tal vez en otro mundo en el que no has cometido este crimen, o en un mundo en el que Trotski alcanzó el poder omnímodo, o en un lugar en el que lo que le has dado crece en los árboles y no hay que preocuparse por su ausencia porque no hay otra cosa porque nunca ha habido otra cosa ni nunca la habrá pues el pobre muchacho nunca saldrá de su trance su fantasía durará eternamente y tú te preguntas si al fin y al cabo no estarás dentro de otra fantasía y si su mundo es más real que el tuyo...


17

¿Sabes, Phil? Tengo una idea para la novela.
¿Ah, sí? comentó Phil, hojeando distraído el Time que les había proporcionado la azafata.
Jane se encaró con él. Cuando se enfadaban, aparentaba mucha mayor edad. Aunque bien pensado, reflexionó, ya no somos tan jóvenes. Tenemos más de treinta años. Habrá que empezar a pensar en otros términos.
Nunca me haces ni puto caso, Phil.
Perdona. Venga, cuéntame.
Jane se embaló, como siempre que le contaba sus ideas. Las palabras fluían con rapidez, concisas, ni sobraban ni faltaban. Él la envidiaba: Jane sería una perfecta locutora de radio. Mucho mejor que él.
Se titulará El hombre en la fortaleza. Es una ucronía que se desarrolla en un México alternativo en el que el Eje ganó la Segunda Guerra Mundial. Los japoneses ocupan el Pacífico, los españoles el golfo de México y los nazis el Caribe...
¿Y no quedaría más propio que los nazis ocupasen el Golfo y los españoles el Caribe? interrumpió Phil. El gesto de respuesta de Jane le perforó las entrañas. Perdona. Sigue contándome acertó a decir, para librarse de las posibles (no, seguras) represalias de su hermana.
Bueno, el caso es que en México, D. F. subsiste un gobierno tapón entre el nazi y el japonés. Un tal señor Tagomi...
Phil escuchó con atención. No pudo objetar nada más. La novela era perfecta, estaba lista para ser escrita. Jane era condenadamente buena. Un destello le asaltó por un momento:
Eh, Jane, ¿por qué no titularla El hombre en el castillo? ¿No crees que suena mejor?
Sí, claro, no te jode, ¿y por qué no escribirla a medias? saltó ella, ofendidísima. No bien lo hubo dicho, se llevó un dedo al cabello, como solía hacer cuando se hallaba abstraída en sus meditaciones. Por fin dictaminó: Pues no sería tontería. Siempre me estás pidiendo que te deje escribir algo conmigo.
Siguió meditando. Unos instantes después, trazó una pícara sonrisa de complicidad con su hermano.
El hombre en el castillo, de Jane C. y Philip K. Dick... Me gusta cómo suena.


 

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