Suspensión de la incredulidad: los teleoperadores
Increíble pero cierto: me llaman por teléfono para ofrecerme una tarifa súper guay de una operadora telefónica, contraataco preguntando qué procedimiento hay que seguir para no recibir más llamadas de esa compañía... y sucede exactamente lo que refleja la ilustración de Fedde Carroza (aparecida en su muy recomendable blog Runnin Hachazos). Sin comentarios.
Ya había comentado la anécdota en mi cuenta de Facebook, pero la recupero para quienes no usen redes sociales. Me niego a englobarla en la serie "Momentos estelares de Facebook", ya que quiero ampliar el comentario que apareció allí el otro día.
El asunto ocurrió tal como queda reflejado en la ilustración.
Llaman por teléfono, una mañana cualquiera del mes de marzo. Dado que trabajo en casa, cojo el teléfono.
Preguntan por la titular de la línea. Llegados a este punto las cosas suelen empezar con mal pie, ya que no es en absoluto habitual que los teleoperadores se presenten, digan de qué compañía llaman y a continuación pregunten por el titular, sino que pasan de todo y preguntan directamente:
--¿Está Menganit@?
Con ello eliminan la posibilidad de que hagas lo que suelo hacer cuando me llaman desde un número oculto: descolgar el teléfono durante un par de segundos y colgar. A veces lo pillan al segundo o tercer intento, y otras veces lo captan a la primera.
--¿De parte de quién?
Y aquí volvemos a entrar en bucles. En vez de identificarse, como deberían haber hecho cuando cogí el teléfono, contraatacan.
--¿Está, sí o no?
Y llegados a este punto me cabreo y cuelgo directamente (si es una llamada con número oculto y, por tanto, me consta que procede de una compañía telefónica) o bien sigo dando cuenta, vencido por la incertidumbre de ver en qué para la cosa y cuántas preguntas va a durar el test Voight-Kampf.
--¿Para qué quiere saberlo?
Pregunta que, por otro lado, ya no admite seguir dándole vueltas al asunto. O sí, pero a riesgo de que la cosa acabe en la OCU.
--Buenos días, llamo de Jazztel --de perdidos al río: ¿para qué voy a ocultar esa información, a estas alturas?--. Bla bla bla... ofertón que te caaagas... bla bla bla ... condiciones ventajosísimas... bla bla bla ... Internet en casa...
Estoy en medio de una corrección que me está quitando bastante tiempo, porque se trata de un trabajo muy delicado; en realidad es una revisión de traducción. La obra requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, ninguna interrupción ni imprevisto. Así pues, decido cortar por lo sano.
--Mira, es que no nos interesa ninguna oferta de ningún tipo --y añado, antes de que le dé tiempo a meter baza de nuevo, con el rollo habitual, entre introspectivo y psicoanalítico--: además, lleváis un año llamándonos para lo mismo, siempre os respondemos lo mismo, que pasamos de vosotros, y, en fin, creo que a estas alturas deberíais tener claro que no tenemos la menor intención de apuntarnos a Jazztel. ¿Podrías decirme qué tengo que hacer para que dejéis de llamarnos?
Hala, ya está, ya lo he dicho. Por fin tomarán nuestros datos y los eliminarán de su listado. Y dejarán de dar el coñazo.
--¿Quiere dejar de recibir llamadas no deseadas?
--Exacto.
--Bien, en ese caso le informamos de la existencia de nuestro servicio de bloqueo de llamadas comerciales... Bla bla bla... --Lo cierto es que estoy en piloto automático, sin apenas escuchar lo que dice, aguardando a que acabe su parrafada y proceda a lo que realmente me importa: que me diga de manera expresa que no van a volver a llamarnos para dar la vara, pero, en medio de la cháchara, oigo algo que me llama la atención--: Por sólo 27 euros al mes. El servicio incluye...
Y ahora sí que no doy crédito. En sólo dos minutos de conversación telefónica se me acaba de disparar la suspensión de la incredulidad, ese mecanismo que hace que nos creamos las novelas de ciencia ficción o los discursos de nuestros políticos favoritos.
Debo decir que soy un friqui con galones y que no es difícil que se me dispare la suspensión de la incredulidad. Gracias a ella he tenido el corazón en un puño con el final de Estación de tránsito, de Clifford D. Simak, me he emocionado con los viajes de Robinette Broadhead en Pórtico, de Frederik Pohl, he visto lo mismo que veía Dave Bowman al final de 2001, he acompañado a Gulliver Foyle echando chispas por las alborotadas escaleras españolas en Las estrellas, mi destino, de Alfred Bester, me he pasado varios años de mi infancia tardía devorando todos los cómics de los 4F que caían en mis manos y he llorado como el puto friqui que soy cuando Cate Blanchett aparece por primera vez en El Señor de los Anillos y yo la reconozco como la viva imagen de la Galadriel que me acompaña desde la primera vez que leí la novela, en mi más tierna adolescencia; en resumen, la suspensión de la incredulidad, el mecanismo que hace que un friqui sea un friqui, está funcionado a tope. Lo que sólo habían conseguido muy poquitas de las cerca de mil novelas de ciencia ficción que he leído, y muy poquitas de las no sé cuántas películas que he visto, alcanza su paroxismo gracias a la llamada de un teleoperador particularmente agresivo.
Ahora sí, por fin puedo decir que yo he visto cosas que vosotros no creeríais.
Regreso a la realidad, y decido tomar la iniciativa, porque me temo que, de un momento a otro, un mero asentimiento por mi parte suponga el reconocimiento implícito que necesita esta gente para tramitar mi alta en el servicio de bloqueo de llamadas comerciales, en esos 27 euros al mes que harán que deje de recibir llamadas agresivas de un operador telefónico que de todos modos no necesitará hacerme llamadas agresivas porque ya habrá hecho negocio a mi costa. Es eso, ¿no? ¿Crean un problema y luego quieren hacerme pagar 27 euros al mes para solucionarlo? Cojonudo.
--Mira, tal como me lo cuentas, todo esto es muy complicado. Vamos a dejarlo en que no quiero que me sigáis llamando, y desde luego no quiero ninguna oferta de vuestra compañía. Buenos días y adiós.
Dejo que el teleoperador digiera la información, me dé las gracias por la amabilidad, y cuelgo. O tal vez cuelgo directamente. Ya no sabría decir: las llamadas se agolpan en mi memoria, y a veces ya no sé qué he dicho u oído en qué llamada en concreto.
Pero el contenido de ésta no se me va a olvidar: en vez de tomar mis datos para dejar de llamarme, o de pasarme con otro departamento, me han intentado colar una tarifa de 27 euros al mes para dejar de recibir llamadas comerciales. Acojonante. Y, por supuesto, una magnífica oportunidad para dejarse llevar por la suspensión de la incredulidad y para recuperar el sentido de la maravilla.
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