Como estoy en modo minimalista (falta de tiempo obliga), me centraré en esas pequeñas cosas y pequeñas frases que sintetizan grandes pensamientos. Esas frases que se utilizan como epitafios (si me hubiera muerto hace un par de años, hubiera exijido en mi testamento que mi epitafio pusiera algo así como "¡Por fin una vivienda digna!" o "Comparto micropiso tranquilo, sin gastos de hipoteca y con alquiler a 99 años. Razón aquí"), o para resumir un estado de ánimo (Rosa, mi ex compañera de la editorial Plataforma, lo clavó en una frase que me soltó ayer: "¡Hablas mucho menos rápido!"... y es verdad; estoy mucho más tranquilo, las cosas van mucho mejor).
No obstante, desde que trabajo en una editorial médica, el sentido del morbo se me está disparando. Como Cristina y yo estábamos viendo
Dexter cuando entré a trabajar a la editorial, cada vez que abría las páginas de un libro con ilustraciones explícitas, no podía evitar tararear la
sintonía de cabecera de mi serie favorita de los últimos meses, y, como dije en la entrada anterior, bullen por mi cabeza bastantes historias de terror que tal vez termine escribiendo; qué pena que cierre
Paura, ahora que por fin me iba a animar...
Del mismo modo que un médico, un enfermero o el familiar de un enfermo terminan insensibilizándose ante el dolor ajeno (es eso, o quemarse en seguida; esto tiene un nombre:
desgaste por empatía, o
burnout), en una editorial médica sucede un proceso parecido: pasas de acojonarte cada vez que abres una página con una ilustración sangrienta a pasar páginas como si nada, y centrarte en lo que realmente importa; en mi caso, hacer corrección ortotipográfica de los libros que editamos. Al principio pasé por la fase "¡Oye, esta enfermedad ya me ha dado!" (con mi historial clínico, os aseguro que no es difícil; veamos: alergia, quemaduras de segundo grado, contusiones varias, cáncer, neumonía, miopía, trombosis venosa profunda, acetona, escoliosis, pies planos, intestino irritable...), después por la fase "¡Qué chungo! ¿Y si yo tuviera esta enfermedad?", más tarde por la terrible "Espero que a mis futuros churrumbeles no les dé esta enfermedad" y ahora, cuatro semanas después, y pasado el ardor guerrero por corregirlo todo y encontrarle un sentido literario a todos los textos que caen en mis manos, mis pensamientos recurrentes se limitan a "Pero qué mal escriben los médicos (y no me refiero a la letra)", "Si esto lo ha traducido un médico y lo ha corregido otro médico, se queda así: no seré yo quien les lleve la contraria" y "Voy a dejarme de chuminadas y centrarme en la corrección ortotipográfica". No obstante, de vez en cuando te encuentras con perlas que no puedes pasar por alto, y que tienes que compartir.
La última (y también penúltima, porque me ha salido un par de veces en el libro que estoy corrigiendo) dice nada menos que esto:
1. La muerte súbita puede ser el primer signo de la enfermedad.Y el último. No te jode...
Pues eso. Que quería compartirla. Es una frase lapidaria, en el sentido literal del término. Ya os iré ofreciendo más, a medida que vaya cazándolas.