miércoles, 13 de junio de 2007

Heridas y cicatrices (IV): Más quemado que el palo de un churrero (Tercera parte)

El lunes voy a trabajar en un grito. Tengo la espalda roja y caliente. Aguanto el día como puedo y, a primera hora de la tarde, voy a la médico de cabecera.
-La mare de Déu!! Mai havia vist això!! –exclama al verme la espalda, en un alarde de profesionalidad.
Le explico un poco por encima lo que me ha ocurrido, y se ausenta del despacho. La oigo gritar por el pasillo, pidiendo una cámara de fotos. Aparece al rato, pero con las manos vacías. Se ve que los médicos de cabecera no suelen llevar las cámaras al trabajo. Así no hay quien salga luego en las revistas médicas.
-Tendrás que venir todos los días, y tal y cual y pascual…
-Un momento –le interrumpo-. Es que me voy el miércoles a Madrid, a mi revisión semestral del linfoma, y voy a estar fuera durante una semana.
Su rostro es un inmenso gesto de contrariedad.
-En ese caso, tendrás que acercarte por urgencias todos los días. Y ven mañana, que vea cómo estás.
Me carga de recetas de antibióticos, analgésicos y pomadas, y me remite a la sala de curas. Allí me inyectan un Urbasón.
-¿Un Urbasón? ¿No es muy fuerte?
-Es lo preceptivo en quemaduras de segundo grado.
La noche es un puto coñazo. Las vesículas están más hinchadas, y me fastidia toda la espalda y los brazos. Además, me está empezando a picar la pierna izquierda.

El martes voy a trabajar en el 54. Me levanto una parada antes de llegar a destino, como de costumbre, y, también como de costumbre, el autobús da un tumbo, como si hubiera pasado arrollando a un rebaño de reses salvajes. Con el bandazo, el brazo derecho se me estampa contra una de las barras verticales. Oigo un “Chofff” muy desagradable, acompañado por una incómoda sensación de humedad caliente pero en absoluto maloliente. Es como un suero.
Llego a la oficina, y durante media mañana no puedo pensar en casi nada: tan sólo en que no debo pensar en nada. La parte derecha de la camisa está mojada, y no me atrevo a levantármela, por miedo a arrancarme algo. Sea lo que sea.
A media mañana, dejo todas las tareas pendientes (no recuerdo cuáles; por la fecha, supongo que el Gigamesh número 35) y me voy a Urgencias del Hospital Clínico. No puedo esperarme a las cinco de la tarde, hora en que tengo la cita con la médico de cabecera.
Me paso las tres horas y media típicas de las esperas en Urgencias, esperando que me llegue el turno. Una vez allí, me ponen en manos de una MIR, que se queda sobrecogida en cuanto me ve el brazo y la espalda:
-Deu n’hi do!!
La enfermera, algo más pragmática y curtida, me pone el termómetro y ordena una batería de pruebas. Al cabo de un rato, aparece con una jeringuilla.
-¿Y esto?
-La vacuna antitetánica?
-¿Me vais a poner la antitetánica?
-¡Claro! Es lo preceptivo en quemaduras de segundo grado.
Me hacen una cura provisional, que consiste en un enorme vendaje que me cubre los brazos y la espalda. Parezco un jugador de fútbol americano.
Por la tarde, voy de todos modos a la médico de cabecera, que parece más tranquila cuando me ve. Al leer el informe de Urgencias, me da un volante para Urgencias de Quemados del hospital de Vall d’Hebron.
-Tal vez sea la mejor unidad de Quemados de toda España.
En cuanto llego a casa, le comento la película a Ricardo, que no tarda ni medio segundo en ofrecerse a llevarme en su pedazo de Mercedes. Conduce muy suave, pero el viaje por la Ronda se me hace eterno.
Llego a Urgencias, dejo mis datos y me entran sobre la marcha, sin que a Ricardo, que está aparcando el coche, le dé tiempo a llegar adonde estoy.
Si pudiera decir que disfruté de toda esta historia, que durante un solo minuto me lo pasé bien, sin duda sería allí, en Quemados de Vall d’Hebron. Más que pasarlo bien, lo que sentí fue un alivio inmenso. Algo parecido a volver a nacer, supongo. Me tumban en una mesa, desnudo, y me humedecen la piel. Siento frío y placer, mucho placer. De camino, me entero de que tengo afectado un 6% de la superficie, lo que no convierte las quemaduras en severas.
El clímax queda interrumpido cuando me arrancan las ampollas que se me han ido formando en la pierna izquierda. Cogen una gasa y raaas –de arriba abajo-, nuevamente raaas –de arriba abajo- y un tercer RAAAAAS. (Hala, la pierna en carne viva.)
A continuación, me embadurnan toda la espalda y los brazos de Furacín, una pomada antiséptica de color amarillo y un olor penetrante. Una vez embadurnado, me hacen un corsé de gasas y vendas, que queda separado de los vendajes de los brazos. La pierna izquierda también queda tapada por una espinillera de gasas y vendas. Parezco el negativo de Frank-N-Furter, el de Rocky Horror Picture Show.
Una vez en casa, duermo en el sofá cama del salón. No hubiera podido hacerlo en mi cama: al día siguiente salgo hacia Madrid y le voy a dejar mi cama al padre de Emmanuel, con quien, con un poco de suerte, me cruzaré una media hora.
Cuando me despierto el miércoles, he puesto perdida la sábana, toda impregnada de Furacín. La capa de color amarillo se ha traspasado al sofá cama. Habrá que echar la ropa de cama a lavar. No recuerdo si me llego a duchar; supongo que me lavo por partes, en el lavabo, como cuando estaba en el hospital con la neumonía o el linfoma.
Chava, el padre de Emmanuel, llega a tiempo de que Ricardo y yo cojamos el coche y salgamos a toda pastilla hacia el aeropuerto. Apenas me da tiempo a saludarlo: ya lo veré a la vuelta. Aún tiene que estar un mes con su hijo. Hace unos cuantos meses, antes de las Navidades, les ha dado un susto. Parecía que tenía un cáncer de hígado, pero al final lo han descartado. Emmanuel ha estado a punto de regresar a México, pero las noticias, tranquilizadoras, lo hacen recapacitar, y se queda con nosotros. Lo cual nos hace iniciar esta nueva vida, primero en la casa de la calle Valencia y después, cuando lo echa Marian, nuestra casera, en la avenida de Madrid.
Llego al aeropuerto justo cuando están cerrando la facturación. Nunca he apurado tanto. Y, encima, no puedo ni correr. Ricardo lo hace por mí. Pero consigo facturar.
Me espera una revisión médica en Madrid, y despedirme de mi madre en Jaén.
Siento una rabia incontenible por el hecho de que su último recuerdo de mí vaya a ser el de alguien frágil y roto, su hijo, envuelto en un corsé de gasas que exudan un líquido amarillo y pringoso.
(Continuará)


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16 Comments:

Blogger Cristina López said...

Guau, qué apocalíptico. ¿Hay alguna foto tuya con el corsé? aparte del intento fallido de la doctora,claro...

13 de junio de 2007, 17:25  
Blogger Juanma said...

No, no hay testimonios gráficos, cachis. Como aún no tenía móvil con cámara... :-P

Pero Manu o Álex seguro que se acuerdan y podrán dar un relato fidedigno de aquel corsé de gasas y vendas. :-)

:-******************

13 de junio de 2007, 17:27  
Blogger Cristina López said...

Oh, chicos, explicadnos...

13 de junio de 2007, 17:27  
Blogger Juanma said...

Bueno, puedo hacerme una foto de las marcas que tengo ahora, cuatro años después. Pero entonces acojonaba mucho más.

13 de junio de 2007, 17:35  
Anonymous natxo said...

Yo recuerdo un vendaje en la pierna... Lo tengo decidido: este año voy a la playa CON BURKA

13 de junio de 2007, 20:42  
Blogger Álex Vidal said...

Pues ¿te puedes creer que, de todas las vicisitudes que has pasado, las recuerdo todas menos el corsé?

Sí que recuerdo cuán perjudicao estabas; si es que ibas más quemao...

Gran concierto el de tu primo el sábado, por cierto y reitero :)

13 de junio de 2007, 22:15  
Anonymous Kotinussa said...

Uff, cuando empezaste a contarlo no pensé que fuera tanto. Da miedo pensarlo.

13 de junio de 2007, 23:36  
Blogger Cristina López said...

las recuerdo todas menos el corsé?

Será que estaba tan bien hecho que no llamaba la atención y por eso no te fijaste :p

14 de junio de 2007, 9:47  
Blogger Juanma said...

Natxo:
Eso, eso, con burka. Y, además, factor de protección Pantalla Total, por si acaso. :-)

14 de junio de 2007, 10:07  
Blogger Juanma said...

Álex:

No te puedes acordar del corsé porque al día siguiente me fui a Madrid, y allí me lo quitaron y sustituyeron por otro vendaje menos cantoso. De Madrid me fui a Jaén, y tardé casi una semana en regresar a Barcelona, por lo que ya me viste con poquitas vendas.

Sí, fue una pena perderme el concierto de mi primo. Como digo: tengo gafada la gira del segundo disco. A ver qué tal se da la del tercero, que ya está preparando canciones. ;-)

14 de junio de 2007, 10:09  
Blogger Juanma said...

Kotinussa:

La verdad es que fue muy jevi. Nadie podía pensar que la cosa acabara así. :-( Es lo que pasa por ponerse a tomar el sol en las peores horas, incluso a primerísimos de junio.

14 de junio de 2007, 10:10  
Blogger Juanma said...

Cristina:

Será que estaba tan bien hecho que no llamaba la atención

Además, eso. Es que era una puñetera obra de arte. Joer, si no fuera por lo que implicaba, no me hubiera importado seguir llevándolo. ;-P

:-************

14 de junio de 2007, 10:11  
Blogger Raven said...

O_O ... dios mío.

Si yo fuera usted, sr. Santiago, la próxima vez que su "amiga" le hiciera una recomendación, le diría que se la guardara para ella misma.

Quemaduras de segundo grado por exposición al sol, madrededeus...

14 de junio de 2007, 17:16  
Blogger Álex Vidal said...

Raven: aunque tu piel se quemase con la luz de la luna, si una mujer te dice en la playa "Quítate la ropa", ¿te resistirías? :D

14 de junio de 2007, 21:17  
Blogger Juanma said...

Más que nada, se trata de no saber decir que no. :-(

15 de junio de 2007, 9:11  
Blogger Raven said...

Buena pregunta. Habría que tener en cuenta mi resistencia natural a que la gente vea mis michelines al desnudo, la calentura que llevara encima, mi sentido común, los malos tragos que haya pasado antes con la susodicha sensibilidad esa...

Mmm, creo que son demasiados factores para poder dar una respuesta clara. Lo dejaremos on the air.

15 de junio de 2007, 10:37  

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