martes, 5 de junio de 2007

Heridas y cicatrices (IV): Más quemado que el palo de un churrero (Primera parte)

Soy tirando a blancurrio. Siempre lo he sido; pero, además, llevo varios años sin tomar el sol, como un gótico cualquiera. La causa principal nos lleva a un callejón sin salida: soy blanquito porque no tomo el sol, pero no tomo el sol porque soy muy blanquito, y me quemo enseguida.
Cuando iba de veraneo a la playa (y tanto daba que esta fuera Nerja, Motril, Torremolinos, Cedeira, el Port de Pollença o Segur de Calafell), tenía que pasarme los dos o tres primeros días con una camiseta puesta, que no me quitaba ni para bañarme. Supongo que ello generaba mofa o befa entre los otros niños y adolescentes de la playa, pero no me importaba demasiado: por un lado, en aquella época era bastante asocial y no solía hacer amigos en mis vacaciones; por el otro, ya estaba empezando a desarrollar mi miopía actual, y, en caso de que alguien me mirara raro, no podía verlo. Podía bañarme con camisa, pero jamás hubiera expuesto mis gafas a un golpe de mar o un balonazo accidental.
Con el tiempo, el problema se ha ido agudizando. Ya ni siquiera voy de vacaciones a la playa, aunque viva en Barcelona, y mis últimos chapuzones playeros se han producido por la tarde, en la provincia de Girona, que sigo visitando con ahínco y denuedo, gracias a los desvelos de Cristina y sus padres.
Es una putada, porque me gusta mucho nadar, y el mar Mediterráneo, con todo y ser la charca meona que es, me resulta preferible al Atlántico, cuyas aguas heladas me imponen demasiado respeto. Será que no estoy acostumbrado.
El caso es que, como decía, soy muy blanco, una especie de Copito de Nieve en libertad que vino a Barcelona para sustituir al malogrado gorila durante sus últimos meses de vida. Por aquello de mantener la cuota de blancurrios, digo.
Después de las quemaduras de segundo grado que padecí hace ahora cuatro años, mi blancura no sólo es electiva, sino que además me resulta más sana.
Sucedió el último fin de semana de auténtica convivencia en la casa de la avenida de Madrid. Había venido un amigo mexicano de Emmanuel, Roberto, que vivía en Londres con su novia croata. Estábamos todos, excepto Aleix, que había ido al pueblo a ensayar con Snooze. Y salimos de juerga, acompañados por Lily y ya no recuerdo si Cristina, la amiga portuguesa de Rita.
Era sábado, y los sábados a media tarde hay una opción muy evidente para que un grupo de extranjeros y asimilados se emborrachen, antes de que abran los bares de copas: la Champañería de la calle Reina Cristina, junto al Pla de Palau.
El lugar es una taberna a la antigua usanza, algo emocionante para un madrileño que, por aquel entonces, buscaba algunas señas de identidad, bares parecidos a los de una Madrid ajena en parte a la vorágine de locales de diseño que se estilaban por Barcelona. Luego descubrí que ni tanto ni tan calvo; que, durante mi estancia en Barcelona, Madrid también estaba llenándose de bares fisnos, y que en Barcelona también podía haber baretos canallas, residuos de una ciudad que hay que buscar con lupa, pero que sigue existiendo.
La Champañería no llega a esas cotas de canallesca, porque está frecuentada casi en exclusiva por erasmus y demás estudiantes guiris, pero sus bocadillos se aproximan bastante a mi concepto de autenticidad. Y, además, por cada dos bocatas te regalaban una botella de champán rosado; de ahí el nombre del local.
En el transcurso de la tarde, Ricardo estaba desaforado. Había hecho muy buenas migas con Roberto, y hacía gala de su condición de directivo del sector textil. En un momento dado, oyó hablar portugués, aunque con un acento menos bisbiseante que el de Ritiña, y le entró a un grupo de brasileños, que terminamos fagocitando. Emmanuel también estaba exultante, y Rita agradeció lo indecible que le proporcionásemos nuevos amiguitos que hablasen en su idioma.
La Champañería cierra muy pronto, así que emprendimos el peregrinaje habitual de los erasmus y asimilados por el Barrio Gótico.
Estuvimos un buen rato en el Bosc de les Fades. Incluso yo trabé conversación con los dos brasileños que quedaban con nosotros a esas alturas de noche: Aline, una chica enorme que estaba baldada porque se había pasado el día entero de pie, trabajando como azafata en un congreso; y Marcelo, un médico que trabajaba en el hospital de Vall d’Hebron. Muy majos ambos.
Nos recogimos relativamente tarde. No sé de quién partió la idea de terminar la fiesta en casa; supongo que de Emmanuel.
Una vez en casa, hicimos lo habitual en aquellos casos: poner la música a todo trapo, preparar gin-tonics y abrir el sofá cama del comedor, para estar más cómodos.
Intenté trabar conversación con Aline, pero se acababa de quedar frita; como decía, había tenido un día muy duro.
Lily me empezó a echar bronca por la escasa presencia de ánimo con que afrontaba el viaje que iba a emprender la semana siguiente a Madrid, a mi revisión (ya anual) del linfoma, y a Jaén, prácticamente a despedirme de mi madre, a quien por culpa de un error de diagnóstico le acababan de pronosticar tres meses de vida. Como para hacer la ola estaba yo.
Tercié en una conversación entre Rita y Marcelo, que hablaban en portugués.
-¡Pero si nunca me entiendes cuando hablo en portugués! –exclamó ella, más agraviada que sorprendida.
-Ya, pero eso es porque hablas con acento portugués y a toda hostia. Él habla en brasileño, tú estás hablando más despacio, y sí os entiendo.
Ricardo se retiró a su habitación con Adriana, no sin antes darme de gratis un par de consejos prácticos en caso de mantener relaciones sexuales con una mujer que me sacara media cabeza. Aquel era nuestro Ricardo: único en su especie.
Decididamente, tenía un problema: éramos un número impar, y el que sobraba era yo. Pero no me podía retirar a mi habitación: mi cama estaba pared con pared con el equipo de sonido, y en aquel momento Emmanuel estaba coreando a berrido limpio el “Idiothéque” de Radiohead. Intentar dormir resultaba un tanto quimérico. Tampoco podía irme al dormitorio de Aleix, porque se acababa de formar una parejita de una noche, y aquella era la única habitación libre. Sólo tenía una alternativa: quedarme hasta el final y ejercer las funciones de coche escoba. Recoger un poco el salón entre Rita y yo, asegurarnos de que Emmanuel estaba bien, acompañar a los brasileños al portal, y de paso bajar la basura.
Me dieron las seis.
A las nueve menos cuarto sonó el móvil. Me había dormido con la persiana subida, y la luz entraba a lo güey.
-¡Juanmaaa! ¡Que estoy en Barcelonaaa! –dijo mi amiga Luz, con su mejor tono de “¡Sorpresaaa!”.
-Hola –respondí, creo que con el tono correcto de entusiasmo.
-¿Te pasa algo, Juanma? ¿Estás cabreado?
-No, Luz. Es que he dormido tres horas.
-Ah. Que mira, Juanma. Estoy en Barcelona con Fulanito –su novio de entonces, que trabajaba aquí como controlador aéreo-, y me apetece mucho verte.
-Guay. Claro que sí. ¿Te va bien después de comer?
-Mejor ahora, por la mañana. ¿A las once?
-Bueeeenooo –respondí, con mi mejor talante.
De modo que decidí quedarme en pie, porque total, apenas iba a poder dormir mucho más. Al salir me crucé con Roberto, que estaba entrando en el dormitorio de Aleix.
Conozco a Luz desde la facultad. Como casi todas las amistades de larga duración, hemos tenido temporadas de quedar con mucha frecuencia, y otras de perdernos la pista durante meses, e incluso años. Así pues, cada vez que nos veíamos teníamos muchos asuntos de los que hablar, y de una vez para otra nuestros panoramas existenciales habían cambiado radicalmente.
Después de dejarlo con su novio de toda la vida un par de meses antes de la boda, Luz había empezado una relación con Fulanito, a sabiendas de que él había sido un pelín crápula (y alardeaba de ello) y repartía el tiempo entre Madrid y Barcelona. Era una de esos casos clarísimos de relación condenada al fracaso y, dado que el nivel de amistad es estrecho, te puedes permitir el lujo de decírselo con claridad. No te van a hacer ni puñetero caso, porque el amor es ciego, pero por lo menos te quedas con la conciencia tranquila.
Luego estaba el problema de la profesión de su novio. Si discuto con mi novia o tengo un mal día, lo peor que me puede pasar es que deje de catalogar tres casetes (cuando trabajaba en la Biblioteca Nacional), maquete o corrija cinco páginas menos de revista (cuando trabajaba en Gigamesh) o sólo haga cinco o seis tareas diferentes (ahora que estoy haciendo prácticas editoriales).
En el caso del novio de Luz, que trabajaba en la torre de control de uno de los aeropuertos más transitados de Europa, las broncas (y estaba de bronca) adquirían una dimensión especial:
-La semana pasada tuve una discusión tremenda con Fulanito. Casi estrella a doscientas personas.
(Continuará)

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16 Comments:

Blogger Cristina López said...

cuyas aguas heladas me imponen demasiado respeto

Abrazanenúuuufar...

5 de junio de 2007, 17:15  
Blogger Juanma said...

¡Besateletubbies!
:-PPPP

5 de junio de 2007, 17:16  
Blogger Álex Vidal said...

Vaya peazo cliffhanger, por los dioses de Kóbol.

El amor es ciego. Y, en el caso de John Lennon, sordo un rato largo :)

(Ná, la semana pasada, que vi el concierto de la Plastic Ono Band en Toronto. O Vancouver. Por ahí al norte. Y aún me dura el shock.)

5 de junio de 2007, 21:35  
Anonymous Kotinussa said...

Ya echaba de menos este temita. El nº 1 de esta serie fue uno de los primeros post tuyos que leí.

5 de junio de 2007, 22:27  
Anonymous Yolanda said...

Grrrrrrrr....

Pero que significa este coitus interruptus???

A medias, m'has dejau, y eso no se hace!

:-)))

5 de junio de 2007, 23:49  
Blogger Juanma said...

Álex:
El amor es ciego. Y, en el caso de John Lennon, sordo un rato largo :)

Si ya lo decían los Def Con Dos: La culpa de todo la tiene Yoko Ono.

Seguro que también tiene la culpa de lo continuaré en otras entregas de este arco argumental. ;-P

6 de junio de 2007, 9:11  
Blogger Juanma said...

Koti:
Ya echaba de menos este temita.

Y yo, y yo. Todavía me quedan achaques que contar, por eso no te preocupes. Es un filón casi sin fin... :-)

6 de junio de 2007, 9:12  
Blogger Juanma said...

Yoli:
Pero que significa este coitus interruptus???

A medias, m'has dejau, y eso no se hace!



Como decía Álex, lo he dejado en un cliffhanger. Ejque a medida que iba escribiendo y, por tanto, se me iba la extensión, decidí convertir esta historia en una trilogía. :-PPPPP

6 de junio de 2007, 9:14  
Anonymous manu said...

llevo varios años sin tomar el sol
Ejem, ejem. Todavía recuerdo lo que te pasó cuando fuiste a la playa al principio de venir a Barna.

6 de junio de 2007, 10:56  
Blogger Juanma said...

Exactamente a ese punto quería yo ir a parar, Manu. Justo ahora hace cuatro años. :-)

6 de junio de 2007, 13:27  
Blogger Cristina López said...

Es que eres un besateletubbies muy delicado, Juanmita...

6 de junio de 2007, 13:32  
Blogger Juanma said...

¡Chíiiii! Soy como un jarrón Ming de porcelana, pero en mimosote.
:-))))))))))

6 de junio de 2007, 13:38  
Anonymous natxo said...

Hay profesiones, como la de controlador/a aéreo/a, cirujano/a, funambulista, que no se pueden permitir broncas. Tanto como algunas pieles no se pueden permitir el sol...

6 de junio de 2007, 21:43  
Blogger Juanma said...

cirujano/a,

Uy, eso díselo a los de Anatomía de Grey. :-PPPP

Tanto como algunas pieles no se pueden permitir el sol...

Posí. :-(

En cuatro palabras: Factor de Protección 60.

7 de junio de 2007, 9:29  
Anonymous manu said...

Factor de Protección 60
Tú lo que nesesitah es Factor X ;-)

7 de junio de 2007, 10:05  
Blogger Juanma said...

Factor XXL, más bien. :-P

En caso de ir al Factor X, me quedo con Miqui Puig. ;-)

7 de junio de 2007, 10:13  

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