martes, 8 de mayo de 2007

Pornografía ballardiana en estado puro


En la actualización de este mes de la Quinta Columna, mi sección de Bibliópolis sobre libros no fantásticos de autores supuestamente fantásticos, hablo del inmenso J. G. Ballard y de su última obra publicada en España: Furia feroz.

Los primeros párrafos del ensayo de este mes dicen tal que lo siguiente:

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El fin de la infancia del Señor de las Moscas

Si existe un autor a quien el calificativo de "quintacolumnismo" le venga como anillo al dedo, sin duda ese es James Graham Ballard (1930). Incomprendido entre sus colegas del género fantástico y beatificado en vida por los críticos y lectores mainstream más selectos, su obra es un continuo ir y venir por los aspectos más sórdidos y provocadores de la mentalidad finisecular. Ballard ha sabido definir como nadie el retrato psicoanalítico del paisaje interior como una prolongación inevitable del exterior, y eso es mucho decir, tratándose del cabecilla de una generación, la forjada en torno a la revista New Worlds de Michael Moorcock, que ha dado al género (y al pensamiento del siglo XX) autores tan peligrosos y subversivos como Brian W. Aldiss, John Brunner o M. John Harrison.

El llamado "ciclo de las catástrofes" es una buena prueba de ello. Valiéndose de sus conocimientos de las teorías jungianas, Ballard invirtió buena parte de los años sesenta en retratar las preocupaciones del ser humano medio (neurótico e irascible) en función de las pruebas a las que lo someten la naturaleza y los elementos, ya sean estos aire (Huracán cósmico), tierra (El mundo de cristal), fuego (La sequía) o agua (El mundo sumergido). Aquellos retratos operaban en la misma medida de fuera adentro (en el sentido ya expuesto: catástrofes sin cuento se ciernen sobre la Tierra, lo cual no hace sino precipitar un apocalipsis en las psiques de sus moradores), pero también de dentro afuera: baste contemplar el surtido de imágenes poderosas que ha producido la mente enferma de Ballard, escenas extraídas de los pintores surrealistas como Tanguy y Delvaux, y que han alcanzado lugares tan insospechados del imaginario popular como los discursos de Tyler Durden en El club de la lucha. Ballard ha conseguido plasmar a la perfección el fin de la civilización, que sin duda avanza a buen ritmo por los derroteros descritos por él en las obras ya citadas, porque esta surge de nuestros sueños más enfermizos.

Pero las catástrofes naturales no son sino un mecanismo impuesto desde el exterior, una causa sobrevenida contra la que nada podemos hacer, excepto librarnos a nuestros instintos atávicos y dejar aflorar al ser previo a la civilización. Pese a haber producido buena parte de sus grandes obras maestras (y son muchas), Ballard necesitaba extender su discurso a otro tipo de manifestaciones del fin del mundo: las generadas por la acción del hombre. Sólo así podría explicar el mundo en el que vivimos. Al fin y al cabo, el término surrealismo significa, etimológicamente, "superrealismo". Lo que hay encima del realismo. Algo más realista que la realidad. O bigger than life, si tuviera final feliz y viniera directamente de Hollywood. (Y no me refiero a El imperio del sol, que conste.)

Así pues, Ballard se encamina durante los años setenta a lo que terminaría constituyendo un nuevo ciclo, el de las "catástrofes urbanas". La sociedad en que vivimos (y, en concreto, la sociedad británica) es eminentemente urbana, y para precipitar su caída no necesita de ninguna catástrofe externa: se basta y se sobra con los elementos tecnológicos surgidos de sus entrañas. El catálogo de imágenes inquietantes de Ballard se extiende a los accidentes automovilísticos (Crash), las cunetas de las autovías (La isla de cemento) y el crecimiento urbanístico incontrolado (Rascacielos).

Pero esto sigue sin resultarle suficiente a Ballard, que sigue empeñado en producir una obra maestra detrás de otra, y de convertirse (junto con Philip K. Dick y William Gibson) en uno de los escasos autores surgidos del género fantástico que han conseguido cambiar nuestra percepción de la realidad y, con ello, forjar la mentalidad de este confuso inicio de siglo. Ballard abandona los paisajes inciertos, que muy bien pudieran pertenecer al futuro de dentro de veinte minutos, por momentos históricos concretos, y de este modo se enfrenta a sus propios fantasmas, los de un niño abandonado a su suerte en su Shanghai natal. La iconografía de El imperio del sol (de la que hablaré en otra Quinta Columna) es la de una novela autobiográfica, sí, al mismo tiempo que el retrato de la forja de un carácter y un autor; pero también nos enseña imágenes de muerte y destrucción que entroncan directamente con los parajes fantasmales de sus obras más surrealistas y fantásticas. No debe, pues, sorprendernos, que Ballard remate su Guía del usuario para el nuevo milenio (una recopilación absolutamente necesaria de sus ensayos) con una encendida defensa del lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki: era una cuestión de ellos o nosotros, viene a decir el autor. El niño rehén de los japoneses en un campo de concentración inhumano. El niño que pierde su condición de tal a raíz de una catástrofe humana cierta, mesurable y cuyos responsables tienen nombres y apellidos, y aparecen en los libros de historia. El horror, el horror, que ya no surge de lo innominado que nos viene impuesto (las catástrofes naturales) ni de lo innominado que hemos ayudado a construir con nuestra tecnología (las catástrofes urbanas). Tenemos, pues, la base para el siguiente ciclo de Ballard: el de las "catástrofes sociales", como ha dado en llamarlo Juan Carlos Planells, que mantiene al autor ocupado durante la década de los noventa y al que pertenecen obras irregulares como Noches de cocaína, Super-Cannes y Milenio Negro. El genio de Ballard brilla aquí de manera esporádica, por lo que tal vez la fuerza de su carga de profundidad no se aprecia con la suficiente claridad. Ballard cierra de este modo una trayectoria redonda y coherente, a falta de que sus nuevas novelas me desmientan.

Furia feroz se erige en el gozne entre El imperio del sol y este nuevo ciclo catastrófico, y dota a estas obras de una continuidad que no apreciaríamos si las analizásemos por separado, puesto que incide (tal vez con mayor acierto literario y claridad expositiva) en las premisas fundamentales de las obras citadas: el fin de la infancia y la certeza de que el eslabón más débil, lo que precipitará el final de la civilización, es el factor humano.

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En la II Jornada de Ciencia Ficción de Valdeavellano de Tera (de la que hablaré en cuanto tenga fotos) me hinché a recomendárselo a buenos lectores de Ballard que aún no la han leído, lo cual puede hacer una idea de lo inadvertida que pasó esta obra, por la sencilla razón de que no fue publicada en Minotauro, sino en la colección de bolsillo de Planeta, y para más inri bajo la etiqueta de novela policíaca. Lo cual no hace sino confirmar que nos estamos perdiendo buena parte de los libros que nos interesan, por la sencilla razón de que no sabemos dónde buscarlos.
Si os gusta Ballard, este libro es prácticamente obligatorio. Bien es cierto que no llega al nivel de El mundo sumergido, El mundo de cristal, Crash o Playa terminal, pero es uno de los Ballard importantes.


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