miércoles, 25 de abril de 2007

El club de los profesores muertos (de asco). Tercera parte

Hasta ahora, la historia de mis profesores de Inglés se da un aire a School of Rock, y, de hecho, escribí las dos anotaciones anteriores guiado por su espíritu. Pero, en un mundo como el nuestro, las andanzas de Dewey Finn están condenadas al fracaso. La vida se parece más a lo que sería una proyección de El club de los poetas muertos si le quitáramos la última secuencia.
Estamos en séptimo de EGB. Tengo doce años recién cumplidos. Cada vez veo peor, y si no estoy en las primeras filas no leo bien las explicaciones que deja el profesor de turno en la pizarra, pero aún no me han puesto gafas: eso ocurrirá en octavo.
Tenemos un auténtico hueso, Don Juan Sánchez Mejías, que nos enseña Física y que lleva décadas aterrorizando a varias generaciones de alumnos; entre ellos, mis hermanos y mis primos, todos ellos varios años mayores que yo. Todos lo han sufrido; ninguno habla bien de él.
No es mal profesor, de hecho se explica muy bien, pero es partidario de que la letra con sangre entre. No porque nos pegue (lo más que llegó a hacerme fue estamparme un carpetazo contra la cabeza por sacar un cero –o “cerete caperuchete”, que diría él- en un examen de Matemáticas, en sexto de EGB), sino porque su mirada reptilesca nos inmoviliza, como haría una cobra con sus víctimas. Y aquí no hay ninguna mangosta, ningún Rikki-Tikki-Tavi que cace serpientes venenosas. Es el terror supremo, en su forma más genuina.
Nuestra némesis.
El horror, el horror.
Su forma de impartir justicia es arbitraria e implacable, casi como la del dios de los judíos.
Y la ves venir.
Empieza la clase.
Saca a Juan Antonio Respaldo, número dos de la lista. Pese a que Respaldo es un buen alumno, lo hace fatal y regresa al pupitre con un cerete caperuchete.
A continuación, hace salir a Fernando Rodríguez Villa, que es el número doce. Lo hace bien, porque es una auténtica lumbrera.
Pero no reparo en el buen hacer de Villa, porque estoy acojonado: soy el número veintidós de clase. Y, por pura lógica, me va a sacar a mí. Suárez Fernández (cuya hermana, dice, sale con un hijo de Blas Piñar) también está temblando: es el número treinta y dos. Y, a medida que avanza la clase, puede que le toque salir, puede que no. Si no le toca, tendrá un motivo de alegría inmensa, porque esta es la última clase de la tarde, y cuando termine nos iremos a casa; pero no lo sabrá hasta que el Mejías termine conmigo, y el cómo vaya el suplicio dependerá en buena medida de lo sediento de sangre que haya quedado después de mi intervención. Hasta que no me toque, no sabrá cómo le va a ir a él, de modo que durante unos minutos no estará ni exento ni condenado. Sólo lo sabremos cuando observemos los resultados.
¡Qué cosas! El Mejías nos estaba enseñando física cuántica, y nosotros sin enterarnos.
Son las cinco de la tarde. Las cinco en punto de la tarde. Y todos preparamos el llanto por la próxima muerte (a causa) de Juan Sánchez Mejías.
-Y ahora va a salir el niño... –Me echo a temblar: va a decir mi nombre, pero el Mejías mantiene, por pura crueldad, la incógnita-. Va a salir el niño... –redoblan los tambores y ya no puedo aguantar el sinvivir: lo que tenga que ser, que sea, pero pronto- ¡Fernando Samper Rivas!
Y lo dice como si fuera un concurso.
Suárez y yo dejamos escapar un suspiro de alivio que más bien parece el hipoaullido huracanado de Pepe Pótamo.
Samper es el número diecinueve de clase. Lo cual quiere decir que ahora mismo hay dos alumnos aterrados: Enrique Sordo, el número veintinueve, y Juan Vicente Alfayate, el treinta y nueve. Ambos son pesimistas, porque Samper no es ninguna lumbrera, pese a que alardea de haberse follado a una chica el verano pasado (lo cual le concede puntos extra de popularidad: tenemos doce y trece años), y su pasión y martirio en el encerado se adivinan breves, muy breves. Se muere la fiesta.
Antes de que hayamos recompuesto las quinielas acerca del orden en que los alumnos serán sacrificados, Samper regresa a su pupitre, llorando a moco tendido. Una tiza le acierta el cogote.
-¡Usted... es... muy bruto! –dice el Mejías, con el mismo tono de sorna con que dicta sentencia, digo, invita a los alumnos a salir a la pizarra. No bien lo ha dicho, acelera el ritmo, como queriendo desmarcarse del tono que llevaba la clase hasta aquel momento-. Y ahora va a salir el niño Enrique Sordo Marsal.
Para no desentonar, Sordo lo hace fatal. Menos mal que esto no sucede dentro de un par de cursos, cuando fallezca su padre y termine repitiendo. Por ahora, Sordo es buen alumno y aprobará la asignatura.
Vicente se libra por los pelos, porque al Mejías se le han hinchado las narices y ha decidido explicarnos cómo se resuelve el problema. El iceberg de marras era muy pequeñito, y el oso que había provocado el descenso de nivel de veinte centímetros, casi hasta hundirlo bajo las gélidas aguas del Océano Ártico, pesaba doscientos cuarenta y un kilos.
Me acuerdo como si hubiera sido esta misma tarde.
Otros profesores no sólo no nos aterrorizaban, sino que sucumbían a nuestras malas artes.
El padre Núñez era bajito, de barba poblada, no llevaba sotana sino traje gris con alzacuellos, y hablaba para el cuello de su camisa. Las clases de Religión eran un sindiós, porque los poquitos alumnos que no nos dedicábamos a tirarnos tizas ni hacer batallas de granos de arroz disparados con los canutos de los bolígrafos no seguíamos su discurso. No podíamos. Éramos demasiado jóvenes para entender que el Doctor Angélico era Santo Tomás de Aquino, y tampoco es que nos importara mucho quién era Santo Tomás de Aquino, ni por qué era importante que hubiese demostrado la existencia de Dios mediante razonamientos lógicos. Atendíamos con cierta indiferencia, más que nada para no minarle la moral al hombre.
No sé si lo conseguimos. El caso es que el padre Núñez no duró ni un mes. Lo sustituyó el mismísimo director, el padre Montoto. Era muy buen profesor y mejor persona, pero no terminaba de perdonarnos que por nuestra culpa hubiera tenido que echar a un amigo suyo, y nos metía más cera de la que empleó en octavo, cuando nos dio Lengua y me ayudó lo indecible a pulir mi estilo literario, gracias a las redacciones que nos hacía escribir como castigo.
El señor Gattinara, profesor de Inglés, no duró mucho más, pero su partida nos dejó bastante tocados.
Varios años después, frente a la pantalla de plata, mientras veía El club de los poetas muertos, me dije que la película, pese a ser maravillosa y lograr con creces su objetivo de hacernos pensar, era demasiado peliculera, y que, ya puestos, los alumnos de séptimo E del curso 1982-83 habíamos vivido una historia mucho más auténtica que la del libertario profesor Keating y sus discípulos. No me extrañaría que el señor Gattinara se hubiera sincerado en la sala de profesores ante sus colegas en los mismos términos que el profesor encarnado por Robin Williams (“No quiero dirigentes: quiero librepensadores”), aunque no las tengo todas conmigo: por tradición y ubicación, el Calasancio no podía ser un nido de librepensadores; por nivel, difícilmente podrán salir de él dirigentes en el sentido al que se refería el profesor Keating; si acaso, mi hermano Enrique Santiago, si el año que viene se presenta (y gana) las primarias a secretario general de Izquierda Unida.
Del colegio del Pilar, el eterno rival del Calasancio en esa parte del barrio de Salamanca, han salido dirigentes como José María Aznar y Mario Conde; el alumno más célebre que ha producido el Calasancio es Emilio Butragueño.
El señor Gattinara tenía algo que lo hacía destacar. Un porte señorial, no exento de cierto diletantismo. Descendiente directo del que fuera el primer canciller del emperador Carlos V, Eugenio Gattinara hablaba un pésimo español; se notaba que su lengua materna era el inglés, aunque nunca nos contó su vida en detalle, por lo que nunca supimos qué extraños sucesos pudieron haberse producido entre mediados del siglo XVI y mediados del siglo XX para que el retatatatataranieto de la segunda máxima autoridad de uno de los imperios más poderosos de todos los tiempos terminara recalando en un colegio privado de solera, aunque venido a menos.
Era un dandy. Perfectamente engominado. Alto y muy, muy delgado. Vestido de manera impecable, con traje cruzado, gabardina marrón claro y sombrero de fieltro, parecía un extra de algún musical de mafiosos. Podías imaginártelo sosteniendo a Diane Lane en Cotton Club, o marcándose un bailecito con Catherine Zeta-Jones en Chicago.
Y sus clases. Gattinara no era de este mundo; con ello me refiero a la España de antes de la incorporación de España al Mercado Común.
No seguía el temario. Nos enseñaba, por supuesto, y mucho; pero el milagro que vivíamos a primera hora de la tarde, justo antes de caer en el régimen de terror del Mejías, no tenía nada que ver con una clase al uso. El enunciado del tema era sólo una excusa, y, a partir de ahí, la exposición se descomponía en fractales, y terminaba siendo otra cosa, hermosa, útil e instructiva; pero no una clase en el sentido habitual del término.
-¿Alguna otra pregunta?
-Sí –le interpelaba, pese a que mi timidez casi patológica me hacía pasar inadvertido la mayoría de las veces-. ¿En qué idioma sueña usted?
El Gattinara agradecía aquel tipo de preguntas (que mis compañeros de clase no entendían), porque siempre daban pie a alguna disquisición destinada a sacudirnos del yugo de convencionalismos y apriorismos; era poco lo que podíamos entender, en aquella época: tal vez se equivocara de curso. En segundo de BUP hubiera resultado realmente subversivo; en séptimo de Básica, se quedaba en muy original y tremendamente divertido.
Pero nos tenía en el bolsillo. Supiéramos o no lo que se traía entre manos al educarnos de aquella manera, seguía siendo nuestro profesor favorito.
Samper tenía un mono de felpa relleno de bolitas, que le daban la consistencia de un cuerpecito al que hubiese picado un enjambre de abejas. Era pequeño, apenas mayor que un Mono Saltarín de Vir, pero con los miembros más reducidos, y sin velcro para fijarse al trapecio o con otros Monos Saltarines de Vir. Era verde y lo llamábamos Braulio.
Era la mascota de la clase.
Una tarde, el Gattinara nos pidió que escribiéramos la letra de una canción, a la que él se encargaría de poner música. Le gustó mucho una letra mía, que adaptó y, ni que decir tiene, mejoró y consiguió convertir en algo valioso. Así, mi queja sobre lo mal que podía llegar a ir todo, a la que seguía el estribillo machacón “Da igual, / qué más da, / todo mejorará”, devino en algo parecido a “I feel worse / every day. / Why do the others / feel OK?”
De manera prodigiosa y totalmente inopinada, también introdujo en la canción otro poema (no recuerdo de qué compañero) dedicado a nuestra mascota, el mono Braulio, que aparecía en el estribillo.
Una tarde, nos llevó un magnetófono, introdujo la cinta de casete y todos pudimos escuchar unos acordes de guitarra, a los que se sobrepuso un solo de armónica, y, a continuación, la letra con la que adaptaba los dos poemas, el mío y el dedicado a Braulio, y los fundía en uno solo, cadencioso, un grito de rebeldía apenas contenida, la exaltación de una manera de ver la vida, un mundo en el que los monos verdes de felpa te pueden dar consejos valiosos para vencer el desánimo y sobrellevar las tediosas clases. Woody Guthrie, Pete Seeger y Bob Dylan en versión naíf.
Escuchamos aquella canción en silencio reverencial, y nos sentimos identificados. Aquella canción era Eugenio Gattinara, pero también era nosotros, séptimo E.
Una tarde, no mucho después de aquello, el señor Nebreda apareció en el aula. Según nos informó, el señor Gattinara no volvería a darnos clases; él se encargaría de sustituirlo. Pudimos distinguir críticas veladas a su antiguo compañero de seminario, una verdadera inquina. Las referencias irónicas abundaban, y fue así como supimos, sin que nadie nos dijera ni media palabra, que habían echado al señor Gattinara, pues sus métodos de enseñanza no se ajustaban a la filosofía del centro. De este modo, empezamos a acostumbrarnos a un estilo de dar clases que, sin ser malo (el señor Nebreda no era mal profesor, en absoluto), nos resultaba adocenado.
Tal vez hiciéramos pagar a justos por pecadores, aunque lo dudo, teniendo en cuenta la manera en que Nebreda se despachó con Gattinara. El caso es que nos ensañamos con el Nebreda, a quien empezamos a llamar el Portaviones, debido al tamaño de su calva. Volvió a darnos clase en octavo, y ya nunca dejó de ser el Portaviones. Insisto, no era mal profesor, pero le tocó lidiar con una situación delicada: la de sustituir a alguien brillante e insustituible.
Como apenas éramos adolescentes, nos olvidamos enseguida del Gattinara, y no extrajimos ninguna enseñanza provechosa de su paso fugaz por nuestras vidas. Ni siquiera nos rebelamos: no sabíamos cómo hacerlo, ni exactamente contra qué o quién, ni para qué. Creo que aún no nos habíamos dado cuenta de lo que acababa de suceder, de cómo las fuerzas de la reacción se empeñan a veces en destruir el legado y la memoria colectiva de aquellos que han destacado y se han opuesto a lo establecido.
Pero no tardamos en enterarnos.
Teníamos clase de Música. La señorita Cristina, a la que llamábamos la Pitufina porque era bajita, intentaba darnos clase, al parecer sin mucho éxito. En un arranque, abandonó el aula, lo que nos sumió en el desconcierto. No tardó mucho en reaparecer, provista de unas tijeras. Se dirigió al asiento de Samper y le arrancó de las manos a Braulio, nuestra mascota. De cuatro certeros tijeretazos, le cercenó los miembros y arrojó a la papelera los despojos del monito de felpa. Los restos mutilados del alma de séptimo E.
Aquel curso, el Mejías se cargó a casi la mitad de la clase. Conseguí aprobar, pero con un triste suficiente, no sin haber cateado una evaluación, algo casi ultrajante para mí.
Terminamos el curso mucho más mansitos y callados que al principio.

Como decía al principio, esta serie de anotaciones tiene tres detonantes.
Aquí tenéis el último.
A diferencia de los profesores Palacios y Zaragoza, el señor Gattinara no ha muerto de cáncer; al menos, no había muerto estas Navidades.
Hacía muchos años que no lo veía. La última vez, todavía en el colegio, en un restaurante chino de la calle Hermosilla, al que íbamos cuando queríamos celebrar algo especial, como por ejemplo el Día de la Madre. Iba acompañado por una mujer que, sin ser despampanante, parecía bien plantada y guapa. Muy mujer.
Estas Navidades me crucé con él en Madrid. Estaba dando una vuelta por el barrio, evocando viejos tiempos, cuando lo vi, a la luz de una farola. Surgió de la tapia del colegio del Loreto, en la calle Ayala, y cruzó a toda velocidad Príncipe de Vergara, a la acera del colegio del Pilar. Pese a ir a toda mecha, no había perdido ni un ápice de compostura. Seguía siendo el mismo: el cabello, negro y perfectamente engominado, sin una miserable cana. Estaba algo más rellenito y con la cara redondeada por la edad, pero seguía siendo un dandy apuesto y delgado. El sombrero seguía siendo de mafioso, pero ya no parecía de musical, sino de peli porno, como los que se utilizarían para proporcionarle la excusa de un argumento glamuroso a un encuentro sexual entre Peter North y Tracy Lords.
Era él.
Me sobresalté.
Pensé si debía dirigirme a él con algo parecido a: “Usted es uno de los culpables de que yo sea como soy. Supongo que sabe que no tenía el menor futuro en el Calasancio, pero, durante algo menos de medio curso, usted nos enseñó a pensar”.
Pero soy demasiado tímido, y él cruzó demasiado rápido, y no sé si lo volveré a ver, ni si tendría sentido decirle todo lo que no pude decirles en su momento, ni a él ni al Palacios ni al Zaragoza, toda esa ristra de pensamientos caóticos con que se aborda al antiguo profesor al que te encuentras en la calle, aunque sepas que ya no se acuerda de ti, y que, en vez de estas casi siete mil palabras repletas de verborrea, podrían resumirse en una sola, y mucho más elocuente: un escueto “Gracias”.

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26 Comments:

Blogger Cristina López said...

Alguien debería avisarlo de tu poder, Juanma, para prevenirlo :p

Creo que de las tres partes, me quedo con esta, y no sólo porque el prota no esté muerto...:)

25 de abril de 2007, 12:08  
Blogger Juanma said...

Bueno, es la parte que he escrito con más pathos. :-)

El asunto es que, a raíz de la escritura de estas anotaciones, algo se ha removido dentro de mí, y en el blog de Cristina he hablado de una profe de la universidad que también está muerta, y googleando sobre mi ex director, el padre Montoto, me acabo de enterar de que falleció hace dos años y medio.

Al resto les he perdido la pista.

25 de abril de 2007, 12:24  
Blogger Batz said...

Creo que nunca quiero ser maestra tuya.. es como una maldición!!! que susto, jejeje
Ojala todos pudieramos tener la oportunidad de dar las gracias, expresar nuestros sentimientos a quienes nos hayan ayudado a mejorar nuestra vida.
Saludos!

25 de abril de 2007, 17:47  
Blogger Juanma said...

Nada, nada, son hechos aislados. Juro que no tengo nada que ver.
:-P

Me hubiera gustado darle las gracias a más gente. Es lo que suele pasar: tendemos a recordarle a los demás solamente las cosas malas; lo bueno se sobrentiende.

Besos. :-****

26 de abril de 2007, 10:02  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Lo del asesinato del mono es de una crueldad que supera los bastonazos, cachetes o simples palizas que pueda dar cualquier profe.

joder. Qué suerte tuve yo con mis monjitas hippies.

26 de abril de 2007, 11:51  
Blogger Juanma said...

No lo sabes tú bien. Y lo curioso es que tus monjitas hippies y mis curitas represores eran de la misma orden religiosa. :-O

26 de abril de 2007, 11:54  
Anonymous RM said...

Qué curioso, Juanma. Soy unos pocos años mayor que tú (dejémoslo en unos pocos), y me eduqué en un colegio de curas (los salesianos). Y veo que tuve una suerte cojonuda, porque (aunque tuve malos profesores, sobre todo de matemáticas) al menos nadie praticaba lo de "la letra con sangre entra", o al menos los profesores más huesos (que también había alguno) no lograban aterrarnos demasiado. Lo menos diez años de diferencia y en mi caso en el culo del mundo, qué cosas.

26 de abril de 2007, 18:07  
Blogger Juanma said...

Pues sí, nos llevamos unos pocos años, y qué suerte tuviste con tus curas.

Por supuesto, no todo eran hostias, y la memoria es muy traicionera, pero recuerdo el ambiente como un tanto «franquista» para aquella época, ya durante el gobierno del PSOE. La represión por la represión no era la norma, pero sí afectaba a una proporción de profesores muy elevada.

También hablamos de un colegio que fue uno de los penales más destacados de la posguerra en Madrid. Los topónimos de los lugares del patio eran muy significativos: el Foso, el Castillo...

Abrazos.

27 de abril de 2007, 9:25  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Juanma, mañana en Madrí a las 18 ocló, desfile partiendo de Sol de la Legión 501. ¡Viva el Lado Oscuro!

27 de abril de 2007, 10:43  
Blogger Juanma said...

¿Otra mani? Esto es un no parar, cagontó.

27 de abril de 2007, 17:06  
Anonymous Anónimo said...

Te devuelvo las 'gracias' con las que terminas tu 'poignant'fragmento del pasado, elevándolas a la enésima potencia. Al mismo tiempo, te felicito por tu admirable estilo literario. Tu amigo, Eugenio. Búscame en www.lulu.com/es

16 de mayo de 2007, 17:03  
Blogger Juanma said...

Gracias a ti, desde luego. Creo que ayudaste a pensar a toda una generación de alumnos del Calasancio, y eso no es poco.

Por detalles como este merece la pena haber abierto el blog.

Leeré tus libros.

Un abrazo muy grande, y ¡gracias!, de nuevo.

23 de mayo de 2007, 10:44  
Blogger María said...

Hi

7 de diciembre de 2007, 19:58  
Blogger María said...

Hola, Juanma
No te recuerdo, pero yo también estaba aquellos años con los Gattinara, Nebreda, Asensio, Gayo, Mouzo, Sacristán...y luego con los Postigo, Díaz Pais, Sixto, Pimenta,Palacio, Alvarito García Zaragoza... Gattinara también me dejó huella. De hecho yo vivía en Hermosilla esquina Príncipe de Vergara y le veía a menudo (vivía en Ayala) Recuerdo también a aquella enigmática mujer que lo acompañaba. Me ha alegrado mucho constatar que aquello ocurrió de veras y que aún hay supervivientes aparte de mí. Yo soy de 1966.
Un abrazo
Ernesto Calabuig

7 de diciembre de 2007, 20:05  
Anonymous eugenio said...

Hola Juanma,
estás invitado a ver algunas de mis pinturas digitales, Paisajes Hilozoístas, en la Galería BARCA SOLAR (c/Alcántara,14), a partir del viernes 21 de diciembre, a las 19.00, y hasts el 31 de enero de 2008. Un abrazo
Eugenio (Gattinara)

17 de diciembre de 2007, 16:43  
Blogger Javier Rodriguez said...

Nada, que he pasado un rato genial rememorando aquellos tiempos. Puedo decir aquello de "Yo estuve allí". El Calasancio nos imprimió el carácter, que dice un amigo 30 años mayor que nosotros, de la quinta del Sacris ...; mi mujer lo constata según va conociendo a los de mi quinta.
Espero vernos pronto,
Subi

6 de febrero de 2009, 21:20  
Blogger Juanma said...

¡Hola, Javier!

Encantado de leerte por aquí. ¿Qué tal fue la quedada escolapia?

Es cierto que el Calasancio nos imprimió carácter. Aunque las tres entradas dedicadas a nuestros profes son un tanto apocalípticas, la verdad es que estoy contento de haber pasado allí todos esos años.

Nos seguimos leyendo. Abrazos.

9 de febrero de 2009, 9:27  
Anonymous Eugenio said...

Hola,
soy Eugenio Gattinara. Por alguna razón la fotografía de Kurt Vonnegut que insertaste en tu blog acabó en la página web 123people.com debajo de mi nombre y al lado de las portadas de dos de mis libros publicados por Lulu. El equipo de 123people me ha dicho que no pueden quitar la foto. ¿Tú puedes? Espero tu respuesta. Gracias, tu amigo Eugenio.
E-mail: eugeniogattinara@hotmail.com
Tel. 91.3092038 - 665190721

16 de marzo de 2009, 18:47  
Blogger Juanma said...

¡Hola, Eugenio!

Pues sí que es extraño.

He editado la entrada del blog correspondiente a Vonnegut. Acabo de quitar su foto y la de su novela. Intentad ahora.

Si siguen apareciendo, por favor coméntamelo, a ver qué más puedo hacer.

Muchas gracias por el aviso.

¿Todo bien?

Cuidate mucho. Abrazos,

Juanma.

16 de marzo de 2009, 19:04  
Anonymous Eugenio said...

Hola, Juanma:
Te agradezco mucho tu interés. Conseguiste que en una de las dos páginas de 123people que aparecen al escibir mi nombre en Google,la fotografía desapareciera, pero no en el otra página. Es un expediente X. De todos modos, vuelvo a darte las gracias. Date un paseo por mi galería virtual en AGREGARTE.COM, donde podrás ver una muestra de mi pintura digital. Envíame un E-mail con tus impresiones. Un abrazo, Eugenio.

24 de marzo de 2009, 19:29  
Anonymous Eugenio said...

Hola Juanma,
Por fin la foto ha desaparecido del todo.
Gracias por haberte preocupado. Esperando verte algún día, un abrazo Eugenio.

6 de abril de 2009, 19:05  
Anonymous Anónimo said...

Hola Eugenio Gattinara & Hola a todos,

123people, sólo encuentra información pública que está disponible para todo el mundo en Internet. Información protegida con contraseña u otra información no disponible al público no puede ni podrá ser encontrada por 123people.
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Por tanto, la información antigua puede seguir apareciendo durante algunos días, incluso después de que ésta haya sido modificada.

Si deseáis más información o tenéis alguna duda, no dudéis en contactar con 123people.es

23 de abril de 2009, 14:47  
Blogger Gaete said...

Juanma... casi contemporáneos... intuyo. Yo me enfrenté a tipos como Mejías y Aragón... me jodieron dos añitos de vida. Pero efectivamente Gattinara nunca ha desaparecido de mi mente justo por lo que dices... por que nos enseñaba a ser personas, no cabrones. gracias por tu post, es bueno saber que no estaba equivocado.

5 de abril de 2011, 12:56  
Blogger Juanma said...

Muchas gracias a ti, por comentar.

Con doce y trece años estás aprendiendo a pensar y desarrollar la personalidad, y en ese aspecto fue providencial contar con alguien como Gattinara. No sé si el Calasancio iba con veinte años de retraso, o Gattinara con veinte años de adelanto, o ambas cosas, pero desde luego marcaba la diferencia.

Aragón nos contó alguna vez que estaba traumatizado porque no le había ido bien en el Ramiro de Maeztu, y supongo que por eso se fue a la privada.

En cuanto a Mejías, era de la vieja escuela y, supongo que como al padre Pedro, debió de afectarle sobremanera que el colegio se hiciera mixto y no pudiera seguir repartiendo mandobles a diestro y siniestro, por aquello de guardar las formas. A su perversa manera, creo que nos apreciaba; por lo menos a mí, que era el tercer Santiago que caía en sus manos en seis años, y supongo que aprovechó para darme los zurriagazos que no le había dado a mis otros hermanos.

No, si bastante normales hemos salido. :)

5 de abril de 2011, 13:05  
Blogger FERNANDO SYRAH said...

Grande, grande, grande,........

Desde aquí un gran recuerdo para el Alvarito.......

25 de abril de 2011, 22:37  
Anonymous Juan Mieza said...

Joer... Yo también tuve al Gattinara en el Calasancio; no recuerdo si en sexto o en septimo (¡ha pasado tanto tiempo ya!) pero le recuerdo como si fuera hoy... Aun conservo su mitica frase en la cabeza: "libro, cuaderno, agenda de modismos!"... Ojalá esté esa agenda guardada en alguna vieja caja en mi casa, aunque lo dudo. Hoy trabajo dando soporte a venta en una multinacional, y hablando todo el puñetero día en inglés... Fue el Gatti, como le llamabamos, el que me dio las bases para ello pues nunca he necesitado ir a ninguna academia. Tu entrada Juanma, aunque vieja, la he descubierto hoy, y ya está para siempre en Favoritos... ¡Como pude olvidarme del Mejías! Ha sido leerlo y evocar su cara de Abuelo Monster y, como tú dices, "El Horror... El Horror..."

26 de abril de 2011, 18:06  

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