viernes, 20 de abril de 2007

El club de los profesores muertos (de asco). Segunda parte

El profesor de Inglés de segundo de BUP era Álvaro Zaragoza. Era muy joven, apenas tendría treinta años, aunque su barba tupida lo hacía muy mayor a nuestros ojos.
Segundo de BUP fue, con diferencia, mi peor año. Como siempre nos sentábamos en orden alfabético, aquel curso me tocó el número 21, lo cual suponía que me quedaba en la última fila. A mi lado, Jorge Reguero, que era muy majete y estaba muy al tanto de la música de moda (no paraba de cantar “El ataque de las chicas cocodrilo” y “Marta tiene un marcapasos”, de los Hombres G, y cosas de esas), pero era mal alumno, y me arrastraba hacia la falta de atención. Además, había tres grandes huesos: Matemáticas, Informática, y Física y Química, que no tenía manera humana de entender. La parte de química, todavía, puesto que me entretenía con los moles, las valencias y la tabla periódica de los elementos; pero cuando llegué a la física, todo se convirtió en un maremágnum de espines y movimientos vectoriales. Estaba condenado a suspenderlas, y, peor aún, a que por primera vez en mi vida me quedara alguna asignatura para septiembre. En circunstancias normales, hubiera sido un tremendo varapalo para mí, pero hubiera terminado aprendiendo la lección y, total, al año siguiente iba a escoger Letras puras y no volvería a acercarme a las matemáticas ni a la física ni a la química. Pero la circunstancias no eran normales: en tercero de BUP me quería ir del Calasancio al instituto Beatriz Galindo, y para ello necesitaba pasar el curso limpio, sin asignaturas pendientes. Me iba la vida en ello; y nunca mejor dicho, porque mi manera de ser actual se debe en gran parte a los dos años que pasé en el Beatriz Galindo.
Con todo, los mayores apuros los pasé en una asignatura que en principio estaba destinada a proporcionarme un sobresaliente: Literatura. Nunca llegué a entenderme con el profesor, el señor Pais. Supongo que buena parte de la escasa empatía que creamos estuvo relacionada con un incidente que tuvo lugar en los primeros compases del curso.
El señor Pais vestía de gris. Adusto y con sonrisa congelada, sus modales eran casi jesuíticos; de modo que una vez, al romper filas a la salida del recreo, una mañana en que le correspondía controlarnos mientras subíamos a las aulas, le interpelé, no recuerdo con qué excusa:
-Padre, padre, que… -(E, insisto, ya no recuerdo qué quería decirle.)
Pero resultó que el señor Pais no era cura. Aunque lo pareciera. He conocido curas de modales mucho menos clericales que los suyos, como el padre Montoto, el director del colegio, una de las personas que más ha influido en mi educación y bienestar. Fue él quien me consiguió media beca cuando la situación económica familiar, agravada tras la marcha de mi padre, empezó a resultar insostenible. Y fue él quien, en cierto modo, atizó mis ínfulas literarias, puesto que su manera de castigarnos cuando hablábamos mucho consistía en obligarnos a escribir una redacción acerca de lo que se le ocurriera; ni que decir tiene que yo me moría de ganas de que nos castigasen, porque me encantaba escribir redacciones. Me encantaba escribir. Me sigue encantando, de hecho.
El padre Montoto llegó a provincial de la orden de los Escolapios. Uno de los raros casos en que el mérito, la sencillez y la capacidad obtienen recompensa dentro de una organización jerarquizada.
Tal vez el motivo de la querella con el señor Pais se debiera a mi incipiente afición por la literatura fantástica, pero eso hubiera arrastrado a mi compañero de lecturas, Javi Ullán, que no obstante siguió sacando sobresalientes sin mayores problemas. No pudo, pues, ser eso.
El caso es que Javi y yo estábamos enganchados a la ciencia ficción. Él leía las series de Dune y el Mundo del Río, y mi primo Julián me inoculó la pasión por el género a golpe de clásicos: Robert Sheckley, Stanislaw Lem, Isaac Asimov, Frederik Pohl, William Tenn, Philip K. Dick… Como se nos estaban terminando los títulos recomendados, decidimos solicitar el consejo de los expertos. Escribimos a todos los editores que conocíamos, y sólo nos respondió Alejo Cuervo, que además me adjuntó el primer número de su fanzine Gigamesh, al que me suscribí y gracias al cual entré en contacto con la tertulia de la Asociación Antares, que frecuentaban los que ahora son algunos de mis mejores amigos, como Julián Díez, Susana Vallejo o José María Faraldo.
En el colegio no nos fue tan bien. Colgamos un anuncio en el tablón de BUP, y de inmediato nos ganamos las burlas de todos los compañeros y de algunos profesores, con el señor Pais a la cabeza. Las coñitas contra “los asimovitos del curso” fueron el leitmotiv de sus sosegadas diatribas (sermones, casi) durante un par de semanas.
Así pues, el señor Pais, por algún motivo, me tuvo enfilado desde el principio del curso. Me quitaba la palabra cuando yo intentaba lucirme, me hacía escarnio cuando demostraba que me había leído el texto por cuyos vericuetos nos guiaba el manual de Lázaro Carreter (y leerse el Poema del Cid, de arriba abajo, con quince años, y motu proprio para más inri, no es moco de pavo), me buscaba las vueltas hasta que me quedaba en blanco e, invariablemente, me suspendía la evaluación.
El momento más amargo tuvo lugar durante una lectura de El alcalde de Zalamea en clase. El señor Pais repartió los papeles; en vez de representarlos, teníamos que limitarnos a leerlos; algo dramatizados, eso sí, pero en ningún caso interpretados de manera teatral. En mí recayó el rol de Rebolledo. Empecé a leer; no era el que mejor lo hacía, eso por descontado, porque las lecturas en público siempre me habían parecido un suplicio, pero no se puede decir que desentonara en exceso. No obstante, y apenas habían transcurrido tres o cuatro páginas de texto, el señor Pais interrumpió la lectura:
-Señor Santiago, haga el favor de dejar de leer. Señor -y no recuerdo por quién me sustituyó; tal vez por Óscar Sanz de Lucas, o por Pablo Turiel-, ¿le importaría continuar?
Pocas veces he llorado tanto delante de otras personas, y de manera tan desconsolada, como cuando la clase terminó y el señor Pais abandonó el aula. Y pocas veces he visto tal alarde de solidaridad por parte de un curso entero.
Ni que decir tiene que el señor Pais me dejó para las pruebas de recuperación de junio. Por primera vez en mi vida, existía la posibilidad de que me quedaran no una sino cuatro asignaturas para septiembre, lo cual me cerraba la vía de escape al instituto. Y, más aún, si me quedaban cuatro asignaturas y no las aprobaba, corría el riesgo de repetir. Yo, que llevaba una nota media de notable, sólo había suspendido cuatro evaluaciones en los nueve cursos anteriores y jamás había pasado el menor apuro para aprobar en junio.
Nunca he hecho peor un examen de Literatura, ni de ninguna otra asignatura humanística. Me estrellé contra las Cartas marruecas, a las que fui incapaz de sacar elemento alguno de provecho.
Y, no obstante, aprobé la asignatura. Igual que Matemáticas, Informática y Física y Química. Mi madre me jura y perjura que nunca habló con ningún profesor ni con el director, que todo el mérito de haber aprobado las asignaturas me corresponde a mí, y a las clases particulares que me impartió Juanma Parrondo, un amigo de Enrique que ahora es toda una lumbrera en el campo de la Física. No lo sé. Es posible; pero no descarto la influencia de otros factores, como que mi expendiente académico anterior a segundo de BUP era bueno tirando a brillante, y que en el centro sabían que de mis calificaciones dependía el ser o no ser, el continuar pudriéndome en aquel colegio o irme al instituto. Y que un mal año lo tiene cualquiera.
En el caso del señor Pais, no sé por qué me aprobó después de conducirme a aquel cadalso, porque ya he dicho que fue el peor examen que hice jamás de Literatura. Tal vez intentara enseñarme alguna lección de la vida, alguna provechosa enseñanza que extraer del calvario en que me había sumido durante nueve meses.
Veintidós años después, sigo sin saber en qué pudo haber consistido aquella lección. Ni ganas de preguntárselo.
Pero, entre tanta miseria, siempre quedaba un lugar para la dignidad.
Las clases del Zaragoza no eran espectaculares, pero conectaba muy bien con nosotros. Era jovial y dinámico, fomentaba la participación de los alumnos (en la medida en que puede participar una caterva de chavales de quince años que pasan de todo) y, por lo que recuerdo, nunca nos reprendió sin merecerlo, ni nos castigó ni amenazó con reprimirnos. Era un colega.
Mis afanes por ser el más rápido en desenfundar me costaban alguna metedura de pata antológica.
Una prueba de las de fill the blanks. La escritora del siglo XIX que escribió Orgullo y prejuicio era Jane...
-¡Seymour! –trepidaba yo.
Carcajada generalizada.
Si alguna vez me da un alzheimer o alguna otra enfermedad degenerativa, podéis tener la certeza de que la última escritora británica del siglo XIX cuyo nombre olvidaré es Jane Austen.
Como digo, me ponía histérico cuando salía al encerado. En clase de Inglés no podía olvidarme de dividir, pero había cosas equivalentes:
-How are you, Mr. Santiago?
-Very good.
Carcajadas, de nuevo.
Visto en perspectiva, la cantidad de meteduras de pata que cometía en clase de Inglés era claramente superior a la de cantadas perpetradas en clase de Literatura. No obstante lo cual, terminé el curso con notable, y con la sensación de que estuve más cerca del sobresaliente que del bien. Podía equivocarme, pero ello no me restaba puntos de cara a la evaluación final, siempre que el examen estuviera correcto y el profesor percibiera que había corregido los errores cometidos en clase. La evaluación, en suma, era continuada.
En su momento, no percibí que el Zaragoza dejase ninguna huella especial en mí y mi manera de entender la vida; pero, al igual que me sucediera con el Palacios y tantos otros, ahora es cuando entiendo el papel que desempeñó: era un profesor joven, cierto, que aún tenía ganas y no había claudicado ante la vida, el alumnado, la dirección del centro, las Apas y los planes de estudios; pero debía de tener la misma edad que el Gayo, y su actitud era totalmente opuesta. El Zaragoza pertenecía a esa estirpe de profesores que se empeñan en hacer bien su trabajo; tal vez no los recuerdes dentro de veinte años (en mi caso, está claro que sí; de lo contrario, no estaría escribiendo sobre él), pero sus enseñanzas se te quedan marcadas para siempre. Sabes, sin pararte a pensarlo, porque ya forma parte de la estructura profunda de tu cerebro, que Jane Austen era una escritora, y que si estás very good es que estás muy bien; pero también te enteras de que los hooligans británicos salen de cacería de hinchas españoles o italianos al grito de “Never let a dago by”, que es un juego de palabras que aprovecha que day go se pronuncia igual que dago (mote despectivo de los latinos), y que con ello quieren referirse igualmente a “No dejes pasar los días” o “Que no se te escape ni un mediterráneo”. El Zaragoza salpimentaba sus clases con infinidad de anécdotas de aquel tipo y, si las retenías en la memoria, podías adquirir una idea del idioma mucho más amplia que la que se puede encontrar en los manuales. Igual que con el Papus, con el Zaragoza aprendí bastante inglés, y lo hice casi sin darme cuenta, sin reparar en los métodos didácticos. Eran invisibles, pero funcionaban.
Todo estribaba en hacerte creer que eras tú el que aprendía, gracias a tu esfuerzo, como si el trabajo del profesor hubiera sido inexistente. Pero el trabajo había existido. Y había sido muy grande.
Tampoco tendré la oportunidad de cruzarme con el Zaragoza por la calle, para agradecerle el haberme formado como persona, más allá de lo que hacían sus compañeros de sala de profesores. Según me contaron en su momento, Álvaro Zaragoza falleció de cáncer de pulmón, apenas dos o tres años después de habernos dado clase. Tenía, como digo, treinta y poquísimos años, si los tenía.

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23 Comments:

Blogger Cristina López said...

¿Alguno vivoooooooo? jooo....

20 de abril de 2007, 10:20  
Blogger Juanma said...

De ahí el título. :-/

20 de abril de 2007, 10:23  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Escriba de una vez sus memorias, y no nos lance capítulos dispersos a ráfagas, señor Juanma.

20 de abril de 2007, 10:40  
Blogger Juanma said...

Pero Manu, que todavía soy muy joven para escribir mis memorias... ¿O no? Bueno, mejor no respondas. :-P

20 de abril de 2007, 10:43  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

...

20 de abril de 2007, 11:02  
Blogger Juanma said...

Grrrrr.

20 de abril de 2007, 11:55  
Anonymous Kotinussa said...

Dios mío, ¿qué escribirán mis alumnos actuales de mí dentro de 20 años? No quiero ni pensarlo.

20 de abril de 2007, 12:57  
Blogger Víctor M. Ánchel said...

Si hasta la cría del baile de los gorilas tiene sus memorias, no vas a tenerlas tú... :P

20 de abril de 2007, 13:07  
Blogger Juanma said...

Kotinussa:

No sé si quiero pensarlo, pero seguro que no podré leerlo: estará todo en lenguaje sms. :-P

20 de abril de 2007, 18:25  
Blogger Juanma said...

Víctor:

Es que el baile de los gorilas justifica unas memorias, sí. :-P

20 de abril de 2007, 18:29  
Blogger Víctor M. Ánchel said...

Justifica más bien unas cuantas sesiones de psicoanálisis... pero a la población entera que hacía el mono en los garitos veraniegos junto a la playa aquel verano.
Nos llegan a invadir en ese entonces los extraterrestres, y en lugar de matarlos con un virus o con la música de Tom Jones nos los cargamos del descojone que les entra. El cachondeo de toda la galaxia íbamos a ser, cagontó.

20 de abril de 2007, 20:35  
Blogger Batz said...

Me pregunto que tan diferente sera la interpretación de la historia de algún otro muchacho en tu clase sobre estos mismos maestros... tienes idea? jaja

21 de abril de 2007, 22:30  
Blogger Tanakil said...

Mi peor curso también fue 2º de BUP. ¡¡Los malditos límites!! Tuvieron que darme clases particulares porque el profe del insti se explicaba fatal y encima de ser difícil la materia, el tío al no vocalizar la había insoportable.
Al quedarme también física, em planteé pasarme a FP (nunca había suspendido nada y al quedarme de golpe dos, me dio el sirico de que ya no servía para estudiar) y gracias a eso descubrí la carrera de Traducción cuando me fui a informar sobre lo que podría hacer y me puse a empollar a tope los siguientes años para entrar ;)
No mal que por bien no venga :)
Saludos,
Tanakil.

21 de abril de 2007, 22:39  
Blogger Tanakil said...

Uf, acabo de leer lo que he escrito y lo que pasa por no repasar... se me han colao algunas letras por ir rápido, sorry.

21 de abril de 2007, 22:41  
Blogger Juanma said...

Batz:

Pues he mirado y remirado por Internet, y no me aparecen referencias a aquella época... ¿Soy el único bloguero de mi curso? Mira que me extrañaría... ¿Soy el único bloguero al que le apetece escribir sobre aquello? Puede.

Besooos. :-***

22 de abril de 2007, 10:54  
Blogger Juanma said...

Tanakil:

No te preocupes por las faltas. Cualquier día os escaneo la foto de un diploma de un curso de corrección ortotipográfica y de estilo... que tenía una errata enorme. En casa de herrero...

El refrán "Dios escribe recto con renglones torcidos" es una gran verdad: al final, siempre terminas encontrando tu camino, aunque sea a costa de pasarlo mal. Lo importante es que uno lo encuentre.

Me encanta tu nuevo blog sobre gatos.
:-)))))

Besooos. :-***

22 de abril de 2007, 10:56  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Tanakil, pues yo tuve la suerte de que 2º de BUP fue el mejor curso de mi vida. Snif, ke tiempos akellos.

23 de abril de 2007, 10:02  
Blogger miguel galavis said...

HOLA,,,,no se como he caido en tu blog... busqué (por matar el tiempo) padre montoto en google y llegue a aqui...m egustaria habalar contigo me llamo miguel galavis y estuve en el calasancio,, mi movil 665 92 12 15

9 de diciembre de 2007, 22:48  
Anonymous Anónimo said...

Estaba ayer por la tarde haciendo una de esas estupideces que se me ocurren de vez en cuando: teclear en el google nombres de familiares, amigos, antiguos compañeros, gente que se me viene a la cabeza en el momento para ver si encuentro algo sobre ellos. Uno de esos nombres me llevó a tu blog, a uno de los tres artículos de “El Club de los profesores muertos”. Empecé a leer y rápidamente busqué el autor del blog. ¡Coño, a este tío le conozco yo! Me leí las tres partes y pasé un rato de lo más agradable y a la vez nostálgico y me sorprendió que incluso apareciera yo en primera persona en una de las anécdotas que cuentas (me hizo gracia recordarlo). Sólo decirte que comparto las menciones que haces a buenos profesores fueron tan escasos), sobre todo la del padre Montoto(a mí también me marcó aquella bellísima persona), pero echo en falta a don Manuel, yo creo que lo tuvimos en 4º de EGB y fue otro de los que me marcó.

Después, leí alguno más, al azar y concluí que te has mostrado más cercano en 1 hora que en 10 años en los que fuimos compañeros. Hoy he buscado otro ratito para leer tu blog y he visto alguna foto tuya.¡Estás igual que hace 25 años! Pelo más corto y unos kilos de más, eso sí.

No me ha sorprendido en absoluto que te dediques a la literatura. Si me hubieran preguntado que a qué te dedicabas, hubiera respondido que a algo relacionado con la literatura o con la historia. En esos 10 años de compañeros aunque no amigos (has de reconocer que no era fácil), sí tuvimos bastante contacto (aunque sólo fuera por cercanía en apellidos) y recuerdo estar casi todos los años sentados muy cerca e incluso algún año juntos, así que en algunos de aquellos momentos estaría basada mi intuición.

Me alegro de veras de que te dediques a algo tan difícil (al menos para mí) como la literatura, de que además te paguen y te admiro un montón por ello (no sé cómo sois capaces de juntar y combinar las palabras de esa manera). Y me alegro de que hayas superado una enfermedad jodida, jodida.

Un abrazo:

Jorge Sanz Tordesillas
jorge.sanz@hanson.com

PD: Prometo seguir leyendo tu blog

13 de febrero de 2008, 16:20  
Anonymous sanruben said...

Hola a todos, yo estuve unos años por detrás... concretamente 3 pero recuerdo perfectamente a todos y cada uno de los profesores, de la mayoría tengo la misma percepción, difiero bastante con Sr. Zaragoza con el que no consegui aprender nada, para haceros una idea venia con sobresaliente en ingles con el nebreda y me quedo en primero para septiembre con el Zaragoza... no era de mi devoción, es mas con tiempo busque información suya y en realidad era actor de la quinta del resines y bueno las clases le daban para comer pero su devocacion era la interpretación.
Otra que para mi tiene merito especial, era la "GORDA" la profesora de dibujo, la recordare toda mi vida porq me tuvo madrugando todo un verano para dar clase de dibujo y con dos cojones en septiembre pusieron el escorial, con su parrilla incluida. Cierto es q después esa señora nunca mas suspendi dibujo y me dejo muy marcado.. "el dibujo o se ve o no se ve.....".
Q tiempos aquellos.
Me quedo con el saber estar q nos dieron aun siendo muy estricto.
Lo del Mejias lo has clavado, tengo tres anécdotas de ese hombre q recordare toda mi vida...
-Una era la de soppa y las gotas de aceite en la guerra civil.
-Q se tomaba un whisky con hielo antes de comer.
-Q hubo un jugador de futbol q tiraba tan fuerte desde el medio del campo q siempre metia gol y q solo le sacaban a jugar un ratillo....

Como he dicho q tiempos aquellos.

26 de septiembre de 2014, 12:45  
Anonymous Anónimo said...

Estimado amigo,
El Sr. Pais, que para mí ha sido el mejor maestro que he tenido en la vida, y me da igual lo que enseñara que todo lo hacía bien, quizá quiso que Ud. superara sus aficiones y fuera más ambicioso en sus metas. Le apretó porque sabía que podía apretarle y al final le hizo ver que fue Ud. quien aprobó la materia, y no él quien le hizo ese favor. El Sr. Pais, Dios le tenga en su seno, es el culpable de que yo siguiera mi rumbo y fue el único que me defendió ante los compañeros al ser nuevo.

7 de octubre de 2014, 12:35  
Blogger Juanma said...

Supongo que la idea subyacente era la que dices, y no cabe duda de que acabé esforzándome más de lo que me habría esforzado en otras circunstancias, pero el hecho es que toda mi carrera profesional ha girado en torno a esas aficiones, que me han dado para vivir y estar relativamente bien considerado en mi ámbito profesional, así que algo de razón debía yo de llevar. Tal vez él entreviera que yo valía para más, o para otras cosas, no lo niego. En todo caso, a juzgar por comentarios posteriores que he oído y leído sobre él, parece que casos como el mío fueron la excepción e historias como la tuya fueron la norma. Conseguir transmitir interés por obras áridas para niños de quince años, como "La Celestina", "Libro de Buen Amor" o los poemas de Garcilaso, Santa Teresa de Jesús y fran Luis de León es un auténtico mérito, y como tal debo agradecérselo.

Muchísimas gracias por comentar. Abrazos.

7 de octubre de 2014, 14:08  
Blogger Juan Luis Posadas said...

Pues gracias a ti. Soy Juan Luis Posadas, estuve en el Calasancio en 2º y 3º de BUP y luego me fui al Cou San Fernando. Años 1982-1984...

12 de mayo de 2016, 16:43  

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