miércoles, 18 de abril de 2007

El club de los profesores muertos (de asco). Primera parte

Una anécdota insustancial dentro de una jornada rutinaria de prácticas, el visionado de una película malilla pero entretenida y un encuentro casual en las calles madrileñas pueden disparar la memoria hacia sucesos ya olvidados.
El tercer detonante lo dejaré para el final.
El primero es un listado de verbos irregulares del inglés. Un archivo en formato Word que tengo que cotejar con una hoja de Excel, para comprobar que no falta ninguno, y de ese modo el diccionario saldrá sin erratas.
Por un momento, la pantalla del ordenador se convierte en una magdalena que paladeo con deleite, justo antes de regresar a primero de BUP. Pero los resultados, más que proustianos, deberían calificarse de lewiscarrollianos; igual que le sucedía a Alicia en el Pais de las Maravillas, menguo y crezco a medida que como de ella.
El segundo detonante es la emisión televisiva de School of Rock, de Richard Linklater; impropia del director de Waking Life, pero divertida. Un vehículo para el lucimiento exclusivo de Jack Black, con una banda sonora irreprochable, un mensaje optimista muy por encima de los resultados artísticos, y el mismo efecto que produjo en mí el listado de verbos irregulares: la pantalla se convierte en una magdalena proustiana, o una tacita de té lewiscarrolliana.
Y retrocedo en el tiempo.
Tengo catorce años, y estoy en el colegio Calasancio. Nuestro profesor de inglés es el señor Palacios, un cincuentón al que llamamos El Papus. Sé por mis hermanos (que no llegaron a estudiar el BUP en el Calasancio, porque se fueron a otros colegios e institutos) que el mote ya existía en sus tiempos. Curiosa costumbre, la de motejar a los profesores. En apenas cuatro o seis años (los años que me llevo con Pablo y Enrique, respectivamente), el profesorado se ha renovado de manera considerable, pero los profesores supervivientes se perpetúan con sus apodos. El señor Asensio, profesor de Lengua de séptimo de EGB, a cuya casa llamábamos los Días de los Inocentes para gastarle inocentadas telefónicas, siempre ha sido (y será, me temo) el Chencho; un día, Jorge Sanz Tordesillas lo llamó así delante del prefecto, el padre Enrique. No le sucedió nada, porque el padre Enrique era bastante civilizado; de habérsele escapado el desliz ante el padre Pedro, nuestro prefecto de BUP, probablemente le habría caído una hostia de las que hacen época. Todavía me duelen las que me daba. Con el tiempo, dejó de golpear a los alumnos: le diagnosticaron una dolencia coronaria y, más importante aún, hicieron mixto el colegio, con lo que se le acabaron las tonterías en plan Paracuellos o La mala educación. Lo que no habían logrado casi quince años de democracia, lo consiguieron doscientas chicas.
Pero en esta época, gobernando ya el PSOE (hablo del curso 1984-85), reinaba la ley marcial del padre Pedro. Había que estar callado entre clase y clase, lo cual era harto difícil, teniendo en cuenta cómo nos las gastábamos a esas edades. De nada servía poner a algún alumno de un curso superior a cuidar el aula y apuntar en la pizarra los nombres de los estudiantes díscolos (costumbre extendida en la EGB), así que apelaban a nuestro sentido común y al miedo reverencial a las razzias del padre Pedro. Su régimen de terror hizo mella en mí en alguna que otra ocasión; no porque fuera un alumno especialmente revoltoso, sino porque me lo montaba fatal y me pillaba. Y reprimía, se entiende.
No sé cuántas veces me pegó. Calculo que, en total, debí de recibir unos cuatrocientos golpes.
No obstante, quienes lo tenían como profesor de Religión en primero de BUP hablaban maravillas de sus sistemas de calificación: un alumno propagó la especie de que, a falta de otra cosa mejor que hacer, había escrito la vida y milagros de AC/DC y, al llegar a la última pregunta, en la que el padre Pedro le pedía al alumno que se autocalificara con la mayor honestidad posible, no dudó en ponerse un notable.
Obtuvo un notable como calificación final.
La anécdota es apócrifa. Nunca me la llegué a creer, pero es demasiado buena como para no consignarla.
El mote del padre Pedro era Brutus. Y, cuando se acercaba a nuestra aula en los cambios de clase, lanzábamos una consigna, “¡Trus, trus!”, como el top manta que grita “¡Agua, agua!” ante la proximidad de la policía. Era el poli malo.
Uno de los polis buenos era el Papus. El señor Palacios.
Apenas recuerdo sus facciones, pero, como digo, debía de rondar la cincuentena.
Sus clases eran divertidas. Por lo menos, yo me lo pasaba bien.
A comienzos de curso nos dio un surtido de letras de canciones populares británicas, irlandesas y estadounidenses, que a lo largo de los meses nos encargamos de ir traduciendo. Pertrechado con un magnetófono de tamaño respetable, un día a la semana nos lo pasábamos bomba escuchando aquellas canciones y saliendo al encerado a leer los textos traducidos. Aún recuerdo estrofas de “Galway Bay”, “Cockles and Mussels”, “It’s a Long Way to Tipperary”, “My Molly”, “O Susanna” y muchas, muchas más. Espirituales negros. Canción protesta. Himnos de taberna. Cánticos de mineros.
Una de aquellas canciones era el himno del Tottenham Hotspurs, una canción realmente pegadiza que empezaba con la invocación “Come On You Spurs”, repetida varias veces, y se terminaba convirtiendo casi en un himno eurovisivo. Tenía marcha. Nada que ver con el “Hala Madrid” ni con el “Tot el camp (plas, plas, plas) és un clam”.
Pero el momento cumbre de las clases del Palacios llegaba cuando nos sacaba a recitar los verbos irregulares.
Entre comes, cames y cames, el Palacios intentaba formarnos, con relativo éxito, en los misterios de los verbos irregulares, aunque éramos tan cenutrios que nos lo tomábamos a guasa:
-Vamos a ver, señor Santiago, dígame el verbo beget.
Y yo, que siempre me he puesto muy nervioso en el encerado, hasta el extremo de que una vez me olvidé de dividir (pero aquello era con el señor Mejías, maestro de la coerción donde los haya habido), hacía lo que podía, porque, al fin y al cabo, solía llevar preparada la lección.
-Beget, begot, begotten.
Y ciertos sectores de la clase se agitaban y soltaban la coña:
-¡Ja! ¡Bigotes! ¡Un bigotón!
Lo más probable es que el gracioso fuera Fernando Santaolalla Pons.
El Papus ni se molestaba en hacer callar. Tenía mejores armas para captar nuestra atención.
-Ahora, que salga el señor Paul Victoria Manzi.
Paul salía al encerado. Y tenía que leer el texto de una de las canciones que teníamos que preparar aquella semana, y que previamente habíamos vuelto a escuchar con el magnetófono del señor Palacios. Al finalizar, llegaba la pregunta del millón:
-¿Puede traducirla al castellano?
Acto seguido, Paul lo hacía; más que nada, porque yo lo había ayudado. Aunque no todo salía perfecto.
-“Oh, Dios mío, el mundo debe estar llegando a un fin, ¿y entonces?”
-Más bien sería: “Oh, Dios mío, esto es el fin del mundo, ¿y ahora qué?”. Pero está bien. Puede sentarse.
El Palacios era un profesor íntegro, preocupado por sus alumnos y por enseñarnos de una manera divertida. La prueba es que, más de veinte años después, sigo acordándome de muchas de las letras de las canciones que nos enseñó. Lo cual me hubiera venido de puta madre para confraternizar con turbas de anglosajones borrachos, si me hubiera ido a Londres o Dublín a servir copas, limpiar habitaciones o trabajar en un McDonald’s, como hicieron algunos coetáneos míos.
Y profesores como él no eran la norma. Lo habitual era gente como el señor Gayo, al que llamábamos el Johnny, que nos dio Lengua en séptimo de EGB y en primero de BUP. Era joven, muy joven, tal vez el profesor más joven que habíamos tenido hasta entonces, pero también pasaba olímpicamente de las preocupaciones de los alumnos, más preocupado por cortar de raíz cualquier atisbo de creatividad que de fomentar nuestras inquietudes. Una vez nos dio la opción de escribir un relato, para obtener nota, y tanto Javi Ullán como yo escribimos nuestras historias. No nos sirvió de nada, puesto que no nos subió la nota, y no recuerdo que hiciese el menor comentario al respecto, ni en clase ni en privado. Mi relato, al que sólo puede encontrarse algún mérito si se juzga en su contexto (el de haber sido escrito por un niño de catorce años), se titulaba “La Luna sólo es bonita de lejos” y su argumento era trivial. Un ingeniero genético recibe el encargo de crear una bestia de carga adaptable a las condiciones de la Luna. Elabora una especie de mula modificada genéticamente y, durante un desplazamiento hacia la cara oculta de la Luna, sufre un accidente y se tiene que buscar la vida. Entre sus compañeros de viaje hay un australiano y un espía soviético, y no recuerdo mucho más.
Dejé pasar los compases finales de curso sin pedirle que me lo devolviera, de modo que un día, recién empezado segundo de BUP, lo abordé en la puerta de la sala de profesores y le recordé la existencia del relato.
-¿Y a mí qué me cuentas? Seguramente lo tiró la señora de la limpieza cuando nos fuimos de vacaciones.
Claro: me voy de veraneo, y dejo varios trabajos escolares en mi taquilla. Mejor que los tiren a la basura, pues son sólo eso: trabajos escolares. ¿A quién podrían importarle?
Concluida mi etapa en el Calasancio, me volví a cruzar alguna vez más con el señor Gayo (la casa de mi madre está muy cerca del colegio), pero siempre me hice el distraido. No creo que me reconociera, pero por si acaso. Él ya peinaba canas, y no parecía que la vida lo estuviera tratando muy bien.
El problema subyacente al hecho de que el profesor Palacios, el Papus, fuera un buen profesor y una persona preocupada por la formación integral de sus alumnos y su preparación para el mundo adulto estriba en que, cuando tienes catorce años, eso no te importa ni lo más mínimo. Puedes tener un buen profesor delante de tus narices y lo dejas pasar por alto, porque no le prestas la atención que se merece: el colegio no deja de ser un suplicio necesario, el lugar en el que te aparcan durante seis horas al día. Y cuando tienes treinta y tantos años, ya te da igual, porque ni siquiera te queda el recurso retórico de parar al profesor por la calle, si un día tienes la suerte de encontrártelo, y contarle lo mucho que sus clases te cambiaron la vida, lo mucho que aprendiste con él y cuán profundamente quedó arraigada en ti esa manera de enseñar, máxime teniendo en cuenta que lo hacía sin estridencias ni desafíos a la dirección de un centro escolar que, digámoslo con claridad, seguía anclado en el franquismo sociológico, casi una década después de la llegada de la democracia.
Y no puedes agradecérselo por la sencilla razón de que el señor Palacios murió hace muchos años, creo que de un cáncer galopante.

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13 Comments:

Blogger Cristina López said...

Lástima...de vez en cuando debe ser agradable que alguien te agradezca el esfuerzo de muchos años :)

18 de abril de 2007, 11:52  
Blogger Juanma said...

Supongo que debe de agradecerse, sí. :-)

18 de abril de 2007, 11:57  
Anonymous Kotinussa said...

Yo a quien veo casi todos los días es a una profesora que me amargó mis dos últimos años de bachillerato. Vive junto a mi casa y no hay forma de perderla de vista. Hasta su chucho es odioso. Y mi perro parece que sabe todo lo que me hizo sufrir, porque no pierde oportunidad de ladrarle al suyo. Y prometo que yo no tengo nada que ver en eso, simplemente el perro parece saberlo.

18 de abril de 2007, 16:36  
Blogger Juanma said...

Los perros saben muchas cosas: huelen el miedo, parece que huelen la muerte que viaja en las ambulancias y ¿por qué no iban a poder oler también la mezquindad humana?

18 de abril de 2007, 16:37  
Blogger Pily B. said...

Jooooooooo, qué faena. Es una lástima, la verdad que sí, pero en fin, aunque sea algo tarde, al menos tú reconoces sus méritos.

Me ha encantado la historia, sobre todo el relato de cómo decías los verbos, ¡me parto! En fin... GRACIAS por el rato.

:-***********

18 de abril de 2007, 16:41  
Blogger Juanma said...

Gracias a ti, por leerlo. :-)

Habrá segunda y tercera partes, aviso. :-)

:-****

18 de abril de 2007, 16:57  
Blogger Batz said...

Me he identificado mucho con tu relato, en parte por las razones que explicas, pasar de largo a maestros que te han cambiado la forma de ver la vida y no te das cuenta hasta que es muy tarde. Pero sobre todo porque mi mamá es maestra de inglés en el mismo colegio al que yo asistí, y era tan estricta que la llamaban "Hitler". Te podrás imaginar lo terrible que esto me parecía a mi, en mis años de primaria y secundaria. Lo peor fue cuando dio clases a mi grupo y todos me odiaban... terrible! Lo cómico es que ahora que estamos mas grandes, se me acercan a mi para agradecer las atenciones de mi madre. A ella no la ven con frecuencia, pero a mi si, y aprovechan la oportunidad para que le pase su mensaje. Espero las siguientes dos partes!

19 de abril de 2007, 10:57  
Blogger Juanma said...

:-)

El consuelo es que, al final, los buenos reciben su recompensa.

Y hay otra cosa: con quince años, no valoras según qué actitudes. Cuando ya has vivido un poco, empiezas a entenderlas.

Acabo de subir la segunda parte.

20 de abril de 2007, 10:21  
Anonymous Juan Antonio said...

Hola Juanma, por las fechas que pones, yo debía estar en el mismo año que tu, aunque en distinta clase (la b o la c, según el número de alumnos). Muy bien descritas y redactadas tus impresiones sobre algunos profesores, aunque difiero de tu opinión sobre el Pais (lógicamente por la incomprensión y mofa que tuvo contigo), pero creo que te falta por describir algún que otro profesor que sobresalía sobre los demás, tanto en lo bueno como en lo malo, pero me imagino que por falta de tiempo o de ganas no has continuado, porque daría para escribir un libro entero. De todos modos, felicidades por el gran relato.

14 de diciembre de 2010, 14:13  
Blogger Juanma said...

Hola, Juan Antonio,

Supongo que lo del profesor Pais derivó de que una vez lo llamé "padre Pais", pero bueno, tal vez no fuera mal profesor, ya que todos habláis bastante bien de él.

Fueron años interesantes, creo que el nivel fue muy elevado (mención aparte merece el profesor Moreno, a quien no sé si tuviste en 7º, 8º o 1º de BUP), y lo cierto es que nos formaron muy bien. En efecto, todo aquello da para un libro.

Muchas gracias por leer el blog, y por tu opinión.

Abrazos.

14 de diciembre de 2010, 16:59  
Anonymous Juan Antonio said...

Hola Juanma,

Comparto contigo la opinión de que salimos bastante bien formados a pesar de la "represión" que teníamos,pero aparte de esa conclusión, siempre he dicho que lo mejor del colegio eran los compañeros de clase, porque debido a ese estado de "represión" había más compañerismo.

Efectivamente tuve al profesor Moreno en EGB, aunque la verdad es que no me acuerdo mucho de su manera de dar clase, aunque ahondando en la memoria, creo recordar que aparte de tocarse mucho la barba, tenía una cierta actitud chulesca y cínica hacia los alumnos.

Mención aparte sería el Profesor Jiménez, alias "el Morros", a quien no pienso dedicar una línea porque ni merece la pena (eso te lo dejo a ti que se te da mejor redactar), ya que como tú, yo iba para letras puras y yo era un cero a la izquierda para la Física y Química y que "los de letras puras lo teníamos claro si pensábamos aprobar así porque sí...."

Gracias a ti por describir de una manera tan amena una situación real vivida por cientos de antigüos alumnos.

Un abrazo.

15 de diciembre de 2010, 10:50  
Anonymous Anónimo said...

El relato me ha recordado mis tiempos en el Calasancio. Por lo que cuentas debimos coincidir algunos años porque yo también "sufrí" al brutus. Seguro que comociste a Pimenta, Mouzo, "el Pepe", "el Pais", "la Piedad", etc. Vaya tiempos!!!

4 de septiembre de 2013, 19:45  
Blogger Jose Otero said...

Yo recuerdo bastante "al Palacios". Era moderno para la época (años 70). Había estado en Inglaterra y nos contaba anécdotas de otra forma de vida que no terminábamos de creer. Fue el primero que se atrevió a poner música en clase, canciones en inglés. Todo un atrevimiento. Estoy de acuerdo en que es una pena no poder darles un abrazo, etc. Yo he tenido la suerte de encontrare a un profesor del Calasancio, pasados los años y hacerle el "homenaje" que se merecía delante de su mujer. Me dijo: "Chico, me has quitado 5 años de encima". Nos quedamos los dos muy bien

23 de marzo de 2014, 12:24  

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