domingo, 22 de abril de 2007

Mil libros

Actualizo hoy, porque mañana, Día del Libro, estaré todo el día en una librería, como personal de refuerzo. Dependiendo de lo relajado que esté el día, a lo mejor vendo libros; si no, me pasaré todo el día reponiendo. Será un día duro, de siete de la mañana a nueve y media de la noche. Después de los tres días de Sant Jordi que me pasé en la parada de Gigamesh en la Rambla, supone un reencuentro agradable con ese ambiente entre festivo y estrestante que se respira todos los días 23 de abril.

Cualquiera que me conozca sabrá que me tomo muy en serio el Día del Libro. Escribo entre pilas y pilas de libros. Debajo de la cama tengo libros, y la biblioteca de Madrid ocupa veintiocho cajas, que David Panadero ha tenido la inmensa amabilidad de acoger en su casa vallekana. En total, calculo que supero los dos mil quinientos libros. No los he catalogado (ya se sabe: en casa de herrero…), pero algún día lo haré.

Por tener, hasta tengo libros en el corazón.

Como soy un maniático, llevo un listado de los libros que he leído. Es inexacto, porque se me escapan lecturas de infancia (aunque empecé a leer bastante tarde), y por la confusión en torno al término libro. ¿Dónde empieza el libro y dónde termina el folleto? Hasta que empecé a trabajar como bibliotecario no tuve claros esos límites, por lo que supongo que he leído bastantes más libros de los que aparecen en el listado.

El soporte físico del listado es una agenda de color azul oscuro, correspondiente al año 1993. El piso contiguo al de mi madre era la oficina de una empresa de fotocomposición, por lo que tiraban mucho papel.

Cuando llegaba la noche, me adelantaba a la hora de la recogida de la basura y hurgaba en las cajas que sacaban al descansillo. A veces encontraba pequeños tesoros, como un plano de Madrid de los años sesenta, en el que en vez de la M-30 figuraban un pequeño tramo de la Avenida de la Paz, todas las casas bajas que echaron abajo para construir la ronda de circunvalación y, por supuesto, el curso del Arroyo Abroñigal. Otras veces no había nada destacable.

Aquella agenda fue el botín de una de las últimas incursiones en la basura ajena.

En ella volqué los resultados de una serie de hojas que iba escribiendo a máquina, en una vieja Olivetti desvencijada y casi inmune a los cambios de cartucho de tinta. El primer libro cuya lectura consignaba era Cuentos del año 2100, de Aaron Cupit, un regalo de una amiga de mi madre, Manolita Álvarez (o Tita Manolita, porque era como una tía), que trabajaba en el Ministerio de Cultura y me regalaba libros de vez en cuando. Posteriormente, nos utilizaría a mi hermano Pablo, mi madre y yo como ayudantes de las correcciones de estilo de manuales de la UNED, una de sus actividades extralaborales.

A continuación, como segunda entrada en aquel listado, figuraba Pollyanna, de Eleanor H. Porter. El libro pertenecía a la biblioteca de mi hermana. Aún no me acercaba a la de mi hermano Enrique.

A través de aquel listado puedo seguir mi vida y los giros argumentales y temáticos que se han producido a mi alrededor. Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, y El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling, le dieron paso a una breve etapa ocultista, con el Dossier del Más Allá, de Pedro Guirao. A continuación, algunas lecturas escolares y, a principios de 1985 (pues, aparte del número de orden de la lectura, siempre he consignado el año en que leía los libros), El hobbit, de J. R. R. Tolkien. Después de eso, una gripe de campeonato (por haber comido nieve durante una excursión a Navacerrada) y, en apenas dos semanas de postración, La historia interminable, de Michael Ende, El Señor de los Anillos y El Silmarillion, de J. R. R. Tolkien, y La conjura de los necios, de John Kennedy Toole.

La irrupción de la literatura fantástica en mi vida disparó la cantidad de libros leídos. De tres o cuatro al año pasé a la veintena, y después a la treintena, hasta estabilizarme en torno a los cincuenta libros al año, y, cursando ya la carrera, casi el doble.

Al volcar a la agenda los datos de aquellas hojas, Cuentos del año 2100 figuraba a las 9:00 del 1º de enero. Mis primeras lecturas de género fantástico, el 4 de enero. Las lecturas de 1985 ocupaban todo el 4 y el 5 de enero; pero las de 1986 abarcaban desde las 9:00 del 5 de enero hasta las 14:00 del 9 de enero.

Es una etapa gloriosa. Me leo casi todos los títulos imprescindibles de la ciencia ficción, pero también clásicos de la novela policíaca (Cosecha roja, de Dashiell Hammett), la literatura erótica (Manual de civismo, de Pierre Löuys) y la literatura general: El barón rampante, de Italo Calvino, La tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa, y Madame Bovary, de Gustave Flaubert.

Empiezo a releer libros, y los sitúo en la parte inferior de la agenda, como si fueran notas a pie de página. Utilizo el mismo método para consignar las lecturas de los Cuadernos de Historia 16, catálogos de museos y fanediciones que no llegan a libro.

Mi lectura número 100 es Historia de un idiota contada por él mismo, de Félix de Azúa, en 1987 (en la página correspondiente al 13 de enero).

La número 200, Empotrados, de Ian Watson, en 1989 (22 de enero).

El número 300 le corresponde a Los Reyes Católicos. 1474-1516, de J. N. Hillgart, en 1992 (2 de febrero).

El 400, La ciencia en la ciencia ficción, de Peter Nicholls, David Langford y Brian Stableford, en 1994 (11 de febrero). En esa época me leo gran cantidad de títulos de la colección Alianza 100, que no considero libros, aunque técnicamente lo sean. Debería revisar los criterios y, como digo, el número de libros que he leído se incrementará al menos en un centenar.

El título número 500, Las lágrimas del Sol, de José María Merino, en 1995 (20 de febrero). Ya he terminado la carrera y estoy empezando a opositar.

Los Cuadernos Espiral no constan como libros, aunque lo harán más tarde, cuando pasen a formato libro. Otro asunto que hay que uniformizar.

El libro 600: Ciencia ficción. Enciclopedia ilustrada, de John Clute, en 1997 (2 de marzo). A continuación, El perfume, de Patrick Süskind.

El 700, El cofre del tesoro, de Orson Scott Card, en 1999 (10 de marzo). Estoy a punto de enfermar; de hecho, es el penúltimo libro que leo antes de ingresar en el hospital.

La letra de los libros leídos en esta época es la más clara de toda la agenda: estoy tranquilo, he superado la enfermedad con gran entereza y parece que escribo en versalita.

He dejado las oposiciones, estoy atravesando un período de reflexión y, entre chute y chute de quimioterapia, leo muchísimo. Estoy que no paro como crítico y ensayista, y así llegamos al título 800: Besos de alacrán y otros relatos, de León Arsenal, en el 2000 (17 de marzo).

Cuantos más artículos y críticas escribo, más releo. La página correspondiente al 22 de marzo está llena de relecturas: estamos preparando Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX, para La Factoría de Ideas.

Me vengo a vivir a Barcelona, para trabajar en Gigamesh. Mi ritmo de lectura se frena en seco. Sólo leo libros para hacer críticas o ensayos. Dejo de leer por placer. El tiempo que le dedicaba a la lectura se me va en la convivencia en el piso. De casi cien lecturas anuales paso a una treintena escasa.

El libro 900: Malignos, de Richard Calder, en 2003 (25 de marzo)

Un hecho curioso, del que me voy dando cuenta de manera paulatina: nunca apunto como leído un libro en el que haya trabajado directamente, bien porque lo haya maquetado, bien porque lo haya corregido. Así pues, en el listado no aparecen los cuentos de ciencia ficción Fredric Brown ni Placeres prohibidos, de Laurell K. Hamilton. Visiones 2002 no aparece en el listado hasta que me lo releo, ya editado.

Más reglas extrañas: siempre escribo con bolígrafo negro. Reservo el azul para los “no-libros”, esas notas a pie de página que podrían considerarse folletos.

Otra: desde que empecé con el listado, no he cambiado el criterio acerca de la escritura de títulos y autores. Le hago caso omiso a las Reglas de Catalogación y a los criterios de elaboración de bibliografías. Mi criterio se acerca a este:

Nombre APELLIDO, “Título”

Después de casi ochocientos libros leídos, no creí conveniente adaptarlo a las Reglas de Catalogación. Ya lo haré, cuando decida pasar estos datos a limpio, a una hoja Excel.

Mi ritmo de lectura se hace más lento, si cabe, y cuatro años después llego a un momento con más valor simbólico que práctico: el libro número 1000.

Durante la segunda mitad del año 2006 y todo lo que llevamos de 2007, recupero mi viejo ritmo de lectura: durante el verano, tengo más tiempo que antes; cuando empiezo con la locura de cursos y prácticas, el incesante ir y venir me regalan una hora diaria en metro o autobús, con lo que el ritmo aumenta. Además, soy jurado de la segunda edición del premio Xatafi-Cyberdark, y parte de mi tarea consiste en ir leyendo los títulos más destacados de 2006.

Acabo de pasar página en la agenda. Ya estoy a 2 de abril.

Y, como soy un esclavo de mis propios convencionalismos y de las reglas del juego autoimpuestas, empiezo a darle vueltas a un asunto nada trivial.

¿Cuál debe ser mi lectura número mil?

Los libros mejor situados son Los dones, de Ursula K. Le Guin, y Cabo de Hornos a la vela, de Bernard Moitessier, pero altero el ritmo de lectura de ambos: el libro de Le Guin, con ser estimable, no está a la altura de lo mejor de la autora, y el de Moitessier, para el proyecto del máster, es el precioso relato autobiográfico de un navegante legendario, pero quiero algo más personal, una lectura con la que me sienta más implicado, que me emocione al pensar en ella y en la que me vea reflejado cuando vea ese 1.000 en la agenda, aun a sabiendas de que llegará un momento, cuando cambie los criterios bibliográficos y pase el listado de libros a una hoja Excel, en que ese libro pasará a ser el 1084 o el 1117, por ejemplo.

La solución me llega con increíble rapidez.

Estoy con ese libro desde el mes de marzo de 2006. Fue el primer regalo de Cristina, y contiene, escrita a bolígrafo, la dedicatoria más bonita y elaborada que he leído en mi vida, que casi me hizo llorar de emoción en su momento; pero es un libro difícil de leer, ya que a primera vista el estilo es denso. He intentado leerlo al menos en dos ocasiones, y nunca voy más allá de la página cien.

Sin embargo, esta vez me lo leo casi de un tirón. No sólo no es denso, sino que su lectura me resulta harto interesante.

¿Qué ocurría, pues? Sencillo: el prólogo era denso. El texto en sí resulta apasionante.

El libro en cuestión se titula El siglo XI en primera persona. Las “Memorias” de ‘Abd Allah, último rey Zirí de Granada, destronado por los almorávides. La traducción es de E. Lévi-Provençal y Emilio García Gómez, dos de los arabistas más destacados.

Me engancho de inmediato, pese a que las otras dos veces no pude llegar muy lejos, y me lo termino en muy poquito tiempo. Y, de este modo, se convierte en mi libro número mil.

Cuando estuve en Madrid con Cristina, la llevé, entre otros sitios, a la Plaza de Oriente. Allí le expliqué que había estatuas de todos los reyes españoles, desde los godos en adelante. En aquel momento, Cristina, que estudia Filología Árabe, realizó una observación que me hizo enmudecer:

-Pero faltan los reyes árabes.

Y es cierto. Nos enseñan mal la historia, desde una perspectiva eurocéntrica. La Historia la escriben los vencedores, se dice, y en el caso de la historia de España es rigurosamente cierto. ¿Cuántos temas dedican los manuales de Historia Medieval a la España islámica? Dos, en un manual tan ambicioso como el Riu Riu, con el que estudié la carrera. En los programas de Bachillerato, apenas un tema, como pasando de puntillas sobre el asunto.

La historia de la España islámica es la historia de buena parte de España durante demasiado tiempo.

Granada fue musulmana durante setecientos ochenta años. Apenas lleva quinientos quince años siendo cristiana. Se nos escatima la mayor parte de su historia.

Lo normal es tender a pensar que en la España medieval no pasaba nada durante los siglos de paz absoluta. Esa paz se rompía cuando aparecía un rey cristiano especialmente belicoso, que decidía reconquistar terrenos para la Cristiandad, más bien a golpe de sobornos y tributos que de campañas militares, o bien cuando venían los iluminados de turno procedentes de África, llámense almorávides o almohades.

No se nos cuenta que la historia de lo que hoy es Andalucía está más relacionada con la de lo que en la actualidad podríamos definir como el norte de Marruecos.

Apenas quedan documentos escritos de aquella época. Más que nada, porque los que no se perdieron se conservan en archivos del ámbito islámico.

En Tombuctú aparecen continuamente documentos que ayudan a entender la historia de España. Esa historia que, vista desde la perspectiva de nuestro eurocentrismo cristiano, nos negamos a creer que sea española, porque nos habla de los reinos musulmanes.

El libro que me regaló Cristina le cambia los esquemas a quien piense en estos términos.

Es la autobiografía del último rey de taifas de Granada, antes de ser depuesto por los almorávides, en el año 1090. Asimismo, se trata de un libro magnífico desde el punto de vista literario. Y de un conjunto de reflexiones realmente brillantes sobre asuntos tan dispares como el hecho de gobernar o la importancia de la astronomía y la astrología, facetas en las que el mundo islámico siempre ha destacado.

No obstante, no se trata de la autobiografía de un caudillo belicoso. Todo lo contrario. ‘Abd Allah siempre fue considerado un tonto útil por las historiografías cristiana y musulmana (la de los musulmanes que vencieron a otros musulmanes, se entiende), una especie de emperador Claudio, entronizado por fuerzas económicas, políticas y territoriales que entendían que sería un pelele fácilmente adaptable a sus intereses. La historia no se ha encargado de desmentir estos hechos, puesto que su reinado fue débil y terminó sucumbiendo al empuje de los almorávides, las traiciones internas de los señores territoriales, las intrigas palaciegas promovidas por el harén real y los reyes cristianos, convertidos en falsos amigos, falsos hermanos y un peligro siempre real.

Escrito con un estilo cadencioso, este libro tiene esa manera tan característica de narrar de los musulmanes, llena de invocaciones y loas a Alá y los antepasados, citas del Corán y disquisiciones (casi digresiones) sobre cualquier asunto que haya captado la atención del narrador.

También es un libro incompleto. Los manuscritos que se han recuperado no son sino una parte del original. Faltan capítulos enteros, como la revuelta contra el predecesor de ‘Abd Allah ibn Bullugin en el trono granadino, su tío Badis ibn Habús.

No obstante, se trata de un documento único. Gracias a este libro he aprendido más que en la carrera acerca de determinados aspectos relacionados con la tierra de mis antepasados, Andalucía. Y, como digo, es una lectura absorbente, únicamente interrumpida por las continuas llamadas a nota, que no se encuentran a pie de página sino al final de cada capítulo.

Os recomiendo su lectura. Os va a cambiar muchos puntos de vista sobre una época que la historiografía tradicional quiere considerar oscura, y que no lo es, ni mucho menos.



Si lo queréis comprar para el Día del Libro, adelante: creo que es una buena recomendación.

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8 Comments:

Blogger Batz said...

Ufff, había escrito un comentario brillante, y no se grabó [claro, ahora puedo inventar que era magnifico]Bueeeno, ahora como que me da flojera re escribirlo... mmm.. decía que tu lista era intimidante...
La mía sería mínima a comparación.
Mañana todo el día a la celebración! Donde esta la librería??
PD: Si se borra este, ya no vuelvo a intentar eeeeeh

22 de abril de 2007, 20:26  
Anonymous Kotinussa said...

¡Lo que me hubiera gustado tener la genial idea de apuntar todos los libros que he leído! Pero nunca se me ocurrió, lástima.

Sin embargo, me acuerdo perfectamente de mi primer libro. Se llamaba "Bee, el corderito", y era un cuento en verso. Yo todavía no sabía leer, pero mi abuelo me lo leía una y otra vez y, ayudada por la rima, me lo aprendí de memoria. Lo perdí en una mudanza y muchos años después lo ví en una librería, con los mismos dibujos, el mismo tipo de letra y todo. Ni que decir tiene que lo compré, y ahora está aquí a mi lado, al alcance de mi mano.

22 de abril de 2007, 21:25  
Blogger Víctor M. Ánchel said...

Yo no recuerdo cuál fue mi primer libro leído, aunque sí sé que comencé activamente con los cómics y que el primer volumen debió pertenecer a alguna de las aventuras de "Los Cinco" o a las travesuras de Guillermo Brown. Eran libros que estaban en casa, accesibles, y que los leía por curiosidad y porque eran mucho más divertidos que lo que nos mandaban leer en el cole y que luego uno nunca leía.

El primer libro que elegí leer y que compré con dinero de algún cumpleaños fue "La Isla del Tesoro", de Stevenson. Ése fue el que me enganchó para siempre.

El último que he leído es "El Último día de la Guerra", de Christopher Priest. Una pena no saber si es el que hace 1000, 500, 350 o 2040; al menos sí puedo decir que es un gran libro.

23 de abril de 2007, 9:55  
Blogger Juanma said...

Batz:

Ay, qué rabia me da cuando me ocurre eso. :-(

Ayer no pude leer tu mensaje, lo siento.

Estuve en la librería Excellence, en Rambla de Catalunya con Diputació. En breve habrá fotos. :-)

Besos. :-***

24 de abril de 2007, 17:20  
Blogger Juanma said...

Kotinussa:

Qué historia más bonita. A veces nos encontramos con libros u objetos con los que reconstruimos nuestras infancias, y es una sensación encontrada: ya no somos los mismos, pero conseguimos retroceder a aquella época.

A mí me sucede con los Geyper-Man. Siempre que voy a Madrid digo que me voy a traer alguno a Barcelona. Están en un armario, casi inaccesibles, pero abro la caja, veo lo hechos polvo que están, me lo pienso y los dejo en su sitio.

Besos. :-***

24 de abril de 2007, 17:23  
Blogger Juanma said...

Víctor: Los libros de los Cinco estaban por casa, pero no me los leí, igual que los de Torres de Mallory, también de Enyd Blyton, o los Siete Secretos, los Tres Investigadores... Me da rabia no habérmelos leído en su momento.

Engancharse a la lectura con Stevenson... Qué pasada. :-)))) Para mí, ese papel lo cumplieron Mark Twain y Rudyard Kipling, pero Stevenson también es una inmejorable manera de empezar.

La novela de Priest está muy bien, pero me la fastidió el hecho de haberla leído después que El prestigio: la estructura se parece mucho (vale, es del mismo autor), y me pareció que se repetía un poco. De todos modos, es una señora novela.

Abrazos.

24 de abril de 2007, 17:27  
Anonymous Toliol said...

¿Como fue la ardua jornada de St. Jordi? Supongo que tuvistes el mismo trabajo que yo. Venga reponer, ahora atiende a este, ahora a cobrar. Acabamos reventados, pero como es una vez al año...Bueno, nen, cuando vayas a ir al Machi da un toque y a ver si comemos juntos... Estoy ahora con los Guardianes de la noche, la rusa, y el anterior que me lei fue Puente de pajaros. Altamente recomendables los dos. Nos vemos!!

26 de abril de 2007, 15:05  
Blogger Juanma said...

Pues ahora que ya estoy medio recuperao puedo decir que fue un palizón, pero que me lo pasé bien. Y en mi caso no deja de ser anecdótico, porque sólo vendo libros en Sant Jordi, pero lo tuyo es continuo.

La idea era postear acerca de la experiencia. Igual me pongo ahora.

Acabaré leyéndome Los guardianes de la noche.

Y cuenta con ese Machi, por supuesto. :-))))

Abrazotes.

26 de abril de 2007, 16:38  

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