jueves, 29 de diciembre de 2005

Heridas y cicatrices (I): No cejar en el empeño

Después de la pornografía emocional, esa que consiste en mostrarme desnudo por dentro para solaz de los pornógrafos que frecuentáis este blog, ahora voy a desnudarme por fuera.
Ya está. Estoy en pelota picada, tal como Dios me trajo al mundo… Bueno, algo más crecidito, con ochenta y pico kilos más y considerablemente más peludo.
¿Qué vemos? Un varón caucásico de poco más de metro setenta de estatura, unos ochenta y cinco kilos de peso (en condiciones ideales; habrá que ver qué tal se me han dado las Navidades) y pelotillas de algodón en el ombligo, ocasionadas por las camisetas que utilizo en cuanto la temperatura ambiente desciende de los veinte grados. Nada del otro jueves, pero tampoco un adefesio. Una persona normal. El rostro aparenta algo menos de los treinta y cinco años que constan en mi carnet de identidad, aunque, como suelo decir: tengo una carita de veinticinco años y una tripa de cuarenta y cinco; en promedio, treinta y cinco.
No obstante, bajo esa apariencia de normalidad, de estar dentro del promedio, hay un verdadero pupas. Sí, amigos: soy un completo catálogo de enfermedades y achaques. No padezco, cierto es, ninguna enfermedad incurable (salvo una: la vida, mortal de por sí); pero tampoco se puede decir que mi patrimonio genético sea intachable. Someramente: soy alérgico y miope, he pasado por el hospital debido a un cáncer linfático, una neumonía, ataques de acetona, una reconstrucción uretral y una trombosis, padezco de colon irritable y tengo escoliosis. De haber nacido en una de mis películas favoritas, Gattaca, sería un paria y sólo valdría para pasarle la mopa a los despachos de los genéticamente perfectos.
Comencemos por la cabeza. A falta de enfermedades mentales que mostrar en mi historial clínico (aunque hay cierta tendencia en el clan, por suerte no es muy acusada entre la familia directa), y si exceptuamos las inevitables caries, la miopía que hace que yo sólo sea yo si me añadís unas gafas (cinco dioptrías y pico por ojo son muchas, aunque paso de operarme), la alergia al polen de gramíneas y el polvo (que por suerte ha remitido desde que vivo en Barcelona: debe de ser la humedad) y algunas neurosis de las que soy consciente, y que sólo en muy contados casos me entorpecen el entendimiento y las habilidades sociales, no tengo nada especialmente grave. Vale, quitadme las gafas y haréis de mí un inválido. Pero, quitando eso, la cabeza es casi lo que mejor me funciona, así que imaginaos el resto…
Por no haber, ni siquiera hay marcas. Tengo pocas cicatrices que mostrar orgulloso: siempre fui un niño pacífico, retraído y, al estar todo el santo día metido en casa, no tuve ocasión de participar del rosario de raspones, costras, narices rotas y moratones que atesora todo infante inquieto que se precie. No salté la tapia de ningún convento para meterle mano a mi primera novieta. No viví al día, jugando a ser James Dean. Apenas me involucré en peleas callejeras ni me dejé partir los piños por un amigo. (Digo «apenas» porque de eso no me libré. Otro día lo cuento.) Tampoco tuve accidentes de bici, moto ni coche. (De hecho, no sé montar, pilotar ni conducir nada que tenga ruedas; ya volveré sobre este asunto.)
Dicen que a partir de cierta edad cada uno tiene la cara que se ha ido buscando. En mi caso es cierto: regordete, con un aire juvenil y sin grandes erosiones. Hay pocas heridas y cicatrices y, si las hay, están ocultas bajo una ceja o el cabello. No recuerdo cómo me hice la segunda. La primera, sí: jugando (solo, como casi siempre) en el parquecillo situado entre las calles Príncipe de Vergara (entonces, todavía General Mola) y Juan Bravo, enfrente de donde ahora está Crisol. Yo estaba arrojando un gorrito (o un verdugo, no recuerdo) y lo recogía al vuelo una y otra vez. Como soy algo patosillo, me comí una papelera y hubo que llevarme al Equipo Quirúrgico de la calle Montesa (donde estaba abonado mi hermano Pablo, hasta tal punto que tuvieron que pedirle de buenas maneras que dejara de ir por ahí en una temporada). Sólo tuve una gota de sangre y sólo me dieron un punto de sutura; pero, si uno se fija bien cuando me mira, aquella papelera me partió la ceja, como si fuera un cortafuegos para el sudor. Más o menos por aquella época, Pablo se abrió la cabeza al caérsele encima el escaparate de un comercio cercano. Fue una exageración, no se mató de milagro, tuvo que soportar cómo algunos transeúntes lo esquivaban, se negaban a auxiliarlo o le reprochaban que estuviera ensuciando la calle, y además yo estaba en la otra punta de la casa, jugando con mis soldaditos mientras él llamaba y llamaba, y tardé mucho en decidirme a abrir la puerta. Tuvieron que darle muchos puntos de sutura por toda la cabeza, y yo estaba que me cagaba de miedo porque a lo peor mi hermano se moría desangrado, y todo sería por mi culpa, por no haber sido capaz de parar un juego con los soldaditos, por haber sido tan egoísta como para no asistir a un moribundo. Al final no fue para tanto, pero la verdad es que aquello impresionaba.
Unos días después, paseando con mi madre, vi el escaparate del comercio donde Pablo se había descalabrado: en lugar del vidrio había un tablón de madera. Después nos fuimos al parque donde me había roto la ceja. Habían retirado la papelera responsable de mi accidente. Si Pablo se había comido el escaparate y en su lugar habían puesto aquel tablón de madera provisional, hasta que volvieran a instalar el vidrio, ¿qué tenía de raro pensar que el ayuntamiento había tenido que retirar la papelera con la que me había chocado hasta que llegara una de repuesto? Tal vez se tratara de una medida punitiva contra la papelera, para asegurarse de que no le iba a volver a causar ningún desperfecto estético a ningún otro niño del barrio; como cuando sacrifican al rotweiller que salta la valla del chalet de lujo en el que vive, agrede a un pacífico pensionista cuyo único delito era esperar el autobús para ir al ambulatorio a que le recetaran más pastillas para la hipertensión y lo convierte en protagonista involuntario de las secciones de sucesos de la prensa local durante toda la semana. O acaso la pobre papelera fuera sacrificada al quedar deformada por el impacto de mi cráneo, como un pura sangre ganador que se hubiera roto la pata en el último suspiro de la carrera más importante de su vida, triste colofón a una trayectoria intachable de triunfos y alegrías; o como el viejo policía de las películas de acción, generalmente un tipo de color que sirve de contrapunto al madero violento o guaperas (o ambas cosas), que el mismo día que, después de cuarenta años de servicios, se va a jubilar y retirar al campo con su señora para vivir al fin su vida y plantar coliflores, pero acepta, por puro sentido del deber o por motivos personales, participar en una misión rutinaria que se va enredando y enredando y al final, mira tú la tontería, termina diñándola en la antepenúltima escena, también es mala pata, tú. La familia Santiago iba por el mundo practicándole la eutanasia al mobiliario urbano. Y yo, una vez se me hubieron pasado el sofocón y los remordimientos, reanudé mi vida, aunque volví poco por aquel parque, como si no le perdonase el haberme dejado media ceja entre sus lindes. Regresé a mi parque favorito, el de Eva Duarte de Perón (la Perona, lo llamábamos), que estaba más cerca de casa, aún no era pasto del botellón y las drogas y además el área de juegos era mayor y las papeleras no eran tan agresivas; al menos, no lo eran conmigo.
Ni se me ocurrió pensar que a lo mejor habían retirado la papelera porque por aquel entonces estaban cambiando el mobiliario urbano.
(PD. A todo esto, tanto despelotarme para al final no enseñar más que la cabeza... Bueno, la pornografía tiene estas cosas y está llena de desnudos gratuitos.)

12 Comments:

Blogger Alfredo Álamo said...

Friki, gordito, con gafas y camiseta negra ;). Dios, si no fuera por la barba me estaría mirando en un espejo... :P

29 de diciembre de 2005, 12:07  
Blogger Javier Esteban Gayo said...

yo, si no fuera por lo de friki, también :D

Y oye, este ha sido buenísimo. Nos estás empezando a dejar mal a los de los otros blogs. Recibirás una visita de los chicos del Sindicato ¬¬

29 de diciembre de 2005, 13:35  
Anonymous Kotinussa said...

Por el (I) del título del post deduzco que el striptease continuará mañana. Aquí estaré.

29 de diciembre de 2005, 22:55  
Anonymous Pily B. said...

Lo de que eras un pupas lo sabía, porque hemos hablado cienes y cienes de veces tanto de tus pupas como de las mías. Ahora, eso sí, lo de la alergia al polvo... no lo pillo. ¿Lo pillas tú? XDDDD

PD: Ha molao esa primera parte, sí señor.

29 de diciembre de 2005, 22:56  
Blogger Maladriel said...

jajaja

el Eva Perón no está tan lleno de drogas como parece... bueno, cuando no estamos mis colegas y yo, quiero decir.

sigue, sigue desnudándote, que llevo las gafas puestas...

29 de diciembre de 2005, 23:33  
Anonymous Rous said...

Jajajajaja vamos que cuando esta en medio del "extasis orgasmico"...me has dejado en lo mejor..En fin tendré que esperar a las segundas partes.Ummmmmmm sugerente que va a ser este striptease emocional!!!.Rous

30 de diciembre de 2005, 0:37  
Blogger Rox said...

mucha ropa! mucha ropa!!


saludos :)

30 de diciembre de 2005, 11:46  
Blogger Noe_Izumi said...

Enfermedades mentales, yo todas XDDDD

Rinitis... tendencia a infecciones urinarias... y eso que estuve 10 años sin pisar un médico, malditos veinte años, los cumples y el organismo se rebela xDDDD

Por cierto, que me encanta el título :)


(Lady Gibberne)

30 de diciembre de 2005, 12:55  
Blogger Álex Vidal said...

Oye, pues vuestras maquinarias han de estar defectuosas. Yo, con 33, lo único que sufro es un ligero sobrepeso (culpa mía) y una cerificación exagerada :)

Igual es que soy un cylon y aún no lo sé... XD

30 de diciembre de 2005, 13:21  
Blogger Juanma said...

Alfredo: Pues sí, ya sabes: los frikis gorditos con gafas y camiseta negra somos así. Lo de la barba o perilla, le haré caso a Fernando Ángel: le exigiré a Gigamesh que me la esponsorice. ;)

Javier: Anda que eres exagerao. Supongo que la cosa se animará según vaya avanzando el estriptís.

Kotinussa: Ya terminaré el estriptís, tranquila. Pero es que soy muy pudorosooo y, como todo en esta vida, voy poquito a poco.
:-P

Pily: Me alegra que te haya gustao. Pos sí, soy alérgico al polvo (sin segundas lecturas, ¿eh?). :-P

31 de diciembre de 2005, 14:27  
Blogger Juanma said...

Maladriel: Uy, la Perona estaba muy mal por aquel entonces. Claro, eran los años del Torete y el Vaquilla, los conciertos de Burning en las fiestas de San Isidro y, bueno, al menos un amigo de mis hermanos se quedó allí mismo, literalmente. Ahora paso poco porque estoy viviendo en Barcelona, pero está mucho más domesticado, el polideportivo ya no es de arena, han chapado la piscina, donde había juegos infantiles ahora hay pistas de petanca para los viejecitos y ya no sé si se hace botellón.

31 de diciembre de 2005, 14:32  
Blogger Juanma said...

Rous: Vaya, acabo de hacer un coitus interruptus emocional. XDDDD

Rox: ¿Qué onda? Qué alegría verte por aquí. :-)

Noe: Sí, el título del blog fue antes que el blog. Todos somos una pequeña colección de achaques, pero como se suele decir, ahí andamos, con nuestra mala salud de hierro. Mientras vayamos bien de las cosas importantes de salud...

Álex: Pa mí que va a ser eso, que eres un cylon. ;-P

31 de diciembre de 2005, 14:36  

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