lunes, 19 de febrero de 2007

Heridas y cicatrices (III): Hasta las narices

Hay heridas y cicatrices que no se ven. Algunas van por dentro y lo torturan a uno; se llaman traumas. Hoy no hablaremos de esas. Ni de las heridas y cicatrices internas, fallos en algún órgano o secuelas de operaciones. Hay heridas y cicatrices que no se ven, y que no pertenecen al ámbito externo ni al interno, sino a la zona de contacto entre el uno y el otro. En rigor, no son heridas ni cicatrices, pero son dolencias, y nos hablan del conflicto entre el cuerpo y todo aquello que entra en contacto con él.
Las alergias son un mecanismo de defensa del organismo frente a una invasión que su sistema inmunitario interpreta como agresiva, lo sea o no. Un agente alergeno te entra por la nariz y, a continuación, tus defensas saltan. Produces anticuerpos, los chicos duros y rencorosos del barrio, dotados de una memoria genética prodigiosa. Los mastocitos producen histaminas y todos sus efectos secuntarios: un estornudo o una roncha. Entras en estado de guerra con el exterior, de una manera harto injustificada, pues no había casus belli. Y la lista de sustancias que te hacen reaccionar se amplía.
Estás en conflicto con el mundo entero, por culpa de un concepto demasiado estricto de autodefensa.
Parece una metáfora, pero no lo es. Tus defensas te retratan a la perfección, y se comportan de una manera mucho más consecuente que tus neuronas: saben por qué se están aislando, y tu parte consciente no.
En mi caso, las alergias empezaron a los trece años. Yo era un chaval tímido patológico. Mi infancia no había sido especialmente lucida, pero mi primera adolescencia fue un verdadero coñazo. Cierto, mis compañeros de clase me apreciaban mucho, pero me costaba hacer amistades: Javi Ullán, David Sánchez Reyero, Pablo Turiel y pocos más. No hablaba con chicas, porque no podía ni mirarlas a los ojos: tan tímido era. El colegio era estrictamente masculino, de modo que entre los seis y los dieciseis años no socialicé con chicas: sólo con mi vecina Victoria, hermana de mi vecino y amigo Antoñito, y casi ninguna más. Mi madre se las veía y se las deseaba para que trabara conversación con alguna chica, e incluso me llegaron a buscar una amiga. Se llamaba Laura, y era hispanouruguaya, hija de los propietarios del bar de al lado de la tienda de lanas de mi tía Mari. (No busquéis el bar: ahora es una chocolatería Valor.) Era guapísima, y desde luego aparentaba quince o dieciseis años, no los doce que tenía. Yo le sacaba uno o dos años.
No funcionó. Yo estaba veraneando con mi tía Mari en su apartamento del Parque de La Coruña, en Villalba. (Unos veranos me iba con ella; otros, con mi tia Loli, a Segur de Calafell.) La urbanización era de lo más espantoso, toda bloques, aunque las agrupaciones de dos, tres o cuatro bloques tenían un jardín interior con piscina que la hacían agradable.
Uno de mis pasatiempos favoritos consistía en mirar con los prismáticos con que se entretenía mi abuela cuando no estaba haciendo ganchillo como loca. Aún se conservaba bien (si acaso, un poco sorda), y no había padecido la serie casi interminable de caídas, fracturas, operaciones e infartos que le amargaron los últimos años de existencia, y de camino socavaron su salud mental hasta convertirla en una vieja chocha. Era el último o penúltimo verano en que estaba en plenitud de facultades. Pero tampoco estaba para muchas alegrias, porque rondaba los ochenta y cinco años (al morir su prima, de su misma edad, y empezar los papeleos, descubriríamos que eran ochenta y seis: ambas se habían quitado siempre un año), y no bajaba al jardín; en lugar de ello, mi tía Mari le había regalado unos prismáticos, con los que observaba nuestras evoluciones en la piscina (la progresiva toma de confianza con Laura, a quien llegué a mirar a los ojos durante una tarde en que no paré de hacer gansadas con ella) o en las calles adyacentes (en las que recuperaba mi apatía y mi timidez patológica cuando paseaba con ella). También lo utilizaba para ver la puesta del sol, sobre el valle de los Caídos. O para contemplar algunas de las espectaculares tormentas veraniegas cuyos relámpagos hendían el cielo nocturno de la sierra hasta convertirlo en un día brillante.
Mi otro pasatiempos, cómo no, era ir a mi puta bola. El apartamento tenía un dúplex, al que subía a leer, escribir o dibujar. Allí estaba solo. Allí me refugié cuando Laura se fue: era demasiado tímido hasta para bajar a darle dos besos de despedida y quedar con ella en Madrid. De todos modos, aún la vi una vez más, en el colegio de la Inmaculada, porque resultó que era amiga de Antoñito, jugaban juntos al baloncesto y coincidimos una vez que él, también un poquito harto de mi asocialidad, intentó mezclarme con su gente. No anoté ni una, de un balonazo se me desvió una falange del dedo corazón de la mano derecha y ni se me pasó por la cabeza ponerme calzado deportivo, de modo que me rompí un zapato y tuve que regresar cojeando a casa.
Así pues, el resto del verano en Villalba lo pasé en soledad. Algún libro de Agatha Christie (El caso de los anónimos), ojeadas con los prismáticos, charlas con mi abuela, tardes enteras en el dúplex y arañazos de Mimi.
Mimi era la gata de mi tía Mari. Blanca y negra. Se la encontraron mi primo Fernando y mi hermano Pablo en una papelera; tendría una o dos semanas de edad. Lo primero que hizo fue darle un bufido a Pablo y arañarlo. Se la quedó Fernando. Siempre fue una gata malcarada y estúpida. Te bufaba en cuanto le ponías el ojo encima, ni siquiera se dejaba tocar por mi abuela (que siempre había tenido gatos en sus casas de Cabra), sólo comía merluza cocida y, por citar alguna virtud, se daba una maña acojonante para cazar moscas al vuelo. Vivió doce o trece años, y nunca dejó de ser una borde, ni siquiera en sus últimos momentos, antes de que su enfermedad (un cáncer de hígado) obligara a sacrificarla.
Mimi saltaba a la terraza de la casa de al lado y se perdía; yo esperaba, de una manera oculta y un tanto cabrona, que se despeñara por la terraza, porque eran tres pisos y la caída era suficiente como para comprobar si era verdad eso de que los gatos caían de pie.
Cuando estábamos juntos y me intentaba acercar a ella, lo único que conseguía eran bufidos y arañazos.
Aquel verano lo pasé fatal. No podía dormir. Me pasaba las noches congestionado y sin poder respirar, en un estornudo continuo. Mi madre me había regalado un pañuelo, pero antes de poder conciliar el sueño ya estaba inundado e impracticable. Ni siquiera Agatha Christie me podía hacer conciliar el sueño. Como siempre he sido un poquitín aprensivo, me daba por pensar que los tapones en las narices serían crónicos y me asfixiaría y moriría irremisiblemente.
Llegué a pasar alguna que otra noche en blanco. Daba igual lo que hiciera: si no tenía las narices taponadas, no paraba de chorrear un líquido transparente y abundante que ni siquiera era moco: parecía suero.
Creo que no regresé a Villalba; algún fin de semana, y poco más. Después, mi tía vendió el apartamento.
Puestas así las cosas, en cuanto terminaron las vacaciones mi madre me llevó al Hospital del Aire. Al servicio de Alergología. Y me hicieron las pruebas.
Las pruebas de alergia son curiosas de ver, aunque no tanto de vivir. Primero te practican pequeñas incisiones en los brazos con unas cuchillas desechables; luego, inundan esas incisiones con pequeñas gotitas con las sustancias básicas. En algunos casos ya te cagas directamente en la madre de alergólogo, la enfermera y quien se tercie: pica, pica mucho. A continuación puedes ver cómo se forman algunas ronchas, aunque no puedes determinar si son las que más te pican, porque el brazo entero escupe fuego y dolor sordo. Cuando las ronchas ya no crecen más, te recubren los brazos con un esparadrapo transparente. Luego, dibujan el contorno de las ronchas con rotulador.
La calcomanía resultante de mi primera prueba parecía el tatuaje del prota de Prison Break.
Las pruebas determinaron que era alérgico a los pólenes de gramíneas, a los ácaros y a los gatos. Villalba era una trampa lobera, en ese aspecto: me pasé un verano respirando pólenes de gramíneas en suspensión, en un dúplex lleno de polvo y junto a una gata que seguro que me estaba lanzando agentes alergenos a mala hostia y con totales premeditación y alevosía.
El tratamiento fue variando con los años, pero consistía en antihistamínicos y, cuando la cosa se agravaba, nebulizadores. Algunos años me recetaron una vacuna, que me administraba mi madre: como había pasado consulta junto a mi padre, tenía nociones básicas de algunos asuntos relacionados con la medicina y la enfermería. Si no, nos íbamos al practicante, que tenía la consulta en la calle Príncipe de Asturias, junto a la comisaría.
Mi madre me pinchaba bien, aunque lógicamente se ponía nerviosa, porque estaba pinchando a su hijo. Al ser una inyección subcutánea, no tenía los problemas derivados de las intravenosas, pero siempre cabía la posibilidad de que traspasara un capilar, y entonces todo se podría complicar.
Nunca hubo problemas.
Un par de años se me pasó la vacuna. Daba igual: el año que iba jodido, iba jodido de veras; y el que la cosa iba suave, iba suave me vacunara o no.
Así pues, llegó un momento en que regresé a la consulta, y el alergólogo me dijo que ya no me iba a prescribir más vacunas:
-Has conseguido inutilizarlas, poniéndotelas un año sí y otro no. Han dejado de hacerte efecto.
De modo que pasé al nebulizador y el antihistamínico. Y los klínex, claro.
Y esa extraña sensación que nos acompaña a los alérgicos: puedes pasarte una primavera entera moqueando y estornudando, sin llegar a saber si has agarrado un trancazo del quince, o si tienes un ataque de alergia, o ambas cosas. Te da igual, porque ni los antihistamínicos ni los paracetamoles te hacen efecto. De modo que todo lo que puedes hacer es esperar a que la crisis pase y vuelvas a respirar con total normalidad.
Los años pasaron, me vine a vivir a Barcelona y, como por arte de magia, la alergia remitió. Supongo que el mar tiene mucho que ver, o que ya había tenido un conflicto verdaderamente serio con mi sistema inmunitario, en forma de linfoma, y mis defensas habían aprendido la lección y a partir de aquella enfermedad sólo se preocupaban por cosas realmente serias. No lo sé. El caso es que en Barcelona apenas paso tres o cuatro días malos al año, y me imagino que todo es cuestión de tiempo, que con los años iré desarrollando reacciones alérgicas a plantas autóctonas como los plataneros. O a lo mejor la humedad ha obrado el milagro. Sé que sigo siendo alérgico, porque algún año he regresado a Madrid a finales de mayo o primeros de junio y me he echado a morir. Pero mi nariz y mi piel están mucho mejor. Y mis heridas y mis cicatrices, mis guerras externas e internas, son otras.

21 Comments:

Blogger Cristina López said...

transparente y abundante que ni siquiera era moco: parecía suero.

Es el efecto conocido como 'hocico de perrín abandonau'.

Las cicatrices externas hay que llevarlas con orgullo, Juamita. Las internas, ser capaces incluso de reírnos de ellas.

:*****

19 de febrero de 2007, 16:53  
Blogger Juanma said...

Yo no lo hubiera dicho mejor. :-D

¿Qué le pasa a mi hocico moqueante? ¿A que te pongo cara de gatito con botas? :-PPPP

:-********

19 de febrero de 2007, 16:54  
Anonymous rudy said...

"Hocico de perrín abandonau".

Si hubieras dicho "morru de perrín abandonau" me habría parecido tremendamente asturinao.

19 de febrero de 2007, 17:46  
Anonymous rudy said...

"Hocico de perrín abandonau".

Si hubieras dicho "morru de perrín abandonau" me habría parecido tremendamente asturiano.

19 de febrero de 2007, 17:46  
Blogger Cristina López said...

"morru de perrín abandonau"

Aaah, me faltaba el dato de 'morru'. Lo decía una abogada de mi curro, que era todo dulzura, asturiana ella, y se me quedó...

(Esto es pornografía orial contagiosa, ¿no Juanma?)

19 de febrero de 2007, 17:54  
Blogger Juanma said...

Ah, creí que era alguna conexión oculta entre Gijón y Girona... más allá de que haya gijoneses que van a matricular sus coches a Girona, por aquello de que las matrículas no tengan esa incómoda "O" de Oviedo.

Pues sí, el acento asturiano es muy contagioso. :-)))

:-*****

19 de febrero de 2007, 17:56  
Anonymous McKenan said...

Vale, osea que me tendría que ir a Madrid para que desapareciera mi alergia a las gramíneas y a los ácaros del polen (como tú). Yo en vez de a los gatos tengo un poco de alergia a los crustáceos, exacto: cuando como marisco me pica la lengua. Y también un poco a según que vinos, pero no lo suficiente como para dejar de tomarlos, :-P

Pues sí que va a resultar que eres un poco hipocondríaco, eh. También en mi primera adolescencia me hicieron esas mismas pruebas, pero no las recuerdo con ese tinte tan trágico. He incluso estuve 4 o 5 años vacunándome cada 15 días. Me sirivió para perderle el miedo a las inyecciones.

Un saludo,

¿Comemos un día?

19 de febrero de 2007, 22:41  
Blogger Batz said...

Cuando tenía como 9 años me llevaron al otorrino por razones parecidas, tenía mocos non stop. El médico nos dijo que era alergica a los perros, y al polvo, que tendría mi mamá que deshacerse de las mascotas y yo de mis muñecos de peluche. Hicimos un pacto entre nosotras, mi mamá nunca se deshizo de sus perros, yo no me deshice de mis muñecos y jamás volví a quejarme enfrente de mi padre de mis mocos... jaja

A ver de las otras heridas ??

20 de febrero de 2007, 0:57  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Asistimos con placer a otro emocionante episodio de "Memorias de un friki de mierda" (con perdón, Juanma, tú ya me entiendes).

Estas cosas (estos veranos, partidos de baloncesto y lecturas varias) son las que hacen que un ser humano vulgaris llegue a convertirse en todo un friki. Ay.

¡Más entradas como esta! ¡Queremos más! (¡Quiero más!). Y luego cortas y pegas para convertirlo en novela...

;-)

20 de febrero de 2007, 8:50  
Anonymous andrés said...

Yo fui un niño enfermizo. Me sentía darwinianamente culpable. Tenía la sensación de que vivía en una continua "respiración asistida". Que de seguir el curso de la selección natural, me hubiera quedado en algún repecho del camino. De mayor quería ser médico. Y gracias a esto llegué a soportar e incluso disfrutar las largas horas que me pasé en los hospitales. En especial en San Juan de Dios (donde me dieron la vida, y me la mantuvieron).
La sala de espera de Urgencias, las máquinas de café, los pasillos, el kiosko de la cafetería con sus muñequitos...todo con una marcada decoración setentera...
Sufría de asma, debido a la alergia, a los ácaros, al "polvo" (palabra que intentaba evitar por las coñas que suscitaba).
Yo también me estuve vacunando. Unos vacunas carísimas que me puse mensualmente durante varios años.
También probé la acupuntura. Un tal Doctor Barrot que creo que ya murió. El día de la primera visita yo llevaba un jersey rojo con el dibujo de un aviador y una frase :"spirit of Sant Louis". El doctor Barrot me explicó la historia del intrépido aviador, mientras yo miraba curioso los dibujos de anatomía china que había en las paredes.
Y mis padres iban dejándose el dinero y el tiempo en medicinas tradicionales y alternativas, en vacunas, medicamentos, visitas concertadas, visitas de urgencias (en los inviernos, en plena noche, era habitual salir corriendo al hospital para someterme a un tratamiento de mascarilla (ventolín).

el resumen, Juanma. Es que sigo padeciendo esa alergia. Se me corta la respiración cuendo hojeo algún libro antiguo o estoy en un lugar con humo o sucio.

Pero desde que me fui de casa, dejé de medicarme, dejé de vivir en un ambiente tan pulcro ( mi abnegada madre, comprando sábanas y fundas antialérgicas y siempre con la aspiradora como una extensión más de su brazo),
y respiro mucho mejor. No he vuelto a tener crisis y puedo llevar una vida de lo más normal.

Creo que muchas alergias y enfermedades son consecuencia de desequilibrios psicológicos : eso que comentas de la timidez y de la asociabilidad... dejé de ser un niño enfermizo cuando dejé de ser un niño obligadamente solitario.

en que modo algunas cosas son causas o consecuencias no lo sé...

pero sí creo que cuerpo y mente están ligados

20 de febrero de 2007, 12:26  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Eres un superviviente, masho. Pero es que juegas con ventaja:¡mala hierba nunca muere! ;-)

20 de febrero de 2007, 14:36  
Blogger Juanma said...

Rudy: Pues el caso es que Cristina lo dice con cierto acentín asturiano... Igual es asturiana y no lo sabe. :-D

Abrazotes.

20 de febrero de 2007, 16:48  
Blogger Juanma said...

McKennan: Pues sí, un poquitín hipocondríaco sí que soy; pero es parte de mi encanto: si no lo fuera, ni se me habría ocurrido somatizar escribiendo este apartado del blog. :-)

En realidad es como dices: las pruebas no son tan terribles, lo único que pasa es que te puedes sugestionar mucho, y volvemos a lo de la hipocondría.

Putadón lo de ser alérgico a algo que te guste...

Claro que nos vemos, cuando quieras.

Abrazotes.

20 de febrero de 2007, 16:53  
Blogger Juanma said...

Batz: XDDDDDD Eso sí que es un pacto, sí señora. Me descubro ante ti. XDDD

Ya hablaré de otras heridas y cicatrices. Hay para dar y tomar. Así, a bote pronto: escoliosis, miopía, pies planos, linfoma, trombosis...

Besos. :-***

20 de febrero de 2007, 16:56  
Blogger Juanma said...

Anónima: Claro que te entiendo, mujer.

Lo de copiar y pegar para hacer un libro... ¡No me des ideas!

XDDDD

:-****

20 de febrero de 2007, 16:58  
Blogger Juanma said...

Andrés: Escribes poquito por aquí, pero cuando lo haces me emocionas de verdad.

Creo que muchas alergias y enfermedades son consecuencia de desequilibrios psicológicos : eso que comentas de la timidez y de la asociabilidad... dejé de ser un niño enfermizo cuando dejé de ser un niño obligadamente solitario.

Jamás lo hubiera expresado mejor. Somos enfermizos porque somatizamos, sobre todo en asuntos de defensas, y somos nosotros quienes (salvo cuestiones genéticas) decidimos si levantamos la prohibición y le permitimos el paso al mundo exterior, ya sea un pólen o una persona. Sí que hay relación entre salud y mente.

Abrazos enormes.

20 de febrero de 2007, 17:03  
Blogger Juanma said...

Manu: ¡Eso, tú divulga mi secreto!

XDDDDDDD

Abrazotes.

20 de febrero de 2007, 17:03  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

Oshe, lo de copiar-y-pegar lo han utilizados autores de renombre, como AR y otros más.

Que ejtaba yo pensando (mira que manías más tontas tengo yo a veces) que te hagas del Barça. Aunque solo sea por cercanía ;-) Seguro que te encontrarás mejor.

20 de febrero de 2007, 20:32  
Anonymous Yolanda said...

Estoy con anónima, yo también quiero más entradas com ésta!

Y lo de la anterior, deja, deja, que lo hice fatal... :-)

Ala, a seguir inspirao! :-*

20 de febrero de 2007, 22:15  
Blogger Juanma said...

Manu: ¡Del Barça, nunca! ¡Indio hasta la médula! :-PPPP

22 de febrero de 2007, 14:53  
Blogger Juanma said...

Yolanda: Se hará lo que se pueda, se hará lo que se pueda. :-)))

:-****

22 de febrero de 2007, 14:53  

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