miércoles, 7 de febrero de 2007

Stanislaw Lem, quintacolumnista


En efecto, Stanislaw Lem fue partisano en su juventud. Era la época de la ocupación nazi, y lo cuenta en algún ensayo autobiográfico, aunque no en El castillo alto, el libro que comento esta semana en la actualización de La Quinta Columna, mi sección fija de la página Bibliópolis sobre obras no fantásticas escritas por autores a los que asociamos con la literatura fantástica.
El castillo alto es una autobiografía del Stanislaw Lem niño y adolescente, y seguro que maravilla a los lectores y no lectores del autor polaco. Con su precisión de científico, Lem intenta diseccionar a un niño y se encuentra pidiéndole perdón y reconociendo que está maltratando su memoria, y que ésta no tiene por qué ser fiable. ¿Se ha escrito alguna confesión implícita tan sincera como esta de la escasa fiabilidad de las autobiografías? Pocas, al menos que yo haya leído.
Sin ánimo de restarle lectores a Bibliópolis, copio y pego los primeros párrafos de la reseña.
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El castilo alto
Stanislaw Lem
Trad. Andrzej Kovalski
Ed. El Funambulista, col. Literadura
218 págs., 16,00 €

Memorias (de un pequeño monstruo) encontradas en un baúl

¿Hasta qué punto es fiable la propia memoria? ¿Somos esclavos de nuestros recuerdos o de la imagen que tenemos de los mismos? ¿En qué medida es irresoluble el conflicto eterno entre la memoria del autobiógrafo y las pretensiones artísticas y literarias del escritor, cuando el uno y el otro son la misma persona? ¿Tenemos derecho a hurgar en la memoria de quien fuimos, desde la posición preminente del que somos?
En El castillo alto, Stanislaw Lem trata de plantear, más que de resolver, todas estas preguntas. No es una autobiografía al uso, porque Lem no fue un escritor al uso. Incluso le pide perdón al niño que fue, por robar su memoria de manera impune:

Desearía dejar hablar al niño, retroceder sin llegar a interferir, pero en vez de eso lo exploto, le robo, le vació los bolsillos, sus notas, sus dibujos, para mostrar a los adultos qué promesas cumplió y cómo incluso sus defectos fueron virtudes en estado embrionario. (…) No jugué limpio. A un niño no se le trata así.
(Pág. 12.)
Stanislaw Lem, el autor racionalista por antonomasia, afronta su infancia y juventud, desde los seis hasta los dieciocho años, como quien experimenta con un ratoncillo de laboratorio, como si estuviera narrando las peripecias de un extraño. Al igual que los seres surgidos de la mente de los inquilinos de la estación espacial de Solaris, Lem parece tratar a su otro yo infantil como si no hubiera llegado a existir: un ser de carne y hueso, pero sin alma, sin derecho a vivir ni morir, a quien ridiculizar en sus manías (excepto cuando estas manías devienen en virtudes, como él mismo indica en el texto citado más arriba), a quien satirizar en sus comportamientos. Lem se trata a sí mismo como el personaje de una de sus novelas o relatos satíricos. Podría morar en alguno de los extraños planetas en los que recala el intrépido Ijon Tichy, o ser uno de los robots secundarios de Ciberíada.
¿Por qué reniega Lem de su infancia, para a continuación maltratarse y dedicarse todo un libro autobiográfico? Tal vez se trate de una catarsis, o de un ajuste de cuentas; en todo caso, el propio Lem no parece muy dispuesto a analizarse en términos freudianos. Ni siquiera se deja seducir por la tentación de los pequeños objetos que ayuden a evocar épocas enteras, a la manera de Marcel Proust:

Intentaba leer a Proust pero no podía, y tampoco lograba salir con chicas.
(Pág. 109.)

Sin ánimo de psicoanalizar a Lem, la lectura de El castillo alto nos habla de un autor que se siente completamente extrañado por su otro yo infantil: como ya hemos dicho, a la manera de un habitante de la estación espacial de Solaris ante su visitante, si éste fuera él mismo.

La autobiografía de Norbert Wiener arranca así: “Yo fui un niño prodigio”. Yo debería decir: “Yo fui un monstruo”.
(Pág. 47.)

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El resto de la reseña, por supuesto, lo podéis seguir leyendo en la Quinta Columna. Es un libro muy recomendable.

7 Comments:

Blogger Instantón said...

Hola.
Estoy bastante de acuerdo con lo que dices en la reseña. Cuando terminé de leerlo me dí cuenta de que en realidad no se trata de una autobiografía, sino un ensayo puro y duro, del mismo estilo que los demás, a los "falsos" me refiero. Pero un ensayo construido empleando una exposición de experiencias propias. ¡Por estas cosas Lem es mi escritor preferido!.

Hay una cosa de la reseña que me parece muy interesante, y es la mención del azar, citando a la que hace Lem al final del libro. Yo no veo tanto que se refiera tanto al azar como motor de las cosas, sino a la idea de que a partir de un azar esencial de fondo surge el orden y lo determinado como resultado de la acción de grandes números.

Magnífica reseña. Ya sé que es pedir mucho, pero no vendría mal alguna otra reseña de Lem, por ejemplo de "Provocación" en la sección de Bibliópolis. Menudo quintacolumnista estaba hecho el tío ;).

Saludos.

7 de febrero de 2007, 22:26  
Blogger Juanma said...

¡Gracias por los piropos!
:-)))

Si, Lem hace cosas extrañas en esta autobiografía... o lo que sea.

Me encanta tu reflexión sobre el azar y la necesidad, y, ahora que la leo, me parece más acertada que la de mi columna.

La reseña de Provocación la tengo apalabrada desde hace casi un año para otra página, así que terminará apareciendo. Me impone mucho respeto. Gran libro.

Abrazos.

8 de febrero de 2007, 16:34  
Blogger Instantón said...

Lo es, lo es. Es una pena que no se hable mucho sobre él, es una lectura muy recomendable.

8 de febrero de 2007, 22:50  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Juanma, sólo comentar que le han pasado cosas raras a tus enlaces de abajo (a mí al menos me aparecen los acentos como símbolos raros). También el enlace de Juanmi Aguilera no "funciona".

Lo importante: Tu artículo/ reseña/ comentario en bibliópolis es brillante. Bri-llan-te.

:-P

9 de febrero de 2007, 12:22  
Blogger Cristina López said...

Anónima, ha sido por pasarnos a Beta. Miraremos de arreglarlo en breve. Lo de Juanmi ahora lo miro...

9 de febrero de 2007, 13:03  
Blogger xmariachi said...

Odio las gafas de pasta.

10 de septiembre de 2009, 13:38  
Blogger Juanma said...

Es un buen principio. Si, además, te gusta Stanislaw Lem, lo petas directamente. :-)

10 de septiembre de 2009, 13:44  

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