martes, 31 de enero de 2006

Heridas y cicatrices: La caña de España

El otro día hice un strip-tease emocional y me despeloté, aunque al final sólo hablé de una herida que me hice en la ceja... Al fin y al cabo, desnudarse pa ná es pornografía gratuita.
Hoy voy a enseñar cacha. Voy a hablar de mi muslo derecho y la cicatriz que lo debería adornar. Digo «debería» porque me tiene desconcertado: durante toda la infancia estuvo bien visible, pero al llegar la adolescencia y cubrirse de pelos aquella parte de mi anatomía, poco a poco empezó a hacerse notar por omisión. Me duchaba o miraba para, acto seguido, preguntarme: «¿Ande coño está la cicatriz? ¿No quedamos en que una cicatriz dura toda la vida?». Pues el caso es que no.
O sí. Si se fuerza mucho la vista, la cicatriz de marras se puede distinguir; pero no es fácil. Empero, allí sigue. Esta mañana me la he visto mientras me secaba, pero hacía tiempo que no la veía. (También es cierto que me la estaba buscando.)
La historia se remonta a uno de mis veraneos en Nerja, un par de años antes de dejarme media ceja contra una papelera.
Como mi padre no andaba por casa, y de hecho terminó largándose cuando yo tenía nueve años, nos íbamos de vacaciones por nuestra cuenta, mi madre, los cuatro hermanos y mi abuela, que acababa de enviudar.
Durante tres años, desde 1976 hasta 1978, escogimos Nerja como lugar de veraneo. En 1979 y 1980 fuimos a Motril; en 1980, a Torremolinos. En 1981 empecé a alternar los campamentos de verano con los veraneos en la casa de playa de mi tía en Segur de Calafell.
Pero esta historia se desarrolla en Nerja. No sabría decir durante qué verano ocurrió, si el del 76 o el 77. Ya se me ha olvidado. Supongo que el de 1977: en 1976 se murió la cantante Cecilia y hacía un frío que pelaba (teníamos que taparnos con toallas, porque las mantas no alcanzaban para todos), y en 1978 se acababa de morir Pablo VI.
Todo esto sucedió antes de Verano azul. Nadie podía concebir las existencias de Tito y el Piraña, Pancho y Javi, el Chanquete y Julia.
Mis padres tenían una amiga que veraneaba allí y nos buscó un emplazamiento agradable, la casita del guarda de una finca llamada Villa Carmen, ubicada junto a la playa del Salón.
Era un lugar idílico. La finca era enorme. Había que franquear un pesado portalón de madera. A mano derecha estaba la casita del guarda, donde nos instalábamos los seis, más alguna visita ocasional (algún amigo de mis hermanos). Era una construcción de un solo piso y dos o tres dormitorios. A la izquierda del sendero de tierra que comunicaba con la casa de los dueños había un sembrado; detrás de la casita del guarda había otro. El labriego, Paco, era un borracho que se intentaba ligar a mi madre.
La dueña, Marina, era viuda, no sé si de militar o qué: yo era pequeñito y no alcanzaba a socializar hasta el extremo de conocerme todos los pormenores de su vida. La casa era espectacular, una edificación de dos y tres alturas, con tejado a dos aguas y una galería que algunos años después, frente a un ejemplar de la colección de novela negra de Planeta, habría de recordarme la primera vez que leí la descripción del cubil en que el general Sternwood recibía a Philip Marlowe en El sueño eterno. En uno de los laterales había unas escaleras exteriores que daban acceso a un par de habitaciones reconvertidas en mini apartamento. Allí veraneaban Titi, una hermana de mi tío Alonso, y algunos de sus hijos. Frente a aquella enorme casa, mirando a la puerta de acceso, había una ducha y una pileta en la que me gustaba perder las horas de la siesta, inmerso en la contemplación de una docena de peces de colores. Enormes peces de color naranja que, con su lento desplazarse por las aguas remansadas, me proporcionaban una especie de retiro zen con el que abstraerme del calor de la tarde.
Junto a aquella pileta no hacía ni pizca de calor, entre otras cosas porque estaba a la sombra de un pino centenario de unos veinte metros de altura, orgullo de la finca. Se podía ver desde el Balcón de Europa, aunque no desde el parador. Eso ya hubiera sido mucho pedir.
Un camino cada vez más estrecho, rodeado de hortensias y flores de azahar, daba acceso a una pequeña balconada desde la que se podía ver el Balcón de Europa, las sucesivas calas que desembocaban en la playa de Burriana y, más allá, Maro y los acantilados en que la Axarquía malagueña se despeñaba antes de convertirse en la provincia de Granada. Allí crecían las chumberas, y de vez en cuando arrancábamos algún higo chumbo y nos lo llevábamos a casa, para el postre. A nuestros pies, la playa del Salón, rocosa y recogida. En esa playa me encontré con una estrella de mar a la que adopté y subí a Villa Carmen. Era áspera al tacto, una roca que se movía. Como el animal comenzara a secarse y agostarse por más agua con que intentaba remojarlo, terminó lanzado por la balconada, más o menos contra las rocas en las que lo había encontrado. No sé si llegó al mar o se quedó por el camino, estrellado contra el farallón, y nunca mejor dicho lo de estrellado.
Aquel era mi universo. Un mundo rodeado por tapias, mar y roca. La tapia de la derecha, la que estaba junto a la casa del guarda, pertenecía a una urbanización, casi una fortaleza: era de acceso restringido, diríase exclusivo, y de vez en cuando el balón de fútbol acababa en sus confines y había que saltar la tapia o salir a la calle, entrar por el acceso principal y pedir permiso para recogerlo. Si el balconcillo de Villa Carmen miraba a la playa del Salón, el de la urbanización era el extremo oriental de la playa de la Torrecilla, donde solíamos ir a bañarnos.
Apenas me relacionaba con nadie. Iba con mi madre y mis hermanos a la playa, mientras mi abuela se quedaba en casa haciendo ganchillo o mirando por el balcón. Cuando volvíamos a casa se nos solía cruzar un alemán que apatrullaba el barrio en coche, mientras nos gritaba «Stop! Stop!». Nunca he sabido a qué venían aquellas voces, si era el segurata de la urbanización de al lado o en aquella barriada de Nerja vivíamos inmersos en una ucronía en plan Los niños del Brasil y yo sin enterarme; el caso era que sólo lo veíamos a mediodía. Por la tarde, pasada la hora de la siesta, salíamos a la calle y jugábamos. Una vez me empezó a perseguir un perro por toda la calle; yo salí gritando, echando el bofe, despavorido. Desde aquel momento, y hasta bien entrada la adolescencia, desarrollé un miedo cerval a los perros. Ya se me ha quitado. No es que los perros me vuelvan loco (sólo el bueno de Tugan), pero no sólo no me asustan sino que me suelo llevar bien con ellos.
Otra vez empezó a oler fatal en torno a un murete. El olor era cada vez más penetrante y nauseabundo. Estuvo así durante varios días, hasta que descubrieron un perro muerto.
Pero aquello no era lo habitual. La norma era pasarse la mañana en la playa de la Torrecilla (excepto alguna mañana que fuimos a Burriana, y de ahí en patinete a alguna cala de las inmediaciones, expuestos a que nos picasen las medusas), la hora de la siesta en el huerto, la tarde jugando en la calle (cuando no íbamos al Playazo) y el atardecer en el Balcón de Europa o el parador. Alguna noche nos llevaban al cine; en Nerja vi una de las primeras películas de ciencia ficción que recuerdo: Maxinger X contra los monstruos. Otras noches, mi madre me llevaba con mis tíos o con quien fuera (no, con mis hermanos no, que salían por su cuenta) de tascas y bares. Salíamos del Balcón de Europa y pasábamos por Calahonda y Carabeo. Si íbamos al parador, me encantaba revolcarme en el césped, recién mojado por los aspersores, y dejarme rodar pendiente abajo, casi hasta llegar a la barandilla, como si existiese el peligro de caerme a la playa de Burriana y consiguiera salvarme en el último instante. Me mareaba mucho, pero era divertido.
No había mucho más que hacer. Leer algún Don Miki, hojear el periódico, hablar con mi abuela, descubrir algún erizo en el huerto y mirar pececitos de color naranja en la pileta.
Tuve dos amigos. Uno era holandés, Dillon. Tenía uno o dos años más que yo. Un buen día se pegó a mis hermanos, pero era demasiado pequeño para seguirlos en sus correrías y me lo colocaron. Se venía al huerto, mirábamos los peces de color naranja e intentábamos entablar algún diálogo comprensible para ambos, sin demasiado éxito. Su padre era piloto de la KLM, su madre chapurreaba algo de castellano (motivo por el que no me importaba ir a su casa a merendar un vaso de leche) y tenía una hermana pequeña (cuatro años, a lo sumo), Sumitra, que siempre andaba desnuda por la casa, lo que a mí me chocaba bastante. Después de la cena se intentaba adosar al plan de mis hermanos, ellos lo rechazaban una vez más y se iba a jugar conmigo.
Otro amigo se llamaba Antonio y era de Nerja. Como decía, creo que nos veíamos el segundo verano que estuve en Nerja. Jugábamos en la calle o en el huerto, pero creo recordar que con él me aventuraba más por las inmediaciones de la Torrecilla.
Como buen niño solitario, siempre me inventaba juegos, y a veces se los intentaba imponer a los amigos, cuando los tenía. De modo que Antonio y yo jugábamos a ser espadachines. Yo retransmitía en directo los combates, igual que hacía con el fútbol (cuando tenía con quién jugar): jugaba, solo o con quien fuera, pero declamando a grito pelado los lances del duelo, como si fuera uno de los locutores de Bola de Dragón o Campeones. Podríamos haber jugado con espadas de plástico o madera, pero no teníamos. Para cualquier niño de seis o siete años era perfectamente concebible jugar con espadas invisibles, trazando movimientos con las manos, estocadas que no lo eran sino en nuestras imaginaciones.
Pero no. Queríamos un toque realista.
Y no tardamos en encontrar la solución.
Nerja estaba rodeada de cañaverales. Una tarde fuimos al Playazo, que aún era una playa salvaje, distante unos centenares de metros del límite del pueblo. Aquel verano la playa estaba llena de alquitrán, tal vez un vertido de algún superpetrolero. Nos llevamos a la abuelita y la metimos en el mar. Se bañó con el traje puesto, llevada en volandas por toda la familia. Hicimos una barbacoa, con abundancia de sardinas, cortesía de Alejandro, el marido de una prima de mi madre, Marcela. En las partes más salvajes del Playazo, las cañas llegaban casi hasta la orilla
También había algún cañaveral en la misma Nerja, cerca de Villa Carmen. Antonio y yo teníamos un lugar para jugar a los espadachines. Tal vez no fuera la tapia del convento de las Carmelitas, pero era nuestro espacio. Era un local comercial abandonado o a medio construir, ya no recuerdo, en los bajos de un edificio de las inmediaciones de mi casa. Por allí había cañas abandonadas. Cogíamos alguna, de tamaño suficiente para crear la ficción de que se trataba de un florete o una espada, y se nos iba la tarde fintando, atacando, parando y contraatacando.
Hasta que un día algo salió mal.
Yo era patoso y dejaba demasiados espacios abiertos, perdido en mi manía de retransmitir los combates como si Matías Prats padre hubiera descubierto que lo que le gustaba era la esgrima, y no los toros. Aunque el resultado fue el mismo. A Antonio se le debió de ir un poco la caña, o yo me moví con demasiada brusquedad y la trayectoria del arma se encontró con un obstáculo: mi muslo derecho. Entró limpia, como una cornada. El mismo tipo de cornada que mató a Paquirri, pero con la particularidad de que el Avispado de turno le hizo demasiado honor a su nombre y se dio a la fuga.
Lo único que sabía era que estaba jugando a los espadachines, tuve un momento de desorientación, perdí el equilibrio, me fui al suelo y vi la sombra de Antonio, poniendo pies en polvorosa. Sólo entonces me di cuenta de lo que había ocurrido. Y me empezó a doler a rabiar.
Tenía un trozo de caña incrustado en el muslo derecho. Algunas astillas estaban en el suelo; pero otras se desparramaban por la herida abierta.
Cada vez me dolía más.
No recuerdo sangre. No debí de sangrar mucho.
Conseguí incorporarme y caminar el trecho (apenas doscientos metros) que me separaba de Villa Carmen. Se me hizo interminable. Gritaba pidiendo ayuda, sin demasiado éxito. Cojeaba. No podía apoyarme en la pierna tocada. Algún niño me seguía, cauteloso, a cierta distancia, como si fuera un flautista de Hamelin que tocara una melodía de dolor y ayes con una caña quebrada haciendo las veces de flauta.
Llegué a Villa Carmen. Creo recordar que el portalón ya estaba abierto. Mi madre me tendió en la mesa del porche, que había situado frente a la entrada, para verme mejor. Al poco rato apareció con una pinza, agua hervida, gasas y alcohol. Improvisó una operación para extraerme astillas.
Debo decir que mi madre no es médico, pero hacía las veces de enfermera y secretaria cuando mi padre pasaba consulta en casa. Sus conocimientos médicos son destacables para alguien que no posee el título, y además tiene buen pulso y mis hermanos, mi abuela y yo la acostumbramos a practicar curas con un mínimo de complejidad.
Mi madre me arrancaba astillas como quien se depila, pero con mucho más cuidado. Fue una tarea muy laboriosa o, al menos, se me hizo eterna. Pero consiguió extraerme todas las astillas que se me habían clavado.
Teníamos público. Aquello se llenó de niños, a quienes en el mejor de los casos no conocía ni siquiera de vista. Estábamos rodeados. Asomaban las cabecitas, intentando ver algo.
No recuerdo la visita al médico, que supongo debió de producirse a la mañana siguiente. Tampoco recuerdo la vacuna antitetánica.
La cicatriz gozó de buena salud y estuvo bien visible hasta que me empezó a salir pelo en las piernas. A veces me la veo, a veces no.
A Antonio no volví a verlo aquel verano o, si lo vi, estuvo esquivo. El verano siguiente ya no hablábamos.
Y dejamos de ir a Nerja. No por el cañazo (término con el que me refería al incidente), sino porque Marina vendió Villa Carmen. Echaron abajo la casa, la pileta de los pececitos de color naranja, el huerto, las flores de azahar, las chumberas y el pino centenario. En su lugar edificaron una urbanización.
No me apetece regresar a Nerja. No hay que volver a los paraísos perdidos: hay que conservarlos en la memoria, tal cual eran, porque ¿qué cara se te pondría si regresas y resulta que están mejor que cuando te fuiste? ¿Qué sentido tendría entonces haber idealizado algo durante treinta años? Seguro que ya no hay cañaverales en medio del pueblo. El Playazo tiene que estar urbanizado. Habrán cerrado el cine de verano al aire libre y vaya usted a saber qué hay en su lugar. Y todo el mundo hablará de Verano azul, y visitarán el barco de Chanquete, del que no, no, no nos moverán. Y, para mí, Nerja no era Verano azul, sino el olor del azahar al atardecer, corretear por el Balcón de Europa, mirar pececitos de color naranja en una pileta a la sombra de un pino y sentir un olor a alcohol y el frío contacto de unas pinzas hurgando en mi muslo, en carne viva, para extraer las heridas del primero de los muchos combates que la vida me iba a hacer perder a partir de entonces.

30 Comments:

Blogger Javier Esteban Gayo said...

Los veranos de mi infancia siempre los recordaré junto la piscina de suboficiales de la base de donde estaba destinado mi padre. Suena raro, pero era un sitio estupendo: bichos, amigos, perros sueltos, y testarazos y cicatrices para aburrir, aunque no llegó la cosa a tanto como la tuya...

Un post cojonudo, me has puesto nostálgico y todo.

31 de enero de 2006, 20:46  
Anonymous Pily B. said...

Ha sido alucinante. Ahora puedo ver perfectamente los peces de colores. (Y en la foto estás mú guapo ;-))

Besos

31 de enero de 2006, 23:19  
Anonymous Panadero said...

Excelsior, Juanma.
Pese a lo doloroso de ciertas imágenes, veo una prosa tan sencilla, desnuda y elegante, que leer tu Pornografía emocional me resulta tan placentero como ver a las lesbis del Canal 7.
Si quieres, puedes usar esa frase como promoción para tu blog, jejejejjee.

Abrazote,
Panadero.

1 de febrero de 2006, 0:52  
Anonymous Alicia said...

Precioso. Como tú.

1 de febrero de 2006, 10:01  
Blogger Álex Vidal said...

Buf, el litoral español está rebosante de Paraísos PerdidosTM. Y no sólo el litoral: cada día me descorazono un poquito más al ver que el pueblo (vale, pueblo de 60.000 habitantes) en el que viví 30 años ya no es el mismo, pero es más diferente aún que el pueblo de mi adolescencia, cuando me enamoré por primera vez, y muy diferente al de mi infancia.

Me gustaría que naciésemos con una cámara que recogiese nuestros pequeños mundos, porque da rabia darse cuenta de que han urbanizado el Turonet ("Colinita", en castellano) y eres incapaz de recordar dónde estaban plantados los pinos, hasta dónde se extendía el prado donde hacíamos campana o el olor acre de los huetos amateurs a la vera de la riera de Sant Cugat.

En fin, no nos pongamos nostálgicos. ¿Nos vas a enseñar la cicatriz en el curro? :D

1 de febrero de 2006, 10:06  
Blogger Juanma said...

Álex: Ya os enseñaré la cicatriz en verano, cuando vaya con bermudas. ;-P

1 de febrero de 2006, 14:44  
Blogger Juanma said...

Ali: Tú sí que eres preciosa. :-***

1 de febrero de 2006, 14:45  
Blogger Juanma said...

Panadero: Eso de «Pornografía emocional me resulta tan placentero como ver a las lesbis del Canal 7» lo apunto como frase promocional. XDDDDDDD

1 de febrero de 2006, 14:46  
Blogger Juanma said...

Pily: Jo, qué cosas más bonitas me dices.
:-D :-$
Besilloooos. :-***

1 de febrero de 2006, 14:47  
Blogger Juanma said...

Javier: ¿Dónde estaba destinado tu padre? No vaya a ser que haya coincidido con el mío en algún momento.

1 de febrero de 2006, 14:49  
Blogger Javier Esteban Gayo said...

pues estaba en Torrejón de Ardoz (que con siete añitos para mí estaba lleno de yankees y boleras, parecía "Aquellos maravillos años")

1 de febrero de 2006, 15:29  
Blogger Juanma said...

Javier: Ah, no, entonces nada. Mi padre anduvo por el Sáhara (cuando era apañol), Talarn y no sé si en algún sitio más.

Qué bonito: tú tenías Aquellos maravillosos años y nosotros Cuéntame. :-P

1 de febrero de 2006, 15:31  
Blogger Javier Esteban Gayo said...

bueno, pues con la tontería creo que fui uno de los primeros en jugar a double dragon y al golden axe en este país :p

1 de febrero de 2006, 16:11  
Anonymous Kotinussa said...

Pues aunque en la foto estás muy mono, tienes un poco cara de cabreo ¿no? Vamos, que no da la impresión de que estés disfrutando mucho.

Yo, como vivo en una ciudad con playa, pues resulta que no íbamos a ninguna parte en verano. Mucha playa, eso sí, pero el escenario era el mismo de siempre.

1 de febrero de 2006, 23:01  
Anonymous Yoli said...

Entrañable, querido :-)

1 de febrero de 2006, 23:53  
Blogger Juanma said...

Como tú. :-***

2 de febrero de 2006, 10:28  
Blogger Juanma said...

Kotinussa: Es que era un niño cabreado; a saber qué me habría pasado aquel día.

2 de febrero de 2006, 10:29  
Blogger Víctor M. Ánchel said...

Eres bueno. Muy bueno, sí señor.

V.

2 de febrero de 2006, 22:41  
Anonymous Yolanda said...

Que gonito es esto de chuparnos las pollas... (dice mi lado masculino) xDDDD

Cierto es que estás monísssimo en la foto (será el femenino???)

:-*

3 de febrero de 2006, 0:31  
Blogger Juanma said...

Pa mí que va a ser tu lado maternal...
XDDDDDDD

B77777s, wapa.
:-****

3 de febrero de 2006, 0:59  
Anonymous Yolanda said...

xDDDDD

Ays mi niño! Pero que ingenioso que es!

Ein??? "mi niño"??? Socorro! Que va a ser que sí!!! :P

3 de febrero de 2006, 7:53  
Blogger Juanma said...

Lo que yo te decía... ;-P
XDDDDD

B7777s i bon cap de setmana, guapa!
:-****

3 de febrero de 2006, 10:33  
Blogger Rox said...

que guapo morrito!

excelente el post, las vacaciones de la infancia, aunque accidentadas son geniales.

Por cierto... una caña es una caña de azucar?

besos :)

4 de febrero de 2006, 15:00  
Blogger Juanma said...

Rox: Pos sí, las cañas son de azúcar.

Me alegra que te haya gustado. Y vaya post que pusiste ayer en tu blog. XDDDD

Besitos. :-***

4 de febrero de 2006, 15:20  
Anonymous arturo said...

Le he enseñado a Vivi esta entrada del blog y está *convencida* de haber visto la foto antes. Cree que os conocisteis durante la infancia y ambos borrasteis el recuerdo.
(Suena la musica de Twiligt zone)

9 de febrero de 2006, 12:19  
Blogger Juanma said...

O a lo mejor es un recuerdo implantado y la foto es falsa. Si te fijas, tiene restos de escamas de serpiente artificial. XDDDD
(Suena la música de Blade Runner.)

En serio: ¿Vivi veraneó en Nerja?

También hay que tener en cuenta que el look Nicholas Bradford (el de Con ocho basta) era muy frecuente en aquella época. Quien vea fotos de niños de aquella época con peinados de casco dirá que son copia de Cuéntame, pero no: intentábamos parecernos a Nicholas.

9 de febrero de 2006, 12:50  
Anonymous arturo said...

No. Nunca.
De hecho, ella creía que esta foto nos la habias enseñado antes en persona en algún momento. (¿No verdad?) y despues llego a conclusión de infancia.
Lo que es más, Vivi se crió en la parte pobre del barrio de Salamanca que no creo que fuese una zona que frecuentases mucho.
Y no es el corte de pelo.
Lo que recuerda es el sitio de la foto. Recuerda los colores desgastados de la foto y al niño enfadado de la foto.
Y no. No es algo que le pase con frecuencia. Desde que la conozco ( y son años) es la primera vez que dice algo así.

9 de febrero de 2006, 13:05  
Blogger Juanma said...

Joer, pos sí que es curioso, sobre todo si nunca ha tenido déjàvus.

En el barrio de Salamanca nos tenemos que haber visto, porque soy de la calle Alcántara.

No recuerdo haberos enseñado la foto, pero podría ser.

Hmmm. Curioso y enigmático. :-)

Abrazos.

9 de febrero de 2006, 15:20  
Anonymous arturo said...

Vivi se educó en la calle Lombia.

9 de febrero de 2006, 23:31  
Blogger Juanma said...

Pues mira, al ladito. :-)

9 de febrero de 2006, 23:33  

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