viernes, 15 de junio de 2007

Heridas y cicatrices (IV): Más quemado que el palo de un churrero (Cuarta parte)

Llego a Madrid, a una casa vacía que tal vez tengamos que vender dentro de unos meses, si se confirman las últimas noticias que nos ofrecen los médicos. Tengo que hablar con Pablo y Enrique acerca de la clínica en la que realizan tomografías de emisión de positrones (PET), y de cómo pagarla. Sería lo más fiable, y en cuanto podamos nos llevaremos unos días a nuestra madre, a Madrid. No sabemos cómo planteárselo, porque no sabe nada. En principio, optamos por contarle que es una prueba más de la revisión por su operación del aneurisma, que es lo que le dijimos en su momento: sabe demasiado de medicina (ayudó a mi padre cuando tenía la consulta en casa) y no fue fácil dar con una explicación convincente que omitiera la verdadera causa de su dolencia.
Estamos desorientados. Mi hermana María nos cuenta que mamá está bien, y que nada parece indicar el poco tiempo que le queda.
Y ella me va a ver convertido en una gasa andante.
No quedo con nadie, porque no tengo fuerzas ni me apetece mostrarme en público en ese estado.
El jueves voy al hospital Gómez Ulla, a pasar la revisión. Llevo apenas un año con revisiones semestrales; hasta mediados del 2002, las revisiones habían sido trimestrales. Fue otro de los motivos para irme a vivir en Barcelona: si aún hubiera tenido las revisiones trimestrales, me lo habría pensado mucho.
Me acompaña mi padre, que ha sido profesor de Psiquiatría en la escuela de médicos militares, y entra por todos los servicios como Pedro por su casa: casi todos los jefes de servicio han sido alumnos suyos. Muchas veces es un problema, por aquello de la mala prensa que acompaña al llamado Síndrome del Recomendado; pero, en casos como este, pese a que tengo cita previa y en principio no debería recurrir a sus favores, lo cierto es que no me quejo.
El radiólogo es como de la familia: lo tuve mareado durante el mes que tardaron en diagnosticarme el linfoma. Casi todos los días me bajaban para realizarme una nueva TAC. Me pinchaban con una aguja enorme, que parecía la que Pulp Fiction para inyectarle adrenalina a Uma Thurman, pero no servía de nada. Para él, supongo que mi caso era un reto: los síntomas estaban clarísimos, pero la infección era tan grande que no había manera de confirmar el diagnóstico. Un remanso de tesón, lógica y capacidad de superación en una profesión estresante:
-Todos los días me voy a casa convencido de que he matado a algún paciente en la radioterapia –le llegó a confesar a mi madre, mientras esperaba a que me hicieran una prueba.
Y ahora estábamos pensando si radiar a mi madre.
La revisión es un puro formalismo, porque no existe el menor indicio de recidiva. Pero hay que pasarla: es parte del protocolo. Como suelo hacer desde que vivo en Barcelona, dedico la mañana a hacerme todas las pruebas. Me presento a primerísima hora en la puerta del laboratorio, espero paciente a que me extraigan tooodas las muestras de sangre que quieran, acompaño a mi padre a desayunar (yo sigo en ayunas) y bajamos juntos a Radiología. Estoy aterrado:
-¿No influirá esto –le muestro el corsé de gasas y vendas- en la prueba? ¿Me la podrán hacer igualmente?
Me acojona la idea de tener que volver a Madrid dentro de uno, dos o los meses que tarden en volver a darme hora para una nueva TAC.
-En absoluto. Puedes hacerte la TAC.
Me trago los dos vasos llenos de ese contraste de yodo que me sienta como si llevara horas lamiendo paredes mentoladas. Cuando me inyectan otro contraste por vía intravenosa y paso bajo la máquina, esa sensación de calor incontrolable, de rubor instantáneo, me resulta más llevadera: no podrá superar la quemazón que me atenaza por dentro, ni las quemaduras que han arrasado mi piel.
Cuando termino en Radiología, voy con mi padre a Urgencias. Con su sempiterno “Soy de la casa”, entra en un box, y no tarda en aparecer con un médico. Le explicamos la situación, y la necesidad de que me practiquen curas diarias.
-¡Jooodeeer! ¡Qué obra de arte, colega! –exclama el médico, en cuanto ve mi corsé de gasas y vendas.
Mientras tanto, se han ido congregando algunos curiosos, que, en efecto, admiran la plasticidad y el virtuosismo de mi cura.
-Me lo hicieron en Vall d’Hebron.
-Pues has ido a parar a la mejor unidad de Quemados de España.
A continuación, empiezan a practicarme una nueva cura. Les explico cómo me hice las quemaduras.
-Pero a ver –me interrumpe-. ¿Nunca te han explicado que el sol pica todo el año, no sólo en agosto?
-Lo séee –respondo, con la desgana del que siempre escucha la misma bronca.
Terminan la cura, no sin antes darme una palmadita en la espalda, un acto puramente reflejo que, no obstante, me deja muy escocido. Podría haberle dado un patadón en todos los cojones y luego decir que total, era otro acto reflejo, pero decido tener la fiesta en paz.
-Vuelve mañana, pero a Dermatología.
Y le da indicaciones a mi padre. Que no conoce al jefe de servicio, pero da lo mismo.
-Muy buenos días. Soy de la casa –dice, el viernes por la mañana, en cuanto pone el pie en la consulta de Dermatología. Lo dejo un rato con la enfermera, y no tardan en llamarme a un despacho. Me recibe el jefe de Derma. Le explico cómo me hice las quemaduras, mientras me quito la camisa. Como voy con bermudas (algo manchadas de amarillo, a estas alturas), no necesito quedarme en calzoncillos.
-Pero vamos a ver. ¿A ti nunca te han contado que tienes que usar un factor de protección 60, en vez de ponerte a tomar el sol en las peores horas del día?
No me da tiempo ni a esbozar el “Lo séee”. Va hecho una tromba.
-A esas horas no se toma el sol. O lo tomas por la mañana temprano o por la tarde, pero nunca a mediodía.
Mi padre le saca a colación el asunto de mis revisiones semestrales por el linfoma.
-Pues corres el riesgo de que se te queden marcas. Ni se te ocurra exponer al sol tu cicatriz –señala el agujero que tengo en la base del cuello, producto de la extirpación del ganglio necrosado que dio origen a mi linfoma-, porque se te puede quedar de otro color.
Mes y pico después, frente a los resultados de mis pruebas, mi oncólogo, el doctor Tafalla, habría de recordarme este aspecto en su vertiente más cruda.
-Es cierto que se te puede quedar más señal que la que tienes. Si quieres, te podemos hacer una operación de cirugía estética.
-¡Paaasooo! –le respondo, con el descaro que dan la confianza generada durante mis meses de internamiento y el hecho de que debemos de tener más o menos la misma edad-. No vuelvo a un quirófano si no es completamente necesario.
Me voy a Jaén, a despedirme de mi madre. La nueva cura es menos aparatosa que la que me hicieran en Vall d’Hebron, pero también es más endeble. Y no es lo mismo un vuelo de hora y pico que cuatro horas de tren regional, pisando huevos y pasando calor.
Llego hecho un cisco a Jaén. Durante los dos días que estoy allí, no paro de pensar en que mi madre está bien, mejor de lo que nos indican los resultados de las TAC. Cada vez que hablamos, la miro como si fuera la última vez que nos vamos a ver. Tengo motivos para pensarlo. Ella permanece ajena a estas noticias; por eso ejerce de madre, se desconsuela al verme todo quemado, me riñe sin pasarse y, en resumen, hila muy fino. Su recuperación ha sido asombrosa. Ha recuperado la movilidad de la mano izquierda, aunque todavía tiene una enorme costra en la cabeza, que recuerda las dimensiones desproporcionadas de la operación. Se estrella contra los quicios de las puertas, porque ha perdido la visión lateral, y le cuesta caminar en línea recta. Por lo demás, está mucho mejor que un par de meses antes de que la operaran.
Así es como me voy de Jaén: sumido en un mar de dudas, incrédulo ante la diferencia tan brutal que hay entre lo que nos han contado sobre el estado de salud de mi madre y lo que he visto con mis propios ojos, y cojeando más que ella.
Llego a Barcelona en bastante mejor estado que una semana antes, y con una cura menos aparatosa. Pero las noticias no son buenas.
El Chava está en el hospital Clínico. En cuanto llegó, Emmanuel lo notó demacrado y amarillento, y se lo llevó a la médico de cabecera, la misma que días antes había visto mis quemaduras. Le dio un volante para el hospital, sin demora. Una vez allí, le practicaron unas pruebas. El diagnóstico fue tajante: cáncer de estómago, con metástasis en los pulmones y el páncreas.
-Llévatelo mañana mismo, si puedes –le dijo la internista a Emmanuel-. Dentro de una semana podría no aguantar el viaje.
Dicho y hecho. En menos de dos días, Emmanuel y Salvador, el Chava, parten rumbo a México. Apenas cinco o seis semanas después, el Chava morirá.
Por otro lado, durante ese mismo verano, a medida que mis quemaduras van cicatrizando, nos empiezan a llegar noticias más esperanzadoras con respecto a la salud de mi madre. Vuelvo a verla durante el mes de agosto, en la casa de campo de mi hermano Enrique en Felgueres, en Asturias, y sigo sin dar crédito: está mucho mejor que en junio. Lo siguiente que sabemos, un mes después, es que las TAC y la PET mostraban una mancha, que confundieron con una recidiva del tumor, cuando en realidad se trataba de un edema posoperatorio, que fue bajando con el tiempo. El único informe disidente fue el de Anatomía Patológica, que mostraba que la operación había cortado el tumor de raíz.
En cuanto a mis quemaduras, fueron sanando, aunque de resultas de las mismas la piel se me quedó mucho más áspera. No ha recuperado el tacto que tenía. Una manchitas, que parecen pecas, siguen allí. La pierna muestra una especie de ahondamiento, como si faltara algo de carne, y hay una elipse algo más oscura que mi color normal, de un palmo de largo, donde antes estuvo la piel quemada. No se nota en verano, porque está cubierta por la media elástica que llevo a raiz de la trombosis que padecí en el año 2000.
Entretanto, Luz había cortado definitivamente con Fulanito, y ya no volvió a Barcelona. Cuando le expliqué lo que me había ocurrido, creyó que exageraba y que se lo decía para hacerla sentir culpable. Una vez llegó a decirme:
-Juanma, ¿sabes qué creo? Que en realidad no te hiciste nada.
Motivo más que suficiente para dejar de llamarla durante una buena temporada. Año y medio, más o menos. Algún sms para felicitarnos los cumpleaños y las Navidades, y prácticamente nada más. Por supuesto, nada de vernos.
Más tarde, recuperamos el contacto, durante la boda de nuestro amigo común Manolo. Fue una boda muy accidentada, de la que hablaré en otra ocasión, y que trajo algo bueno: una reconciliación tácita. Desde entonces, cada vez que nos vemos, Luz me recuerda lo mal que lo pasé por no hacerle caso omiso. De veras que le sabe mal.
-¡Y te hiciste quemaduras de tercer grado por mi culpa! –me dice, llena de consternación.
-De segundo grado, Luz, de segundo –le respondo, como quitándole importancia.

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16 Comments:

Blogger Álex Vidal said...

Juanma, nuestras madres están hechas de una pasta más resistente que la nuestra :). Y, por fortuna, en el caso de tu madre se cumplió el informe de la minoría.

15 de junio de 2007, 9:36  
Blogger Juanma said...

Te diré: ahora mismo, creo que mi madre está bastante mejor de salud que yo. :-)

15 de junio de 2007, 10:03  
Anonymous manu said...

creyó que exageraba y que se lo decía para hacerla sentir culpable
Doy fe que este pobre muchacho no exageraba. ¡Vendao parecía la momia!

15 de junio de 2007, 10:45  
Blogger Raven said...

Diosssssss... una trombosis, un linfoma, las quemaduras... Su historial médico es un tanto accidentado, la verdad.

15 de junio de 2007, 10:45  
Blogger Juanma said...

¡Vendao parecía la momia!


Y me movía igual, sí. :-PPPP

15 de junio de 2007, 11:42  
Blogger Juanma said...

Su historial médico es un tanto accidentado, la verdad.


Mala salud de hierro, lo llaman. Luego tengo unos indicadores cojonudos, cuando me hacen análisis de sangre (excepto colesterol, triglicéridos y ácido úrico, vaaaleee). :-P

15 de junio de 2007, 11:43  
Blogger Cristina López said...

Achacoso...si seguro que no era nada, si ha dejao unas cicatricillas que ni se ven...

15 de junio de 2007, 12:40  
Blogger Juanma said...

Claro, claro. En realidad, me quejo por quejarme.
;-PPPPP

15 de junio de 2007, 12:50  
Anonymous Kotinussa said...

Y la gente que no quiere hacer caso de los datos sobre el sol y el cáncer de piel.

Una de mis tías lleva casi 10 años con un agujero en la cara, literalmente, y la muy bruta no deja de tomar el sol (tiene ya 80 años, no te vayas a creer que es una jovencita sin experiencia).

15 de junio de 2007, 19:01  
Blogger Víctor M. Ánchel said...

Joder, qué historia. Ha llevado unos días, pero qué historia.

15 de junio de 2007, 22:59  
Anonymous Anónima de las 9.-59 said...

Querídisimo Juanma, la realidad como siempre, supera la ficción.

Tú intenta poner todo eso en una peli "tipo Almódovar" y ni Dios se lo creería.

18 de junio de 2007, 9:00  
Blogger Juanma said...

Koti:
Y la gente que no quiere hacer caso de los datos sobre el sol y el cáncer de piel.

Yo ya he escarmentado en piel propia, y paso de repetir errores.

Este finde, sin ir más lejos, estuvimos en la playa y, aunque nos llovió, me puse igualmente la crema de factor de protección 60. En buena hora: acabé con la espalda rosa chillón, y eso que me debió de dar el sol cosa de media hora, y a las seis de la tarde de un día encapotado.

O sea, que poca broma con estas cosas. Ya le vale a tu tía. :-(

18 de junio de 2007, 9:56  
Blogger Juanma said...

Víctor:

Bueno, me hubiera gustado escribirla más seguida, pero aquí está. La Tetralogía de las Quemaduras, se podría llamar. :-P

18 de junio de 2007, 9:57  
Blogger Juanma said...

Anónima:

Ah, si esto lo hace Almodóvar habría quedado más colorido, como el anuncio-bolero de café de ¡Qué he hecho yo para merecer esto?.

Pero no se lo habría creído nadie. Tienes razón.

La realidad, que siempre supera a la ficción.

18 de junio de 2007, 9:59  
Anonymous Anónimo said...

No tendrás el valor de echarle las culpas a ella ¿verdad?
Joder, si eres blanco de piel no te quites la camisa.
Hay varias posibilidades que expliquen lo que te ha pasado:
a) Eres un niño. Alrededor de 11 años. Sin experiencia y una ligerísima sensación de responsabilidad.
b) Alguien te apuntó con una pistola.
c) Eres tonto.

29 de junio de 2007, 14:01  
Anonymous Anónimo said...

Y no lo digo con maldad, lo hago desde un punto de vista crítico.

29 de junio de 2007, 14:02  

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