Buscando el sol de medianoche en el fondo de mi corazón
A veces, la música te transporta a esos mundos interiores por sí misma: es ella la que genera los estados de ánimo. Pero en ocasiones nos dejamos guiar por la experiencia: una melodía vinculada a una persona concreta, una canción que asociamos a una época o una situación, una sintonía que nos remite a una serie... En esas ocasiones, nuestras defensas y muros racionales ceden ante la capacidad de evocación de los sonidos y lo que implican, y nos vemos arrojados a según qué mundos; generalmente, mundos interiores. A veces, universos enteros.
Hay muchas canciones que generan estos estados de ánimo en mí, pero, como todo en esta vida, voy por rachas. Hubo una época en que la banda sonora de mis depresiones consistía en escuchar el Horses, de Patti Smith; otras veces, ponía el Closer de la Joy Division. Recuerdo haberme inducido estados de euforia con el Ritmo de garaje de Loquillo y Trogloditas, pero también con los Pixies y Le Tigre.
Con todo, en los meses previos a la invención de este blog, algo afloró en mí. El recuerdo de un grupo al que hasta entonces no había prestado demasiada atención, y al que tenía asociado con los últimos meses en que Aleix permaneción en la casa de la calle Arizala: Sígur Ros. El post-rock se fue adueñando de mi corazón: por un lado, tiene una capacidad intensa de evocación; por otro, sus tonalidades suaves permiten escribir de manera indefinida, tal vez poseído por un embrujo no del todo inconsciente.
Desechado el ilustre precedente de Tortoise (tosto-noise, los llamaba en su época), los prejuicios se me quitaron con Mogwai, que se me incrustaron durante un Primavera Sound y un mes de locos (de mediados de mayo a mediados de junio del 2003), y terminé con relacionarlos con la muerte: la del padre de Emmanuel, y otra mucho más cercana, anunciada durante meses pero que finalmente no llegó a producirse; ni lo ha hecho. Cuando Aleix, Emmanuel y yo bailábamos medio borrachos (en promedio) en el Poble Espanyol, bajo el mayor chaparrón que me ha caído en un concierto, ellos no sabían que yo lloraba por la noticia que mi hermano me acababa de transmitir, ni que Emmanuel iba a hacerlo un mes después, pero con motivo; ni que, un año después, Aleix iba a encerrarse en su habitación durante horas, noches enteras, para intentar estudiar o diseñar, hasta arriba de hachís y dudas, hasta decidir que se iba de la casa, y que parte de aquella decisión fue tomada bajo el influjo casi obsesivo de Mogwai y Sígur Ros.
El Rock Action de Mogwai es uno de mis discos de cabecera desde entonces, y ha marcado el primer año de estancia en Barcelona, junto con A Rush of Blood to the Head, de Coldplay, Una semana en el motor de un autobús, de Los Planetas, Ladies and Gentlemen, We Are Floating On Space, de Spiritualized y Deserter's Songs, de Mercury Rev, por poner otros cuatro ejemplos que me vienen ahora mismo a la memoria.
Caso contrario es el de ( ), de Sígur Ros. En su momento (año 2002), no le hice ni caso. Cuando Iván y Ángel, mis camellos de música del G4 bibliotecario, comentaban que iban a asistir a un concierto de los islandeses en Madrid, invariablemente me ponía a ironizar: "Tened suerte y no os caigáis dormidos", les decía. Tal vez se debiera a que no se puede tomar al pie de la letra todo lo que se lee en el Rockdelux, o acaso los hubiera escuchado sin prestarles demasiada atención, pero no me mataban. Casi prefería a múm, mucho más fáciles de escuchar y asimilar, o, aunque no sea post-rock, a Björk y su Vespertine, con esas "Cocoon", "Pagan Poetry" o, sobre todo, "Frosti", que me trasladaban a un mundo de eriales inmensos en medio de glaciares, fuerzas telúricas descontroladas, una especie de plasmación en música de un cuadro de Friedrich, acaso un canto a lo ancestral. El vikingo que pasea cauto y asombrado por un mundo recién descubierto que sólo puede ser el Infierno o un escondite de los dioses. El colono que, después de ver cómo una edad de hielo en miniatura lo ha expulsado de las tierras verdes del norte, tiene que cruzar el mar, regresar a la Islandia de sus abuelos y conformarse con malvivir roturando terrones de hielo y esquejes raquíticos que no alcanzan a alimentar su rebaño de ovejas, antes de decidirse por la pesca del bacalao. El monje irlandés solitario que buscaba la isla de San Brandán y se da a la vida anacoreta. Lo viejo y lo nuevo. La frontera de lo humano con lo desconocido. múm me acercan a esa sensación y me enseñan a seguirla (como quien se ase a la aleta caudal de un delfín que nos ha de mostrar las maravillas submarinas que no vemos desde el barco), Björk me sumerge de pleno en ella, y Sígur Ros hacen que no quiera regresar a mi mundo.
Y así, escucha tras escucha.
Decir que el ( ) de Sígur Ros es un disco atmosférico es quedarse corto: los islandeses inventan una atmósfera y la terminan convirtiendo en tu única realidad.
Supongo que si estás hasta arriba de porros, como era el caso de Aleix, el efecto se multiplica. Tomando drogas para hacer música para tomar drogas. Es el título de un disco de Spacemen 3; pero, como no son islandeses, no hablaré de ellos en esta ocasión. Otro día, tal vez.
El caso es que mientras Aleix maduraba la decisión de irse de casa (impulsado en buena medida por las broncas que yo le metía, cada vez más frecuentes y subidas de tono), había noches enteras en que el único sonido que nos llegaba de su habitación era el del ( ), de Sígur Ros. Y, poco a poco, empecé a entenderlo. Y comprendí la intención de Jónsi y demás.
Por eso, cuando me decidí a abrir este blog y me pasé todo un mes (diciembre del 2005) escribiendo las primeras anotaciones, con las que pensaba ir actualizando durante los meses de enero y febrero, Sígur Ros se convirtieron en mis principales y casi únicos acompañantes. Con ellos, alcanzaba el estado en el que te sumerges cuando estás bajo los efectos de la hipnosis que te puedan inducir en una terapia cognitiva, o la sensación de plenitud y atención que alcanzas cuando realizas una meditación zen satisfactoria. Y, gracias a ellos, me liberaba de este mundo, me adentraba en mi espacio interior y escribía, sin importarme ninguna otra cosa. Me dejaba llevar.
Pero di otro paso: buscar vídeos de Sígur Ros. Y descubrí que había otras historias en esas canciones. Historias de frustraciones: al igual que me sucedía cuando recurría a ellos para aislarme y escribir, las imágenes de aquellos vídeos nos muestran cuerpos prisioneros e incapaces de cumplir sus deseos: de ahí que casi todos ellos empiecen con primeros planos de pies o calzado. Represión. Infancia.
La infancia es un tema recurrente en los videoclips de Sígur Ros.
En "Vidrar vel til loftarasa" se nos muestra una Islandia profunda, tal vez en los años sesenta, en la que las víctimas son dos adolescentes que juegan con muñecas. La metáfora es evidente, y se explicita hacia el final. Es una sociedad que no puede admitir la homosexualidad de su héroes. La contraposición entre fútbol (juego viril por antonomasia) y las muñecas arrojadas a un río en deshielo es brillante, así como la expresión del padre, que pasa sin transición de la euforia al escándalo más absolutos. La melodía se distorsiona y rompe a medida que el drama da paso a la tragedia. La vida puede ser una orquesta sin director, una nave desafinada a la deriva.
No obstante, siempre hay lugar para la armonía. Si en la canción anterior la situación ideal (un gol salvador que convierte en héroe al niño que juega con muñecas) da paso a la peor pesadilla del padre del héroe, en "Glósóli" partimos del desequilibrio (el niño tamborilero ha perdido el sol, y sale en su búsqueda) hasta alcanzar la paz total (lo consigue). La estética, muy deudora de J. M. Barrie y su Peter Pan, también nos habla de un mundo postcatástrofe, o de una metáfora. ¿Qué persigue este niño? ¿Por qué convoca a los otros niños descarriados que va encontrando en su camino? ¿Qué extrañas dotes de liderazgo posee? ¿Qué les ha dicho o prometido para que lo sigan tan ciegamente hacia un desenlace que sólo puede producirse si se tiene fe? "Glósóli" puede ser un canto a la libertad (privémonos por fin de las ataduras de lo material), un remedo infantil de Mad Max (la imagen de los niños intentando quemar coches abandonados), la historia de un primer amor (la aparición de la niña morena, de belleza casi imposible, parece puro Bergman) o una tomadura de pelo: los componentes del grupo estaban de gira mientras se rodaba este videoclip, no lo supervisaron y terminaron renegando del mismo. Para mí se trata de un inmenso error: es una de las creaciones audiovisuales más hermosas que he visto en mucho tiempo. Es, en sí misma, una gran historia. Por cierto: "Glósóli" significa "sol resplandeciente" en islandés.
La alegría de vivir es el asunto básico del que trata "Hoppípolla" ("Saltando en los charcos"). La canción ha entrado en listas de venta de Gran Bretaña, y supongo que no tardará en hacerlo en España, dado que la están utilizando como cortinilla en una cadena televisiva. Lo grandioso de estos niños es que son ancianos, pero se comportan como si tuvieran siete años: saltan en los charcos, llaman a los timbres y salen huyendo, roban golosinas en las tiendas, luchan con globos de agua y espadas de madera y se asustan cuando un miembro de la pandilla se lastima. Otra historia conmovedora.
Aunque no tanto como el último videoclip, mi favorito de Sígur Ros. Corresponde a la primera canción de ( ), un album sin título cuyas canciones tampoco tienen títulos. Por no tener, no tiene letras inteligibles: está cantado en hopelandish, un idioma inventado. El título provisional de esta canción era "Vaka", por la hija de uno de los miembros del grupo. Crea la atmósfera necesaria para engancharse al mundo que nos muestra Sígur Ros, y no querer apearse hasta pasadas dos o tres escuchas seguidas de todo el disco. El tercer y cuarto cortes marcan el punto culminante de ( ), pero este primer tema hace posible el milagro de entrar, mirar y buscar mundos nuevos en el fondo de nuestros corazones.
El piano entra, majestuoso, mientras vemos a unos niños que salen al patio del colegio. Pero lo que hay fuera es un mundo postcatástrofe, un apocalipsis nuclear con nieve negra, cenizas bajo un sol rojo. La imagen de los niños que no dejan de serlo, que juegan pese a heredar un mundo en descomposición que tal vez no lleguen a disfrutar, que chillan y disfrutan enfundados en una careta antigás, es uno de los momentos más bellos de la historia de los videoclips. Y nos recuerda, nuevamente, que la felicidad, la juventud y las ganas de vivir están dentro de uno mismo. Que todos llevamos un sol de medianoche en el fondo de nuestros corazones. Y que si nos descuidamos y entramos en contacto con el mundo real, la atmósfera exterior, nos arriesgamos a perderlo todo. A no ser nosotros. A no ser.




















