viernes, 22 de septiembre de 2006

Artistas del hambre

Siempre me ha gustado la cafetería de la Filmoteca Española, con su arquitectura modernista, ese porte de cine construido en una época que ya no volverá, la cómoda distribución de espacios, el ambiente que se respira mientras ves las colas de acceso a las salas (formadas por intelectuales y medio indigentes) y ese balconcito abierto al escaparate de la librería. Tomando un café allí, te sientes en el epicentro de la vida cultural española, o bien encuentras cobijo si te sorprende una tromba de agua camino de las zonas de bares de Huertas y Lavapiés.

Mi época de frecuentador de la Filmoteca fue breve, apenas mis años universitarios. Eran los tiempos en que empezaban a cerrar los cinestudios (el Griffith, el Fantasio, el Duplex…), despuntaban las televisiones privadas (y, con ellas, el final de la programación de cine clásico en horarios razonables) y, en resumen, la Filmoteca se estaba convirtiendo en la única sala madrileña que ofrecía cine de calidad a precios razonables. Allí descubrí una cantidad innoble de películas de visionado obligado, desde Andrei Tarkowski hasta Iván Zulueta. Y pude revisitar en pantalla grande otras cintas que se contaban entre mis favoritas pero que hasta entonces no había podido degustar en condiciones, pues la televisión hacía que se perdiera parte de su grandeza. En la sala de verano de la terraza de la Filmoteca podías ver La edad de oro, de Luis Buñuel, y reirte a mandíbula batiente de su iconoclastia. También podías olvidarte del aparato de traducción simultánea y verte condenado a asistir a la proyección de una película alemana en versión original.

Como digo, esa etapa cinéfila de calidad duró relativamente poco. Mis años de opositor la cortaron de raiz. Y, cuando volví (en contadas ocasiones), ya no era lo mismo. Las luces de la sala principal ya no se iban apagando de manera tenue, a manera de recordatorio de que nos adentrábamos en un mundo de sueños y fantasía. La terraza de verano dejaba de funcionar. Algunas de las salas de la planta inferior, también. El programa empezaba a perder interés, tal vez por la inclusión de demasiadas películas de actualidad.

Esto sucedió una tarde de día laborable, durante el periodo de transición entre mis etapas de asiduo de la Filmoteca y mero espectador ocasional. No recuerdo los detalles, pero lo más probable es que Alfredo Lara (actual director de la colección de novela histórica de Valdemar y copropietario de la librería Opar) acabase de cerrar la caseta 24 de la cuesta de Moyano y estuviéramos dando un rodeo por la calle de Atocha (tal vez por Santa Isabel) antes de bajar hacia su casa de la calle de Argumosa, en el corazón de Lavapiés. O tal vez me lo encontrara por casualidad mientras me dirigía a utilizar el ordenador en la casa en que vivía mi padre por aquel entonces, en el tramo inferior de la calle de Atocha, y decidiéramos tomarnos un café allí.

El caso es que Alfredo y yo estábamos, como siempre, hablando hasta los codos. Tal vez el tema de conversación fuera el siguiente número del fanzine Opar, que Alfredo dirigía con entusiasmo conmovedor, o alguna lista de recomendaciones literarias, que seguramente abarcaran desde Thomas Burnett Swann hasta Concha López Narváez, pasando por Wilbur Smith, Pilar Pedraza y Dorothy M. Johnson. En un momento de la charla, Alfredo miró hacia un punto situado a mis espaldas, esbozó un saludo e hizo ademán de levantarse. No le hizo falta, porque ella se sentó con nosotros.

Era frágil y anciana, vestidos demodés, el cabello recogido con un turbantito a lo Simone de Beauvoir. Manchas delatoras de que las primeras acometidas de la vejez llegaban a aquellas manos suaves y blandas. Cutis terso, con menos arrugas de las que le correspondían. Cigarrillo de boquilla encendido. Volutas de humo dispersándose entre la luz otoñal del atardecer, rayos de sol que se posaban en el montoncito de programas de mano del mes anterior, aún sin retirar.

A continuación, un diálogo que no podría reproducir aunque quisiera, lleno de requiebros y juegos con el lenguaje (Alfredo, además de ocurrente, es una de esas personas a las que da gusto escuchar), el equivalente en palabras a una cantata de Bach o una columna salomónica de la basílica de San Pedro. Yo asistía entre extasiado e intrigado. ¿Qué hacía Alfredo hablando con una mujer de esa edad, que parecía estar allí únicamente por obra y gracia de la apertura de una puerta espacio temporal que la hubiese arrojado allí desde las tinieblas del Madrid bohemio de los años cuarenta y cincuenta? Tal vez fuera una clienta; acaso una marquesa, y Alfredo podía estar buscándole los escasos tesoros bibliográficos que faltarían en su (a buen seguro) nutrida biblioteca particular.

Alfredo se ofreció a pedirle un café en la barra. Me dejó a solas con ella.

Y entonces, como si el mismísimo Sauron hubiese reparado en mi existencia y me iluminase con su monumental Ojo, la mirada de aquella anciana se posó sobre mí.

-¿Y tú? Cuéntame algo acerca de ti. ¿Qué tienes que decirme?

Lo dijo con una dulzura y una educación que no dejaban lugar a dudas: no sólo era una marquesa, sino que pertenecía a otra época. Un anacronismo.

¿Qué podía contarle acerca de mí a aquella mujer? ¿Qué era un licenciado en Historia sin oficio ni beneficio, a punto de embarcarme en la preparación de unas oposiciones, el mayor error de mi vida? ¿Que quería ver todas las películas del mundo, leer todos los libros, escribir todas las novelas? ¿Que una vez estuve a punto de tener un gato azul y otro gris?

Me quedé petrificado, como un conejillo asustado presa del hechizo lanzado por una cobra. Y respondí lo que me salió del alma:

-Nada. No se me ocurre nada que contar.

Y su respuesta, tan sosegada que el fondo de tragedia que exudaba me resultó más humillante aún, fue:

-Alguien tan joven como tú, y no tiene nada que contar. ¿No es terrible?

El silencio que sobrevino a continuación duró poco, gracias a la aparición providencial de Alfredo. Continuaron con la charla apenas cinco minutos, y cuando ella se levantó, nos ofreció la mano con gesto e intención inequívocos de que se la besáramos.

Transcurridos unos segundos de cortesía, Alfredo me contó quién era aquella mujer.

-Es (nombre), una cocotte de lujo del Madrid bohemio de hace unas décadas. Es un personaje muy popular en esos círculos. Como no tiene ni un duro, sus amigos organizan todos los años una subasta, en la que ponen a la venta sus obras de arte. Con el dinero recaudado, ella tiene para ir viviendo hasta el año siguiente.

La historia se me quedó clavada en el corazón. ¿Aún había gente que vivía así, de la caridad, de la amistad, el honor y el recuerdo de una época en blanco y negro o tecnicolor? ¿Indigentes con boa de visón, cigarrillos de boquilla y olor a cuplé y casa de citas de la calle de las Naciones? ¿Cadáveres andantes de la época en que Madrid era una ciudad con un millón de cadáveres (según las –por aquel entonces- últimas estadísticas)? ¿Los aspirantes a poeta llevaban bajo el brazo cajas con lo que aseguraban eran los restos de sus hijos muertos al nacer? ¿Descartes de un cuadro de Gutiérrez Solana –de los de tertulias del Café de Pombo o carnavales cadavéricos, indistintamente- o una novela de Camilo José Cela o Francisco Umbral?

Años después, mi tía me refirió una historia parecida. Un amigo de mi tío, comunista de la vieja escuela y antiguo guionista de cine, autor verdadero o encubierto de algunas de las joyas del cine español, pasaba hambre y vivía de la caridad de los amigos. Entre unos cuantos, asiduos del Café de Gijón, ponían una cantidad fija, con la que el escritor tenía una suerte de salario mensual que le permitiera salir del paso. Frecuentaba varios bares y restaurantes en los que le fiaban o, directamente, lo invitaban a comer. En uno de ellos, tuvo la ocurrencia de comentar:

-A mí me gusta la comida frugal. Una sopita… verdura… algo de postre. Nada de carne ni comidas pesadas… Soy de gustos sencillos.

Mi tío y el propietario del bar se miraron de hito en hito y, cuando hubo salido a la calle, comentó:

-Pues menos mal que no le gusta la carne ni los alimentos caros. ¡Me arruinaría!

Otro artista del hambre. ¿Cuántos más habrá? ¿Cuántas de las vidas que vemos consumirse en la calle tendrán un pasado esplendoroso, oropeles en lugar de cartones, caviar y Dom Perignon en vez de restos del Dia y vinorro de tetrabrick? ¿Qué tiene de romántico asistir a la caída de quienes pudieron llegar a algo, o lo fueron, o lo han compartido con quienes lo son o serán? El atractivo del fracaso es innegable, las caídas venden más, y echar una moneda al vaso de plástico raído, vender un cuadro que de otro modo criaría polvo en un almacén o prescindir de una caña a la semana para mantener a uno de estos artistas del hambre puede ser un gesto de supremo altruismo, un lavado de conciencia o, simplemente, un “por si acaso”, un seguro de que, llegado el caso, nosotros también atenuaremos los efectos de nuestra caída en desgracia.

Cada vez que pienso en estas dos personas, una de las cuales ni siquiera aparece en Internet (o no habré sabido buscar), acude a mi mente un relato magnífico de Ursula K. Le Guin: “Los que se alejan de Omelas”. En la próspera ciudad de Omelas todo el mundo es feliz; no obstante, hay gente que la abandona, escandalizado, incapaz de soportar una existencia tan placentera. ¿Por qué? Porque en un oscuro sótano yace un niño vejado, llagado por su propio excremento. Todo el mundo acude a verlo, en procesión, como un rito más de las fiestas; algunos se escandalizan y huyen de Omelas; otros lo miran al desgaire, como una atracción de feria; otros racionalizan la situación, conscientes de que es necesario que alguien sufra, de que ese niño en concreto sufra, para que toda la sociedad sea feliz. Y eso asusta. Generaciones enteras de novelistgas, pintores, impresores, editores, poetastros, dramaturgos, hoteleros, especuladores, políticos, cineastas, funcionarios, camareros y ganapanes arrojando a la basura a la puta de lujo ya arrugada, al escritor prometedor ya desbravado, trepando en la sociedad y el glamouroso mundo de las artes y el espectáculo, o viendo cómo cae el otro, el receptor de su semen, el receptor de su limosna. El portador de una mirada penetrante y taladradora, que desnuda almas y llega a una conclusión tan certera como terrible:

-Alguien tan joven como tú, y no tiene nada que contar. ¿No es terrible?

Lo terrible no es que me lo dijera (en todo este tiempo me han pasado demasiadas cosas y tengo mucho que contar), sino pensar que tal vez sea la norma, y no la excepción.

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6 Comments:

Blogger Rox said...

Siempre se me hizo bien curioso como los bares de colonia les invitaban bebidas y comida a sus "clientes".

Mas de una vez me toco (sobre todo en Lavapiés) que a los alcoholicos indigentes les daban los tragos.

Una vez, yo me salí sin pagar del diamante del rastro. já. Era namas por sentir la amabilidad madrileña :P

23 de septiembre de 2006, 3:30  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Querido, el mundo está lleno de reliquias del pasado como la que cuentas... Cuando vayas a Madrid date un paseo por la central de la Caja Madrid, la plazuela de atrás: El monte de Piedad.

Allí viejas glorias empeñan sus joyas de oro, y sus cuberterías y cacharros de plata. Entran con las maletas llenas. Salen con ellas vacías.

Otro tema: Anda que si llegas a tener algo que contar...

25 de septiembre de 2006, 9:26  
Blogger Pily B. said...

Qué bello. Ya echaba yo de menos esto.

¡GRACIAS por el buen rato de lectura! ;-)

26 de septiembre de 2006, 16:00  
Blogger Juanma said...

Rox: Es que hay bares en los que se puede sentir de verdad la amabilidad madrileña. :-P

Anónima: Sí que da un poco de repeluzno pensar en ello. Entrar por la puerta de atrás para dilapidar el capital de la familia...

Pily: Gracias a ti, por comentar y leerlo. También echaba de menos escribir algo así. :-)

:-*********** a las tres.

27 de septiembre de 2006, 12:22  
Anonymous Dalla said...

Qué tierno y trágico a la vez...
Yo también echaba de menos estos posts :)
Un besín

29 de septiembre de 2006, 14:02  
Blogger Juanma said...

Gracias, Dalla. :-))))

Como le decía a Pily, yo también echaba de menos escribir posts como este.

Otro beso pa ti. :-********

29 de septiembre de 2006, 14:04  

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