jueves, 24 de agosto de 2006

La familia crece

Como buen clan andaluz que se ha desarrollado en torno a una abuela de características casi matriarcales, somos una familia amplia y dotada de sentido de la familia. Funcionaba mejor cuando mi abuela vivía, y en los últimos tiempos se han producido distanciamientos (no me hablo con mi familia de Barcelona, por causas tediosas de explicar), pero básicamente somos una gran familia. Mi abuela tuvo cinco hijos: Loli (mi tía de Barcelona), Carmina (mi madre), Sagrario (que vive en Madrid y es la madre de mi primo Josele Santiago), Mari Sierra (que también vive en Madrid y se llama así por la patrona de Cabra, en Córdoba) y Bosco (el único chico, que vive en Córdoba). A su vez, mi madre ha tenido cuatro hijos: María, Enrique, Pablo y yo; mi padre, además, tiene otros dos de su segundo matrimonio, Javi y Soledad, y otro más, Juan Manuel, cuyo nombre (y las circunstancias por las que su madre lo llamó así) daría para una anotación más que enjundiosa. Eran los tiempos del baby boom, los tecnócratas, La gran familia, Chencho vagando a la deriva en la Plaza Mayor y todo aquello.

Como la cosa socieconómica viene muy mal, la descendencia de mis hermanos y primos se mantiene en la media española. Mi hermana María tiene dos hijos, Elena y Alejandro. Enrique tiene otra parejita: Kira y Fernando, y un proyecto de sobrinito que acaba de malograrse. Pablo aún está en la fase de vivir libre de preocupaciones y poder mantener conversaciones lineales con sus amigos y con Mónica (mi cuñada), aunque calculo que le queda un par de años antes de ponerse a ello. Y en cuanto a Cristina y yo, pues bueno todo es cuestión de tiempo. Todavía tardaremos algunos años, pero seguro que llegan.

No son mi única familia. También están los padres y el hermano de Cristina: Tomás, Antonia y Alonso, respectivamente. Viven en Girona, o más concretamente en Salt, una ciudad dormitorio. Viven en una casa adosada. Entras por el inmenso garaje, en el que caben dos coches y parte del taller de Alonso. Una puerta conduce a la entrada de calle, que a su vez te conduce a unas escaleras por las que asciendes a la segunda planta, que consta de un salón cocina en el que se cuece (y nunca mejor dicho, porque Antonia es una cocinera excepcional) la vida de la familia, un patio, un lavabo y la habitación de la colada, en la que también hay un mueble frigorífico que Antonia se llevó cuando cerró la tienda en la que trabajaba. En la tercera planta están los tres dormitorios y otra lavabo. Es una casa tranquila de un barrio residencial de la capital de provincia con mayor nivel de vida de España. El silencio en el entorno es la tónica general, si acaso truncado por algún avión que aterriza o despega del cercano aeropuerto, algún ladrido del perro de los vecinos… o los trinos de mis otros sobrinos: los canarios de Cristina.

A falta de sobrinos políticos (Alonso sigue soltero), mis niños, la alegría del hogar, los chicos en los que se vuelcan Cristina, Antonia, Tomás y Alonso, son cinco canarios.

El mayor de todos, por edad y tamaño, es Zipi. Nació cuando Cristina aún vivía en Tarragona, y viajó muy pequeñita a Girona, junto con su hermano, Zape. Zipi es una hembra enorme de canario timbrado. Y cuando digo enorme, quiero decir enorme. No parece que le haya caído en gracia. El primer día que fui a Girona, la sacaron de la jaula y me la ofrecieron. Hay que poner el dedo índice, para que les sirva de agarradera, y tocarles el pecho, de arriba abajo, para que salten hacia tu dedo. En cuanto se aposentó en mi dedo, Zipi soltó uno de sus “PÍO, PÍO” y soltó una cagarruta que cayó al suelo de la cocina.

-Vaya. Nunca había hecho esto –comentó Tomás.

Y, a continuación, emprendió el vuelo hasta la mesa del comedor.

Desde entonces no es que nos llevemos mal, pero parece que Zipi se alborota sobremanera cuando me ve aparecer por casa de los padres de Cristina.



Otra peculiaridad de Zipi es que aún no ha puesto huevos. Para tener tres años, casi parece un récord de soltería. Hasta ayer no sabíamos si era una decisión personal, algo vocacional o un desafío al mundo y la naturaleza. Pero no adelantemos acontecimientos.

Zipi tuvo otros tres hermanitos, en otra puesta que se produjo un mes después de que nacieran Zipi y Zape. De esta puesta nacieron tres canarios: Jimmy, Pixie y Dixie. El primero huyó de la pajarera y emprendió el vuelo hacia no sé sabe dónde. No lo volvieron a ver. Pixie, a la que llamaban “la Cojita”, murió en agosto del año pasado, probablemente de pena: su madre había muerto dos semanas antes. Y Dixie murió en noviembre del año pasado, tras una enfermedad relativamente larga (un mes) y con la certeza de que sufrió mucho. Puede que fuera pulmonía, puede que fuera asma. En cualquier caso, una enfermedad respiratoria.

Con lo que Zipi se quedó sola.

Para paliar esa soledad, le compraron un compañero, Leoncio, o Leo, como lo llamamos familiarmente. Un regalo de Reyes en forma de canario rubio, con el pecho y la cola blancos. La idea era que, ya que estaban, Zipi se dejara pisar (montar) y tuvieran descendencia, pero como he dicho, parece que Zipi nunca ha estado por la labor.

Visto lo visto, hace mes y medio a los padres de Cristina les prestaron una canaria timbrada, Jaimita, para ver si de una vez la familia crecía.

Jaimita es preciosa, para los parámetros de un canario. Fina y esbelta, Jaimita es el equivalente a una talla 34 con alas y pico. Desde el primer momento se estableció una especie de rivalidad entre Zipi y Jaimita. La una trinaba, y la otra respondía acto seguido. Leoncio empezó a cantar más que antes, para hacerse valer, frecuentando a ambas, en busca de un momento en que alguna de ellas accediese a ser pisada. Cuando llegó el celo de Jaimita, Tomás se mostró escéptico: no los había visto coquetear en público.



De ahí que la puesta fuera una pequeña revolución en la casa.

En el transcurso de una semana, Jaimita puso cinco huevos. Se construyó un nido, en una de las casitas que Tomás, un experto restaurador de muebles de madera, había dispuesto en la pajarera. Desde el primer momento surgieron las dudas acerca de la paternidad de aquellos huevos: en su anterior casa, Jaimita cohabitaba con otro timbrado, y puso los huevos nada más llegar a la casa de Cristina. Cabía, por tanto, la duda razonable de que el padre no fuera Leoncio, sino el timbrado con el que Jaimita había vivido hasta entonces. La única manera de asegurarse era esperar a que naciesen las crías.

Tres semanas.

El tiempo fue pasando. Como no hay manera de saber cuántos huevos habían sido fecundados, y cuántos de esos vivirían, había que estar preparados para cualquier cosa. De todos modos, las madres primerizas no suelen sacar adelante todos los huevos.

Un jueves, Cristina me comentó que Tomás había visto abrirse uno de los cascarones. Cristina lo contaba con tremenda alegría, porque ella había sido testigo del nacimiento de Zipi. Es toda una experiencia ver una masa rosada, toda boca, abrirse paso entre los restos de cascarón roto.

El sábado se abrió otro cascarón.

Sin noticias de los otros tres. Pasaron los días y no se abrían. En estos casos, la madre suele arrojarlos fuera del nido, pero Tomás y Antonia se encargaron de ello cuando quedó claro que no habían sido fecundados o estaban muertos.

Quedaba la duda acerca de la paternidad de los recién nacidos. Durante los primeros días, los canarios son una boca y un estómago enormes, sin apenas ojos, sin voz, cuya única tarea consiste en devorar la pasta que su madre regurgita.

Cuando los vi por primera vez, eran eso: bocas y estómago con un piquito siempre abierto.

La siguiente vez que subí a Girona ya se podían distinguir. El mayor era mucho más grande que el pequeño, sin duda porque le arrebataba el alimento al pequeño. Y no sólo eso: acaparaba el nido, desplazando al pequeño. También era temeroso: en cuanto nos veía, se batía en retirada dentro del nido, y dejaba al pequeño a nuestra merced. Podríamos haber sido unos depredadores.

Les empezaban a salir alitas. Aún no tenían sino un plumón que hacía imposible saber qué color iban a tener. Y, de camino, quién era el padre.

Por temor a que tomara represalias, nada más poner Jaimita los huevos, Zipi había sido apartada de la pajarera, confinada a la jaula, mucho más pequeña, en que había llegado a Girona. Zipi estaba lánguida. Me rehuía más si cabe, y se pasaba todo el día dándonos la espalda o intentando perforar los barrotes con sus picotazos, mientras emprendía interminables diálogos con Jaimita, ante el silencio inescrutable de Leoncio.

Cuando nació el primer polluelo, Leo acompañó a Zipi a la jaula de castigo. Los machos pueden ser agresivos con los recién nacidos, sobre todo si no son los padres; de ahí la importancia de conocer los orígenes de la nidada. Durante un par de semanas, Leo y Zipi compartieron jaula, sin apenas cruzar sus caminos, sin un gesto de afecto por parte de Leo o de acercamiento por parte de Zipi, embarcada en sus diálogos cada vez más exaltados con Jaimita.

El polluelo mayor, por su parte, seguía siendo tan asustadizo como la primera vez, y el pequeño tenía muy mala cara, como de asco hacia una vida recién estrenada, un protopunki en ciernes.

Hablo días después con Cristina y me da una buenísima noticia: los pequeños ya tienen plumas. Uno parece oscuro y el otro rubio. Ya no hay duda: Leo es el padre.

Ahora surge otra duda: ¿Cómo llamarlos? Durante un par de semanas, todo son cábalas. Un nombre es para toda una vida. Es una responsabilidad. Hay que saber acertar con su nombre verdadero, como si fueran personajes de la serie de Terramar. La carga mágica y simbólica de los nombres encierra una gran verdad: un nombre te distingue, define e identifica.

Por fin, un día, Alonso da con la solución: Silvestre y Piolín.

Los nombres les cuadran. Silvestre es el mayor: oscuro, aunque más claro que su madre y Zipi, cobardica, tontito y seguramente capaz de cualquier ruindad con tal de sobrevivir. Piolín, por su parte, es rubito (con un curiosísimo collarín de color pardo) y la cola blanca como su padre, desmejorado pero tal vez consciente de que su mirada desvalida le puede beneficiar, y además te puede mirar fijamente sin inmutarse, como si le hubiera parecido ver un lindo gatito.




Otra novedad cuando regreso, el fin de semana pasado: Leo y Zipi regresan a la pajarera. Ahora están los cinco juntos. Y no sólo eso: ¡Piolín y Silvestre ya han salido del nido! ¡Jaimita está deshaciéndolo! ¡Y empiezan a volar!

Cuando los veo, Zipi sigue pasando de mí, apalancada en la parte inferior de la pajarera; aunque ya no picotea los barrotes, sigue sin estar a gusto. Leo parece dar la cara por todos. Jaimita va a lo suyo, persiguiendo a Leo o dejándose perseguir por él, piando de vez en cuando y consiguiendo una respuesta casi inmediata de Zipi. Piolín se me queda mirando fijamente, sin apenas moverse de donde esté. Y Silvestre se aventura, a saltitos, intentando fijar los límites de la pajarera, midiendo sus pasos hasta memorizar las rutas que a partir de ahora serán su vida y rutina.

Las últimas noticias son mucho mejores aún. Jaimita acaba de poner otro huevo, aunque el nido que está construyendo no lo permite ver: hasta que nazca la cría, no vamos a poder saber si hay uno o más huevos. Y eso no es lo más impactante: ¡Zipi se ha dejado pisar por Leoncio! Es la primera vez que Zipi demuestra interés en mantener relaciones sexuales, pese a su edad, avanzada para lo que es un canario. ¿Celos? ¿La certeza de que se le estaba pasando el alpiste? Por nada del mundo me perdería a Zipi ejerciendo la maternidad tardía.

Nada de esto compensa la certeza de que he perdido un sobrino que venía de camino, pero me resulta gratificante. Ver nacer y crecer a Silvestre y Piolín resulta, en cierto modo, una experiencia similar a la de tener sobrinitos y seguir sus evoluciones y cómo desarrollan la personalidad. Y, por otra parte, seguir el culebrón en torno a la paternidad de las criaturas, el duelo de trinos entre Jaimita y Zipi y la creciente autosuficiencia de Leo entraña cierto voyeurismo que, qué queréis que os diga, resulta igual de divertido que la telebasura que nos invade, y además lo exime a uno de crearse mala conciencia: no dejan de ser animalitos haciendo lo más natural del mundo: darle rienda suelta a sus instintos. Y ya se sabe que los documentales de animales son el único programa en el que los niños pueden ver sexo explícito sin que los padres les afeen la conducta ni los manden a la cama.


10 Comments:

Anonymous Cristina said...

Siempre te lo he dicho: creo que Zipi te rehuye porque le gustas, es que ella es muy tímida y puritana...:D

Las fotos son muy buenas, y las de Piolín son...como él: con la mirada alelada, fija en ti...

Es todo un culebrón, ríete tú de Salsa Rosa...

Besitos

24 de agosto de 2006, 19:05  
Blogger Juanma said...

Ejque Piolín es muy fotogénico, a ver si sigue así. :-))))
Por nada del mundo me perdería un careo entre Zipi y Jaimita en Salsa Canaria. XDDDDDDDDDDD
Besoooooos.
:-***************

24 de agosto de 2006, 19:06  
Blogger Kotinussa said...

Yo tuve una sucesión de canarios y jilgueros, todos llamados Willie. Los tuve de uno en uno, porque en mi familia no son aficionados a los animales y nunca se planteó la posibilidad de la cría.

Me hubiera gustado mucho poder contemplar todas esas idas y venidas.

24 de agosto de 2006, 19:20  
Blogger Pily B. said...

Qué bonito, qué bonito, qué bonitoooooooooooo. ;-)

25 de agosto de 2006, 16:54  
Anonymous Haakon said...

Mi pájaro se llamaba Romario, en un arranque de culerismo que raramente se da en mí. Era un pájaro muy raro, con el pico rojo, que al cantar imitaba bastante bien el sonido de carga de los juegos de mi viejo Spectrum 128. Entró un día en casa y despúes de darle caza decidimos quedárnoslo, sobretodo gracias a la insistencia de los pequeños de casa (mi hermana Eli, yo mismo, y el gato).

El pobre duró poco: un día de verano especialmente caluroso quiso darse un chapuzón en el abrevadero y, al sumergir la cabeza, se ahogó. le encontramos tieso, con la cabeza sumergida, y con el gato a pie de jaula.

Enhorabuena por la familia perica, aunque eso de Piolín... joer, no había más nombres en este mundo? Mira, que luego pasan cosas...

Hala, saludos!

29 de agosto de 2006, 9:49  
Blogger Álex Vidal said...

Bueno, creo que ya os conté cuándo surgió por primera vez mi vena ecologista.

Contaba con tres añitos. Es uno de mis primeros recuerdos consolidados (el primero, curiosamente, la fiesta -y el pastel, yum- de mi tercer aniversario). En casa siempre habían tenido periquitos, que habitaban en una jaula enorme (para mi tamaño entonces). Debían de haber unos ocho periquitos, calculo, amarillos, verdes, azules, lila.

A partir de esa edad, mi madre ya se fiaba más de mí. No era un crío revoltoso ni intranquilo. Tenía -tengo- mucho genio, pero a la hora de jugar era reposado.

Recuerdo que atravesé corriendo el comedor desde el balcón y fui a las faldas de mi madre, que en aquel momento estaba fregando los cacharros, y le dije, alborozado.

-¡Mamá, ven, ven, que hacen "pío, pío"!

Mi madre se secó las manos con diligencia y, cariñosamente, me tomó de la mano y me dijo:

-¡Venga, vamos a ver a los pajaritos haciendo "pío, pío"!

Yo, todo contento, la conduzco hacia el balcón. Vivía en un séptimo piso de un barrio obrero, de edificios altos, justo al lado del Turonet de Cerdanyola. El balcón está orientado al oeste, y hacía allí, hacia las figuras que se recortaban contra el edificio limítrofe con la avenida Primavera, y contra el sol poniente, señalé con el dedito:

-¡Mira, pío, pío! -contentísimo.

Mi madre miró extrañada a los pájaros que volaban hacia la libertad. Le cambió la expresión y se giró rápidamente hacia la jaula abierta, donde un único periquito, de color celeste, se recogía contra una esquina sin atreverse a acercarse a la puerta.

Me cayó la del pulpo, claro. Y yo sin entender el por qué. Los periquitos, al fin y al cabo, hacían "pío pío" en libertad. ¿Qué había de malo en ello?

29 de agosto de 2006, 21:49  
Blogger Errantus said...

Definitivo, no sé qué magia tienes ue hasta para hablar de canarios hipnotizas. Y mira que yo prefiero a los predadores, especialmente los felinos, que son una delicia por lo impredecibles. Vamos, que jamás me había llamado la atención un canario, ni siquiera diciendo "Me pareció ver a un lindo gatito".

Besos.

31 de agosto de 2006, 6:10  
Anonymous Cristina said...

Haakon, uish, qué recuerdos con tu gato Caifàs, ¿seguro que no tuvo nada que ver con el ahogamiento de tu pájaro?...
Y no te quejes del nombre del peque de la familia canarística, que si mal no recuerdo es un nombre apreciado en tu casa...para escarnio tuyo, hala :ppppppppp

31 de agosto de 2006, 12:16  
Blogger Zapardiel said...

Huy. Yo estoy condenada, al igual que mis peces todos los pájaros que han pasado por mi casa han tenido finales trágicos. Y dolorosos.

Me alegra saber que los tuyos tienen una vida más plena, me estaba llevando la impresión de que todos los animales domésticos están condeandos a terribles sufrimientos y muertes ridículas.

Y tienes un email, revisa el correo ;)

31 de agosto de 2006, 13:30  
Blogger tencuidado said...

Me ha encantado la historia, no se ni cómo he llegado a tu página pero me lo he pasado en grande leyendo esto :) saludos de killing zoe webmaster de Malditasea (sigue poniendonos al día si hay nuevos bebes en la familia ;)

10 de septiembre de 2006, 20:25  

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home