viernes, 18 de agosto de 2006

Pornografía emocional con una piedra de la Patagonia

Esta es una anotación que siempre dejo para más adelante, pero que me parece necesaria para que entendáis por qué he vuelto a escribir y por qué existe este blog. De marzo del 2004 a junio del 2005 asistí al taller literario “La atención”, impartido por el escritor y guionista de cómics Jorge Zentner. Durante año y pico me empapé de su filosofía y su compromiso con la creación y con uno mismo, asumí algunas de sus enseñanzas y tuve en cuenta todos sus comentarios, me dejé guiar por su personalidad fascinante y, sobre todo, recuperé el placer de la escritura y aprendí mucho acerca de mí mismo. El nombre del taller, “La atención”, se entiende mejor si reparamos en su subtítulo: “Taller de literatura y autoconocimiento”. Fueron quince meses creativos y fascinantes que me marcaron en muchos aspectos y me hicieron darme cuenta de algunas de mis carencias y fortalezas creativas y personales. Creo que soy mejor persona desde entonces, y desde luego escribo con otra mentalidad.

Todo empezó a principios del 2004. Álex y yo estábamos con el gusanillo de apuntarnos a un taller literario, y Enrique Corominas nos sugirió que asistiéramos al de Jorge. Habían trabajado juntos algún tiempo antes, cuando Corominas acababa de llegar a Barcelona. Su pareja, Helena, se había apuntado al taller, y nos lo recomendaba. Álex se puso en contacto con Jorge, y él estuvo de acuerdo en que nos apuntáramos. El grupo era reducido: Mariona (la pareja de Jorge), Helena, Cristina, Mireia, Céline, Álex y yo. De vez en cuando se apuntaba alguien nuevo, asistía a un par de clases y no regresaba. Sin embargo, transcurridos algunos meses se apuntó más gente (Graciella, Bruno, Pau, Ana) y Jorge dividió el taller en dos turnos, de martes y jueves. El grupo del jueves continuó formado por los mismos alumnos. Jorge empezó a hacer cursos intensivos; me apunté al primero, y lié a Yolanda para que me acompañara. También convencí a Pau Blackonion para que se apuntase al taller, aunque lo hizo en el turno de los martes.

Así pues, todos los jueves Álex y yo salíamos de Gigamesh un ratito más tarde de lo habitual, subíamos el Passeig de Sant Joan, nos tomábamos un cafelito o una cerveza en un bar de la calle Mallorca semiesquina Roger de Flor y de siete a nueve nos dejábamos sorprender por Jorge y por nosotros mismos.

Para entender el taller hay que conocer a Jorge. Como guionista de cómic ha producido obras tan destacables como la serie de Dieter Lumpen y Tabú y El silencio de Malka (ilustrados por Rubén Pellejero y premiados en Angouléme, y el Salón del Cómic de Barcelona), Caravana (con imágenes de Bernard Olivié), Nicolás Eymerich, inquisidor (dibujado por David Sala y basado en las novelas de Valerio Evangelisti) o Flamenco (dibujado por Santos de Veracruz, el artista que pinta cuadros en los conciertos de Muchachito Bombo Infierno). Como autor de relatos infantiles, destaca por Linterna mágica y El sueño del rinoceronte (ilustrados por Sergio Mora) y Comemiedos (dibujado por Tàssies y galardonado con el Apel.les Mestres).

Era un placer adentrarse en la biblioteca de su estudio, porque podías ver obras muy interesantes… siempre que supieras francés, ya que Jorge trabaja sobre todo para el mercado del pais vecino. Hojeabas una obra suya, cogida al azar de su estantería (El silencio de Malka, por ejemplo), y asistías embobado a un torrente de explicaciones sobre la misma (por ejemplo, sobre la vida de los judíos ucranianos de principios del siglo XX, los ancestros de Jorge que emigraron a Argentina), arropado por su voz parsimoniosa y su mirada franca y sonriente, que podían derivar hacia sus orígenes judíos, y de allí a su infancia en un pueblo de la Patagonia, los primeros años como periodista de izquierdas en Buenos Aires, la salida de Argentina en 1976, el desengaño ideológico, el acercamiento al budismo… Te enterabas, por ejemplo, de que uno de los primeros encargos de Jorge en España fue guionizar la adaptación al cómic de Ulises 31.

Y en ese momento ya estábamos todos los participantes del taller y comenzaba la clase.

Sólo que no era una clase al uso.

El taller se impartía en lo que ahora es el estudio de Jorge, y en aquella época era su casa. Vistas a la Sagrada Familia. Decoración mínima: la estantería con sus libros, un archivador pintado con motivos budistas y con una representación del propio Jorge en posición de meditar, un tatami, cojines para quien quisiera sentarse en el suelo, una fuente que nos sosegaba el espíritu y la puerta de acceso al salón rodeada de bombillas. Dejábamos los zapatos en la entrada y, descalzos, formábamos un círculo, para vernos todos. A veces hacíamos algún ejercicio de respiración o meditación, el tiempo se ralentizaba y la percepción de todo tipo de sensaciones se incrementaba.

Las alusiones al budismo zen no resultan ociosas, ya que eran la razón de ser del taller. Jorge intentaba que escribiéramos desde nosotro mismos y nuestro autoconocimiento. Esto se logra mediante la atención. Para alcanzarla, tenemos que manejar varios conceptos: relación (con nosotros mismos y nuestro entorno), vínculo, conflicto, movimiento (que denota cambio), reconocimiento (tomar conciencia con lo que ocurre: el famoso “darse cuenta” del zen), aceptación y responsabilidad (la libertad de hacer un acto o no hacerlo; a mayor conciencia de nuestros actos, mayor responsabilidad sobre los mismos). Las ramificaciones a que dan lugar estos conceptos son casi infinitas. Durante año y medio, Jorge no dejó de sorprendernos con su enfoque y su poética. Algunos de los ejercicios del taller son impresionantes.

Como todo lo que digo puede sonar a palabrería, pongo algunos ejemplos, para que veáis cómo funcionaba el taller.

Un jueves de abril, cuando ya estábamos acomodados en nuestras posiciones habituales, Jorge nos dio a cada uno una piedra. Eran piedras de río que se había traído de la Patagonia. Simétricas a su manera, de colores ocres, pulidas por la corriente. Nos dio un tiempo para recorrerlas con la mano. La mayoría hicimos el ejercicio con los ojos cerrados. No había reglas, pero se entendía que había que cerrar los ojos, como si ello aumentase las sensaciones del tacto.

De súbito nos pidió que dejáramos nuestras piedras en el suelo. La mía era rectangular, plana, y marrón y blanca. Lo hizo sin previo aviso, pues allí estribaba gran parte de la espontaneidad de nuestros comentarios y nuestras sensaciones: en no hacer nada de una manera planificada, en dejarnos llevar. Y así, en caliente, nos ponía a escribir.

La primera pregunta fue:
“¿Qué impresión nos causa la piedra cuando la dejamos en el suelo, a nuestros pies?”

Mi respuesta:

Mi primera impresión ha sido de pena, por dejar de tenerla entre mis manos. Luego me he asegurado de que no le voy a dar una patada cuando pierda contacto visual con ella, ni de que se aleje mucho de mí. Mientras escribo esto, la miro de hito en hito, como para saber que sigue ahí, que no se ha ido. Me hubiera gustado seguir explorándola. No se mueve. Dejo de escribir y sigo mirándola.

Otra pregunta, pero rápida:
“¿Qué tipo de relación experimenté con la piedra?”

Mi respuesta:

Confianza. Alegría por el reencuentro.

Aquí había respuestas para todos los gustos, que es el punto adonde Jorge quería ir a parar: todos tenemos percepciones distintas de los mismos hechos u objetos. En realidad, nos hallábamos ante un ejercicio sobre el punto de vista.

Para Mariona, la piedra y ella se calmaban mutuamente. La piedra era cálida y le apenó separarse de ella. Era poco agradable. Sin embargo, al soltarla se da cuenta de que el contacto era agradable y apetecible.

Mireia interpretó el contacto con la piedra como un medio de transporte al pasado, un vehículo para canalizar la melancolía. Al soltar la piedra, desaparecieron los recuerdos que le evocaba (la memoria) y volvió a la realidad (despertar de un recuerdo que no es real).

Álex empezó a ganarse la primera de las múltiples ironías de Jorge sobre su carácter analítico y “científico”. Le llamaron la atención la rapidez con que se interrumpió el contacto, el desconcierto que ello le produjo (una elaboración intelectual, no sensorial) y el cosquilleo que le produjo acordarse de la piedra (un efecto físico). Pero Álex no contaba sus sensaciones, sólo describía fenómenos.

Cristina se sintió expectante. Al dejar la piedra de la cara que no esperaba, vio una mancha que no había reconocido, como una cicatriz. También experimentó malestar por no haber dejado la piedra en el suelo, sino el el sofá, muy lejos de su alcance.

Algo similar le sucedió a Helena. Quería dejar la piedra más cerca, tocarla un poco con los pies. Al mismo tiempo, reprimió el deseo de seguir hablando sobre la experiencia.

Después del primer turno de lectura, queda claro que no estamos hablando de una piedra, sino de nosotros mismos (y de cómo percibimos un objeto o persona) y de los demás (la piedra simboliza al otro, al desconocido que se nos presenta, el punto de vista externo).

Pero Jorge fue más allá. Volvimos a coger la piedra en nuestras manos. A continuación, nos pidió:

“Habla del contacto con la piedra, después de recogerla… pero desde el punto de vista de la piedra”.

Lo que escribí:

Me ha sostenido entre sus manos, nervioso, abriendo y cerrando los ojos, sopesándome y explorando mis contornos, poniéndome del derecho y del revés, o de lo que él cree que es el derecho y el revés. Me miraba con atención, como si fuese otra piedra bien distinta de aquella que tuvo entre sus manos hace unos minutos.

Y un nuevo ejercicio, sin solución de continuidad:

“Cómo me siento al tener que escribir en primera persona sobre la piedra”.

Y mi respuesta:

Siento un desconcierto momentáneo, porque todo lo que se me ocurre en un primer momento es un cúmulo de sensaciones que sé que jamás se le pasarían por la cabeza a una piedra, ni a otra persona que no sea yo. Pero he procurado desdoblarme, pensar en qué podría pensar la piedra, consciente de que estoy haciendo trampa.

Es decir, lo que le ocurre a cualquier escritor cuando crea un personaje. ¿Estará usando la voz apropiada? ¿Será creíble el personaje? ¿Hasta qué punto estará el autor hablando de sí mismo?

Otro ejercicio:

“Escribe una ficción en la que aparezca ese sentimiento que has experimentado”.

El tiempo que Jorge nos dejaba para escribir nuestras ficciones era muy breve, porque lo importante no era lo que escribiéramos sino cómo habíamos llegado a ello, lo que sentíamos mientras escribíamos y dónde lo sentíamos (qué chakra abríamos).

Así pues, en no más de diez minutos, todos escribimos nuestras historias de ficción:

Sus ojos lechosos me indicaban cruelmente su condición. Todos los días la veía en el autobús, camino del trabajo. Una palabra aquí, un comentario allá, y sin darme cuenta me encontré alargando mi trayecto dos paradas, para acompañarla, para ayudarla a bajar del autobús. Establecimos una relación de respeto mutuo y amistad.

Nunca me pidió que le describiese mis facciones, mis relieves. Sin embargo, un día en que mi silencio era más prolongado de lo habitual, me espetó a bocajarro:

-Me estás mirando, ¿no?

Tuve que reconocer que, en efecto, la estaba mirando.

-¿Y cómo me ves?

Describí sus facciones, su caminar y la manera en que se asía a mi brazo cuando sorteábamos una zanja de Fenosa. (Nunca de Endesa.)

-¿Y no te preguntas qué veo yo en ti?

-No.

-¿Por qué?

-Porque no me ves.

-Eso es lo que tú te crees. Veo mejor que tú lo que hay en tu interior.

Antes de irnos, Jorge nos pidió un último ejercicio:

“Coge otra vez la piedra. ¿Qué sientes?”

Me despido de ella, pues tengo la impresión de que no volveré a tenerla entre mis manos. La estrecho con fuerza hasta que siento su calor, mi calor. Vuelvo a recorrerla, como recapitulando lo que ha supuesto nuestra relación, desprovisto de todo afán fabulador: ya no quiero jugar a adivinar a qué me recuerdan sus formas. Tan sólo quiero mirarla y mirarla, para guardar esa última imagen en mi memoria. Y, mientras pienso en ello, la agarro con fuerza. Si fuera una persona, la abrazaría.

El cachondeíto fue considerable, pero contenía una enseñanza: todo conocimiento viene del contacto. Jorge nos recomendaba buscar un objeto físico con el que contactar.

El ejercicio de la piedra duró varias clases más. Dos jueves después, teníamos que reconocer nuestra piedra y volver a tenerla entre las manos. Este fue mi escrito:

Agarro la piedra, como para terminar de creerme que la tengo otra vez entre mis manos, después de tanto tiempo. Una vez me he asegurado de que es mi piedra, la miro, buscand algún posible cambio.

Me asaltan las fantasías. La más insistente estriba en que la piedra tiene dos colores. ¿Implica eso que la piedra tiene un lado positivo y otro negativo, un lado oscuro y otro claro?

Jorge nos insta a analizar nuestras emociones, y ello hace que deje de divagar. Frente a mí está la piedra, otra vez, y trato de concentrarme en cómo me afectan los cambios que percibo en ella; no porque la piedra haya cambiado, sino por el recuerdo lejano de la misma, o tal vez porque ahora, y sólo ahora, en nuestro tercer encuentro, comienzo a percibir algunos matices que se me habían escapado las otras veces. Todavía no la conozco.

El ejercicio venía a hablarnos de que toda relación se produce con algo externo, y eso son los personajes de una ficción.

En el primer contacto y la evolución de esa relación nos podemos reconocer, según sea nuestra actitud ante la piedra. Así, podemos ver qué tipos de relaciones podemos establecer y desde dónde nos relacionamos: lo emocional, lo racional, la nostalgia, la posesividad o el amor. Y, así, vemos la evolución de esa relación: estática, permanente, de cansancio…

Esa relación es nuestro límite, la frontera con lo externo. Marca un punto de contacto que determina dónde terminamos nosotros y dónde empieza el otro. Los adultos tenemos clara esa diferenciación, o deberíamos tenerla, pero es un proceso de aprendizaje y reconocimiento que dura años. En la infancia, estamos indiferenciados de nuestra madre. Al crecer, empezamos a ser conscientes de nuestra individualidad y comenzamos a distinguir entre yo y . El desarrollo del individuo no se acaba nunca, pues siempre hay una frontera, un límite o un roce con el otro. En la literatura hay que tener esto muy presente; de lo contrario, no tenemos relaciones ni conflictos. No hay obra.

Hicimos muchos ejercicios de similar intensidad, aunque ninguno tan original ni exhaustivo como el de la piedra. Aprendimos nociones de budismo zen, incidimos en la aceptación de lo que viene, en el “darse cuenta”, en la importancia del contacto físico. Todo iba encaminado al autoconocimiento, pero también a que escribiéramos. También asistían ilustradores, y alguno que otro dibujaba en vez de escribir. Lo que algunos plasmábamos en un rollo larguísimo (servidor), apenas dos escuetas líneas (Cristina) o incluso en francés (Céline, a veces) o catalán (Pau), Mariona lo plasmaba a veces en ilustraciones.

También cuidábamos el aspecto formal, aunque no fuera lo esencial del taller. Fuera adjetivos superfluos. Jorge nos impuso como deberes a Helena, Álex y a mí una redacción sin apenas adjetivos, como respuesta a nuestras impresiones, llenas de florituras, acerca de la exposición dedicada al escritor y pintor Gao Xingjian en el Kosmopolis 2004. Adverbios terminados en –mente, los menos posibles. Si la escritura es más directa, el mensaje llega mejor, y permite ver a la persona con nitidez. Jorge no creía que hubiera una manera de escribir más correcta que otra, el rollo era otro, pero también nos ayudaba con la forma de lo que escribíamos, lo que era de agradecer. ¿Era eso trasplantar el budismo zen a la literatura? Puede; pero también era Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado.

Con el tiempo, Jorge introdujo cambios. El taller pasó a ser de pago (durante un año fue gratuito, algo que no entendíamos, porque aquello era todo un lujo para nosotros), introdujo los talleres individuales, fue derivando hacia el autoconocimiento y dando de lado los aspectos literarios, y se embarcó junto con Mariona en una nueva aventura, la paternidad, con el precioso Martín, que ya debe de estar aprendiendo a andar. Álex y yo nos dimos de baja, pero en el camino habíamos aprendido mucho sobre nosotros mismos y sobre cómo escribir, y yo encontré la motivación que necesitaba para salir adelante, en lo personal y en lo literario. Insisto, este blog es una consecuencia directa de aquel taller, de modo que esta anotación va dedicada a él, y a Mariona, Helena, Cristina, Mireia, Pau Blackonion, Pau, la Mona, Graciela, Álex, Yolanda y todos los que compartimos tardes con su manera de enseñarnos a vivir y escribir.

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24 Comments:

Anonymous Nap-buf said...

Bonito post, me hubiera gustado asistir... quizá algún día lo haga y castige al mundo con un blog y post de cinco minutos ;)
¿Alternarás post del pasado con alguno del presento o de futuro?
¿Cual es el plural de post?

19 de agosto de 2006, 16:11  
Blogger Álex Vidal said...

Nos lo pasamos muy bien, ciertamente, y aprendimos cosas que ni sospechábamos.

Y si, como bien dices, Jorge fue un impulso determinante para tu vuelta a la escritura, recuerda que el plazo de entrega de originales para el premio Minotauro acaba en noviembre. Así que ponte manos a la obra, que el año que viene lo gano yo :p ;)

20 de agosto de 2006, 0:42  
Blogger Errantus said...

Me encanta este tipo de pronografía ermocional. Me encanta leer tus aneecdotas, pequeños trozos de vida que abren ventanitas a otros tiempos.

Me dejaste con ganas de inscribirme a un taller así, qunque el gusanito de entrar a un taller literario ya me carcome desde hace tiempo.

Gracias por compartir estos pedacitos de vida. ;)

20 de agosto de 2006, 19:34  
Blogger Rox said...

que chingón. Ya sabia que tu tienes ese chip de escritor, pero chido que encuentres como seguirlo desarrollando

besitos :*

20 de agosto de 2006, 20:40  
Blogger Tighten my corset said...

Debió ser una experiencia muy interesante, ya me hubiera gustado a mí participar en un taller asi.

Como te van las cosas?

Besos

20 de agosto de 2006, 22:40  
Blogger Pily B. said...

Qué lujo, de vivencia y de post.

Besos zen. ;-)

21 de agosto de 2006, 1:02  
Blogger Raven said...

Mmm. ¿Así que un taller literario es una experiencia enriquecedora? ¿Lo consideraría un paso a tomar unánimemente recomendable, señor Santiago?

(Mm, sólo me falta el bastón y el bombín para parecer salido de una producción cincuentera de la Thames)

21 de agosto de 2006, 1:41  
Blogger Juanma said...

Nap-Buf: Jorge organiza talleres intensivos con cierta frecuencia. Ya os avisaré del próximo que organice, a ver si alguien se anima. Desde luego, fue una gran experiencia.
La idea es que en el blog hable de todo un poco. A la vuelta del verano lo relanzaré. :-)
Abrazos.

21 de agosto de 2006, 9:43  
Blogger Juanma said...

Álex: Cachis, pues no sé si me da tiempo a escribir algo pal Minotauro. ¿Que lo ganas el año que viene? Vale, pos voy pensando en la novela de dentro de dos años... ;-P
Abrazotes.

21 de agosto de 2006, 9:45  
Blogger Juanma said...

Errantus: Me alegra mucho que te gusten estos pedacitos de vida. Habría que convencer a Jorge para que monte un taller online, o algo así. Merece mucho la pena. :-)

Besos. :-****

21 de agosto de 2006, 9:46  
Blogger Juanma said...

Raven: No sé si los talleres son recomendables en general, pero este en concreto es toda una experiencia. Como le dije a Nap-Buf, os avisaré del próximo intensivo, a ver si podéis acercaros a Barcelona.
Abrazos.

21 de agosto de 2006, 9:48  
Blogger Juanma said...

Pily: Para ti, en concreto, este taller hubiera sido una revelación. Seguro que te hubiera encantado.
Besoooos. :-*****

21 de agosto de 2006, 9:50  
Blogger Juanma said...

Rox: La cuestión es ir desarrollando todo lo que uno ha aprendido (no sólo en el taller, hablo en general), tanto en la vida cotidiana como en la escritura, para ir mejorando.
Besooos. :-*****

21 de agosto de 2006, 9:52  
Blogger Juanma said...

Tighten My Corset: A ti también te hubiera encantado este taller. Lo del taller online me parece cada vez mejor idea... :-)
Pues nada, por aquí andamos. Ya te contaré en privado.
¿Cómo os va por Irlanda?
Besooos a los dos. :-****

21 de agosto de 2006, 9:54  
Blogger Álex Vidal said...

¡Cooo...o! ¡Irlanda! ¡Yo quiero volveeer! :D

Juanma, me parece que no has pillado la idea. ¡Que espabiles y escribas ya, co.o otra vez! :D

(Sí, si es que soy un pesao. Cuestión de herencia genética :D )

21 de agosto de 2006, 13:41  
Blogger Pily B. said...

Estoy segura de ello, Juanma, TOTALMENTE SEGURA.

21 de agosto de 2006, 14:13  
Anonymous Dalla said...

G-u-a-u...

Pero volviendo al tema...a ver si haces caso a Álex y nos sorprendes con el Minotauro...

Besos

21 de agosto de 2006, 19:03  
Blogger Juanma said...

Álex y Dalla: Vaaaaleeee, he entendido el mensajeeeeeee. Me pongo a ellooooo.
Pa este año igual ya no, pero del próximo no pasa. :-)
Besoooos. :-**********

21 de agosto de 2006, 19:15  
Anonymous Òscar said...

"Jack la piedra es un tipo tranquilo"
Sería Zetner el guionista fantasma de Mondo Lirondo?

21 de agosto de 2006, 21:53  
Blogger Blackonion said...

Bua... por unos instantes he vuelto al taller, al primer día, conmigo abriendo chackras mientras pensaba "donde narices me ha metido Juanma?", y la mona llorando porque tenía un nudo en la garganta.

Disfruté muchisimo con el taller y lamenté mucho tener que abandonarlo, pero el trabajo es el trabajo.

Aprendí muchas cosas allí, o mejor dicho, me di cuenta de ellas, para despues olvidarlas y poder darme cuenta una vez más... Jo, no me había dado cuenta de cuanto lo echo de menos hasta que lo has comentado.

Casi he vuelto a estar allí, sentado en el sofá, escuchando el rumor de la fuentecita, el ruido de la calle, con el incienso flotando en el aire y Jorge sentado en su sillita, a media luz, mirandonos a los ojos como si tuvieramos el alma al alcance de su mano...

Precisamente hoy reencontré entre mis papeles la libreta que usabamos en los ejercicios...

23 de agosto de 2006, 2:15  
Blogger Banco de Imágenes Gratuitas said...

Qué blog tan interesante, propongo un intercambio de links.

Saludos Cordiales...

23 de agosto de 2006, 7:13  
Blogger Errantus said...

Eso, a escribir juanma, y de paso a ver si el cebollo se anima de nuevo, que anda bastante vago.

Y lo del taller on-line suena de maravilla, unque quiero ver cuando nos sincronizamos Mareia y yo estando en latitudes tan diferentes.

Besos.

31 de agosto de 2006, 6:05  
Anonymous Helena said...

Caramba, qué gusto leer este post! Y cuántos recuerdos. Además de navegar por esos mundos internos, propios y ajenos, lo pasabamos de maravilla.
Gracias, Juanma, por recordarlo.

21 de septiembre de 2006, 17:41  
Blogger Juanma said...

Gracias a ti, por haber estado allí. :-)
Cada vez me apetece más apuntarme a un taller de fin de semana. A ver si programa alguno pronto.
Besooos. :-*****

21 de septiembre de 2006, 19:04  

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