martes, 12 de septiembre de 2006

Furioso incidente con un cerdo a media tarde

Pocas veces somos conscientes de que vivimos en una ciudad oculta que se nos escapa por completo. En ocasiones le servimos de parapeto a esa ciudad, y retrocedemos en el tiempo. Las luces de neon de las calles comerciales esconden callejones retorcidos, ajenos a toda lógica. Un plan urbanístico mal rematado, una prebenda con un concejal libre de probidad, un resquicio de la industrialización... Todo es válido para configurar un paisaje urbano caótico, la ciudad que no sale en las guías, las callejas que nunca imaginarías.
Desde siempre me ha encantado callejear, descubrir por mí mismo los itinerarios que leía en los callejeros y planos, de modo que en mis vagabundeos le ponía tres dimensiones a las líneas rectas, torcidas o quebradas que conformaban la imagen de ciudad que se veía en las agencias inmobiliarias, mariposas cazadas y aprisionadas por unas chinchetas que asegurasen su cautiverio, su inclusión dentro de un orden arbitrario y artificial.
Las ciudades tienen vida propia, ajenas a los designios perpetrados en los despachos... o hasta que alguien, desde su despacho de Urbanismo, repara en los conatos de resistencia al sistema que constituyen algunos barrios mal construidos y, por tanto, susceptibles de derribo y especulación.
Como el barrio de Sants.
Hasta que empecé a salir con Cristina no reparé en las callejuelas que hay detrás de nuestras casas. Vivimos muy cerca. La ruta tradicional para ir de una casa a la otra consiste en bajar por la calle Arizala, donde vivo, desde las inmediaciones del Camp Nou, hasta la carretera de Sants, y una vez allí seguir hasta la calle anterior a la rambla de Badal. Una vez allí, las luces de las zapaterías, ópticas, bares y tiendas de moda dan paso a una farola que se enciende cuando le da la gana, tres contenedores de basura que casi tapan el acceso a los vehículos, una buena cantidad de casas okupas y, por fin, la casa de Cristina, la única de obra nueva que tiene la calle.
No es la única manera de llegar hasta allí. También se puede entrar por la rambla de Badal, desde una plazoleta que últimamente tiene ocupada una panda de chavales con indumentarias de rapero y aspecto suramericano. Fue la ruta que escogí para asistir a nuestra primera cita, porque iba demasiado bien de tiempo y me hacía cargo de que llegar cinco minutos antes de la hora hubiera supuesto una falta total de consideración, un atentado al decoro que requieren estas situaciones.
Pero, como en política, hay una tercera vía de acceso a casa de Cristina, un pasaporte a los años cincuenta y sesenta, tal vez a las primeras décadas del siglo XX, un Brigadoon urbanístico que me habla de una Barcelona que ya casi no existe.
Si tomo la Avenida de Madrid o la calle de Arizala y me desvío por Roger o Portbou, la ciudad moderna se difumina, y emerge el antiguo barrio de Sants: fábricas abandonadas, casas derribadas o a punto de ser demolidas, callejones estrechos, laberintos, jardines entrevistos tras una tapia. El sonido del tráfico apenas llega. El bar que marca el final del siglo XXI tal como lo conocemos aún está cerrado por vacaciones, y el único ruido procede del locutorio.
Es el momento de torcer a la derecha y penetrar en una calle que parece inconclusa desde la calle Roger.

Al fondo, un taller de reparación de aluminosis. A la derecha, una pequeña tapia y un jardincillo que franquean el paso a una vieja casa. A la izquierda, una manzana que continúa siendo un enigma para mí, pues, sobre el papel, hay dos calles que deberían continuar su camino por allí. En lugar de eso, árboles y edificios espectrales, y en ocasiones gente que sale de una cancela que tal vez conduzca a un pasado de navajas brillantes empapadas de sangre, emigrantes murcianos o extremeños, chimeneas aún pletóricas de actividad fabril y los no tan lejanos clamores de la maquinaria con que se estaba construyendo el mayor estadio de fútbol de Europa.
Si el taller está cerrado, el paisaje se antoja más espectral, si cabe. La calle es coto exclusivo de perros que buscan la esquina perfecta para orinar o defecar, o para los vecinos que se conocen la ruta y no están dispuestos a revelar su secreto. O la extraña pareja compuesta por un cojo y un okupa, pertrechados tras una muleta y un perro, respectivamente, y que parecen los guardianes del perímetro de esta barriada.
Giramos a la izquierda y nos adentramos en un callejón que no tiene ni una sola casa: tan sólo paredes. Parece la parte trasera de varias calles, de varias construcciones. Una camioneta abandonada, con una rueda reventada, y dos postes de teléfonos, se erigen en los obstáculos para los vehículos y viandantes que sortean este callejón, llamado de les Ànimes. Las ánimas. Intento imaginarme una noche de Todos los Santos en este callejón. ¿Por qué se llama así? ¿Por qué no hay ningún edificio, ningún portal? ¿Pudiera ser que hubiera portales, y no me está dado verlos? ¿Por qué sólo hay cacas de perro, orines y restos del agua de la fábrica? ¿Cómo llegó hasta allí la furgoneta? Sería interesante saberlo.

El callejón da a una especie de plazoleta en la que ya hay edificios modernos, de los años sesenta. Hay una tapia que da a un aparcamiento que cierra de noche, y que también podría servir como pista de patinaje o campo de fútbol improvisado. A veces llegan ecos de chicos jugando a la pelota.
Todavía hay que torcer a la izquierda y llegar a un último callejón, que nos acerca a la calle de Cristina. Cincuenta metros más, y habremos llegado a la carretera de Sants, y con ella el metro y las luces de la ciudad. Otros cincuenta metros, en dirección contraria, y saldremos a la rambla de Badal, ese parque milagroso que se construyó al soterrar la Ronda del Mig y que le está dando tanta vida al barrio.
Al fondo, justo al fondo, apenas a un metro de la calle, hay un poste de teléfonos.
Y allí tuve mi pequeño altercado, hace tres semanas.
Era viernes. Estaba atajando por el dédalo de callejuelas que ya he referido, para llegar antes a casa de Cristina, coger el monedero y hacer alguna compra para la cena, cuando lo vi.
Tenía unos cincuenta años. Una persona normal. Pantalones cortos, de bermuda. Una bolsa de la compra. Aire despreocupado. Un vecino del barrio, lo más probable: no es seguro que alguien que no sea del barrio transite por estas callejuelas.
Deja en el suelo la bolsa de la compra y veo que se planta delante del poste de teléfonos. Se lleva las manos a sus partes.
Paso de largo, consciente de lo que está haciendo, y no sé por qué extraño impulso, yo, que nunca digo nada, me doy la vuelta en cuanto giro a la izquierda, ya en una calle "de verdad", y digo:
-No se te ocurrirá ponerte a mear.
Me mira con una mueca desagradable y unas gafas de cuello de botella.
-¿Eh?
Como no tiene la chorra al aire, me detengo a reflexionar durante unos segundos en la posibilidad de que haya malinterpretado sus intenciones.
-Perdona... Te veía con gesto de ponerte a mear.
Se pone furioso.
-¡Tú a lo tuyo!
Y me cuadro.
-¡Mira! ¡Es que yo paso mucho por esta calle!
Estoy abochornado, a mi manera. Es probable que haya hecho el gilipollas, por un error de apreciación. Y el tono tajante del individuo no le deja alternativa al buen rollo.
Así pues, me voy, llego a casa de Cristina, dejo mis cosas, me voy a hacer la compra, la dejo y, sin acercarme al callejón, voy al encuentro de Cristina.
Según nos acercamos a su casa, le cuento el desagradable incidente. Y cuando llegamos a la puerta de casa, nos desviamos un poco, lo justo para mirar el poste telefónico de marras.
Hay un hermoso reguero de meados.
El muy cerdo ha utilizado una vía pública de un metro de ancho para hacer sus cositas. Una vía pública bastante transitada, además.
Cómo mola.

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12 Comments:

Anonymous Cristina said...

Mira que me he estrujado el cerebro, pero sigo sin entenderlo. Si el hombre pasaba por el callejón, es que es del barrio, y si va con bolsas de la compra, es que pasa por allí habitualmente. ¿Y no le importa ponerse a mear precisamente allí? ¿no podía buscar un lugar menos transitado? (además de la posibilidad de que lo vean, es que se obliga a pisar sus propios meados).

Vale que hay gente rara y guarra, pero...de este no me extrañaría que se pusiera a mear enmedio del salón de su casa. Mucha diferencia no habría...

Y bueno, recorrer los callejones que hay entre tu casa y la mía resulta fascinante, la verdad. Nunca me había dado por seguir el caminito que hay detrás de mi bloque ni pasearme por el Carreró de les Ànimes, que sólo con el nombre ya me echaba patrás...

12 septiembre, 2006 19:44  
Anonymous Álex Vidal said...

Bueno, yo recuerdo a un tipo, tantaytantos, grueso de cerveza y riñones al jerez, sin ningún pudor, doblar la caseta de la churrería que había al lado de la antigua parada del bus de la UAB junto al río Sec y, tal como giraba y se dirigía hacia la barandilla que evita la caída de unos cinco metros al margen del río, sacarse la chorra de manera que, al llegar al desnivel, ya estaba echando el chorrito hacia los matojos de abajo.

Absolutamente espeluznante :)

13 septiembre, 2006 09:53  
Anonymous Manu o el guerrillero catódico said...

Joé, y ahora cómo le digo a mis dos pitufos que todas las cagadas y meadas que deben esquivar (por lo que debemos ir con los ojos bien abiertos, porque los críos pequeños miran a todas partes, excepto donde deben) eran de perro... si todas no lo son.

A partir de ahora dejo de echar la culpa a los perros ante los niños.

Desgraciadamente, Cristina, dudo que esos homo cerdus hagan sus guarradas en la tranquilidad de sus domicilios. Para qué, ya tiene la calle. Igual que los dueños de canes que los ponen a hacer sus necesidades delante de portales que ¡casualmente! no son los suyos y que ¡curiosamente! no suelen recoger ni limpiar. Mucho hablar de la educación de los jóvenes, cuando el problema falla por arriba, por los mayores.

(Vaya roooollo e sortao)

13 septiembre, 2006 10:34  
Anonymous natxo said...

Me ha encantado el relato de paisaje urbano.
Pero Juanma, o Manriquito, como más te guste que te llamen: ¿de qué te extrañas? es parte del paisaje, de la fauna urbana. ¿Qué sería de una ciudad sin sus meones, sus uñas largas y amarillentas de dedo meñique, camisetas de tirantes que un día fueron blancas, con manchas de sudor y chorizo, y agujeros donde caben tres dedos? En todas las ciudades hay urinarios públicos disfrazados de calles o callejones.
Vivimos en una ilusión; nuestras ciudades son gigantescas fosas sépticas en las que una inocente trama de calles y avenidas se superpone a la inmundicia subyacente.
...Vaya, creo que me he pasado un poco

13 septiembre, 2006 13:15  
Blogger Juanma said...

Joer, Natxo, acabas de escribir un cuento de Paul Auster traducido por Santiago Segura, como poco.
:-)

13 septiembre, 2006 13:48  
Blogger Pily B. said...

Pero qué tío más c*br*n!! :-(

13 septiembre, 2006 15:57  
Blogger Juanma said...

Cristina: Siempre es un placer descubrir cosas y lugares nuevos contigo, aunque estén al lado de casa, o dentro, o donde sea. :-)
:-*****************

13 septiembre, 2006 16:27  
Blogger Juanma said...

Manu: Pos sí, cuesta meterle a los niños en la cabeza que hay cosas que no se pueden hacer, si lo ven a su alrededor. De todos modos, no hay nada tan hiriente como un niño de tierna edad diciéndole a sus papás "Mira qué señor tan cerdo" con público delante.
:-)))

13 septiembre, 2006 16:29  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Lanzo una hipótesis al aire: ¿Y si fuese la próstata?...

Imaginaos:¡¡Una urgencia tan gorda que te hace entrar en el callejón que conoces para que nadie te vea mear y, plas, te encuentras con un "joven" que te dice que no mees en la calle!!

(Bueno, no me lo creo ni yo, pero nunca se sabe. De 100 cerdos, a lo mejor 10 se perdonan con esta hipótesis).

14 septiembre, 2006 16:04  
Blogger Juanma said...

Por poder ser, podría, pero el factor determinante es ese *un tío que conoce esa calle*. Imperdonable. Y muy sucio, sí.
:-*******

18 septiembre, 2006 14:01  
Anonymous Manu o el guerrillero catódico said...

no hay nada tan hiriente como un niño de tierna edad diciéndole a sus papás "Mira qué señor tan cerdo" con público delante.

Pos sí. Y como lo es, les digo a los críos que quienes hacen esas cerdadas y no las recogen son unos cochinos. Así, cuando contemplan esos patéticos espectáculos pueden -con sus inocentes vocecitas- abochornar en voz alta (y mira que mi hija habla alto) a esos incivilizados dueños de perros.

20 septiembre, 2006 12:31  
Blogger Juanma said...

Aún hay esperanzas para las generaciones venideras. :-))))

20 septiembre, 2006 16:23  

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