miércoles, 24 de julio de 2013

Finalista de los Premios Ignotus 2013

Pues sí, la cosa se ha dado bien, y mi artículo "Cincuenta relatos para una década" ha entrado en la papeleta de finalistas, compartiendo honores con Fernando Ángel Moreno, Julián Díez, José Manuel Uría, Tim Maughan, Sergio Mars y Manuel de los Reyes. Como veis, en muy buena compañía. Gane quien gane, va a ser un monolito merecido. Enhorabuena a los otros finalistas y, por supuesto, muchas gracias por haberme votado.

En cuanto al resto de los candidatos, podéis verlos si pincháis sobre este enlace. Como me faltan algunas lecturas, y además ya estoy muy viejuno, y un tanto al margen de guerras y demás geoestrategia fandomita, me resulta difícil aventurar posibles ganadores. No obstante, acá van algunas impresiones someras, en bruto y sin el menor ánimo de exhaustividad (¡escribo durante la siesta de Mireia! ¡Podría despertarse en cualquier momento!).

En novela llama la atención la doble ausencia de La Zona, de Javier Negrete y Juan Miguel Aguilera, y de La isla de Bowen, de César Mallorquí, que daba por finalistas seguras (ya lo habían sido del premio Celsius). Me gusta que Cenital, de Emilio Bueso, y El mapa del cielo, de Félix J. Palma, se hayan colado en la papeleta final. ¿Hará Bueso un doblete Celsius-Ignotus con la, al parecer, muy polémica pero completamente recomendable Cenital? ¿Conseguirá Palma romper de una puñetera vez la maldición de los Ignotus (todavía no lo ha ganado)? Veremos, veremos, aunque la (que yo sepa) primera novela finalista de Sergio Mars, que ya ha ganado en las categorías de relato, artículo y novela corta, podría alzarse con el monolito.

En relato estoy como unas castañuelas por la inclusión de los dos relatos inéditos de Prospectivas. Antología del cuento de ciencia ficción española actual, que corregí y maqueté hace poco más de un año: "Patrick Hannahan y las guerras secretas", de Eduardo Vaquerizo (que, además, me parece un justísimo reconocimiento a cierta antología colectiva sobre Patrick Hannahan cuyos entresijos dan por sí solos para escribir un libro), y "Neo Tokio blues", de José Ramón Vázquez. Para redondear el regocijo, creo que la introducción, "Ciencia ficción en español", de Fernando Ángel Moreno, debería llevarse el premio, por exponer de manera ejemplar la evolución de la ciencia ficción española, con una capacidad de contextualización realmente brillante.
Y, por seguir dándome autobombo indirecto, el hecho de que una de las novelas extranjeras finalistas haya pasado por mis zarpas (El Vivo, de Anna Starobínets, como corrector), también me alegra el día.

Tercera muestra de autobombo indirecto: a Xatafi no le ha ido nada mal. Triplete en artículos (Julián Díez, Fernando Ángel Moreno y yo), doblete para Hélice (revista y el artículo de Julián), otro doblete en obra poética (Alberto García-Teresa y Santiago Eximeno), un tercer doblete en relato (José Ramón Vázquez y Eduardo Vaquerizo, por los contenidos publicados en Prospectivas) y candidatura en novela corta (para "Ostfront", de Santiago Eximeno, Eduardo Vaquerizo y José Ramón Vázquez).

Por afinidades, me alegra infinito la segunda candidatura seguida de Catarsi a la mejor revista. Es todo un logro que un contenido en catalán se cuele en unos premios que tradicionalmente solo se fijan en lo editado en castellano.

Como podréis comprobar, Terra Nova arrasa en cuanto a contenidos, por lo que sería de desear su continuidad. De este modo podría recoger el testigo de algo que uno echa mucho a faltar, publicaciones periódicas en papel donde aparezcan relatos actuales de manera regular (vamos, lo que hacíamos en Gigamesh y hacían BEM, Cyber Fantasy, Galaxia o Asimov), aunque las candidaturas que ha recibido Cuentos para Algernon nos presentan un panorama muy curioso, en el que el eje de los contenidos influyentes y premiables se desplaza hacia lo digital. Me parece un caso digno de seguir, y creo que con el tiempo acabará siendo la norma; de momento, mi corazoncito de friki de la vieja guardia se alegra del más que probable Ignotus de Ken Liu, aunque Ted Chiang o Charles Stross podrían aguarle la fiesta.
Otro caso interesante es el de la antología Steampunk, seleccionada por Félix J. Palma y que se ha colado como finalista, además de las dos candidaturas a sendos relatos incluidos en ella de Juan Jacinto Muñoz Rengel ("London Gardens", sobresaliente) y Luis Manuel Ruiz ("Dynevor Road"), y la certeza de que "Gringo Clint" de Fernando Marías y, sobre todo, "Flux", de Fernando Royuela, también podrían haberse colado en la papeleta final.

En cuanto a las editoriales que van marcando el paso, parece que Sportula se confirma como la ganadora de antemano, en lo que presumo que es el comienzo de un ciclo que durará unos cuantos añitos, y relega (¡y de qué manera!) a otras que están empezando a apostar fuerte por el fantástico (es de suponer que Fantascy y RBA tendrán una presencia más potente en próximas ediciones). Minotauro aparece de manera meramente testimonial, y Gigamesh, Alamut o Ediciones B ya ni se dejan ver en la papeleta de finalistas, lo cual da una idea de por dónde van los tiros. 

En las categorías audiovisuales llama la atención la irrupción de los podcasts, que parecen haber sustituido a blogs y webs generales (tipo Literatura Prospectiva, que no era nominable al no estar activa) como generadores de opinión. En este sentido, los VerdHugos tienen mucho que decir.

Para finalizar (¡corre, Forrest, Mireia debería estar a punto de despertar!) no puedo dejar de comentar una maldad. ¡Por fin he vivido para presenciar una polémica de tres pares de cojones gestionada íntegramente por el nuevo fandom! Sí, a propósito de Cenital, de Emilio Bueso. Aunque soy parcial (sí, de los que opina que es una de las novelas sobresalientes del año pasado), el hecho de que se polemice no deja de parecerme positivo, ya que demuestra que hay diversidad de opiniones y que un contenido español de ciencia ficción puede sacudir conciencias y generar broncas como no se veían desde la publicación de Consecuencias naturales, de Elia Barceló (y hablo de 1994). Espero que no influya, ni para bien ni para mal, en las posibilidades de Bueso de llevarse el monolito, y me la guardo como contraejemplo para la próxima vez que me digan que el nuevo fandom es mucho más sano y menos broncas que nosotros, los troles sectarios de la vieja guardia. Como decían las incombustibles Vainica Doble: "Dos españoles, tres opiniones". Y parafraseando al teniente coronel Kilgore, me encanta el olor a flames por la mañana.

En fin, que la suerte está echada (o lo estará en cuanto haya rellenado la papeleta final), muchas felicidades a los finalistas, y ¡suerte!




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jueves, 5 de julio de 2012

Finalista de los premios Ignotus 2012


Desayuno con la gratísima noticia de que un artículo al que le tengo mucho cariño, "Juan Carlos Planells (1950-2011)", ha entrado en la papeleta final de los premios Ignotus 2012. Lo interpreto más como un doble homenaje: por un lado, al bueno de Juan Carlos, que nos dejó en diciembre del año pasado y a quien se echa mucho de menos, y por otro lado, a la web Prospectiva, a la que también echaremos mucho de menos, y que "celebra" su hibernación con otras tres candidaturas: otros dos artículos (de Ignacio Illarregui y Mariano Villarreal, respectivamente) y página web. Es, pues, una candidatura un tanto melancólica y agridulce, empañada por una doble pérdida, la de una persona y la de un proyecto muy valiosos.
Pero también es una candidatura esperanzadora que me hace sentir optimista, porque hacía ya cinco años que no entraba en la papeleta final (con esta conferencia reconvertida a artículo sobre Stanislaw Lem), y vale, estas cosas hay que valorarlas en su justa medida, pero hacen ilusión, por lo que implican de reconocimiento de los lectores, y porque me dan ánimos para seguir escribiendo.
En 2011 perdí un poco de comba con respecto a lo que se está cocinando en la ciencia ficción española, entre que no estoy "en el ajo" (estaba más al día cuando era jurado de los premios Xatafi-Cyberdark, y uno de los responsables de Artifex Cuarta Época) y tenía la cabeza en otras cosas, así que me voy a tener que poner mucho las pilas de cara a la segunda fase de la votación, porque me faltan bastantes lecturas. Esto explica, por ejemplo, que no haya escrito la ya habitual entrada sobre mis precandidaturas a los premios (he aquí las correspondientes a 2009, 2010 y 2011, y compárense con las papeletas finales, si se tiene tiempo, que yo no), o que ahora no vaya a desglosar las difererentes candidaturas. Eso sí, me gusta mucho la candidatura de novela española (el doblete Bueso-Martínez Biurrun por parte de Salto de Página contra el doblete Rudy-Quevedo de NGC, por un lado, y la novela de Rafa Marín, por otro), la de novela extranjera ha quedado la mar de resultona (¡Stross, Bacigalupi y Murakami contra Bujold y Scalzi!), en novela corta echo de menos la presencia de El encuentro, de Ángel Sucasas (que habría redondeado el homenaje a NGC Ficción!, una editorial más que necesaria cuyo cierre es un síntoma de cómo está el género en España), en artículo se echan en falta el número de Hélice que no llegó a salir (lo hizo en febrero de 2012) y la introducción de Nosotros, de Zamiátin, a cargo de Fernando Ángel Moreno, y en ilustración, pues nada, el signo de los tiempos: un duelo de altura entre Felideus contra Colucci, animado por los también habituales Calderón y Koldo Campo. En representación audiovisual pueden saltar chispas entre Eva e Intruso, me encanta que Catarsi se haya colado en mejor revista, David Rubín en tebeo, David Roas en ensayo y Kelly Link en mejor cuento extranjero (aunque también habría merecido entrar en antología, porque ¡vaya antología, señores!) y siento una curiosidad casi morbosa por saber si los lectores modernikis de Agustín Fernández Mallo serán capaces de reconocer abiertamente que a su idolatrado autor lo han nominado a un premio friki por un poemario.
Muchísimas gracias a quienes me han votado, muchísimas felicidades a todos los finalistas y a todos los que no lo han sido, que Dick reparta suerte (aunque bueno, si gana algún contenido en el que yo haya estado implicado, como los de NGC Ficción!, Prospectiva o la novela corta Oniromante, mi alegría será aún mayor) y, si leéis mi artículo, recordad que es una ocasión inmejorable para que os leáis alguna obra de Juan Carlos Planells. Creo que es el mejor homenaje que le podéis hacer.


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jueves, 8 de marzo de 2012

"Cincuenta relatos para una década", en Literatura Prospectiva

Literatura Prospectiva publica hoy un ensayo mío que lleva por título "Cincuenta relatos para una década", cuyo subtítulo debería ser "O cómo dignificar mi manía con las listas". Más que lo que cuento, lo importante es lo que no cuento. Me explico. La exhumación de unos viejos listados, elaborados entre 1999 y 2000, me da pie para sugerir posibles líneas de investigación a los estudiosos que, en el futuro, quieran analizar un fenómeno específico, la ficción breve de género fantástico (ciencia ficción, fantasía y terror) aparecida en fanzines, revistas y colecciones especializadas en el período comprendido entre 1991 y 1999. Como colofón, hablo de un ambicioso listado de 200 relatos significativos, aunque solo desgloso los cincuenta primeros.
Entiéndaseme: en todo momento dejo claro que estoy hablando de los que, en algún momento de finales de 1999 o comienzos de 2000, me parecían los relatos más significativos de la literatura fantástica española intra fándom. Releo el listado a fecha de hoy, 8 de marzo de 2012 y, en líneas generales, estoy de acuerdo, pero creo que sobrevaloré e infravaloré algunos de ellos. El esqueleto es, básicamente, correcto, aunque con los bailes lógicos de material que concede el paso del tiempo. Algunas de aquellas historias se han revalorizado, y otras han envejecido mal. Pero precisamente por eso, porque es una foto fija de cómo se percibía la década de 1990 a finales de la década de 1990, he preferido no tocar nada, dejar el listado tal cual. 
Y, qué coño, se me haría muy cuesta arriba releerme varios centenares de relatos (todo lo que se publicó durante esa década) para actualizarlo. Es evidente que eso requeriría un ensayo diferente y, por la manera en que lanzo pelotas fuera, creo que dejo clarísimo que preferiría que ese ensayo lo escribiera alguna otra persona. Creo que yo ya he cumplido mi cuota de análisis y estudio de esa década (con la única excepción de los estudios introductorios de la serie sobre los premios Ignotus que impulsó Rodolfo Martínez, si se acaba editando: a eso, evidentemente, me apunto), y es interesante dejar paso a otras voces. Al menos, en lo relativo a los ensayos sobre esa época. Lo de llevarla al terreno de la ficción ya es otra cosa, claro. (Aquí debería ir el emoticono del guiñito de ojo.)
Pues nada, acá va el ensayo propiamente dicho, que, como podréis comprobar, es más que nada un esquema para otros futuros ensayos, y una explicación digamos cuantitativista de la mecánica de los listados propiamente dichos. 
Hala, leed y opinad, porfa.

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Cincuenta relatos para una década

Juanma Santiago

 
Cuando llevas varias mudanzas a cuestas y te pasas la vida haciendo cajas con tus cosas, es lógico que se te extravíen algunas de ellas. En una de las últimas le perdí el rastro a buena parte de mis fanzines y revistas de la década de 1990, aunque el mes pasado conseguí dar con su paradero. Hurgando entre ejemplares de Kenbeo Kenmaro, 2.000 Maníacos, Cyber Fantasy, El Fantasma, Opar y Núcleo Ubik, descubrí un fajo de hojas de papel cuadriculado, cuya existencia recordaba vagamente pero que ya daba por perdido. Se trataba de un listado exhaustivo de todos los relatos de género fantástico que leí en fanzines, revistas —y algunos libros— durante el período 1991-1999 y escrito originalmente en castellano. Los agrupaba por lugar de publicación, de modo que, por ejemplo, primero relacionaba todos los aparecidos en BEM, y lo hacía en orden cronológico. En una primera columna aparecía el año de publicación; acto seguido, el número en que se publicó; después, el autor, el título, los premios que recibió (este último dato, en azul), la calificación de 0 a 5 y, por último (y también en azul), una cifra que no me costó identificar como su posición en otro listado del que hablaré más adelante. Los relatos iban entrecomillados, y las novelas cortas, en cursiva.
Me falta bastante material de 1999, y no hay ninguno posterior a esa fecha, de modo que supongo que este listado me tuvo ocupado entre algún momento de 1998 (la letra y el criterio son uniformes) y el verano de 1999, en que estuve ingresado por una enfermedad bastante seria con nombre de signo zodiacal. Un cáncer, vamos. De hecho, es posible que elaborase todo este listado durante el verano de 1999, a modo de entretenimiento entre sesión de quimio y sesión de quimio, ya que por aquel entonces había abandonado las oposiciones, apenas leía nada porque no conseguía concentrarme y, en resumen, no tenía nada mejor que hacer, excepto recuperarme.
Visto ahora, me da la impresión de que este material era una versión en limpio de otros listados previos, que desde luego no recuerdo haber elaborado pero que no me cabe duda de que existieron. Tendría sentido: caigo enfermo, dedico los meses de mi enfermedad a recapitular acerca de una década que toca a su fin, de toda una época, en un momento incierto de mi vida.
Sea como fuere, en estas hojas refiero casi todos los relatos que aparecieron en las publicaciones y editoriales especializadas durante la década de 1990. Son las siguientes, por orden de aparición: BEM, Tránsito, las antologías de los premios UPC (de Nova CF, de Ediciones B), los Quaderns UPCF, Ediciones Bígaro, Blade Runner Magazine, Cyber Fantasy, Núcleo Ubik, Aullidos, Sueño del Fevre, Opar, Gigamesh, las publicaciones de la AEFCF (sobre todo, Pórtico y las antologías Visiones, aunque también los combozines), Elfstone, Numinor, Kenbeo Kenmaro, Parsifal, Ad Astra, Bucanero, Mundos Perdidos, El Melocotón Mecánico, El Centinela, El Fantasma y Artifex. También había dos hojas en las que enumeraba los relatos y algunas novelas, ordenados por año de publicación, que habían aparecido en libros de Miraguano, Alcodre, Ediciones B, Edicions Pagès, La Calle de la Costa, Cuadernos Espiral, Parsifal Extra, Gadir CF, las antologías de los premios Alberto Magno, Fundación Dolores Medio, Opar Nuevas Singladuras, Artifex Serie Minor, Colectivo D. Tebeos, Silente, Pre-Textos, y el gobierno de Asturias.
Es evidente que no están todos los que fueron, pero sí que hay un porcentaje muy significativo de las publicaciones de fándom, y no tan de fándom, que constituyen la columna vertebral de la literatura fantástica española del período 1991-1999.
Cuando me recuperé de mi enfermedad abandoné esa manía por los listados y la vocación completista, entre otras cosas porque encontré una manera más productiva de canalizar las impresiones que me producían esas lecturas: la sección “Mentidero Cinco” de la página web de Bibliópolis, en la que dije casi todo lo que en aquel momento creí que tenía que decir sobre la década de 1990. Más o menos al mismo tiempo me hice cargo de la sección «Fiawol» de la revista Gigamesh, en cuyas páginas comentaba en vivo y en directo los pormenores de las publicaciones fandomitas del cambio de milenio. Por último, comencé a trabajar en la editorial Gigamesh; es decir, me convertí en parte interesada y pasé a considerar incompatible el afán historiográfico con la dirección de revistas como Stalker y Gigamesh. El tiempo se me iba en leer material para las revistas que dirigía, me mudé a Barcelona, comencé a perder el rastro de mis fanzines y listados y, en resumen, dejé de estar al día y ser una fuente fiable como historiador oficioso del fándom español. Mis conocimientos, pues, quedaron limitados a la década de 1990, por puro pragmatismo, pero también por propia voluntad.
Hubo un intento de resucitar aquel interés, en forma de antologías de los premios Ignotus. El proyecto impulsado por Rodolfo Martínez duerme el sueño de los justos, aunque, por lo que a mí respecta, no renuncio a colaborar con él si resucita, y encontramos algún editor interesado en embarcarse en esta tarea. Tal como se planteó durante la HispaCon de Vigo de 2005, Rudy se encargaría de efectuar un ensayo introductorio de cada volumen (que abarcaría un período de dos, tres o cuatro años, en función del número de páginas, ya que en ocasiones se podría contar con novelas cortas, y a veces habría que limitarse a editar relatos), una pequeña introducción a cada año (en plan «Isaac Asimov presenta los premios Hugo») y a mí me correspondería la tarea de glosar los contenidos de cada año, en plan estudio no-demasiado-sesudo-pero-sí-bastante-informativo. Llegué a terminar el ensayo correspondiente a 1991, pero me faltaron la constancia, el material (como digo, perdí la pista de mis fanzines durante una mudanza), el tiempo y, llegado un momento, incluso las ganas. De todos modos, insisto, no renuncio a retomar el proyecto si se dan las circunstancias favorables.
En el primer párrafo de este ensayo me refería a otro listado. Queda más o menos claro que soy un maniático de las listas, encuentro un placer casi indescriptible en sistematizarlo o destriparlo todo en plan «los cinco cuentos imprescindibles de Theodore Sturgeon», «los diez mejores conciertos de mi vida» o «los veinte mejores relatos españoles de todos los tiempos» y, si bien la costumbre se me ha ido pasando con el tiempo, reconozco que es un ejercicio mental gracias al cual, si no se abusa de él, se pueden descubrir muchas cosas útiles, tanto sobre la materia susceptible del listado como sobre uno mismo.
 
En este caso, el listado de marras se dedica a glosar nada más y nada menos que los que yo consideraba los doscientos mejores relatos de ciencia ficción, fantasía y terror españoles aparecidos en publicaciones especializadas durante la década de 1990 y publicados originalmente en castellano. Doscientos, nada menos. De 75 autores diferentes, siete de ellos mujeres. Este listado me devuelve al Juanma de hace casi trece años. A sus gustos. A sus apriorismos. A sus manías. Ahora mismo, en marzo de 2012, no estoy de acuerdo con ese listado, lo encuentro muy superado en muchos aspectos, aunque es cierto que también es muy lúcido en otros. Es parte de mí, de Juanma Santiago, pero de un Juanma Santiago de tiempos remotos. No sería igual si lo confeccionase ahora mismo, pero no tengo ni tiempo ni ganas de releerme toda la literatura fantástica española de fándom de la década de 1990 para reelaborarlo. ¿Cuántos relatos pudieron haberse publicado? ¿Medio millar? No obstante, pasados los años he ido releyendo parte de este material, por motivos varios, y me he encontrado con que, pese a los inevitables errores de juicio, los relatos infravalorados y los relatos sobrevalorados, no es un mal listado, y refleja, de una manera creo que bastante ajustada, el estado de la literatura fantástica española de esa década de 1990. Tal vez no refleje mis gustos actuales, pero me he negado a tocarle ni una sola coma. No quiero añadir nada, ni quitarlo.
Y eso incluye un pequeño gesto de objetividad del que (soy subjetivo) creo que no salí del todo malparado: mis propios relatos. ¿De verdad que cinco de los doscientos mejores relatos de aquella época son míos? No lo sé; ni, a decir verdad, me importa: llevo años sin releerlos, pero me temo que tal vez, de alguna manera, sin restarme méritos ni deméritos, sí es posible que, en cierto modo, dos o tres de esos relatos sí se contasen entre los doscientos elegidos, y uno en concreto («Tierra de venados») en lugares relativamente privilegiados; podría ser el vigésimo noveno, como en mi listado, o podría ser el quincuagésimo, pero, en resumen, sí creo que es mi mejor relato de ficción, y sí creo que merece un lugar entre los, digamos, «recomendables». No aparece el que considero mi otro relato perdurable, «Protégete de la onda expansiva de mi cerebro», ya que se publicó en el año 2000 y, por lo tanto, no entra en el período que cubre este listado. Los otros relatos míos que aparecen son «El  nacimiento de Venus» (75), «Confesiones de un papanatas de mierda» (110), «El hombre del Quinto Centenario» (125) y «Recuerda, aquello, sueños, nosotros tres» (181). Curiosamente, no valoro mi primer vuelo, «El que acecha en las escaleras», que fue reeditado en Qlipoth. Cuando lo releí (este sí) nada más reeditarse, me dio la impresión de que es más satisfactorio que los tres últimos relatos mencionados. Los errores de juicio también afectan a mi obra, mira tú por dónde.
Dicho lo cual, paso a explicar las claves de aquel listado. Junto al número de orden aparece un círculo blanco (si el relato es de ciencia ficción) o un semicírculo azul (si es de fantasía o terror). Luego van el nombre del autor, una cifra entre corchetes (número de relatos de ese autor entre los cien primeros), una cifra entre paréntesis (número de relatos de ese autor ente los doscientos primeros), el título del relato, indicación de si aparecieron en la antología de Minotauro seleccionada por Julián Díez (lo que indica a las claras que retoqué este listado en 2003), publicación y número donde apareció, año, número ordinal de ese autor (los cincuenta primeros relatos pertenecen a 23 autores diferentes), desglose de esos relatos por años (así, entre los cincuenta primeros hay tres de 1991, tres de 1992, seis de 1993, seis de 1994, cinco de 1995, seis de 1996, cinco de 1997, nueve de 1998 y ocho de 1999, y que cada cual extraiga las conclusiones que considere pertinentes), desglose por lugar de publicación (los cincuenta primeros relatos aparecieron en 13 publicaciones diferentes, más tres en formato libro, directamente) y los premios que se llevaron.
Ni que decir tiene que adapto ese formato, para no hacer ilegible este ensayo, y me limito a incluir nombre de autor y datos de edición.
Otra aclaración, por si algunos de los lectores se están preguntando por ciertos títulos: aquí no caben las novelas cortas. Tan solo hago un listado de relatos y relatos largos, tal como los define el reglamento de los premios Ignotus (hasta 17.500 palabras), aunque aparecieran en forma de libro independiente, en cuyo caso los indico en cursivas, en vez de entrecomillados. Así pues, dejo fuera obras muy relevantes de la literatura fantástica española de la década de 1990, como por ejemplo «La casa del doctor Pétalo» y «El coleccionista de sellos», de César Mallorquí, «Un jinete solitario» y «Este relámpago, esta locura», de Rodolfo Martínez, Estado crepuscular y «Nox perpetua», de Javier Negrete, «Maleficio» y En un vacío insondable, de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, «A tumba abierta» y «Mundo de dioses», de Rafael Marín, «El círculo de piedra», de Ángel Torres Quesada, El mundo de Yarek, de Elia Barceló, La Residencia, de Pablo Tusset (¿o acaso os creíais que su ópera prima fue Lo mejor que le puede pasar a un cruasán?), El lanzador, de Eduardo Vaquerizo, o «Seis» y «La máquina de Pymblikot», de Daniel Mares. Solo destaco 16 novelas cortas, pero eso no quiere decir que fueran las únicas valiosas que se publicaron durante aquella década y, en todo caso, desarrollar este párrafo haría necesario un nuevo ensayo sobre la extensión que, gracias al premio UPC, resultó determinante para explicar el salto de nivel de nuestra literatura fantástica.
Por no aburrir al lector, me limitaré a enumerar los cincuenta primeros relatos del listado, que son más o menos canónicos y, en todo caso, recomendables y reeditables.
Insisto en que me llama la atención hasta qué punto el tiempo ha respetado o maltratado algunos de estos relatos. Por ejemplo, si analizamos los citados en «Cuatro autores, cuatro relatos», el tiempo los ha tratado realmente bien (de hecho, esa era la  premisa del ensayo), y en general los sitúo en posiciones inferiores a las que ocuparían si realizase el listado con mis gustos de hoy: «El mensaje perdido», de César Mallorquí, ocupa el puesto número 47; «El sueño de la razón», de Armando Boix, el 36; «Poetik GmbH», de Carlos Pavón, el 82, y «En las fraguas marcianas», de León Arsenal, el 16. Apurando mucho, creo que hoy día, si reelaborase el listado, aparecerían entre los cuarenta primeros. Pero, claro, actualizar este listado, conforme a mis gustos actuales y la trascendencia histórica de estos relatos, sería una tarea ingente, al menos para mí. Si algún estudioso recoge el guante, por mí encantado.
No detecto ninguna ausencia clamorosa en el listado de doscientos relatos, aunque, como veréis, en el de los cincuenta primeros faltan algunas historias españolas publicadas en la década de 1990 que, con el tiempo, han ido adquiriendo la condición de clásicos, obligatorios o recomendables, como se prefiera. O, simplemente, relatos que ganan mucho en relecturas. Sin ningún ánimo de completismo, en esta categoría podríamos incluir historias como «Aquel tren donde fuimos tan felices» y «Haciendo cola en la escalera mecánica», de Félix J. Palma, «El hombre dormido» y «El escritor, la muerte y el demonio», de César Mallorquí, «Los herederos», de Daniel Mares (que luego fue incluida en la Antología de la ciencia ficción española. 1982-2002, de Julián Díez), «Mi esposa, mi hija», de Domingo Santos, «El día que hicimos la transición», de Ricard de la Casa y Pedro Jorge Romero, «La derrota de la grande armada», de Carlos Saiz Cidoncha, «Una oveja negra y varios lobos» y «Postales desde el laberinto», de Juan Carlos Planells, «Baraka» y «Bibliópolis», de Rafael Marín, «Victoria pírrica» y «Castillos en el aire», de Rodolfo Martínez, «La venganza de Cárdenas Mulege» y «Lagunas de Kirkwood», de Manuel Díez Román, «El paso del mar calmo», de Ramón Muñoz, «Uñas», de Jesús Palacios (con el seudónimo de James Cole), «Tu pelo» y «Desde el sol hasta el corazón de la Tierra», de Carlos Fernández Castrosín, «Contramedidas», de Javier Cuevas, «Josaphat, rey», de Luis G. Prado, «Claudia5 y la encantadora fragilidad de los deseos», de Juan Antonio Fernández Madrigal, «Cinerario», de Karim Taylhardat, «Delantal de metal», de Javier Ullán, «Aviso», de Cristóbal García, «Viento de cambios», de Juan Castillo, «El inocente», de Ricardo Menéndez, «Programa 1014», de Jorge Munnshe, «Guía secreta de la ciudad», de Sergio Azlor, «Historia sagrada», de David Soriano, «Triste consciencia», de Javier Lachica, o la citada «Poetik GmbH», de Carlos Pavón. Y lo dejo aquí, porque corro el riesgo de acercarme al centenar de relatos y, para eso, enumero los cincuenta relatos siguientes de mi listado, hasta el número 100, y acabamos antes.
Así pues, emplazo al lector a que examine este listado con una finalidad eminentemente informativa e histórica, pero sin excesivo espíritu crítico, porque para ello sería necesaria una concienzuda actualización tras una relectura sistemática de todo el material consultado y, la verdad sea dicha, yo ya no estoy para esos trotes. Le puede servir para comprobar cómo se repiten los autores y publicaciones, cómo se reparten los diferentes subgéneros, cómo el tiempo ha dado o quitado la razón a los premios literarios, o cómo irrumpen y desaparecen algunos autores, qué autores han escrito después sus mejores relatos pero aún estaban puliendo sus estilos. (Los casos más claros son Ramón Muñoz y José Antonio Cotrina, que no mucho después publicaron «Transformándose» y «Bajando», el primero, y «Entre líneas», el segundo.)
En resumen, creo que el listado tiene más valor si se ofrece en bruto, tal como lo escribí, sin comentarios adicionales, valoraciones ni análisis crítico que lo apoye. En todo caso, el lector puede insistir en todos estos aspectos en la zona de comentarios.
  1. «El rebaño», de César Mallorquí (BEM 33, 1993)
  2. «El bosque de hielo», de Juan Miguel Aguilera (BEM 50, 1996)
  3. «La pared de hielo», de César Mallorquí (Cyber Fantasy 3, 1993)
  4. «El noveno capítulo», de Armando Boix (Opar 4, 1996)
  5. «El agente exterior», de León Arsenal (Cyber Fantasy 4, 1994)
  6. «Otro día sin noticias tuyas», de Juan Carlos Planells (Visiones 1995, 1995)
  7. «La estrella», de Elia Barceló (BEM 13, 1991)
  8. «Ari, el Tonto», de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal (BEM 20, 1992)
  9. «Días de tormenta», de Ramón Muñoz (Gigamesh 17, 1998)
  10. «De entre la niebla», de Rafael Marín (BEM 13, 1991)
  11. «Ojos de sombra», de León Arsenal (Visiones propias II, 1993)
  12. «Los viejos días de la contracultura», de Carlos Fernández Castrosín (Núcleo Ubik 2/3, 1995)
  13. «Reflejos», de Félix J. Palma (Artifex 16, 1997)
  14. «El Centro Muerto», de León Arsenal (Kenbeo Kenmaro 6, 1994)
  15. «María Calaveras», de Félix J. Palma (El vigilante de la salamandra, 1998)
  16. «En las fraguas marcianas», de León Arsenal (Artifex Segunda Época 1, 1999)
  17. «Una esfera perfecta», de Eduardo Vaquerizo (Artifex Segunda Época 1, 1999)
  18. «Un racimo de infiernos», de Joaquín Revuelta (Núcleo Ubik 2/3, 1995)
  19. Los abominables sucesos de la Casa Figueroa, de Julián Díez (Opar Narrativa, 1995)
  20. «Seda y plata», de Eduardo Vaquerizo (Artifex 16, 1997)
  21. «Mi última noche con Donna», de Félix J. Palma (BEM 18, 1992)
  22. «El catador», de José Miguel Pallarés (Gigamesh 20, 1999)
  23. «Forastero en esta tierra», de Pedro Pablo García May (Cyber Fantasy 4, 1994)
  24. «Lilith, el juicio de la Gorgona y La sonrisa de Salgari», de José Antonio Cotrina (Premios Alberto Magno 1999, 1999)
  25. «Historia del insomnio de Raazd el Ocioso y del triunfo de Pafpaf, deshacedor de entuertos real», de José Luis Rendueles (Visiones 1998, 1998)
  26. «Materia oscura», de César Mallorquí (BEM 36, 1993)
  27. «De muerte y de dolor», de Juan Carlos Planells (Tránsito 17, 1993)
  28. «Oscuro candente», de León Arsenal (Gigamesh 8, 1997)
  29. «Tierra de venados», de Juan Manuel Santiago (Artifex Segunda Época 2, 1999)
  30. «Tarot», de Rodolfo Martínez (Gigamesh 18, 1999)
  31. «Ébano y acero», de Rafael Marín (Visiones 1996, 1996)
  32. «Círculo de hombres», de León Arsenal (Gigamesh 13, 1998)
  33. «El decimoquinto movimiento», de César Mallorquí (Gigamesh 12, 1998)
  34. «La casquería», de Adolfina García (Gigamesh 4, 1994)
  35. «Un animal en tu estómago (Una historia de amor)», de José Luis Rendueles (Visiones 1996, 1996)
  36. «El sueño de la razón», de Armando Boix (Gigamesh 13, 1998)
  37. «Besos de alacrán», de León Arsenal (Cyber Fantasy 5, 1994)
  38. «La carretera», de Rodolfo Martínez (Parsifal 2, 1993)
  39. «El ayudante de Piranesi», de Armando Boix (BEM 54, 1996)
  40. «El Uno Inefable», de Armando Boix (Artifex 16, 1997)
  41. «Los que esperan», de Carlos Fernández Castrosín (BEM 37 y Zooropa, 1994)
  42. «Queda un espacio vacío», de Julián Díez (Cyber Fantasy 5, 1994)
  43. «Oscuro, como un cristal», de Elia Barceló (Artifex 20/21, 1998)
  44. «Mutis», de Daniel Mares (Ad Astra 13, 1998)
  45. «Ritos», de Elia Barceló (BEM 59, 1997)
  46. «Río de acero ardiente», de Manuel Díez Román (Bucanero 4, 1996)
  47. «El mensaje perdido (A Orajabiá Suncaí e Gedeón Montoya)», de César Mallorquí (HispaCon 91, 1991)
  48. «Más tequila», de Joaquín Revuelta (Artifex 19, 1998)
  49. «Tormenta», de José Antonio Cotrina (Visiones propias, 1992)
  50. «Gómez Meseguer y el ogro Santaolaya», de Daniel Mares (Artifex Segunda Época 2, 1999)
A continuación desglosaré algunos datos que he juzgado interesantes.
He aquí la distribución de autores por número de relatos (entre paréntesis, los que incluía en el listado de doscientos):
  • León Arsenal: 7 (11)
  • César Mallorquí: 5 (7)
  • Armando Boix: 4 (9)
  • Félix J. Palma: 3 (13)
  • Elia Barceló: 3 (7)
  • Rodolfo Martínez: 2 (12)
  • Carlos Fernández Castrosín: 2 (10)
  • Rafael Marín: 2 (9)
  • Juan Carlos Planells: 2 (7)
  • Eduardo Vaquerizo: 2 (6)
  • Daniel Mares: 2 (6)
  • José Luis Rendueles: 2 (4)
  • Juan Miguel Aguilera: 2 (3)
  • José Antonio Cotrina: 2 (3)
  • Julián Díez: 2 (3)
  • Joaquín Revuelta: 2 (3)
  • José Miguel Pallarés: 1 (5)
  • Juan Manuel Santiago: 1 (5)
  • Manuel Díez Román: 1 (4)
  • Pedro Pablo García May: 1 (3)
  • Adolfina García: 1 (3)
  • Ramón Muñoz: 1 (2)
  • Javier Redal: 1 (2)
Estas son las publicaciones ordenadas por número de relatos:
  • Artifex: 9
  • BEM: 9
  • Gigamesh: 8
  • Visiones: 6
  • Cyber Fantasy: 5
  • Núcleo Ubik: 2
  • Ad Astra: 1
  • Bucanero: 1
  • HispaCon 91: 1
  • Kenbeo Kenmaro: 1
  • Opar: 1
  • Opar Narrativas: 1
  • Parsifal: 1
  • Tránsito: 1
  • El vigilante de la salamandra: 1
  • Premios Alberto Magno 1999: 1
  • Zooropa: 1
Y, a modo de top 5, he aquí una aproximación a cuáles fueron los cinco relatos más destacables de cada año (insisto, siempre según el orden de este listado, y sin incluir novelas cortas). Ofrezco los datos bibliográficos cuando no ha aparecido en el listado de cincuenta relatos que reproduzco más arriba. Detrás de cada año incluyo, entre paréntesis, el número de relatos que aparecen en el listado de doscientos. Este detalle puede dar una idea aproximada de la producción y de la curva ascendente de calidad que experimenta la literatura fantástica española a lo largo de la década, con los altibajos correspondientes a los supuestos cambios de ciclo y períodos de transición, la coincidencia con los diferentes premios convocados durante este período (en particular, los Ignotus, Aznar/Pablo Rido, Domingo Santos y Alberto Magno), las fases de dominación de las diferentes publicaciones (con una sucesión muy clara BEM-Cyber Fantasy-las antologías Visiones y el binomio Gigamesh-Artifex) y, por supuesto, la evolución de los diferentes autores, que parece seguir el patrón de grandes explosiones de creatividad concentradas en breves espacios de tiempo (por ejemplo, César Mallorquí en 1993, León Arsenal en 1994, o Armando Boix en 1996).
1991 (8)
  1. «La estrella», de Elia Barceló
  2. «De entre la niebla», de Rafael Marín
  3. «El mensaje perdido», de César Mallorquí
  4. «Extraviado», de Javier Redal (BEM 14)
  5. «La torre de la serpiente», de Javier Cuevas (Elfstone 6 y 7)
1992 (10)
  1. «Ari, el Tonto», de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal
  2. «Mi última noche con Donna», de Félix J. Palma
  3. «Tormenta», de José Antonio Cotrina
  4. «Cinerario», de Karim Taylhardat (BEM 23)
  5. «Todas las noches», de León Arsenal (Aullidos 2)
1993 (10)
  1. «El rebaño», de César Mallorquí
  2. «La pared de hielo», de César Mallorquí
  3. «Ojos de sombra», de León Arsenal
  4. «Materia oscura», de César Mallorquí
  5. «De muerte y de dolor», de Juan Carlos Planells
1994 (18)
  1. «El agente exterior», de León Arsenal
  2. «El Centro Muerto», de León Arsenal
  3. «Forastero en esta tierra», de Pedro Pablo García May
  4. «Besos de alacrán», de León Arsenal
  5. «Los que esperan», de Carlos Fernández Castrosín
1995 (33)
  1. «Otro día sin noticias tuyas», de Juan Carlos Planells
  2. «Los viejos días de la contracultura», de Carlos Fernández Castrosín
  3. «Un racimo de infiernos», de Joaquín Revuelta
  4. Los abominables sucesos de la Casa Figueroa, de Julián Díez
  5. «La casquería», de Adolfina García
1996 (21)
  1. «El bosque de hielo», de Juan Miguel Aguilera
  2. «El noveno capítulo», de Armando Boix
  3. «Ébano y acero», de Rafael Marín
  4. «Un animal en tu estómago (Una historia de amor)», de José Luis Rendueles
  5. «El ayudante de Piranesi», de Armando Boix
1997 (29)
  1. «Reflejos», de Félix J. Palma
  2. «Seda y plata», de Eduardo Vaquerizo
  3. «Oscuro candente», de León Arsenal
  4. «El Uno Inefable», de Armando Boix
  5. «Ritos», de Elia Barceló
1998 (24)
  1. «Días de tormenta», de Ramón Muñoz
  2. «María Calaveras», de Félix J. Palma
  3. «Historia del insomnio de Raazd el Ocioso y del triunfo de Pafpaf, deshacedor de entuertos real», de José Luis Rendueles
  4. «Círculo de hombres», de León Arsenal
  5. «El decimoquinto movimiento», de César Mallorquí
1999 (30)
  1. «En las fraguas marcianas», de León Arsenal
  2. «Una esfera perfecta», de Eduardo Vaquerizo
  3. «El catador», de José Miguel Pallarés
  4. «Lilith, el juicio de la Gorgona y La sonrisa de Salgari», de José Antonio Cotrina
  5. «Tierra de venados», de Juan Manuel Santiago
Como digo, el tiempo ha tratado muy bien a algunos de estos relatos, no tan bien a otros, y ha reivindicado algunos que en su momento no me llamaron tanto la atención. En todo caso, y vuelvo al leitmotiv de este ensayo, creo que el listado refleja de manera bastante razonable lo que fue el fándom español durante la década de 1990, y puede servir de base para futuros ensayos en los que se intente profundizar en esta interesante época.
Por supuesto, este ensayo también es un guante lanzado a quien quiera recogerlo y se anime a realizar algún estudio similar sobre la década de 2000, en la que perdí bastante contacto con lo que se editaba.  Por un lado, comenzaron a desaparecer los fanzines y revistas en papel, lo que hizo virtualmente imposible estar al día de lo que se publicaba. Por otro lado, hubo años en que me perdí demasiados relatos relevantes, puesto que estaba ocupado casi en exclusiva con los relatos que llegaban para las revistas Gigamesh y Artifex Cuarta Época (que dirigí, casi sin solución de continuidad, a lo largo de la década). Es cierto que retomé el contacto con la realidad durante los años en que fui jurado selector de la antología Fabricantes de Sueños de la AEFCFyT y jurado de los premios Xatafi-Cyberdark de literatura fantástica, pero para aquellos años, en el tramo final de la pasada década, el fándom, definitivamente, ya no era el mismo que durante la década de 1990. Casi no había fanzines ni revistas, todo estaba demasiado fragmentado, y resultaba materialmente imposible abarcarlo todo. Además, la distinción entre fándom y no fándom pasó a estar demasiado difuminada como para que tuviera sentido establecer diferencias, y en los listados de los Ignotus y de los Xatafi-Cyberdark comenzó a ser habitual que los relatos aparecidos en las escasas publicaciones especializadas compartiesen candidaturas con otros publicados en páginas web de autor o, directamente, en antologías profesionales aparecidas en editoriales generalistas, con lo que, de nuevo, resultaba imposible abarcarlo todo. Así pues, la tarea de buscar los cincuenta, cien o doscientos relatos más representativos de la pasada década está definitivamente fuera de mi alcance, aunque es evidente que no podrán faltar nombres como Félix J. Palma, Lorenzo Luengo, José Antonio del Valle, Alfredo Álamo, Santiago Eximeno, José Ramón Vázquez, Daniel Pérez Navarro, Sergio Parra, Francisco Javier Pérez, Julián Díez, Fernando Ángel Moreno, Magnus Dagon, David Soriano, Óscar Bribián, Roberto Malo, David Jasso, Alejandro Carneiro, Juan Díaz Olmedo, Víctor Miguel Gallardo, Víctor Conde, Eduardo Vaquerizo, Rafael Marín, Rodolfo Martínez, León Arsenal, Santiago García Albas, Manuel Díez Román, José Miguel Pallarés, Ekaitz Ortega, Juan Antonio Fernández Madrigal, Carlos Martínez Córdoba, Elia Barceló, Alejo Cuervo, Manuel de los Reyes, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Cristina Fernández Cubas, Ramón San Miguel, José Javier Bataller, Sergio Mars, Joaquín Revuelta, Juan Carlos Planells, Marc R. Soto, Javier Cuevas, Álex Vidal, José María Faraldo, Víctor Ánchel, Nuria C. Botey, Juan Miguel Aguilera, Jimina Sabadú, Miguel Puente, Juan Ramón Biedma, David G. Panadero, Juan Miguel Aguilera, Iván Olmedo, Javier Esteban, David Mateo, Luis Astolfi, Iban Zaldua, Jon Bilbao, David Roas, Enrique Vila-Matas o, ya que estamos, yo mismo («Protégete de la onda expansiva de mi cerebro» no es mal cuento). Sería, desde luego, un listado más ecléctico que el de la década de 1990, aunque también podríamos jugar a efectuar el ejercicio inverso: ampliar mi listado de doscientos relatos destacables de literatura fantástica producida por el fándom castellanoparlante durante la década de 1990 a… los doscientos relatos más representativos de la literatura fantástica española, con independencia de la lengua en que fueron escritos o de su carácter profesional o aficionado. En una nueva vuelta de tuerca, y dado que internet ha abolido las fronteras nacionales, se podrían añadir autores latinoamericanos como Carlos Gardini, Bernardo Fernández, Alejandro Alonso, Sergio Gaut vel Hartman, Paula Ruggeri, Patricia Suárez, Carlos Suchowolski, Yoss o Vladimir Hernández. De nuevo, una tarea ingente y prácticamente inabarcable.
Reitero que el listado que he ofrecido en este ensayo no tiene base científica, y tan solo se trata de un documento de hace doce años que he encontrado rebuscando entre mis papeles, y que me parecía interesante dar a conocer. Es, pues, un repaso muy subjetivo a la década de 1990 y los relatos que la convirtieron en una de las más fértiles y apasionantes de la historia del género fantástico español.

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jueves, 23 de febrero de 2012

"Cuatro autores, cuatro relatos", en Literatura Prospectiva

Como en el chiste: una noticia mala y otra buena.
La mala es que Literatura Prospectiva, uno de los referentes indiscutibles en cuanto a crítica literaria de género fantástico en red, va a echar el cierre en las próximas semanas. El equipo pilotado por Nacho Illarregui y Joserra Vázquez lo explica en esta entrada. Los motivos de fondo (cansancio acumulado después de tres años de actividad ininterrumpida, dificultades para encontrar nuevos colaboradores, poca receptividad por parte de autores con blogs propios a colaborar en blogs colectivos, posibles fallos de comunicación con los lectores potenciales) son muy complejos y comprensibles, aunque suelen ser el pan nuestro de cada día: todo lo que empieza tiene un final, y tal vez sea mejor dar por finiquitada Literatura Prospectiva, ahora que sigue siendo un referente, antes que dejar que pierda calidad, visibilidad y periodicidad. En todo caso, es una pequeña tragedia, ya que se ha tratado de una magnífica página, en la que se han podido leer muy buenas reflexiones, columnas muy interesantes (para mí ha supuesto el descubrimiento de ese recambio generacional que echaba en falta en el terreno crítico-ensayístico, con gente como Luís Besa, Manuel de los Reyes, Miguel Cisneros, Mariano Martín o Fernando Lafuente) y, sobre todo, en el de las reseñas con finalidad prescriptora y analítica (una laguna clamorosa en estos tiempos de mero quid pro quo que están propiciando las redes sociales).
La buena (para mí, no sé si para los lectores) es que de un par de meses para acá estoy cogiendo ritmo, y hoy ha aparecido una colaboración mía: el ensayo "Cuatro autores, cuatro relatos", en el que recomiendo cuatro historias breves de ciencia ficción española que en su momento fueron relevantes (por sus premios, repercusión o trascendencia) y que ahora se hallan sumidas en el olvido, reducidas a meras referencias bibliográficas. Me parece una buena manera de rescatarlas, y conseguir que interesen a las nuevas generaciones, las que solo conocen a César Mallorquí como un autor de novela juvenil, a León Arsenal como un autor de novela histórica, a Armando Boix como un señor que va a publicar su tercera novela juvenil después de un silencio literario de doce años y Carlos Pavón como un señor que traduce a Greg Egan. Por supuesto, también lo he escrito para satisfacer la nostalgia de los lectores y aficionados que vivieron aquellos maravillosos años noventa. En cierto modo, la selección de estos cuatro relatos y autores no deja de ser una especie de "Auge y caída del boom de los años noventa". Y, antes de que alguien me lo recuerde en la zona de comentarios: sí, es evidente que esto forma parte del esqueleto de la Gran Novela sobre el Fandom que no dejáis de pedirme (y que a este paso se va a titular La gran novela sobre el fandom, así, con un par); sí, comencé a escribirla, pero no tardé en dejarla aparcada, entre otras cosas porque no era la novela que quería escribir en ese momento (es una historia larga de contar, y espero poder hacerlo en detalle dentro de dos o tres años, a poder ser con una novela terminada y publicada en la mano, pero a estas alturas ya nos conocemos), y no, ahora mismo no estoy con ella, pero sigo haciendo acopio de material para cuando me ponga en serio.
Así pues, y sin más preámbulos, copio y pego el ensayo que ha aparecido hoy en Literatura Prospectiva. Ojalá me dé tiempo a escribir alguno más en este estilo, y que llegue a aparecer en Prospectiva, antes de que eche el cierre. Me ha encantado colaborar con esta página, siento no haberme prodigado más (debo muchas críticas desde hace demasiado tiempo) y me alegro de estar cogiendo impulso y publicando allí con regularidad, aunque sea justo al final.

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Es ya un lugar común referirse a los años noventa como la década dorada de los relatos de ciencia ficción española. No insistiremos en la supuesta veracidad de esta etiqueta, dado que estos no son ni el lugar ni el momento, pero resulta indudable que la concurrencia de una serie de factores hizo posible que el género adquiriera un impulso que, en mayor o menor medida, se ha mantenido hasta la fecha presente. El surgimiento de fanzines y revistas, así como las convocatorias de premios, el auge de internet y la segunda etapa de las HispaCones conformaron un fándom activo e inquieto, lo que llevó aparejado un aumento en la cantidad y calidad de los relatos de ciencia ficción autóctonos. Muchos de los autores que comenzaron a publicar en aquella época se mantienen activos hoy en día; otros se han quedado en el camino, y algunos ya no están con nosotros. Sea como fuere, la ciencia ficción española, en formato breve, vivió momentos más que interesantes. El reflejo más ajustado, exhaustivo y veraz de este boom sigue siendo la Antología de la ciencia ficción española. 1982-2002, recopilada por Julián Díez y editada y saldada por Minotauro. El lector inquieto también podrá encontrar de su gusto otra antología que se solapa parcialmente con aquella: Cuentos de ciencia ficción, seleccionada por Miquel Barceló y Pedro Jorge, y editada por Bígaro.
La selección de Julián Díez fue impecable aunque, como es lógico, solo incluía un relato por autor, y no daba cabida a todos los responsables del boom de la ciencia ficción española de los años noventa. Consciente de ello, Julián incluía abundantes referencias bibliográficas en el ensayo introductorio y en el listado final de recomendaciones. En total, entre los relatos incluidos en la antología y las recomendaciones finales, aparecían unos ochenta títulos de ciencia ficción española intra fándom que podríamos considerar, como mínimo, dignos. El tiempo ha sido relativamente generoso con bastantes de ellos, que se dejan releer con un toque entre tierno y nostálgico, sí, pero también los hace aptos para los nuevos lectores, aquellos que tal vez no hayan tenido entre sus manos ningún ejemplar de Gigamesh, BEM, Cyber Fantasy, las sucesivas encarnaciones de Artifex en papel, y no digamos fanzines como Núcleo Ubik, Kenbeo Kenmaro, Parsifal, Elfstone, Bucanero o El Melocotón Mecánico.
Por todo ello, considero oportuno referirme a cuatro relatos de ciencia ficción pura y a veces dura escritos por otros tantos autores que comenzaron a publicar (o a despuntar) en los años noventa; por este motivo no incluyo a Rafael Marín, Elia Barceló ni Rodolfo Martínez. Algunos aparecieron en el sumario de la antología de Minotauro, y otros se quedaron a las puertas. En todo caso, comento relatos no incluidos en esa recopilación, pero, no obstante, recomendables. No intento ser sistemático, ni compensar los relatos en función de su año o lugar de publicación. De hecho, digamos que el criterio que he adoptado es el siguiente: presento cuatro buenos relatos de ciencia ficción española, que no han aparecido en ninguna de las dos recopilaciones mencionadas y que, por lo tanto, no suelen citarse como «referencias obligatorias», pese a que cuentan con méritos suficientes para reivindicarlos y que no caigan en el olvido. Podríamos considerarlos la «segunda línea» de la ciencia ficción española de los años noventa, circunstancia que los ha condenado al olvido.
Por supuesto, hay mucho más material donde elegir, y parte de la gracia de este ensayito consiste en fomentar la participación de los lectores más veteranos o leídos del lugar.


 
«El mensaje perdido», de César Mallorquí
 
Por lo general, se tiende a conceder a este relato más valor histórico que literario. Ganó la primera edición del premio Aznar de relatos, que organizaba la por aquel entonces recién nacida AEFCF (antes de añadir la «yT» a sus iniciales), y se publicó en el combozine de la HispaCon de Barcelona, celebrada en diciembre de 1991. Este dato es relevante, porque, por un lado, la mayoría de las referencias bibliográficas sobre la primera edición del relato son erróneas (su aparición en el número 1 de Cyber Fantasy es posterior) y, por otro, nos permite hablar de este relato, con toda propiedad, como el hito fundacional del boom de la ciencia ficción española de los años noventa. Es cierto que César escribió relatos mucho mejores («El rebaño», «La pared de hielo» o «La casa del doctor Pétalo», que, sin exagerar, muy bien podrían hallarse entre los diez mejores de la historia de la ciencia ficción española), pero tal vez no habrían sido lo mismo si no hubiera escrito antes este relato, o, simplemente, no habrían sido.
El título completo de esta historia, «El mensaje perdido. A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya», nos deja claro desde el principio por dónde van a ir los tiros. Mallorquí fusiona la tradición cienciaficionera de los años cincuenta y sesenta (es, al mismo tiempo, pura Edad de Oro y pura New Wave) con el imaginario tradicional español, y revitaliza la tan traída y llevada ciencia ficción «cañí» que, hasta aquel momento, solo habían desarrollado Gabriel Bermúdez Castillo, Ignacio Romeo y Enrique Lázaro, pero que a partir de entonces se convirtió en uno de los puntos de fuga del género, que acabó derivando en el subgénero llamado «de cachava y boina» (cuyos máximos exponentes se pueden leer en los Cuentos fantásticos de la España profunda, editados por AJEC). La mezcla, que ahora llamaríamos posmoderna y consideraríamos hermana literaria de productos como Amanece, que no es poco, resultaba novedosa, aunque en realidad era clásica, realmente clásica. Detrás de las tribulaciones de un gitano que adquiere el don de la omnisciencia porque, nada más nacer, su cabeza se interpone en la trayectoria de un rayo de luz coherente enviado por una inteligencia extraterrestre superior, se halla un estudio serio y completísimo de los mitos artúricos. Por reducción al absurdo, podríamos decir que «El mensaje perdido» es una mezcla de La diosa blanca, de Robert Graves, y «Volando voy», de Camarón de la Isla. El hecho es que, veinte años y dos meses después, su relectura sigue sorprendiendo.
Como es lógico, la propuesta se adelantó a su tiempo, el relato pasó sin pena ni gloria y César acabó hartándose del fándom (leánse sus más que lúcidos artículos alusivos) y convirtiéndose en uno de los autores más laureados de la literatura juvenil (acaba de obtener su cuarto premio Edebé con una novela de ciencia ficción, La isla de Bowen). Y nada de ello fue posible sin «El mensaje perdido».



 

 Armando Boix fue uno de los autores indispensables de la ciencia ficción española del segundo lustro de los años noventa, y su desaparición del panorama editorial simbolizó, en cierto modo, las primeras señales de desencanto y desgaste del boom. Escribió una docena de relatos impecables (recopilados en Sombras de todo tiempo, editada por Mandrágora), marcó uno de los puntos culminantes de la fantasía y el terror con elementos históricos y «cultos» (que ahora que están tan de moda estos términos, podríamos considerar retrofuturistas o steampunks sin más), dirigió los mejores números de la revista de cine fantástico Stalker, se pasó a la novela juvenil en el momento en que lo hacían Elia Barceló, César Mallorquí o Javier Negrete, la jugada no le salió bien (ganó el Gran Angular con El jardín de los autómatas, pero las ventas y repercusión de El sello de Salomón fueron más bien escasas) y abandonó la literatura y el fándom para dedicarse en exclusiva a su actividad profesional. (Edito: César Mallorquí comenta que Edebé va a publicarle una novela juvenil a Armando durante este año 2012, lo cual es una magnífica noticia. Espero que funcione, y Armando vuelva por sus fueros.) En el camino, como digo, quedaron una docena de relatos de factura impecable, uno de los cuales, «El sueño de la razón» (Gigamesh 13, 1998), era de ciencia ficción; no en vano, fue finalista del certamen Alberto Magno. Pero también era un relato de terror. Y un thriller. Y demasiadas cosas, como todos sus cuentos. La atmósfera de la clínica donde trabaja la protagonista era tan opresiva como el entorno exterior, una Barcelona gris y distópica que, aunque aparece poco, nos recuerda que el relato es, ante todo, una llamada de advertencia. Soylent Green, Gattaca, La isla, Black Mirror… Todos esos referentes, anteriores y posteriores, podrían venir bien para caracterizar las sensaciones que transmite el mundo que crea Boix en este relato. En cuanto a la trama, lo suficientemente bien resuelta como para que no parezca un telefilme de sábado por la tarde, cabe decir que tal vez sea lo menos satisfactorio del conjunto. Y, ante todo, y sin que sirva de precedente, vemos aquí un retrato de personaje femenino creíble y bien caracterizado, cosa que puede parecer una tontería, pero que siempre fue el talón de Aquiles de la ciencia ficción española de los años noventa.


 
«Poetik GmbH», de Carlos Pavón
 
Carlos Pavón fue el típico ejemplo de autor de unos pocos relatos, cuya escasa producción le impidió ser un autor de referencia. No dejaba de ser un francotirador, alguien que se dedicaba a otras cosas, pero que, además, escribía relatos de vez en cuando. En su caso, era el traductor y contacto en España con Greg Egan. Gracias a Carlos, Gigamesh pudo publicar relatos del autor australiano, que contaban con el visto bueno del autor, siempre muy receptivo, hasta el punto de que comenzó a correr el chascarrillo de que Greg Egan era un seudónimo de Carlos Pavón. Hablamos de una época en la que todavía no sabíamos qué aspecto tenía Egan.
Pero Pavón no era solo el traductor de Egan. También tradujo relatos de Pat Cadigan y de Bruce Sterling. Y reseñaba títulos para Gigamesh. Todas estas influencias lo caracterizarían ahora como un lector 2.0 sin más, pero, en 1999, eran algo insólito. Nos hablaban de un lector que estaba a la última en todo lo relativo a ciencia ficción de vanguardia, pero a quien le traía absolutamente al pairo lo que se estuviese haciendo por aquí. No lo necesitaba. Por eso se incurrió en el reduccionismo de definir «Poetik GmbH» como «un cuento de Greg Egan escrito por un español». Cierto, Pavón había traducido a Egan. Cierto, hablaban de los mismos temas; en particular, la memoria y el olvido. Cierto, la estética era parecida. Pero no: Pavón iba más allá. No nos estaba ofreciendo «un cuento de Greg Egan escrito por un español», sino «el tipo de buena ciencia ficción que se está escribiendo ahí fuera, pero escrito por alguien de aquí», que no era lo mismo. Esta diferencia de matiz explica la incomprensión que generó el relato, y es una metáfora inmejorable del cariz que estaban tomando los acontecimientos.



 

 Aunque León Arsenal ha hecho fortuna en el campo de la novela histórica, es justo recordar que sus diez primeros años de actividad lo definieron como EL autor español de relatos de ciencia ficción. Sus colaboraciones con Cyber Fantasy elevaron los estándares de calidad de la ciencia ficción clásica, el space opera de toda la vida, al que León sabía imprimir un toque lo suficientemente moderno, pero sin perder sus raíces. Sabíamos que nos hallábamos ante un pulp arquetípico, pero escrito con lenguaje de New Wave. De nuevo, el posmodernismo de las narices, antes de que tuviéramos muy claro en qué consistía este.
Tal vez no tan brillante como «El centro muerto» (que fue el relato seleccionado por Julián Díez), «En las fraguas marcianas» es una declaración de amor a la ciencia ficción «de antes». La puesta en escena es espectacular. Arsenal escribe en el año 1999 (y se lleva sendos premios Pablo Rido e Ignotus por ello),  pero nos describe un Marte más propio de las novelas de Edgar Rice Burroughs. Estamos en Barsoom, pero también en las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, sin que suene demodé; todo lo contrario: la coherencia del conjunto es asombrosa, y uno no puede dejar de soñar con ese Marte. De nuevo, ahora diríamos que el relato es posmoderno y retrofuturista, pero en 1999 era una maravillosa declaración de amor al sentido de la maravilla con el que todos los lectores ya talluditos nos enganchamos a la ciencia ficción cuando éramos adolescentes. El Marte de León Arsenal es el paraíso perdido de los implicados en el boom de la ciencia ficción española de los años noventa; por eso se llevó el Ignotus, y por eso se convirtió en el canto del cisne de Arsenal como escritor de ciencia ficción breve. ¿Qué más podía añadir? Arsenal se metió, él solo, en un callejón sin salida. Lo siguiente que hizo fue dar carpetazo a su faceta de escritor de relatos con la más que notable recopilación Besos de alacrán y otros relatos, y pasarse a la novela histórica. Se cerraban así los mágicos años noventa y, tal vez y de rebote, todo el boom de la ciencia ficción española.

Por supuesto, hay más autores y más relatos. Podríamos hablar de Joaquín Revuelta y «Más tequila», o de Manuel Díez Román y «Cualquier noche puede salir el sol», o de Ramón Muñoz y su fascinante «Bajando», o de «Los viejos días de la contracultura», de Carlos Fernández Castrosín, pero para ello sería necesario otro ensayo.

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martes, 7 de febrero de 2012

"Años de prosperidad", de Chan Koonchung, en Literatura Prospectiva

En la actualización de hoy de Literatura Prospectiva aparece una reseña de mi autoría sobre una novela francamente interesante que está dando mucho que hablar, y que aprovecho para recomendaros: Años de prosperidad, de Chan Koonchung. Espero que la disfrutéis (la novela, me refiero, aunque, si la reseña os parece disfrutable, por mí genial, me sentiré muy halagado).

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Años de prosperidad, de Chan Koonchung

Juanma Santiago

Ed. Destino, col. Áncora y Delfín. Barcelona, 2011. Trad. Alfredo Barbero Moraño. 416 págs., 19,50 €
 
Mis dos sobrinos pequeños (de once y diez años, respectivamente) estudian chino. No porque sea una pijada que les han impuesto sus padres, sino porque se trata de una actividad extraescolar que ofrece un colegio público de la Comunidad de Madrid. Cada vez que los veo se embarcan en diálogos en chino, de los que no entiendo más que algún que otro «xie xie», discuten sobre la entonación de tal o cual palabra y, en definitiva, estoy razonablemente seguro de que no intentan vacilarme y sí es verdad que están manteniendo una conversación más o menos fluida en mandarín. En un momento dado, mi hermano interviene con un «liang bei, pijiu», a lo que ellos replican con carcajadas, y se van a la cocina a trastear en la nevera. Por mi parte, yo bromeo con lo bien que me parece que estudien chino, ya que, dentro de veinte o treinta años, cuando los chinos hayan decidido cobrarnos toda la deuda pública que nos están comprando (no a mí y a vosotros, entendedme), y hayan dejado definitivamente atrás su política histórica de aislamiento internacional y se nos hayan anexionado, nos vendrá muy bien tener a mano a alguien que hable chino, se pueda afiliar al Partido, entre en la red clientelar del comisario político del distrito de Chamberí e interceda por toda la familia. Por supuesto, no desarrollo la bromita mucho más, porque tengo la incómoda sensación de que dentro de veinte o treinta años no me va a parecer ninguna broma, y voy a arrepentirme de haberla proferido alguna vez, e incluso de haber escrito esta reseña, que, por otro lado, será virtualmente imposible de encontrar en internet, porque estará censurada y, a efectos prácticos, será como si, además, no hubiera existido nunca. Otro tanto sucederá con Años de prosperidad, con Chang Koonchung, y su premisa argumental acabará haciéndose realidad: desaparecerán meses enteros de nuestra memoria colectiva. Quien dispone del control sobre la información tiene en sus manos las vidas de los ciudadanos, y si ejerce ese control de manera eficiente puede configurar la realidad a su antojo. Decidir no solo qué es noticia y qué no, qué se cuenta y qué se oculta, sino, en un momento dado, disponer del control sobre la realidad: decidir qué ha sucedido y qué no. El famoso pasaje de 1984 en el que O’Brien le muestra cuatro dedos a Winston Smith y este le dice, convencido, seguro de ello, que hay cuatro dedos, porque es lo que ve, a lo que O’Brien replica con un «¿Y si el Partido te dijese que son cinco?». El Gran Hermano repartiendo soma a millones de personas que viven en casas de paredes de cristal, por referirme en la misma frase al 1984 de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Nosotros, de Yevgeni Zamiatin… y, por reivindicar la mejor distopía pura que nos presenta un futuro en el que China domina el mundo, la más que estimable China Montaña Zhang, de Maureen F. McHugh.
Toda esta disquisición viene a cuento para contextualizar Años de prosperidad, pero, por supuesto, no es suficiente. Incide en los aspectos centrales de la novela de Chan Koonchung que las reseñas han repetido hasta la saciedad, como la adscripción a la temática distópica, su denuncia implícita del poder casi omnímodo del gobierno chino y la manipulación salvaje que ejerce sobre los medios de comunicación, y el interés evidente que despierta en los lectores occidentales todo aquello que tenga que ver con China, sobre todo si es una crítica abierta a los excesos del régimen. También se ha insistido en que esta novela ha sido censurada, se ha convertido en una novela de culto y está generando cierto debate social, todo el que puede generarse en un estado en el que, literalmente, no se habla de la matanza de Tiananmen porque parece como si no hubiera existido. De nuevo, la frase de O’Brien: «¿Y si el Partido te dijese que aquí hay cinco dedos?». No obstante, hay otros aspectos que hacen igual de interesante esta Años de prosperidad.
Por ejemplo, el vivo retrato que Chan Koonchung realiza de una sociedad cambiante. Por establecer un paralelismo cinematográfico, con esta novela sucede lo mismo que pasó cuando, acostumbrados a las películas de época de Zhang Yimou, unos cuantos espectadores acudimos a ver Keep Cool y nos encontramos con una especie de Al final de la escapada con toques de Dogma, rodada cámara en mano y sin un solo plano en estudio, que retrataba la vida supuestamente rebelde y guay de una pijaza niña de papá que era el máximo exponente de la transición de China hacia el comunismo de mercado. La película no sentó nada bien en su momento (1997), pero nos permitía ver las contradicciones de un sistema que comenzaba a transitar hacia lo que es en la actualidad. Todo ello, por supuesto, narrado en un lenguaje comprensible para el espectador occidental.

A Años de prosperidad le sucede algo muy parecido. Chan Koonchung escribe en primera persona desde el punto de vista de Lao Chen, un escritor que vive un bloqueo creativo con absoluta despreocupación, e incluso con una felicidad inefable. Lao Chen es taiwanés, lo que permite al autor establecer el elemento de distanciamiento necesario para abordar una novela difícil. Taiwán es independiente, sí, pero históricamente forma parte de China. Lao Chen es un chino con mundo, ya que viene de un estado que ha permanecido ajeno a las manipulaciones del Partido Comunista, y además ha vivido en los Estados Unidos, y en ciudades como Shanghái, y ahora recala en Pekín. Ofrece, pues, un punto de vista suficientemente aséptico y distanciado como para parecer más o menos objetivo. Y, no obstante, es feliz, pese a que lleva dos años sin poder escribir ni una sola línea. Nos narra las fiestas de las revistas literarias más prestigiosas, nos ofrece disquisiciones alucinantes sobre la política económica china de inversiones en empresas extranjeras (lean lo relativo a la cadena Starbucks, donde, por cierto, Lao Chen se pasa las mañanas enteras) y nos retrata una galería de personajes a cual más desquiciado que, por momentos, parecen salidos de una versión de Alicia en el País de las Maravillas que hubiera dirigido un Terry Gilliam todavía colocado hasta las cejas con lo que quiera que se hubiera tomado para dirigir Miedo y asco en Las Vegas. Esta referencia a las drogas, como verán si se leen el libro, no es del todo casual. Tenemos a Feng Caodi, un inadaptado social que ofrece el contrapunto humorístico. También está Xiao Xi, una activista democrática de la que Lao Chen estuvo enamorado en la universidad y que desaparece periódicamente para eludir el cerco cada vez más estrecho del aparato represor del Estado… y el de un hijo con modales de miembro de las Juventudes Hitlerianas cuya mayor ilusión consiste en ser comisario político. Por último, tenemos a Jian Lin, un altísimo cargo del Partido que padece de insomnio y que solo lo puede conjurar montando proyecciones privadas de clásicos del cine propagandístico chino de los años de la Revolución Cultural (observen la mala leche del autor) en las que comparte mesa y mantel con Lao Chen y se consume mucho vino…., por supuesto, de Burdeos, y, por supuesto, de añadas excepcionales y fuera del alcance de cualquiera que no sea un altísimo cargo del Partido que lo puede importar saltándose los cauces oficiales.
Con todos estos elementos y personajes, Chan Koonchung nos relata la búsqueda de un mes perdido en la conciencia colectiva china. Sabemos que estamos en el año 2013, que China salió reforzada de la crisis económica que ha arruinado al mundo entero, que toda la población es feliz en grado sumo, y que Lao Chen, un escritor de razonable éxito que viene de Taiwán, no puede escribir ni una sola línea debido a esa felicidad extrema. La irrupción de Feng Caodi (con su incontrolable locura) y Xiao Xi (con su ciberactivismo anticensor) hace surgir en él la duda razonable acerca de la realidad. ¿Por qué motivo hay personas —en su mayor parte drogadictos y gente en tratamiento médico— que tienen recuerdos deslavazados de todo el mes en que se desencadenó la crisis mundial y, sin embargo, China salió airosa y con una prosperidad nunca vista? La trama de la novela gira en un primer momento en torno a la reconstrucción de estos hechos y del porqué de ese olvido masivo y su sustitución por una felicidad generalizada, cuya explicación final no nos aterra por lo verosímil o inverosímil que nos pueda parecer (es decir, por su componente distópico y prospectivo), sino porque no deja de ser algo que ya ha sucedido, y que sucede de continuo. Con respecto a la matanza de la plaza de Tiananmen en 1989, por ejemplo.
Chan Koonchung nos ofrece un relato vivo, divertido y tremebundo de una sociedad sumida en una dicotomía entre el inmovilismo que propugna el poder absoluto (ya se sabe que la finalidad última de cualquier Gran Hermano es borrar el fluir de la historia, eliminar el pasado y el futuro, y hacer que solo exista un presente configurable a su antojo) y los inevitables movimientos de oposición a todo poder omnímodo (representados por una Xiao Xi sexagenaria, como Lao Chen, lo que por otra parte nos habla de la escasa confianza que tiene el autor en la juventud china actual). También es una road movie, que nos permite comprobar otros planos de disidencia, no solo el de las clases medias y medias-altas con acceso a internet, sino el de la China profunda, donde el mero hecho de ser creyente supone un problema muy serio (recuérdense la represión a la secta de Falun Gong, o los continuos conflictos entre las autoridades chinas y la Iglesia católica). Tiene elementos satíricos (personificados en Jian Lin, el alto cargo del Partido que solo logra conciliar el sueño si ve películas de propaganda de la Revolución Cultural) y, por supuesto, posee una carga de género fantástico suficiente como para justificar esta reseña. De hecho, la manera del autor de encarar esa ciencia ficción que tiene lugar aquí y ahora, llena de disquisiciones sobre el mundo actual, dotada de elementos fantásticos muy tenues sobre los que, sin embargo, descansa la premisa argumental, nos ofrece una muy buena definición de lo que desde esta página llamamos «literatura prospectiva». Años de prosperidad es una novela interesante por varios motivos: por sí misma, ya que literariamente es muy satisfactoria (pese a ciertos problemas de tempo interno), como retrato de la sociedad china, y como extrapolación prospectiva de un futuro tan cercano que, de hecho, está sucediendo ahora mismo.

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martes, 20 de diciembre de 2011

Juan Carlos Planells (1950-2011)

Mi última colaboración (hasta el momento) con Literatura Prospectiva es el obituario del escritor, crítico, bloguero y corrector Juan Carlos Planells, que falleció el 3 de diciembre en Barcelona. Dejé un comentario a la noticia, Nacho Illarregui me pidió que lo ampliara, y me salió el texto que podéis leer a continuación. Aquí está el enlace a su edición original en Literatura Prospectiva. 
Los incontables ensayos que escribió Juan Carlos a lo largo de sus más de treinta años de actividad en el fándom son una de las fuentes obligatorias para entender el desarrollo, auge, caída, nuevo auge y atocinamiento de la literatura fantástica española. Su obra literaria, personal e inclasificable, merece no caer en el olvido, ya que contiene una de las novelas (El enfrentamiento) y varios de los relatos ("Cambio de guardia", "¿Cómo mataremos la tarde del domingo?", "Cofres", "De muerte y de dolor", "Heridas y cicatrices", La mirada del intruso", "Otro día sin noticias tuyas" y "Una oveja negra y varios lobos") más representativos de lo que ha sido el género intra fándom. Su blog es un punto de referencia obligado. Y su labor profesional, corrector de estilo y galeradas, es más importante de lo que parece, ya que ayudó a elevar los estándares de calidad de editoriales como Gigamesh.
Ha muerto, pues, uno de los nombres fundamentales para entender la ciencia ficción española de los últimos treinta y tantos años. Y una persona llena de contradicciones, pero atenta, de trato agradable y, a su manera, entrañable.

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El pasado 3 de diciembre falleció el escritor, crítico y corrector Juan Carlos Planells. Tenía sesenta y un años, y un ictus cerebral se lo llevó por delante. A juzgar por la fecha en que fue enterrado (cuatro días después del óbito), cabe suponer que murió solo. Es este un hecho relevante, ya que muchos aspectos de la vida (y, suponemos, muerte) de Juan Carlos transcurrieron en soledad. Pese a que le costaba abrirse a los demás (creo que todos lo recordaremos con esa sempiterna media sonrisa entre tímida y socarrona) y nuestra relación era más cordial que amistosa (sensación, supongo, que compartirán los aficionados que tuvieron más trato con él), uno no deja de tener la impresión de que sus últimos años fueron tristes y solitarios, en parte por los avatares de la vida, y en parte por elección. Manteníamos un contacto esporádico, y meramente epistolar, fruto de la simpatía mutua que nos profesábamos de los tiempos en que trabajé en la editorial Gigamesh y, antes, en que ambos colaborábamos con sus revistas, primero a las órdenes de Alejo Cuervo y después a las de Julián Díez.
Nuestro último intercambio de mensajes se produjo hace algo más de dos años, entre junio y septiembre de 2009. Me comentaba que apenas le quedaban clientes, ya que algunas editoriales lo habían catalogado como persona «poco fiable». Le facilité los datos de toda mi agenda de contactos, con indicación expresa de cuáles me parecían los más idóneos para su perfil profesional (corrección de galeradas en papel y en castellano). Después de unos cuantos mensajes centrándonos en un cliente en concreto, que manifestó su interés por contactar con él, me comentó, con la sencillez y amabilidad que lo caracterizaban, que en realidad ya no hacía falta, que había renunciado a la tarea de seguir buscando clientes, que ya le daba todo igual, y que muchas gracias por la gestión. Lo siguiente que supe, a través de Álex Vidal, era que había vendido buena parte de su biblioteca privada. Y, pocos meses después, en su blog, una serie de entradas en las que comentaba con todo lujo de detalles sus peripecias en el mundillo de los comedores sociales. Y ahora, un año después, nos llega la noticia de su muerte. No me cabe la menor duda de que no murió como le habría gustado (y creo que tenía unas indisimuladas preferencias al respecto; que lo entienda quien quiera), pero sí tengo la impresión de que no quería seguir viviendo, de que ya había bajado los brazos. El resto, lo que ya sabemos que sucedió el día 3 de diciembre, solo era cuestión de (poco) tiempo, supongo.
Algunos obituarios, y muchos comentarios de viva voz, insisten en que Juan Carlos tenía una personalidad que se podría calificar de difícil. No lo conocí lo suficiente como para saber hasta qué punto era cierto, pero no era infrecuente recibir mensajes suyos en forma de filípica contra tal o cual editorial o revista, desautorizando de manera expresa esta publicación o aquel proyecto. No dejaba de ser una manera de recibir noticias suyas y de saber que estaba bien, o no muy mal. En todo caso, cabe decir algo que creo que lo honra, y que en cierto modo puede ayudar a desmentir esa reputación: durante los años más duros de esa guerra fría que sufrió el fandom en la década de 1990, Juan Carlos fue uno de los poquitos autores que simultaneó sus colaboraciones en BEM y Gigamesh, los dos polos de esa lucha intestina que ahora no interesa a nadie, y que en aquel momento parecía que solo dejaba de interesarle a él. Esto dice mucho acerca de su lealtad (amigo personal de Joan Manel Ortiz y de Alejo Cuervo, ya desde los tiempos del fanzine Tránsito) y del respeto que inspiraba (como «vieja gloria» de los tiempos míticos de Nueva Dimensión, cuyas páginas verdes prácticamente acaparó en los últimos números de la revista). En mi caso, el trato fue siempre cordial, y todo lo amistoso que él podía llegar a ser.

Una de mis primeras incursiones en el género había sido el volumen conmemorativo del número 100 de Super Ficción de Martínez Roca, en el que Alejo Cuervo, Albert Solé y él reseñaban todos los títulos de la colección. Ese fue mi primer contacto con su faceta ensayística; le siguieron sus impecables reseñas que aparecían en la primera época de la revista Gigamesh y, después, en los Nueva Dimensión que iba consiguiendo en los saldos. No lo conocí en persona hasta la década de 1990, supongo que en la HispaCon de Barcelona (1991). Con todo, cuando más y mejor lo conocí fue durante los cinco años en que estuve al frente de las revistas Stalker y Gigamesh. Telefonearlo para cantarle los títulos que componían los hit-parade de las revistas era todo un placer, porque, además de la calificación de la película o libro de marras, te razonaba el porqué de su voto, te hacía comentarios que solo puedo calificar de hiperenlaces de viva voz y, en resumen, lo que era una llamada meramente burocrática se convertía en una charla distendida que a veces se prolongaba más de media hora. Cuando se acercaba a la editorial, con esas galeradas que corregía de manera irreprochable y en un tiempo récord, a veces me correspondía hacer los honores de recibirlo (si Álex estaba pendiente de otras cosas) y, entre café y café, aprendía lo que no estaba escrito. Hablar de trabajo con Juan Carlos era, sobre todo, eso: aprender.
Tardé mucho en saber que Juan Carlos era hijo de un pintor surrealista, Àngel Planells. En alguna ocasión comentó que había conocido a Salvador Dalí. Esas infancia y adolescencia, a caballo entre la casa paterna en el corazón del Eixample (lo que ahora se llama el Gaixample) y unas vacaciones en la Costa Brava, supongo que en el Cadaqués natal de su padre, nos ilustran acerca de un modo de vida que se está extinguiendo. La Barcelona (y, por ende, la Cataluña) burguesa, de pintores no demasiado bohemios, de pisos inmensos de renta antigua, con bibliotecas suficientes para quedarse atrapado en ellas, atado a la lectura y los recuerdos, cual Peter Pan en una versión con seny del Arrebato de Iván Zulueta. La Cataluña de la burguesía tardofranquista cuyas contradicciones eran divertidas, con sus hijos perdiéndose una y mil veces entre novelas de Juan Marsé y canciones de Jaume Sisa o Pau Riba, entre las minifaldas provocadoras que se ponían las niñas bonitas de la gauche divine de la calle Marià Cubí y las borracheras de licores y psicotrópicos de un Canet Rock cualquiera, entre ejemplares polvorientos de la revista Patufet adquiridos en el Mercat de Sant Antoni y títulos más polvorientos de la colección Galaxia de Vértice o de revistas Más Allá, adquiridos en alguna librería de lance de la calle Aribau. Esa Cataluña mítica, en resumen, que evocan los cuentos de terror de Cristina Fernández Cubas o los ultracortos inclasificables de Pere Calders (y que, a su vez, no son más que una traslación en clave fantástica de una vertiente realista que se halla presente en la obra de Mercè Rodoreda), de la que Juan Carlos tal vez fuera su único (y, si hubiera tenido seguidores, máximo) exponente, gracias a relatos como «Otro día sin noticias tuyas», «De muerte y de dolor» o «Una oveja negra y varios lobos» y, por supuesto, a la novela El enfrentamiento, a la que ya se refería en el Nueva Dimensión número 145 (el especial Philip K. Dick, de 1982).

El enfrentamiento, claro. Resulta inexcusable hablar de Juan Carlos Planells y no referirse a esta novela. Imperfecta. Con una estructura poco clara. Fascinante. Absorbente. Una joya sin pulir, una tormenta de ideas en medio de un mar sereno. ¿Un 3 sobre 5? Es probable, si se juzga con criterios meramente literarios y de resultados. Y, no obstante, una obra mucho más importante que todo eso. Al igual que él, que Juan Carlos, una obra que inauguraba y clausuraba un estilo por sí misma, y que habría sido su máximo exponente si hubiera tenido seguidores. Una novela dickiana, nuestro Hombre en el castillo, vale, pero también nuestra Plaza del Diamante, la constatación de que Juan Carlos apuntaba en ambas direcciones: a la mejor tradición de esa ciencia ficción que conocía como casi nadie en España (y a la que dedicó algunas de sus mejores páginas, aunque, claro está, no llamaran la atención de ningún estudioso porque «solo eran reseñas») y a la mejor tradición de esa literatura catalana de posguerra que, sospecho, también conocía como casi nadie en Cataluña. Tal vez ese retrato de una resistencia antinazi recordase mucho a las películas o novelas bélicas, y también a las ucronías y novelas de ciencia ficción, pero, ante todo, creo que Juan Carlos estaba hablando de Cataluña y de sí mismo. De esa Cataluña perdida en algún rincón de su casa, en forma de libro antiguo o cuadro con la firma de su padre. Puro kipple. ¿A alguien le extraña que sus autores de cabecera fueran Philip K. Dick, J. G. Ballard o Keith Laumer? Pero también es una novela policíaca. Atención, lectores: Juan Carlos se encasilló en las publicaciones de ciencia ficción porque tal vez no deseaba otra cosa, aunque sé que colaboró con (o, al menos, leía) revistas como Gimlet. Si hubiera sido asiduo de las Semanas Negras o Prótesis hubiera aparecido antes, habría sido un autor reconocido de género policíaco. Sabía un montonazo de este género, casi tanto como del fantástico.
Juan Carlos subía a la editorial, entre los años 2002 y 2006 (y después, pero de eso ya no tengo constancia directa), siempre con esa sonrisa, siempre con ese comentario irónico o ese dato erudito que te dejaban patidifuso (sobre todo, porque los habías tenido delante de tus propias narices y no habías sabido verlos), cargado con tochazos de mil folios que llevaba en bolsitas de plástico: las primeras y las segundas compaginadas del título que fuese a sacar la editorial en aquel momento. A veces añadía alguna reseña, siempre mecanografiada, que le habías encargado porque sabías que le hacía ilusión aparecer publicado en las revistas. De este modo, Juan Carlos escapaba a los corsés limitadores de los números de palabras o caracteres. A cualquier otro colaborador le podías encargar una reseña de quinientas palabras (o de mil, si iba a encabezar la sección de reseñas). Juan Carlos no. Él te llevaba la puñetera Biblia (tres, cuatro, hasta seis folios), siempre escrita a máquina, y claro, tú tenías que picar el texto y verterlo a Word. Susto: dos mil quinientas palabras. Dios, le habías pedido cinco veces menos. Dios, no sobraba nada, ni una puñetera coma. Dios, tenías que recomponer la sección de reseñas (claro, de repente había que dejar fuera dos o tres) y, en ocasiones, encabezarla con la suya. Dios, a veces te planteabas si sacar esa reseña de la sección y considerarla un ensayo con personalidad propia, en la «parte noble» de la revista. La pistola de rayos, de Philip K. Dick. Furia feroz, de J. G. Ballard. Dos de las cuatro o cinco mejores reseñas que aparecieron en los trece números de Gigamesh que tuve el placer y el disgusto de dirigir.

Y siempre, siempre, mecanografiadas. Excepto al final. En algún momento de 2005, Juan Carlos descubrió los ordenadores. Además, comenzó a contarnos sus desventuras en el cibercafé. Él, un señor de cincuenta y tantos años, nos hacía partirnos de risa, entre café y café, con esas anécdotas que tenían como protagonista a la señora bielorrusa de su ciber (no olvidemos que carecía de recursos como para instalarse internet en su piso). Comenzó a pasarnos material de ficción. Cuentos que, de manera invariable y para mi desesperación (¡quería publicarle un relato a toda costa!), le rechazaba, porque lo mínimo que le exigíamos era el nivel de «Gatos en medio de la calle», y lo cierto, siendo indulgente, era que esos nuevos relatos no alcanzaban el nivel de lo que sabíamos que Juan Carlos era capaz de escribir. De lo que Juan Carlos había escrito en un pasado no tan remoto. Eso sí, siempre llamaba la atención el vigor con que aceptó la llegada del 2.0 y del siglo XXI a su vida. Relatos protagonizados por usuarios fantasmas de un chat. Relatos protagonizados por canciones fantasmas de su idolatradísima Avril Lavigne. Era otro Juan Carlos Planells, tal vez no tan brillante como el de los relatos de la década de 1990, pero igualmente personal y único. Como el blog que inauguró en esa época. Qué paradoja: el autor más reticente a las nuevas tecnologías, el que te lo mandaba todo mecanografiado y no tenía ordenador, fue, al mismo tiempo, el bloguero más incansable, prolífico y brillante que he conocido. Porque no cabe duda al respecto: su blog Planells Facts & Fiction es uno de los más memorables que jamás haya parido friqui español alguno.
Estos últimos relatos también son premonitorios, en cierto modo. No puedo dejar de acordarme de ellos ahora que leo acerca de su muerte. La muerte estaba tan metida en la personalidad y mentalidad de Juan Carlos que cuesta creer que no haya acudido antes a su encuentro. Tal vez llegaron a algún tipo de arreglo, en plan «Venga, déjame escribir esta entrada sobre Ken Russell» o «Haz el puto favor de permitirme acabar la sección Galería de mujeres», que ella, la muerte, se negó a cumplir. O puede que Juan Carlos, erotómano impenitente, no pudiera resistirse a los encantos de la parca: es una mujer, al fin y al cabo. Otra de sus grandes pasiones.
En cualquier caso, con Juan Carlos Planells se va uno de los últimos artesanos. Uno de esos críticos inclasificables, como Emilio Serra o Alfredo Benítez. Uno de esos escritores que son un subgénero en sí mismos, como Enrique Lázaro. Alguien que ejemplifica como nadie la difícil transición del folio mecanografiado a los ordenadores, del marcador rojo de corrector de galeradas a la corrección en Word o PDF, de las editoriales en las que contaban los conceptos de equipo y capital humano a los grandes trusts acéfalos y pendientes única y exclusivamente de la cuenta de resultados. El futuro y la realidad atropellaron a Juan Carlos y lo dejaron sin trabajo, sin dinero y prácticamente sin vida, pero él respondió con honestidad, brillantez y buen hacer. Y con esa sonrisa socarrona con la que siempre lo recordaremos, incluso aquellos que, sin haber llegado a ser sus amigos, lo apreciábamos de veras.

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