Que dice la Ley de Protección de Datos que cuidadín con lo que haces por aquí. O cuidadín con lo que hago yo con tus visitas. Que cuidadín. Yo aviso. No sé de qué, pero aviso.
Padezco de una extrañísima forma de amnesia funcional consistente en que soy incapaz de evocar recuerdos sin convertirlos en literatura transrealista.
lunes, 29 de septiembre de 2014
Los premios Ignotus. 1991-2000
Aunque estoy cada vez menos activo en el fandom (o precisamente por eso), lo cierto es que de vez en cuando aparece algún proyecto que me da la vidilla necesaria para liarme la manta a la cabeza y volver a escribir. He aquí uno de ellos. Del otro hablaré un día de estos, en cuanto me haya leído el resultado final. Hay más, y ya irán apareciendo en el blog.
A lo que iba. La historia de Los premios Ignotus. 1991-2000 (Sportula, 2014) viene de lejos. En concreto, de la infame hispacón de 2005, aquella que nos pasamos atrincherados en el bar Cosmos, donde, entre otras cosas, se coció el embrión de esta antología. Rodolfo Martínez me pilló por banda, me contó que quería editar unas antologías de premios Ignotus en plan Isaac Asimov presenta los premios Hugo, me pidió que escribiera las entradillas de contexto histórico para cada una de las ediciones y, evidentemente, le dije que sí.
Por supuesto, tardé dios y ayuda en arrancar con el asunto. El borrador del ensayo correspondiente a 1991 está aquí. Convinimos en que no nos valía, ya que era demasiado extenso y me iba demasiado por las ramas. Pero escrito se quedó, y colgado en el blog, para vuestro uso y disfrute. En realidad no importó que se quedara en el dique seco, ya que el proyecto se fue parando, se fue parando hasta que Rudy puso en marcha la editorial Sportula y, harto de moverlo por editoriales varias, llegó a la conclusión de que era el lugar donde tenían que aparecer las antologías. Se reformuló la estructura de las antologías (una por década; es decir, la idea es que haya, como mínimo, una más), la metodología de trabajo (un solo ensayo general sobre contexto histórico, más los dos ensayos de Mariano Villarreal sobre la dinámica y palmarés de los premios), se negociaron contenidos alternativos (la novela corta de Javier Negrete que aparecería en la edición electrónica, ya que Estado crepuscular no podía ser, por motivos contractuales) y, en resumen, nos pusimos en marcha de manera oficial. Cómo no, me retrasé varios meses sobre la fecha prevista, pero a principios de año conseguí encontrar un huequecillo de una semana que consagré a escribir la introducción, "Premios Ignotus para Dummies", sesenta páginas cargadas de información, batallitas y (espero) el espíritu de la ciencia ficción del fandom de la década de 1990, del que esta antología es un buen resumen.
Me tomé el ensayo como una recapitulación prácticamente definitiva de los muchísimos artículos que he escrito sobre aquella época. No va a ser el último que escriba, porque tengo un par más apalabrados (Alejandro, estoy en ello, de verdad de la buena), pero creo que vale a modo de resumen y última palabra sobre lo que supusieron aquellos años; al menos, para mí. Después de este ensayo, ya solo puedo recurrir a la ficción para seguir hablando de aquella época, y entended esto como queráis.
En cuanto a los contenidos de la antología, están los Ignotus ganadores de las categorías de mejor relato (1991 y 1992) y cuento español (de 1994 a 2000). Podéis leer a los grandes clásicos de la ciencia ficción surgida del fandom con algunos de sus cuentos más representativos. Todos ellos son recomendables y, después de habérmelos releído un par de veces con motivo de la preparación de este otros ensayos, debo decir que mantienen la calidad y el interés, y en algunos casos (por lo que a mí respecta, "El decimoquinto movimiento" y "En las fraguas marcianas") han ganado notablemente con el tiempo.
Ni que decir tiene que os recomiendo esta antología. Si os da pereza rascaros mucho el bolsillo (veintitrés euros por una tochana de quinientas páginas es un precio muy competitivo), no tenéis excusa: la edición en ebook solo cuesta cuatro euros.
Desayuno con la gratísima noticia de que un artículo al que le tengo mucho cariño, "Juan Carlos Planells (1950-2011)", ha entrado en la papeleta final de los premios Ignotus 2012. Lo interpreto más como un doble homenaje: por un lado, al bueno de Juan Carlos, que nos dejó en diciembre del año pasado y a quien se echa mucho de menos, y por otro lado, a la web Prospectiva, a la que también echaremos mucho de menos, y que "celebra" su hibernación con otras tres candidaturas: otros dos artículos (de Ignacio Illarregui y Mariano Villarreal, respectivamente) y página web. Es, pues, una candidatura un tanto melancólica y agridulce, empañada por una doble pérdida, la de una persona y la de un proyecto muy valiosos.
Pero también es una candidatura esperanzadora que me hace sentir optimista, porque hacía ya cinco años que no entraba en la papeleta final (con esta conferencia reconvertida a artículo sobre Stanislaw Lem), y vale, estas cosas hay que valorarlas en su justa medida, pero hacen ilusión, por lo que implican de reconocimiento de los lectores, y porque me dan ánimos para seguir escribiendo.
En 2011 perdí un poco de comba con respecto a lo que se está cocinando en la ciencia ficción española, entre que no estoy "en el ajo" (estaba más al día cuando era jurado de los premios Xatafi-Cyberdark, y uno de los responsables de Artifex Cuarta Época) y tenía la cabeza en otras cosas, así que me voy a tener que poner mucho las pilas de cara a la segunda fase de la votación, porque me faltan bastantes lecturas. Esto explica, por ejemplo, que no haya escrito la ya habitual entrada sobre mis precandidaturas a los premios (he aquí las correspondientes a 2009, 2010 y 2011, y compárense con las papeletas finales, si se tiene tiempo, que yo no), o que ahora no vaya a desglosar las difererentes candidaturas. Eso sí, me gusta mucho la candidatura de novela española (el doblete Bueso-Martínez Biurrun por parte de Salto de Página contra el doblete Rudy-Quevedo de NGC, por un lado, y la novela de Rafa Marín, por otro), la de novela extranjera ha quedado la mar de resultona (¡Stross, Bacigalupi y Murakami contra Bujold y Scalzi!), en novela corta echo de menos la presencia de El encuentro, de Ángel Sucasas (que habría redondeado el homenaje a NGC Ficción!, una editorial más que necesaria cuyo cierre es un síntoma de cómo está el género en España), en artículo se echan en falta el número de Hélice que no llegó a salir (lo hizo en febrero de 2012) y la introducción de Nosotros, de Zamiátin, a cargo de Fernando Ángel Moreno, y en ilustración, pues nada, el signo de los tiempos: un duelo de altura entre Felideus contra Colucci, animado por los también habituales Calderón y Koldo Campo. En representación audiovisual pueden saltar chispas entre Eva e Intruso, me encanta que Catarsi se haya colado en mejor revista, David Rubín en tebeo, David Roas en ensayo y Kelly Link en mejor cuento extranjero (aunque también habría merecido entrar en antología, porque ¡vaya antología, señores!) y siento una curiosidad casi morbosa por saber si los lectores modernikis de Agustín Fernández Mallo serán capaces de reconocer abiertamente que a su idolatrado autor lo han nominado a un premio friki por un poemario.
Muchísimas gracias a quienes me han votado, muchísimas felicidades a todos los finalistas y a todos los que no lo han sido, que Dick reparta suerte (aunque bueno, si gana algún contenido en el que yo haya estado implicado, como los de NGC Ficción!, Prospectiva o la novela corta Oniromante, mi alegría será aún mayor) y, si leéis mi artículo, recordad que es una ocasión inmejorable para que os leáis alguna obra de Juan Carlos Planells. Creo que es el mejor homenaje que le podéis hacer.
Fieramente humano, de Rodolfo Martínez, en NGC Ficción!
Como ya habréis deducido si seguís el blog y mi cuentas de Facebook y Twitter, uno de mis clientes favoritos es NGC Ficción! Pily B. edita con criterio, cuida el producto y, en resumen, está creando un fondo editorial más que interesante en las cinco colecciones que ha lanzado hasta el momento. El último título de NGC, Fieramente humano, de Rodolfo Martínez, es también el más ambicioso, un volumen de 558 páginas, adscrito al ciclo narrativo de la Ciudad, y en el que el autor asturiano echa el resto y se muestra un punto por encima de las otras dos novelas de la serie, El abismo en el espejo y Los sicarios del cielo, tanto en intención como en resultados. (Si queréis compararlas estáis de suerte: con la compra de Fieramente humano en la tienda virtual de NGC te regalan un e-book con todo el ciclo de Ciudad.) El magisterio de Neil Gaiman, patente en las dos novelas citadas y en relatos como "Tarot" o "Aquí, allí, en todas partes", se aúna con un imaginario muy... ¿rudiano?, el desarrollo de unos personajes tan creíbles y complejos como entrañables (Gabriel, Laura, Eva y Jasón) y la omnipresencia de una ciudad sin nombre pero cuya identidad sabemos todos los que conocemos al autor. Fieramente humano es, desde ya mismo, una de las novelas de fantasía más recomendables que se han publicado en España en lo que va de año, y pondría la mano en el fuego a que se va a llevar alguno de los premios gordos del mundillo.
A falta de una crítica más elaborada, copio y pego el prólogo, un tanto juguetón, que casualmente he escrito yo. Espero que la novela os guste. De verdad que es muy recomendable.
La celebración del primer Drimarday me había pillado un poco a contrapié, así que casi no tuve tiempo de preparar la conferencia. Abrí fuego con la siguiente reflexión: si el Bloomsday es todo un éxito, ¿por qué no puede serlo el Drimarday? La vida cultural de Dublín gira en torno a una novela que nadie ha tenido los santos huevos de leerse entera. ¿Por qué no consagrar, pues, un día de la Semana Negra a un autor y un ciclo narrativo imprescindibles para entender el Gijón y la literatura fantástica de su tiempo? (Aplausos.)
Casi me pierdo la charla de Neil Gaiman y el propio Rudy sobre el universo referencial que ambos comparten. Lo de Hyperion y la mitología nórdica lo vi claro, pero ¿Ámbar y el Multiverso? Puede. Me encaminé hacia el Avalón. Era una réplica exacta del bar de Paula y Remiel, y que Rudy, Marisa, Rendu, Sergio, Javi, Germán, Chus y todo el grupito gijonés habían compartido con nosotros durante aquella lejana hispacón de 1993. Una vez reconstruido, se convirtió en la sede de la Fundación Rodolfo Martínez para el Estudio de la Drimarística; es decir, en el puto meollo del asunto.
El concierto, perteneciente al ciclo Rudy in the Sky with Diamonds, nos puso la piel de gallina. Algunos lloramos de emoción. Todos nos sabíamos de memoria el mantra de Rudy (Wagner, Albinoni, Orff, Jarre…), así que el repertorio no nos sorprendió. Durante los bises, justo entre Pink Floyd y un curioso mashup de «Here Today, Tomorrow, Next Week» y «Fixing a Hole», me acometió una sensación extraña, una especie de déjà vu. Subí, solo, el cerro de Santa Catalina, y tomé asiento junto a un enorme display que recreaba a Sherlock Holmes, Yaxtor Brandan, Vaquero y Gabriel guiñando el ojo al espectador. Abrí una lata de Drimar-Cola (el refresco oficial del Drimarday) y, mientras lanzaba una mirada melancólica al mar, me di a la meditación.
¿Era el Drimarday uno de los futuros posibles que entrevió el doctor Jasón Zanzaborna? ¿Acaso lo habían previsto las cartas de tarot con las que jugueteaba Laura? ¿Sería la consecuencia del delirio de un dios nórdico? ¿Tal vez era el motivo por el que Ulises se hacía el remolón cuando sus chicos le imploraban que regresara a Ítaca? ¿Era el horror, el horror del que hablaba el coronel Kurtz en el corazón de las tinieblas? Imposible saberlo. Sin embargo, algún indicio había. Los negros nubarrones que llegaban desde el mar me daban muy mala espina, el móvil se había quedado sin cobertura, unos aullidos casi lobunos se confundían con el vendaval que se desataba a lo lejos, y otro déjà vu me gritaba que bajase hacia la ciudad y me resguardase lo antes posible.
Dejé atrás el Elogio del Horizonte, y me encaminé, Cimadevilla abajo, hacia El Centenario, donde me esperaban unas sidras y la promesa de que nos llevarían a un lagar donde, a decir de los lugareños, se hacía el mejor cachopo de Asturias. Además, Fel y Macía me habían comentado sottovoce que Paco Ignacio Taibo iba a anunciar lo que muchos sospechábamos: Javier Bardem encarnaría a Gabriel Márquez en la adaptación cinematográfica. Estaba demasiado talludito para el papel, pero, después de haberlo visto en El detective y la muerte, me pareció una decisión acertada.
Reparé en la presencia de una gatita atigrada que me lanzó una mirada tan desprotegida que no pude escatimarle un «¡Ooooh!» preñado de ternura. Me detuve, dispuesto a recogerla del suelo, abrazarla y, en un momento dado, llevármela a casa.
Un graznido rompió el encanto. Miré hacia arriba y vi dos cuervos. Uno se interpuso entre la gatita y yo, y el otro se posó en uno de mis hombros. Volvió a oírse un aullido. La tormenta se acercaba a una velocidad antinatural.
Los cuervos graznaron con auténtica inquina. La gatita esbozó una mueca que me recordó la sonrisa del gato de Cheshire. Parecía a punto de saltar sobre una presa.
En ese momento me desperté. El teléfono móvil llevaba un rato sonando.
—Juanma, ya no sé ni cómo pedírtelo. ¿Cuándo vas a enviarnos la presentación de Fieramente humano? Era para ayer, ¿recuerdas?
Cuando alguien me pregunta qué me parece y de qué va El adepto de la reina, de Rodolfo Martínez, lanzo una boutade que cada vez me lo parece menos: es una novela de James Bond ambientada en el universo de las Crónicas de Ámbar. Y, bueno, es cierto que se trata de una boutade y que la cosa no es exactamente así, pero mis interlocutores se hacen una idea, que no es poco.
Debo esta reseña desde hace casi un año, y los azares del destino quieren que la publique justo la semana antes de que finalice el plazo de votación de los premios Ignotus 2010. Cierto es que, a priori, parece que los favoritos para llevarse el monolito son La última noche de Hipatia, de Eduardo Vaquerizo (Alamut), y La red de Indra, de Juan Miguel Aguilera (también en Alamut), con el detalle mainstream de haber incluido Fin, de David Monteagudo (Acantilado), y un candidato más que potencial a protagonizar el relevo generacional en esta misma edición de los premios: Alarido de Dios, de José Miguel Vilar-Bou (Sirius). Frente a este cuarteto, El adepto de la reina, de Rodolfo Martínez (Sportula), ocupa un lugar entre ambivalente e inclasificable.
Por un lado, al tratarse de uno de nuestros autores más prolíficos y habituales en el palmarés del premio, parece una apuesta casi segura, un fijo en las quinielas.
Por otro lado, El adepto de la reina es el título inaugural de algo que el propio autor define como un experimento: Sportula, una editorial creada por Rodolfo Martínez con la intención de editar su propia obra, que a estas alturas es demasiado extensa y dispersa y, ay, descatalogada en la mayoría de los casos. Sportula es lo que en los años dorados del fándom habríamos llamado una fanedición, pero en estos tiempos 2.0 no sólo no lo es sino que tiene una filosofía radicalmente diferente. Por un lado, las tiradas son reducidas, sí, pero se apartan de la impresión sobre demanda o de la fanedición tradicionales para añadir un elemento nuevo: la distribución a través de Amazon.com. El tiempo dirá si la fórmula funciona y se puede trasplantar al ámbito de la antigua midlist, o bien si queda como una rara avis en estos tiempos inciertos y mutantes que vive el sector editorial. En todo caso, la calidad de la edición es más que digna, claramente superior a la de editoriales pequeñas e incluso medianas (está feo dar nombres, así que los omitiremos), y, pese a ciertos defectos que se han ido solventando en los títulos posteriores de Sportula (líneas viudas y huérfanas, repeticiones de algunas palabras al principio de cada línea, etc.), se puede decir que la calidad de la edición es, como mínimo, digna. Como experimento, está mejor que bien, y como libro, se defiende por sí solo.
Volviendo al párrafo inicial, y adentrándonos ya en el análisis de la novela propiamente dicha, es cierto que El adepto de la reina juega en todo momento a ser una mezcla inverosímil pero que funciona, un ejemplo más del mestizaje de este comienzo de siglo. En una entrevista realizada por Julián Díez para Literatura Prospectiva, Rodolfo Martínez reconoce sin empacho que la novela mezcla escenarios históricos de lo más variado y que, por añadidura, se le ocurrió mientras veía la serie 24 y leía una trilogía de fantasía épica. En otra entrevista, aparecida en Fantasymundo.com, Rudy cita una frase de William Gibson, según la cual la cultura del final del siglo XX (y, valdría decir, de principios del siglo XXI) es como un supermercado, en el que vas llevándote cosas de aquí y de allá. En efecto, El adepto de la reina se puede leer como una novela de espías de toda la vida, como un thriller político, como un homenaje más que evidente a James Bond, como un steampunk, como una alegoría de la guerra fría, como una fantasia épica y como una posible novela de ciencia ficción con nanotecnología y... ¿realidad virtual? En ese sentido, lanzaré otra boutade, a ver si alguien me la rebate: El adepto de la reina es a las novelas de James Bond escritas por Ian Fleming lo que las novelas sherlockianas de Rudy eran a las novelas sherlockianas de Arthur Conan Doyle; pero, claro está, con un escenario radicalmente diferente del de la guerra fría de nuestro mundo real.
Para empezar, el mundo no es tal como lo conocemos. ¿Estamos en otro mundo, en un mundo futuro o en una dimensión paralela? No lo sabemos, y seguramente no importe. En todo caso, existe un trasunto clarísimo del Reino Unido, Alboné, cuya capital, Lambodonas, es Londres, y está amenazada por una Bomba de Malas Noticias (bomba atómica) que los Pueblos del Pacto (el Pacto de Varsovia), rivales y archienemigos del Martillo de Dios (la OTAN) han dejado en algún lugar de la ciudad. Por otro lado, la Reina está a punto de renacer, en su décimo séptima reencarnación, pero el proceso es lento, porque el trasplante de un cuerpo a otro se realiza mediante una especie de fruta viviente y adaptable a los deseos de sus anfitriones inteligentes, los carneútiles, y, por otro lado, una de las maneras de dejar fuera de combate a un adepto (espía) del bando contrario es inutilizar los mensajeros que contiene su cuerpo (¿nanotecnología o alma?)... Bueno, el caso es que durante un par de líneas se ha visto claramente que la novela tiene paralelismos con la Europa de la posguerra y con una novela de James Bond, pero con demasiados elementos demasiado desconcertantes que la convierten en una obra de fantasía, o tal vez de ciencia ficción de futuro remoto, o uno no sabe muy bien. El caso es que funciona.
Frente a la amenaza que crea la Bomba de Malas Noticias, y la irrupción de un tercer contrincante que es un claro trasunto de Spectra, el Adepto Supremo, que a su vez es un claro trasunto del Orson Welles de El tercer hombre (y no es el único cameo, o efecto Connery --nunca mejor dicho, en esta novela-- que aparece en la obra: también se ve a Ian Fleming y muuuuchos de los personajes de sus novelas) deja campar a sus anchas a su mejor adepto (espía), Yáxtor Brandan, la estrella absoluta de la función. El autor ha comentado que su idea original fue retratar a un malo, un villano absoluto, pero convertirlo en el protagonista de la novela. Y lo cierto es que lo consigue. Yáxtor Brandan (cuyas iniciales son casi "JB") es un ser inmoral e inescrupuloso, un asesino implacable a quien ni siquiera el abismo tiene los santos cojones de devolverle la mirada, una mezcla de James Bond con el protagonista de 24, Jack Bauer (vaya, otro cuyas iniciales son JB), e incluso con lo que debería haber sido Jason Bourne (huuum, demasiados JB) si Eric van Lustbader no hubiera echado a perder el legado de Robert Ludlum.
Pero, al igual que sucede con Jason Bourne, Yáxtor Brandan se va de las manos a sus superiores, y la lía parda. Quiere recordar detalles que antes no le importaban; qué ha sido de su pasado, por ejemplo. Y, de este modo, su historia se convierte en una triple aventura: por un lado, las tramas de espionaje encaminadas a neutralizar la amenaza de la Bomba de Malas Noticias; por otro lado, un viaje a lo largo y ancho del mundo que retrata Rodolfo Martínez (con el añadido de que hay puertas espaciotemporales, lo que amplía notablemente el ámbito geográfico donde transcurre la acción y lo convierte casi en un videojuego), y, en tercer lugar, un viaje iniciático para conocerse a sí mismo, saber de dónde sale, quién es, qué pasó con su padre, y, en resumen, reescribir la historia reciente de su mundo.
El adepto de la reina es una novela entretenida, aunque dista de ser redonda. La edición es digna, pero aún le falta para llegar a los estándares profesionales. Tiene algunos altibajos de ritmo. El retrato de personajes es irregular (Brandan tiene demasiado protagonismo, y algunos secundarios parecen bastante desaprovechados). Tal vez cueste un poco entrar en la trama, aclararse en el universo que nos plantea, como un toro que entra al trapo y tarda demasiado en serenarse. El final parece demasiado apresurado. Son objeciones que hacen que el resultado no sea perfecto, pero, en todo caso, no empañan el hecho de que se trata de una obra más que digna, un buen homenaje a las novelas de James Bond, un curiosísimo mejunje de fantasía épica, ciencia ficción, novela de espionajes y prácticamente cualquier cosa que se os ocurra, y, en resumen, uno de los trabajos más sorprendentes que nos ha dado su autor. Puede que no esté a la altura de La sonrisa del gato, "Un jinete solitario" (en la que Rudy hacía lo mismo que en esta obra, pero con John Le Carré) o las dos primeras novelas sherlockianas, pero lo más probable es que su autor no lo pretendiera. Y, precisamente, esa carencia de pretensiones enriquece el resulado final de El adepto de la reina: Rudy ha escrito lo que le ha dado la real gana, consciente de que Sportula no iba a tener la misma difusión que una editorial profesional establecida, y esa frescura repercute, para bien, en el resultado final.
-----------------------
Concluyo esta reseña rescatando una costumbre: colgar vídeos los viernes. ¿Por qué éste? Aaaamigo. Que lo explique Rudy. :-P