lunes, 11 de abril de 2016

Sugerencias para la papeleta de los premios Ignotus 2016: (II) Algo de heterobombo




En la entrada anterior consigné mis contenidos susceptibles de votación en los Premios Ignotus 2016, así que en esta me toca hablar de los demás, aunque en muchas ocasiones estaré hablando de mí.
Me explico. Cada vez leo menos, entre paternidad, trabajo y que cuando tengo un rato de ocio prefiero dedicarlo a actividades de encefalograma plano o a actividades familiares, con lo que la lectura como afición la tengo un poco aparcada. Así pues, casi todo lo que leo tiene que ver con trabajos que ya he realizado, sobre todo en forma de correcciones, informes, presentaciones o prólogos. O sea, podría parecer que estoy haciendo autobombo indirecto con esta lista de nominables (son libros o autores con los que he tenido algo que ver, en mayor o menor medida), pero es que en realidad forman parte de los pocos contenidos que he leído en 2015. Así está la cosa. Sé que es algo coyuntural, y que ya vendrán tiempos mejores y más lectores, pero de momento esto es lo que hay.
La verdad es que este año no pensaba escribir esta entrada, por varios motivos. 
El primero ya lo he dicho: estoy dejando de estar al día, y en 2015 mi divorcio con la actualidad ya es más que notorio; no me entero de la misa la media, y me parece más razonable limitarme a leer y que leáis a los prescriptores que sí están al tanto de lo que se edita.
El segundo también creo que es una obviedad: tengo el blog abandonadísimo, lo que, como es lógico, repercute en que las visitas son testimoniales (he pasado de quinientas diarias a cincuenta) y se traduce en que cualquier capacidad de influencia o fiabilidad como prescriptor, que no niego que tuviera hace unos años, ahora mismo es agua pasada. Hablando en plata: el que yo escribiera estas entradas hace cinco o seis años tenía sentido, pero ahora no. Me van a leer cuatro gatos, y mis recomendaciones solo van a ser útiles a uno o dos de ellos. Llega un momento en que no compensa escribir para prácticamente nada; máxime, como ya he dicho, cuando hay media docena de prescriptores estupendos que tienen el mismo buen criterio que yo y además están bastante más al día que yo. Lo siento, pero se me ha pasado el arroz en términos críticos y, parafraseando los memes del careto de Julio Iglesias, "y lo sabes".

 JUANMA, ERES UN PUTO PLASTA CON LOS IGNOTUS
 Y LO SABES
El tercero es un poco un tic del viejo cascarrabias old style en que me estoy convirtiendo: llega un momento en que estos listados se convierten en una romería. Juanma, que falta este título. Juanma, que no has hablado de mi libro. Juanma, que tal y que cual. Lo entiendo, a lo mejor eso quiere decir que tengo más capacidad de arrastre de lo que las cifras puras y duras de visitas del blog me dan a entender, y por eso es relevante el hecho de que yo mencione ciertos contenidos, pero esto ya empieza a entrañar una dinámica muy de década de 2010 que es superior a mí: confundir crítica con publicidad, visibilidad con autobombo, vocación de exhaustividad con prebenda. Una cosa es que intente hacer un listado lo más completo posible, incluso de títulos que no he leído ni visto, y otra es que me tenga que pasar un par de días editando la entrada porque te llegan privados o comentarios en plan "Oye, que cómo es que te has dejado mi obra". Pues porque no la tenía en el radar (mea culpa: insisto, ya no estoy al día) y porque yo había venido aquí a hablar de mis propuestas personales e intransferibles, no a hacer amigos ni politiqueos. No hay más.
Dicho así es que suena hasta estresante dar a conocer tus propuestas para unos premios. Pero todo esto también tiene sus compensaciones.
La primera, que es cierto que estas entradas y los comentarios y los privados sirven para que le siga la pista a contenidos muy interesantes que se me escaparon en su momento y que, en ocasiones, sí consigo leer a tiempo de enviar la papeleta de precandidatos del Ignotus, y a veces salen nominados y ya me los he leído cuando me llega la papeleta final. La interacción es bidireccional, y de unos años a esta parte creo que soy yo quien sale ganando con ella, porque recibo más retroalimentación positiva de la que envío. No quiero renunciar a ello, porque es una de mis maneras de estar en el ajo. Que sea o no deseable estar en el ajo, ¡ah!, eso ya es otro asunto.
La segunda, que el politiqueo y el hacer amigos a los que me refería tienen sentido a veces, y gracias a ellos he entrado en contacto con autores o iniciativas que merecen mucho la pena. De nuevo soy yo quien sale ganando.
Y la tercera, que a veces dar el coñazo con tal o cual contenido sale a cuenta, consigue entrar en la papeleta final, y no sé si es mérito mío o no, pero me alegro de haber aportado mi granito de arena, o tener la sensación de que lo he hecho. No voy a cambiar la dinámica de voto de ochenta o cien votantes, eso es evidente, pero si consigo que cinco o diez se lo piensen y opten por algunos de los contenidos que he recomendado, precisamente porque los he recomendado, entonces creo que todo esto merece la pena, en cierto modo.
Dicho esto, ¿voy a seguir dando la matraca con lo de las nominaciones? Supongo que sí, mientras siga leyendo obras que merezcan la pena. ¿Me compensa? Pues me imagino que también, mientras haya algún lector dispuesto a leerme e incluso hacerme caso. ¿Me apetece? Pues vuelvo a lo del tercer párrafo: este año me apetecía por los cojones actualizar el blog con sugerencias para los Ignotus, peeeeero es que hay unas cuantas cositas que me encantaron y de las que no puedo ni quiero dejar de hablar. Muy en resumen: no me culpéis a mí por haber escrito esta entrada, sino a César, Guillem, Edu, Hugo, Cristina, Noelia, Luis, Fer o Julián.

Y ahora, vayamos por categorías:


Novela

Creo que es la única categoría en la que he estado más o menos al día, gracias a las presentaciones y a los informes de lectura que realicé para Fantascy. Por supuesto que hay cosas que se me han escapado. En particular, me gustaría haber leído Pasaje a las dehesas de invierno, de Francisco Jota Pérez (Esdrújula), La república pneumática, de Jaume Valor (Fantascy), Neimhain, de Aránzazu Serrano (Fantascy), Avenida de la Luz, de María Zaragoza (Minotauro), Disforia, de David Jasso (Valdemar) y Pronto será de noche, de Jesús Cañadas (Valdemar), que muy bien podrían conformar la papeleta final. Me gustaría insistir en Francisco Jota Pérez, cuya carrera va como un tiro, y a quien un año de estos (no le doy más de dos) vais a ver hasta en la sopa, y muchos de vosotros os preguntaréis de dónde ha salido. Yo aviso.
Y, por supuesto, hablo de oídas y de leídas, pero da la impresión de que LA novela del año ha sido Michelíada, de Antoni Munné-Jordà (editada por la imprescindible Males Herbes, que también se ha marcado un hito de impresión al traducir al catalán Nosaltres de Yevgueni Zamiatin, en una versión de Miquel Cabal). La tengo en lista de espera. Si, como veremos en esta entrada, el ninguneo al que los Ignotus someten a la literatura juvenil y las recopilaciones de relatos de un solo autor haría viable plantearse la creación de categorías específicas, lo del género fantástico escrito en "otras lenguas del Estado" es directamente de juzgado de guardia. Supongo que se llevará de calle el Ictineu, los lectores que la podrían haber apreciado seguirán sin saber de su existencia, y los Ignotus seguirán olvidándose del buen género que se está escribiendo en catalán, gallego o euskera.
 

Somos capaces de enviar una película hablada en euskera para que nos represente en los Oscar, pero nominar a los Ignotus una novela escrita en catalán podemos dejarlo para
el siglo que viene, si eso.

Hecha esta introducción, me gustaría insistir en los títulos que sí he podido leer.
Doy por hecho que los Ignotus son bastante cerrados con respecto a la literatura juvenil, tanto la española como la extranjera. No sé si la solución pasa por llegar a esos lectores o por crear una categoría de novela juvenil (que, al no ser votada por sus votantes "naturales", correría el peligro de quedar desierta como las de tebeo u obra poética), pero solo así se explica que Laura Gallego  tuviera que esperarse al año pasado para obtener su primera nominación, y además por un relato adulto. Y eso explica que lo más seguro es que su novela Todas las hadas del reino (Montena) no cate candidatura. Otro tanto cabe decir de la tercera entrega de la serie Anima Mundi, de Elia Barceló: Hijos de las estrellas. Y, por supuesto, de Conexo, de Carlos García Miranda (Destino), que se mueve de una manera bastante acertada en la línea difusa que podría separar las series "en las que pasan cosas raras" a lo Perdidos con una de terror adolescente que luego resulta que hasta se da un aire a no puedo decir qué novela dickiana porque estaría haciendo el spoiler del siglo. Para entendernos, es una especie de Wayward Pines pero en clave juvenil y sin final (¿media temporada?) de vergüencita ajena. En plan placer culpable me funciona, pero además es una novela defendible per se.
De acero y escamas, de Juan González Mesa (autoeditado), aborda una temática social de futuro inmediato y presente que gana actualidad gracias a la reciente Ley Mordaza, con ecoterrorismo, activismo social y guerras en Venezuela. Puede solaparse temáticamente con Nos mienten, de Eduardo Vaquerizo, al menos en la definición de "novela Podemos" que Ricard Ruiz le daba; esta sería una novela "todavía más Podemos". Además, confirma que la obra del autor progresa adecuadamente. Todavía le falta escribir una novela redonda, pero, a juzgar por esta, va madurando y mejorando, y eso siempre es de agradecer.
Los que sueñan, de Elio Quiroga (Minotauro) debería ser recomendable por el mero hecho de ser el primer premio Minotauro decente en ¿un lustro? Pero es que, además, bien podría considerarse la primera novela de ciencia ficción transhumanista que se ha publicado en España, al menos en el sentido que se le da últimamente al término. Las tramas de realidad virtual y su contraposición con el presente tal vez suenen mucho a Greg Egan, y desde luego el extensísimo ensayo que hay a mitad de novela saca de la lectura (lo cual es un problema, ya que es necesario y pertinente con la trama, pero parte el libro en dos y luego cuesta retomarlo), pero son detalles menores. Queda una novela repleta de referencias y citas, y que funciona muy bien en ese nivel autorreferencial, pero también una obra de ágil lectura (se nota el callo de Quiroga como cineasta) y, lo digo de nuevo, la sensación de que el Premio Minotauro ha recuperado el tono que perdió a finales de la década pasada.

Nos mienten, de Eduardo Vaquerizo (Fantascy), no es la mejor novela del autor pero supone un retorno más que interesante a la temática de futuro chungo distópico. El calificativo ya mencionado de "novela Podemos" se refiere al marcado compromiso estético y crítico de Eduardo con la literatura distópica y la reivindicación política, sin dejar de ser entretenido ni de escribir bien. Nora es un personaje muy bien creado y, aunque en conjunto tal vez quede la sensación ya comentada de que no está al nivel de Danza de tinieblas o La última noche de Hipatia, lo cierto es que es una buena novela, necesaria y que confirma el resurgir de la ciencia ficción crítica desde las filas del fandom, siempre tan ajeno a la realidad que lo rodea.


Dejo para el final la que considero de largo la novela más interesante que leí en 2015: Challenger, de Guillem López (Aristas Martínez). Guillem es, al igual que Francisco Jota Pérez, uno de los autores llamados a marcar el paso de la ciencia ficción de este tramo final de década y, al igual que Emilio Bueso en el tramo inicial, parece empeñado en marcarse cada año un novelón de la hostia y completamente diferente del anterior (acaba de salir La polilla en la casa del humo, que supone un cambio de tercio radical pero parece igual de brillante). En la presentación que hicimos en Gigamesh me referí a ella como "lo que habría sido Short Cuts de Robert Altman (o de Raymond Carver, como prefiráis) si la hubiera dirigido Quentin Tarantino". Vidas cruzadas, diálogos estupendos, una disección del alma humana digna del mejor escritor realista del siglo XIX y la aceptación del hecho fantástico como elemento inequívocamente realista conforman un puzle coral en el que el multiperspectivismo está al servicio de la historia, y no al revés. Todo ello nos lleva a un retrato tan costumbrista que solo puede ser ciencia ficción de las vidas y muertes de unos cuantos personajes unidos por la explosión del transbordador espacial Challenger. El hecho de que la nave solo estuviera en el aire 73 segundos y este sea el número de capítulos de la obra es solo una muestra de lo planificada que está la obra, y de que Guillem no deja ningún cabo suelto. Pero es que la novela no va de eso: va de lo que nos pasa a ti y a mí cuando las fronteras entre realismo y fantástico son inexistentes. Cuando vives, literalmente, en esa especie de caja de Schrödinger en la que no sabes si estás o no estás. Sé que me faltan lecturas relevantes de 2015; aunque las hubiera leído todas, sospecho que Challenger seguiría siendo mi título favorito del año pasado.

Lo que le da calidad a un premio, llámese Ignotus, Óscar, Hugo o Emmy, es ningunear al trabajo más destacado del año anterior. Dentro de unas semanas sabremos si Challenger y Aristas Martínez son las damnificadas de esta edición, o si la aritmética es justa. Y si no, siempre nos quedarán el Celsius y el Kelvin.


Antología

Como yo he venido aquí a hablar de mi libro, mencionaré Junto a la hoguera (Equinox), una antología colectiva de terror pagano coordinada por Noelia Montalbán y Tania Giménez. Los contenidos son interesantes, y si apoyáis este proyecto seguro que luego vendrán más.
El runrún que llega por las redes hace casi innecesario votar en esta primera fase: la cosa va a estar entre Mariposas del oeste, A la deriva en el Mar de las Lluvias (ambas en Sportula) y la tercera entrega de Cuentos para Algernon, de las que saldrán casi todos los relatos españoles y extranjeros, y puede que algún número de SuperSonic, que promete ser la revista que partirá el bacalao en los próximos años pero este año no es nominable en esa categoría, ya que no ha sacado los cuatro números que prescribe el reglamento, aunque los números individuales sí pueden nominarse en esta categoría (como sucedía con Artifex y Paura). No tengo absolutamente nada que objetar, ya que son productos de calidad sobresaliente, y en particular las dos primeras vienen a sustituir el rol que desempeñaban las revistas del tipo Gigamesh, Galaxia, Solaris, 2001 o Asimov's: ¿os acordáis de cuando salian buenos cuentos en papel y a un precio razonable? O tempora, o mores.
Pese a todo lo dicho, me parecería de mal gusto que entre las cinco finalistas no hubiera al menos un par de antologías individuales. Doy por hecho que rarezas como El espectroscopio del alma, de Edward Page Mitchell (de Orciny, la muy, muy, muy meritoria editorial fundada por Hugo Camacho) no tienen nada que hacer, al tratarse de una recopilación de relatos de hace más de cien años, pero querría recomendarla, porque algunos de ellos son excelentes, y esta edición es un rescate literario en toda regla. Supongo que La tercera cara de la luna, de Ángel Luis Sucasas (Nevsky) tiene menos posibilidades que Ahora intenta dormir, de Emilio Bueso (Valdemar), pero tienen la ventaja de poseer calidad suficiente y la desventaja de haberse editado en dos de los tres sellos que ahora mismo, por el motivo que sea (que no tienen la molonidad suficiente entre los votantes, supongo), se quedan siempre o casi siempre fuera de las nominaciones; el otro sería Aristas Martínez. Otro día hablo del tema, si vuelve a haber debacle de estas tres editoriales en las nominaciones.
Tampoco sería de recibo que el último libro de Elia Barceló, La Maga y otros cuentos crueles (Cazador de Ratas), no obtuviese al menos una categoría, pero supongo que la juventud de la editorial y el hecho de que, como en el caso que vamos a ver a continuación, Elia no se lleva demasiado bien con el Ignotus obran en su contra.
Ahora bien, lo que yo no podría entender de ninguna manera es que una obra en concreto se quedase fuera de esta categoría: Trece monos, de César Mallorquí (Fantascy), que es el comeback del año. Su viabilidad como candidata cuenta con algunas desventajas (es más irregular que su gran clásico El Círculo de Jericó, César lleva años fuera del núcleo duro del fandom y el Ignotus tiende a dejar fuera las antologías individuales, motivo que supongo que a la larga motivará que esta categoría se escinda en recopilación de un solo autor y antología de varios autores, como se hace en los premios anglosajones) y una ventaja incontestable: pese a todos los defectos ya citados, la calidad de la antología es acojonante, y no creo que en 2015 se editaran cinco mejores que ella. Pero bueno, cosas más raras se han visto en los Ignotus. Como que César Mallorquí solo tenga un monolito, sin ir más lejos. Esta votación dirá si es que eso es la norma o si es que aún no era el momento.
No quiero abundar en esta dicotomía entre recopilación de relatos de un solo autor y antología de varios autores, y de cómo la segunda sale siempre perjudicada en esta categoría y tal vez habría que plantear escindirla, porque basta que lo diga para que los votantes hagan lo contrario y este sea el año de las recopilaciones individuales. Pero mira que lo dudo.

 Por caber, cabe incluso la posibilidad de que Trece monos coseche un porrón de nominaciones (antología, ilustración, artículo, novela corta y relato) y se vaya de vacío. Pero de verdad que espero que se lleve un par, como poco.


Novela corta

De verdad que no se me ocurre ninguna otra ganadora que no sea "Naturaleza humana", de César Mallorquí (en Trece monos, Fantascy). Lo tiene todo: ritmo trepidante, corte clásico, política, pesimismo existencial, alienígenas fascinantes que se nos muestran fuera de foco, una pareja protagonista tan disfuncional como efectiva y todo el arte narrativo de Mallorquí. Que gane o no gane, eso ya es cuestión de qué otros finalistas haya y quién y qué vote, claro está, pero en principio no debería tener problemas para ser finalista, y es la única obra de Trece monos que, a priori, veo como clara favorita, aunque espero que no sea la única. "El jardín prohibido" debe de andar en el límite de extensión de novela corta, pero creo que podría entrar, pese a que se ha insistido hasta la saciedad en que el final es previsible; pero eso no es culpa del relato o novela corta, sino de nuestra culturilla cinematográfica.


Relato

Hablar para nada es tontería, porque no me he leído ni las de Sportula ni los SuperSonic 2 y 3, y supongo que los cinco o seis finalistas saldrán de estas páginas, pero quiero insistir con Trece monos y el relato "Fiat tenebrae", un pequeño clásico de la ciencia ficción religiosa que no debería escapársele a nadie. También merecería la pena reconocer las virtudes de la nueva línea editorial de Luis G. Prado, el sello Cyberdark. Aunque las recopilaciones de relatos que ha editado hasta ahora no son nominables en la categoría de antología (ninguna tiene tres o más relatos inéditos), sí podrían serlo los escasos títulos inéditos que aparecen, como "El Verdugo debe morir", de Armando Boix (en El noveno capítulo y otros relatos).
Bueno, y si os da pereza entrar en mi entrada de autobombo, en 2015 me publicaron un cuento, "Blanca como la arena", en Junto a la hoguera (Equinox), que podéis descargaros gratis. Para mí es un cuento importante porque es el primero que publico en unos cuantos años.


Ensayo

Me imagino que Miquel Barceló y su Ciencia ficción: Nueva guía de lectura (Nova CF) ganarán sin bajarse del autobús, cosa que resultaría de lo más lógico en el contexto del fandom y de los Ignotus (reedición de obra clásica que ha vendido como churros y ha ganado nuevos lectores para la causa) pero que me parecería un despropósito si uno se para a pensarlo detenidamente (es prácticamente la guía anterior, por lo que de entrada cabría poner en duda que deba considerarse una obra original, y el autor no solo mantiene el discurso inmovilista de aquella sino que lo ha reforzado, por lo que su valor como obra divulgadora del género es claramente contraproducente). Como sé que estoy casi solo en esta apreciación, y que es inevitable que gane, me limito a consignar la existencia de un par de ensayos que podrían acompañarlo en la papeleta.
Aunque toque el género de manera tangencial, supongo que Yo soy más de series (Víctor Miguel Gallardo y Fernando Ángel Moreno, coord., Esdrújula) tienen bastantes números para ser finalistas, ya que hablan de obras del género y forman parte de un volumen de referencia para el seriéfilo televisivo. Estaría mucho mejor si me hubiera dado tiempo a escribir mi ensayo sobre Futurama, cosa que es una de mis grandes decepciones del último par de años, pero que paradójicamente me ha dado alas y ha hecho que ahora sí esté entregando colaboraciones majas para proyectos molones. Me dolió no participar en este libro porque, ya digo, es de los mejores ensayos que se han publicado en mucho tiempo.


Si hay un título que le puede arrebatar el Ignotus a Miquel Barceló es (y espero que sea, si el anterior no entra en la papeleta) Está lleno de estrellas. Memorias de una afición, de Rafael Marín (Cyberdark). Todo lo que yo cuento en mis artículos sobre el fandom lo cuenta él con más gracia y estilo, y se marca la Gran Novela del Fandom que no termino de arrancar a escribir. ¿Por qué debería hacerlo, ahora que Rafa lo ha hecho? 
El mundo de hielo y fuego, de Elio M. García, jr. y Linda Antonsson (Gigamesh) es uno de esos libros que no sabes muy bien si encajar en una categoría de ficción o en la de ensayo, ya que es la falsa crónica histórica que un supuesto septón de Antigua le regala al rey Joffrey para hacerle la pelota y ensalzar los méritos de la coalición dinástica Baratheon-Lannister al tiempo que denigrar el legado de los Targaryen. En ese aspecto, el libro funciona muy bien: parece un libelo porque está escrito con la pretensión de serlo, y da pie a todo tipo de lecturas metarreferenciales e intertextuales. Pocos posibles enfoques podrían haber funcionado mejor para contar la historia del mundo ficticio de Canción de hielo y fuego. Ahora bien, el libro es un poco pesado, coñazo por momentos, y toda la información útil que proporciona queda un diluida. La gran virtud del libro entrañaba también su gran defecto. Hay momentos en que parece un módulo de rol. No obstante, cuenta con mi voto, aunque sea para que alguien reconozca el trabajazo de edición que ha conllevado.
Ya mencioné Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual (David Becerra, coord., Tierradenadie Ediciones) en la entrada anterior, aunque no sé si podría ser nominable, ya que solo dos de los artículos (el que firmamos a medias Alberto García-Teresa y yo, y el que firma Manuel Guedán Vidal sobre Rafael Reig) hablan de género fantástico.
Edito de urgencia con una omisión creo que imperdonable en la primera versión de esta entrada: El jardín crepuscular. Breve glosario del horror, de John Clute (Gigamesh Miscelánea), un texto durillo y exigente sobre el horror, que no terror, obra de uno de los estudiosos más celebrados del género. No tuvo difusión comercial al ser un ejemplar promocional gratuito del Día del Libro y, aunque tiene cojones regalar en la Rambla el texto más árido que haya publicado nunca Gigamesh, lo cierto es que el libro merece la pena, aprendes mucho y te quedas con la sensación de que la lectura ha cundido como si te hubieras leído toda la colección Valdemar Gótica de una sentada.


Artículo

Aquí tengo avalancha de propuestas, aunque es la categoría más dispersa de todas y supongo que las finalistas no tendrán nada que ver con este listado.
El año pasado fui finalista por partida doble en esta categoría, oh, qué bonito. Hasta donde sé, es la primera vez que un mismo autor coloca dos artículos finalistas en la misma edición, aunque Mariano Villarreal asegura que no. Seguramente tendrá razón, ya que es una base de datos andante en lo relativo a premios. En todo caso, lo procedente sería que este año hubiera otro doblete, pero protagonizado por Julián Díez. Se me ocurren tres artículos suyos que están bastante por encima de la media de lo que se publica por aquí en materia de ensayo en formato breve... aunque llamar breve al "Prólogo" de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Philip K. Dick, Ed. Cátedra, col. Letras Populares, 18) es de juzgado de guardia, pero se atiene a las bases del premio, y por lo tanto es nominable en esta categoría. En las cien páginas de ensayo contextualizador, Julián hace justo lo contrario de lo que habría hecho cualquier otro ensayista: se niega a seguir las dos vías más tópicas para hablar de esta novela (la comparación entre la película y la novela, y subordinarlo todo a la biografía de Philip K. Dick) y se centra en la novela, en todas sus conexiones e implicaciones, las temáticas, los personajes y la influencia. No se deja nada sin comentar, y ofrece de regalo un listado con las mejores adaptaciones de obras literarias de ciencia ficción. Me pareció una injusticia que Fernando Ángel Moreno y él no ganaran el año pasado con el prólogo de Historia y antología de la ciencia ficción española, y también me lo parecería que este año no fuera, al menos, finalista con este otro prólogo. Sospecho que, tal como está el percal (que levanten la mano los lectores que siguen la colección Letras Populares de Cátedra), tendría más posibilidades incluso un spin-off de este prólogo que Julián publicó en C de Cyberdark: "Sobre la precuela de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick", que analiza el relato "La pequeña caja negra", en el que Dick hace aparecer a Wilbur Mercer por primera vez.
El segundo artículo es «Gigamesh en el cine: frustraciones y éxito», en Hélice 4, vol. II, un impecable análisis de todas las implicaciones y conexiones que el Gigamesh de Patrick Hannanan tuvo en la historia del cine, desde el franquismo hasta Lars von Trier, realizado con el mismo rigor con el que Eduardo Vaquerizo se empleó al analizar la obra del genial irlandés en "Patrick Hannahan y las guerras secretas", que fue finalista del Ignotus. No estaría mal, dicho sea de paso, que el resto de los ensayos consagrados a Hannahan fueran viendo la luz.
Y el tercero, que entrañaría una enorme paradoja si le supusiera una nominación (no deja de ser una revisión de la utilidad de los premios, y en especial del Hugo), es "Los premios irrelevantes de un premio obsoleto", aparecido en C de Cyberdark, en el que da su opinión sobre la opa hostil que los Sad Puppies le lanzaron el año pasado al premio Hugo, y de paso genera un debate "de los de antes" (véanse los comentarios).
En la línea de los artículos cabezones que me gustan, Fernando Ángel Moreno se marca un must con "De Kant a la ciencia ficción", que también generó su polémica interesante y reúne muchos méritos para optar al monolito.  
"Si menguaras un poco tampoco valdría", de Daniel Pérez Navarro, es un artículo de opinión que aborda varias cuestiones interesantes, desde el elitismo cultural hasta en qué medida influye la brecha generacional entre padres e hijos para analizar la ciencia ficción, tanto los unos como los otros.
Puestos a destacar algún contenido del número 1 de SuperSonic, sin duda me quedo con el artículo "Antologías de ciencia ficción en España", de Cristina Jurado, realmente exhaustivo y lleno de comentarios atinados.
En cuanto a la nueva etapa de Hélice, insisto con la reseña de la Historia y antología de la ciencia ficción española con la que Mikel Peregrina completaba la mía: "Un nuevo hito en la historia de la ciencia ficción española". Al igual que sucedía con mi reseña, la cosa se le fue de las manos y se plantó en las cinco mil palabras, por lo que ambas reseñas (la de Mikel y la mía) deberían considerarse artículos a todos los efectos.
Bola extra, por si os da pereza entrar en mi entrada de autobombo. Los artículos que publiqué el año pasado son estos:
"Prólogo" de Trece monos, en César Mallorquí, Trece monos (Fantascy). 
"Mirar al futuro para comprender el presente. Novela contemporánea española de ciencia ficción crítica", en colaboración con Alberto García-Teresa, en David Becerra Mayor (coord.), Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual (Tierradenadie Ediciones).
"Hasta aquí ha llegado el fandom. Ahora es el turno de los académicos", en Hélice volumen II, n.º 5.
Siendo realistas, supongo que el prólogo de la antología de César tiene posibilidades y los otros dos no, aunque el segundo es un artículo importante, ya que Alberto y yo entendemos que abre una nueva vía de análisis que hasta ahora no se había acometido, al menos con este nivel de profundidad.



Revista

Parto de la base de que en esta edición va a comenzar un ciclo hegemónico de SupeSonic que marcará los próximos años. Atendiéndonos al reglamento, aún no es nominable como revista aunque sí lo sean sus contenidos tomados de manera individual, por lo que estos Ignotus serán los del "año antes de SuperSonic". Tanto Barsoom como Delirio o Hélice podrían ser finalistas, y supongo que Catarsi también tiene papeletas. Ya veremos en qué queda la cosa, pero supongo que muy repartida y sin un favorito claro.


Ilustración

Me vais a perdonar la excentricidad, pero lo de los Ignotus con Enrique Corominas empieza a ser de hacérselo mirar. Puedo entender que en la edición anterior yo fuera el único (dato confirmado por el administrador de los premios) que votó el Gigalienzo que preside la caja de la librería Gigamesh, porque a fin de cuentas ¿qué valor puede tener un mural de seis metros por dos? Así que, si vamos a pasar del Corominas XXXXXXL, probemos con el XS y su babero de la VI Calçotada Friki, una obrita muy simpática, que tuvo más difusión que algunas de las obras que luego resultan finalistas del Ignotus (ciento veinte comensales se limpiaron la salsa de los calçots con esta obra de arte) y que no puedo sino recomendar entre bromas y veras. Más en serio, dadle una oportunidad a la ilustración de cubierta de la reedición de  Stalker. Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski (Gigamesh), en la que Alejandro Terán está que se sale, para variar. Y también a la controvertida ilustración de cubierta de Trece monos, de César Mallorquí (Fantascy), obra de Patrick Seymour, y que a mí, al menos, me encanta. O la ilustración de Challenger, de Guillem López (Aristas Martínez), realizada por Miguel Gómez Losada. Mención aparte para la ilustración de Fantasma, de Laura Lee Bahr (Orciny), a cargo de Pol Abran (Branca Studio), que recrea con notable economía de medios el mal rollo que emana de la novela.


Sí, el babero de la VI Calçotada Friki debería contar como ilustración porque apareció publicado en las cuentas de Twitter de Virginia de la Fuente @VirFuente y Jesús Palacio @palacio05 el 7 de marzo de 2015. Un poco traído de los pelos, pero creo que válido. 

Página web

Como esto va a ser el cuarto o quinto paseo triunfal consecutivo de La Tercera Fundación, no sé ni para qué recomiendo nada. Solo quería hacer constar mi fidelidad a C. Reseñas, reflexiones, artículos... sobre narrativa, y que la página de Ignacio Illarregui es una fuente permanente de artículos sobresalientes.


Obra poética y tebeo



Representación audiovisual

Al igual que los próximos años van a ser de SuperSonic en la categoría de revista, el podcast de los VerdHugos tiene bastantes números para llevarse unos cuantos monolitos seguidos... siempre que se lo permita el fenómeno mediático de la década, El Ministerio del Tiempo. En principio se puede nominar la serie, aunque me imagino que recibirá votos individuales para algunos capítulos (el de García Lorca, sin ir más lejos). Cualquier cosa que no sea la presencia de estos dos contenidos en la papeleta y la victoria del segundo me parecerá una sorpresa.


Novela extranjera

Reconozco que este año he leído poquísimo, pero me da que este Ignotus tendrá nombre de mujer. Y citaré tres motivos: Fantasma, de Laura Lee Bahr (Orciny), tal vez la novela extranjera más original que leí el año pasado, una mezcla de novela a lo "Vive tu propia aventura" con estética lynchiana y muchas dosis de bizarro; Justicia auxiliar, de Ann Leckie (Nova CF), y Las primeras quince vidas de Harry August, de Claire North (Hidra).
 



Cuento extranjero

Directamente, ni entro a valorar. Salvo los relatos de El espectroscopio del alma, de Edward Page Mitchell (siento debilidad por "Nuestra guerra con Mónaco"), poco es lo que puedo recomendar.





Como veis, en 2015 leí bastante menos que otros años, aunque, visto en perspectiva, tampoco se ha dado tan mal. Espero haberos aclarado las ideas o haberos arrojado sobre algunas pistas valiosas que os ayuden a salir de dudas. Ya comentaremos las candidaturas cuando se hayan proclamado.


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viernes, 1 de abril de 2016

Sugerencias para la papeleta de los premios Ignotus 2016: (I) Algo de autobombo

Como todos los años desde la noche de los tiempos para acá, la AEFCFT convoca los premios Ignotus a los mejores contenidos de género fantástico del año anterior. Y, como todos los años, aprovecho para hacer autobombo y proselitismo. Para mayor comodidad, voy a dividir la entrada en dos: hoy toca el autobombo, y en la próxima, que supongo que publicaré la semana que viene porque ahora voy fatal de tiempo, tocará la de proselitismo de material ajeno. Todavía hay tiempo, podéis votar hasta el 24 de abril. Aquí os cuentan el proceso y qué hay que hacer.
Entre paternidad, trabajo y que estoy un poco en plan retirada del mundo fandomita, lo cierto es que este año tengo muy poquitos contenidos nominables, pero contamos con una novedad: uno de ellos es un relato. He vuelto a escribir ficción, e incluso me la han publicado, lo cual es una noticia en sí misma, si tenemos en cuenta la de años que llevaba sin terminar un relato. En 2016 habrá más. En ese aspecto no puedo quejarme.
Tampoco he sido muy prolífico como articulista, y el año que viene lo seré menos, pero en esa categoría sí que hay más material seleccionable. En todo caso, aporto menos material que otros años pero creo que todo él es consistente. Me vuelvo selectivo.

Dicho esto, acá van mis contenidos nominables, por categorías:

Cuento español


Artículo

  • "Prólogo" de Trece monos, en César Mallorquí, Trece monos (Fantascy)  

  • "Mirar al futuro para comprender el presente. Novela contemporánea española de ciencia ficción crítica", en colaboración con Alberto García-Teresa, en David Becerra Mayor (coord.), Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual (Tierradenadie Ediciones)

Un cuento de terror pagano ambientado en el Sáhara Español, un prólogo cabezón de los míos con el que prácticamente doy por cerrada mi introspección arqueológico-nostálgica del fandom español de los años noventa, un ensayo a cuatro manos (más bien las dos de Alberto con unas cuantas aportaciones mías) en el que analizamos uno de los agujeros negros de la crítica especializada en literatura fantástica (el elemento político y crítico en la ciencia ficción española, asunto sobre el que voy a regresar este año, de nuevo a varias manos) y una reflexión compartida (forma parte de la Doble Hélice, y hay que leerla junto con la aportación de Mikel Peregrina) sobre una de las antologías más importantes de la historia de la ciencia ficción española que, de manera harto significativa, ha pasado inadvertida para el fandom y lo ha petado en el mundo académico. 
No creo que sea mal bagaje, y refleja un poco mi estado de ánimo y mi incierto deambular entre pasado y presente: retomo el pasado como escritor de ficción y lo convierto en mi presente y seguramente futuro, echo el cierre a toda una línea de análisis que me ha llevado mucho tiempo y que creo que no da más de sí, me aventuro en las colaboraciones sobre asuntos poco trillados por la crítica, y repaso la historia del género a través de uno de sus mejores resúmenes.

Escribir tiene mucho de francotirador y de solitario, pero veo una nota común en todas mis aportaciones del año 2015: son fruto de colaboraciones directas o indirectas, partes de trabajos en equipo que van más allá del ensayo o el cuento escrito para uno mismo o porque se han limitado a pedírtelo y tú te limitas a escribirlo. Así que nobleza obliga, hay que ser agradecidos. Por supuesto, con Cristina, que me aguanta a diario las neuras e inseguridades, y Mireia, que lucha con toda su entropia infantil para que papá no esté pegado al ordenador haciendo frikadas y haga el favor de contarle un cuento o salir a jugar con ella.
"Blanca como la arena" habría sido imposible sin el estímulo que me ofrecieron en su momento Eduardo Vaquerizo (es el desarrollo de una trama secundaria de un cuento que no entregué en plazo para su antología Memorias de tinieblas), Rodolfo Martínez (como editor de Sportula, por haber valorado de forma positiva las páginas que llevaba escritas de ese relato inacabado, lo cual me hizo confiar en mis posibilidades de desarrollarlo a mi ritmo) y Luis G. Prado (por hacerme una oferta imposible de rechazar, que también me ha dado la motivación extra que necesitaba para seguir escribiendo), y que hace unos meses me dieron Noelia Montalbán y Tania Giménez, coordinadoras de Equinox, a quienes agradezco la confianza y los flujos de ideas.
El prólogo de Trece monos habría sido imposible sin los relatos y la personalidad de César Mallorquí, y sin los ánimos incesantes de Ricard Ruiz, quien me hizo la persona más feliz del mundo al ofrecerme precisamente este prólogo, el que he hecho con más ganas y convicción, cosa que creo que se nota. También debo destacar el trabajazo que Emilia Lope, primero, y Natalia Rodríguez, ahora, llevan a cabo en Fantascy. Y, claro está, el capote que me echó Susana Vallejo al cubrir mi baja de última hora en el acto de presentación del libro en Gigamesh.
En cuanto a la colaboración con Alberto García-Teresa, llevaba cosa de quince años sin escribir a cuatro manos y, aunque no dejo de repetir que el peso de la redacción final del artículo es de él, la fase de tormenta de ideas y de selección de los textos sobre los que íbamos a hablar ha sido un proceso realmente enriquecedor que me ha hecho descubrir muchos libros magníficos que no entiendo cómo podían estar fuera del radar del núcleo duro del fandom. Además, el ensayo colectivo en el que aparece publicado es de lectura obligada.
Y por último, el nuevo equipo de Hélice, comandado por Mariano Martín, Mikel Peregrina y Antonio Rómar, mantiene el buen hacer de esta publicación y la convierte en uno de los lugares más apetecibles donde publicar ensayos sobre el género. También tengo que darle las gracias a Ana Belén Ramos y Javier Fernández, de Cátedra, a Sara Martín y Alejo Cuervo, por esa charla de presentación en Gigamesh, y por supuesto a Julián Díez y Fernando Ángel Moreno, por haber hecho realidad uno de los libros más importantes que se han publicado en España sobre la ciencia ficción española.


Pues lo dicho: esto es lo que puedo aportar, por si tenéis dudas acerca de qué poner en vuestras papeletas. En cuanto a los contenidos de otros, en la próxima entrada ofreceré mis recomendaciones. Adelanto que van a ser pocas, ya que en 2015 leí bastante poco.




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martes, 13 de octubre de 2015

Presentación de "Trece monos", de César Mallorquí, en la librería Gigamesh

El próximo 29 de octubre a las 19.00 tendré el honor y el placer de participar en la presentación de Trece monos, la última antología de relatos de César Mallorquí, recién aparecida en Fantascy. El acto tendrá lugar en la librería Gigamesh de Barcelona.


Ni que decir tiene que estoy agradecidísimo a la gente de Fantascy (con Ricard Ruiz, Natalia Rodríguez y Emilia Lope a la cabeza) por darme la oportunidad de compartir mesa con César y Ricard para hablar del que considero uno de los acontecimientos editoriales de 2015, por los motivos que explico en el prólogo de la obra
Lo dicho: leed el libro todos y acercaos por la presentación los que podáis. Diversión garantizada. Allí nos vemos.
Ah, y si ya habéis leído el libro, comentad qué os ha parecido. De verdad que es de los títulos más recomendables de 2015.


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lunes, 29 de septiembre de 2014

Los premios Ignotus. 1991-2000


Aunque estoy cada vez menos activo en el fandom (o precisamente por eso), lo cierto es que de vez en cuando aparece algún proyecto que me da la vidilla necesaria para liarme la manta a la cabeza y volver a escribir. He aquí uno de ellos. Del otro hablaré un día de estos, en cuanto me haya leído el resultado final. Hay más, y ya irán apareciendo en el blog.
A lo que iba. La historia de Los premios Ignotus. 1991-2000 (Sportula, 2014) viene de lejos. En concreto, de la infame hispacón de 2005, aquella que nos pasamos atrincherados en el bar Cosmos, donde, entre otras cosas, se coció el embrión de esta antología. Rodolfo Martínez me pilló por banda, me contó que quería editar unas antologías de premios Ignotus en plan Isaac Asimov presenta los premios Hugo, me pidió que escribiera las entradillas de contexto histórico para cada una de las ediciones y, evidentemente, le dije que sí.
Por supuesto, tardé dios y ayuda en arrancar con el asunto. El borrador del ensayo correspondiente a 1991 está aquí. Convinimos en que no nos valía, ya que era demasiado extenso y me iba demasiado por las ramas. Pero escrito se quedó, y colgado en el blog, para vuestro uso y disfrute. En realidad no importó que se quedara en el dique seco, ya que el proyecto se fue parando, se fue parando hasta que Rudy puso en marcha la editorial Sportula y, harto de moverlo por editoriales varias, llegó a la conclusión de que era el lugar donde tenían que aparecer las antologías. Se reformuló la estructura de las antologías (una por década; es decir, la idea es que haya, como mínimo, una más), la metodología de trabajo (un solo ensayo general sobre contexto histórico, más los dos ensayos de Mariano Villarreal sobre la dinámica y palmarés de los premios), se negociaron contenidos alternativos (la novela corta de Javier Negrete que aparecería en la edición electrónica, ya que Estado crepuscular no podía ser, por motivos contractuales) y, en resumen, nos pusimos en marcha de manera oficial. Cómo no, me retrasé varios meses sobre la fecha prevista, pero a principios de año conseguí encontrar un huequecillo de una semana que consagré a escribir la introducción, "Premios Ignotus para Dummies", sesenta páginas cargadas de información, batallitas y (espero) el espíritu de la ciencia ficción del fandom de la década de 1990, del que esta antología es un buen resumen.
Me tomé el ensayo como una recapitulación prácticamente definitiva de los muchísimos artículos que he escrito sobre aquella época. No va a ser el último que escriba, porque tengo un par más apalabrados (Alejandro, estoy en ello, de verdad de la buena), pero creo que vale a modo de resumen y última palabra sobre lo que supusieron aquellos años; al menos, para mí. Después de este ensayo, ya solo puedo recurrir a la ficción para seguir hablando de aquella época, y entended esto como queráis.
En cuanto a los contenidos de la antología, están los Ignotus ganadores de las categorías de mejor relato (1991 y 1992) y cuento español (de 1994 a 2000). Podéis leer a los grandes clásicos de la ciencia ficción surgida del fandom con algunos de sus cuentos más representativos. Todos ellos son recomendables y, después de habérmelos releído un par de veces con motivo de la preparación de este  otros ensayos, debo decir que mantienen la calidad y el interés, y en algunos casos (por lo que a mí respecta, "El decimoquinto movimiento" y "En las fraguas marcianas") han ganado notablemente con el tiempo. 
Ni que decir tiene que os recomiendo esta antología. Si os da pereza rascaros mucho el bolsillo (veintitrés euros por una tochana de quinientas páginas es un precio muy competitivo), no tenéis excusa: la edición en ebook solo cuesta cuatro euros. 

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jueves, 23 de febrero de 2012

"Cuatro autores, cuatro relatos", en Literatura Prospectiva

Como en el chiste: una noticia mala y otra buena.
La mala es que Literatura Prospectiva, uno de los referentes indiscutibles en cuanto a crítica literaria de género fantástico en red, va a echar el cierre en las próximas semanas. El equipo pilotado por Nacho Illarregui y Joserra Vázquez lo explica en esta entrada. Los motivos de fondo (cansancio acumulado después de tres años de actividad ininterrumpida, dificultades para encontrar nuevos colaboradores, poca receptividad por parte de autores con blogs propios a colaborar en blogs colectivos, posibles fallos de comunicación con los lectores potenciales) son muy complejos y comprensibles, aunque suelen ser el pan nuestro de cada día: todo lo que empieza tiene un final, y tal vez sea mejor dar por finiquitada Literatura Prospectiva, ahora que sigue siendo un referente, antes que dejar que pierda calidad, visibilidad y periodicidad. En todo caso, es una pequeña tragedia, ya que se ha tratado de una magnífica página, en la que se han podido leer muy buenas reflexiones, columnas muy interesantes (para mí ha supuesto el descubrimiento de ese recambio generacional que echaba en falta en el terreno crítico-ensayístico, con gente como Luís Besa, Manuel de los Reyes, Miguel Cisneros, Mariano Martín o Fernando Lafuente) y, sobre todo, en el de las reseñas con finalidad prescriptora y analítica (una laguna clamorosa en estos tiempos de mero quid pro quo que están propiciando las redes sociales).
La buena (para mí, no sé si para los lectores) es que de un par de meses para acá estoy cogiendo ritmo, y hoy ha aparecido una colaboración mía: el ensayo "Cuatro autores, cuatro relatos", en el que recomiendo cuatro historias breves de ciencia ficción española que en su momento fueron relevantes (por sus premios, repercusión o trascendencia) y que ahora se hallan sumidas en el olvido, reducidas a meras referencias bibliográficas. Me parece una buena manera de rescatarlas, y conseguir que interesen a las nuevas generaciones, las que solo conocen a César Mallorquí como un autor de novela juvenil, a León Arsenal como un autor de novela histórica, a Armando Boix como un señor que va a publicar su tercera novela juvenil después de un silencio literario de doce años y Carlos Pavón como un señor que traduce a Greg Egan. Por supuesto, también lo he escrito para satisfacer la nostalgia de los lectores y aficionados que vivieron aquellos maravillosos años noventa. En cierto modo, la selección de estos cuatro relatos y autores no deja de ser una especie de "Auge y caída del boom de los años noventa". Y, antes de que alguien me lo recuerde en la zona de comentarios: sí, es evidente que esto forma parte del esqueleto de la Gran Novela sobre el Fandom que no dejáis de pedirme (y que a este paso se va a titular La gran novela sobre el fandom, así, con un par); sí, comencé a escribirla, pero no tardé en dejarla aparcada, entre otras cosas porque no era la novela que quería escribir en ese momento (es una historia larga de contar, y espero poder hacerlo en detalle dentro de dos o tres años, a poder ser con una novela terminada y publicada en la mano, pero a estas alturas ya nos conocemos), y no, ahora mismo no estoy con ella, pero sigo haciendo acopio de material para cuando me ponga en serio.
Así pues, y sin más preámbulos, copio y pego el ensayo que ha aparecido hoy en Literatura Prospectiva. Ojalá me dé tiempo a escribir alguno más en este estilo, y que llegue a aparecer en Prospectiva, antes de que eche el cierre. Me ha encantado colaborar con esta página, siento no haberme prodigado más (debo muchas críticas desde hace demasiado tiempo) y me alegro de estar cogiendo impulso y publicando allí con regularidad, aunque sea justo al final.

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Es ya un lugar común referirse a los años noventa como la década dorada de los relatos de ciencia ficción española. No insistiremos en la supuesta veracidad de esta etiqueta, dado que estos no son ni el lugar ni el momento, pero resulta indudable que la concurrencia de una serie de factores hizo posible que el género adquiriera un impulso que, en mayor o menor medida, se ha mantenido hasta la fecha presente. El surgimiento de fanzines y revistas, así como las convocatorias de premios, el auge de internet y la segunda etapa de las HispaCones conformaron un fándom activo e inquieto, lo que llevó aparejado un aumento en la cantidad y calidad de los relatos de ciencia ficción autóctonos. Muchos de los autores que comenzaron a publicar en aquella época se mantienen activos hoy en día; otros se han quedado en el camino, y algunos ya no están con nosotros. Sea como fuere, la ciencia ficción española, en formato breve, vivió momentos más que interesantes. El reflejo más ajustado, exhaustivo y veraz de este boom sigue siendo la Antología de la ciencia ficción española. 1982-2002, recopilada por Julián Díez y editada y saldada por Minotauro. El lector inquieto también podrá encontrar de su gusto otra antología que se solapa parcialmente con aquella: Cuentos de ciencia ficción, seleccionada por Miquel Barceló y Pedro Jorge, y editada por Bígaro.
La selección de Julián Díez fue impecable aunque, como es lógico, solo incluía un relato por autor, y no daba cabida a todos los responsables del boom de la ciencia ficción española de los años noventa. Consciente de ello, Julián incluía abundantes referencias bibliográficas en el ensayo introductorio y en el listado final de recomendaciones. En total, entre los relatos incluidos en la antología y las recomendaciones finales, aparecían unos ochenta títulos de ciencia ficción española intra fándom que podríamos considerar, como mínimo, dignos. El tiempo ha sido relativamente generoso con bastantes de ellos, que se dejan releer con un toque entre tierno y nostálgico, sí, pero también los hace aptos para los nuevos lectores, aquellos que tal vez no hayan tenido entre sus manos ningún ejemplar de Gigamesh, BEM, Cyber Fantasy, las sucesivas encarnaciones de Artifex en papel, y no digamos fanzines como Núcleo Ubik, Kenbeo Kenmaro, Parsifal, Elfstone, Bucanero o El Melocotón Mecánico.
Por todo ello, considero oportuno referirme a cuatro relatos de ciencia ficción pura y a veces dura escritos por otros tantos autores que comenzaron a publicar (o a despuntar) en los años noventa; por este motivo no incluyo a Rafael Marín, Elia Barceló ni Rodolfo Martínez. Algunos aparecieron en el sumario de la antología de Minotauro, y otros se quedaron a las puertas. En todo caso, comento relatos no incluidos en esa recopilación, pero, no obstante, recomendables. No intento ser sistemático, ni compensar los relatos en función de su año o lugar de publicación. De hecho, digamos que el criterio que he adoptado es el siguiente: presento cuatro buenos relatos de ciencia ficción española, que no han aparecido en ninguna de las dos recopilaciones mencionadas y que, por lo tanto, no suelen citarse como «referencias obligatorias», pese a que cuentan con méritos suficientes para reivindicarlos y que no caigan en el olvido. Podríamos considerarlos la «segunda línea» de la ciencia ficción española de los años noventa, circunstancia que los ha condenado al olvido.
Por supuesto, hay mucho más material donde elegir, y parte de la gracia de este ensayito consiste en fomentar la participación de los lectores más veteranos o leídos del lugar.


 
«El mensaje perdido», de César Mallorquí
 
Por lo general, se tiende a conceder a este relato más valor histórico que literario. Ganó la primera edición del premio Aznar de relatos, que organizaba la por aquel entonces recién nacida AEFCF (antes de añadir la «yT» a sus iniciales), y se publicó en el combozine de la HispaCon de Barcelona, celebrada en diciembre de 1991. Este dato es relevante, porque, por un lado, la mayoría de las referencias bibliográficas sobre la primera edición del relato son erróneas (su aparición en el número 1 de Cyber Fantasy es posterior) y, por otro, nos permite hablar de este relato, con toda propiedad, como el hito fundacional del boom de la ciencia ficción española de los años noventa. Es cierto que César escribió relatos mucho mejores («El rebaño», «La pared de hielo» o «La casa del doctor Pétalo», que, sin exagerar, muy bien podrían hallarse entre los diez mejores de la historia de la ciencia ficción española), pero tal vez no habrían sido lo mismo si no hubiera escrito antes este relato, o, simplemente, no habrían sido.
El título completo de esta historia, «El mensaje perdido. A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya», nos deja claro desde el principio por dónde van a ir los tiros. Mallorquí fusiona la tradición cienciaficionera de los años cincuenta y sesenta (es, al mismo tiempo, pura Edad de Oro y pura New Wave) con el imaginario tradicional español, y revitaliza la tan traída y llevada ciencia ficción «cañí» que, hasta aquel momento, solo habían desarrollado Gabriel Bermúdez Castillo, Ignacio Romeo y Enrique Lázaro, pero que a partir de entonces se convirtió en uno de los puntos de fuga del género, que acabó derivando en el subgénero llamado «de cachava y boina» (cuyos máximos exponentes se pueden leer en los Cuentos fantásticos de la España profunda, editados por AJEC). La mezcla, que ahora llamaríamos posmoderna y consideraríamos hermana literaria de productos como Amanece, que no es poco, resultaba novedosa, aunque en realidad era clásica, realmente clásica. Detrás de las tribulaciones de un gitano que adquiere el don de la omnisciencia porque, nada más nacer, su cabeza se interpone en la trayectoria de un rayo de luz coherente enviado por una inteligencia extraterrestre superior, se halla un estudio serio y completísimo de los mitos artúricos. Por reducción al absurdo, podríamos decir que «El mensaje perdido» es una mezcla de La diosa blanca, de Robert Graves, y «Volando voy», de Camarón de la Isla. El hecho es que, veinte años y dos meses después, su relectura sigue sorprendiendo.
Como es lógico, la propuesta se adelantó a su tiempo, el relato pasó sin pena ni gloria y César acabó hartándose del fándom (leánse sus más que lúcidos artículos alusivos) y convirtiéndose en uno de los autores más laureados de la literatura juvenil (acaba de obtener su cuarto premio Edebé con una novela de ciencia ficción, La isla de Bowen). Y nada de ello fue posible sin «El mensaje perdido».



 

 Armando Boix fue uno de los autores indispensables de la ciencia ficción española del segundo lustro de los años noventa, y su desaparición del panorama editorial simbolizó, en cierto modo, las primeras señales de desencanto y desgaste del boom. Escribió una docena de relatos impecables (recopilados en Sombras de todo tiempo, editada por Mandrágora), marcó uno de los puntos culminantes de la fantasía y el terror con elementos históricos y «cultos» (que ahora que están tan de moda estos términos, podríamos considerar retrofuturistas o steampunks sin más), dirigió los mejores números de la revista de cine fantástico Stalker, se pasó a la novela juvenil en el momento en que lo hacían Elia Barceló, César Mallorquí o Javier Negrete, la jugada no le salió bien (ganó el Gran Angular con El jardín de los autómatas, pero las ventas y repercusión de El sello de Salomón fueron más bien escasas) y abandonó la literatura y el fándom para dedicarse en exclusiva a su actividad profesional. (Edito: César Mallorquí comenta que Edebé va a publicarle una novela juvenil a Armando durante este año 2012, lo cual es una magnífica noticia. Espero que funcione, y Armando vuelva por sus fueros.) En el camino, como digo, quedaron una docena de relatos de factura impecable, uno de los cuales, «El sueño de la razón» (Gigamesh 13, 1998), era de ciencia ficción; no en vano, fue finalista del certamen Alberto Magno. Pero también era un relato de terror. Y un thriller. Y demasiadas cosas, como todos sus cuentos. La atmósfera de la clínica donde trabaja la protagonista era tan opresiva como el entorno exterior, una Barcelona gris y distópica que, aunque aparece poco, nos recuerda que el relato es, ante todo, una llamada de advertencia. Soylent Green, Gattaca, La isla, Black Mirror… Todos esos referentes, anteriores y posteriores, podrían venir bien para caracterizar las sensaciones que transmite el mundo que crea Boix en este relato. En cuanto a la trama, lo suficientemente bien resuelta como para que no parezca un telefilme de sábado por la tarde, cabe decir que tal vez sea lo menos satisfactorio del conjunto. Y, ante todo, y sin que sirva de precedente, vemos aquí un retrato de personaje femenino creíble y bien caracterizado, cosa que puede parecer una tontería, pero que siempre fue el talón de Aquiles de la ciencia ficción española de los años noventa.


 
«Poetik GmbH», de Carlos Pavón
 
Carlos Pavón fue el típico ejemplo de autor de unos pocos relatos, cuya escasa producción le impidió ser un autor de referencia. No dejaba de ser un francotirador, alguien que se dedicaba a otras cosas, pero que, además, escribía relatos de vez en cuando. En su caso, era el traductor y contacto en España con Greg Egan. Gracias a Carlos, Gigamesh pudo publicar relatos del autor australiano, que contaban con el visto bueno del autor, siempre muy receptivo, hasta el punto de que comenzó a correr el chascarrillo de que Greg Egan era un seudónimo de Carlos Pavón. Hablamos de una época en la que todavía no sabíamos qué aspecto tenía Egan.
Pero Pavón no era solo el traductor de Egan. También tradujo relatos de Pat Cadigan y de Bruce Sterling. Y reseñaba títulos para Gigamesh. Todas estas influencias lo caracterizarían ahora como un lector 2.0 sin más, pero, en 1999, eran algo insólito. Nos hablaban de un lector que estaba a la última en todo lo relativo a ciencia ficción de vanguardia, pero a quien le traía absolutamente al pairo lo que se estuviese haciendo por aquí. No lo necesitaba. Por eso se incurrió en el reduccionismo de definir «Poetik GmbH» como «un cuento de Greg Egan escrito por un español». Cierto, Pavón había traducido a Egan. Cierto, hablaban de los mismos temas; en particular, la memoria y el olvido. Cierto, la estética era parecida. Pero no: Pavón iba más allá. No nos estaba ofreciendo «un cuento de Greg Egan escrito por un español», sino «el tipo de buena ciencia ficción que se está escribiendo ahí fuera, pero escrito por alguien de aquí», que no era lo mismo. Esta diferencia de matiz explica la incomprensión que generó el relato, y es una metáfora inmejorable del cariz que estaban tomando los acontecimientos.



 

 Aunque León Arsenal ha hecho fortuna en el campo de la novela histórica, es justo recordar que sus diez primeros años de actividad lo definieron como EL autor español de relatos de ciencia ficción. Sus colaboraciones con Cyber Fantasy elevaron los estándares de calidad de la ciencia ficción clásica, el space opera de toda la vida, al que León sabía imprimir un toque lo suficientemente moderno, pero sin perder sus raíces. Sabíamos que nos hallábamos ante un pulp arquetípico, pero escrito con lenguaje de New Wave. De nuevo, el posmodernismo de las narices, antes de que tuviéramos muy claro en qué consistía este.
Tal vez no tan brillante como «El centro muerto» (que fue el relato seleccionado por Julián Díez), «En las fraguas marcianas» es una declaración de amor a la ciencia ficción «de antes». La puesta en escena es espectacular. Arsenal escribe en el año 1999 (y se lleva sendos premios Pablo Rido e Ignotus por ello),  pero nos describe un Marte más propio de las novelas de Edgar Rice Burroughs. Estamos en Barsoom, pero también en las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, sin que suene demodé; todo lo contrario: la coherencia del conjunto es asombrosa, y uno no puede dejar de soñar con ese Marte. De nuevo, ahora diríamos que el relato es posmoderno y retrofuturista, pero en 1999 era una maravillosa declaración de amor al sentido de la maravilla con el que todos los lectores ya talluditos nos enganchamos a la ciencia ficción cuando éramos adolescentes. El Marte de León Arsenal es el paraíso perdido de los implicados en el boom de la ciencia ficción española de los años noventa; por eso se llevó el Ignotus, y por eso se convirtió en el canto del cisne de Arsenal como escritor de ciencia ficción breve. ¿Qué más podía añadir? Arsenal se metió, él solo, en un callejón sin salida. Lo siguiente que hizo fue dar carpetazo a su faceta de escritor de relatos con la más que notable recopilación Besos de alacrán y otros relatos, y pasarse a la novela histórica. Se cerraban así los mágicos años noventa y, tal vez y de rebote, todo el boom de la ciencia ficción española.

Por supuesto, hay más autores y más relatos. Podríamos hablar de Joaquín Revuelta y «Más tequila», o de Manuel Díez Román y «Cualquier noche puede salir el sol», o de Ramón Muñoz y su fascinante «Bajando», o de «Los viejos días de la contracultura», de Carlos Fernández Castrosín, pero para ello sería necesario otro ensayo.

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viernes, 27 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (4 de 4)



Hubo un tiempo en que el hoy llamado barrio del Raval se denominaba Barrio Chino. Eran tiempos diferentes, en que Barcelona era una ciudad portuaria, una acumulación de mugre y canallesca que, narcotizada por los vapores de la absenta y el aliento a cebolla y vinazo de las putas borrachas de la Rambla, se empeñaba en darle la espalda al mar. Biscúter se le insinuaba a la Charo. Carvalho quemaba los libros que Méndez se había dejado en bares de murcianos o extremeños de paredes recubiertas con pósteres ajados de Tarzán Migueli. El Makinavaja asaltaba a un marinero tuerto que se había extraviado por la calle d’en Robador. Los ateneos libertarios vivían tiempos difíciles, pasado el repunte de actividad de la Transición, y anhelaban la quema de iglesias, los épicos tiempos de los refugios antiaéreos y el exilio.
El límite de aquel Barrio Chino se encontraba en las Rondas, el antiguo contorno de las murallas. En uno de los extremos (el final de la ronda de Sant Pere) se halla la librería Gigamesh, junto al Arco del Triunfo, la primera advertencia de las autoridades locales de que Barcelona tenía que dejar de ser una ciudad autista y mirar al mundo exterior. El Arco del Triunfo marcaba el inicio del recinto de la Exposición Universal de 1888.
En el otro extremo de las Rondas se halla el mercado de Sant Antoni, al final de la ronda epónima. Los domingos por la mañana se llena de bibliófilos y coleccionistas que acuden a las casetas de venta (paradas, las llaman los nativos) para hojear y comprar, cambiar y revender los más variados objetos susceptibles de ser coleccionados: videojuegos, cromos, tarjetas postales, cómics, revistas pornográficas y, cómo no, bolsilibros de ciencia ficción, números casi olvidados de Nueva Dimensión y ejemplares inencontrables de las colecciones Infinitum, Nebulae Primera Época o Galaxia de Vértice.
Si lo que te trae a Barcelona es el coleccionismo de discos, necesitas acercarte a la calle Tallers, que arranca en la plaza de la Universidad y termina en la Rambla. En 1991 era Barrio Chino, pero más civilizado, más cosmopolita, más Ramblas.
¿Qué le sucedió al Barrio Chino? ¿Por qué dejó de ser el barrio indeseable del que cualquier persona en su sano juicio huiría, cualquier cosa antes que dejarse atracar en un oscuro callejón, y empezó a llamarse Raval, y a llenarse de inmigrantes marroquíes y paquistaníes, carnicerías halal y restaurantes döner kebab, universitarios alemanes de Erasmus y perroflautas de los que salen al parque de la Ciudadela para tocar el tam-tam los domingos por la tarde?
La respuesta es de lo más prosaica: los Juegos Olímpicos de 1992. Las mejores olimpíadas de la historia cambiaron la fisonomía de la ciudad, la abrieron al mar y la convirtieron en una urbe agradable y vivible. Se rehabilitó el casco antiguo, en un proceso lento pero implacable que le quitó unas señas de identidad pero le imprimió otras, más adaptadas a los tiempos modernos. Barcelona dejó de ser extrarradio y pasó a ser epicentro.
Era una cuestión de justicia poética el que Barcelona, la misma ciudad que había acogido la primera hispacón de la historia, la de 1969, acogiera también la primera hispacón del boom de los años noventa.
Si abandonas la Rambla a la altura de la calle Bonsuccés, dejando atrás las tiendas de discos, la bocacalle que conduce a La Ovella Negra y la plaza porticada que acoge las dependencias de la policía municipal, te adentras en la calle Elisabets. Allí puedes ver un antiguo convento, reconvertido en la librería más bonita y mejor parida de España, la Central del Raval. Al final de la calle Elisabets te encontrarás con el FAD, otro antiguo convento, pero reconvertido en bar moderniki y sala de exposiciones. A tu derecha, una plaza enorme en la que lo viejo y lo nuevo conviven de manera ejemplar. Esa mole, que al viandante madrileño le recordará al Reina Sofía, es el MACBA, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. En esa explanada alucinante conviven los skaters con los grafiteros, que hasta hace poco peregrinaban desde toda Europa para pintar en los muros de las obras de las actuales facultades de Filosofía y Geografía e Historia. Cualquier detector de tendencias que se precie vendrá a esta plaza para ejercer sus labores de coolhunting, mientras divisa a los niños paquistaníes que se afanan en jugar al críquet al mismo tiempo que evitan con denuedo hacer saltar por los aires las gafas de pasta del enésimo diseñador de páginas web o traductor autónomo que se les cruza en el camino.
Supongamos que quieres entrar en el CCCB, el Centro Catalán de Cultura Contemporánea. Tendrás que entrar por la calle de Montalegre, en la acera opuesta a las facultades de Filosofía e Historia. Si el MACBA es el Reina Sofía, el CCCB es el Conde Duque. Un enorme patio renacentista, vestigio del antiguo hospicio, le abre paso a un entramado de salas de exposiciones y conferencias. Ya llegaremos al momento en que se celebró el Kosmopolis 2002 y tuve el privilegio de coentrevistar a William Gibson (a quien tuve el prurito de amor propio, o la prudencia, de no preguntarle de qué coño iba Neuromante) y Pablo Capanna, y asistir a una entrevista a Brian W. Aldiss.
Abandonamos el CCCB y, antes de girar a la derecha para enfilar a la calle Tallers y la plaza de Castilla, y con ello abandonar el Raval por la plaza de la Universidad, nos detenemos en el Centro de Recursos e Iniciativas Culturales. Es un edificio renacentista, con un patio muy coqueto, que en tiempos fue la Casa de Caridad. Es el único edificio centenario que no ha cambiado un ápice desde que se iniciara la vorágine del 92. Suena paradójico, pero es así: es un edificio antiguo que se sigue viendo antiguo, auténtico. En aquel patio renacentista, sentimos que el tiempo no ha pasado, que la ciudad sigue el curso que hubiera seguido de no haber existido las olimpíadas.
Y, en efecto, como no podía ser menos (pues ésta es una historia de ciencia ficción), cuando salimos de la Casa de Caridad nos encontramos con una realidad alternativa, o con un viaje en el tiempo. Ya no estamos en el pujante Raval del 2007, sino en el Barrio Chino de 1991. El momento es entonces, sólo diez días antes de que Barcelona ingresase en la modernidad, semana y media antes de que el Barrio Chino dejase de serlo y se convirtiese en Raval.
Añadidle una lluvia intermitente y no demasiado agradable. Un tiempo propio de principios de invierno. La premonición de todas las trombas de agua que nos esperaban.
¿Alguien concibe una hispacón sin lluvia?
Julián, Susana y yo llegamos a Barcelona en autobús. No pegué ojo en toda la noche, y la proyección de una película de Ozores no se puede decir que ayudara. Nacho y Pi vivían al lado de la Estación Norte de autobuses, de modo que echamos una minisiesta en su casa, justo antes de llevarme el equipaje a casa de mi tía, en el por entonces decadente Eixample (Ensanche) y hoy en día modernísimo Gaixample, la zona gay del Eixample.
Nacho y Pi eran Ignacio Maroto y Pilar Lebón, los organizadores de la hispacón. Por este motivo se concedió el carnet de socio número 1 de la AEFCF a Nacho (quien, además, fue el primer tesorero de la asociación). El núcleo duro de la junta residía en Madrid: Alberto Santos, el presidente, antiguo coeditor del fanzine Blagdaross y director de las colecciones de fantástico de Edaf; Juanma Barranquero, vicepresidente, quien acababa de abandonar Barcelona porque había encontrado un trabajo en Madrid; y Julián Díez, secretario y coordinador de publicaciones.
La hispacón se organizó en un tiempo récord y, por lo tanto, fue una convención de mínimos. La idea había surgido apenas dos meses antes. Alejo Cuervo era el agente literario de Angélica Gorodischer, de quien el año antes había editado por primera vez en España su obra cumbre, Kalpa imperial, en Alcor, el sello de qualité de Martínez Roca. Angélica iba a estar en España en diciembre, y Alejo sugirió la posibilidad de celebrar una hispacón. Prometió ponerse en contacto con Terry Pratchett, otro de los autores cuyas obras aparecían en las colecciones de fantástico de Martínez Roca. Dicho y hecho. La hispacón tomaba forma.
Por pura lógica (el premio UPC y todo lo demás), el invitado de honor español tenía que ser Rafael Marín. Aceptó.
Todo se hizo contrarreloj. Nacho y Pi, que trabajaban en el Centro e Iniciativas y Recursos Culturales, consiguieron que se les cediese el local, después de haber intentado conseguir el apoyo del Ateneo Barcelonés.
Mientras tanto, la junta de la AEFCF trabajaba desde Madrid y Barcelona para tener a tiempo el primer boletín Pórtico, así como el combozine. Para ello hubo que tener todo el santo día maquetando a Jordi Lorita, picar textos en una época en la que ni siquiera era frecuente el empleo de disquetes, leerse los cuentos presentados al premio Aznar y, ejem ejem, plegar los boletines Pórtico, tarea que realizamos Julián, Susana, Alberto Santos y yo en casa de nuestro bienamado presidente.
Todo era muy artesanal en aquella época.
La lluvia caía sobre Barcelona. Había que buscar las placas conmemorativas para los ganadores de los premios Aznar y el premio especial a la labor de una vida, que se le concedía a Agustín Jaureguízar. Había que montar el chiringuito. Había que conocer y poner cara a los asistentes, 120 en total. Algunos de ellos desempeñaron un papel muy importante en los años siguientes; otros, simplemente, se desvanecieron en el olvido.
El programa de actos fue muy variado. La conferencia de Terry Pratchett resultó desopilante, entre otras cosas gracias a la brillantísima traducción simultánea que realizó Albert Solé. La mesa redonda sobre el ciberpunk no nos explicó de qué coño iba Neuromante, pero resultó igualmente interesante. Entre todos matamos a Gandalf, en la mesa redonda desmitificadora de turno. Montse Sant disertó sobre los dragones y sus variantes. No faltaron las mesas redondas autorreferenciales, las por aquel entonces típicas «Así hemos organizado la hispacón» o «Así hacemos BEM». La exposición de Ciruelo Cabral no tenía desperdicio. Carlos Saiz Cidoncha aún estaba perfeccionando su técnica –en la que, andando el tiempo, sería un auténtico maestro– de quedarse traspuesto mientras se celebraban las conferencias o mesas redondas y, cuando todos creíamos que estaba en el séptimo cielo, irrumpir desde las profundidades de su stand-by y formular una pregunta coherente, o hacer que se nos desencajaran las mandíbulas de risa cuando pasaba a relatar los argumentos de cualquier novela de Eando Binder o Doc Smith. Los trekkies deambulaban con el pijama puesto, y nos lanzaban mensajes con los traspónderes: «Hijo de puuuta», mascullaban aquellas voces metálicas. Las pilas de Gigamesh número 3 se amontonaban por doquier, y un señor muy raro que no se mezclaba con nosotros intentaba vendernos desde su stand la banda sonora de Campo de batalla: la Tierra (la novela, porque aún no había película) y muchos libros sobre dianética y de L. Ron Hubbard. Yo me pasaba todo el día persiguiendo a los allí presentes, para que estamparan sus firmas en mi ejemplar del combozine. Las charlas en la cafetería de la Casa de la Caridad no se referían a Star Trek: La nueva generación, como creíamos los madrileños (envidiosos, porque sólo la emitía TV3), sino a una serie que hacía furor entre los organizadores: Bola de Drac. En vano tratábamos de encontrar sentido al entusiasmo con que nos referían las andanzas de Goku y Bulma: teníamos poca culturilla manga. Pero, invariablemente, aquellas conversaciones se nos hacían cortas: el descanso había concluido, la siguiente mesa redonda iba a dar comienzo en breves momentos, y había tantos actos a los que acudir... (Aún creíamos, inocentes e inexpertos como éramos, que a las hispacones se acude para tragarse las presentaciones editoriales, las mesas redondas y las conferencias.)
No hubo ni una mala palabra, y eso que la polémica que enfrentaba a cenobitas y bemitas había sido muy desagradable. Se iniciaba así la costumbre de mantener las hispacones como períodos de pax olimpica, que quedaban rotas en cuanto regresábamos a nuestras casas.
El acto de entrega de premios fue emotivo. Ya hemos dado fe de la ovación que se llevó Miquel Barceló por su Guía de lectura, pero no fue el único galardón de la tarde. Se concedió el premio Aznar, pero César Mallorquí no había asistido a la hispacón. Tampoco lo había hecho el galardonado con el Ignotus especial a la labor de una vida, Agustín Jaureguízar, que además se llevó un premio Gigamesh especial. El Ignotus más celebrado fue el Elia Barceló por «La estrella», pero Elia tampoco pudo asistir, porque acababa de da a luz a su hija Nina.
Quien sí estaba allí fue Angélica Gorodischer, que se llevó tres premios Gigamesh. Angélica era la maestra de ceremonias, lo cual quiere decir que, a medida que abría las plicas correspondientes, se encontraba con la sorpresa de que allí figuraba escrito su nombre. El primer premio, correspondiente a la mejor antología de fantasía, le sorprendió y emocionó a partes iguales. Con el segundo, por uno de los cuentos de la recopilación, empezó a sentirse desconcertada. Pero cuando leyó su nombre por tercera vez, soltó un «¡Oh, no! ¡Esto sha es demasiado!» que nos hizo aplaudir y reír simultáneamente.
Cuando Angélica iba a abandonar el recinto de la Casa de Caridad, una vez terminada la hispacón, se fue acercando a todos y cada uno de los asistentes, nos dio dos besos a todos y cada uno de nosotros y se fue. Entrañable.
Por el contrario, Terry Pratchett nos dio la impresión de que era un auténtico borde.
Mi momento estrella fue la mesa redonda titulada «Escribir ciencia ficción en España». Yo estaba allí porque necesitaban un escritor novel, y al fin y al cabo acababa de quedar finalista en el Aznar, lo cual me convertía en una joven promesa. Me pudo el miedo escénico: ¡compartía escenario con Javier Redal, Rafael Marín, Miquel Barceló y Domingo Santos! Julián, que ejercía como moderador, se afanó en que yo interviniese, pero apenas pude farfullar más que un par de comentarios intrascendentes.
Poco después, durante el cachondeo posterior a la cena oficial, Rafa Marín se me acercó, me puso la mano en el hombro y me espetó:
—Te voy a dar un consejo. ¡Huye de todo esto! ¡Vete, ahora que puedes!
Domingo Santos, que contemplaba la escena con su sempiterna sonrisa, quiso ir más allá y también me entró al trapo:
—Pues yo te voy a dar otro consejo. Si quieres ser famoso, ¡no escribas! Ve a la tele, arréglatelas para enseñar el culo, ¡y ponte a vivir del cuento!
Para que el lector entienda el carácter visionario de aquella disertación, señalaré que por aquel entonces no existían los reality shows ni los programas de famoseo.
Durante los tres días que estuve en Barcelona, debí de dormir unas seis horas. La media de una hispacón. Allí estreché lazos de amistad con la gente de Barcelona (Alejo, Nacho, Pi, Albert Solé, Manu Díez Román y Cristina Macía), conocí en persona a los primeros espadas de la ciencia ficción española (Domingo Santos, Rafael Marín, Javier Redal) y al Grupo Interface (Ricard de la Casa, Joanma Ortiz), reafirmé la amistad que me unía a la tertulia de Madrid (Julián, Susana, Faraldo, Alberto Santos, Juanma Barranquero, José María Sánchez Pardo y Carlos Saiz Cidoncha) y conocí a gente de toda la geografía española (Santiago García Soláns, Lourdes Pulla, Mateo Borreguero, José Manuel Ferrández Bru, Alfredo Liébana y Pedro López), e incluso de más allá del Charco (Fernando Bonsembiante, de Axxón, que emitió una de las aseveraciones más lapidarias que jamás se hayan hecho en una hispacón: «Porque sho no teeengo asento. Usteeedes tienen aseeento».
Las palabras con que Rafael Marín clausuró el evento («Espero que Gadir ’92 resulte, como mínimo, mejor que esta hispacón») no nos hicieron mucha gracia, ni a mí ni a los organizadores. Pero definen muy bien el estado de las cosas en aquella época. Vivíamos en un sueño, la cosa arrancaba e, hiciéramos lo que hiciéramos, la progresión era constante, cada paso que realizábamos superaba y dejaba pequeño el anterior. Pisábamos terreno virgen, y a nadie se le ocurría parafrasear a Groucho Marx y su «Partiendo de la nada, hemos conseguido llegar a las más altas cimas de la miseria». Por el contrario, nos sentíamos transportados hacia un lugar adonde ningún friqui español había llegado antes, y eso que aún no conocíamos a Buzz Lightyear y su consigna, que parecía coincidir con el espíritu que guiaba al fándom español durante aquellos días hermosos e inciertos: «¡Hacia el infinito... y más allá!».



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