viernes, 27 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (4 de 4)



Hubo un tiempo en que el hoy llamado barrio del Raval se denominaba Barrio Chino. Eran tiempos diferentes, en que Barcelona era una ciudad portuaria, una acumulación de mugre y canallesca que, narcotizada por los vapores de la absenta y el aliento a cebolla y vinazo de las putas borrachas de la Rambla, se empeñaba en darle la espalda al mar. Biscúter se le insinuaba a la Charo. Carvalho quemaba los libros que Méndez se había dejado en bares de murcianos o extremeños de paredes recubiertas con pósteres ajados de Tarzán Migueli. El Makinavaja asaltaba a un marinero tuerto que se había extraviado por la calle d’en Robador. Los ateneos libertarios vivían tiempos difíciles, pasado el repunte de actividad de la Transición, y anhelaban la quema de iglesias, los épicos tiempos de los refugios antiaéreos y el exilio.
El límite de aquel Barrio Chino se encontraba en las Rondas, el antiguo contorno de las murallas. En uno de los extremos (el final de la ronda de Sant Pere) se halla la librería Gigamesh, junto al Arco del Triunfo, la primera advertencia de las autoridades locales de que Barcelona tenía que dejar de ser una ciudad autista y mirar al mundo exterior. El Arco del Triunfo marcaba el inicio del recinto de la Exposición Universal de 1888.
En el otro extremo de las Rondas se halla el mercado de Sant Antoni, al final de la ronda epónima. Los domingos por la mañana se llena de bibliófilos y coleccionistas que acuden a las casetas de venta (paradas, las llaman los nativos) para hojear y comprar, cambiar y revender los más variados objetos susceptibles de ser coleccionados: videojuegos, cromos, tarjetas postales, cómics, revistas pornográficas y, cómo no, bolsilibros de ciencia ficción, números casi olvidados de Nueva Dimensión y ejemplares inencontrables de las colecciones Infinitum, Nebulae Primera Época o Galaxia de Vértice.
Si lo que te trae a Barcelona es el coleccionismo de discos, necesitas acercarte a la calle Tallers, que arranca en la plaza de la Universidad y termina en la Rambla. En 1991 era Barrio Chino, pero más civilizado, más cosmopolita, más Ramblas.
¿Qué le sucedió al Barrio Chino? ¿Por qué dejó de ser el barrio indeseable del que cualquier persona en su sano juicio huiría, cualquier cosa antes que dejarse atracar en un oscuro callejón, y empezó a llamarse Raval, y a llenarse de inmigrantes marroquíes y paquistaníes, carnicerías halal y restaurantes döner kebab, universitarios alemanes de Erasmus y perroflautas de los que salen al parque de la Ciudadela para tocar el tam-tam los domingos por la tarde?
La respuesta es de lo más prosaica: los Juegos Olímpicos de 1992. Las mejores olimpíadas de la historia cambiaron la fisonomía de la ciudad, la abrieron al mar y la convirtieron en una urbe agradable y vivible. Se rehabilitó el casco antiguo, en un proceso lento pero implacable que le quitó unas señas de identidad pero le imprimió otras, más adaptadas a los tiempos modernos. Barcelona dejó de ser extrarradio y pasó a ser epicentro.
Era una cuestión de justicia poética el que Barcelona, la misma ciudad que había acogido la primera hispacón de la historia, la de 1969, acogiera también la primera hispacón del boom de los años noventa.
Si abandonas la Rambla a la altura de la calle Bonsuccés, dejando atrás las tiendas de discos, la bocacalle que conduce a La Ovella Negra y la plaza porticada que acoge las dependencias de la policía municipal, te adentras en la calle Elisabets. Allí puedes ver un antiguo convento, reconvertido en la librería más bonita y mejor parida de España, la Central del Raval. Al final de la calle Elisabets te encontrarás con el FAD, otro antiguo convento, pero reconvertido en bar moderniki y sala de exposiciones. A tu derecha, una plaza enorme en la que lo viejo y lo nuevo conviven de manera ejemplar. Esa mole, que al viandante madrileño le recordará al Reina Sofía, es el MACBA, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. En esa explanada alucinante conviven los skaters con los grafiteros, que hasta hace poco peregrinaban desde toda Europa para pintar en los muros de las obras de las actuales facultades de Filosofía y Geografía e Historia. Cualquier detector de tendencias que se precie vendrá a esta plaza para ejercer sus labores de coolhunting, mientras divisa a los niños paquistaníes que se afanan en jugar al críquet al mismo tiempo que evitan con denuedo hacer saltar por los aires las gafas de pasta del enésimo diseñador de páginas web o traductor autónomo que se les cruza en el camino.
Supongamos que quieres entrar en el CCCB, el Centro Catalán de Cultura Contemporánea. Tendrás que entrar por la calle de Montalegre, en la acera opuesta a las facultades de Filosofía e Historia. Si el MACBA es el Reina Sofía, el CCCB es el Conde Duque. Un enorme patio renacentista, vestigio del antiguo hospicio, le abre paso a un entramado de salas de exposiciones y conferencias. Ya llegaremos al momento en que se celebró el Kosmopolis 2002 y tuve el privilegio de coentrevistar a William Gibson (a quien tuve el prurito de amor propio, o la prudencia, de no preguntarle de qué coño iba Neuromante) y Pablo Capanna, y asistir a una entrevista a Brian W. Aldiss.
Abandonamos el CCCB y, antes de girar a la derecha para enfilar a la calle Tallers y la plaza de Castilla, y con ello abandonar el Raval por la plaza de la Universidad, nos detenemos en el Centro de Recursos e Iniciativas Culturales. Es un edificio renacentista, con un patio muy coqueto, que en tiempos fue la Casa de Caridad. Es el único edificio centenario que no ha cambiado un ápice desde que se iniciara la vorágine del 92. Suena paradójico, pero es así: es un edificio antiguo que se sigue viendo antiguo, auténtico. En aquel patio renacentista, sentimos que el tiempo no ha pasado, que la ciudad sigue el curso que hubiera seguido de no haber existido las olimpíadas.
Y, en efecto, como no podía ser menos (pues ésta es una historia de ciencia ficción), cuando salimos de la Casa de Caridad nos encontramos con una realidad alternativa, o con un viaje en el tiempo. Ya no estamos en el pujante Raval del 2007, sino en el Barrio Chino de 1991. El momento es entonces, sólo diez días antes de que Barcelona ingresase en la modernidad, semana y media antes de que el Barrio Chino dejase de serlo y se convirtiese en Raval.
Añadidle una lluvia intermitente y no demasiado agradable. Un tiempo propio de principios de invierno. La premonición de todas las trombas de agua que nos esperaban.
¿Alguien concibe una hispacón sin lluvia?
Julián, Susana y yo llegamos a Barcelona en autobús. No pegué ojo en toda la noche, y la proyección de una película de Ozores no se puede decir que ayudara. Nacho y Pi vivían al lado de la Estación Norte de autobuses, de modo que echamos una minisiesta en su casa, justo antes de llevarme el equipaje a casa de mi tía, en el por entonces decadente Eixample (Ensanche) y hoy en día modernísimo Gaixample, la zona gay del Eixample.
Nacho y Pi eran Ignacio Maroto y Pilar Lebón, los organizadores de la hispacón. Por este motivo se concedió el carnet de socio número 1 de la AEFCF a Nacho (quien, además, fue el primer tesorero de la asociación). El núcleo duro de la junta residía en Madrid: Alberto Santos, el presidente, antiguo coeditor del fanzine Blagdaross y director de las colecciones de fantástico de Edaf; Juanma Barranquero, vicepresidente, quien acababa de abandonar Barcelona porque había encontrado un trabajo en Madrid; y Julián Díez, secretario y coordinador de publicaciones.
La hispacón se organizó en un tiempo récord y, por lo tanto, fue una convención de mínimos. La idea había surgido apenas dos meses antes. Alejo Cuervo era el agente literario de Angélica Gorodischer, de quien el año antes había editado por primera vez en España su obra cumbre, Kalpa imperial, en Alcor, el sello de qualité de Martínez Roca. Angélica iba a estar en España en diciembre, y Alejo sugirió la posibilidad de celebrar una hispacón. Prometió ponerse en contacto con Terry Pratchett, otro de los autores cuyas obras aparecían en las colecciones de fantástico de Martínez Roca. Dicho y hecho. La hispacón tomaba forma.
Por pura lógica (el premio UPC y todo lo demás), el invitado de honor español tenía que ser Rafael Marín. Aceptó.
Todo se hizo contrarreloj. Nacho y Pi, que trabajaban en el Centro e Iniciativas y Recursos Culturales, consiguieron que se les cediese el local, después de haber intentado conseguir el apoyo del Ateneo Barcelonés.
Mientras tanto, la junta de la AEFCF trabajaba desde Madrid y Barcelona para tener a tiempo el primer boletín Pórtico, así como el combozine. Para ello hubo que tener todo el santo día maquetando a Jordi Lorita, picar textos en una época en la que ni siquiera era frecuente el empleo de disquetes, leerse los cuentos presentados al premio Aznar y, ejem ejem, plegar los boletines Pórtico, tarea que realizamos Julián, Susana, Alberto Santos y yo en casa de nuestro bienamado presidente.
Todo era muy artesanal en aquella época.
La lluvia caía sobre Barcelona. Había que buscar las placas conmemorativas para los ganadores de los premios Aznar y el premio especial a la labor de una vida, que se le concedía a Agustín Jaureguízar. Había que montar el chiringuito. Había que conocer y poner cara a los asistentes, 120 en total. Algunos de ellos desempeñaron un papel muy importante en los años siguientes; otros, simplemente, se desvanecieron en el olvido.
El programa de actos fue muy variado. La conferencia de Terry Pratchett resultó desopilante, entre otras cosas gracias a la brillantísima traducción simultánea que realizó Albert Solé. La mesa redonda sobre el ciberpunk no nos explicó de qué coño iba Neuromante, pero resultó igualmente interesante. Entre todos matamos a Gandalf, en la mesa redonda desmitificadora de turno. Montse Sant disertó sobre los dragones y sus variantes. No faltaron las mesas redondas autorreferenciales, las por aquel entonces típicas «Así hemos organizado la hispacón» o «Así hacemos BEM». La exposición de Ciruelo Cabral no tenía desperdicio. Carlos Saiz Cidoncha aún estaba perfeccionando su técnica –en la que, andando el tiempo, sería un auténtico maestro– de quedarse traspuesto mientras se celebraban las conferencias o mesas redondas y, cuando todos creíamos que estaba en el séptimo cielo, irrumpir desde las profundidades de su stand-by y formular una pregunta coherente, o hacer que se nos desencajaran las mandíbulas de risa cuando pasaba a relatar los argumentos de cualquier novela de Eando Binder o Doc Smith. Los trekkies deambulaban con el pijama puesto, y nos lanzaban mensajes con los traspónderes: «Hijo de puuuta», mascullaban aquellas voces metálicas. Las pilas de Gigamesh número 3 se amontonaban por doquier, y un señor muy raro que no se mezclaba con nosotros intentaba vendernos desde su stand la banda sonora de Campo de batalla: la Tierra (la novela, porque aún no había película) y muchos libros sobre dianética y de L. Ron Hubbard. Yo me pasaba todo el día persiguiendo a los allí presentes, para que estamparan sus firmas en mi ejemplar del combozine. Las charlas en la cafetería de la Casa de la Caridad no se referían a Star Trek: La nueva generación, como creíamos los madrileños (envidiosos, porque sólo la emitía TV3), sino a una serie que hacía furor entre los organizadores: Bola de Drac. En vano tratábamos de encontrar sentido al entusiasmo con que nos referían las andanzas de Goku y Bulma: teníamos poca culturilla manga. Pero, invariablemente, aquellas conversaciones se nos hacían cortas: el descanso había concluido, la siguiente mesa redonda iba a dar comienzo en breves momentos, y había tantos actos a los que acudir... (Aún creíamos, inocentes e inexpertos como éramos, que a las hispacones se acude para tragarse las presentaciones editoriales, las mesas redondas y las conferencias.)
No hubo ni una mala palabra, y eso que la polémica que enfrentaba a cenobitas y bemitas había sido muy desagradable. Se iniciaba así la costumbre de mantener las hispacones como períodos de pax olimpica, que quedaban rotas en cuanto regresábamos a nuestras casas.
El acto de entrega de premios fue emotivo. Ya hemos dado fe de la ovación que se llevó Miquel Barceló por su Guía de lectura, pero no fue el único galardón de la tarde. Se concedió el premio Aznar, pero César Mallorquí no había asistido a la hispacón. Tampoco lo había hecho el galardonado con el Ignotus especial a la labor de una vida, Agustín Jaureguízar, que además se llevó un premio Gigamesh especial. El Ignotus más celebrado fue el Elia Barceló por «La estrella», pero Elia tampoco pudo asistir, porque acababa de da a luz a su hija Nina.
Quien sí estaba allí fue Angélica Gorodischer, que se llevó tres premios Gigamesh. Angélica era la maestra de ceremonias, lo cual quiere decir que, a medida que abría las plicas correspondientes, se encontraba con la sorpresa de que allí figuraba escrito su nombre. El primer premio, correspondiente a la mejor antología de fantasía, le sorprendió y emocionó a partes iguales. Con el segundo, por uno de los cuentos de la recopilación, empezó a sentirse desconcertada. Pero cuando leyó su nombre por tercera vez, soltó un «¡Oh, no! ¡Esto sha es demasiado!» que nos hizo aplaudir y reír simultáneamente.
Cuando Angélica iba a abandonar el recinto de la Casa de Caridad, una vez terminada la hispacón, se fue acercando a todos y cada uno de los asistentes, nos dio dos besos a todos y cada uno de nosotros y se fue. Entrañable.
Por el contrario, Terry Pratchett nos dio la impresión de que era un auténtico borde.
Mi momento estrella fue la mesa redonda titulada «Escribir ciencia ficción en España». Yo estaba allí porque necesitaban un escritor novel, y al fin y al cabo acababa de quedar finalista en el Aznar, lo cual me convertía en una joven promesa. Me pudo el miedo escénico: ¡compartía escenario con Javier Redal, Rafael Marín, Miquel Barceló y Domingo Santos! Julián, que ejercía como moderador, se afanó en que yo interviniese, pero apenas pude farfullar más que un par de comentarios intrascendentes.
Poco después, durante el cachondeo posterior a la cena oficial, Rafa Marín se me acercó, me puso la mano en el hombro y me espetó:
—Te voy a dar un consejo. ¡Huye de todo esto! ¡Vete, ahora que puedes!
Domingo Santos, que contemplaba la escena con su sempiterna sonrisa, quiso ir más allá y también me entró al trapo:
—Pues yo te voy a dar otro consejo. Si quieres ser famoso, ¡no escribas! Ve a la tele, arréglatelas para enseñar el culo, ¡y ponte a vivir del cuento!
Para que el lector entienda el carácter visionario de aquella disertación, señalaré que por aquel entonces no existían los reality shows ni los programas de famoseo.
Durante los tres días que estuve en Barcelona, debí de dormir unas seis horas. La media de una hispacón. Allí estreché lazos de amistad con la gente de Barcelona (Alejo, Nacho, Pi, Albert Solé, Manu Díez Román y Cristina Macía), conocí en persona a los primeros espadas de la ciencia ficción española (Domingo Santos, Rafael Marín, Javier Redal) y al Grupo Interface (Ricard de la Casa, Joanma Ortiz), reafirmé la amistad que me unía a la tertulia de Madrid (Julián, Susana, Faraldo, Alberto Santos, Juanma Barranquero, José María Sánchez Pardo y Carlos Saiz Cidoncha) y conocí a gente de toda la geografía española (Santiago García Soláns, Lourdes Pulla, Mateo Borreguero, José Manuel Ferrández Bru, Alfredo Liébana y Pedro López), e incluso de más allá del Charco (Fernando Bonsembiante, de Axxón, que emitió una de las aseveraciones más lapidarias que jamás se hayan hecho en una hispacón: «Porque sho no teeengo asento. Usteeedes tienen aseeento».
Las palabras con que Rafael Marín clausuró el evento («Espero que Gadir ’92 resulte, como mínimo, mejor que esta hispacón») no nos hicieron mucha gracia, ni a mí ni a los organizadores. Pero definen muy bien el estado de las cosas en aquella época. Vivíamos en un sueño, la cosa arrancaba e, hiciéramos lo que hiciéramos, la progresión era constante, cada paso que realizábamos superaba y dejaba pequeño el anterior. Pisábamos terreno virgen, y a nadie se le ocurría parafrasear a Groucho Marx y su «Partiendo de la nada, hemos conseguido llegar a las más altas cimas de la miseria». Por el contrario, nos sentíamos transportados hacia un lugar adonde ningún friqui español había llegado antes, y eso que aún no conocíamos a Buzz Lightyear y su consigna, que parecía coincidir con el espíritu que guiaba al fándom español durante aquellos días hermosos e inciertos: «¡Hacia el infinito... y más allá!».



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13 Comments:

Blogger manu said...

Migueli, el puto amo de mi infancia furbolera.

Ah, Barcelona, mi primera Jispacon, donde conocí a "gentuza" como vos XDDD.

Acabado el 91, ¿hasta qué año piensas seguir?

27 de noviembre de 2009, 9:18  
Blogger Juanma said...

El plan original era incluir cuatro o cinco años por recopilación, de modo que la primera abarcase de 1991 a 1995.

Como el proyecto está parado y tengo mis fanzines guardados en cajas en casa de mis suegros, no te sé decir cuándo arrancaremos. En principio, y si el proyecto se reactiva, me gustaría cubrir por lo menos toda la década de 1990, que serían los dos primeros volúmenes. Después, sinceramente, no sé.

También hay que tener una cuenta: publico este artículo en el blog porque, dada su extensión, quedaba descartado para el proyecto, si éste saliese adelante. El ensayo correspondiente a 1991 tiene que ser por fuerza el más extenso, por aquello de que fue el primer año de los Ignotus y hay que contar demasiado del contexto de aquella época. Los ensayos correspondientes a los años sucesivos serían mucho más breves y, sobre todo, analíticos (se publicaron tantos cuentos, en la papeleta de finalistas había este material, aparecieron tales fanzines, las tendencias eran éstas, los autores destacables eran estos otros...).

No sé. De momento lo importante es que el proyecto se reactive.

27 de noviembre de 2009, 11:29  
Blogger Ferran (Un que passava) said...

La ronda de Sant Pere, límite del barrio chino? Ay, Señor, Señor, lo que hay que leer! :-p Aparte de esto y de esa imagen estereotipada de la Barcelona preolimpiadas mugrienta y canallesca (que no era toda la ciudad, era un parte de Barcelona)... para cuando la continuación?

27 de noviembre de 2009, 12:48  
Blogger RM said...

1. Las palabras de despedida se malinterpretaron, o no me supe expresar, que también pudiera ser. No fueron una crítica, ni mucho menos, sino el deseo de que las hispacones fueran hacia arriba, como fueron.

2. Se me invitó antes del premio UPC, no a causa de él. En mi memoria va primero la Hispacón y luego el premio, pero puede que me equivoque, claro.

27 de noviembre de 2009, 13:00  
Blogger Juanma said...

Sí reconozco abiertamente que se te malinterpretó en aquel momento, te pido perdón por la parte que me toca, y además el tiempo demostró lo que dices: a partir de ese momento la cosa ni hizo sino ir para arriba. Gadir '92 fue bastante mejor que Barcelona '91.

Lo de la sucesión premio UPC - invitación a la hispacón tampoco tengo claro en qué orden fue. Si dices que ya te habían invitado sin que mediara el UPC, perfecto, edito el texto.

¿Carga épica? Creo que sí la tuvo. Evidentemente estoy idealizando en no poca medida, pero, por lo menos en la TerMa y el núcleo duro de la primera junta de la AEFCF, teníamos la impresión de que estaban ocurriendo cosas muy bonitas.

Abrazos.

27 de noviembre de 2009, 13:34  
Anonymous Anónima delas 9:59 said...

A mí Terry Pratchett me cayó muy bien. :)

Y tengo una maravillosa foto tuya y mía con las placas de los premios de ¿Elia y César?...
Estámos guapísimos. ;)

27 de noviembre de 2009, 18:52  
Blogger Juanma said...

Busqué esa foto para ponerla, pero no la tengo digitalizada.

Estamos guapísimos y, en mi caso, con veinte kilos menos.

Creo que eran los premios de César y Jaureguízar, pero sí, las placas eran muy monas. :)

27 de noviembre de 2009, 18:53  
Blogger Yago said...

Recuerdo que a los "chicos" de Elfstone nos tocó llevarnos a comer a Terry Pratchett y a su hija porque Sonia Carreras quería hacerle una entrevista y era el único momento posible.
Fue super agradable, simpático y sorprendente en muchas de sus respuestas.
Guardo un muy grato recuerdo de aquella comida, y de aquella HispaCon en general.
¡Qué tiempos! ;-)

28 de noviembre de 2009, 16:23  
Blogger Alfonso Merelo said...

Joer, joer...
En 1991 ya Cidoncha hacía de las suyas.
Verlo en una mesa redonda absolutamente dormido y de repente refutar todo lo que has estado diciendo es una experciencia mística.
Acojona. Y lo digo por experiencia.
La descripción de Barcelona es ¿excelente?, no, maravillosa. Que de recuerdos.

28 de noviembre de 2009, 18:16  
Blogger Juanma said...

Yago, yo también guardo muy buenos recuerdos de aquella hispacón.

Alfonso, la técnica de Cidoncha es admirable, y en aquella época no estaba haciendo más que perfeccionarla, pero ya la utilizaba. :P

30 de noviembre de 2009, 18:03  
Blogger José Vicente said...

¿120 asistentes a la Hispacon de 1991 en Barcelona? Pues yo fui uno de ellos.

Si sigues escribiendo estos magníficos textos no te olvides de un hecho que creo relevante: en otros tiempos los aficionados al llegar a cierta edad abandonaban la ciencia ficción y eran pocos los que la mantenían. Ahora, la generación que se hizo aficionada a la SF en los 70/80 ha seguido comprando y leyendo, aunque no participe en exceso en reuniones e hispacones. Es decir, que ahora hay un mas numeroso grupo de aficionados, coexistiendo varias generaciones. Creo.

9 de diciembre de 2009, 16:37  
Blogger Juanma said...

Tienes toda la razón, y me lo apunto. Carlos Saiz Cidoncha hablaba de las tres emes que hacían que el aficionado se quitase del fándom: mili, matrimonio y no recuerdo qué otra (¿muerte? No creo, más bien me parece que era algún equivalente del trabajo, o de los niños. O a lo mejor eran sólo dos emes).

En todo caso, muchas gracias por los ánimos y por la acotación. En efecto, hay varias generaciones, y ahora mismo creo que el problema es el contrario: la falta de vocaciones. Se ven pocos veinteañeros en las convenciones: todos están en el Salón del Cómic, el Salón del Manga y similares.

9 de diciembre de 2009, 16:43  
Blogger fernando bonsembiante said...

ayy si la mia fue la aseveracion mas lapidaria de todas las hispacon, que aburridas que deben haber sido!!!

y bue si no saben hablar el propio idioma que ustedes mismos crearon... (chiste!)

http://ediciones_ubik.hecate.com.ar/

bueno aca tienen informacion fresca sobre mi. saludos y ojala pueda ir nuevamente a otra hispacon!!!

9 de marzo de 2010, 4:15  

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