jueves, 26 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (3 de 4)


 
Empecé 1991 firmando autógrafos, y lo terminé persiguiendo a media hispacón para que me los firmaran.
Aunque tal vez no fuera exactamente así. En realidad, empecé el año escribiendo un relato fallido, «El que acecha en las escaleras», para el concurso de relatos de Blade Runner Magazine. El premio eran cincuenta mil pesetas, y varias de las obras seleccionadas se publicaban en la revista.
El cuento era una historia de terror, escrita al más puro estilo de H. P. Lovecraft; en ella había derrochado convicción, y quedé satisfecho por la atmósfera opresiva y oscura, que en realidad denotaba mi nerviosismo ante el inminente inicio de la primera guerra del Golfo. Eran los días previos al final del ultimátum lanzado por George Bush padre, y en clase no dejábamos de comentar que nos estaban vendiendo que aquella iba a ser la primera guerra del siglo xxi, cuando en realidad nos hallábamos ante una guerra colonial del siglo xix. Como por aquel entonces estudiaba ruso en el Instituto Pushkin, no pude evitar ambientar el relato en la Unión Soviética de Lenin, y trufar el relato de notas a pie de página, en las que explicaba los juegos de palabras intraducibles que se sucedían a lo largo del texto.
Mi amigo Ernesto Ferrer, gran aficionado a Lovecraft, leyó el cuento y se rió mucho: lo encontró una parodia refrescante del estilo del genio de Providence.
Además, me enteré de que me habían publicado el cuento por una llamada telefónica, no recuerdo si de Julián Diez o de Héctor Ramos.
Me pasé media tarde buscando un ejemplar del número 6 de Blade Runner Magazine (abril de 1991), hasta que por fin lo encontré en un Vips, supongo que el de la calle Velázquez.
Mientras me dirigía a casa de José María Faraldo para celebrarlo, comprobé que las notas a pie de página habían desaparecido.
Y lo que era un texto de casi tres mil palabras estaba maquetado en una doble página espantosa y de letra microscópica.
No obstante, era el rey del mundo.
En casa de Faraldo me esperaban Julián, Susana, Héctor, Adalberto y Faraldo. Estuve firmando ejemplares de la revista, tomamos cocacolas y cortezas, hablamos de cosas de friquis y, por supuesto, nos dedicamos a cambiar el mundo.
Blade Runner Magazine cerró dos números después, de modo que a mí no miréis: yo no fui el culpable. Me fastidió, porque nunca llegaré a saber si hubiera ganado el premio, del mismo modo que Julián y Susana se quedaron sin saber hasta dónde hubiera llegado su novela ciberpunk Lejos del mar, que habían remitido al premio Salvat-Ultramar. El premio fue suspendido por cuestiones de política editorial (la compra de Salvat, a la que pertenecía Ultramar, por el Grupo Hachette), y hasta unos años después no supimos que los jurados estaban prácticamente de acuerdo en que los ganadores iban a ser Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, por el embrión de la novela que terminó apareciendo con el título El refugio en Nova CF, y que Lejos del mar habia llegado a la final, con lo que, quién sabe, es probable que hubiera sido publicada por Ultramar.
El cierre de Blade Runner Magazine no nos afectó demasiado, por motivos que explicaré más adelante.
No obstante, el cierre casi definitivo de Ultramar CF (no hablo de su efímera resurrección, un par de años después) sí nos llenó de tristeza, por lo que la colección había significado para nosotros desde los puntos de vista formativo y afectivo, y por lo que supuso desde el punto de vista editorial: el fin de la edición de novedades buenas y bonitas en formatos baratos. A partir de entonces, el formato bolsillo se dedicaría casi exclusivamente a la reedición de obras que habían funcionado en sus formatos de rústica o cartoné originales, y las novedades superarían la barrera de las mil pesetas y, en ocasiones, se acercarían a las dos mil.
Las colecciones Etiqueta Futura (de Júcar), Corvus (de Valdemar) y Cronos CF (de Destino) fueron poco más que curas de paños calientes. El mal ya estaba hecho. Mientras tanto, nos quedaban Minotauro, Nova CF y Martínez Roca (cada vez más centrada en sus colecciones de formatos grandes). Leer ciencia ficción empezaba a costar un ojo de la cara. Además, algunas colecciones empezaron a saldar. Este doble fenómeno generó desconfianza en los lectores, con lo que el consumidor empezó a pensárselo mucho. El consumo se retrajo, y la ley del péndulo comenzó a operar, tal vez por última vez.
Si los libros se ponen a precios prohibitivos, y además hay un exceso de oferta y no sabes muy bien qué leer, descubrirás que necesitas consejo, ya que tu librero suele ser generalista, y cada vez hay más metros de estantería con obras de autores a quienes en la mayoría de los casos no conoces ni de oídas. Este consejo puede venir de tu círculo de amigos, en cuyo caso formarás una tertulia (si tus amigos residen en la misma ciudad que tú), o el grupo de ciencia ficción de una BBS (si estáis dispersos por toda la geografía española). Hablaréis de vuestras aficiones comunes y, si sois lo suficientemente activos, descubriréis que, ya que existe una masa crítica de aficionados, puede merecer la pena editar algún fanzine en común. Cuantos más fanzines haya, mayor será la red de contactos creada en las secciones de correos, por lo que tu publicación empezará a recibir suscripciones y no dependerá exclusivamente de los ejemplares que has colocado a los amigos, ni de las ventas de los canales especializados. Al mismo tiempo, te llegará material procedente de otros autores o grupos de aficionados, y tú podrás enviar tus escritos a otras publicaciones. Entre estas otras publicaciones puede haber prozines o revistas profesionales, con lo que puedes llegar a dar el salto de calidad, y que te paguen (en dinero o en especie, eso es lo de menos) por publicar tus relatos, artículos o críticas. Cuando la red esté lo suficientemente consolidada, empezará a ser viable el reunirse cada cierto tiempo, para compartir logros comunes, poner cara al aficionado con quien te escribes o cuyos relatos lees y, en resumen, para hablar del fascismo de Heinlein, el fascismo de Card o el solipsismo (que no deja de ser otra forma de fascismo, éste de corte intelectual) de Gibson. Los editores de la Galaxia Gutenberg descubrirán que el Planeta Fándom empieza a suponer un volumen significativo de ventas (no las necesarias para mantener las colecciones, pero sí las suficientes como para que el horizonte de amortización de los libros permita unos precios razonables, y todo ello con más ejemplares vendidos que en otros géneros que carecen de un público tan fiel), por lo que empezarán a invertir en mimarlos, o bien concediéndoles servicios de prensa para que los reseñen en sus fanzines, o bien llevando a algunos autores a las convenciones, lo cual servirá de reclamo, hará que se incremente la asistencia y todo ello redundará en beneficio de todos los implicados: las editoriales, porque venderán ejemplares de los autores asistentes a los eventos, y los fanzines y revistas, porque tendrán nuevos suscriptores, que de otro modo jamás habrían podido conocer el producto. Los criterios de algunos de los aficionados que conforman esta red social te resultarán más fiables que los de otros, de modo que, cuando algunos de ellos sean promocionados a los cargos de directores de revista o de colección especializada (pues, agotado el ciclo de los saldos, empezará a crecer la demanda de novedades y el terreno estará abonado para que nuevas editoriales decidan probar suerte con la ciencia ficción), te fiarás de ellos, comprarás los libros que editan (¿Qué menos? Vienen del fándom, como tú..., y, no lo olvides: si perseveras, tú puedes ser el siguiente) y mantendrás a flote su colección o revista. Éstas alcanzarán en un momento u otro su nivel óptimo de ventas, lo cual llamará a la competencia, que invertirá en el género, hasta que el mercado se sature por el exceso de publicaciones profesionales y colecciones especializadas, el aficionado medio deje de poder permitirse el estar al día, ello condene a la muerte (o al cierre: tampoco debemos dramatizar) a quienes no se adapten a los cambios o no resulten competitivos, y vuelta al principio. El péndulo se volverá a cernir sobre nosotros, amenazante; pero esta vez ya no será el péndulo de Foucault, sino el del cuento de Edgar Allan Poe.
Ésta es, en resumen, la famosa teoría del péndulo, o de los ciclos, o como la queráis llamar. Contiene la cantidad justa de sentido común como para atraer a los lectores de Isaac Asimov y Star Trek. Encierra las lecciones de moral necesarias para fidelizar a un lector de Orson Scott Card. La fascinación por las constantes y los ciclos se nos antoja suficiente como para que se la traguen un aficionado a la ciencia ficción dura o un marxista recalcitrante. El elemento cabalístico aparece con las dosis necesarias para convencer sin reservas a los lectores de terror y conspiranoias. El catastrofismo de la situación la hace atractiva para los espectadores de blockbusters del tipo de Los diez mandamientos o Armagedón. El toque de darwinismo social es capaz de hacer que se la trague un lector inveterado de CF de la Edad de Oro. El halo de predestinación y de tú-puedes-salvar-al-mundo-de-la-ley-del-péndulo que desprende la hará irresistible a los ojos de un lector de J. R. R. Tolkien y productos derivados. La teoría el péndulo se nos presenta como una Gran Verdad, porque funciona, porque siempre ha funcionado y porque no tiene por qué dejar de hacerlo, como el chiringuito que monta el Gran Hermano en la novela de Orwell; y, precisamente por ello, la damos por buena, y la esperamos con ansiedad cada equis tiempo, como al Gordo de Navidad, los Juegos Olímpicos, el cometa Halley o, saliéndonos del terreno de lo macro, las facturas del móvil y el ADSL Es, pues, un valor seguro.
Porque lo cierto es que la teoría del péndulo, que había funcionado durante los años setenta y ochenta, dejó de hacerlo en los noventa. El género se consolidó a medida que la década avanzaba, por diferentes motivos, casi todos ellos relacionados con Internet: la ampliación de la base de los aficionados, o la dinamización que produce la transmisión de noticias y vivencias en tiempo real. No deja de ser irónico que los lectores de ciencia ficción, celosos guardianes de los secretos del futuro de la Humanidad, no fuéramos capaces de intuir el potencial de Internet, y matásemos la espera del siguiente ciclo mortífero leyendo algún libro de William Gibson o de Bruce Sterling. La adscripción al sector del fándom que lleva veinte años considerando el ciberpunk como una moda pasajera y preconizando su muerte inminente tampoco puede servir como excusa: al fin y al cabo, ¿no nos quedó lo suficientemente claro que Asimov había creado al Mulo para hacernos dudar del determinismo y para demostrarnos que los individuos y las teorías del caos pueden tener cabida incluso en el más racional de los universos?
Las tendencias existen. Puede haber nuevas crisis. Ningún crecimiento tiene por qué ser ilimitado, y mucho menos en un género que, mal que nos pese, continúa siendo minoritario. Pero los ciclos inexorables, tal y como los entendíamos a principios de los años noventa, y tal como los describíamos en los editoriales y cartas al director de nuestros fanzines y revistas favoritos, hace tiempo que dejaron de existir.
Hay cambios irreversibles. Y el final del formato bolsillo para publicar novedades fue uno de ellos. Por ese motivo, los títulos que Ultramar editó un par de años después del amago de cierre tenían unos precios de venta al público cercanos a las 1.500 pesetas. El doble de lo que habrían costado en 1991.
Acabábamos de empezar la Edad de Oro de la ciencia ficción española, y ya nos llevábamos los primeros disgustos.
Para compensar, teníamos dos revistas profesionales y un fanzine con mentalidad de revista profesional.
Gigamesh dio el salto de fanzine a revista, aún dirigida por su editor, Alejo Cuervo. Los tres números aparecidos durante 1991 le pusieron muy alto el listón a las publicaciones del fándom. El plato fuerte del primer número (excepción hecha del poema de J. R. R. Tolkien) era el ensayo de Norman Spinrad, «El emperador de todas las cosas», que te explicaba de una tacada El juego de Ender, La guerra de las galaxias y El héroe de las mil caras. La sección de críticas era larga, muy larga, y enjundiosa. El hit parida cumplía su función a las mil maravillas. Los títulos pervertidos eran a cual más desopilante.
El segundo número, un especial Stanislaw Lem, contenía la reedición de un ensayo de Luis Goytisolo que había aparecido en El País; en él seguía la broma urdida por el autor polaco en Vacío perfecto y arrojaba nuevas claves sobre Gigamesh, la novela del irlandés Patrick Hannahan.
El siguiente número era un especial ciberpunk absolutamente memorable.
Gigamesh empezaba a lo grande, y todos presentíamos que iba a ser uno de los grandes motores del cambio que estaba comenzando.
El siguiente número tardó más de tres años en aparecer. Pero ésa es otra historia.
En términos económicos, esa etapa de Gigamesh fue un pésimo negocio. Recuerdo una visita a casa de Alejo (tal vez en 1991, acaso un año después). Las figuritas de Warhammer sin pintar abarrotaban una estantería del salón, y había una habitación íntegramente consagrada a albergar los ejemplares no vendidos de aquellos tres números. Más tarde tuvo que venderlos al peso, como papel viejo. Estábamos creciendo, pero nuestras publicaciones seguían teniendo un techo de ventas bastante reducido, de 1.500 ejemplares, probablemente algunos cientos más; en ningún caso 15.000.
Desde el punto de vista creativo, no obstante, la primera etapa de Gigamesh revista tuvo mejores resultados. Perfeccionó un modelo de revista sobre literatura fantástica basado en una sección muy potente de críticas literarias, y en la importación de los mejores relatos y ensayos procedentes del extranjero.
Blade Runner Magazine seguía este modelo, pero los contenidos y la maquetación dejaban mucho que desear. Si no hubiera existido Gigamesh, habría sido el complemento ideal de BEM. Pero las tensiones que se produjeron entre Alejo Cuervo y Carlos Mesa a raíz de la publicación por parte del primero de una crítica muy negativa de la Guía de lectura de Miquel Barceló (obra en la que, por cierto, no se mencionaba la existencia de Gigamesh fanzine, una de las publicaciones importantes de los años ochenta, como sabrá cualquier conocedor del género) hicieron estallar la primera guerra fandomita de la era moderna. Los detalles están en la hemeroteca, y se ha hablado largo y tendido sobre ellos, de modo que pasaré de puntillas sobre este enojoso asunto, que marcó los primeros años del boom y que, en cierto modo, definió los bandos existentes en el fándom. Baste saber que, en un momento dado, las tensiones provocaron la salida del proyecto de Alejo y unos cuantos colaboradores (Juanma Barranquero, Jordi Costa, Salvador González, Cristina Macía, Nacho Maroto, Jesús Palacios, Francisco Pérez Navarro, Cels Piñol, Jordi Sánchez Navarro, Alberto Santos y Albert Solé). El problema de fondo no fue tanto la exigencia por parte de Alejo de cobrar más por sus colaboraciones (motivo argüido por Carlos Mesa en su incendiario artículo aparecido en BEM 12) como las continuas intromisiones de Blade Runner Magazine en los textos que se le entregaban, y que llegaron hasta el extremo de realizar corrección de contenidos y poner en boca de los colaboradores las opiniones personales de los redactores de la revista. Una práctica que, se mire como se mire, resulta inadmisible en cualquier publicación que pretenda ser profesional.
El artículo de Carlos Mesa provocó una réplica magistral de Cristina Macía en BEM 13, que pasó a ser nuestra heroína (y sigue siéndolo), y varias réplicas dentro de réplicas dentro de réplicas, que mantuvieron viva la polémica hasta el número 16.
Más allá de lo anecdótico, la polémica puso de manifiesto que en el fándom había dos partidos, grupos, fuerzas profundas, sectores, sensibilidades, bandas o banderías, como se quieran llamar, y, dependiendo de lo que opinases sobre el particular, corrías el riesgo de que te tildasen de cenobita o bemita.
La entrega de los premios Gigamesh, en el transcurso de la hispacón de Barcelona, fue un clarísimo exponente de esta brecha. Se concedieron sendas menciones especiales a Ciencia ficción. Las 100 mejores novelas, de David Pringle y Ciencia ficción: Guía de lectura, de Miquel Barceló. El aplauso a la primera fue moderado, pero la ovación a la segunda fue de las que hacen historia, y posteriormente se insistió mucho en ello. También es cierto que Miquel Barceló estaba presente en la hispacón, y David Pringle no. Se me ocurre.
Si analizamos la intrahistoria del fándom, nos encontramos con esa tendencia tan española a discutir por todo, hasta el punto de que, tantos año después, resulta difícil juntar a media docena de friquis que estuvieran en activo en aquella época, sin que tarde o temprano terminen saliendo a colación viejas querellas que se mantienen vivas pese a que, en el fondo, carecieron de importancia, como si nuestras pautas de comportamiento fueran las de los personajes de Astérix en Córcega. La renovación del fándom que se produjo a finales de la década de los noventa, por obra y milagro del IRC y las listas de correo de Internet, ayudó a limar estas asperezas: al entrar muchos jóvenes aficionados, a quienes esas historias ni les iban ni les venían, todo aquello dejó de resultar relevante. Cosa que hemos ganado.
El caso es que BEM no consistía sólo en polémicas. A lo largo de 1991, Pedro Jorge y Ricard de la Casa deciden finiquitar el fanzine no ficción y refundirlo con BEM; al mismo tiempo, lanzan un tercer fanzine, Factoría, que llevaban tiempo anunciando, y se integra asimismo en BEM. De este modo, la publicación del Grupo Interface trasciende el papel que hasta entonces había asumido –un fanzine de noticias que seguía el modelo de Locus– y gana en intensidad y profundidad de contenidos. El salto cualitativo se produce en el número 13, uno de esos hitos que cualquier aficionado debería atesorar en su friquiteca.
El primero de los relatos de aquel Factoría dentro de BEM se titulaba «La estrella», y venía firmado por Elia Barceló. Mantenía el nivel de los mejores cuentos de su recopilación Sagrada, y no era difícil intuir que daría que hablar. Narraba los pormenores de dos expediciones paralelas al planeta Tierra, pero una Tierra del futuro remoto, un infierno convertido en inhabitable por culpa de la Humanidad. Además de ser uno de los máximos exponentes de dos de las temáticas favoritas de Elia, el uso del lenguaje y el manejo del punto de vista, «La estrella» contenía ese punto extra de excelencia que no leíamos (en formato revista) desde los tiempos de Nueva Dimensión. Era un relato de personajes y situaciones, pero también de extrañeza ante el reflejo que nos devolvían unos seres que no sabíamos si interpretar como ilusiones o reversos trascendentes de nosotros mismos. Con este relato, Elia, Ricard y Pedro inauguraban el boom de los años noventa, la Edad de Oro de la ciencia ficción española.
Opinión que, dieciséis años después, sigue plenamente vigente, como podréis comprobar cuando leáis el relato de Elia.
A continuación se podía leer un relato que no le andaba a la zaga. «De entre la niebla», de Rafael Marín, era una joyita de orfebrería, una historia breve y oscurísima acerca de un ser tan antiguo como la misma humanidad, una odisea desarrollada en las calles de una Cádiz espectral y atemporal.
Ambos relatos se complementaban, y le dotaban al número de una coherencia que nos advertía de que algo muy grande estaba empezando a ocurrir.
Y, en efecto, algo muy grande ocurrió: la primera edición de los premios UPC.
Con Miquel Barceló como factótum, la Universidad Politécnica de Catalunya convocó un premio internacional de ciencia ficción, el mejor dotado económicamente en todo el mundo. Se admitían originales en inglés, francés, catalán y castellano. De las setenta novelas cortas recibidas, el jurado escogió las tres que habrían de conformar el primero de los volúmenes que, desde entonces, aparecen puntualmente en la colección Nova CF.
El resultado de aquella primera edición contenía una carga simbólica evidente, una especie de santísima trinidad que reflejaba el estado de las cosas, nos permitía hablar de tres generaciones literarias y anticipaba algunas de las constantes que asumió la ciencia ficción española durante el siguiente decenio.
«El círculo de piedra», de Ángel Torres Quesada, venía a reconocer los méritos de uno de los autores clásicos de la ciencia ficción española. Con una estética y un desarrollo de bolsilibro, su novela corta poseía una ambición que hasta entonces sólo se le había leído en el fallido ciclo de los Dioses y en la casi redonda trilogía de las Islas. Aquella historia de mundos paralelos en una Nueva York de pesadilla nos presentaba al ayer, al pasado, pero un ayer empeñado en mejorarse a sí mismo. El tiempo demostró que, de todos los autores de los gloriosos años setenta, Ángel Torres fue el que mejor se supo adaptar a la nueva situación, y siguió produciendo a buen ritmo. Ese mismo año apareció su novela La dama de plata en la colección Etiqueta Futura, de Júcar.
El hoy era Rafael Marín, ganador ex aequo junto con Ángel Torres, por «Mundo de dioses». Concebida como un guión de cómic, fue la base de la novela homónima, que apareció seis años después, también en Nova CF. Eran los años en que Rafa estaba a punto de dar el salto a la Marvel, y aquella novela corta tenía mucho de Marvel. Ese mundo de mutantes y superhéroes contenía momentos memorables, y, junto con la publicación de «De entre la niebla», presentaba al gaditano como la figura más destacada de aquel renacimiento, el auténtico caballo ganador de la década prodigiosa que se avecinaba.
El mañana era una incógnita, un tal Javier Negrete, de quien sólo sabíamos que era profesor de griego en Plasencia y que había traducido algún libro para Acervo. Su novela, «La luna quieta», resultó ser la mejor escrita de las tres (o la más literaria, como se prefiera), aunque tal vez resultara demasiado mainstream como para convencer al jurado de un premio de novela de ciencia ficción. Estaba claro que aquel joven autor era el descubrimiento de la primera edición del UPC, y lo cierto es que sus obras posteriores fueron mejorando, hasta convertirse en lo que hoy es: el mejor autor español de literatura fantástica que continúa publicando en colecciones especializadas. Y el más versátil. El tiempo ha demostrado que aún era demasiado pronto para que ganara el UPC, pero el mensaje estaba demasiado claro: Negrete iba a por todas.
Aún nos faltaban unos meses para darnos cuenta de todo eso, pues la antología de las historias ganadoras apareció en la primavera de 1992. Lo único que conocíamos a ciencia cierta era el palmarés del premio.
No era el único premio relevante. Tras unos inicios titubeantes, a causa de la dimisión de varios miembros de la Junta, la aún nonata AEFCF convocó dos premios. El primero, abierto a todos los asistentes a la hispacón de Barcelona, premiaría el mejor material aparecido en España durante el año en curso; y el segundo, otorgado por un jurado, valoraría el mejor relato inédito.
Los nombres eran bastante obvios, teniendo en cuenta que la tradición de la ciencia ficción española no daba para mucho más: Ignotus y Aznar.
Si no tienes ni la más remota idea de quién era el coronel Ignotus y qué era la saga de los Aznar, ¿se puede saber qué haces leyendo este libro?
En realidad, había más nombres, pero aquellos resultarían identificables para los aficionados, que los podrían asumir como suyos y apadrinar, como hacemos con los Hugo o los Oscar.
El premio Aznar tuvo un ganador clarísimo, que apareció publicado en el combozine (publicación oficial de la hispacón) de Barcelona. Y ese ganador venía a complementar el panorama que había quedado esbozado con el palmarés del UPC.
Ángel Torres Quesada era el escritor curtido que se reinventaba a sí mismo y ofrecía sus obras más maduras en el momento adecuado, como si hubiera sido consciente de que por fin el mercado se reactivaba.
Rafael Marín era el autor autor que había ido curtiéndose durante la década oscura, y por fin asumía el papel que se le había escatimado durante aquellos años de sequía fandomítica.
Javier Negrete era el recién llegado, sin credenciales de ningún tipo en el fándom, pero que estaba llamado a crecer en el futuro, y llegar hasta donde ningún autor habría soñado décadas antes que se podría llegar.
César Mallorquí pertenecía a un cuarto paradigma: el del joven aficionado que había presenciado estupefacto los coletazos finales del viejo fándom, representado por Nueva Dimensión, había dedicado la década oscura a otras actividades profesionales completamente ajenas a la CF (en su caso, la publicidad), y reaparecía en los albores de los noventa ofreciéndole al género todo ese bagaje adquirido, para innovar su lenguaje y sus maneras.
César Mallorquí estaba ofreciendo a la ciencia ficción española unas señas de identidad propias, que en su tiempo se malinterpretaron (motivo, supongo, por el que tardó ocho años en ganar el Ignotus), algo que pudiera reclamar el derecho a llamarse «ciencia ficción española», y no «ciencia ficción escrita por autores españoles en lenguas oficiales españolas». Se cayó en la postura reduccionista de creer que la ciencia ficción española (o castiza) era un artificio de charanga y pandereta, y que pasaba forzosamente por poner nombres españoles a los personajes. Aquello llegó más tarde, mediada la década, y se denominó cachava y boina (por aproximación a la espada y brujería). Pero ya llegaremos a eso.
Para lo que nos interesa, César Mallorquí estaba continuando la senda abierta década y media antes por Gabriel Bermúdez Castillo en obras como Viaje a un planeta wu-wei. Y consistía en más, mucho más que limitarse a crear personajes gitanos, y decir por ello que se estaba innovando.
Leído en la actualidad, «El mensaje perdido (A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya)» no es ni por asomo el mejor de los magníficos relatos que César Mallorquí encadenó durante la primera mitad de los noventa, pero no se le puede negar un encanto muy peculiar. Todo en él es épico. Narra la historia de Gedeón Montoya, un gitano del Sacromonte granadino, cuya cabecita de recién nacido se interpone en el camino de un rayo de luz coherente enviado por una inteligencia extraterrestre; de este modo, Gedeón adquiere el don de la omnisciencia. A partir de ese momento, el relato deriva por los vericuetos más lisérgicos, y nos ofrece una versión muy original del personaje artúrico de Ginebra, todo ello pasado por el tamiz del James George Frazer de La rama dorada y el Robert Graves de La diosa blanca. El resultado es un exceso conceptual, que se lee con verdadero interés y deja claro que, por primera vez en toda esta historia, César Mallorquí estaba ofreciendo a los lectores algo realmente nuevo. Ciencia ficción española. Personalidad propia. Personajes creíbles. Un estilo acojonantemente dinámico. Una historia narrada en tres dimensiones.
Ganó de calle aquel premio Aznar.
En segundo lugar quedó una historia mía, «Recuerda, aquello, sueños, nosotros tres», que no puedo juzgar con criterios literarios, pero que, releída dieciséis años después, me arranca una sonrisa de ternura. Era una mezcla de Más que humano, de Theodore Sturgeon, y Arrebato, la película de Iván Zulueta. Supongo que, en aquella época, mezclar dos influencias tan dispares resultaba original. Cualquier día la rescato y le doy un pulido de arriba abajo: lo necesita.
Pero, volviendo a BEM, el listado de cuentos no se limitaba a Elia Barceló y Rafael Marín. También apareció una historia de Gabriel Bermúdez, «La carrera docente», que apenas aportaba nada a la trayectoria del autor de El señor de la rueda.
Y un relato de Javier Redal, «Extraviado», que retomaba su poética de ciencia ficción dura más o menos donde la había dejado cuando escribió «Naufragio en Titán». No estaba tan logrado como éste (que, no en vano, había sido seleccionado por Domingo Santos en Lo mejor de la ciencia ficción española), pero la historia se le daba un aire. ¿Por qué sorprendía «Naufragio en Titán», pero «Extraviado» te dejaba como estabas? La respuesta habría que buscarla en dos novelas de Javier Redal: Mundos en el abismo e Hijos de la eternidad, escritas ambas en colaboración con Juan Miguel Aguilera.
Mejor que estos dos relatos, y más novedoso, resultaba «Cofres», de Juan Carlos Planells, otro de los buenos autores damnificados por la década oscura de los ochenta y que empezaron los noventa con mucha fuerza y ansias de contar historias originales con un lenguaje hasta entonces inédito en la ciencia ficción española. Sin llegar a alcanzar el nivel de relatos posteriores, Planells presentaba sus credenciales con una historia atmosférica y envolvente, narrada con la convicción y el estilo de Octavia Butler. En resumen, un relato original.
Pero la aparición de relatos de ciencia ficción española no se circunscribía a los aparecidos en BEM. Era la publicación que marcaba el paso, y lo siguió siendo durante el primer lustro de los noventa. Pero tenía algunas compañeras de viaje.
En primer lugar, Elfstone. El fanzine de Santiago García Soláns inauguró lo que siempre he llamado «la generación del DIN A5», que dio al género publicaciones de referencia, como Kenbeo Kenmaro, Parsifal o Núcleo Ubik. En sus primeros números, aparecidos con una puntualidad envidiable, se publicó una literatura fantástica diferente, de perfiles netamente humanistas. La sección de José Manuel Ferrández Bru, que habría de convertirse en el primer presidente de la Sociedad Tolkien Española (STE), hablaba de novelas fantásticas diferentes. Y era deliciosa, tan deliciosa como el resto de los contenidos del fanzine zaragozano. Había relatos que aun hoy continúan siendo interesantes, como «En pos de un pensamiento», de Santiago García Soláns, o «El último arlequín», de Moisés Friginal. No obstante, el plato fuerte de aquella etapa de Elfstone venía de Gijón, apareció serializado en los números 6 y 7, y compartía algunas preocupaciones temáticas con «El mensaje perdido», de César Mallorquí. Ese relato se titulaba «La torre de la serpiente», estaba firmado por Javier Cuevas (quien ya había publicado un relato estimable, «La cosecha», en el emblemático Maser de los hermanos Juan José y Jesús Parera).
¿Qué había de novedoso en «La torre de la serpiente»? Si se analiza fríamente, nada: es una historia de fantasía épica, deudora de Robert E. Howard, aunque un punto por encima de la fantasía rigurosamente mimética que se podía leer en Lhork, la publicación howardiana por antonomasia. Porque Javier Cuevas no se había quedado en el ejercicio de estilo, y su personaje, Rauren Prendar, no era un bárbaro al uso. Por el contrario, era un guerrero astur que luchaba a lo largo y ancho de la Península Ibérica de la Alta Edad Media. Poseía una personalidad propia, que tanto Cuevas como Rodolfo Martínez y José Luis Rendueles desarrollaron en historias posteriores, y parecía inaugurar una corriente historicista de la fantasía heroica aparecida en las publicaciones de fándom.
Evolución convergente. Autores diferentes que utilizan recursos diversos y distintos enfoques para hablar simultáneamente de lo mismo: una literatura fantástica española dotada de una voz propia.
Lo mismo que había hecho Rafael Marín en «De entre la niebla», pero con un enunciado mucho más claro: recrear mitos universales empleando una voz inconfundiblemente local.
Lo mismo que había intentado Rafael Marín en «Cuando el ámbar asomaba», uno de los platos fuertes del número 3 Sueño del Fevre, un tocho de doscientas páginas que en su momento marcó un máximo histórico de páginas en publicaciones de fándom.
Sueño del Fevre era el empeño personal de Carlos Díaz Maroto, asistido por los aficionados que, durante los meses que nos ocupan, abandonaron en bloque el Círculo de Lhork y, con el nombre genérico de Licántropos Asociados, se convirtieron en socios fundadores de la tertulia de literatura fantástica de Madrid (TerMa). Sus preocupaciones estaban bastante bien definidas: terror, fantasía heroica y cine. Muchos de los relatos de aquel número desprenden hoy un encanto pulp que los acerca a Lovecraft o Howard, más que a la literatura española que se cultivaría durante la década de los noventa. Pero otros, aun dejando clara esa influencia lovecraftiana, se adentraban en terreno virgen; era el caso de «Más allá de la biblioteca», de Rodolfo Martínez, una historia de terror bastante previsible, que no obstante estaba narrada como si se tratase de una novela juvenil, o de un nuevo caso de la pandilla de los Cinco, de Enyd Blyton.
Aquél era el panorama del mundillo a primeras horas de la mañana del 21 de diciembre de 1991. Una comunidad hasta entonces hibernada, que despertaba poco a poco de su letargo y se embarcaba en mil y una actividades, a cual más atrevida, a cual más inocente. Un valiente mundo nuevo.
Sólo faltaba poner en contacto directo a todos los implicados.



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3 Comments:

Blogger manu said...

Colecciones y revistas míticas.

Hablando de Javi Negrete, ahora estoy leyendo "Salamina".

26 de noviembre de 2009, 9:19  
Blogger RM said...

Curioso que lo cuentes con ese aliento épico, cuando a mí me parece que llevo ni se sabe cuántos años dándome de boca contra el mismo cristal a prueba de mí...

26 de noviembre de 2009, 18:32  
Blogger Ferran (Un que passava) said...

Mecagüen tus clifjanguers! A ver, pon ya el 4 de 4, hombredediós!

26 de noviembre de 2009, 22:54  

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