miércoles, 25 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (2 de 4)



Para hablar del estado de la cuestión en 1990 y 1991, tengo que referirme a la década oscura, a los ominosos años ochenta, aquel interregno que los libros de historia recordarían como la década en que casi nos metemos en la Tercera Guerra Mundial, los años de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, los Nuevos Románticos, la caída del muro de Berlín, la matanza de Tiananmen y, lo peor de todo, la vida sin Nueva Dimensión.
Parecía como si el fándom español hubiera vivido en estado de hibernación durante cerca de diez años, y, al acercarse a la luz de ese sol que fue la WorldCon de La Haya, se hubiese reactivado, mostrando todo su esplendor y todas las maravillas que contenía su interior, como el Rama de Arthur C. Clarke.
Esa era la idea que teníamos por aquel entonces. De ello se hablaba en tertulias improvisadas, en cartas personales y en el correo de BEM. Los años oscuros, esa década vacía que transcurrió entre el cierre de Nueva Dimensión y la WorldCon de La Haya, habían sido un período sin contacto entre los aficionados, sin proyectos y sin publicaciones comunes... Unos años sin historia. La ley del péndulo era inexorable con la ciencia ficción española.
Eso creíamos.
Y era (y es) una falacia. Mentira podrida.
Durante todo aquel período no se habían celebrado hispacones, y, salvo las sesiones de firmas en la librería Gigamesh, las transcones y las tertulias de la asociación Antares, el movimiento asociativo estaba bajo mínimos. Había buenos fanzines, como los ya citados Maser y Tránsito, y otros que con más tiempo podrían haberlo sido, como el bilbaíno Opción. El Planeta Fándom era un fantasma que añoraba los buenos viejos tiempos que tal vez nunca hubieran existido. ¿Dónde estaban aquellas revistas con páginas verdes? ¿Y dónde las convenciones anuales en las que uno podía hablar de friquismo sin que lo mirasen mal?
Unos añorábamos aquel pasado que no habíamos vivido (y que, por tanto, teníamos idealizado).
Otros lo echaban de menos, porque habían sido protagonistas de aquella época, y temían quedar relegados al papel de viejas glorias.
Otros habían asistido a aquellas hispacones, habían leído aquellas revistas de páginas verdes, habían llegado a la conclusión de que la cosa no iba con ellos y habían aprovechado la década oscura para vivir sus vidas, ajenos a la existencia de ese fándom crepuscular, pendientes de la otra ciencia ficción, la que realmente alcanzó la condición de fenómeno de masas. ¿O es que a estas alturas ninguno de vosotros sabía que uno de los guionistas de La bola de cristal era Carlo Frabetti, o que el primer concierto de Radio Futura tuvo lugar en la hispacón de 1978?
Y otros, los más inteligentes y capacitados, habían dado el salto desde los fanzines y revistas del Planeta Fándom hasta las publicaciones del resto de la por aquel entonces muy, muy lejana Galaxia Gutenberg.
Domingo Santos dirigía la colección de ciencia ficción de Ultramar, y asesoró la Biblioteca de Ciencia Ficción de Ediciones Orbis, lo cual equivale a afirmar que marcó a toda una generación de jóvenes lectores del género, yo entre ellos. Los hijos de La guerra de las galaxias, los rezagados que no habíamos vivido de primera mano la Edad de Oro de la Ciencia Ficción Española y habíamos tenido que comprar nuestros ejemplares de Nueva Dimensión en la cuesta de Moyano o los saldos del Vips, los hermanitos menores de los lectores de Nebulae Segunda Época y Nova CF de Bruguera, podíamos adquirir los grandes clásicos del género en nuestros quioscos de barrio, por sólo 295 pesetas, o pagar poco más del doble por el penúltimo Dune o el último volumen del Mundo del Río. Leíamos material bueno, bonito (hablo de las ilustraciones de Antoni Garcés para Ultramar) y, sobre todo, barato
Miquel Barceló cerró Kandama y pasó a dirigir las colecciones Nova CF y, más tarde, Nova Fantasía, ambas de Ediciones B. Empezó con muy bien pie, contratando un título de Orson Scott Card que había hecho mucho ruido en los Estados Unidos, y de ese modo nació la dicotomía Neuromante versus El juego de Ender, que más tarde devendría en otras dicotomías: estilo versus ideas, ciberpunk versus space opera, o cualquiera de las sucesivas sucesivas encarnaciones de ese debate que marcó los siguientes veinte años de la vida fandomita, y que aún colea. Nuestros mayores se divertían u ofuscaban llamando fascista a Heinlein o a Carlo Frabetti; nosotros llamábamos fascista a Card, y nos preguntábamos de qué coño iba Neuromante.
Alejo Cuervo abandonó Tránsito y, aparte de crear la librería Gigamesh y el fanzine y los premios homónimos, comenzó a dirigir las colecciones de fantasía y ciencia ficción de Martínez Roca. Así conocimos el Bosque Mitago de Robert Holdstock, la serie de Fafhrd y el Ratonero Gris de Fritz Leiber, la peculiar relación urdida por Michael Moorcock entre Elric de Melniboné y su espada Atraetormentas, el steampunk de Tim Powers y el Mundodisco de Terry Pratchett.
Pero estos editores hicieron algo más que renovar las colecciones especializadas y llevar a los lectores la literatura fantástica anglosajona que se estaba escribiendo en aquellos momentos. También apostaron por los autores nacionales, que, a falta de fanzines y revistas, empezaron a publicar sus escritos fuera del fándom. En cierto modo, los autores pertenecientes a la «generación perdida» de los ochenta, los huérfanos de Nueva Dimensión, tuvieron la suerte de poder publicar directamente en Ultramar o Nova CF.
Rafael Marín publicó sus mejores relatos en la recopilación Unicornios sin cabeza (1987), de Ultramar, y vio reeditada su novela emblemática, Lágrimas de luz, en la Biblioteca de Ciencia Ficción de Orbis, con lo que pudo llegar al gran público.
Elia Barceló recopiló sus relatos en Sagrada (1989), que apareció en Nova CF.
Juan Miguel Aguilera y Javier Redal se sacaron de la chistera la serie de Akasa-Puspa, cuyos dos primeros volúmenes, Mundos en el abismo (1989) e Hijos de la eternidad (1990) aparecieron en Ultramar CF.
Retirado Domingo Santos a tareas de selección y traducción (con la única salvedad de Hacedor de mundos, en Ultramar), el gaditano Ángel Torres Quesada asume el liderazgo de la generación de los escritores de bolsilibros, y nos regala su obra más madura, la Trilogía de las Islas: Las islas del infierno, Las islas de la guerra y Las islas del paraíso (Ultramar, 1988). Otro de los autores clásicos sigue publicando allá fuera: Gabriel Bermúdez Castillo le entrega Golconda a Acervo (que se la publica mutilada), y El hombre estrella a Ultramar. Ambas son obras menores, una especie de impasse entre su explosión de creatividad de los setenta (El Señor de la Rueda, Viaje a un planeta wu-wei, La piel del infinito y «La última lección sobre Cisneros», todos ellos clásicos de la ciencia ficción española) y el renacimiento que experimentó en el primer quinquenio de los noventa.
Ángel Torres ya sabía lo que era publicar bolsilibros de gran tirada (la serie del Orden Estelar había aparecido durante los años setenta), pero Rafael Marín, Elia Barceló, Juan Miguel Aguilera y Javier Redal estaban pisando un terreno virgen para los autores del fándom: la publicación de novelas y relatos de ciencia ficción en colecciones especializadas importantes (y en pie de igualdad con los anglosajones). Si el fándom hubiese gozado de buena salud, y hubieran tenido a su alcance colecciones como Nueva Dimensión Libros, Albia Ficción o Delirio, es más que probable que no hubiesen disfrutado de aquella oportunidad inmejorable, y se hubieran conformado con lo que había. La ley del péndulo fue beneficiosa para ellos, porque les enseñó a publicar en condiciones estrictamente profesionales, y al margen de la crítica complaciente de los fanzines. Gracias a ello, se encontraron en primera fila del boom de principios de los noventa, y en plenitud de facultades creativas.
Si definir los ochenta como una década oscura para la ciencia ficción española resulta a todas luces incorrecto e induce a error, como he intentado aclarar en los párrafos anteriores, sí podemos hablar con toda propiedad de boom cuando nos referimos al bienio 1990-1991. Era el fándom el que había vivido una década oscura, no la literatura fantástica española. Ahí están Lágrimas de luz, Mundos en el abismo, la trilogía de las Islas y Sagrada para atestiguarlo; o La orilla oscura, de José María Merino, Los altillos de Brumal, de Cristina Fernández Cubas, y La fase del rubí, de Pilar Pedraza, si nos referimos a obras de género fantástico aparecidas en colecciones de literatura general. Buena parte del canon de la literatura fantástica española estaba publicándose en aquellas fechas. No eran los autores quienes vivían horas bajas, sino los fanzines y revistas.
Durante los dos primeros años de la nueva década se produce una serie de cambios, que redundan en un fortalecimiento del fándom y de las actividades profesionales relacionadas con la literatura fantástica. Por primera vez desde el cierre de Nueva Dimensión, los dos ámbitos repuntan, y lo hacen en la misma dirección, con los mismos intereses comunes. Por eso podemos hablar de un boom: lo que era bueno para los aficionados, empezó a ser bueno para los editores; y viceversa.
Todo se sucede a una velocidad vertiginosa:
La expedición de aficionados españoles a la WorldCon de La Haya.
El proyecto de una asociación española de fantasía y ciencia ficción (la futura AEFCF).
El contacto diario entre aficionados procedentes de toda la geografía española, por obra y gracia de la BBS El Libro de Arena.
El nacimiento del fanzine BEM.
La conversión de Gigamesh en revista profesional.
El premio Alberto Magno, convocado por la Universidad del País Vasco.
El premio UPC de ciencia ficción, convocado por la Universidad Politécnica de Cataluña.
La convocatoria del premio Salvat-Ultramar de novela de ciencia ficción.
La Guía de lectura de Miquel Barceló.
La revista Blade Runner Magazine.
El Círculo de Lhork.
El Grupo Editorial Interface.
El fanzine Elfstone.
El fanzine Sueño del Fevre.
Las polémicas, cada vez más subidas de tono; en especial, la que mantuvieron Carlos Mesa y Cristina Macía.
La tertulia de literatura fantástica de Madrid (la actual TerMa).
El premio Aznar de relato, convocado por una AEFCF que aún carecía de existencia legal.
El premio Ignotus, convocado asimismo por la nonata AEFCF.
La hispacón de Barcelona.
Demasiadas cosas, demasiado deprisa. Todos lo vivíamos con una mezcla de vértigo y esperanza. Como dice la canción de Nacho Vegas, no fue bueno, pero fue lo mejor. Fue mejor de lo que esperábamos, porque aquello despegó, y nos pasamos unos cuantos años viviendo de, en y para aquella ilusión; y, cuando llegó el momento en que la terrible ley del péndulo tenía que acudir a arrasar todo aquello y dejarnos sumidos durante media década en lamentaciones y lloros por nuestro paraíso perdido, ésta no acudió a nuestro encuentro, y nos dejó a solas con nuestro éxito, tratando de digerir el porqué de aquella incomparecencia. ¿En qué nos habríamos equivocado? ¿Qué fue lo que salió bien? ¿Por qué no se produjo la crisis, y en su lugar nos vimos obligados a tirar del carro y ayudar a crecer a la ciencia ficción española?
La respuesta está en las páginas de esta antología, y en sus continuaciones. Estos prólogos sólo pretenden documentar y relatar los cambios experimentados por la literatura fantástica española de los últimos dos decenios, así como darle rienda suelta a mis recuerdos y los de una generación de friquis deseosos de cambiar el estado de las cosas. Pero, si queréis una respuesta satisfactoria, no tenéis más que leer los relatos y novelas cortas que os presentamos en estos volúmenes. Yo sólo puedo ayudaros a entender el contexto, y contaros alguna que otra batallita. La solución a vuestras preguntas la tienen los verdaderos protagonistas de esta historia: Juan Miguel Aguilera, Alfredo Álamo, León Arsenal, Elia Barceló, José Antonio Cotrina, Santiago Eximeno, Carlos Fernández Castrosín, Eduardo Gallego, César Mallorquí, Daniel Mares, Rafael Marín, Rodolofo Martínez, Ramón Muñoz, Javier Negrete, Javier Redal, Joaquín Revuelta, Guillem Sánchez, Domingo Santos, Eduardo Vaquerizo... Algunos de ellos no han querido aparecer en estas páginas; sustituiremos sus testimonios directos (sus escritos) por ensayos acerca de sus obras, pero ello no basta: sería mucho mejor que leyerais las narraciones que los hicieron merecedores del Ignotus.
Algunos premios Ignotus conservan toda su vigencia, muchos años después. Otros han envejecido, o dejado al descubierto la mayor valía de otras obras que tuvieron que conformarse con ser finalistas, o no llegar siquiera a entrar en la papeleta final. Esto no tiene nada de particular: sucede en todos los premios, sean cuales sean la temática y el número de votantes. El palmarés de algunas ediciones sigue siendo irreprochable; otras, en cambio, fueron más controvertidas. Gracias a la lista de los premios Ignotus y de sus finalistas podemos reconstruir la historia de la literatura fantástica de fándom, ser testigos de su apertura (a otros géneros, como el terror, y a otros ámbitos, fuera del especializado). Podemos entender las diferentes épocas en que se subdividen estos casi veinte años, y de este modo saber qué publicaciones, colecciones, tertulias, grupos de aficionados y autores llevaban la voz cantante o ejercían más capacidad de influencia, o eran más populares. Todo está aquí, y estos prólogos no dejan de ser una interpretación, el punto de vista actual de uno de los centenares de aficionados implicados en el proceso. No siempre seré capaz de discernir la vivencia personal del suceso histórico, el escenario vital del profesional, o las filias y fobias de los hechos objetivos... Tal vez sea mejor así, y estos prólogos deban leerse con cautela y escepticismo, como si fueran partes de una ficción ambientada en un contexto concreto (el fándom de los años noventa y la primera década del siglo xxi), en vez de considerarlos un ensayo histórico literario cuya finalidad es desentrañar las causas y consecuencias del período en que la ciencia ficción española evolucionó hacia una madurez y una estabilidad que no había experimentado hasta aquel momento. Y que siguen siendo insuficientes para hablar de un mercado consolidado.
Aclarado esto, retomo el hilo de la narración.


Etiquetas: , , ,

9 Comments:

Blogger manu said...

Ole y ole. Lo repito, qué memorión.
Vaya tiempos aquellos...

25 de noviembre de 2009, 9:14  
Blogger Juanma said...

Ya te digo: si hasta estoy echándolos de menos y todo. ;-)

25 de noviembre de 2009, 9:37  
Blogger Ferran (Un que passava) said...

Más madera, por favor. Ya me está entrando el gusanillo de leerlo todo... el ensayo y todos los títulos citados.

25 de noviembre de 2009, 17:04  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Me siento la abuela Cebolleta (¡y cómo me gusta!) :P ;)

25 de noviembre de 2009, 21:15  
Anonymous Luis said...

El tiempo se ha encargado de demostrar que el fascista era realmente el Carlo Fabretti. Y de los de la peor especie.

27 de noviembre de 2009, 18:51  
Blogger Juanma said...

¿Y eso por...?

27 de noviembre de 2009, 18:52  
Anonymous luis said...

Por aplaudir a los que hacen política con el recurso del tiro en la nuca.

27 de noviembre de 2009, 20:07  
Anonymous luis said...

Por aplaudir a los que hacen política con el recurso del tiro en la nuca.

27 de noviembre de 2009, 20:07  
Anonymous Joan said...

Pues es verdad! Después de tantos años de leerle en las introducciones de Bruguera, que si Heinlein facha, que si Paul Anderson facha, al final resulta que el auténtico fascista de la ciencia ficción ha sido Carlo Fabretti. Sorpresas te da la vida.

28 de noviembre de 2009, 15:37  

Publicar un comentario

Links to this post:

Crear un enlace

<< Home