lunes, 23 de noviembre de 2009

Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (1 de 4)

¿Quién dijo que la BarraCon de Vigo no sirvió para nada? En el transcurso de la hispacón de 2005, mientras se consumaba la debacle del modelo tradicional de hispacones, un grupo de intrépidos friquis tomamos al asalto el bar de al lado del centro de convenciones y, durante media semana, montamos una hispacón paralela que sólo interrumpíamos para intervenir en los actos en los que ya habíamos confirmado asistencia, participación o moderación. El bar Cosmos se convirtió en nuestra auténtica hispacón. Por más que lo intentábamos, no había manera de engancharnos a la hispacón oficial: cada vez que nos acercábamos, el despropósito era mayor. Tal editor no tenía lugar donde exponer los libros. Tal otro editor no había podido asistir a la mesa redonda sobre editores (único motivo de su viaje a Vigo) porque no le habían notificado el horario definitivo y, cuando había llegado, la mesa se había celebrado. Etcétera. Visto lo visto, mientras el triángulo compuesto por Xatafi en pleno, Alfredo Álamo y José Antonio Cotrina se daban a interminables partidas de Falling, y Gijón en pleno se echaba unas risas con Alejo, Lektu y servidor, en ocasiones salían a colación asuntos más serios. Negocios, vamos. Dos editores discutían acerca de la obra por la que ambos habían preguntado al mismo agente literario (en plan "¿Te la quedas tú o me la quedo yo?"). Al mismo tiempo, intentábamos animar al editor que se había hecho los mil kilómetros en balde, porque la organización no le había notificado el cambio de horario de la mesa en la que participaba; de hecho, de allí salió una propuesta de hispacón que al final no se llevó a cabo. Y Luis G. Prado y Rodolfo Martínez me intentaban liar para un proyecto que se traían entre manos: seleccionar una serie de antologías de los premios Ignotus españoles, una especie de Los premios Hugo, con Rudy ejerciendo de maestro de ceremonias, en plan Isaac Asimov. El reto, por supuesto, estribaría en comprobar cómo se las arreglaba Rudy para presentar sus propios cuentos. Llegados a cierto punto, hicieron labor de zapa y me propusieran que participara en el proyecto con unos ensayos, que llevarían el título genérico de "Así fue, así os lo cuento", en los que se pusiera a los lectores en situación y se desglosaran los hechos friquis y bibliográficos más importantes de cada año en cuestión. Un resumen de cada año. Bien, eso podía hacerlo sin demasiados problemas. El proyecto era ambicioso, unos seis o siete volúmenes, y sería una buena ocasión para recapitular, releer  cuentos ya casi olvidados y cerrar la serie de ensayos sobre la historia del boom de la década de 1990 que, por activa o por pasiva, venía escribiendo desde hacía tiempo. Dije que sí.
Pasó el tiempo y mis circunstancias cambiaron, lo que se tradujo en que escribí mi parte tarde y a toda prisa, como siempre. Me quedó un ensayo introductorio de la ciencia ficción de 1991, el que vais a leer a continuación, que no se correspondía en exceso con la filosofía del proyecto: demasiado extenso, demasiado divagatorio, demasiado personal, demasiado testamentario. Le sobraban seis mil palabras como mínimo, y el enfoque en plan "yo, yo, yo", pero no tuve ocasión de reescribirlo. Después llegó mi frenesí de hacerme autónomo, y a continuación mis mudanzas, y me encontré con que lo que no tenía era tiempo ni acceso físico a los fanzines y libros de la época, que están apilados en cajas no muy accesibles, en un garaje.
También cambiaron las circunstancias de Bibliópolis, su metamorfosis en Alamut y su desvincunlación del proyecto. Y llegó un momento, hará un año y pico, en que nos encontramos con un proyecto huérfano y en busca de editor. Y con uno de los colaboradores, yo mismo, que no había cumplido nada más que con una cuarta parte de su encargo, y ésta ni siquiera era válida como introducción.
Las nuevas circunstancias del mercado editorial, con la irrupción del libro electrónica y las pequeñas editoriales que imprimen sobre demanda, pueden estar obrando a favor del proyecto. De hecho, en las últimas conversaciones que he tenido con Rudy acerca de este asunto, parece que la cosa es más viable que hace un par de años, precisamente porque hay más cauces que antes para dar salida a un proyecto cuya filosofía implica una tirada corta pero con ventas aseguradas. Por desgracia me pilla en un momento en el que estoy de retirada del fándom, pues la terrible mezcla de falta de tiempo, falta de acceso al material de consulta y (sobre todo) falta de motivación me tiene sumido en una excedencia voluntaria que muy bien podría convertirse en prejubilación. No obstante, el proyecto siempre me ha parecido atractivo, quiero acabar lo que he empezado y, en resumen, si sale adelante, creo que me merece la pena hacer una excepción (como he estado haciendo hasta ahora con Artifex y como voy a seguir haciendo en lo sucesivo con Hélice y Prospectiva) y colaborar con estas antologías de los Ignotus, al menos en los dos o tres primeros volúmenes, los correspondientes a la década de 1990. Me apetece, por cumplir con la palabra que di en su momento a Rudy, porque me apetece cerrar la serie de ensayos sobre el boom de la ciencia ficción española de la década de 1990 con una recapitulación final y definitiva, y porque toda la gente de la que hablo en esas páginas se merece un reconocimiento expreso.
Por supuesto, si el proyecto sigue adelante, el ensayito correspondiente a 1991 no tendría nada que ver con éste. Como digo, me parece excesivo para una recopilación de relatos que necesitan otro tipo de ensayo introductorio, algo más general y, sobre todo, que no tenga el doble de extensión que el relato ganador del Ignotus de aquel año. No obstante, y ya que el ensayo está escrito, me parecería un desperdicio dejarlo inédito, de modo que lo subo al blog, previo permiso de Rudy. Mantengo todas las alusiones a la recopilación de los relato ganadores de los premios Ignotus. Y, por aquello de no hacerlo interminable, lo divido en cuatro partes. Aquí está la primera. En días sucesivos podréis leer las otras tres.
Quienes vivisteis aquello de primera mano podéis acotar, completar, desmentir o corroborar. Quienes no tuvisteis esa suerte pero queréis saber los orígenes del fándom actual podéis opinar. Y a quienes pasáis del tema sólo os pido que le deis una oportunidad a este ensayito, para que os hagáis una idea de cómo fue, en el plano personal y creativo, una de las etapas más interesantes de la historia de la ciencia ficción española hecha por aficionados y para aficionados.
Sea como sea, espero que os guste.

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España es diferente; tal vez por ello, el renacimiento de la ciencia ficción patria comenzó en La Haya, en el transcurso de una convención mundial. Pocos o ninguno de los asistentes al evento había participado en hispacones, ya que la última databa de unos diez años antes. Contemplo las fotos de La Haya, envejecidas por el tiempo, y veo a los artífices del milagro.
Todos están más delgados, con más pelo y, huelga decirlo, más jóvenes. Algunos han abandonado el fándom, otros se han consolidado en él, y hay quien se ha mantenido al margen del mismo aunque haya franqueado sus fronteras en contadas ocasiones.
Todos desbordan optimismo e ilusión. Algunos siguen siendo amigos o compañeros de trabajo, y otros se han retirado el saludo o se perdieron la pista tras el regreso a Barcelona, de donde había partido la expedición. Es la foto fija de un grupo de veinte pioneros durante un momento único, que tal vez les cambiara las vidas; una foto que no se podrá repetir, porque las circunstancias han cambiado, y la camaradería que reinaba en aquella ocasión se disolvió con el tiempo: unos meses..., quince años... Da igual.
Si os apetece interpretarlo en esos términos, lo que vais a leer en este y los posteriores volúmenes de Los premios Ignotus es la historia de la fragmentación de aquel grupo.
Por lo que a mí respecta, me habría dado lo mismo asistir a La Haya que no hacerlo, porque mi trayectoria en el fándom apenas habría experimentado cambios: el friqui nace, no se hace. Pero en aquel momento, en el transcurso del verano de 1990, yo era un jovencito que acababa de cumplir veinte años, y mi mayor trauma existencial estribaba en el hecho de que mi madre no me dejaba viajar a La Haya. Los restos de la asociación Antares perdían a uno de sus efectivos, aunque enviaban una representación bastante bien nutrida a la WorldCon: Julián Díez, Adalberto de Osma y Susana Vallejo.
Pero yo no podía ir a La Haya. Las excusas oficiales de mi madre (que yo no trabajaba, que para esas fechas ya no había vuelos disponibles entre Mallorca y Barcelona, y que no pensaba dejarme solo en Madrid) se me antojaban arbitrarias, y lo cierto es que la mujer terminó apiadándose de mí, y permitiéndome asistir a la WorldCon. Pero ya era demasiado tarde, las reservas que se habían canalizado a través de la librería Gigamesh ya estaban cerradas, y, en definitiva, se me había cortado el rollo. Ya me había hecho a la idea de que aquella historia no iba conmigo. Por eso me estuve muriendo de asco durante una semana interminable en el puerto de Pollença, sin nada mejor que hacer que prolongar las sobremesas hasta las seis de la tarde, mientras intentaba que mi sobrina de cuatro años se terminase el almuerzo, o leerme algún libro de Stanislaw Lem (Congreso de futurología, creo recordar). Y por eso agarré el cabreo del siglo cuando salimos de excursión a Formentor y vi un transbordador que zarpaba en aquel momento con rumbo a Barcelona, justo el día antes de la partida de la expedición a La Haya. Pude haber ido a una WorldCon.
El cabreo se convirtió en una sana envidia cuando quedé con Julián, Susana y Adalberto, para compartir su relato de los hechos. Lo más probable es que quedásemos en el pisito de estudiantes que José María Faraldo ocupaba en el Alto de Extremadura. Me atrevo a afirmar que también estaba presente Héctor Ramos, otro de los supervivientes de aquella tertulia que, a finales de los años ochenta, nos había hecho entrar en contacto con nuestros ídolos de la época de Nueva Dimensión: Agustín Jaureguízar, Carlos Saiz Cidoncha, Ignacio Romeo... La tertulia de Antares se había celebrado entre 1986 y 1989, y finalmente se había disgregado por obra y gracia de los choques generacionales y las tensiones internas. En cierta ocasión confeccionamos un organigrama, en el que todos teníamos algún cargo, excepto un socio de base: José Ángel Adame, a la sazón faneditor de Nexus. Francisco Arellano apareció en alguna que otra ocasión, igual que Paco Canales, o Frank G. Rubio, y probablemente Arturo Villarrubia, aunque no estoy del todo seguro. Aquello era todo lo que había, y saltó hecho añicos cuando el presidente, Ignacio Romeo, zanjó de una manera drástica (rompiendo su carné de socio, levantándose y largándose de ahí) una discusión entre Carlos Saiz Cidoncha y Frank G. Rubio. Dicho así, tal vez parezca un incidente serio, pero hay que conocer bien a ambos contendientes para darse cuenta de que aquello carecía de importancia, y que Cidoncha se estaba calentando por nada, mientras que Frank, el divino e insustituible Frank (la única persona a la que he visto recibir una ovación unánime por parte de los asistentes a una mesa redonda... a raíz de una intervención suya desde el público) agarraba un bolsilibro de Alan Comet y arrancaba a gritar con vehemencia:
—¡Esto! ¡Esto es la verdadera ciencia ficción española, y no esas mariconadas que leéis!
Antares entró en fase de supernova, y el grupo de amiguetes (Julián, Héctor, Susana, Faraldo, Adalberto y yo) nos empezamos a montar la guerra por nuestra cuenta. Nos habíamos agrupado en Antares a raíz de una carta de Julián al por entonces fanzine Gigamesh. Julián y Susana habían viajado a Barcelona, y regresaron obnubilados por la librería Gigamesh, que por aquel entonces compartía local con el negocio de cerámicas de la madre de Alejo. Años después, mientras digitalizaba el archivo fotográfico de Gigamesh, en las oficinas de la calle Ausiàs Marc, cayó en mis manos una fotografía tan interesante como sorprendente: una sesión de firmas de Robert Silverberg en la librería... entre estanterías llenas de botijos. La instantánea se repite, aunque cambian los protagonistas (Michael Moorcock, Terry Pratchett, Angélica Gorodischer...), y los botijos van siendo sustituidos paulatinamente por más y más libros.
A falta de una revista potente como Nueva Dimensión, la librería Gigamesh era el epicentro de la ciencia ficción española. Nos habíamos conocido a través del fanzine Gigamesh, y a través de sus páginas podíamos comprar material, pues en aquella época Gigamesh hacía venta por correo. Estábamos al tanto de las últimas novedades fanzineras (esos Maser, de los hermanos Juan José y Jesús Parera, Fandom, de Miguel Ángel Martínez, Blagdaross, de Manuel Berlanga, y Tránsito, de Joan Manel Ortiz), pero también de lo que se estaba publicando en el Cono Sur (con los Cuasar de Luis Pestarini) y en los países anglosajones. Si queríamos alguna recomendación, no teníamos más que esperarnos a que saliera la papeleta de los premios Gigamesh, y ahí podíamos elegir entre varias docenas de novelas y relatos de pata negra, generalmente aparecidos en Ultramar o cualquiera de las colecciones de literatura fantástica de Martínez Roca.
Yo era el friqui del fanzine, y tenía frito a todo aquel colaborador dispuesto a perder una o dos horas para descifrar mis cartas interminables y responderlas de una manera más o menos coherente: Alejo Cuervo, Catherine Zuber, Juanma Barranquero, Lluis Salvador... Ellos me recomendaban lecturas, me vendían libros, me enviaban el fanzine y me hablaban de la imposibilidad digamos estructural de celebrar una hispacón en España... si bien me recordaban la existencia de las TransCones, las cenas que organizaba el fanzine Tránsito en Barcelona, y a las que llegaron a asistir hasta veinte comensales.
En Madrid no teníamos nada de aquello. Tan sólo una asociación, que terminó yéndose al carajo, y muchas, muchas ganas de hacer cosas.
Y mucha, mucha hambre. Cualquier excusa era buena para que Faraldo nos cocinase tripitas de titerote (vulgo salchichas) o sopa de hongos de Yuggoth. Eran un salto cualitativo con respecto a las croquetas sin freír de la cervecería Punto y Coma de la plaza de Santa Ana.
Quedábamos para jugar al rol, y en cierta ocasión José Ángel Adame se cabreó conmigo por haberlos dejado colgados de una semana para otra en la partida de Cthulhu que estaban jugando: parecía incapaz de comprender que a mi abuela le había dado un infarto. No volví a la partida.
De todos modos, ¿para qué regresar? Seguro que un ser multitentacular de aspecto blasfemo y ominoso me habría vuelto a dejar frito en cualquier claro de bosque de las inmediaciones de Providence...
Y también quedábamos para hablar, y para soñar.
La expedición a La Haya fue la culminación del sueño, de aquel sueño..., y el inicio de otro, mucho más consistente, del que aún no nos hemos despertado; tal vez, porque no es un sueño, sino la realidad.
Una vez se había terminado de desgranar el anecdotario de La Haya (que si Fulanito había meado al lado de Brian W. Aldiss, que si la hija de Poul Anderson estaba de agárrate y no te menees, que si Menganito había aprendido a montar en bici...), quedaba la impresión de que el viaje había sido más importante de lo que parecía.
Había gente nueva, de la que no sabíamos nada, y que estaba haciendo cosas importantes.
Había iniciativas.
El futuro acababa de comenzar.
Para empezar, estaba el Grupo Interface. A lo largo de 1990 y 1991, varios aficionados procedentes de la BBS El Libro de Arena, que regentaba Bucky Torres, se agruparon para formar Interface. Ricard de la Casa y Pedro Jorge fueron los primeros en asociarse en el Grupo Interface; poco después, entró Joan Manel Ortiz, a la sazón director de Tránsito; y durante 1991 se les unieron Manuel Berlanga (director de Berserkr), Rodolfo Martínez y Javier Cuevas. Los tres últimos abandonaron Interface durante los dos años siguientes, y en su lugar entró el pucelano José Luis González. Ellos demostraron que era posible organizarse a través de la red (lo cual sonaba a ciencia ficción a principios de los años noventa), pero también en formato papel. El resultado de aquellos esfuerzos fue BEM, la publicación insignia de la ciencia ficción española durante la primera mitad de los noventa, y uno de los motores del fándom. Pero no era el único producto de Interface: también estaba el fanzine no ficción, que dio a conocer algunos de los mejores ensayos aparecidos hasta aquel momento en las publicaciones del fándom español, y terminó fusionándose con BEM.
También estaba el Círculo de Lhork, al que pertenecían algunos miembros de Interface. Editaban el fanzine Lhork, dirigido por Eugenio Fraile La Ossa, y en el transcurso de estos dos años había ido perdiendo efectivos, en particular los llamados Licántropos Asociados (Manuel Aguilar, Carlos Díaz Maroto, Eduardo Escalante, Luis Rodríguez Arrabé y Eugenio Sánchez Arrate), miembros fundadores de la futura tertulia de Madrid (TerMa).
Los años ochenta habían sido un páramo, una década oscura, y de repente eclosionaban los grupos de aficionados a la literatura fantástica. En Madrid. En Barcelona. En Cádiz. En Gijón. En Bilbao. En Valencia.
O en Zaragoza. Santiago García Soláns editaba el fanzine Elfstone, que prolongaría su existencia durante casi toda la década; entre sus colaboradores figuraban jóvenes aficionados locales, como Mateo Borreguero, Sonia Carreras y Moisés Friginal.
Los primeros años noventa son los de mayor actividad fanzinera, los de su formato clásico; no en vano, podríamos considerar Elfstone como el precedente de la que doy en llamar «generación del DIN A5». Santiago (Yago) asiste atónito al desenlace del encuentro de fanzines que se celebra en su ciudad en marzo de 1991, y que termina plasmándose en una polémica bastante cafre en las páginas de BEM.
Tiempos nuevos, tiempos salvajes.
Pero tal vez esté empezando la casa por el tejado. Nos falta el contexto histórico. Sin él, resulta difícil entender por qué nos maravillaba tanto todo aquello, qué podía haber de insólito en leer una discusión en las páginas de un fanzine, o en quedar a comer salchichas en casa de un contertulio, o en escuchar arrobado el relato de los asistentes a una reunión de aficionados allende nuestras fronteras, como si me estuvieran narrando un encuentro en la tercera fase. No puedo hablar de medio centenar de personas, si antes no explico de dónde han salido y por qué estaban allí en aquel momento, haciendo exactamente lo que estaban haciendo.



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17 Comments:

Blogger manu said...

Menudo memorión. Este post forma parte del primer volumen de tus memorias, ¿verdad?

23 de noviembre de 2009, 9:31  
Blogger Juanma said...

Quita, quita, que mi memoria ya no es lo que era. :-P

23 de noviembre de 2009, 9:51  
Anonymous Pily B. said...

Tremendo, chiquillo, tremendo... :-)

23 de noviembre de 2009, 12:28  
Blogger Juanma said...

Pues todavía quedan tres partes... :-D

23 de noviembre de 2009, 12:30  
Blogger José Vicente said...

¿Tripitas de titerote...?

23 de noviembre de 2009, 17:04  
Blogger Juanma said...

Sí, las salchichas de toda la vida, pero en clave friqui-talaverana. Faraldo hacía cocina de supervivencia (estudiante en piso compartido), nosotros éramos veinteañeros aguerridos y, en definitiva, los friquis nos comemos lo que nos echen. :-)'''

23 de noviembre de 2009, 17:06  
Blogger Alfonso Merelo said...

Jowwww.
Te tengo yo que "robar" estos artículos con descaro para artículos míos.
Ya veré si te cito :)
No, en serio; muy educativos para los que no vivimos auqella época.
Que sigan

23 de noviembre de 2009, 18:06  
Blogger José Vicente said...

Preguntas:

¿A que mariconadas se refería Frank G. Rubio?

¿Es cierto que Antares llegó a tener preparado para editar una revista con ese mismo nombre pero que no llegó a la imprenta por esos problemas o es solo un bulo pre-internet?

23 de noviembre de 2009, 20:39  
Blogger Juanma said...

Las "mariconadas" eran Lágrimas de luz, las cosas de Gabriel Bermúdez Castillo que salían en Acervo y los libros de CF española que comenzaban a salir en Ultramar y Nova: Mundos en el abismo, Sagrada...

Lo de la revista de Antares, primera noticia, y mira que yo andaba por allí. Tal vez Julián pueda ampliarte la noticia. Es cierto que se intentó hacer algún fanzine, y que incluso se sacó algún boletín, pero la cosa no fue más allá.

24 de noviembre de 2009, 10:23  
Blogger Juanma said...

Alfonso, tú "roba", que el artículo está para eso, para servir de fuente. :-)

Me alegro de que te resulten instructivos.

Abrazos.

24 de noviembre de 2009, 10:25  
Blogger Yago said...

Madre mía, la distancia que da el paso del tiempo.
Lo mal que lo pasé con aquella "polémica bastante cafre" (que se extendió no solo por el BEM, sino por otros medios como el Blade Runner Magazine de efímera vida) y lo ridícula y provinciana que resulta vista hoy en día. Parecía que nos jugábamos algo y todo ;-)

Una pena los esfuerzos malgastados en discusiones, ¿no?

En fin, estoy deseando leer el resto de artículos y ver si se concreta esa propuesta de publicación de los premios Ignotus, que creo que sería muy interesante.

Saludos

24 de noviembre de 2009, 11:14  
Blogger Kaplan said...

Genial.

24 de noviembre de 2009, 15:01  
Blogger Sky said...

Un gran comienzo para "Crónicas de la ciencia ficción española 1991-2009".

Las introducciones a los Ignotus ¿ no podrían esperar?

24 de noviembre de 2009, 19:41  
Anonymous Anónima de las 9:59 said...

Tu memoria histórica siempre me deja pasmada, caballero.

Doy fe de todo, sí. Y tampoco recuerdo nada de un fanzine Antares (aunque mi memoria histórica es de mosquito).

Nota a la foto de la WorldCon: Es de la fiesta de disfraces, y si os fijáis llevamos una toalla al hombro (¡íbamos disfrazados de autoestopistas galácticos! of course). ;D

25 de noviembre de 2009, 20:58  
Anonymous Pablo said...

Evidentemente, Juanma, sería muy buena cosa que se editasen esos volúmenes sobre los Premios Ignotus... Ánimo y a por ello...

2 de diciembre de 2009, 10:56  
Blogger Lluís Salvador said...

Saludos de uno de los veinte de La Haya... :)

21 de enero de 2011, 16:29  
Blogger Juanma said...

¡Hoooooombre! Cuantísimos años sin tener noticias tuyas. ¿Cómo va todo?

Abrazos.

21 de enero de 2011, 16:31  

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