Que dice la Ley de Protección de Datos que cuidadín con lo que haces por aquí. O cuidadín con lo que hago yo con tus visitas. Que cuidadín. Yo aviso. No sé de qué, pero aviso.
Padezco de una extrañísima forma de amnesia funcional consistente en que soy incapaz de evocar recuerdos sin convertirlos en literatura transrealista.
lunes, 29 de septiembre de 2014
Los premios Ignotus. 1991-2000
Aunque estoy cada vez menos activo en el fandom (o precisamente por eso), lo cierto es que de vez en cuando aparece algún proyecto que me da la vidilla necesaria para liarme la manta a la cabeza y volver a escribir. He aquí uno de ellos. Del otro hablaré un día de estos, en cuanto me haya leído el resultado final. Hay más, y ya irán apareciendo en el blog.
A lo que iba. La historia de Los premios Ignotus. 1991-2000 (Sportula, 2014) viene de lejos. En concreto, de la infame hispacón de 2005, aquella que nos pasamos atrincherados en el bar Cosmos, donde, entre otras cosas, se coció el embrión de esta antología. Rodolfo Martínez me pilló por banda, me contó que quería editar unas antologías de premios Ignotus en plan Isaac Asimov presenta los premios Hugo, me pidió que escribiera las entradillas de contexto histórico para cada una de las ediciones y, evidentemente, le dije que sí.
Por supuesto, tardé dios y ayuda en arrancar con el asunto. El borrador del ensayo correspondiente a 1991 está aquí. Convinimos en que no nos valía, ya que era demasiado extenso y me iba demasiado por las ramas. Pero escrito se quedó, y colgado en el blog, para vuestro uso y disfrute. En realidad no importó que se quedara en el dique seco, ya que el proyecto se fue parando, se fue parando hasta que Rudy puso en marcha la editorial Sportula y, harto de moverlo por editoriales varias, llegó a la conclusión de que era el lugar donde tenían que aparecer las antologías. Se reformuló la estructura de las antologías (una por década; es decir, la idea es que haya, como mínimo, una más), la metodología de trabajo (un solo ensayo general sobre contexto histórico, más los dos ensayos de Mariano Villarreal sobre la dinámica y palmarés de los premios), se negociaron contenidos alternativos (la novela corta de Javier Negrete que aparecería en la edición electrónica, ya que Estado crepuscular no podía ser, por motivos contractuales) y, en resumen, nos pusimos en marcha de manera oficial. Cómo no, me retrasé varios meses sobre la fecha prevista, pero a principios de año conseguí encontrar un huequecillo de una semana que consagré a escribir la introducción, "Premios Ignotus para Dummies", sesenta páginas cargadas de información, batallitas y (espero) el espíritu de la ciencia ficción del fandom de la década de 1990, del que esta antología es un buen resumen.
Me tomé el ensayo como una recapitulación prácticamente definitiva de los muchísimos artículos que he escrito sobre aquella época. No va a ser el último que escriba, porque tengo un par más apalabrados (Alejandro, estoy en ello, de verdad de la buena), pero creo que vale a modo de resumen y última palabra sobre lo que supusieron aquellos años; al menos, para mí. Después de este ensayo, ya solo puedo recurrir a la ficción para seguir hablando de aquella época, y entended esto como queráis.
En cuanto a los contenidos de la antología, están los Ignotus ganadores de las categorías de mejor relato (1991 y 1992) y cuento español (de 1994 a 2000). Podéis leer a los grandes clásicos de la ciencia ficción surgida del fandom con algunos de sus cuentos más representativos. Todos ellos son recomendables y, después de habérmelos releído un par de veces con motivo de la preparación de este otros ensayos, debo decir que mantienen la calidad y el interés, y en algunos casos (por lo que a mí respecta, "El decimoquinto movimiento" y "En las fraguas marcianas") han ganado notablemente con el tiempo.
Ni que decir tiene que os recomiendo esta antología. Si os da pereza rascaros mucho el bolsillo (veintitrés euros por una tochana de quinientas páginas es un precio muy competitivo), no tenéis excusa: la edición en ebook solo cuesta cuatro euros.
Se han dado a conocer los finalistas de los premios Ignotus, que concede la AEFCFyT. La Asociación Cultural Xatafi ha obtenido muy buenos resultados, no sólo en forma de finalistas aparecidos en Hélice, Artifex, Literatura Prospectiva y las Actas del I Congreso de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción, sino también de miembros de la asociación que optan al monolito.
Por otro lado, también me hace ilusión el que algunas categorías de la papeleta parezcan casi un calco de los finalistas del V premio Xatafi-Cyberdark: parece que este año los gustos de 'crítica' y 'aficionados' han coincidido algo más que en otras ediciones.
En un plano más tocapelotas, también me emociona ver que en el listado se recogen bastantes de las sugerencias que hice a finales de julio. De este modo, me ahorro disertar largo y tendido sobre las finalistas y remito a los lectores curiosos a aquella entrada.
Así pues, sin más dilaciones, copio y pego el listado de finalistas. No debería mojarme con mis favoritos, pero de todos modos añadiré algún comentario al final de cada categoría y aventuraré posibles ganadores; total, cada vez acierto menos...
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Mejor novela
Alarido de Dios, de José Miguel Vilar-Bou (Equipo Sirius) El adepto de la reina, de Rodolfo Martínez (Sportula) Fin, de David Monteagudo (Acantilado) La red de Indra, de Juan Miguel Aguilera (Alamut) La última noche de Hipatia, de Eduardo Vaquerizo (Alamut)
(Sin sorpresas: las finalistas han sido las novelas que ya estuvieron presentes en las papeletas del Celsius y del Xatafi-Cyberdark. Echo de menos la presencia de Amérika, de Lorenzo Luengo, o alguna novela juvenil como La cosecha de Samheim, de José Antonio Cotrina, pero aun así parece un listado bastante razonable. ¿Favoritos? Supongo que Juanmi Aguilera y Eduardo Vaquerizo, con la posible sorpresa de José Miguel Vilar-Bou.)
Mejor novela corta
El espejo del mundo, de Alberto Murcia (Artifex 4ª época nº4-5 – Asoc Cult. Xatafi)
Especie en extinción, de Enric Herce Escarrá (BEM online)
IWTB, de David Soriano (Artifex 4ª época nº4-5 – Asoc. Cult. Xatafi)
La cosecha del centauro, de Eduardo Gallego y Guillem Sánchez (Nova 222 - Ediciones B)
La ruta del hielo y de la sal, José Luis Zárate (La máscara del héroe, Grupo AJEC)
(Aquí sí que no me mojo: me faltan unas cuantas lecturas. Me esperaba la candidatura de David Soriano, con el que considero uno de los mejores momentazos de la ciencia ficción española de los últimos años, pero me ha sorprendido de manera muy positiva la candidatura de Alberto Murcia, con una novelita compleja, absorbente, muy personal y, en definitiva, difícil. Por todo ello me siento orgulloso de haber participado en su edición. Aun así, y sin demérito de los otros finalistas -aunque, insisto, hay alguno que no he leído y por lo tanto es pronto para opinar-, mi favorito es David Soriano.)
Mejor cuento
El faro de las islas Os Baixos, de Juan Jacinto Muñoz Rengel (De mecánica y alquimia, Salto de Página)
Lidia y los hombres feos, Ramón San Miguel Coca (Visiones 2007)
Una valla en la eternidad, de Alejandro Carneiro (Artifex 4ª época nº4-5 – Asoc. Cult. Xatafi)
Victimas inocentes, de David Jasso (Sable 7)
(Para quinto candidato hubo cuádruple empate a puntos)
(Otra categoría en la que tengo un candidato clarísimo: Alejandro Carneiro, no sólo porque ha sido el único relato de Artifex que llega a la final, sino porque me parece lo mejor que ha escrito, y Carneiro tiene recorrido suficiente en publicaciones de género como para merecerse un Ignotus. De paso, me resarciría por el disgusto de no haber visto más cuentos de Artifex en la papeleta final. En el cuádruple empate por la quinta plaza supongo que estaría incluido alguno de los relatos más que meritorios que aparecieron en Artifex durante 2009, como "Novedad en el Alcázar", de José Ramón Vázquez, y sobre todo y muy especialmente "Tren", de Julián Díez, que por sí solo justificaría una edición en papel de los mejores relatos de esta cuarta etapa de Artifex. En cuanto a los otros tres finalistas, veo mucho nivel: Muñoz Rengel confirma que su libro de relatos ha sido uno de los trabajos más destacables del año, Ramón San Miguel se afianza como uno de los representantes más destacables de la ciencia ficción de corte clásico que hay en España y hace más méritos aún para llevarse el Ignotus, y David Jasso continúa en estado de gracia. Tengo muchas ganas de saber cuál habría sido el quinto finalista en esta categoría. En todo caso, será un ganador justo.)
Mejor antología
A diez mil años luz, de James Tiptree Jr (Grupo AJEC) De mecánica y alquimia,de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Salto de Página) Historia alternativa II, VV.AA. (Grupo AJEC) Mobymelville, de Daniel Pérez Navarro, Grupo AJEC) Voces de Atolón, VV.AA. (Silente)
(También me faltan lecutras, pero a priori parece que el premio se lo llevará Daniel Pérez Navarro, con el permiso de Muñoz Rengel. La antología de Tiptree es demasiado irregular y la edición demasiado deficiente como para pensar que se lo vaya a llevar, pero la gran autora estadounidense le daría mucho lustre al currículum del premio.)
Mejor libro de ensayo
Actas del I Congreso de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción, VV.AA. (Xatafi- Universidad Carlos III) Cuando cantan las espadas. La fantasía heroica de Robert E. Howard, de Javier Martín Lalanda (La Biblioteca del Laberinto) J.G. Ballard. El tiempo desolado, de Pablo Capanna (Alamut) La marca del hombre lobo, VV. AA.. (Alberto Santos, ed) W de Watchmen, de Rafael Marín (Dolmen)
(Verdadero nivelón en esta categoría. Supongo que se lo llevará Rafa Marín, y las actas del congreso ya han cumplido con llegar a la final y darse a conocer entre los aficionados al género. Capanna y Lalanda, por trayectoria, merecerían llevarse el premio. En todo caso, tal vez una de las ediciones con más nivel entre los finalistas.)
Mejor artículo
A la armonía por el cambio. Pautas, claves y ejes narrativos de Ursula K. Le Guin, de Alberto García-Teresa (Hélice 11)
Androides deconstruidos: de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? a Blade Runner, de Fernando Ángel Moreno (Hélice 12)
La historia que no fue: a propósito de "Cuatro siglos de buen gobierno" y la otra historia de Nilo María Fabra, de Alfonso Merelo (Ubi Sunt? nº22).
Olaf Stapledon: El último de los utopistas, de Pablo Capanna (Hélice 11)
Roy Batty, esclavo y revolucionario. Un análisis marxista de Blade Runner, de Joaquín Moreno Álamo (Hélice 12)
(Alfonso Merelo es un valor casi seguro en los Ignotus, así que lo doy por favorito; además, podría aglutinar el voto del sector "Yastá bien de tanta modernez gafapasta de Hélice, copón ya". En todo caso, Alberto García-Teresa, Fernando Ángel Moreno y Joaquín Moreno llevan tiempo mereciéndose el Ignotus al mejor artículo, y un doblete de Capanna en artículo y libro de ensayo, aunque improbable, sería muy bonito. El que gane se lo merecerá, pero, por preferir, me gustaría que lo ganase cualquiera de los dos artículos sobre Blade Runner: el de Fernando Ángel, porque a la quinta debería ir la vencida, y el de Joaquín, porque su tríptico de artículos sobre la película es la hostia, lisa y llanamente.)
Mejor ilustración
El secreto de los dioses olvidados, de Calderon Studio (Grupo AJEC) La llamada, de Santyago Moro (El secreto de los Aznar, Silente) El adepto de la reina, de Alejandro Terán (Sportula)
(Para cuarto y quinto candidatos hubo triple empate a puntos)
(Gustar, lo que se dice gustar, me gusta más la de Alejandro Terán, y podría dar lugar a un doblete, si Rudy gana con su novela. Ahora bien, con sólo tres candidatos puede pasar cualquier cosa.)
Producción audiovisual
A través del espejo, de Alfonso Merelo y Antonio Sánchez (radio) Planet 51, de Jorge Blanco y Javier Abad (cine) Rec 2, de Paco Plaza y Jaume Balageró (cine) Salsito, el musical, de Victor Gil y Sandra Ortuño (corto)
(Para el quinto candidato hubo triple empate a puntos)
(Planet 51 me hizo mucha gracia y me parece un más que meritorio homenaje a las películas de ciencia ficción de los años cincuenta, y Alfonso Merelo podría hacer doblete si su programa de radio se lleva el Ignotus, pero veo más factible la victoria de Rec 2.
Mejor tebeo
El juego de la luna, de José Luis Munuera y Enrique Bonet (Astiberri Ediciones) Ibéroes, la guerra de las rosas, de Iñigo Aguirre Las calles de arena, de Paco Roca (Astiberri Ediciones)
(Para cuarto y quinto candidatos hubo triple empate a puntos)
(No puedo valorar. En esta categoría tengo que hacer los deberes.)
Mejor obra poética
Calesas en Brogo Pass, de Julio Angel Olivares Merino (Carpathius)
Emociones plasmáticas, de Carlos Daminsky (Alfa Eridiani 3ª época, 12)
Napalm Satori, de Fco. Javier Pérez (Ediciones Efímeras)
Que la fuerza te acompañe, VVAA (El Gaviero Ediciones)
Versos sin bandera, VVAA (Tusitala)
(Sólo me he leído Que la fuerza te acompañe, y mola mucho. Me leeré las otras, a ver si están al nivel.)
Mejor revista
Artifex 4ª época (Asociación Cultural Xatafi) Calabazas en el trastero (Saco de huesos) Hélice (Asociación Cultural Xatafi) Sable (Tusitala) Sci Fi World (Sci Fi World)
(No puedo ser objetivo: quiero que haya ex aequo entre Artifex y Hélice, por lo que han supuesto en sus respectivos campos -han tirado del carro de los relatos y los ensayos durante los últimos años- y por su indudable calidad. Sin embargo, las otras tres vienen pisando fuerte, y en algún momento tendrá que producirse el relevo generacional... Por todo ello, creo que la categoría está más reñida que de costumbre y que puede haber sorpresas.)
Mejor novela extranjera
Diáspora, de Greg Egan (Grupo AJEC) El nombre del viento, de Patrick Rothfuss (Plaza & Janés) Titán, de Ben Bova (La Factoría de Ideas) Visión ciega, de PeterWatts (Bibliopolis)
(Para el quinto candidato hubo cuádruple empate a puntos)
(Al igual que me temo que va a suceder en el Xatafi-Cyberdark, auguro un duelo bastante reñido entre Rothfuss y Watts. Dado que los lectores de los Ignotus son más de ciencia ficción que de fantasía, supongo que la favorita es Visión ciega. Titán puede dar la sorpresa.)
Mejor cuento extranjero
Dondequiera que se oculten, de Tim Powers (El reparador de biblias, Gigamesh)
El camino de bajada, de Tim Powers (El reparador de biblias, Gigamesh)
El imperio invisible, de John Kessel (Historia alternativa II, Grupo AJEC)
El reparador de biblias, de Tim Powers (El reparador de biblias, Gigamesh)
Un alma embotellada, de Tim Powers (El reparador de biblias, Gigamesh)
(Pues está claro, ¿no?: cualquier cuento de Powers. Ah, no, que esto no es el listado del Xatafi-Cyberdark y se ha colado un cuento de John Kessel de una antología que es candidata en su categoría... Pues a lo mejor se lo lleva Kessel, por llevar la contraria. En todo caso, la desaparición de las revistas en formato papel demuestra hasta qué punto se ha devaluado esta categoría, que no hace mucho tiempo era casi la más interesante de los Ignotus. Por favor, ¿alguien se anima a editar alguna antología decente de relatos extranjeros?)
(La sorpresa agradable es la inclusión de Literatura Prospectiva en su primer año de andadura. No sé si ganará, pues BEM On Line y NGC 3660 parecen las rivales a batir, pero no estaría mal que se lo llevara, y de paso confirmara que es el punto de referencia en cuanto a reseñas y cotilleos. Por mi parte, votaré a Stardust CF, a ver si gana el Ignotus de una puñetera vez.)
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Recordad que tenéis que votar antes de la próxima hispacón.
Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (3 de 4)
Empecé 1991 firmando autógrafos, y lo terminé persiguiendo a media hispacón para que me los firmaran.
Aunque tal vez no fuera exactamente así. En realidad, empecé el año escribiendo un relato fallido, «El que acecha en las escaleras», para el concurso de relatos de Blade Runner Magazine. El premio eran cincuenta mil pesetas, y varias de las obras seleccionadas se publicaban en la revista.
El cuento era una historia de terror, escrita al más puro estilo de H. P. Lovecraft; en ella había derrochado convicción, y quedé satisfecho por la atmósfera opresiva y oscura, que en realidad denotaba mi nerviosismo ante el inminente inicio de la primera guerra del Golfo. Eran los días previos al final del ultimátum lanzado por George Bush padre, y en clase no dejábamos de comentar que nos estaban vendiendo que aquella iba a ser la primera guerra del siglo xxi, cuando en realidad nos hallábamos ante una guerra colonial del siglo xix. Como por aquel entonces estudiaba ruso en el Instituto Pushkin, no pude evitar ambientar el relato en la Unión Soviética de Lenin, y trufar el relato de notas a pie de página, en las que explicaba los juegos de palabras intraducibles que se sucedían a lo largo del texto.
Mi amigo Ernesto Ferrer, gran aficionado a Lovecraft, leyó el cuento y se rió mucho: lo encontró una parodia refrescante del estilo del genio de Providence.
Además, me enteré de que me habían publicado el cuento por una llamada telefónica, no recuerdo si de Julián Diez o de Héctor Ramos.
Me pasé media tarde buscando un ejemplar del número 6 de Blade Runner Magazine (abril de 1991), hasta que por fin lo encontré en un Vips, supongo que el de la calle Velázquez.
Mientras me dirigía a casa de José María Faraldo para celebrarlo, comprobé que las notas a pie de página habían desaparecido.
Y lo que era un texto de casi tres mil palabras estaba maquetado en una doble página espantosa y de letra microscópica.
No obstante, era el rey del mundo.
En casa de Faraldo me esperaban Julián, Susana, Héctor, Adalberto y Faraldo. Estuve firmando ejemplares de la revista, tomamos cocacolas y cortezas, hablamos de cosas de friquis y, por supuesto, nos dedicamos a cambiar el mundo.
Blade Runner Magazine cerró dos números después, de modo que a mí no miréis: yo no fui el culpable. Me fastidió, porque nunca llegaré a saber si hubiera ganado el premio, del mismo modo que Julián y Susana se quedaron sin saber hasta dónde hubiera llegado su novela ciberpunk Lejos del mar, que habían remitido al premio Salvat-Ultramar. El premio fue suspendido por cuestiones de política editorial (la compra de Salvat, a la que pertenecía Ultramar, por el Grupo Hachette), y hasta unos años después no supimos que los jurados estaban prácticamente de acuerdo en que los ganadores iban a ser Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, por el embrión de la novela que terminó apareciendo con el título El refugio en Nova CF, y que Lejos del mar habia llegado a la final, con lo que, quién sabe, es probable que hubiera sido publicada por Ultramar.
El cierre de Blade Runner Magazine no nos afectó demasiado, por motivos que explicaré más adelante.
No obstante, el cierre casi definitivo de Ultramar CF (no hablo de su efímera resurrección, un par de años después) sí nos llenó de tristeza, por lo que la colección había significado para nosotros desde los puntos de vista formativo y afectivo, y por lo que supuso desde el punto de vista editorial: el fin de la edición de novedades buenas y bonitas en formatos baratos. A partir de entonces, el formato bolsillo se dedicaría casi exclusivamente a la reedición de obras que habían funcionado en sus formatos de rústica o cartoné originales, y las novedades superarían la barrera de las mil pesetas y, en ocasiones, se acercarían a las dos mil.
Las colecciones Etiqueta Futura (de Júcar), Corvus (de Valdemar) y Cronos CF (de Destino) fueron poco más que curas de paños calientes. El mal ya estaba hecho. Mientras tanto, nos quedaban Minotauro, Nova CF y Martínez Roca (cada vez más centrada en sus colecciones de formatos grandes). Leer ciencia ficción empezaba a costar un ojo de la cara. Además, algunas colecciones empezaron a saldar. Este doble fenómeno generó desconfianza en los lectores, con lo que el consumidor empezó a pensárselo mucho. El consumo se retrajo, y la ley del péndulo comenzó a operar, tal vez por última vez.
Si los libros se ponen a precios prohibitivos, y además hay un exceso de oferta y no sabes muy bien qué leer, descubrirás que necesitas consejo, ya que tu librero suele ser generalista, y cada vez hay más metros de estantería con obras de autores a quienes en la mayoría de los casos no conoces ni de oídas. Este consejo puede venir de tu círculo de amigos, en cuyo caso formarás una tertulia (si tus amigos residen en la misma ciudad que tú), o el grupo de ciencia ficción de una BBS (si estáis dispersos por toda la geografía española). Hablaréis de vuestras aficiones comunes y, si sois lo suficientemente activos, descubriréis que, ya que existe una masa crítica de aficionados, puede merecer la pena editar algún fanzine en común. Cuantos más fanzines haya, mayor será la red de contactos creada en las secciones de correos, por lo que tu publicación empezará a recibir suscripciones y no dependerá exclusivamente de los ejemplares que has colocado a los amigos, ni de las ventas de los canales especializados. Al mismo tiempo, te llegará material procedente de otros autores o grupos de aficionados, y tú podrás enviar tus escritos a otras publicaciones. Entre estas otras publicaciones puede haber prozines o revistas profesionales, con lo que puedes llegar a dar el salto de calidad, y que te paguen (en dinero o en especie, eso es lo de menos) por publicar tus relatos, artículos o críticas. Cuando la red esté lo suficientemente consolidada, empezará a ser viable el reunirse cada cierto tiempo, para compartir logros comunes, poner cara al aficionado con quien te escribes o cuyos relatos lees y, en resumen, para hablar del fascismo de Heinlein, el fascismo de Card o el solipsismo (que no deja de ser otra forma de fascismo, éste de corte intelectual) de Gibson. Los editores de la Galaxia Gutenberg descubrirán que el Planeta Fándom empieza a suponer un volumen significativo de ventas (no las necesarias para mantener las colecciones, pero sí las suficientes como para que el horizonte de amortización de los libros permita unos precios razonables, y todo ello con más ejemplares vendidos que en otros géneros que carecen de un público tan fiel), por lo que empezarán a invertir en mimarlos, o bien concediéndoles servicios de prensa para que los reseñen en sus fanzines, o bien llevando a algunos autores a las convenciones, lo cual servirá de reclamo, hará que se incremente la asistencia y todo ello redundará en beneficio de todos los implicados: las editoriales, porque venderán ejemplares de los autores asistentes a los eventos, y los fanzines y revistas, porque tendrán nuevos suscriptores, que de otro modo jamás habrían podido conocer el producto. Los criterios de algunos de los aficionados que conforman esta red social te resultarán más fiables que los de otros, de modo que, cuando algunos de ellos sean promocionados a los cargos de directores de revista o de colección especializada (pues, agotado el ciclo de los saldos, empezará a crecer la demanda de novedades y el terreno estará abonado para que nuevas editoriales decidan probar suerte con la ciencia ficción), te fiarás de ellos, comprarás los libros que editan (¿Qué menos? Vienen del fándom, como tú..., y, no lo olvides: si perseveras, tú puedes ser el siguiente) y mantendrás a flote su colección o revista. Éstas alcanzarán en un momento u otro su nivel óptimo de ventas, lo cual llamará a la competencia, que invertirá en el género, hasta que el mercado se sature por el exceso de publicaciones profesionales y colecciones especializadas, el aficionado medio deje de poder permitirse el estar al día, ello condene a la muerte (o al cierre: tampoco debemos dramatizar) a quienes no se adapten a los cambios o no resulten competitivos, y vuelta al principio. El péndulo se volverá a cernir sobre nosotros, amenazante; pero esta vez ya no será el péndulo de Foucault, sino el del cuento de Edgar Allan Poe.
Ésta es, en resumen, la famosa teoría del péndulo, o de los ciclos, o como la queráis llamar. Contiene la cantidad justa de sentido común como para atraer a los lectores de Isaac Asimov y Star Trek. Encierra las lecciones de moral necesarias para fidelizar a un lector de Orson Scott Card. La fascinación por las constantes y los ciclos se nos antoja suficiente como para que se la traguen un aficionado a la ciencia ficción dura o un marxista recalcitrante. El elemento cabalístico aparece con las dosis necesarias para convencer sin reservas a los lectores de terror y conspiranoias. El catastrofismo de la situación la hace atractiva para los espectadores de blockbusters del tipo de Los diez mandamientos o Armagedón. El toque de darwinismo social es capaz de hacer que se la trague un lector inveterado de CF de la Edad de Oro. El halo de predestinación y de tú-puedes-salvar-al-mundo-de-la-ley-del-péndulo que desprende la hará irresistible a los ojos de un lector de J. R. R. Tolkien y productos derivados. La teoría el péndulo se nos presenta como una Gran Verdad, porque funciona, porque siempre ha funcionado y porque no tiene por qué dejar de hacerlo, como el chiringuito que monta el Gran Hermano en la novela de Orwell; y, precisamente por ello, la damos por buena, y la esperamos con ansiedad cada equis tiempo, como al Gordo de Navidad, los Juegos Olímpicos, el cometa Halley o, saliéndonos del terreno de lo macro, las facturas del móvil y el ADSL Es, pues, un valor seguro.
Porque lo cierto es que la teoría del péndulo, que había funcionado durante los años setenta y ochenta, dejó de hacerlo en los noventa. El género se consolidó a medida que la década avanzaba, por diferentes motivos, casi todos ellos relacionados con Internet: la ampliación de la base de los aficionados, o la dinamización que produce la transmisión de noticias y vivencias en tiempo real. No deja de ser irónico que los lectores de ciencia ficción, celosos guardianes de los secretos del futuro de la Humanidad, no fuéramos capaces de intuir el potencial de Internet, y matásemos la espera del siguiente ciclo mortífero leyendo algún libro de William Gibson o de Bruce Sterling. La adscripción al sector del fándom que lleva veinte años considerando el ciberpunk como una moda pasajera y preconizando su muerte inminente tampoco puede servir como excusa: al fin y al cabo, ¿no nos quedó lo suficientemente claro que Asimov había creado al Mulo para hacernos dudar del determinismo y para demostrarnos que los individuos y las teorías del caos pueden tener cabida incluso en el más racional de los universos?
Las tendencias existen. Puede haber nuevas crisis. Ningún crecimiento tiene por qué ser ilimitado, y mucho menos en un género que, mal que nos pese, continúa siendo minoritario. Pero los ciclos inexorables, tal y como los entendíamos a principios de los años noventa, y tal como los describíamos en los editoriales y cartas al director de nuestros fanzines y revistas favoritos, hace tiempo que dejaron de existir.
Hay cambios irreversibles. Y el final del formato bolsillo para publicar novedades fue uno de ellos. Por ese motivo, los títulos que Ultramar editó un par de años después del amago de cierre tenían unos precios de venta al público cercanos a las 1.500 pesetas. El doble de lo que habrían costado en 1991.
Acabábamos de empezar la Edad de Oro de la ciencia ficción española, y ya nos llevábamos los primeros disgustos.
Para compensar, teníamos dos revistas profesionales y un fanzine con mentalidad de revista profesional.
Gigameshdio el salto de fanzine a revista, aún dirigida por su editor, Alejo Cuervo. Los tres números aparecidos durante 1991 le pusieron muy alto el listón a las publicaciones del fándom. El plato fuerte del primer número (excepción hecha del poema de J. R. R. Tolkien) era el ensayo de Norman Spinrad, «El emperador de todas las cosas», que te explicaba de una tacada El juego de Ender, La guerra de las galaxias y El héroe de las mil caras. La sección de críticas era larga, muy larga, y enjundiosa. El hit parida cumplía su función a las mil maravillas. Los títulos pervertidos eran a cual más desopilante.
El segundo número, un especial Stanislaw Lem, contenía la reedición de un ensayo de Luis Goytisolo que había aparecido en El País; en él seguía la broma urdida por el autor polaco en Vacío perfecto y arrojaba nuevas claves sobre Gigamesh, la novela del irlandés Patrick Hannahan.
El siguiente número era un especial ciberpunk absolutamente memorable.
Gigamesh empezaba a lo grande, y todos presentíamos que iba a ser uno de los grandes motores del cambio que estaba comenzando.
El siguiente número tardó más de tres años en aparecer. Pero ésa es otra historia.
En términos económicos, esa etapa de Gigamesh fue un pésimo negocio. Recuerdo una visita a casa de Alejo (tal vez en 1991, acaso un año después). Las figuritas de Warhammer sin pintar abarrotaban una estantería del salón, y había una habitación íntegramente consagrada a albergar los ejemplares no vendidos de aquellos tres números. Más tarde tuvo que venderlos al peso, como papel viejo. Estábamos creciendo, pero nuestras publicaciones seguían teniendo un techo de ventas bastante reducido, de 1.500 ejemplares, probablemente algunos cientos más; en ningún caso 15.000.
Desde el punto de vista creativo, no obstante, la primera etapa de Gigamesh revista tuvo mejores resultados. Perfeccionó un modelo de revista sobre literatura fantástica basado en una sección muy potente de críticas literarias, y en la importación de los mejores relatos y ensayos procedentes del extranjero.
Blade Runner Magazine seguía este modelo, pero los contenidos y la maquetación dejaban mucho que desear. Si no hubiera existido Gigamesh, habría sido el complemento ideal de BEM. Pero las tensiones que se produjeron entre Alejo Cuervo y Carlos Mesa a raíz de la publicación por parte del primero de una crítica muy negativa de la Guía de lecturade Miquel Barceló (obra en la que, por cierto, no se mencionaba la existencia de Gigamesh fanzine, una de las publicaciones importantes de los años ochenta, como sabrá cualquier conocedor del género) hicieron estallar la primera guerra fandomita de la era moderna. Los detalles están en la hemeroteca, y se ha hablado largo y tendido sobre ellos, de modo que pasaré de puntillas sobre este enojoso asunto, que marcó los primeros años del boom y que, en cierto modo, definió los bandos existentes en el fándom. Baste saber que, en un momento dado, las tensiones provocaron la salida del proyecto de Alejo y unos cuantos colaboradores (Juanma Barranquero, Jordi Costa, Salvador González, Cristina Macía, Nacho Maroto, Jesús Palacios, Francisco Pérez Navarro, Cels Piñol, Jordi Sánchez Navarro, Alberto Santos y Albert Solé). El problema de fondo no fue tanto la exigencia por parte de Alejo de cobrar más por sus colaboraciones (motivo argüido por Carlos Mesa en su incendiario artículo aparecido en BEM 12) como las continuas intromisiones de Blade Runner Magazine en los textos que se le entregaban, y que llegaron hasta el extremo de realizar corrección de contenidos y poner en boca de los colaboradores las opiniones personales de los redactores de la revista. Una práctica que, se mire como se mire, resulta inadmisible en cualquier publicación que pretenda ser profesional.
El artículo de Carlos Mesa provocó una réplica magistral de Cristina Macía en BEM 13, que pasó a ser nuestra heroína (y sigue siéndolo), y varias réplicas dentro de réplicas dentro de réplicas, que mantuvieron viva la polémica hasta el número 16.
Más allá de lo anecdótico, la polémica puso de manifiesto que en el fándom había dos partidos, grupos, fuerzas profundas, sectores, sensibilidades, bandas o banderías, como se quieran llamar, y, dependiendo de lo que opinases sobre el particular, corrías el riesgo de que te tildasen de cenobitao bemita.
La entrega de los premios Gigamesh, en el transcurso de la hispacón de Barcelona, fue un clarísimo exponente de esta brecha. Se concedieron sendas menciones especiales a Ciencia ficción. Las 100 mejores novelas, de David Pringle y Ciencia ficción: Guía de lectura, de Miquel Barceló. El aplauso a la primera fue moderado, pero la ovación a la segunda fue de las que hacen historia, y posteriormente se insistió mucho en ello. También es cierto que Miquel Barceló estaba presente en la hispacón, y David Pringle no. Se me ocurre.
Si analizamos la intrahistoria del fándom, nos encontramos con esa tendencia tan española a discutir por todo, hasta el punto de que, tantos año después, resulta difícil juntar a media docena de friquis que estuvieran en activo en aquella época, sin que tarde o temprano terminen saliendo a colación viejas querellas que se mantienen vivas pese a que, en el fondo, carecieron de importancia, como si nuestras pautas de comportamiento fueran las de los personajes de Astérix en Córcega. La renovación del fándom que se produjo a finales de la década de los noventa, por obra y milagro del IRC y las listas de correo de Internet, ayudó a limar estas asperezas: al entrar muchos jóvenes aficionados, a quienes esas historias ni les iban ni les venían, todo aquello dejó de resultar relevante. Cosa que hemos ganado.
El caso es que BEMno consistía sólo en polémicas. A lo largo de 1991, Pedro Jorge y Ricard de la Casa deciden finiquitar el fanzine no ficción y refundirlo con BEM; al mismo tiempo, lanzan un tercer fanzine, Factoría, que llevaban tiempo anunciando, y se integra asimismo en BEM. De este modo, la publicación del Grupo Interface trasciende el papel que hasta entonces había asumido –un fanzine de noticias que seguía el modelo de Locus– y gana en intensidad y profundidad de contenidos. El salto cualitativo se produce en el número 13, uno de esos hitos que cualquier aficionado debería atesorar en su friquiteca.
El primero de los relatos de aquel Factoría dentro de BEM se titulaba «La estrella», y venía firmado por Elia Barceló. Mantenía el nivel de los mejores cuentos de su recopilación Sagrada, y no era difícil intuir que daría que hablar. Narraba los pormenores de dos expediciones paralelas al planeta Tierra, pero una Tierra del futuro remoto, un infierno convertido en inhabitable por culpa de la Humanidad. Además de ser uno de los máximos exponentes de dos de las temáticas favoritas de Elia, el uso del lenguaje y el manejo del punto de vista, «La estrella» contenía ese punto extra de excelencia que no leíamos (en formato revista) desde los tiempos de Nueva Dimensión. Era un relato de personajes y situaciones, pero también de extrañeza ante el reflejo que nos devolvían unos seres que no sabíamos si interpretar como ilusiones o reversos trascendentes de nosotros mismos. Con este relato, Elia, Ricard y Pedro inauguraban el boom de los años noventa, la Edad de Oro de la ciencia ficción española.
Opinión que, dieciséis años después, sigue plenamente vigente, como podréis comprobar cuando leáis el relato de Elia.
A continuación se podía leer un relato que no le andaba a la zaga. «De entre la niebla», de Rafael Marín, era una joyita de orfebrería, una historia breve y oscurísima acerca de un ser tan antiguo como la misma humanidad, una odisea desarrollada en las calles de una Cádiz espectral y atemporal.
Ambos relatos se complementaban, y le dotaban al número de una coherencia que nos advertía de que algo muy grande estaba empezando a ocurrir.
Y, en efecto, algo muy grande ocurrió: la primera edición de los premios UPC.
Con Miquel Barceló como factótum, la Universidad Politécnica de Catalunya convocó un premio internacional de ciencia ficción, el mejor dotado económicamente en todo el mundo. Se admitían originales en inglés, francés, catalán y castellano. De las setenta novelas cortas recibidas, el jurado escogió las tres que habrían de conformar el primero de los volúmenes que, desde entonces, aparecen puntualmente en la colección Nova CF.
El resultado de aquella primera edición contenía una carga simbólica evidente, una especie de santísima trinidad que reflejaba el estado de las cosas, nos permitía hablar de tres generaciones literarias y anticipaba algunas de las constantes que asumió la ciencia ficción española durante el siguiente decenio.
«El círculo de piedra», de Ángel Torres Quesada, venía a reconocer los méritos de uno de los autores clásicos de la ciencia ficción española. Con una estética y un desarrollo de bolsilibro, su novela corta poseía una ambición que hasta entonces sólo se le había leído en el fallido ciclo de los Dioses y en la casi redonda trilogía de las Islas. Aquella historia de mundos paralelos en una Nueva York de pesadilla nos presentaba al ayer, al pasado, pero un ayer empeñado en mejorarse a sí mismo. El tiempo demostró que, de todos los autores de los gloriosos años setenta, Ángel Torres fue el que mejor se supo adaptar a la nueva situación, y siguió produciendo a buen ritmo. Ese mismo año apareció su novela La dama de plata en la colección Etiqueta Futura, de Júcar.
El hoy era Rafael Marín, ganador ex aequo junto con Ángel Torres, por «Mundo de dioses». Concebida como un guión de cómic, fue la base de la novela homónima, que apareció seis años después, también en Nova CF. Eran los años en que Rafa estaba a punto de dar el salto a la Marvel, y aquella novela corta tenía mucho de Marvel. Ese mundo de mutantes y superhéroes contenía momentos memorables, y, junto con la publicación de «De entre la niebla», presentaba al gaditano como la figura más destacada de aquel renacimiento, el auténtico caballo ganador de la década prodigiosa que se avecinaba.
El mañana era una incógnita, un tal Javier Negrete, de quien sólo sabíamos que era profesor de griego en Plasencia y que había traducido algún libro para Acervo. Su novela, «La luna quieta», resultó ser la mejor escrita de las tres (o la más literaria, como se prefiera), aunque tal vez resultara demasiado mainstream como para convencer al jurado de un premio de novela de ciencia ficción. Estaba claro que aquel joven autor era el descubrimiento de la primera edición del UPC, y lo cierto es que sus obras posteriores fueron mejorando, hasta convertirse en lo que hoy es: el mejor autor español de literatura fantástica que continúa publicando en colecciones especializadas. Y el más versátil. El tiempo ha demostrado que aún era demasiado pronto para que ganara el UPC, pero el mensaje estaba demasiado claro: Negrete iba a por todas.
Aún nos faltaban unos meses para darnos cuenta de todo eso, pues la antología de las historias ganadoras apareció en la primavera de 1992. Lo único que conocíamos a ciencia cierta era el palmarés del premio.
No era el único premio relevante. Tras unos inicios titubeantes, a causa de la dimisión de varios miembros de la Junta, la aún nonata AEFCF convocó dos premios. El primero, abierto a todos los asistentes a la hispacón de Barcelona, premiaría el mejor material aparecido en España durante el año en curso; y el segundo, otorgado por un jurado, valoraría el mejor relato inédito.
Los nombres eran bastante obvios, teniendo en cuenta que la tradición de la ciencia ficción española no daba para mucho más: Ignotus y Aznar.
Si no tienes ni la más remota idea de quién era el coronel Ignotus y qué era la saga de los Aznar, ¿se puede saber qué haces leyendo este libro?
En realidad, había más nombres, pero aquellos resultarían identificables para los aficionados, que los podrían asumir como suyos y apadrinar, como hacemos con los Hugo o los Oscar.
El premio Aznar tuvo un ganador clarísimo, que apareció publicado en el combozine(publicación oficial de la hispacón) de Barcelona. Y ese ganador venía a complementar el panorama que había quedado esbozado con el palmarés del UPC.
Ángel Torres Quesada era el escritor curtido que se reinventaba a sí mismo y ofrecía sus obras más maduras en el momento adecuado, como si hubiera sido consciente de que por fin el mercado se reactivaba.
Rafael Marín era el autor autor que había ido curtiéndose durante la década oscura, y por fin asumía el papel que se le había escatimado durante aquellos años de sequía fandomítica.
Javier Negrete era el recién llegado, sin credenciales de ningún tipo en el fándom, pero que estaba llamado a crecer en el futuro, y llegar hasta donde ningún autor habría soñado décadas antes que se podría llegar.
César Mallorquí pertenecía a un cuarto paradigma: el del joven aficionado que había presenciado estupefacto los coletazos finales del viejo fándom, representado por Nueva Dimensión, había dedicado la década oscura a otras actividades profesionales completamente ajenas a la CF (en su caso, la publicidad), y reaparecía en los albores de los noventa ofreciéndole al género todo ese bagaje adquirido, para innovar su lenguaje y sus maneras.
César Mallorquí estaba ofreciendo a la ciencia ficción española unas señas de identidad propias, que en su tiempo se malinterpretaron (motivo, supongo, por el que tardó ocho años en ganar el Ignotus), algo que pudiera reclamar el derecho a llamarse «ciencia ficción española», y no «ciencia ficción escrita por autores españoles en lenguas oficiales españolas». Se cayó en la postura reduccionista de creer que la ciencia ficción española (o castiza) era un artificio de charanga y pandereta, y que pasaba forzosamente por poner nombres españoles a los personajes. Aquello llegó más tarde, mediada la década, y se denominó cachava y boina (por aproximación a la espada y brujería). Pero ya llegaremos a eso.
Para lo que nos interesa, César Mallorquí estaba continuando la senda abierta década y media antes por Gabriel Bermúdez Castillo en obras como Viaje a un planeta wu-wei. Y consistía en más, mucho más que limitarse a crear personajes gitanos, y decir por ello que se estaba innovando.
Leído en la actualidad, «El mensaje perdido (A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya)» no es ni por asomo el mejor de los magníficos relatos que César Mallorquí encadenó durante la primera mitad de los noventa, pero no se le puede negar un encanto muy peculiar. Todo en él es épico. Narra la historia de Gedeón Montoya, un gitano del Sacromonte granadino, cuya cabecita de recién nacido se interpone en el camino de un rayo de luz coherente enviado por una inteligencia extraterrestre; de este modo, Gedeón adquiere el don de la omnisciencia. A partir de ese momento, el relato deriva por los vericuetos más lisérgicos, y nos ofrece una versión muy original del personaje artúrico de Ginebra, todo ello pasado por el tamiz del James George Frazer de La rama dorada y el Robert Graves de La diosa blanca. El resultado es un exceso conceptual, que se lee con verdadero interés y deja claro que, por primera vez en toda esta historia, César Mallorquí estaba ofreciendo a los lectores algo realmente nuevo. Ciencia ficción española. Personalidad propia. Personajes creíbles. Un estilo acojonantemente dinámico. Una historia narrada en tres dimensiones.
Ganó de calle aquel premio Aznar.
En segundo lugar quedó una historia mía, «Recuerda, aquello, sueños, nosotros tres», que no puedo juzgar con criterios literarios, pero que, releída dieciséis años después, me arranca una sonrisa de ternura. Era una mezcla de Más que humano, de Theodore Sturgeon, y Arrebato, la película de Iván Zulueta. Supongo que, en aquella época, mezclar dos influencias tan dispares resultaba original. Cualquier día la rescato y le doy un pulido de arriba abajo: lo necesita.
Pero, volviendo a BEM, el listado de cuentos no se limitaba a Elia Barceló y Rafael Marín. También apareció una historia de Gabriel Bermúdez, «La carrera docente», que apenas aportaba nada a la trayectoria del autor de El señor de la rueda.
Y un relato de Javier Redal, «Extraviado», que retomaba su poética de ciencia ficción dura más o menos donde la había dejado cuando escribió «Naufragio en Titán». No estaba tan logrado como éste (que, no en vano, había sido seleccionado por Domingo Santos en Lo mejor de la ciencia ficción española), pero la historia se le daba un aire. ¿Por qué sorprendía «Naufragio en Titán», pero «Extraviado» te dejaba como estabas? La respuesta habría que buscarla en dos novelas de Javier Redal: Mundos en el abismo e Hijos de la eternidad, escritas ambas en colaboración con Juan Miguel Aguilera.
Mejor que estos dos relatos, y más novedoso, resultaba «Cofres», de Juan Carlos Planells, otro de los buenos autores damnificados por la década oscura de los ochenta y que empezaron los noventa con mucha fuerza y ansias de contar historias originales con un lenguaje hasta entonces inédito en la ciencia ficción española. Sin llegar a alcanzar el nivel de relatos posteriores, Planells presentaba sus credenciales con una historia atmosférica y envolvente, narrada con la convicción y el estilo de Octavia Butler. En resumen, un relato original.
Pero la aparición de relatos de ciencia ficción española no se circunscribía a los aparecidos en BEM. Era la publicación que marcaba el paso, y lo siguió siendo durante el primer lustro de los noventa. Pero tenía algunas compañeras de viaje.
En primer lugar, Elfstone. El fanzine de Santiago García Soláns inauguró lo que siempre he llamado «la generación del DIN A5», que dio al género publicaciones de referencia, como Kenbeo Kenmaro, Parsifal o Núcleo Ubik. En sus primeros números, aparecidos con una puntualidad envidiable, se publicó una literatura fantástica diferente, de perfiles netamente humanistas. La sección de José Manuel Ferrández Bru, que habría de convertirse en el primer presidente de la Sociedad Tolkien Española (STE), hablaba de novelas fantásticas diferentes. Y era deliciosa, tan deliciosa como el resto de los contenidos del fanzine zaragozano. Había relatos que aun hoy continúan siendo interesantes, como «En pos de un pensamiento», de Santiago García Soláns, o «El último arlequín», de Moisés Friginal. No obstante, el plato fuerte de aquella etapa de Elfstone venía de Gijón, apareció serializado en los números 6 y 7, y compartía algunas preocupaciones temáticas con «El mensaje perdido», de César Mallorquí. Ese relato se titulaba «La torre de la serpiente», estaba firmado por Javier Cuevas (quien ya había publicado un relato estimable, «La cosecha», en el emblemático Maser de los hermanos Juan José y Jesús Parera).
¿Qué había de novedoso en «La torre de la serpiente»? Si se analiza fríamente, nada: es una historia de fantasía épica, deudora de Robert E. Howard, aunque un punto por encima de la fantasía rigurosamente mimética que se podía leer en Lhork, la publicación howardiana por antonomasia. Porque Javier Cuevas no se había quedado en el ejercicio de estilo, y su personaje, Rauren Prendar, no era un bárbaro al uso. Por el contrario, era un guerrero astur que luchaba a lo largo y ancho de la Península Ibérica de la Alta Edad Media. Poseía una personalidad propia, que tanto Cuevas como Rodolfo Martínez y José Luis Rendueles desarrollaron en historias posteriores, y parecía inaugurar una corriente historicista de la fantasía heroica aparecida en las publicaciones de fándom.
Evolución convergente. Autores diferentes que utilizan recursos diversos y distintos enfoques para hablar simultáneamente de lo mismo: una literatura fantástica española dotada de una voz propia.
Lo mismo que había hecho Rafael Marín en «De entre la niebla», pero con un enunciado mucho más claro: recrear mitos universales empleando una voz inconfundiblemente local.
Lo mismo que había intentado Rafael Marín en «Cuando el ámbar asomaba», uno de los platos fuertes del número 3 Sueño del Fevre, un tocho de doscientas páginas que en su momento marcó un máximo histórico de páginas en publicaciones de fándom.
Sueño del Fevreera el empeño personal de Carlos Díaz Maroto, asistido por los aficionados que, durante los meses que nos ocupan, abandonaron en bloque el Círculo de Lhork y, con el nombre genérico de Licántropos Asociados, se convirtieron en socios fundadores de la tertulia de literatura fantástica de Madrid (TerMa). Sus preocupaciones estaban bastante bien definidas: terror, fantasía heroica y cine. Muchos de los relatos de aquel número desprenden hoy un encanto pulp que los acerca a Lovecraft o Howard, más que a la literatura española que se cultivaría durante la década de los noventa. Pero otros, aun dejando clara esa influencia lovecraftiana, se adentraban en terreno virgen; era el caso de «Más allá de la biblioteca», de Rodolfo Martínez, una historia de terror bastante previsible, que no obstante estaba narrada como si se tratase de una novela juvenil, o de un nuevo caso de la pandilla de los Cinco, de Enyd Blyton.
Aquél era el panorama del mundillo a primeras horas de la mañana del 21 de diciembre de 1991. Una comunidad hasta entonces hibernada, que despertaba poco a poco de su letargo y se embarcaba en mil y una actividades, a cual más atrevida, a cual más inocente. Un valiente mundo nuevo.
Sólo faltaba poner en contacto directo a todos los implicados.
Hacia el infinito... ¿y más allá? (La ciencia ficción española en 1991). (1 de 4)
¿Quién dijo que la BarraCon de Vigo no sirvió para nada? En el transcurso de la hispacón de 2005, mientras se consumaba la debacle del modelo tradicional de hispacones, un grupo de intrépidos friquis tomamos al asalto el bar de al lado del centro de convenciones y, durante media semana, montamos una hispacón paralela que sólo interrumpíamos para intervenir en los actos en los que ya habíamos confirmado asistencia, participación o moderación. El bar Cosmos se convirtió en nuestra auténtica hispacón. Por más que lo intentábamos, no había manera de engancharnos a la hispacón oficial: cada vez que nos acercábamos, el despropósito era mayor. Tal editor no tenía lugar donde exponer los libros. Tal otro editor no había podido asistir a la mesa redonda sobre editores (único motivo de su viaje a Vigo) porque no le habían notificado el horario definitivo y, cuando había llegado, la mesa se había celebrado. Etcétera. Visto lo visto, mientras el triángulo compuesto por Xatafi en pleno, Alfredo Álamo y José Antonio Cotrina se daban a interminables partidas de Falling, y Gijón en pleno se echaba unas risas con Alejo, Lektu y servidor, en ocasiones salían a colación asuntos más serios. Negocios, vamos. Dos editores discutían acerca de la obra por la que ambos habían preguntado al mismo agente literario (en plan "¿Te la quedas tú o me la quedo yo?"). Al mismo tiempo, intentábamos animar al editor que se había hecho los mil kilómetros en balde, porque la organización no le había notificado el cambio de horario de la mesa en la que participaba; de hecho, de allí salió una propuesta de hispacón que al final no se llevó a cabo. Y Luis G. Prado y Rodolfo Martínez me intentaban liar para un proyecto que se traían entre manos: seleccionar una serie de antologías de los premios Ignotus españoles, una especie de Los premios Hugo, con Rudy ejerciendo de maestro de ceremonias, en plan Isaac Asimov. El reto, por supuesto, estribaría en comprobar cómo se las arreglaba Rudy para presentar sus propios cuentos. Llegados a cierto punto, hicieron labor de zapa y me propusieran que participara en el proyecto con unos ensayos, que llevarían el título genérico de "Así fue, así os lo cuento", en los que se pusiera a los lectores en situación y se desglosaran los hechos friquis y bibliográficos más importantes de cada año en cuestión. Un resumen de cada año. Bien, eso podía hacerlo sin demasiados problemas. El proyecto era ambicioso, unos seis o siete volúmenes, y sería una buena ocasión para recapitular, releer cuentos ya casi olvidados y cerrar la serie de ensayos sobre la historia del boom de la década de 1990 que, por activa o por pasiva, venía escribiendo desde hacía tiempo. Dije que sí.
Pasó el tiempo y mis circunstancias cambiaron, lo que se tradujo en que escribí mi parte tarde y a toda prisa, como siempre. Me quedó un ensayo introductorio de la ciencia ficción de 1991, el que vais a leer a continuación, que no se correspondía en exceso con la filosofía del proyecto: demasiado extenso, demasiado divagatorio, demasiado personal, demasiado testamentario. Le sobraban seis mil palabras como mínimo, y el enfoque en plan "yo, yo, yo", pero no tuve ocasión de reescribirlo. Después llegó mi frenesí de hacerme autónomo, y a continuación mis mudanzas, y me encontré con que lo que no tenía era tiempo ni acceso físico a los fanzines y libros de la época, que están apilados en cajas no muy accesibles, en un garaje.
También cambiaron las circunstancias de Bibliópolis, su metamorfosis en Alamut y su desvincunlación del proyecto. Y llegó un momento, hará un año y pico, en que nos encontramos con un proyecto huérfano y en busca de editor. Y con uno de los colaboradores, yo mismo, que no había cumplido nada más que con una cuarta parte de su encargo, y ésta ni siquiera era válida como introducción.
Las nuevas circunstancias del mercado editorial, con la irrupción del libro electrónica y las pequeñas editoriales que imprimen sobre demanda, pueden estar obrando a favor del proyecto. De hecho, en las últimas conversaciones que he tenido con Rudy acerca de este asunto, parece que la cosa es más viable que hace un par de años, precisamente porque hay más cauces que antes para dar salida a un proyecto cuya filosofía implica una tirada corta pero con ventas aseguradas. Por desgracia me pilla en un momento en el que estoy de retirada del fándom, pues la terrible mezcla de falta de tiempo, falta de acceso al material de consulta y (sobre todo) falta de motivación me tiene sumido en una excedencia voluntaria que muy bien podría convertirse en prejubilación. No obstante, el proyecto siempre me ha parecido atractivo, quiero acabar lo que he empezado y, en resumen, si sale adelante, creo que me merece la pena hacer una excepción (como he estado haciendo hasta ahora con Artifex y como voy a seguir haciendo en lo sucesivo con Hélice y Prospectiva) y colaborar con estas antologías de los Ignotus, al menos en los dos o tres primeros volúmenes, los correspondientes a la década de 1990. Me apetece, por cumplir con la palabra que di en su momento a Rudy, porque me apetece cerrar la serie de ensayos sobre el boom de la ciencia ficción española de la década de 1990 con una recapitulación final y definitiva, y porque toda la gente de la que hablo en esas páginas se merece un reconocimiento expreso.
Por supuesto, si el proyecto sigue adelante, el ensayito correspondiente a 1991 no tendría nada que ver con éste. Como digo, me parece excesivo para una recopilación de relatos que necesitan otro tipo de ensayo introductorio, algo más general y, sobre todo, que no tenga el doble de extensión que el relato ganador del Ignotus de aquel año. No obstante, y ya que el ensayo está escrito, me parecería un desperdicio dejarlo inédito, de modo que lo subo al blog, previo permiso de Rudy. Mantengo todas las alusiones a la recopilación de los relato ganadores de los premios Ignotus. Y, por aquello de no hacerlo interminable, lo divido en cuatro partes. Aquí está la primera. En días sucesivos podréis leer las otras tres.
Quienes vivisteis aquello de primera mano podéis acotar, completar, desmentir o corroborar. Quienes no tuvisteis esa suerte pero queréis saber los orígenes del fándom actual podéis opinar. Y a quienes pasáis del tema sólo os pido que le deis una oportunidad a este ensayito, para que os hagáis una idea de cómo fue, en el plano personal y creativo, una de las etapas más interesantes de la historia de la ciencia ficción española hecha por aficionados y para aficionados.
Sea como sea, espero que os guste.
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España es diferente; tal vez por ello, el renacimiento de la ciencia ficción patria comenzó enLa Haya, en el transcurso de una convención mundial. Pocos o ninguno de los asistentes al evento había participado en hispacones, ya que la última databa de unos diez años antes. Contemplo las fotos de La Haya, envejecidas por el tiempo, y veo a los artífices del milagro.
Todos están más delgados, con más pelo y, huelga decirlo, más jóvenes. Algunos han abandonado el fándom, otros se han consolidado en él, y hay quien se ha mantenido al margen del mismo aunque haya franqueado sus fronteras en contadas ocasiones.
Todos desbordan optimismo e ilusión. Algunos siguen siendo amigos o compañeros de trabajo, y otros se han retirado el saludo o se perdieron la pista tras el regreso a Barcelona, de donde había partido la expedición. Es la foto fija de un grupo de veinte pioneros durante un momento único, que tal vez les cambiara las vidas; una foto que no se podrá repetir, porque las circunstancias han cambiado, y la camaradería que reinaba en aquella ocasión se disolvió con el tiempo: unos meses..., quince años... Da igual.
Si os apetece interpretarlo en esos términos, lo que vais a leer en este y los posteriores volúmenes deLos premios Ignotus es la historia de la fragmentación de aquel grupo.
Por lo que a mí respecta, me habría dado lo mismo asistir a La Haya que no hacerlo, porque mi trayectoria en el fándom apenas habría experimentado cambios: el friqui nace, no se hace. Pero en aquel momento, en el transcurso del verano de 1990, yo era un jovencito que acababa de cumplir veinte años, y mi mayor trauma existencial estribaba en el hecho de que mi madre no me dejaba viajar a La Haya. Los restos de la asociación Antares perdían a uno de sus efectivos, aunque enviaban una representación bastante bien nutrida a la WorldCon: Julián Díez, Adalberto de Osma y Susana Vallejo.
Pero yo no podía ir a La Haya. Las excusas oficiales de mi madre (que yo no trabajaba, que para esas fechas ya no había vuelos disponibles entre Mallorca y Barcelona, y que no pensaba dejarme solo en Madrid) se me antojaban arbitrarias, y lo cierto es que la mujer terminó apiadándose de mí, y permitiéndome asistir a la WorldCon. Pero ya era demasiado tarde, las reservas que se habían canalizado a través de la librería Gigamesh ya estaban cerradas, y, en definitiva, se me había cortado el rollo. Ya me había hecho a la idea de que aquella historia no iba conmigo. Por eso me estuve muriendo de asco durante una semana interminable en el puerto de Pollença, sin nada mejor que hacer que prolongar las sobremesas hasta las seis de la tarde, mientras intentaba que mi sobrina de cuatro años se terminase el almuerzo, o leerme algún libro de Stanislaw Lem (Congreso de futurología, creo recordar). Y por eso agarré el cabreo del siglo cuando salimos de excursión a Formentor y vi un transbordador que zarpaba en aquel momento con rumbo a Barcelona, justo el día antes de la partida de la expedición a La Haya. Pude haber ido a una WorldCon.
El cabreo se convirtió en una sana envidia cuando quedé con Julián, Susana y Adalberto, para compartir su relato de los hechos. Lo más probable es que quedásemos en el pisito de estudiantes que José María Faraldo ocupaba en el Alto de Extremadura. Me atrevo a afirmar que también estaba presente Héctor Ramos, otro de los supervivientes de aquella tertulia que, a finales de los años ochenta, nos había hecho entrar en contacto con nuestros ídolos de la época de Nueva Dimensión: Agustín Jaureguízar, Carlos Saiz Cidoncha, Ignacio Romeo... La tertulia de Antares se había celebrado entre 1986 y 1989, y finalmente se había disgregado por obra y gracia de los choques generacionales y las tensiones internas. En cierta ocasión confeccionamos un organigrama, en el que todos teníamos algún cargo, excepto un socio de base: José Ángel Adame, a la sazón faneditor de Nexus. Francisco Arellano apareció en alguna que otra ocasión, igual que Paco Canales, o Frank G. Rubio, y probablemente Arturo Villarrubia, aunque no estoy del todo seguro. Aquello era todo lo que había, y saltó hecho añicos cuando el presidente, Ignacio Romeo, zanjó de una manera drástica (rompiendo su carné de socio, levantándose y largándose de ahí) una discusión entre Carlos Saiz Cidoncha y Frank G. Rubio. Dicho así, tal vez parezca un incidente serio, pero hay que conocer bien a ambos contendientes para darse cuenta de que aquello carecía de importancia, y que Cidoncha se estaba calentando por nada, mientras que Frank, el divino e insustituible Frank (la única persona a la que he visto recibir una ovación unánime por parte de los asistentes a una mesa redonda... a raíz de una intervención suya desde el público) agarraba un bolsilibro de Alan Comet y arrancaba a gritar con vehemencia:
—¡Esto! ¡Esto es la verdadera ciencia ficción española, y no esas mariconadas que leéis!
Antares entró en fase de supernova, y el grupo de amiguetes (Julián, Héctor, Susana, Faraldo, Adalberto y yo) nos empezamos a montar la guerra por nuestra cuenta. Nos habíamos agrupado en Antares a raíz de una carta de Julián al por entonces fanzine Gigamesh. Julián y Susana habían viajado a Barcelona, y regresaron obnubilados por la librería Gigamesh, que por aquel entonces compartía local con el negocio de cerámicas de la madre de Alejo. Años después, mientras digitalizaba el archivo fotográfico de Gigamesh, en las oficinas de la calle Ausiàs Marc, cayó en mis manos una fotografía tan interesante como sorprendente: una sesión de firmas de Robert Silverberg en la librería... entre estanterías llenas de botijos. La instantánea se repite, aunque cambian los protagonistas (Michael Moorcock, Terry Pratchett, Angélica Gorodischer...), y los botijos van siendo sustituidos paulatinamente por más y más libros.
A falta de una revista potente como Nueva Dimensión, la librería Gigamesh era el epicentro de la ciencia ficción española. Nos habíamos conocido a través del fanzine Gigamesh, y a través de sus páginas podíamos comprar material, pues en aquella época Gigamesh hacía venta por correo. Estábamos al tanto de las últimas novedades fanzineras (esos Maser, de los hermanos Juan José y Jesús Parera, Fandom, de Miguel Ángel Martínez, Blagdaross, de Manuel Berlanga, y Tránsito, de Joan Manel Ortiz), pero también de lo que se estaba publicando en el Cono Sur (con los Cuasar de Luis Pestarini) y en los países anglosajones. Si queríamos alguna recomendación, no teníamos más que esperarnos a que saliera la papeleta de los premios Gigamesh, y ahí podíamos elegir entre varias docenas de novelas y relatos de pata negra, generalmente aparecidos en Ultramar o cualquiera de las colecciones de literatura fantástica de Martínez Roca.
Yo era el friqui del fanzine, y tenía frito a todo aquel colaborador dispuesto a perder una o dos horas para descifrar mis cartas interminables y responderlas de una manera más o menos coherente: Alejo Cuervo, Catherine Zuber, Juanma Barranquero, Lluis Salvador... Ellos me recomendaban lecturas, me vendían libros, me enviaban el fanzine y me hablaban de la imposibilidad digamos estructural de celebrar una hispacón en España... si bien me recordaban la existencia de las TransCones, las cenas que organizaba el fanzine Tránsitoen Barcelona, y a las que llegaron a asistir hasta veinte comensales.
En Madrid no teníamos nada de aquello. Tan sólo una asociación, que terminó yéndose al carajo, y muchas, muchas ganas de hacer cosas.
Y mucha, mucha hambre. Cualquier excusa era buena para que Faraldo nos cocinase tripitas de titerote (vulgo salchichas) o sopa de hongos de Yuggoth. Eran un salto cualitativo con respecto a las croquetas sin freír de la cervecería Punto y Coma de la plaza de Santa Ana.
Quedábamos para jugar al rol, y en cierta ocasión José Ángel Adame se cabreó conmigo por haberlos dejado colgados de una semana para otra en la partida de Cthulhu que estaban jugando: parecía incapaz de comprender que a mi abuela le había dado un infarto. No volví a la partida.
De todos modos, ¿para qué regresar? Seguro que un ser multitentacular de aspecto blasfemo y ominoso me habría vuelto a dejar frito en cualquier claro de bosque de las inmediaciones de Providence...
Y también quedábamos para hablar, y para soñar.
La expedición a La Haya fue la culminación del sueño, de aquel sueño..., y el inicio de otro, mucho más consistente, del que aún no nos hemos despertado; tal vez, porque no es un sueño, sino la realidad.
Una vez se había terminado de desgranar el anecdotario de La Haya (que si Fulanito había meado al lado de Brian W. Aldiss, que si la hija de Poul Anderson estaba de agárrate y no te menees, que si Menganito había aprendido a montar en bici...), quedaba la impresión de que el viaje había sido más importante de lo que parecía.
Había gente nueva, de la que no sabíamos nada, y que estaba haciendo cosas importantes.
Había iniciativas.
El futuro acababa de comenzar.
Para empezar, estaba el Grupo Interface. A lo largo de 1990 y 1991, varios aficionados procedentes de la BBS El Libro de Arena, que regentaba Bucky Torres, se agruparon para formar Interface. Ricard de la Casay Pedro Jorge fueron los primeros en asociarse en el Grupo Interface; poco después, entró Joan Manel Ortiz, a la sazón director de Tránsito; y durante 1991 se les unieron Manuel Berlanga (director de Berserkr), Rodolfo Martínez y Javier Cuevas. Los tres últimos abandonaron Interface durante los dos años siguientes, y en su lugar entró el pucelano José Luis González. Ellos demostraron que era posible organizarse a través de la red (lo cual sonaba a ciencia ficción a principios de los años noventa), pero también en formato papel. El resultado de aquellos esfuerzos fue BEM, la publicación insignia de la ciencia ficción española durante la primera mitad de los noventa, y uno de los motores del fándom. Pero no era el único producto de Interface: también estaba el fanzine no ficción, que dio a conocer algunos de los mejores ensayos aparecidos hasta aquel momento en las publicaciones del fándom español, y terminó fusionándose con BEM.
También estaba el Círculo de Lhork, al que pertenecían algunos miembros de Interface. Editaban el fanzine Lhork, dirigido por Eugenio Fraile La Ossa, y en el transcurso de estos dos años había ido perdiendo efectivos, en particular los llamados Licántropos Asociados (Manuel Aguilar, Carlos Díaz Maroto, Eduardo Escalante, Luis Rodríguez Arrabé y Eugenio Sánchez Arrate), miembros fundadores de la futura tertulia de Madrid (TerMa).
Los años ochenta habían sido un páramo, una década oscura, y de repente eclosionaban los grupos de aficionados a la literatura fantástica. En Madrid. En Barcelona. En Cádiz. En Gijón. En Bilbao. En Valencia.
O en Zaragoza. Santiago García Soláns editaba el fanzine Elfstone, que prolongaría su existencia durante casi toda la década; entre sus colaboradores figuraban jóvenes aficionados locales, como Mateo Borreguero, Sonia Carreras y Moisés Friginal.
Los primeros años noventa son los de mayor actividad fanzinera, los de su formato clásico; no en vano, podríamos considerar Elfstone como el precedente de la que doy en llamar «generación del DIN A5». Santiago (Yago) asiste atónito al desenlace del encuentro de fanzines que se celebra en su ciudad en marzo de 1991, y que termina plasmándose en una polémica bastante cafre en las páginas de BEM.
Tiempos nuevos, tiempos salvajes.
Pero tal vez esté empezando la casa por el tejado. Nos falta el contexto histórico. Sin él, resulta difícil entender por qué nos maravillaba tanto todo aquello, qué podía haber de insólito en leer una discusión en las páginas de un fanzine, o en quedar a comer salchichas en casa de un contertulio, o en escuchar arrobado el relato de los asistentes a una reunión de aficionados allende nuestras fronteras, como si me estuvieran narrando un encuentro en la tercera fase. No puedo hablar de medio centenar de personas, si antes no explico de dónde han salido y por qué estaban allí en aquel momento, haciendo exactamente lo que estaban haciendo.