miércoles, 2 de noviembre de 2016

"Son ilusiones" en Retrofuturo

Pues sí, pues sí, este mes de noviembre me publican no uno sino dos cuentos. Aquí voy a hablar del que escribí antes. Aparecerá en la antología Retrofuturo. Una mirada a los años 70, que ha seleccionado el simpar Guillem López y que edita la no menos simpar editorial gaditana Cazador de Ratas. La cubierta, de Iván Ruso, ilustra mi relato "Son ilusiones", por lo que no dejo de sentirme el chico de la portada. Es una sensación extraña, sobre todo cuando escribes ficción de uvas a peras y cuando todos tus compañeros de reparto pertenecen a la primera fila de autores de relatos de la actual ciencia ficción española: Alfredo Álamo, Colectivo Juan de madre, Jesús Cañadas, Nieves Delgado, Cristina Jurado, Guillem López, Layla Martínez, Francisco Jota-Pérez, Sofía Rhei, Tamara Romero y Marian Womack, por citarlos en orden alfabético, Soy incapaz de decidir qué relato me gusta más: el nivel medio es muy elevado, todos los relatos son muy originales, y de verdad que es una antología muy consistente, que nos hemos quedado muy a gusto escribiendo los relatos y yo apostaría a que va a ser una de las sorpresas agradables y estimulantes de esta recta final de año.



Ahora bien, ¿qué es Retrofuturo? Pues, como dice el subtítulo, una mirada a los años setenta. En clave evocadora. En clave desmitificadora. En clave mitológica. Se trata de constatar que los años setenta siempre estuvieron ahí, en la chulería, en la actitud, en lo ético y en lo estético. En la exageración. En la iconoclastia. Ahora que los años ochenta están tan de moda, gracias a fenómenos mediáticos como Stranger Things, nos hemos marcado un momento retro, en todos los sentidos del término, lo cual nos ha permitido una libertad creativa absoluta y un nivel de idas de olla fantástico, a la par que una revisión creo que coherente. Al respecto, se nota, y mucho, la labor de edición de Guillem López: sin hablar de una antología ideológica, sí queda claro que todos estábamos pensando más o menos en lo mismo, aunque, y esto es maravilloso, potenciando nuestros respectivos estilos y concepciones ideológicas de la década macarra por antonomasia.


Guillem López se ha marcado, en apenas dos años, la mejor novela de 2015, la que tal vez sea la mejor novela de 2016 y una de las antologías más potentes de los últimos años. ¿Quién da más?

En otra entrada destriparé los contenidos de la antología, aunque sin adentrarme en la crítica: queda feo, ya que soy parte interesada. Solo comentaré que el origen de este Retrofuturo viene de una ida de olla en Facebook, en la que Alfredo Álamo y Guillem López comentaban, en clave jijí jajá, cómo serían las películas de la blaxploitation setentera en plan Shaft, si estuvieran narradas en clave retrofuturista. Unos cuantos inconscientes entramos al trapo, y el resto, como se suele decir, es historia. Guillem formó equipo en tiempo casi récord, apenas hubo un par de bajas en el camino que fueron suplidas también en tiempo récord, no tardamos demasiado en encontrar editor y, a partir de ahí, fiesta.
Debo destacar la absoluta entrega de Guillem al proyecto, que ha ido más allá de lo que es una edición al uso. Lo conocí en unas circunstancias un tanto peculiares. Cisco Bellabestia y Sara Herculano, sus editores de Aristas Martínez, venían a Barcelona a presentar la magnífica revista Presencia Humana Magazine, con la que colaboré en algunos de sus cinco números. Era la época en que Mireia aún era muy pequeñita y su ritmo de sueño nos tenía locos, así que Cisco y Sara tuvieron el enorme detalle de acercarse por mi barrio para tomar unos cafés, ponernos cara y voz, y pasarme los ejemplares de cortesía de PHMgz. Los acompañaba Guillem, colaborador habitual de la revista. Le iban a sacar una novela, y también estaba preocupado por asuntos de pañales, ya que estaba a punto de ser papá. Conectamos bien, y a partir de ahí la cosa no hizo sino mejorar. Me pidió participar en la presentación de su novela Challenger, y más tarde en la de La polilla en la casa del humo. Además, me dio un cheque en blanco al pedirme participar en esta antología desde su misma concepción. No dejaba de sentirme el intruso, porque llevaba quince años sin publicar ficción (aún no había aparecido mi primer relato desde 2001, "Blanca como la arena", en el estreno de Equinox, Junto a la hoguera). Me ayudó mucho a dar con el tono del relato, a buscar el punto de vista adecuado (suya es la sugerencia de comenzar in medias res, que creo que es uno de los aciertos del relato) y, en resumen, a desbloquearme en los momentos en que parecía que no arrancaba a comenzar el relato y parecía que no iba a entregar a tiempo. En resumen, si he podido acabar "Son ilusiones" y participar en este Retrofuturo, ha sido gracias a él.
¿De qué trata "Son ilusiones"? Ya escribiré otra entrada sobre todas las claves
Por cierto, me he permitido un pequeño juego con el lector: una lista de reproducción en Spotify que contiene todas las canciones que se mencionan o sugieren en el relato. Si veis que falta alguna, me lo decís y la añado.  que se pueden contar sin incurrir en el spoiler, pero, grosso modo, es un cuento teslapunk con el que creo inaugurar el nonainopunk
Os habéis quedado como estabais, ¿verdad? Vuelvo a intentarlo. "Son ilusiones" es mi homenaje a los años setenta, que viví desde el cascarón, siendo consciente de que pasaba algo aunque demasiado pequeño como para participar en ello. Los discos que llevaban mis hermanos a casa eran cada vez más ruidosos o macarras. En la calle había cargas de los grises día sí, día también, y a mi madre le mataron a una exalumna en una manifestación. Lo que ahora nos venden en Cuéntame era una pura mandanga, ahí pasaba algo. La transición no era una canción de Jarcha o Rosa León, sino una canción de Los Chichos o de Leño. El extrarradio se movía, yo estaba tan cómodo en mi colegio de curas de barrio bien, pero porque era pequeñito y no salía. El cuento trata de esos años setenta intuidos, pasados por un barniz de certezas que adquirí con el paso de los años y, por supuesto, con lo que pedía Guillem: retrofuturismo a tope. El teslapunk llegó solo, de la mano de la arquitectura de Antonio Palacios, cuya obra al margen de sus delirios de los primeros tiempos del franquismo es en sí misma retrofuturista. Y luego le puse la banda sonora, y el componente ucrónico. Creo que no dejo nada al azar, aunque alguna inconsistencia habrá. No pasa nada, ya la desarrollaré en otras historias; de hecho, tengo una continuación apalabrada, y hasta ahí puedo contar.
Como digo, en otra entrada hablaré del resto de los cuentos, aunque sin entrar en jardines críticos literarios, solo para apuntar algunas claves interesantes. Y, cuando el libro esté a la venta, 
Lo importante: espero que compréis la antología, porque merece la pena, y la disfrutéis en su justa medida; es decir, mucho. Ya me la comentáis. Gracias y un beso.

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viernes, 1 de abril de 2016

Sugerencias para la papeleta de los premios Ignotus 2016: (I) Algo de autobombo

Como todos los años desde la noche de los tiempos para acá, la AEFCFT convoca los premios Ignotus a los mejores contenidos de género fantástico del año anterior. Y, como todos los años, aprovecho para hacer autobombo y proselitismo. Para mayor comodidad, voy a dividir la entrada en dos: hoy toca el autobombo, y en la próxima, que supongo que publicaré la semana que viene porque ahora voy fatal de tiempo, tocará la de proselitismo de material ajeno. Todavía hay tiempo, podéis votar hasta el 24 de abril. Aquí os cuentan el proceso y qué hay que hacer.
Entre paternidad, trabajo y que estoy un poco en plan retirada del mundo fandomita, lo cierto es que este año tengo muy poquitos contenidos nominables, pero contamos con una novedad: uno de ellos es un relato. He vuelto a escribir ficción, e incluso me la han publicado, lo cual es una noticia en sí misma, si tenemos en cuenta la de años que llevaba sin terminar un relato. En 2016 habrá más. En ese aspecto no puedo quejarme.
Tampoco he sido muy prolífico como articulista, y el año que viene lo seré menos, pero en esa categoría sí que hay más material seleccionable. En todo caso, aporto menos material que otros años pero creo que todo él es consistente. Me vuelvo selectivo.

Dicho esto, acá van mis contenidos nominables, por categorías:

Cuento español


Artículo

  • "Prólogo" de Trece monos, en César Mallorquí, Trece monos (Fantascy)  

  • "Mirar al futuro para comprender el presente. Novela contemporánea española de ciencia ficción crítica", en colaboración con Alberto García-Teresa, en David Becerra Mayor (coord.), Convocando al fantasma. Novela crítica en la España actual (Tierradenadie Ediciones)

Un cuento de terror pagano ambientado en el Sáhara Español, un prólogo cabezón de los míos con el que prácticamente doy por cerrada mi introspección arqueológico-nostálgica del fandom español de los años noventa, un ensayo a cuatro manos (más bien las dos de Alberto con unas cuantas aportaciones mías) en el que analizamos uno de los agujeros negros de la crítica especializada en literatura fantástica (el elemento político y crítico en la ciencia ficción española, asunto sobre el que voy a regresar este año, de nuevo a varias manos) y una reflexión compartida (forma parte de la Doble Hélice, y hay que leerla junto con la aportación de Mikel Peregrina) sobre una de las antologías más importantes de la historia de la ciencia ficción española que, de manera harto significativa, ha pasado inadvertida para el fandom y lo ha petado en el mundo académico. 
No creo que sea mal bagaje, y refleja un poco mi estado de ánimo y mi incierto deambular entre pasado y presente: retomo el pasado como escritor de ficción y lo convierto en mi presente y seguramente futuro, echo el cierre a toda una línea de análisis que me ha llevado mucho tiempo y que creo que no da más de sí, me aventuro en las colaboraciones sobre asuntos poco trillados por la crítica, y repaso la historia del género a través de uno de sus mejores resúmenes.

Escribir tiene mucho de francotirador y de solitario, pero veo una nota común en todas mis aportaciones del año 2015: son fruto de colaboraciones directas o indirectas, partes de trabajos en equipo que van más allá del ensayo o el cuento escrito para uno mismo o porque se han limitado a pedírtelo y tú te limitas a escribirlo. Así que nobleza obliga, hay que ser agradecidos. Por supuesto, con Cristina, que me aguanta a diario las neuras e inseguridades, y Mireia, que lucha con toda su entropia infantil para que papá no esté pegado al ordenador haciendo frikadas y haga el favor de contarle un cuento o salir a jugar con ella.
"Blanca como la arena" habría sido imposible sin el estímulo que me ofrecieron en su momento Eduardo Vaquerizo (es el desarrollo de una trama secundaria de un cuento que no entregué en plazo para su antología Memorias de tinieblas), Rodolfo Martínez (como editor de Sportula, por haber valorado de forma positiva las páginas que llevaba escritas de ese relato inacabado, lo cual me hizo confiar en mis posibilidades de desarrollarlo a mi ritmo) y Luis G. Prado (por hacerme una oferta imposible de rechazar, que también me ha dado la motivación extra que necesitaba para seguir escribiendo), y que hace unos meses me dieron Noelia Montalbán y Tania Giménez, coordinadoras de Equinox, a quienes agradezco la confianza y los flujos de ideas.
El prólogo de Trece monos habría sido imposible sin los relatos y la personalidad de César Mallorquí, y sin los ánimos incesantes de Ricard Ruiz, quien me hizo la persona más feliz del mundo al ofrecerme precisamente este prólogo, el que he hecho con más ganas y convicción, cosa que creo que se nota. También debo destacar el trabajazo que Emilia Lope, primero, y Natalia Rodríguez, ahora, llevan a cabo en Fantascy. Y, claro está, el capote que me echó Susana Vallejo al cubrir mi baja de última hora en el acto de presentación del libro en Gigamesh.
En cuanto a la colaboración con Alberto García-Teresa, llevaba cosa de quince años sin escribir a cuatro manos y, aunque no dejo de repetir que el peso de la redacción final del artículo es de él, la fase de tormenta de ideas y de selección de los textos sobre los que íbamos a hablar ha sido un proceso realmente enriquecedor que me ha hecho descubrir muchos libros magníficos que no entiendo cómo podían estar fuera del radar del núcleo duro del fandom. Además, el ensayo colectivo en el que aparece publicado es de lectura obligada.
Y por último, el nuevo equipo de Hélice, comandado por Mariano Martín, Mikel Peregrina y Antonio Rómar, mantiene el buen hacer de esta publicación y la convierte en uno de los lugares más apetecibles donde publicar ensayos sobre el género. También tengo que darle las gracias a Ana Belén Ramos y Javier Fernández, de Cátedra, a Sara Martín y Alejo Cuervo, por esa charla de presentación en Gigamesh, y por supuesto a Julián Díez y Fernando Ángel Moreno, por haber hecho realidad uno de los libros más importantes que se han publicado en España sobre la ciencia ficción española.


Pues lo dicho: esto es lo que puedo aportar, por si tenéis dudas acerca de qué poner en vuestras papeletas. En cuanto a los contenidos de otros, en la próxima entrada ofreceré mis recomendaciones. Adelanto que van a ser pocas, ya que en 2015 leí bastante poco.




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viernes, 27 de junio de 2014

Él, de Podemos; ella, del PP

Tenían fecha y salón reservados, los trajes pagados y la prueba de menú recién hecha, pero él se negó a incluir una condena expresa a los crímenes de ETA en los votos matrimoniales, y a ella le parecía intolerable casarse mediante el método de primarias abiertas. 
Cancelaron la boda.

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miércoles, 8 de febrero de 2012

Sigue el Camino de Tejuelos Amarillos

Últimamente he perdido la costumbre de enlazar en Pornografía Emocional las entradas que escribo para Frikitecaris, más que nada porque en los últimos meses había dejado de actualizar aquel, y corría el riesgo de convertirlo en un aviso de actualizaciones de este. Sin embargo, de vez en cuando hay entradas que me dejan especialmente satisfecho, y no puedo dejar pasar la ocasión de reseñarlas. En este caso es un cuentecito, cosa que siempre me gusta, ya que tengo bastante oxidada mi vertiente literaria.
(Antes de que preguntéis: sí, llegué a comenzar mi novela; sí, alcancé la prodigiosa cifra de tres mil palabras; sí, la hija de su padre pudo conmigo antes de que me diera cuenta de que me estaba vacilando o, más bien, en realidad estaba escribiendo otra novela, una que quería dejar para más adelante, pero no la que me interesaba escribir en aquel momento. ¿Qué pasó? Me di por vencido y aparqué el tema. Fin de la historia... de momento.)
Algunas entradas de Frikitecaris se originan en la lista interna del blog. Alguien enlaza algún contenido, en plan "¡Oye! ¡Molaría una entrada sobre este asunto!", se produce la inevitable tormenta de ideas y, en general, acaba siendo uno mismo el que termina actualizando. En esta ocasión sucedió exactamente eso: me encontré con unos marcapáginas con forma de chapines colorados de Bruja Mala del Este, nos salió el argumento general en un pim pam de mensajes, Super Furry Librarian dio con la frase definitiva ("Sigue el Camino de Tejuelos Amarillos") y, en una mañana de no excesivo trabajo, parí la actualización.
El resultado, a continuación. Vale, tiene demasiadas remisiones internas al entorno bibliotecario (y, en concreto, a la jerga que utilizamos en el blog), pero también creo que lo podrá disfrutar cualquier lector a quien le hagan gracia El Mago de Oz, las parodias literarias y los divertimentos en general. Hala, a disfrutarlo.

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Tal que así se quedó la malvada Cenutriousuaria Mala de la Sala de Lectura cuando se quedó atrapada dentro del Fichero de Autoridades con el que estaba trabajando Dorita, una simpática auxiliar de bibliotecas subcontratada que, acompañada por su becario Totó, se vio embarcada en una aventura sin igual por el maravilloso mundo de BBDD.
Pero no. Voy demasiado deprisa. Las historias hay que comenzarlas por el principio.
Dorita había entrado a trabajar en el departamento de Adquisiciones de un inmenso centro catalogador, una tarea que le aburría sobremanera. Se pasaba sus duras jornadas de trabajo soñando con una base de datos como Dewey manda, que estuviera conectada a un servidor seguro que le permitiera trabajar y, más aún, cobrar un plus de productividad; pero nunca lo conseguía, ya que las caídas del servidor eran constantes y,  por lo tanto, su productividad se resentía, ya que tenía que catalogar hasta tres veces seguidas el mismo registro, y se veía obligada a viajar varias veces al día al Fichero de Autoridades, para salir de dudas: no se fiaba de la base de datos. 
Sumida en sus sueños de encontrar una base de datos funcional más allá del ciberespacio, Dorita no reparó en aquel fallo del sistema, que ocasionó un tremendo cortocircuito. Como era la hora del café, ella era la subcontratada y todos los funcionarios habían bajado a la cafetería de su centro catalogador, el incidente la pilló por sorpresa, sin ningún informático a mano, y completamente sola, excepto por un simpático becario de Adquisiciones que le tiraba los tejos y se llamaba Totó... ¡en el Fichero de Autoridades! Se hizo la oscuridad, Dorita perdió la conciencia (tal vez por la fuerte descarga) y, cuando despertó, vio una imagen impactante: el Fichero de Autoridades se había empotrado encima de la terrible Cenutriousuaria Mala de la Sala de Lectura, que era prácticamente la dueña de aquel centro catalogador. A su lado, contemplaba la escena, anonadada, una cohorte de pequeños cenutriousuarios alumnos de un colegio, que estaban de excursión en aquel centro catalogador porque hacía demasiado frío como para llevar a cabo la excursión que realmente les apetecía hacer, un día en la sierra; además, aquí daban café gratis.
--¿Sabes? --comentó Dorita en cuanto hubo recuperado la compostura--. Me parece que esto no es Adquisiciones.
En esto se les apareció la Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros, quien se ofreció a ayudar a Dorita y Totó, no sin antes hacerle a esta un regalo.
--¡O ssssseaaaaa! --había gritado Dorita cuando vio los zapatitos rojos de la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Lectura--. ¡Cóoooomo mooooolaaaaan! ¡Yoquieroyoquieroyoquierooooo!
--Dorita --le había dicho la Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros--, estos zapatos son mágicos, porque te permiten caminar sin que se oigan los incómodos rechinares que hace el calzado en el parqué de este centro catalogador. Por eso los apreciaba tanto la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Lectura: nos pillaba desprevenidas a todas, y para cuando queríamos dedicarnos a nuestras cosas, ya la teníamos liada, porque ni siquiera nuestro mejor arqueo de cejas podía librarnos de su avalancha de desideratas y demandas estúpidas. Póntelos, y podrás huir de la terrible Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música, que los quiere a toda costa.
--Pero... --le cortó Dorita-- lo que queremos es otra cosa. Teníamos un problema con la base de datos y el servidor, y, la verdad, los cenus me dan un poco lo mismo, porque trabajo en un cubículo cerrado e infecto, y no tengo que enfrentarme con ellos a diario. Digamos que mi problema es más de índole informática, y por culpa de él estoy aquí, fuera del departamento de Adquisiciones, que es donde quiero estar.
--Pues, en ese caso --dijo la Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros, después de reflexionar--, lo que tenéis que hacer es acudir al Mago de las BBDD, y él solucionará vuestro problema con la conexión y con el servidor. Pero tenéis que andaros con cuidado, porque es un mago terrible y justiciero.
--Y... --preguntó Dorita, aterrorizada--, ¿cómo llegaremos hasta el Mago de las BBDD?
--Muy fácil --replicó la Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros--: sigue el Camino de Tejuelos Amarillos. Eso sí: debes tener mucho cuidado con la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música, que hará todo lo posible para que tu misión sea un fracaso. Ten mucho cuidado con sus desideratas: suele acribillar con ellas a todos los bibliotecarios, y tú, que eres joven e inexperta, podrías sucumbir a sus malas artes.
--Muchas gracias, Catalogadora Buena de Manuscritos, Incunables y Raros. Totó y yo haremos caso de tus consejos.
Y, dicho esto, siguieron el Camino de Tejuelos Amarillos en busca del Mago de las BBDD.
Por no hacerlo muy largo, digamos que, en efecto, la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música los acribilló a desideratas, lo que los obligó a hacerse varios viajes al Depósito General y, peor aún, tramitar varios préstamos interbibliotecarios. También les lanzó un ataque de Subcontratados Voladores, que trabajaban para otra subcontrata, y que casi arruina su misión, pero Dorita descubrió que los zapatitos rojos, aparte de ser silenciosos, permitían dar unas patadas voladoras impresionantes: ni punto de comparación con las que daba ella antes. Todo esto no hizo sino acrecentar la relación entre Dorita y aquellos zapatitos, a los que cogió mucho cariño, y con los que forjó un vínculo que a ella le habría gustado que fuera eterno. 
El caso es que perdieron mucho tiempo.
Pero también ganaron tres amigos, con los que su aventura fue mucho más llevadera y enriquecedora.
El primero era un Cenutriousuario sin cerebro, a quien conocieron en la cafetería, y que también quería conocer al Mago de las BBDD para que le enseñara a utilizar los booleanos, ya que el pobre Cenutriousuario sin cerebro no tenía luces ni para hacer una búsqueda sencilla en internet, y era de los que escribían en mayúsculas y con preguntas directas, en plan: "KIERO DE SAVER KIÉN ESCRIVIÓ EL KIJOTE D LA MNXA".
Después conocieron a una Apuntófaga sin corazón, que, al igual que la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música, acribillaba a los bibliotecarios a desideratas, y no los dejaba trabajar. Como era una Apuntófaga un  poco repelente, quería rogar al Mago de las BBDD una herramienta de búsqueda efectiva, que le permitiera rellenar sus solicitudes sin enredarse en la burocracia exasperante del centro catalogador.
Por último se les unió un Director de Departamento sin valor para negociar personal adicional y otras mejoras que salvaran a su departamento de los recortes que amenazaban el centro catalogador. Necesitaba que el Mago de las BBDD le ayudase a rellenar una hoja de cálculo eficaz, con la que convencer a Gerencia.
Así pues, y después de recibir en la BlackBerry un extraño mensaje de la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música ("Ríndete @DoritaSubcontratada @TotóBecario #copónyacuántotardanloslibrosquepedí #unfollow"), consiguen que la dirección del centro le retire a esta el pase de investigadora, por cansina; la Cenutriousuaria Mala de la Sala de Música enloquece y se derrite a la vista de nuestros sorprendidos amigos. Un problema menos.
Tras unas cuantas aventuras más, nuestros amigos llegaron al cubículo del Mago de las BBDD, quien los recibió a gritos desde un ordenador encendido, en el que se lo veía a través de una pantallita de videoconferencia. Todos se asustaron menos Totó, el becario, quien se puso a trastear en el código fuente de la videoconferencia y descubrió que la IP desde la que se efectuaba esta le resultaba familiar. ¡Toma, como para no resultárselo! ¡Era el mismo ordenador desde el que trabajaba él, ergo el terrible Mago de las BBDD solo podía ser el Becario de Informática!
Una vez desenmascarado, el Becario de Informática se disculpó y procedió a explicarse. Si no fuera por toda aquella parafernalia, nadie le haría ni puñetero caso, y se arriesgaba, además, a que le rescindiesen el contrato. Sin embargo, embutido en esa figura autoritaria que infundía terror reverencial, tenía asegurada su supervivencia en el complicado engranaje de aquel centro catalogador.
Pero el Becario de Informática era un usuario majomajo, y procedió a solucionar los problemas de los simpáticos amiguitos de Dorita y Totó.
Al Cenutriousuario sin cerebro lo enseñó a utilizar un par de buscadores y, más importante aún, a utilizar los booleanos y escribir en minúsculas, con lo que no tardó en encontrar todo lo que buscaba.
A la Apuntófaga sin corazón le proporcionó la dirección de correo electrónico de Reproducción y Conservación de Fondos, así como el enlace correcto a la base de datos del centro catalogador; de este modo, ella podría efectuar sus búsquedas desde casa, economizar sus idas y venidas al centro catalogador y, más importante aún, descubrir que todas esas búsquedas tienen un valor, monetario, sí, pero también en forma de precioso tiempo, que los bibliotecarios pueden dedicar a satisfacer a otros usuarios. Por la Apuntófaga, bien, porque, al estudiar en casa y acudir al centro catalogador nada más que para recoger las fotocopias que había solicitado y tener acceso a los documentos realmente relevantes, pudo sacarse su tesis con muy buena nota, y en mucho menos tiempo del que creyera posible unos meses antes.
El Director de Departamento,  por otro lado, descubrió un programa de gestión de nóminas, y otro de contabilidad, que le facilitaron enormemente la tarea de optimizar los recursos de que disponía, ya que, desengañémonos, los recortes no dependían de su evidente ineptitud al frente del cargo, sino que se debían a algo mucho más simple: no hay dinero para cultura, pero no lo hay ni para su departamento ni para el de enfrente. Por todo ello, el Mago de las BBDD solo pudo acertar a proporcionarle herramientas para aprovechar mucho mejor los recursos disponibles.
Y, por último, a Dorita le dijo que no podía hacer nada por sus problemas informáticos, ya que, con la mierda de presupuesto del centro catalogador, la red va a pedales aquí y en la Cochinchina, y que si aquello no le gustaba, lo mejor que podría hacer era mover el currículum vítae y largarse con otra subcontrata que pagase algo mejor; de lo contrario, ajo y agua, el Fichero de Autoridades es lo que hay, y si no le mola, pues no le quedaba otra que aprender a utilizarlo, como, por otro lado, debería haber hecho desde el día en que se incorporó al trabajo. 
Llegados a ese punto, Totó, el becario, que había intimado con ella y tenía vocación de pagafantas, se ofreció a hacer algo noble por ella: hacerle él todas las búsquedas que ella necesitase, instalarle otra base de datos más eficiente, e ir al Fichero de Autoridades cuando a ella no le viniese especialmente bien. En suma, hacer más llevadero su trabajo. Total, le pagaban una mierda por trabajar a jornada completa, así que le daba más o menos lo mismo hacer dos trabajos a jornada completa con una paga de becario, si con ello se aseguraba que iba a estar todo el día cerca de la chica que le gustaba.
El Mago de las BBDD suspiró, arqueó la ceja y se contuvo de decirle nada a Totó. Solo acertó a decirles que los zapatitos rojos, aparte de ser silenciosos y facilitar unas patadas voladoras de órdago, tenían una característica más: permitían salir de aquel país de ensueño, y llegar al auténtico centro catalogador en que trabajaban Dorita y Totó.
De este modo, y después de haberse despedido del Cenutriousuario, la Apuntófaga y el Director de Departamento, Totó y Dorita partieron de vuelta a su centro catalogador. Los recibieron a gritos, como siempre. 
Un cenu que se parecía mucho al Cenutriousuario sin cerebro la perseguía para que le buscase datos sobre El coño de la Bernarda, de un tal García Loca, o algo así.
Una apuntófaga absolutamente hostiable no dejaba de darle la vara para que le avisase si llegaba algún libro relacionado con su área de investigación.
Y el director del departamento de al lado seguía dándole largas cuando ella le preguntaba si había recibido el currículum que le había enviado varios meses atrás.
La cosa fue a más cuando tuvo que reiniciar tres veces seguidas su ordenador, ya que un fallo de sistema la echaba de la sesión y, para colmo, le colaba un troyano que no sabía de dónde podía salir, porque llevaban casi todo el día sin conexión de internet.
No obstante, Dorita estaba contenta, porque Totó se ofreció a arreglarle y limpiarle el ordenador cada una de esas tres veces, de modo que ella aprovechó para echar el día en la cafetería, pelando la pava con un facultativo que trabajaba en el Depósito General y que estaba de toma pan y moja.
--Aaaaaaay --suspiró Dorita, mientras se aprovechaba de sus nuevos y silenciosos zapatitos rojos para acercarse a traición a su bibliotecarius macizorrus y comprobar, a hurtadillas, que él la estaba buscando en Facebook--, realmente no hay ningún lugar como Adquisiciones.

(Marcapáginas encontrado en esta página. Gracias a Super Furry Librarian, por sugerir el título de esta entrada.)

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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Ágora (homenaje descarado a Hipatia, aunque no tanto a Amenábar)


Alejandría, año 391. Alentadas por las soflamas del patriarca Teófilo, y legitimadas por el edicto del emperador Teodosio, las hordas cristianas están a punto de asolar el Serapeo, el templo que aloja los últimos restos de la Biblioteca de Alejandría. Allí se guarda todo lo que queda del pensamiento clásico. Todos son conscientes de que la destrucción de la biblioteca será un duro golpe para la ciencia y la filosofía, y de que la humanidad tardará al menos un par de siglos en recuperarse. Momentos antes de salir huyendo del Serapeo, Hipatia ordena salvar todos los pergaminos que allí se albergan.
--¡Dejad las obras menores! --ordena Teón, el padre de Hipatia.
--¿Cuáles son las obras menores? --pregunta un alumno, abrumado por las prisas, el miedo y el atronador estruendo.
--¡Coge sólo las importantes! --grita Hipatia.
Pero el clamor hace que el alumno sólo escuche las dos últimas palabras: "las importantes". Por lo tanto, se lleva lo primero que ve en la estantería y, convencido de que está cumpliendo a rajatabla con las órdenes de Hipatia, deja las que él considera "las obras menores, las importantes", que serán pasto de las llamas y de la furia ciega y retrógrada de las turbas del patriarca Teófilo.
Así pues, el saber occidental se reconstruye sobre las bases de las obras de Sócrates, Platón, Aristóteles, Aristarco, Eratóstenes, Anaximandro, Tales de Mileto, Pitágoras y otros autores menores, y la humanidad no tarda doscientos años en recuperarse, sino más de un milenio. Por supuesto, las obras importantes no se recuperarán jamás.
Desde entonces, como señal de duelo por tan inmensa pérdida para la historia del saber, así como para evitar que situaciones así se repitan en el futuro, se reclama silencio en las bibliotecas.


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(Idea desarrollada a partir de una escena de Ágora, de Alejandro Amenábar [44'40" a 44'50"]; una de las pocas en las que no estaba cabeceando ni bostezando, dicho sea de paso.)

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