martes, 1 de julio de 2014

Arrieritos somos, y en las urnas nos encontraremos

Una de las noticias del día (de hecho, bastante relegada o incluso ninguneada en las portadas) es que Rajoy va a impulsar medidas de "mejora democrática" que "está planteándose la ciudadanía", como por ejemplo reformar la ley electoral y la ley de régimen local (sí, esas que solo conoces si has opositado o te has presentado a algún cargo público) para establecer un sistema de elección directa de alcaldes: es decir, la lista más votada gobernaría directamente, sin necesidad de recurrir a los siempre engorrosos pactos postelectorales.

Dejando de lado el fondo de razón que pueda tener, y el que la medida en sí no es ni ilegal ni inconstitucional y se aplica en otros estados y, además, con todas las comillas que queráis, "facilita la gobernabilidad", está más que claro que lo que se busca es aferrarse desesperadamente al poder ahora que las perspectivas electorales del PP están bajo mínimos. (El PSOE ha dicho que está dispuesto a estudiar la propuesta, siempre que haya consenso entre todas las fuerzas políticas.) Con el sistema que propone Rajoy (que, ya digo, es democrático y sensato: moralmente, debería gobernar el más votado) podría darse la circunstancia de que el PP obtuviera la mayor cuota de poder municipal y provincial de la historia de la democracia (mayor incluso que en 2011, dada la fragmentación del voto de izquierda *a fecha de hoy*) aunque cosechara unos resultados similares a los de la AP de Manuel Fraga durante las mayorías absolutísimas de Felipe González.

También se ha planteado reducir el número de municipios, escudándose en la misma excusa de la "mejora democrática", y el fenómeno de la despoblación de muchas regiones del interior, que hace que el mapa municipal que manejamos en la actualidad tenga poco que ver con el que había hace casi cuarenta años, cuando volvió a haber elecciones municipales tras la vuelta de la democracia.

En otras circunstancias despacharía esta batería de propuestas con un exabrupto, acusando a Rajoy de estar poniendo en marcha un golpe de estado blando, con la connivencia del PSOE y presumiblemente PNV y CiU, para acabar sin miramientos con uno de los tres niveles del sistema electoral español, y añadiría que después vendrán medidas similares destinadas a cepillarse la representatividad en los escalones autonómico (véanse los repartos de diputados que se proponen para Castilla-La Mancha --diseñado ex profeso para dejar fuera del parlamento autonómico a IU, Podemos y UPyD incluso con el 10 por 100 de votos, y neutralizar las actuales ventajas del PSOE en las dos provincias más pobladas--, Galicia o la Comunidad Valenciana, o el hecho de que tanto UPyD como Vox y algunos sectores del PP llevan en sus agendas electorales cuestiones que está "planteándose la ciudadanía", como la supresión de las comunidades autónomas, escudándose en que son un gasto inasumible) y estatal (el mismo Rubalcaba es partidario de implantar un sistema como el alemán, y la Constitución, al establecer un límite de 400 diputados, permitiría medidas como regalarle 50 diputados adicionales a la lista más votada, como se hizo en Grecia tras las últimas elecciones).

El trasfondo está claro, con independencia de la validez de las excusas de "mejora democrática", "debates generados entre la ciudadanía" o "ahorro económico" en que se escuda Rajoy para lanzar estos globos sonda que, con su mayoría absoluta y la connivencia de la ejecutiva actual del PSOE (habrá que ver lo que hacen Madina o Sánchez), tienen ya poco de globos sonda porque acaban llevándose a cabo de manera invariable. Como mucho, se acaba rebajando su intensidad para facilitar su aprobación, después de lanzar el globo sonda en su versión más descerebrada, para contentar al ala dura; de ese modo se genera la sensación de que ha habido negociación y se están buscando el interés común y el centro político. Se palpa el final del régimen bipartidista, y la única manera "democrática" de salvar los muebles es modificar la ley electoral, forzando al máximo los límites que permite la Constitución, para perpetuarse en el poder; es más, para disponer de más poder que nunca con menos votos que nunca.

Ni que decir tiene que lo siguiente ya sería otro sistema, más parecido al de los estertores de la Restauración, los años de la dictadura de Primo de Rivera o la dictadura de Franco: supresión del poder municipal tal como existe en la actualidad, aduciendo situaciones de excepción, mediante la elección directa de alcaldes por la autoridad competente, la organización de elecciones ad hoc para refrendar a esos cargos públicos nombrados previamente a dedo por "Madrid" o "la capital" (al más puro estilo oligarquía y caciquismo finisecular), el afianzamiento de las diputaciones provinciales (una institución que no se elige directamente) o incluso la supresión o concentración de comunidades autónomas no históricas (la Constitución habla de "las Comunidades Autónomas que se constituyan"; o sea, no dice que sean obligatorias, por lo que se pueden suprimir o redistribuir sin que ello sea anticonstitucional).

Y todo esto es perfectamente constitucional, mientras no se toque el sufragio universal libre y directo (que está por ver si dura más allá de las próximas dos o tres legislaturas, yo lo dejo ahí). Y si no lo es, tenemos el Tribunal Constitucional para darle la razón al gobierno y decir que, por lo menos, no es anticonstitucional.

Como digo, hace tiempo que el gobierno del PP dejó de hacer globos sonda: dada la holgada mayoría absoluta de que dispone, y el poco tiempo que sabe le queda para disfrutarla, está empezando a hacer lo que dice que van a hacer, y total, cuenta con el apoyo implícito o explícito del PSOE, CiU y PNV, ya que estas medidas también pueden beneficiarlos. Además, la crisis actual del PSOE, y la presumible guerra interna que se avecina si Madina o Sánchez alcanzan la secretaría general sin generar consenso (¿podría manejar Madina una hipotética victoria si tiene Andalucía en contra?), facilitan la tarea. Y volvemos a lo mismo: un partido con unas expectativas de voto que, ahora mismo, no superan el 25 por 100 del 50 por 100 de los electores dispuestos a ir a votar (o sea, uno de cada ocho votantes potenciales, o uno de cada doce españoles), tendría la mayor cuota de poder de la historia de la democracia, hasta el extremo de subvertir y hacer irreconocible la democracia tal como la hemos conocido en las últimas décadas.

Pero claro, también hablamos de un PP herido de muerte en feudos como Madrid o la Comunidad Valenciana, embarcado en una pelea interna en Andalucía y arrinconado por C's y su inacción con respecto al referéndum del 9-N en Catalunya. A fecha de hoy es de suponer que el PP seguiría siendo la fuerza más votada en Madrid capital, ya que parte de una ventaja de casi treinta puntos con respecto al PSOE y resulta utópico pretender que PSOE, IU, Podemos y Equo hagan frente común y presenten una lista única...

... pero también hablamos de una situación en la que la suma de IU, Podemos y Equo/Compromís supera al PSOE en la Comunidad de Madrid o Valencia, y se queda a unos cinco puntos de un PP en caída libre, cuyos tradicionalmente disciplinados votantes tienen unas cuantas opciones donde elegir para expresar su descontento (UPyD, Vox o incluso C's); una situación en la que la crisis del PSOE no parece que vaya a romper para bien, con independencia de que haya o no haya escisiones; una situación en la que, por primera vez en lo que va de legislatura, y gracias a que aquellos 15M trajeron estas elecciones europeas, la inercia favorece a la izquierda y esta ha recuperado el optimismo y la iniciativa. A la vista de las dificultades que están produciéndose en Barcelona para que CUP e ICV se integren en un proyecto a priori viable como Guanyem Barcelona, yo ya no podría la mano en el fuego por que el Frente Amplio llegue a buen puerto, pero la posibilidad existe, quedan por delante diez meses muy intensos de conversaciones y puestas en común de proyectos y programas y, en fin, empiezo a ver probable e incluso posible que un hipotético Frente Amplio obtenga más votos, aunque sea uno solo, que el PP o el PSOE en algunas de las tradicionales plazas fuertes de estos, con lo que, si Rajoy llega a modificar la ley electoral y la ley de régimen local en la dirección que está planteando, en mayo de 2015 podría llevarse un zas en toda la boca. Que está difícil y que es harto probable que el PP se salga con la suya, por supuesto; que ya no es una utopía ni una perspectiva inevitable contra la que solo cabe cruzarnos de brazos y lamentarnos en redes sociales, pues también.

Así pues, amiguito Rajoy, te instamos a que consumes tu intento de golpe de estado blando diseñado ex profeso para perpetuarte en los ayuntamientos. Hace un año te habría dicho que eres un fascista que se acaba de cargar la democracia porque la descomposición del régimen va más rápido de lo que esperabas, que ya estás actuando contrarreloj, que de todos modos hay un par de líneas rojas que no vas a traspasar *durante esta legislatura* porque serían más perjudiciales que beneficiosas para tu partido y al fin y al cabo tu mayoría absoluta te permite mucho margen de acción (léase golpe de estado, gobierno de concentración con PSOE o gobierno tecnócrata), y que además las crisis que precipitan los finales de régimen suelen ser muy rápidas y los últimos que las ven venir son sus dirigentes.

Todo eso lo habría dicho hace un año, y me parece cierto. Sin embargo, ahora, vistas las perspectivas reales de Municipalia, Guanyem Barcelona y un posible Frente Amplio de cara a las elecciones municipales (y, más allá, generales) de 2015, lo único que se me ocurre es que sí, que habría que aceptar el reto aunque sea una cacicada impropia de un estado democrático, y una de las primeras leyes (y hay muchas) que habría que anular en caso de ganar las elecciones generales.

Venga, Rajoy, atrévete a cambiar la ley electoral y la ley de régimen local para que la lista más votada obtenga automáticamente la alcaldía. Con los pies en el suelo y con la cabeza fría, lo razonable es suponer que la apuesta te va a salir bien (para eso tienes la mayoría absoluta y manejas los tiempos y los resortes de poder), que vas a conservar un poder casi omnímodo en el ámbito municipal y que tu gurú Arriola tiene razón al recomendarte que des este paso ahora que te lo puedes permitir y el PSOE te va a apoyar porque lo tiene más jodido aún que tú para mantenerse en sus feudos.

Pero, quién sabe, a lo mejor te llevas unas cuantas sorpresas aunque la apuesta te salga bien en términos globales, y no solo en Madrid o Valencia capitales. ¿De qué te serviría gobernar en cuarenta capitales de provincia y dinamitar para siempre el sistema electoral local tal como lo conocemos si pierdes Madrid o Valencia? ¿Cómo convencerás a tus barones de que el PP lo tiene todo atado y bien atado a nivel local si Madrid, Barcelona y Valencia acaban, casualidades de la vida y de tu sistema electoral, con alcaldes de Podemos, Guanyem Barcelona o ERC y Compromís, respectivamente?

Arrieritos somos y en las urnas nos encontraremos.



(NOTA: Por cierto, he mandado a la porra la opción de dejar comentarios en el blog: solo he tenido un comentario en la últimas diez entradas, así que, para que los únicos mensajes que lleguen al blog sean de spam, mejor corto por lo sano. Si realmente estáis interesados en comentar estas cosas, podéis hacerlo en mis cuentas de Twitter, Google + o Facebook.)

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viernes, 27 de junio de 2014

Él, de Podemos; ella, del PP

Tenían fecha y salón reservados, los trajes pagados y la prueba de menú recién hecha, pero él se negó a incluir una condena expresa a los crímenes de ETA en los votos matrimoniales, y a ella le parecía intolerable casarse mediante el método de primarias abiertas. 
Cancelaron la boda.

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jueves, 29 de mayo de 2014

#GamoSants



Impresiones someras de lo que está pasando en Sants:

- CiU acaba de enterrar para los próximos equis (muchos) años cualquier posibilidad de ser la fuerza más votada en un distrito que, conviene recordarlo, marca los porcentajes exactos de voto en la ciudad de Barcelona en cualquier tipo de elecciones. Ni había una demanda social agobiante de "la gente de bien" para desalojar Can Vies ni se justifican el despliegue policial y, sobre todo, la mamarrachada de desplegar helicópteros en vuelo rasante de doce a dos de la madrugada para generar en la ciudadanía la sensación de que no puede pegar ojo por culpa de los putos okupas que están quemando cajeros en la calle. Creo que este tipo de estrategia se les está volviendo en su contra.

- La causa real del desalojo es conocida en todo el barrio: el solar está incrustado en medio de la peatonalización de las obras de soterramiento del tren. Hablando en plata: les jodería el aspecto visual del nuevo paseo y jardín que están construyendo. Pero criminalizar a Can Vies por estar entorpeciendo la creación de una zona verde muy necesaria para el barrio da como mucha risa, sobre todo si se tiene en cuenta que esas obras han estado prácticamente paradas durante los primeros dos años de mandato de Trias, que sencillamente se ha pasado por el forro de los cojones al barrio de Sants. Solo ha empezado a acelerar la reforma del mercado de Sants y de esta zona verde cuando ha visto que las elecciones municipales de 2015 se le echaban encima y corría el riesgo de no inaugurar a tiempo.



- Sants es un barrio de clase media bastante tranquilote y lleno de iniciativas populares la mar de interesantes, una especie de Vallekas barcelonés. Parte de la salsa del barrio la daban, precisamente, las actividades que se desarrollaban en Can Vies; en particular, la impresión y edición de La Burxa, el periódico semioficial del barrio. Convertir en noticia de cabecera de los telediarios que los antisistema han quemado una furgoneta de TV3 para presentarlos como unos descerebrados enemigos de la cultura y omitir el hecho de que Trias se ha cargado un centro autogestionario y un muy buen periódico que subía el nivel cultural de la ciudad es, como mínimo, andar muy desconectado de la realidad.

- ERC se fundó en Sants. Las CUP tienen en Sants uno de sus viveros electorales en la ciudad de Barcelona. ICV se ha convertido en la tercera fuerza política de Sants, superando al PSC y quedando relativamente cerca de CiU. Al vecino conservador del barrio tal vez puedas convencerlo de que toda esta mandanga era necesaria, pero al que vota por afinidad ideológica acabas de encabronarlo por matar moscas a cañonazos (está claro que no la situación se le ha ido de las manos a Trias, y ha rectificado muy tarde), y al que no te votaba acabas de volverlo definitivamente en tu contra. ¿Polarización o enfrentamiento? En otras palabras, Trias acaba de convertir Sants en un bastión de ERC y CUP, y tal vez de ICV. Y, como ya he dicho, los resultados electorales de Barcelona suelen ser un calco de los de Sants-MontjuÏch, así que, si realmente ERC es un partido de izquierdas, no me extrañaría nada que en 2015 tengamos un tripartit ERC-CUP-ICV en el Ajuntament.

- Si la cosa va a más (solo llevamos tres días de movida, y estas cosas suelen durar una semana como mínimo, sobre todo cuando no hay voluntad real de atajarlas), y teniendo en cuenta que las protestas se han extendido por toda Catalunya, parece poco probable que CiU adelante al 9-N las elecciones al Parlament, que se comentaba que era el plan B en caso de que al final no se lleve a cabo un referéndum que les está quemando las manos y, de entrada, ya les ha costado un sorpasso por parte de ERC.

- Me cago en el puto helicóptero, así en general.

EDITO:

- Algo que me comenta Natxo que ya se ha hecho en ciertos desalojos en Madrid: ejecutarlos justo después de unas elecciones, cuando ya no tienen coste electoral alguno. Si la decisión estaba tomada desde abril, ¿cómo es que no se desaloja hasta el día después de las elecciones europeas? Muy curioso.

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martes, 26 de febrero de 2013

No somos Italia

Estoy empezando a sospechar que Luis Bárcenas será presidente del gobierno como número 1 del partido de Mario Conde después de las elecciones de 2015, que habrá que repetir porque Cayo Lara habrá sido incapaz de materializar la ventaja que le darán los sondeos sobre el partido de Toni Cantó, Fofito y Santiago Segura...

(Reflexión publicada hace un rato en el Facebook de Cristina Macía, y realizada al hilo de las elecciones italianas y del divertidísimo número que nos están regalando Luis Bárcenas, Dolores de Cospedal, Carlos Floriano y demás especímenes. Si queréis, puedo hablar también de los ERE, el 11-M, los catalanes y los liberados sindicales, pero va a ser que no.)

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jueves, 21 de junio de 2012

El Retorno a ninguna parte


La Dirección General de Migraciones ha echado a la puta calle, de un día para otro, a mi padre y la otra veintena de ancianitos que vivían en la residencia El Retorno, de Alalpardo (Madrid). 
Ah, claro, que es público y notorio que soy un poco rojo y tendencioso, y a lo mejor exagero.
El asunto, que ya ha aparecido en medios tan poco sospechosos de izquierdismo como El Mundo y ABC, lo cuenta en detalle la directora, Consuelo Gala:

La residencia está en fase de cierre. Trabajamos con la Dirección General de Migraciones. Desde 1996 tenemos un convenio de colaboración con ellos, para la acogida de emigrantes mayores retornados. Este año nos financiaban una cantidad que para nosotros es inviable, debido a los gastos que el centro tiene anualmente. [...] Les comunicamos el cierre, y que tuvieran en cuenta el realojo de los residentes, que son responsabilidad del Ministerio de Empleo y Seguridad Social. [...] No nos daban ningún tipo de explicación, ya no se comunicaban con nosotros, y nos hemos visto obligados a llamar a la prensa. [...] Los residentes demandaban que, por lo menos, viniera alguien de la Dirección General de Migraciones, para que les dieran una explicación. El jueves salieron los reportajes, y el viernes vino el director general, sin avisar [...] y no pudo hablar con nadie, porque no había concertado ninguna cita... porque nosotros tenemos que concertar cita, con día y hora, cada vez que tenemos que hablar con ellos. [La Dirección General] a fecha de hoy les ha comentado que no tiene ninguna solución de traslado todavía. [...] Tenemos ocho trabajadores que no estamos cobrando el mes de junio. [...] Tenemos que esperarnos a que ya no haya ningún residente para poder presentar el ERE. [...] La Dirección General dice que no nos va a pagar: dice que deberíamos estar trabajando hasta fin de año. Como nos vamos antes de tiempo, se niegan a pagarnos los seis meses que nos deben. [Muchos de los residentes no tienen familia en España y] la responsabilidad [sobre ellos] es de la Dirección General, que es la que los ha traído a España. [...] Desde el lunes no tenemos servicio de lavandería [...] y podremos aguantar lo que nos digan los del servicio de cátering. [La Dirección General] lo sabe desde hace mucho tiempo, que debemos el cátering desde hace seis meses, y que nos pueden cortar el servicio esta misma tarde. 

Todo esto contrasta con los términos en que se despacha Aurelio Miras, director general de Migraciones, cuyo departamento está adscrito al Ministerio de Empleo y Seguridad Social. Dicho de otro modo, que cada vez que Fátima Báñez se encomienda a la Virgen del Rocío para salir de la crisis y cuelga por el Twitter que acaba de hacer cinco mil puntos jugando con burbujitas virtuales, en realidad está dejando que sus subordinados cierren residencias de ancianos, y te está diciendo que si quieres comer y tener techo, le reces a la Virgen, porque lo que es el Estado... Según Miras:

La relación del Estado con la residencia El Retorno es de cliente. [...] Dicho asilo no es del Ministerio y, si cierra, es porque como empresa no es rentable.

Es decir, el enfoque gerencial de las administraciones públicas como excusa neoliberal de mal pagador: toda la culpa es de la insolvente Fundación Gumiel (creada, por cierto, por un cura salesiano, Víctor Mirón, tal vez tan devoto de la Virgen como Fátima Báñez, y con mucha más sensibilidad por los asuntos sociales que toda la plana mayor del ministerio junta), por necesitar financiación pública para poder hacer viable una residencia semiasistida. El corolario implícito es que, si querían ser viables, que hubieran montado una residencia de élite, de las de veinte mil euros mensuales, que eso sí es negocio y también sirve para ayudar a los ancianitos, no te jode... 
¿Os acojona el razonamiento? Pues pensad en una cosa, que transmito tal como me la ha contado el personal de la residencia El Retorno cuando he llamado, hará cosa de una hora, para preguntar a mi padre. Las declaraciones de Aurelio Miras que acabo de copiar y pegar se han producido después de que el asunto saltara a la prensa y, por fin, se dignasen a emitir un comunicado para defenderse de la que les ha caído encima, precisamente por parte de la prensa menos sospechosa de izquierdista (El Mundo y ABC). Imaginaos con qué modales habrán gestionado el proceso de negociaciones acerca del presupuesto anual de la residencia... Bueno, mejor no os imaginéis nada, porque los resultados están a la vista.
Y el director general no es el peor. Vuelvo a citar las declaraciones de Consuelo Gala:

«Hubo un momento en que le dijimos a la subdirectora de la dirección General de Migraciones, Yolanda [Gómez]: "Si nos cortan el cátering por falta de pago, ¿qué hacemos?, ¿dejamos a los abuelos en la calle?". Y ella respondió: "Sí". Y hay testigos de esto. Nos quedamos alucinados».

Pero bueno, tal vez el asunto os la traiga absolutamente floja, o bien porque no tenéis ancianos por los que preocuparos, o bien porque dais por hecho que, cuando os toque a vosotros, habréis cotizado lo suficiente como para no moriros en la puñetera calle como unos homeless cualesquiera, o algún familiar rico os pagará una residencia de élite donde, por lo menos, os aseguraréis un mínimo de atención que os permita libraros del proceso demográfico que nos espera a la mayor parte de nosotros, ya que el mismísimo Fondo Monetario Internacional ha dejado claro que es inevitable: la caída en picado de la esperanza de vida en ¿cinco? ¿diez? años durante las próximas décadas. 
Tal vez, incluso, puede que prefiráis interpretar todo esto en clave política: son exiliados políticos,  republicanos que huyeron por patas a México, niños de Moscú que se han pasado cincuenta años viviendo del comunismo soviético y ahora querían chupar del bote del España Va Bien que resulta que no va tan bien por culpa de la gente que viene de fuera, y que encima va de víctimas de la guerra civil, como si eso importara, con la que está cayendo, y son escudos humanos de la izquierda caviar para que no tengamos que abolir la Ley de Memoria Histórica, y bla bla bla.
Pues bueno, si pensáis en serio en alguna de las cosas que menciono en los dos párrafos anteriores, cosa que es posible e incluso probable, permitidme que no os llame hijos de puta, que tal vez sea lo que algunos esperáis, por aquello de mantener en tablas mi nivel dialéctico y de encefalograma con el vuestro.
Voy a hacer algo mejor: citar las palabras literales de mi padre, Enrique Santiago Lores, de ochenta y dos años:

A mí, personalmente, me parece una inmoralidad. Pero una inmoralidad sin ser malos siquiera: son tontos. No se les puede achacar que sean malas personas: es que no se enteran. Y eso es grave.


Porque, como cuenta Pablo, el problema tal vez no lo tenga mi padre, a quien por suerte le hemos podido encontrar con relativa rapidez una residencia situada en Madrid capital, y a quien, al fin y al cabo, si las cosas se ponen realmente feas podremos echarle una mano pagándole la residencia, sino los que no tienen familiares vivos, o los tienen en México, Guatemala, los Estados Unidos o Rusia... o en alguna fosa común de esas que la mayoría de los jueces españoles prohíben exhumar. 
Mi padre entró en la residencia El Retorno porque los criterios de admisión se habían relajado, ya no era estrictamente necesario ser un emigrante retornado y admitían a gente "de fuera". Dadas sus condiciones físicas y mentales, la residencia El Retorno parecía la más adecuada, y lo admitieron. Era una mezcla de cooperativa, comuna y centro social, ya que los residentes no estaban completamente impedidos (lo que, en la terminología un tanto nazi y eugenésica de los servicios sociales, se diría 'válidos'), con una residencia de ancianos al uso.
Ir a la residencia El Retorno era una aventura, porque teníamos que ir a plaza de Castilla, coger el autobús 187, bajarnos en la parada que hay en la misma puerta, entre Alalpardo y Valdeolmos, en el nordeste de Madrid, y, entre una cosa y otra, hacer una excursión de medio día para ver a mi padre un par de horas, como mucho. Durante los dos o tres primeros años podíamos escaparnos un rato a Alalpardo, el pueblo de al lado, situado a unos quinientos metros, y o bien nos tomábamos un café o bien nos quedábamos a comer en algún bar.
Es indignante que te obliguen a comenzar de nuevo, con ochenta y dos años y enfermo, que te arranquen de cuajo del entorno que, durante cinco años, ha sido tu verdadero hogar. A pesar de todo, mi padre es uno de los residentes más afortunados de El Retorno, porque, por lo menos, tiene a alguien, tiene una familia que lo puede acoger y que ha podido buscarle una residencia en apenas unos días.
La mayor parte de los veinte residentes a quienes la Dirección General de Migraciones se llevará mañana en un autobús (ofrecido por la misma Emergencia Social a la que Migraciones llevaba un par de años evitando llamar) no saben todavía adónde van... ni dónde lo harán.
No lo podrán hacer en la España de sus infancias, ni en los países que los acogieron después de que tuvieran que huir por culpa de una guerra.
Pero tampoco lo podrán hacer en la nueva España que, a fin de cuentas, era su patria de origen, con la que soñaron durante cincuenta años y que, ahora, gracias a una cacicada neoliberal camuflada tras las siempre socorridas crisis económica y cuenta de resultados, ha quedado al mismo nivel que aquellos países que los acogieron en su momento internándolos en campos de concentración. Desarraigados en la vida, y desarraigados en la muerte.

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sábado, 12 de marzo de 2011

Bienvenida, señora OTAN


Pues sí, tal día como hoy se cumplen veinticinco años del referéndum de la OTAN, el de la pregunta ambigua y abstrusa. Acostumbrados a efemérides como el trigésimo aniversario del 23-F, nunca viene mal conmemorar esas ocasiones en las que nos la meten dobladísima, a pesar de los "OTAN, de entrada no" con los que ganas elecciones por mayoría absoluta y acabas utilizando la televisión pública para censurar las críticas. Qué demócrata todo.



Pues eso. No nos olvidemos. Hoy hace veinticinco años que nos hicieron una pregunta estúpida digna de los hermanos Marx para quedarnos como estábamos, y encima poder decir que era lo que habíamos votado. El caso es que estas cosas hay que conmemorarlas. O, por lo menos, no olvidarlas.

Yo era muy jovencito, quince años y pico, pero ya me iba enterando de las cosas. Si bien el 23-F supuso para mí la toma de conciencia de que existía una cosa llamada política, y que podía afectarnos para bien y para mal, el referéndum de la OTAN me inculcó (y creo que no solo a mí) una conciencia política muy concreta que ya estaba latente (tanto mis padres como mis hermanos eran y son de izquierdas) y que solo necesitaba un detonante para manifestarse y, a medio plazo, llevarme a la militancia activa, aunque eso fue durante los dos primeros años de universidad, y bastante de refilón.

Seguro que nadie lleva al cine o la tele este curioso y contradictorio episodio de la historia no tan reciente de España; como mucho, algún comentario suelto en la vigésima temporada de Cuéntame, y gracias. Es una pena, porque yo lo vería con muchísimo más interés que los publirreportajes sobre Felipe y Letizia o el 23-F.

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miércoles, 23 de febrero de 2011

¿Dónde estabas tú el 23-F?

De un tiempo a esta parte proliferan los documentales, docudramas, series y películas sobre el Rey, la Transición y todo aquello. Todo parece especialmente importante en un día como hoy, en que se cumplen treinta años del 23-F. Me parece un fenómeno positivo, ya que tenemos la suficiente perspectiva histórica como para abordar el asunto de manera desapasionada y crítica, aunque, en general, predominan las luces, el maniqueísmo y el buen rollito a lo Cuéntame cómo pasó. Parece que ha pasado el tiempo suficiente como para que se hable de ello con un enfoque histórico, en vez de meramente periodístico o evocador, pero no el suficiente como para que se efectúe un análisis medianamente profundo. Supongo que habrá que esperar a que no quede vivo ninguno de los protagonistas de aquellas fechas, así que tal vez lo vean mis nietos, si es que el asunto le importa a alguien para aquellas fechas. Total, si asuntos como la Ley de Memoria Histórica levantan ampollas y un partido de poder como el PP se niega a condenar el franquismo y la guerra civil, no veo cómo ni por qué cabría esperar que se emitiese algún programa, ficticio o no, que abordase el 23-F sin prejuicios ni puntos de vista acomodaticios. Me conformaría con que alguien adaptase Anatomía de un instante, de Javier Cercas. La película podría comenzar con Arcadi Espada y el propio Cercas charlando animadamente en un burdel y, a partir de ahí, narrar los sucesos de febrero de 1981. Por supuesto, hablo sin haber visto 23-F: La película, aunque un simple vistazo a las caracterizaciones de los actores hace que no sea muy optimista al respecto.
El 23 de febrero de 1981 yo tenía diez años y medio, y ya tenía edad y discernimiento suficientes como para comprender que aquello era algo muy gordo. Apenas tengo recuerdos de la muerte de Franco (haber visto la portada del ABC, o haber visto el funeral por televisión), y de la Transición recuerdo sobre todo el asesinato de Mari Luz Nájera en una manifestación, alcanzada por un bote de humo de los antidisturbios. Lo de Mari Luz me llegó más que nada porque había sido alumna de mi madre, quien por aquella época impartía la asignatura de Política (la famosa Formación del Espíritu Nacional) y se la metía doblada a sus monjitas, a quienes contaba que por supuesto que enseñaba a Carlos Marx en sus clases: "Era un economista y ofrecía una teoría sobre el capitalismo. ¿Por qué no debería enseñarlo en una clase sobre el capitalismo?". También me enteraba de que mi madre se la tenía jurada a Íñígo Cavero, el ministro de Educación de la UCD que eliminó la asignatura que impartía mi madre, por ser demasiado franquista. Excepto, claro está, si profesoras como mi madre la aprovechaban para enseñar a las alumnas quién era Carlos Marx.
El único recuerdo que tengo de la victoria de la UCD en las elecciones de 1979 viene dado por un hecho colateral: teníamos un ratoncito blanco, un pequeño ratón de laboratorio, cuyo nombre provisional era Patti (por Patti Smith, evidentemente: era la época en que mis hermanos ponían el Horses y el single de "Because the Night" a todas horas), pero que, debido al resultado de aquellas elecciones, pasó a llamarse UCD, por el partido de Suárez. El bichito tuvo una vida triste, mohína y breve, ya que se lo comió uno de los gatos que vivían en el tejado de la galería de alimentación y el garaje que teníamos debajo de casa. Tuvo las santas narices de abrir la jaula, sacar de allí a la pobre UCD, matarla, dar la vuelta a todo el piso y salir por la terraza, donde mi abuelita hacía ganchillo, para mayor recochineo, o para ofrecérsela como tributo, yo qué sé.
No me acuerdo del referéndum para ratificar la Constitución de 1978, pero sí de los carteles electorales que hacía José Ramón Sánchez para el PSOE. Tampoco recuerdo la legalización del PCE, pero sí me acuerdo del atentado de la calle Atocha. Sabía quién era Blas Piñar (cómo no, viviendo en el barrio de Salamanca) y, de hecho, uno de sus hijos salía con la hermana de un compañero de cole. La ultraderecha me preocupaba lo suficiente como para saber que los energúmenos del  puestecito de objetos fascistas que siempre ha habido en la calle Goya (al lado del California 47, donde estaba la sede de Fuerza Nueva y, ahora, la agrupación del PP del distrito de Salamanca) pegaron una paliza a mi hermana por haberles preguntado si tenian jabón de judío. 
En casa comenzaron a entrar El País, el Diario 16, El Jueves y El Papus, y dejaron de verse la Hoja del Lunes, el Ya y el ABC. Mi padre se fue de casa, aunque tardé unos cuantos años en preguntarle a mi madre si seguía viviendo con nosotros, porque no terminaba de verlo claro (sí, tenía la consulta en nuestro piso, pero de ahí a que viviera en el piso...), y dejó toda una biblioteca subversiva, los libros de la colección ¿Qué sé?, poemarios de Blas de Otero y León Felipe, ediciones casi clandestinas de cartas de Marcelino Camacho... Más tarde comenzó a comprarme la colección Temas Clave de Salvat, y yo, a mis diez años, no solo entendía aquello sino que me lo leía de buen grado.
Mi hermano Enrique comenzaba su militancia política. Yo leía el fanzine que sacaban en su instituto, y en aquellas páginas de Deganawida (llamado así por el Gran Pacificador de los indios iroqueses) me fui enterando de que nuestros padres de la patria tenían puntos un tanto oscuros. 
En resumen, que yo tenía diez años largos y, a pesar de que vivía en la parra, jugando con mis Geyper-Man y perdiéndome todas las tardes en alguno de los muchos atlas mundiales que habia por casa, tenía algo parecido a conciencia política. Más o menos me enteraba de lo que sucedía a mi alrededor, aunque de una manera un tanto sesgada. Yo ya sabía quién era Tejero porque mi padre, militar, había sido jefe del Servicio Médico de Plaza (es decir, las ambulancias) del Hospital del Generalísimo, y siempre iba a tomarse el café a la cafetería Galaxia, donde Tejero e Inestrillas conspiraban para dar un golpe de Estado en noviembre de 1978. Mi padre dice que le ofrecieron ser ministro de Sanidad, pero también afirma que cuatro años antes había estado a punto de integrarse en la UMD, que era algo así como lo contrario, así que tiendo a poner en cuarentena su fiabilidad como fuente primaria en todo lo relativo a los ruidos de sables del Ejército que se produjeron durante la Transición.
A Suárez lo conocía de verlo en la televisión, y porque mi tía tenía contacto con ministros suyos, como Martín Villa y Rosón, que habían sido compañeros de promoción de mi tío. Recuerdo sus "puedo prometer y prometo" y, sobre todo, me acuedo de su famosa dimisión televisada..., más que nada, porque me cabreó muchísimo que, para emitirlo, interrumpieran la emisión de una serie británica de médicos que me gustaba mucho y de la que ahora mismo no recuerdo absolutamente nada (ni el título, ni los actores, ni la trama, ni ná de ná). No recuerdo haber realizado ninguna profunda reflexión política, pero sí el ser consciente de lo que implicaba dimitir, aunque no me quedara bien con la palabra y dijera que 'Suárez dimintió', expresión casi, casi afortunada, visto lo que vino después.
De los preparativos para la investidura de Calvo-Sotelo no guardo absolutamente ningún recuerdo. 
Lo que sí recuerdo es que era lunes, que yo ya había vuelto del colegio (supongo que o bien solo, o bien Javi Ullán me acompañó hasta casa) y que estaba tan tranquilamente, a lo mío, tal vez jugando con los Geyper-Man o curioseando en algún atlas mundial, cuando mi madre irrumpió en casa, visiblemente nerviosa, y comenzó a gritar:
-¡Han matado a Landelino!
A continuación, bajó al mercado y compró algo así como cuatro o cinco kilos de patatas. No recuerdo que comprara nada más.
Explicación. Mi madre trabajaba en el ISFAS, la sanidad militar, y estaba escuchando el debate de investidura por la radio, supongo que Radio Nacional. En el momento en que Tejero entró en el hemiciclo, mandó sentarse y callarse a todo el mundo, coño, y se cortó la emisión, todo se volvió confuso. Lo último que se oyó antes de perder el contacto con el Congreso fueron los tiros que aun hoy adornan el techo del Parlamento. Poco antes, el narrador había comentado que Tejero estaba apuntando a Landelino Lavilla, presidente del Congreso. No parecía muy difícil colegir lo que podía estar ocurriendo allí dentro.
Ni que decir tiene que a los jefes de mi madre les faltó tiempo para mandar a todo el mundo a casa. 
Así pues, mi madre acaparó todas las patatas que pudo, y nos dispusimos a pasar una larga noche. 
Poco a poco fueron llegando mis hermanos. Conforme fue avanzando la noche, y en vista de que la situación parecía más o menos controlada, salieron a curiosear por las inmediaciones del Congreso, me imagino que con la oposición frontal de mi madre.
Recuerdo haberme pasado horas y horas pegado a la tele, contentísimo por el hecho de que aquel día fuera una excepción a la norma de acostarse a las diez, o a la hora que fuera. Todo valía. Y, además, las pelis que emitieron no estaban nada mal. Recuerdo una de piratas, o de marinos ingleses, no recuerdo, tal vez protagonizada por Robert Taylor. Recuerdo, con más claridad, una película de Danny Kaye, creo que El asombro de Brooklyn. Danny Kaye me encantaba.
Hasta que apareció el Rey, quedó más o menos claro que el golpe había fracasado y nos fuimos a la cama.
Al día siguiente solo fuimos quince alumnos a clase, de los más de cuarenta y tantos que éramos. No dimos clase, pero el profesor, el señor Azurmendi, estuvo francamente didáctico y nos explicó, lo mejor que pudo, qué era lo que había ocurrido.
Ya habíamos vivido acontecimientos históricos, pero a partir de entonces creo que fuimos todos un poco más conscientes. El atentado a Reagan. El atentado a Juan Pablo II. El atentado a Sadat. Los atentados y secuestros de ETA. El Mundial de España. Las elecciones del 28-O. Recuerdo con absoluta nitidez casi todos estos momentos; sin embargo, de los hechos históricos anteriores al 23-F guardo un recuerdo más lejano, y esto puede deberse, cierto, a que yo tenía diez años y luego ya era casi un adolescente, pero también a que, a partir del 23-F, comencé a valorar y entender lo que sucedía en el mundo exterior. Aprendí a ser consciente de la importancia de un momento histórico, y a efectuar análisis de tipo político o sociológico. 
Años más tarde pude escuchar una grabación en casete de las emisiones de RNE durante aquella tarde-noche, y lo cierto es que aparecían detalles y más detalles acerca de lo que había sucedido. Cosas que no había comprendido ni oído. Fue mucho más esclarecedor, pero es cierto que ya estaba familiarizado con todos los nombres y hechos, ya me sabía la historia y tan solo se trataba de ampliar conocimientos.
Sé cuándo se murió Cecilia porque yo estaba de vacaciones en Nerja y ese día cumplía seis años.
Sé cuándo se murió Juan Pablo I porque estábamos en el colegio y nos sacaron de clase para llevarnos a misa.
Sin embargo, sé lo que fue el 23-F porque lo viví, y tal vez por aquella época, tal vez por ese motivo, comencé a desarrollar el juicio crítico suficiente como para entender qué estaba pasando allí. Los acontecimientos del mundo exterior dejaron de ser meros detalles ornamentales, de background, y se convirtieron en los protagonistas. La conciencia política llegó más tarde, pero la conciencia de que existía algo llamado política (y que, además, podía ser determinante en nuestras vidas) nació entonces.
No parece mala enseñanza, desde luego. Algo bueno tuvo que tener el 23-F.
¿Dónde estábais aquel día? ¿Cuáles son vuestros recuerdos del 23-F?

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viernes, 14 de enero de 2011

Retorciendo palabras


La entrada de hoy de Frikitecaris es de mi cosecha. En ella opino acerca de dos de mis temas favoritos: bibliotecas y política. En concreto, me lamento del uso que ciertos columnistas hacen de la cultura como arma arrojadiza para justificar un discurso claramente reaccionario. Como pedirle coherencia a la caverna es una tarea poco menos que imposible, sé que me podría haber ahorrado la entrada, pero es que hay cosas por las que no paso. Puedo entender que se le meta una hostia de campeonato a la Ley Sinde, que me parece uno de los mayores despropósitos de esta legislatura (y ya es decir). Puedo entender que se aproveche un ataque a la Ley Sinde para extenderlo a todo aquello que huela a PSOE (al fin y al cabo, el columnista de marras, y el medio para el que trabaja, viven de eso). Incluso me puede entrar en la cabeza que se ataque la Ley Sinde como excusa para exponer un programa político ultraderechista (si es lo que opina el columnista, adelante: son sus ideas). Puedo entender pero no justificar que se aproveche un ataque a la Ley Sinde para proponer la desaparición de las bibliotecas públicas, utilizando un arsenal de excusas a cual más demagógica y barata (si es lo que opina el columnista, etc.). Pero lo que ya me parece del género tonto es que una persona que se gana la vida gracias a la cultura aproveche un ataque a la Ley Sinde para reivindicar la desaparición de una de sus fuentes de ingresos. Ah, que a lo mejor iba de coña y quería decir justo lo contrario... Puede, pero a lo mejor sus lectores no lo interpretan así, se quedan con la copla y ponen la idea en marcha. ¿Apocalíptico? ¿Exagerado? Pues, teniendo en cuenta que en algunos ayuntamientos de la Comunidad de Madrid se amenaza a los bibliotecarios con privatizar las bibliotecas en cuanto éstos ponen el grito en el cielo por cualquier cacicada de la concejalía de Cultura correspondiente, no sabría yo decir...
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Nunca dejará de sorprenderme la capacidad humana de retorcer argumentos válidos hasta hacerlos irreconocibles para llegar a conclusiones erróneas mediante razonamientos correctos. El doctor Fleischman decía, en un episodio de Doctor en Alaska, que la gente suma dos y dos y consigue que le salga veintidós. Cuando, además, quien retuerce argumentos goza de algo más que cierto predicamento en determinados sectores que coquetean (aunque sin entrar de lleno) con la caverna mediática, Poleo Party o como se quiera llamar, la tarea de intentar rebatirlo se vuelve poco menos que misión imposible. Entrar en polémicas es una auténtica pérdida de tiempo llegados a cierto punto o cuando atañen a según qué personajes, así que me limitaré a constatar la publicación de esta columna de opinión, ofrecer el enlace correspondiente (un bibliotecario siempre cita la fuente), ahorrar epítetos y lanzar al aire un par de ideas de utilidad para contextualizar el asunto en la medida de lo posible. Por aquello de no alimentar al trol, vamos.
Aun entendiendo el punto de ironía que se emplea en la columna de marras (sí, vale, el columnista está jugando a provocar, y lo más probable es que vaya de coña y opine justo lo contrario de lo que está escribiendo, aunque, si éste fuera el caso, podría decirlo alto y claro, como hace este otro columnista), y sin dejar de entender el contexto político y social (el todo vale para cargarse al gobierno), quiero insistir en que, a partir del tenor literal de la columna, el autor parece llegar a conclusiones erróneas utilizando argumentos parcial o totalmente válidos o, al menos, no del todo incorrectos. No tengo nada que oponer al hecho de que dispare a matar contra una ley  impopular, peligrosa y de dudoso acomodo con la legalidad, una ley que nos ha impuesto un grupo de presión ligado a una potencia exterior (doy por hecho que la llamada Ley Sinde se aprobará tarde o temprano); pero me parece mucho más dudoso que para llevar a cabo este ataque cargue las tintas contra los principios rectores de la política social y económica de los españoles, reconocidos en el capítulo III del Título I de la Constitución. Para desacreditar una apostilla dudosamente constitucional de una ley que nos han colado los Estados Unidos, el columnista dinamita el artículo 44.1 de la Constitución, ese que dice que "Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho". Ése es el marco legal, reconocido por la Constitución, y promovido y tutelado por los poderes públicos, que permite la existencia de las bibliotecas públicas y, por extensión, lo que da o ha dado de comer a la mayoría de los lectores de Frikitecaris... y, me atrevo a añadir, al columnista airado, quien no duda en dispararse al pie con tal de propinarle una hostia más que merecida al gobierno, pero a costa, insisto, de caer en la tautología y el sofisma.
No creo que se trate de una columna descerebrada ni de una mera meada fuera de tiesto por parte del columnista famoso por no querer incurrir nunca en lo primero, aun a riesgo de vivir de manera permanente en lo segundo: al fin y al cabo, todavía hay clases, y el grupo mediático en el que colabora se mantiene dentro de unos estándares aceptables de conducta, cosa que no se puede decir de otros grupos mediáticos de la misma ideología pero algo más exaltados. La columna de marras forma parte de un contexto francamente desalentador, en el que ganas más votos o lectores cuanto mayor sea la burrada que dices, y en el que está mejor que bien visto tirar a matar contra todo aquello que huela a sector público. En última instancia, y sabiendo quiénes son los lectores naturales de esta columna y quién gobierna en la comunidad autónoma donde trabaja y reside el columnista, no es más que un aviso para navegantes: si los propios intelectuales "conservadores moderados" afines al régimen, los individuos más interesados en que sus obras obtengan difusión y las futuras bibliotecas lleven sus nombres, consideran (aunque sea a modo de pirueta mental escrita para tocar las pelotas al "bando contrario", y en el marco de un ataque contra una ley reprobable) que las bibliotecas son una chorrada que no sólo no cumple ninguna función social sino que encima es un ataque en toda regla a la libertad de creación artística, no os quepa ninguna duda de que el futuro de las bibliotecas es más bien negro, por no decir inexistente. Quien más, quien menos, todos los bibliotecarios madrileños o valencianos aquí presentes tendréis alguna jugosa anécdota que contar con respecto al modo en que vuestros poderes públicos autonómicos y locales promueven y tutelan el acceso a la cultura en vuestros respectivos centros de trabajo.
¿Se me va la pinza? Puede que sí, pero no creo: si prescindimos de Poleos Party y similares hierbas nacionales (que, total, no hacen más que soltar la burrada más grande que se les ocurra, entre bromas y veras, para crispar el ambiente), sí hay una tendencia que va más allá de lo anecdótico. Un columnista no deja de ser eso, un columnista, y, por más que su opinión sea tenida en cuenta e incluso se le otorgue la capacidad real de toma de decisiones si tiene la suerte de que le den algún cargo como agradecimiento a los servicios prestados (un Instituto Cervantes, una secretaría de Estado o, ay, una dirección de la Biblioteca Nacional), éstas, en última instancia, se toman en otros ámbitos, generalmente supranacionales. La Unión Europea, por ejemplo, que es la institución que obligó a España a implantar el canon por préstamo pero que al mismo tiempo está intentando salvar a editoriales y bibliotecas (la cultura y la propiedad intelectual, en general) de sucumbir al monopolio de Google Books. O los famosos mercados, esa mano invisible cada vez más visible, que dictan que lo que no da dinero está condenado a desaparecer. Son los mismos mercados que han determinado que buena parte de la red de bibliotecas públicas de Gran Bretaña esté condenada a la desaparición, y que, por mero efecto dominó, dé toda la impresión de que esto sea una tendencia y, tarde o temprano, se acabe exportando a España. Visto lo visto, y a tenor de lo que opina en público la intelectualidad destinada a influir en quienes tendrán la última en palabra, será más temprano que tarde, y, desde luego, el panorama no parece más descorazonador.
¿Quién tiene razón? ¿Quién deja de tenerla? El tiempo lo dirá. Lo que está claro es que se avecinan malos tiempos para quienes vivimos o intentamos vivir de la cultura y la creación, propia o ajena, porque nos quedan tres telediarios para que nos cierren el chiringuito. Y lo más irónico del asunto es que nuestro epitafio lo están ayudando a escribir personas que viven de la cultura y de la creación propia. Con dos cojones, oiga.
Cabe la posibilidad, y ya lo he dicho al principio de esta entrada, de que el autor de la columna esté diciendo justo lo contrario de lo que parece que está diciendo, y en realidad esté planteando una floridísima e ingeniosa reducción al absurdo, al equiparar una idiotez (la ley para frenar las descargas ilegales) con otra idiotez mucho más grande y, sobre todo, provocadora (¡las bibliotecas públicas son más de lo mismo, ergo también hay que cerrarlas!). Si es así, me la envaino... aunque me temo que quienes toman las decisiones en última instancia no interpretarán la ironía y el doble sentido, sino que leerán esta columna al pie de la letra, tomarán nota de lo que opina la intelectualidad afín al régimen que fue y será, lo utilizarán como argumento de calidad y, ay, actuarán en consecuencia. Teniendo en cuenta quién lee al columnista, hasta puede que el tiro le salga por la culata y consiga que se haga aquello que dice en la columna, no lo que quería decir.  Al fin y al cabo, el columnista podrá estar afirmando lo contrario de lo que ha escrito, pero sus lectores tipo creen a pies juntillas que hay que acabar con gasto público inútil, y desde luego, la cultura es un objetivo muy, muy fácil de atacar, e igualmente fácil de reducir a maniqueísmos absurdos. El infierno está lleno de paradojas así.

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Los jueves, informe de lectura: Los presidentes en zapatillas, de M.ª Ángeles López de Celis


Ya lo sé, hoy es miércoles, pero esta sección se titula como se titula y no voy a cambiarla por un detalle sin importancia. Así pues, continúo con la publicación de los informes de lectura que suelo escribir para Círculo de Lectores. En esta ocasión no sé si editarán Los presidentes en zapatillas porque aún no se ha celebrado la reunión en la que se decide sobre su publicación, pero creo que tiene bastantes posibilidades, ya que reúne todo lo que se le puede pedir a un libro de estas características: es veraz, bien documentado, está escrito por una experta en la materia (ha trabajado más de treinta años en el palacio de la Moncloa) y, sobre todo, respetuoso y ameno. La promoción en medios ha ido más a lo anecdótico, pero el ensayo va más allá y nos ofrece un retrato más que interesante de la democracia española posfranquista, desde el punto de vista de alguien que está en el epicentro mismo del poder. Lo cierto es que es muy recomendable. 

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INFORME DE LECTURA
Juan Manuel Santiago


Autora: M.ª Ángeles López de Celis
Título: Los presidentes en zapatillas. La vida política y privada de los inquilinos de La Moncloa
Editorial: Espasa
Páginas: 269
Fecha de edición: 2010
ISBN: 978-84-670-3316-8


IMPRESIÓN GENERAL
Los presidentes en zapatillas es un libro ameno, sincero y nada efectista que, como apunta José Oneto en el prólogo, resultaba necesario. En él se efectúa un retrato muy interesante y didáctico del funcionamiento del día a día en el Palacio de la Moncloa, así como las relaciones entre el los presidentes del Gobierno de España y el personal adscrito a su departamento. Desde su puesto de trabajo, M.ª Ángeles López de Celis ha sido una testigo privilegiada de la evolución política de España, y esboza una historia alternativa de la España democrática, desde 1977 hasta la actualidad.
Destaca la gran objetividad de la autora. Como indica Oneto en el prólogo, resulta inevitable entrever cuáles son las simpatías personales de López de Celis, aunque se cuida mucho de hacerlo de manera expresa. Se dejan ver el atractivo de Adolfo Suárez, la inteligencia de Leopoldo Calvo-Sotelo, la personalidad arrolladora de Felipe González, la antipatía que generan José María Aznar y Ana Botella, o los modales políticos desconcertantes de José Luis Rodríguez Zapatero.
Con todo, el mejor activo del libro son las digresiones sobre aspectos poco conocidos del funcionamiento de Moncloa, o las curiosidades sobre los personajes secundarios que no aparecen en los libros de historia pero que han resultado determinantes para que la España actual sea como es; en concreto, los jefes de gabinete y ayudantes de Presidencia, algunos de ellos con costumbres muy exóticas. Por encima de todo ello, destaca el papel que da la autora a las esposas y los hijos de los presidentes. En este aspecto realiza unas descripciones tiernas, aunque no exentas de acidez.
En el aspecto negativo, el tono a lo Cuéntame que emplea la autora cuando trata de poner en contexto los principales logros de las respectivas presidencias. Son unos resúmenes históricos necesarios, para comprender lo que sucede durante el período que comenta, pero en ocasiones se apartan demasiado del tono del libro, y son demasiado irregulares. Sin embargo, los epílogos de cada capítulo, en los que relata el periplo vital de los presidentes después de haber dejado el cargo, son muy interesantes.

 

RESUMEN
En el prólogo, José Oneto destaca el hecho de que el retrato que efectúa López de Celis se parece excesivamente a las impresiones que él ha extraído a lo largo de más de treinta años de contactos con nuestros cinco presidentes del Gobierno. También alaba el tono comedido que se emplea en el texto, lo cual es rigurosamente cierto.
A continuación la autora relata su infancia y juventud en el Madrid de finales del franquismo, y cómo llegó a la Moncloa prácticamente por azares del destino. Había comenzado a estudiar Psicología en la Universidad Autónoma de Madrid, pero sus padres la presionaron para que trabajara, pues los ingresos familiares no eran precisamente abundantes. Por ello recala como auxiliar administrativa en la Secretaría General del Movimiento, que por aquel entonces dirigía Adolfo Suárez. Eran los convulsos momentos posteriores a la muerte de Franco, en los que no estaba del todo claro que España fuese a consolidar la democracia o si, por el contrario, se perpetuaría el franquismo después de Franco, con esos subsecretarios con bigotillo fascista y la pistola escondida debajo de la mesa. Gracias a la mediación de una amiga, la autora solicita una plaza en Presidencia del Gobierno, bajo las órdenes de Adolfo Suárez.
Tras este prólogo, López de Celis dedica un capítulo a cada uno de los cinco presidentes del Gobierno que ha tenido la España democrática, basándose sobre todo en sus recuerdos personales, pero también en la documentación a la que tenía acceso por razón de su cargo; eso sí, haciendo gala siempre de una auténtica prudencia. 
 De Adolfo Suárez destaca la ilusión y el ambiente de equipo que reinaba en los primeros tiempos. Suárez era prácticamente uno más, e incluso cogía el teléfono y anotaba los recados. La autora ordenó y puso en marcha un archivo con el que se pudo salir al paso de la improvisación que imperaba en aquel momento. Esboza el origen del Palacio de la Moncloa. También describe la distribución de sus dependencias, y el descubrimiento de la famosa Bodeguilla, que era en origen la mantequería real. Relata que su primera misión fue prestar atención por si encontraba «el papelito», una hoja que supuestamente escribió Adolfo Suárez cuando era gobernador civil de Segovia, en los años sesenta, y en la que esbozó al entonces príncipe Juan Carlos cuáles debían ser los pasos a seguir cuando muriese Franco. Las últimas páginas del capítulo narran de manera dolorosa los últimos momentos de Suárez en Moncloa, atenazado por la creciente presión del PSOE, las discrepancias internas de la UCD y la presión militar. Reconoce que Suárez no recibió el menor apoyo del rey Juan Carlos en vísperas de su dimisión televisada, que describe de una manera magistral y emocionada. También narra algunos aspectos relevantes que pueden ayudar a entender mejor el 23-F, así como las conversaciones que tenía con su vicepresidente, el teniente general Gutiérrez Mellado, quien, por cierto, consiguió enchufar al entonces novio de la autora para que realizara el servicio militar de la manera menos traumática posible. 

 De Leopoldo Calvo-Sotelo destaca su absoluta brillantez intelectual y exquisitez personal, así como sus indudables dotes de pianista. La autora se lamenta del papel que se le atribuye, que en su opinión raya el ninguneo. Pese a que sólo ejerció durante año y medio, y por lo tanto no puede hablar de él con el conocimiento de causa con que habla de González o Suárez, se deja entrever que la autora le profesa más respeto que simpatía, pues hace hincapié en su carácter tímido pero, no obstante, brillante. Es prácticamente un capítulo de transición, como su presidencia.

 Sin embargo, de Felipe González sí habla, en ocasiones con un entusiasmo que deja entrever sus filias personales y políticas. En cuanto al entorno familiar, destaca la independencia de Carmen Romero, así como la adolescencia conflictiva de sus dos hijos varones, Pablo y David, tal vez los niños más rebeldes que hayan pisado La Moncloa. Destaca asimismo el gusto de Felipe González por la orfebrería y el cuidado de bonsáis. El retrato que efectúa de González es casi el de un místico con demasiado carisma, y se complementa muy bien con el que realiza de Alfonso Guerra. Destaca que resultaba fácil trabajar con ellos, aunque no deja en muy buen lugar a Javier Solana, a quien retrata en términos nada amables y remata con comentarios incluso condescendientes. Tampoco puede dejar de hacer constar la intimidad existente entre González y Rosa Conde, y cómo se encerraban en el despacho presidencial con el pestillo echado. También se relata el ambiente que imperaba en la Bodeguilla, donde se reunía la flor y nata de la intelectualidad española de la época. Con todo, lo más llamativo del capítulo es el retrato del búnker de alta seguridad que se construyó en Moncloa durante estos años, detallado e impresionante, pues parece sacado de una película de espionaje. La autora hace énfasis en la entrada de España en el Mercado Común, la problemática que generó el referéndum de la OTAN, el respeto que sentía Ronald Reagan hacia González, los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, los preparativos de la Cumbre Árabe-Israelí de Madrid y la presidencia europea de 1995, y los dos aspectos que lastraron su presidencia y, en última instancia, determinaron su derrota en 1996: la corrupción y los GAL (aspecto en el que entra en detalles no demasiado escabrosos pero muy llamativos, como el papel que desempeñó Baltasar Garzón).  

 El capítulo dedicado a José María Aznar destaca por la manera en que la autora deja de lado la discreción que había caracterizado sus tres capítulos anteriores y entra al trapo al describir los exóticos usos de la familia Aznar Botella. Convierte en protagonistas a los dos perros cocker de la familia, Zico y Gufa, que se orinaban en las alfombras, le tenían verdadera inquina a Álvarez-Cascos y estuvieron a punto de provocar un incidente diplomático con Polonia. Destaca los modales ásperos de la jefa de gabinete, Milagros Rodríguez Falcón, a quien retrata como una integrista religiosa con graves desequilibrios emocionales y tal vez mentales, que consiguió hacer de la vida de los trabajadores de Moncloa un auténtico infierno. El pasaje dedicado al exorcismo que ordenó realizar en Moncloa es tremendamente surrealista. Tampoco deja en muy buen lugar a Ana Botella, quien consigue llevar la vida cortesana de Moncloa a su máximo esplendor (y, en este aspecto, resulta obligado referirse a la boda de Ana Aznar Botella con Alejandro Agag) y tenía una fijación especial por las alfombras, de las que cubre el Palacio de la Moncloa hasta extremos inauditos. La autora tiene muy buen concepto de Rodrigo de Rato y, sobre todo, del pequeño de la familia, Alonso Aznar, de quien efectúa un retrato muy tierno y simpático. En este capítulo se comentan algunos asuntos de protocolo, como la disposición de las mesas y comensales en las cenas y comidas oficiales, con absoluto lujo de detalles, lo cual le da pie para comentar sus gustos culinarios. Destaca de Aznar sus conocimientos enológicos (ampliamente acreditados), así como su costumbre de tomar siempre dos bolas de helado de chocolate como postre. También se relatan las duras jornadas del 11-S de 2001 y el 11-M de 2004. El retrato de la primera legislatura de Aznar es positivo pese a sus claroscuros (se despacha a gusto con Miguel Ángel Rodríguez y otros miembros del Clan de Valladolid) y abunda en detalles con respecto a la prepotencia de la segunda legislatura de Aznar. No tiene desperdicio el pasaje en que habla de la visita del matrimonio Rajoy, en vísperas de las elecciones del 14-M de 2004, para enseñarles la que debía haber sido su residencia después de los comicios. Finaliza el capítulo describiendo la deriva ideológica y personal que ha sufrido Aznar después de haber dejado la presidencia, hecho del que la autora se lamenta.

 La descripción de la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero arranca como un reencuentro: el del personal de Moncloa con el equipo político de «fontaneros» de Felipe González, un reencuentro feliz que sucede a los últimos años de Aznar, en los que se deja entrever que pudo haber habido un intento de depuración de personal por motivos políticos o que, al menos, se intentó. Destaca el carácter de Zapatero como un hombre tranquilo, más tímido de lo que parece, y con un punto enigmático. También se destaca el disgusto de Sonsoles Espinosa con la vida en la Moncloa, así como el carácter de las dos hijas del matrimonio, y sus intentos por llevar a cabo una auténtica vida familiar, con rutinas impuestas por Sonsoles que intentan conseguir que Zapatero saque todo el tiempo posible para ella y las niñas. En este capítulo se efectúa una completísima descripción del funcionamiento del Consejo de Ministros, que resulta en extremo instructivo. Como es obligado, la autora habla largo y tendido sobre las consecuencias del 11-M y desacredita las teorías conspiratorias de la derecha mediática sirviéndose de un artículo aparecido en El Mundo pocas semanas después de los atentados, en el que se deja claro que no pudieron haber sido obra de ETA. La autora destaca la legislación de la primera legislatura, sobre todo en materia de matrimonio homosexual, memoria histórica, igualdad y la Ley de la Dependencia. También se destaca el papel de María Teresa Fernández de la Vega, quien, como vicepresidenta primera, ha sido la primera mujer que ha ejercido como presidenta del Gobierno de manera interina. La autora destaca como un gran logro personal una conversación con Zapatero en la que, en nombre de todo el personal de Moncloa, le pedía que se les concediera la Cruz de la Orden del Mérito Civil. Con todo, el episodio más surrealista que se retrata es la visita del líder libio Muammar Al-Gaddafi en diciembre de 2007. A modo de conclusión, la autora se detiene a analizar el famosísimo «síndrome de La Moncloa», que ha afectado a todos los presidentes del Gobierno excepto a Calvo-Sotelo (quien no gobernó tanto tiempo como para contraerlo), y que consiste en la pérdida de contacto con respecto a la realidad circundante, así como con un aumento de la suspicacia y la prepotencia; según ella, afecta a todos los presidentes, aunque cada uno lo manifiesta a su manera: Suárez, al pensar que el modelo español de transición se podía exportar a Oriente Medio o al pensar que el Rey le rechazaría la dimisión; González, con su vocación caudillista y de «líder mundial»; Aznar, con su mesianismo despótico y egocéntrico, y Zapatero, por su intolerancia a escuchar críticas. Uno de los últimos episodios destacables que recoge la autora es el recibimiento, de pie y con aplausos unánimes, con que el Consejo de Ministros recibió a Pedro Solbes después de vencer con claridad a Manuel Pizarro en el debate económico de la campaña electoral de 2008; retrato que contrasta con el tono con que se narra el primer cara a cara entre González y Aznar en 1993: el día antes, el avión que llevaba a González a las Canarias había estado a punto de tener un accidente, y nadie se explicaba que el presidente pudiese mantener la compostura ante las cámaras.
Por último, la autora realiza un epílogo en el que transmite sus opiniones personales sobre el innegable avance que ha experimentado España durante los años de democracia, y la suerte inmensa que ha tenido al poder vivirlos tan de cerca desde el puesto de trabajo que ha desempeñado en Moncloa. Concluye el libro con un índice onomástico indispensable para seguir la narración.



ASPECTOS POSITIVOS
 Es un libro ameno e interesante. Apenas hay párrafos de relleno, y la estructura parece muy meditada.
Esboza un tipo de historia, centrado en los personajes secundarios de la Historia con mayúsculas, que resulta novedoso en España.
La autora es respetuosa con los presidentes y su entorno, y en muy pocas ocasiones se deja llevar por sus filias y fobias personales, lo cual ayuda a incrementar la imagen de objetividad.
La documentación que maneja es impecable, pues la conoce de primera mano, por haber trabajado con ella durante todos estos años.
Los detalles relativos a las familias de los presidentes son muy de agradecer, pues nos permiten efectuar un relato en clave íntima y familiar, muy acorde con el subtítulo de la obra («vida política y privada de los inquilinos de La Moncloa»).
La manera en que intercala detalles sobre la organización de tareas en Moncloa hace muy fácil la lectura: en todos los capítulos introduce un par de páginas sobre determinados asuntos, que sabe combinar muy bien con la narración. Así pues, la estructura de la narración no es exactamente cronológica y, por lo tanto, no es predecible.

 
ASPECTOS NEGATIVOS
 Los lectores que busquen «carnaza» se van a llevar una gran decepción, dado el exquisito respeto de la autora a los presidentes y su entorno. De hecho, los pasajes más llamativos o picantes ya han sido reproducidos por los medios de comunicación, y bien se podría decir que son los únicos que aparecen en el libro (en concreto, la más que sugerida relación entre Felipe González y Rosa Conde).
A pesar de su evidente objetividad, es cierto que la autora carga demasiado las tintas en el capítulo correspondiente a José María Aznar, lo que tal vez pueda restarle algunos lectores entre los más afines al PP o los lectores católicos practicantes. El retrato de Milagros Rodríguez Falcón es especialmente agrio, aunque tiene momentos de auténtico humor, como el del exorcismo que ordenó para ahuyentar malos espíritus del personal de La Moncloa.
En algunos pasajes del libro se echa en falta una buena corrección de estilo.



VALOR LITERARIO
7
La autora escribe con soltura, aunque a veces le perjudica el exceso de adoctrinamiento. No obstante, consigue plasmar a la perfección el retrato de una época fundamental en la historia de España, contagiando al lector la ilusión y el privilegio que suponen trabajar en Presidencia del Gobierno. El retrato de las intimidades de las familias presidenciales tiene gran valor, pues nunca se había hecho de la manera en que lo efectúa la autora: con objetividad, y comparando las cinco familias que han vivido hasta ahora en Moncloa. Hay momentos muy divertidos, y ello es posible gracias, sobre todo, al desparpajo con que López de Celis sabe transmitir la multitud de anécdotas que relata.


VALOR COMERCIAL
8
Pese a algunos defectos menores, es un libro idóneo para cualquier aficionado a la historia reciente de España, así como para interesados en política. Puede ser asequible tanto para el telespectador de Cuéntame como para el estudiante de Historia Contemporánea, aunque el primero pueda perderse en las descripciones del funcionamiento de Moncloa y al segundo le puedan sobrar los retratos de personajes. Sin embargo, es un libro apto para todos los públicos, y toca un asunto que no pasa de moda, por lo que sus ventas de fondo pueden ser constantes.



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viernes, 23 de enero de 2009

Señales de vida

Estoy, estoy. No me he olvidado de vosotros, pero me hallo inmerso en uno de esos frecuentes vórtices de multienmarronamiento que de vez en cuando me sacuden, unido a una semana intensa y rara, que se ha traducido en no demasiada productividad y en mucha vida social.
¿Qué ha sido de mi vida y del universo durante los últimos días? Al grano, y ráfagamente, que diría el poeta:

Estoy celebrando a mi manera el bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe: corrigiendo textos suyos. Ahora estoy con "El pozo y el péndulo". Qué bien sigue funcionando, el condenao.

Después de una semana posnavideña de relativa histeria, por fin vuelven a acumulárseme los encargos. Compatibilizo los cuentos de Poe con un ensayo de historia económica y, cuando entregue ambos, un librito de autoayuda. En la variedad está el gusto.

Desde que he descubierto que con una sola frase de estado, que lleva exactamente cinco segundos pensar y otros tantos escribir, puedo tener cinco veces más comentarios en Facebook que si me paso una mañana entera pariendo una entrada apañada para el blog, la verdad es que me está entrando una pereeeeza...

Contemplo anonadado el Watergate que se está liando en la Comunidad de Madrid. Pero en algo estoy de acuerdo conmigo mismo: no va a salpicar Esperanza Aguirre, va a llevarse por delante (políticamente) a Francisco Granados y dejará en una situación extraña a Ignacio González (¿lanzarse a los brazos de Gallardón y Rajoy?). Veo a Juan José Güemes como próximo presidente madrileño...

Tengo ADSL en casa de Cristina, que ya es tanto como decir mi casa, nuestra casa. A fin de mes desmantelamos el piso compartido de Arizala, porque Emmanuel y Wendy regresan a México. Se acabaron las escenas de cástings... Seis años y medio muy intensos, una montaña rusa emocional sin la cual no habría blog. Ya me puedo ir buscando otro leitmotiv... Las heridas y cicatrices, por ejemplo...

Y esto no es todo, pero por hoy ya está bien. Vale.

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lunes, 20 de octubre de 2008

De biconceptualismos y sociolingüistas

Lo habitual es que no escriba acerca de libros que he corregido, supongo que por dos motivos: por un lado, tengo el prurito perfeccionista que me hace pensar que si abro un libro que ya haya corregido lo encontraré lleno de errores tremendos que no acertaré a entender por qué se me escaparon, y, por otro, por un prurito de falsa modestia -o de vergüenza torera- que me impide darles demasiado bombo. De todos modos, como cada vez me queda menos vergüenza, el motivo que impera suele ser el primero.
Enciendo el ordenador esta mañana y uno de los primeros artículos con los que me encuentro es una entrevista, aparecida en el diario Público, con el sociolingüista George Lakoff, autor de No pienses en un elefante y el recién aparecido Puntos de reflexión. Manual del progresista (Península).

Tal como se promocionan el libro y el autor, podría parecer que Lakoff es la mano derecha de José Luis Rodríguez Zapatero, lo que no es del todo exacto. Cierto es que Lakoff es uno de los gurús de guardia del presidente del Gobierno, si bien de una manera un tanto casual: el diputado socialista José Andrés Torres Mora compró y leyó el anterior título de Lakoff, No pienses en un elefante, le encantó, se lo pasó a José Blanco, a quien también le encantó, y de ahí pasó a José Luis Rodríguez Zapatero, a quien también le encantó y fichó a Lakoff. Éste, aparte de ser un reputado lingüista (y en este punto sería lícito preguntarnos qué le pasa a los grandes de la lingüística para pasarse al terreno del ensayo político progresista de denuncia social; estoy pensando en Noam Chomsky o Tzvetan Todorov), es la cabeza visible del Rockridge Institute, un think tank que, para los parámetros de la política estadounidense, podríamos considerar como ultraizquierdista y que, según los parámetros de la política europea, milita en el campo de la izquierda reformista... He estado tentado de decir que su orientación política es de centro izquierda, pero, como veremos, la premisa de Lakoff estriba en demostrar que lo que llamamos centro político no existe como tal, sino que es el punto de encuentro de las ideologías conservadora y progresista.
La argumentación principal de Puntos de reflexión se basa en que no hay que caer en la llamada "trampa centrista", según la cual el político progresista tipo intenta buscar al electorado centrista para ganar las elecciones y, en lugar de ellos, suele encontrarse con que las pierde de manera clamorosa. Ello no se debe a las bondades intrínsecas del mensaje conservador, sino a un error de base: al moderar o "centrar" sus puntos de vista, el mensaje progresista se "derechiza", pierde su esencia y su electorado no se identifica con el mismo, con lo que le da la espalda. Deja de convencer al votante progresista de toda la vida, y no consigue captar al votante centrista; de ahí que Lakoff sostenga una alternativa a la moderación: redefinir el mensaje, de modo que determinados aspectos del mismo sean atractivos de por sí para el electorado, sin que éste tenga que detenerse a pensar en otros aspectos del programa electoral.
De acuerdo con esta visión, Lakoff propone ganar a lo que llama electorado biconceptual. El biconceptualismo es, según Lakoff, la cualidad que tiene el votante centrista de pensar en términos conservadores en determinados aspectos y en términos progresistas en otros. No es una teoría aplicable únicamente a los Estados Unidos; más bien, es de alcance universal. Por poner unos ejemplos nada inocentes, un partido socialista puede defender una serie de medidas de carácter marcadamente progresista, capaces de llamar la atención al posible votante (leyes de memoria histórica, liberalización del aborto, introducción del matrimonio homosexual, autorización de la investigación con células madre...), pero mantenerse en el plano de política económica general dentro de las directrices impuestas por la Unión Europea. Estarás apelando, pues, al biconceptualismo del votante. Puedes ser muy progre en política social, pero conservador en política económica. Y, lo que es mejor, puedes no contemplar ninguna contradicción entre ambas posturas, algo a lo que es muy dado el votante progresista.
El lenguaje es muy importante en este aspecto, pues modela la concepción de realidad del votante potencial. Es necesario no plantear las cuestiones en términos negativos, que suelen resultar contraproducentes.
Si planteas la siguiente proposición: "No pienses en un elefante", estarás jodido, porque, evidentemente, vas a pensar en un elefante.
A Richard Nixon se le cayó con todo el equipo cuando intervino en televisión para defenderse de la que se le venía encima en el caso Watergate con una de las defensas más contraproducentes de la historia de la política: "NO soy un mentiroso". ¿Resultado? La opinión pública interpretó que sí lo era, y que quería ocultar este hecho. No tardó en dimitir.
Es más que probable que John McCain tirara por la borda las escasas opciones que tenía de ganar las próximas elecciones presidenciales estadounidenses cuando, en el debate electoral de la semana pasada, se defendió de un comentario de Barack Obama en los siguientes términos: "NO soy el presidente Bush". Tal vez esto reafirmara a la opinión pública en que McCain sería más de lo mismo.
El lenguaje es asimismo importante al modular el discurso. Por lo general, en los últimos veinte años el conservadurismo ha marcado la pauta en lo que a pensamiento y tendencias políticas se refiere. Lleva la iniciativa, y el progresismo sólo puede aspirar a defenderse; esto es, a luchar según las reglas impuestas por aquel que ha definido las reglas y que ha indicado cómo hay que combatir. En lugar de crear nuevas reglas, el pensamiento progresista entra al trapo e intenta desbaratar el edificio conservador, sin ser consciente de la dificultad que entraña la empresa: si juegas con negras y el otro te lleva ventaja desde el comienzo de la partida, vas a perder o, si se te da extraordinariamente bien, como mucho te ofrecerán tablas.
Así pues, Ronald Reagan ganó las elecciones de 1980 llevando la discusión a su terreno, planteándola en sus propios términos e impidiendo que los demócratas pudieran recuperar la ventaja que tenían como partido en el poder. ¿Cómo lo hizo? Presentando la sanidad pública como una sangría económica para los contribuyentes, una fuente de despilfarro de la que había que librarse. No incidió en las cifras puras y duras ni apeló a los principios del estado social, sino que urdió una especie de versión femenina y ventajista de Joe el Fontanero y la presentó como una usuaria negligente, que abusaba de los servicios públicos y que, por lo tanto, producía gastos innecesarios que el contribuyente bienintencionado no tenía por qué soportar. De este modo apeló al biconceptualismo del votante, entrándole por el camino más seguro: dejó intacta la vena progresista de los votantes (hay que mantener los gastos públicos en sanidad), pero hipertrofió su vena conservadora (hay que gastar menos en pruebas innecesarias; sólo así habrá sanidad publica para todos).
Ni que decir tiene que se cargó la sanidad pública estadounidense. Pero los votantes no sabían que estaban votando para que lo hiciera: creían que lo hacían para gastar con sentido común.
Otro de los grandes problemas de la progresía es creer que todo se ajusta a una escala (de menos bueno a mejor) y que todo puede ser racionalizado. Hay asuntos que sólo admiten un "sí" o un "no" como respuesta, y en ese aspecto la estrategia conservadora es más efectiva: tiene soluciones para todo; radicales, si se quiere, pero claras. No tiene que justificarse ante el electorado extremadamente biconceptual, por lo que puede soltar las mayores barbaridades en determinadas cuestiones clave sin que por ello vaya a perder a su electorado más moderado en, pongamos por caso, cuestiones económicas en las que sí va a optar por el sentido común.
Asimismo, hay asuntos que escapan a toda racionalización, cuestiones demasiado emocionales, acerca de las cuales el electorado conservador jamás dudará. Ronald Reagan no ganó porque su programa fuera más convincente que el de Jimmy Carter, sino porque era mucho más directo y porque conectaba mejor con el electorado.
No obstante lo dicho, el mensaje de Lakoff es más profundo que lo expuesto: no se ganan unas elecciones manipulando el lenguaje con el que están enunciadas las propuestas electorales, pero seguro que se pierden si esas propuestas no están enunciadas con suficiente claridad. Por supuesto que no basta con un programa electoral para ganar una elecciones, pero éstas jamás se ganarán si no existen contenidos detrás de la figura del candidato. Por este motivo, Lakoff concluye el libro con una serie de orientaciones acerca de cuál debe ser la política a seguir por los progresistas estadounidenses. En algunos casos plantea medidas que en Europa están más que adoptadas, pero en otros introduce conceptos que deberían movernos a reflexión. En tiempos como los presentes, en los que se le puede conceder el Nobel de Economía a alguien que, básicamente, no ha hecho sino afirmar que los cuarenta premios Nobel de Economía que lo precedieron se equivocaban de cabo a rabo, la lectura de Puntos de reflexión es necesaria, puesto que aporta una serie de indicaciones muy valiosas para reformular la izquierda, el progresismo (que no "la progresía") y, en general, la concepción de la política que ha imperado en los últimos veinte años.
¿Un Francis Fukuyama de izquierdas? No: Puntos de reflexión no va exactamente de eso; pero como aproximación un tanto burda podría valer.

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