lunes, 20 de octubre de 2008

De biconceptualismos y sociolingüistas

Lo habitual es que no escriba acerca de libros que he corregido, supongo que por dos motivos: por un lado, tengo el prurito perfeccionista que me hace pensar que si abro un libro que ya haya corregido lo encontraré lleno de errores tremendos que no acertaré a entender por qué se me escaparon, y, por otro, por un prurito de falsa modestia -o de vergüenza torera- que me impide darles demasiado bombo. De todos modos, como cada vez me queda menos vergüenza, el motivo que impera suele ser el primero.
Enciendo el ordenador esta mañana y uno de los primeros artículos con los que me encuentro es una entrevista, aparecida en el diario Público, con el sociolingüista George Lakoff, autor de No pienses en un elefante y el recién aparecido Puntos de reflexión. Manual del progresista (Península).

Tal como se promocionan el libro y el autor, podría parecer que Lakoff es la mano derecha de José Luis Rodríguez Zapatero, lo que no es del todo exacto. Cierto es que Lakoff es uno de los gurús de guardia del presidente del Gobierno, si bien de una manera un tanto casual: el diputado socialista José Andrés Torres Mora compró y leyó el anterior título de Lakoff, No pienses en un elefante, le encantó, se lo pasó a José Blanco, a quien también le encantó, y de ahí pasó a José Luis Rodríguez Zapatero, a quien también le encantó y fichó a Lakoff. Éste, aparte de ser un reputado lingüista (y en este punto sería lícito preguntarnos qué le pasa a los grandes de la lingüística para pasarse al terreno del ensayo político progresista de denuncia social; estoy pensando en Noam Chomsky o Tzvetan Todorov), es la cabeza visible del Rockridge Institute, un think tank que, para los parámetros de la política estadounidense, podríamos considerar como ultraizquierdista y que, según los parámetros de la política europea, milita en el campo de la izquierda reformista... He estado tentado de decir que su orientación política es de centro izquierda, pero, como veremos, la premisa de Lakoff estriba en demostrar que lo que llamamos centro político no existe como tal, sino que es el punto de encuentro de las ideologías conservadora y progresista.
La argumentación principal de Puntos de reflexión se basa en que no hay que caer en la llamada "trampa centrista", según la cual el político progresista tipo intenta buscar al electorado centrista para ganar las elecciones y, en lugar de ellos, suele encontrarse con que las pierde de manera clamorosa. Ello no se debe a las bondades intrínsecas del mensaje conservador, sino a un error de base: al moderar o "centrar" sus puntos de vista, el mensaje progresista se "derechiza", pierde su esencia y su electorado no se identifica con el mismo, con lo que le da la espalda. Deja de convencer al votante progresista de toda la vida, y no consigue captar al votante centrista; de ahí que Lakoff sostenga una alternativa a la moderación: redefinir el mensaje, de modo que determinados aspectos del mismo sean atractivos de por sí para el electorado, sin que éste tenga que detenerse a pensar en otros aspectos del programa electoral.
De acuerdo con esta visión, Lakoff propone ganar a lo que llama electorado biconceptual. El biconceptualismo es, según Lakoff, la cualidad que tiene el votante centrista de pensar en términos conservadores en determinados aspectos y en términos progresistas en otros. No es una teoría aplicable únicamente a los Estados Unidos; más bien, es de alcance universal. Por poner unos ejemplos nada inocentes, un partido socialista puede defender una serie de medidas de carácter marcadamente progresista, capaces de llamar la atención al posible votante (leyes de memoria histórica, liberalización del aborto, introducción del matrimonio homosexual, autorización de la investigación con células madre...), pero mantenerse en el plano de política económica general dentro de las directrices impuestas por la Unión Europea. Estarás apelando, pues, al biconceptualismo del votante. Puedes ser muy progre en política social, pero conservador en política económica. Y, lo que es mejor, puedes no contemplar ninguna contradicción entre ambas posturas, algo a lo que es muy dado el votante progresista.
El lenguaje es muy importante en este aspecto, pues modela la concepción de realidad del votante potencial. Es necesario no plantear las cuestiones en términos negativos, que suelen resultar contraproducentes.
Si planteas la siguiente proposición: "No pienses en un elefante", estarás jodido, porque, evidentemente, vas a pensar en un elefante.
A Richard Nixon se le cayó con todo el equipo cuando intervino en televisión para defenderse de la que se le venía encima en el caso Watergate con una de las defensas más contraproducentes de la historia de la política: "NO soy un mentiroso". ¿Resultado? La opinión pública interpretó que sí lo era, y que quería ocultar este hecho. No tardó en dimitir.
Es más que probable que John McCain tirara por la borda las escasas opciones que tenía de ganar las próximas elecciones presidenciales estadounidenses cuando, en el debate electoral de la semana pasada, se defendió de un comentario de Barack Obama en los siguientes términos: "NO soy el presidente Bush". Tal vez esto reafirmara a la opinión pública en que McCain sería más de lo mismo.
El lenguaje es asimismo importante al modular el discurso. Por lo general, en los últimos veinte años el conservadurismo ha marcado la pauta en lo que a pensamiento y tendencias políticas se refiere. Lleva la iniciativa, y el progresismo sólo puede aspirar a defenderse; esto es, a luchar según las reglas impuestas por aquel que ha definido las reglas y que ha indicado cómo hay que combatir. En lugar de crear nuevas reglas, el pensamiento progresista entra al trapo e intenta desbaratar el edificio conservador, sin ser consciente de la dificultad que entraña la empresa: si juegas con negras y el otro te lleva ventaja desde el comienzo de la partida, vas a perder o, si se te da extraordinariamente bien, como mucho te ofrecerán tablas.
Así pues, Ronald Reagan ganó las elecciones de 1980 llevando la discusión a su terreno, planteándola en sus propios términos e impidiendo que los demócratas pudieran recuperar la ventaja que tenían como partido en el poder. ¿Cómo lo hizo? Presentando la sanidad pública como una sangría económica para los contribuyentes, una fuente de despilfarro de la que había que librarse. No incidió en las cifras puras y duras ni apeló a los principios del estado social, sino que urdió una especie de versión femenina y ventajista de Joe el Fontanero y la presentó como una usuaria negligente, que abusaba de los servicios públicos y que, por lo tanto, producía gastos innecesarios que el contribuyente bienintencionado no tenía por qué soportar. De este modo apeló al biconceptualismo del votante, entrándole por el camino más seguro: dejó intacta la vena progresista de los votantes (hay que mantener los gastos públicos en sanidad), pero hipertrofió su vena conservadora (hay que gastar menos en pruebas innecesarias; sólo así habrá sanidad publica para todos).
Ni que decir tiene que se cargó la sanidad pública estadounidense. Pero los votantes no sabían que estaban votando para que lo hiciera: creían que lo hacían para gastar con sentido común.
Otro de los grandes problemas de la progresía es creer que todo se ajusta a una escala (de menos bueno a mejor) y que todo puede ser racionalizado. Hay asuntos que sólo admiten un "sí" o un "no" como respuesta, y en ese aspecto la estrategia conservadora es más efectiva: tiene soluciones para todo; radicales, si se quiere, pero claras. No tiene que justificarse ante el electorado extremadamente biconceptual, por lo que puede soltar las mayores barbaridades en determinadas cuestiones clave sin que por ello vaya a perder a su electorado más moderado en, pongamos por caso, cuestiones económicas en las que sí va a optar por el sentido común.
Asimismo, hay asuntos que escapan a toda racionalización, cuestiones demasiado emocionales, acerca de las cuales el electorado conservador jamás dudará. Ronald Reagan no ganó porque su programa fuera más convincente que el de Jimmy Carter, sino porque era mucho más directo y porque conectaba mejor con el electorado.
No obstante lo dicho, el mensaje de Lakoff es más profundo que lo expuesto: no se ganan unas elecciones manipulando el lenguaje con el que están enunciadas las propuestas electorales, pero seguro que se pierden si esas propuestas no están enunciadas con suficiente claridad. Por supuesto que no basta con un programa electoral para ganar una elecciones, pero éstas jamás se ganarán si no existen contenidos detrás de la figura del candidato. Por este motivo, Lakoff concluye el libro con una serie de orientaciones acerca de cuál debe ser la política a seguir por los progresistas estadounidenses. En algunos casos plantea medidas que en Europa están más que adoptadas, pero en otros introduce conceptos que deberían movernos a reflexión. En tiempos como los presentes, en los que se le puede conceder el Nobel de Economía a alguien que, básicamente, no ha hecho sino afirmar que los cuarenta premios Nobel de Economía que lo precedieron se equivocaban de cabo a rabo, la lectura de Puntos de reflexión es necesaria, puesto que aporta una serie de indicaciones muy valiosas para reformular la izquierda, el progresismo (que no "la progresía") y, en general, la concepción de la política que ha imperado en los últimos veinte años.
¿Un Francis Fukuyama de izquierdas? No: Puntos de reflexión no va exactamente de eso; pero como aproximación un tanto burda podría valer.

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8 Comments:

Blogger manu said...

Lakoff es la mano derecha de José Luis Rodríguez Zapatero, lo que no es del todo exacto
Eso es irrelevante. Lo importante de verdad es que lo seas tú. Con lo a gustito que se debe estar al lado del poder.

Eso sí, acuérdate de los amigos cuando estés en las alturas :P

20 de octubre de 2008, 22:14  
Blogger Arturo said...

Ya que mencionas a Nixon. Gore Vidal hizo un comentario fascinante al respecto. Nixon se declaraba el portavoz de "la mayoria silenciosa" que se daba a entender que era la honrada gente de a pie, etac... Gore Vidal encontró el origne de la expresion. Procede de Homero quien la utilizaba para referirse a los muertos.

20 de octubre de 2008, 22:50  
Blogger Juanma said...

Siendo Nixon como era, lo más probable es que la expresión estuviera cargada de intencionalidad... :-D

21 de octubre de 2008, 9:44  
Blogger Small Blue Thing said...

Perdoname, pero Manual del progresista suena a nuestro querido catálogo de Libros Infectos del Facebook.

21 de octubre de 2008, 10:12  
Blogger Small Blue Thing said...

¿Nadie va a hacer EL chiste con lo de la "mayoría silenciosa"? Porque vamos, lo hago yo pero ya mismo.

21 de octubre de 2008, 10:12  
Blogger Juanma said...

¿Cuál de ellos? ¿El de la mayoría que sufría en silencio a Nixon?

:-P

Aclaro que lo de "Manual del progresista" es una chorrada de subtítulo que le han puesto en la edición española. El subtítulo original es "Cómo comunicar nuestros valores y nuestra visión americanos", que me da a mí que no iba a ser muy comercial en España...

21 de octubre de 2008, 10:25  
Blogger Arturo said...

Si que tienes razón ..hay muchos prejuicios contra los inmigrantes que vienen de America. Chilenos, Ecuatorianos, Argentinos...

21 de octubre de 2008, 11:48  
Blogger Juanma said...

Vale, vale, quise decir "estadounidenses"... :-P

21 de octubre de 2008, 11:51  

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