viernes, 10 de octubre de 2008

La culpa es de los padres

O de la Logse. O, peor aún, de los propios niños.
Rescato estas fotografías gracias al arrojo de Cristina, que las subió ayer a Facebook. Como no podéis acceder a ellas a no ser que seais ciberamigüitos de ella en Facebook, me siento en la obligación de colgarlas "en abierto". Así podréis saber cuán conveniente es no prolongar las celebraciones familiares más de lo debido.
El caso es que la celebración prometía. Un doble cumpleaños de unos allegados, en un ambiente rigurosamente familiar. La entrega de regalos fue emotiva, y el menú cumplió con creces: es difícil que un restaurante gallego decepcione, y mucho menos en L'Hospitalet.
Pero, pero, peeeero la cosa se prolongó. El sector masculino se impacientaba, porque estábamos en la planta de arriba y no teníamos manera de saber cómo iba el España-Suecia. Las noticias que nos llegaban eran poco tranquilizadoras: íbamos palmando. Y los postres y los cafés se estaban prolongando demasiado. Habíamos empezado a las dos y media, y ya eran casi las cinco.
La niña se impacientaba. Algo menos de dos años, nieta única y, por tanto, el centro de atención de los casi veinte adultos que allí nos congregábamos. Su tía empezó a pasearla arriba y abajo por el salón, del que a esas alturas éramos los únicos ocupantes. Intenté jugar un poquito con ella, pero me arrojó a mala hostia la pelotita que tenía en las manos. Aclaro dos cosas: primero, que no era una pelotita de goma, sino de plástico, de las que duelen; y segunda, que se nota que su papá había sido entrenador de baloncesto, porque la criaturita me acertó entre ceja y ceja y casi me parte las gafas.
Todos le rieron la gracia. Menos Cristina y yo, evidentemente.
Y Barriguitas.
El barriguitas de la niña se sentía postergado; al fin y al cabo, no suele salir mucho de casa, tan sólo cuando ella así lo dispone, y la celebración familiar se le estaba haciendo larga, muy larga, interminable casi.
En realidad estas cosas no suceden por casualidad; tiene que haber cierta predisposición a ello. Factores de todo tipo. La familia. El entorno. La genética. Las malas compañías. El barrio. Las cosas que ven en la televisión. El aburrimiento.
El aburrimiento.
Eran casi las seis, deberíamos habernos retirado hacía casi una hora, y la sobremesa no tenía visos de terminar. Habíamos remontado el partido, pero nos quedaba el mayor espectáculo del fin de semana: Barriguitas Desencadenado. (Sé que el sexo de un barriguitas es indeterminado, pero la corrección política manda: nuestro barriguitas de marras es varón. Bibiana rules.)
No sé quién le pudo pasar el material; el caso es que, cuando nos quisimos dar cuenta, Barriguitas se estaba montando la fiesta por su cuenta.
En realidad, no es tan difícil de entender: se empieza chupando el chupete a todas horas y se termina así. Tiene su lógica.
Pero, amiguitos, Barriguitas tenía un lado oscuro, y no tardó en mostrárnoslo. Ya no tenía suficiente con todas las reservas de costo de aquel lado de la calle Riera Blanca: necesitaba ahogar sus penas en alcohol.
La soltura con la que se encaramaba a la botella nos hacía pensar que aquella no era, ni mucho menos, la primera vez que Barriguitas montaba el espectáculo. La familia callaba, ergo otorgaba.
Pero la cosa no quedó ahí. Durante un momento, Barriguitas abandonó la mesa. Algunos respiramos aliviados, después de mirarnos de hito en hito. Aún no nos atrevíamos a comentar el asunto: un pesado manto de ocultismo y vergüenza nos impedía hablar.
Pasados unos minutos, Barriguitas regresó, mucho más bravucón que como se había ido. Y, ante nuestras atónitas miradas, ocurrió lo que nos temíamos.

En vano le suplicamos que depusiera su actitud, que había una niña mirando, que con su lamentable espectáculo estaba minando la confianza de una tierna infanta.
Ni puto caso. Barriguitas iba a lo suyo, convertido en un auténtico huracán. Comenzó a comportarse de una manera irracional y, en medio de un arrebato de hiperactividad, volvió a abandonar el salón. Creímos que la situación estaba controlada: Barriguitas nos dejaba dispuesto a irse de farra con todos los demás barriguitas airados del mundo, hacia una rave sin fin, una orgía de pastis y rayitas. Hartos de la pasividad de los niños, los barriguitas del Baix Llobregat se alzaban contra el estado de las cosas y decidían hacer la guerra por su cuenta. La rebelión de las máquinas muta y da paso a la rebelión de los juguetes; y después, ¿qué? El futuro es incierto.
Empero, y para nuestra desgracia, Barriguitas regresó. Nos pidió un mechero y una servilleta limpia, que no tardó en atarse con una soltura acojonante, a modo de torniquete. Cogió la primera cuchara que encontró (¡usada!), la del carajillo de Baileys, y continuó abochornándonos a todos. La politoxicomanía debería haber hecho mella en Barriguitas, pero ni modo. Se empleó alegremente con una botella entera de Cardhu.
Cristina y yo sacábamos fotos a medida que transcurrían los acontecimientos. Y arrancábamos comentarios irónicos acerca de la ocurrencia: estas cosas no deben darse a conocer, deben quedar en familia. Pero nosotros sabíamos lo que hacíamos.
La niña se estaba poniendo incoherente: no en vano, eran casi las siete de la tarde, y llevábamos allí más de cuatro horas. La alegría de partir la tarta de cumpleaños de su abuelo y de haber estado a puntiiito de partirme la crisma estaba dando paso a una ñoña considerable. Además, echaba de menos a Barriguitas, añoraba su presencia y sus mimitos, la seguridad de una mano siempre dispuesta a cerrarse sobre la suya, el frío pero cálido tacto del plástico amigo. O eso creía ella.
Porque, amigos, lo que vimos a continuación superó todo lo que habíamos visto hasta entonces.
Barriguitas, eufórico, comenzó a despotricar contra la niña, enumeró uno a uno todos sus defectos y faltas de atención. Cómo lo había dejado una vez en el pasillo, incapaz de encontrar el camino de vuelta al dormitorio donde la niña lo estaba engañando con una vulgar muñeca de trapo cursi de melenas de fleco de alfombra. Cómo una tarde de paseo lo había tirado, en un arranque de furia, al suelo, al puto suelo, junto a la vía del tren, expuesto a que se lo llevara el camión de la basura o, peor aún, algún perrito juguetón que, a buen seguro, lo haría trizas bajo sus fauces babeantes. Cómo se lo había ofrecido a un compañero de guardería y no se lo había reclamado durante todo el día, con lo que al final el niño lo había dejado tirado en un rincón, toda una noche, librado a su suerte y las vejaciones de las siempre crueles pelotitas blandurrias de guardería, hasta que la seño lo rescató a la mañana siguiente y se lo devolvió a su legítima propietaria.
Barriguitas fue desgranando, implacable, un completo catálogo de aberraciones, una exhibición de atrocidades tan sistemáticas y perfectas que parecían obedecer a un plan, a un propósito: librar a Barriguitas a su suerte, convertirlo en el toxicómano que vimos, ridiculizarlo ante toda la familia.
Contra todo eso dijo basta en aquel momento. Barriguitas acababa de entonar su non serviam particular, de modo que hizo lo que tenía que hacer: representarlo de una manera inequívoca, explicitar su mensaje de odio, rabia y dimisión de tal manera que hasta una niña de veintitrés meses pudiera comprenderlo e interiorizarlo de por vida.
Una vez hecho el calvo más insultante que he presenciado en mi vida, Barriguitas recuperó la compostura y la gallardía de las que había hecho gala desde hacía casi dos años, nos gritó un humillante "¡Ésta la pago yo, pero ahí os quedáis!", le entregó un impoluto billete de quinientos al atónito propietario del restaurante, acompañado por un "Y haz el puto favor de buscarte mejores camellos; cualquier día se te va a morir alguien, con la mierda que les dejas vender aquí", y partió, escaleras abajo, fuera de nuestras vistas, tal vez dispuesto a dejarse recoger en algún parque por otra niña de mirada franca y hoyuelos adorables, una nueva propietaria, dueña, señora, amiga e hija de unos padres a quienes poder esquilmar a hurtadillas para así poder costearse los vicios.
Como es comprensible, no hemos vuelto a saber de Barriguitas. Ni ganas.

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19 Comments:

Blogger Cristina said...

Barriguitas se lo pasó bomba, pero a nosotros nos abochornó...aún recuerdo al padre de la tía de la criatura planteándose la verdad oculta de nuestra relación...

10 de octubre de 2008, 12:11  
Blogger Juanma said...

Sí, Barriguitas estuvo a punto de romper una familia. Es malo, pero malo malo... :-PPPP

10 de octubre de 2008, 12:19  
OpenID unquepassava said...

Sois... sois... me parto! Ni siquiere se me ocurre un adjetivo que vaya bien a la situación. Si el Barriguitas vuelve, si queréis se lo presento a mis pitufos suicidas :-p

10 de octubre de 2008, 13:04  
Blogger Anna said...

Barriguitas estuvo a punto de romper una familia. Es malo, pero malo malo.

¿No hay posibilidad de reinsertarlo?

Aix...
Suerte que yo no soy de "barriguitas"..
¡Si esto lo hacéis con una Nancy o una Leslie no me recupero del trauma en la vida!
¡Terroristas!

Si el Barriguitas vuelve, si queréis se lo presento a mis pitufos suicidas :-p

Que miedito me dais...Con normalitos que parecéis...

Je...

10 de octubre de 2008, 13:20  
Blogger Jaume Julià said...

Alguien que tiene por nombre barriguitas no puede ser un hombre, por el amor de Dios. ¿Mirasteis que tuviera todo en su sitio?

10 de octubre de 2008, 13:25  
Blogger Grine said...

Hay que ver lo que se aburre la gente en las celebraciones familiares... y yo que me entretenía haciendo figuritas con las servilletas de papel, con palillos o haciendo bolitas de pan y lanzándolas al más despistado... voy a tener que aprender de algunos ;)

10 de octubre de 2008, 16:51  
Blogger Juanma said...

Si el Barriguitas vuelve, si queréis se lo presento a mis pitufos suicidas :-p

No sé, no sé, todavía te los convierte en la versión azul de los Niños Mutantes de Saaaaan Iiiiildefooooonsoooo. :-P

http://www.youtube.com/watch?v=Ly4FfUnEN6Y

10 de octubre de 2008, 17:33  
Blogger Juanma said...

¡Si esto lo hacéis con una Nancy o una Leslie no me recupero del trauma en la vida!

Bueno, la Cindy de mi hermana congeniaba bastante bien con mis Geyper-Man. El problema vino cuando una vez liaron un fiestorro un tanto... eh... extremo, y a los nueve meses la casa se llenó de Clics.

¡Terroristas!

Nada, nada, tan sólo nos limitamos a hacer fotos... :-P

10 de octubre de 2008, 17:35  
Blogger Juanma said...

Que miedito me dais...Con normalitos que parecéis...

Sí, sí, lo que dicen siempre los vecinos de los serial killers cuando salen en la tele:
-Pues no sé, era un chico muy educado y agradable... Nunca me hubiera imaginado... :-P

10 de octubre de 2008, 17:36  
Blogger Juanma said...

¿Mirasteis que tuviera todo en su sitio?

Hmmm, tendencias agresivas exacerbadas a raíz de un complejo de castración... Esto lo explica todo... :-PPPP

10 de octubre de 2008, 17:37  
Blogger Juanma said...

y yo que me entretenía haciendo figuritas con las servilletas de papel, con palillos o haciendo bolitas de pan y lanzándolas al más despistado...

Bueno, se han dado casos de figuritas de origami que, en el colmo de la depravación, han tomado ejemplo de Barriguitas y se han fumado a sí mismas. Un sacrificio tan inútil como vistoso, sin duda. :-D

10 de octubre de 2008, 17:39  
Blogger manu said...

Joder, joder, joder... Hacía tiempo que no te metías con historias trash.

Dedicado a Barriguitas: "Amigo", de Niños Mutantes.

10 de octubre de 2008, 22:18  
Blogger Kaplan said...

Arg, cabrones, que jartá a llorar. Eso se avisa, joer, que he estado a punto de palmar con las patatas que estaba comiendo. Ale, voy a limpiar la pantalla.

11 de octubre de 2008, 1:21  
OpenID unquepassava said...

Niños Mutantes de Saaaaan Iiiiildefooooonsoooo

Qué bueno! "Y tú, aparta la jodida cámara"!

Que miedito me dais...Con normalitos que parecéis...

También lo parecían Carrie y la niña del exorcista... :-p

Estaba pensando la que podía montar con los muñecos que me rodean: la Shushing librarian, el madelman nudista, los pitufos suicidas, la dancing queen, el curry, el conejo de Muji... :-p

12 de octubre de 2008, 12:06  
Blogger perenquén said...

El caso es que me suena su cara, aunque con chupa de cuero y camiseta de Judas Priest...

15 de octubre de 2008, 10:43  
Blogger Juanma said...

Seguro que era él. Ahora creo que se ha dejado un look a lo Rob Halford, así que no te quepa duda... :-P

15 de octubre de 2008, 11:56  
Blogger Ro said...

Los barriguitas son de mucho vicio, sólo hay que mirarlos fijamente a los ojos, se les nota.

Y es raro que, pese a la vida de drogaína que llevan, han podido durar tanto tiempo, pq yo los había visto en mi infancia (pero no hacían esas cosas, claro).

17 de octubre de 2008, 13:18  
Blogger Juanma said...

Es que se han picardeado mucho. La culpa la tuvieron Barbie y Ken, que eran una panda de promiscuos... :-P

20 de octubre de 2008, 15:27  
Blogger perenquén said...

No me hables del Kent, no me hables.

Nunca le perdonaré al Kent de mi sobrina que se ligara a mi Madelman esquiador, truncando su brillante carrera militar.

... y siempre andaba randondo a mis clicks, el muy pedófilo.

27 de octubre de 2008, 17:03  

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