miércoles, 23 de febrero de 2011

¿Dónde estabas tú el 23-F?

De un tiempo a esta parte proliferan los documentales, docudramas, series y películas sobre el Rey, la Transición y todo aquello. Todo parece especialmente importante en un día como hoy, en que se cumplen treinta años del 23-F. Me parece un fenómeno positivo, ya que tenemos la suficiente perspectiva histórica como para abordar el asunto de manera desapasionada y crítica, aunque, en general, predominan las luces, el maniqueísmo y el buen rollito a lo Cuéntame cómo pasó. Parece que ha pasado el tiempo suficiente como para que se hable de ello con un enfoque histórico, en vez de meramente periodístico o evocador, pero no el suficiente como para que se efectúe un análisis medianamente profundo. Supongo que habrá que esperar a que no quede vivo ninguno de los protagonistas de aquellas fechas, así que tal vez lo vean mis nietos, si es que el asunto le importa a alguien para aquellas fechas. Total, si asuntos como la Ley de Memoria Histórica levantan ampollas y un partido de poder como el PP se niega a condenar el franquismo y la guerra civil, no veo cómo ni por qué cabría esperar que se emitiese algún programa, ficticio o no, que abordase el 23-F sin prejuicios ni puntos de vista acomodaticios. Me conformaría con que alguien adaptase Anatomía de un instante, de Javier Cercas. La película podría comenzar con Arcadi Espada y el propio Cercas charlando animadamente en un burdel y, a partir de ahí, narrar los sucesos de febrero de 1981. Por supuesto, hablo sin haber visto 23-F: La película, aunque un simple vistazo a las caracterizaciones de los actores hace que no sea muy optimista al respecto.
El 23 de febrero de 1981 yo tenía diez años y medio, y ya tenía edad y discernimiento suficientes como para comprender que aquello era algo muy gordo. Apenas tengo recuerdos de la muerte de Franco (haber visto la portada del ABC, o haber visto el funeral por televisión), y de la Transición recuerdo sobre todo el asesinato de Mari Luz Nájera en una manifestación, alcanzada por un bote de humo de los antidisturbios. Lo de Mari Luz me llegó más que nada porque había sido alumna de mi madre, quien por aquella época impartía la asignatura de Política (la famosa Formación del Espíritu Nacional) y se la metía doblada a sus monjitas, a quienes contaba que por supuesto que enseñaba a Carlos Marx en sus clases: "Era un economista y ofrecía una teoría sobre el capitalismo. ¿Por qué no debería enseñarlo en una clase sobre el capitalismo?". También me enteraba de que mi madre se la tenía jurada a Íñígo Cavero, el ministro de Educación de la UCD que eliminó la asignatura que impartía mi madre, por ser demasiado franquista. Excepto, claro está, si profesoras como mi madre la aprovechaban para enseñar a las alumnas quién era Carlos Marx.
El único recuerdo que tengo de la victoria de la UCD en las elecciones de 1979 viene dado por un hecho colateral: teníamos un ratoncito blanco, un pequeño ratón de laboratorio, cuyo nombre provisional era Patti (por Patti Smith, evidentemente: era la época en que mis hermanos ponían el Horses y el single de "Because the Night" a todas horas), pero que, debido al resultado de aquellas elecciones, pasó a llamarse UCD, por el partido de Suárez. El bichito tuvo una vida triste, mohína y breve, ya que se lo comió uno de los gatos que vivían en el tejado de la galería de alimentación y el garaje que teníamos debajo de casa. Tuvo las santas narices de abrir la jaula, sacar de allí a la pobre UCD, matarla, dar la vuelta a todo el piso y salir por la terraza, donde mi abuelita hacía ganchillo, para mayor recochineo, o para ofrecérsela como tributo, yo qué sé.
No me acuerdo del referéndum para ratificar la Constitución de 1978, pero sí de los carteles electorales que hacía José Ramón Sánchez para el PSOE. Tampoco recuerdo la legalización del PCE, pero sí me acuerdo del atentado de la calle Atocha. Sabía quién era Blas Piñar (cómo no, viviendo en el barrio de Salamanca) y, de hecho, uno de sus hijos salía con la hermana de un compañero de cole. La ultraderecha me preocupaba lo suficiente como para saber que los energúmenos del  puestecito de objetos fascistas que siempre ha habido en la calle Goya (al lado del California 47, donde estaba la sede de Fuerza Nueva y, ahora, la agrupación del PP del distrito de Salamanca) pegaron una paliza a mi hermana por haberles preguntado si tenian jabón de judío. 
En casa comenzaron a entrar El País, el Diario 16, El Jueves y El Papus, y dejaron de verse la Hoja del Lunes, el Ya y el ABC. Mi padre se fue de casa, aunque tardé unos cuantos años en preguntarle a mi madre si seguía viviendo con nosotros, porque no terminaba de verlo claro (sí, tenía la consulta en nuestro piso, pero de ahí a que viviera en el piso...), y dejó toda una biblioteca subversiva, los libros de la colección ¿Qué sé?, poemarios de Blas de Otero y León Felipe, ediciones casi clandestinas de cartas de Marcelino Camacho... Más tarde comenzó a comprarme la colección Temas Clave de Salvat, y yo, a mis diez años, no solo entendía aquello sino que me lo leía de buen grado.
Mi hermano Enrique comenzaba su militancia política. Yo leía el fanzine que sacaban en su instituto, y en aquellas páginas de Deganawida (llamado así por el Gran Pacificador de los indios iroqueses) me fui enterando de que nuestros padres de la patria tenían puntos un tanto oscuros. 
En resumen, que yo tenía diez años largos y, a pesar de que vivía en la parra, jugando con mis Geyper-Man y perdiéndome todas las tardes en alguno de los muchos atlas mundiales que habia por casa, tenía algo parecido a conciencia política. Más o menos me enteraba de lo que sucedía a mi alrededor, aunque de una manera un tanto sesgada. Yo ya sabía quién era Tejero porque mi padre, militar, había sido jefe del Servicio Médico de Plaza (es decir, las ambulancias) del Hospital del Generalísimo, y siempre iba a tomarse el café a la cafetería Galaxia, donde Tejero e Inestrillas conspiraban para dar un golpe de Estado en noviembre de 1978. Mi padre dice que le ofrecieron ser ministro de Sanidad, pero también afirma que cuatro años antes había estado a punto de integrarse en la UMD, que era algo así como lo contrario, así que tiendo a poner en cuarentena su fiabilidad como fuente primaria en todo lo relativo a los ruidos de sables del Ejército que se produjeron durante la Transición.
A Suárez lo conocía de verlo en la televisión, y porque mi tía tenía contacto con ministros suyos, como Martín Villa y Rosón, que habían sido compañeros de promoción de mi tío. Recuerdo sus "puedo prometer y prometo" y, sobre todo, me acuedo de su famosa dimisión televisada..., más que nada, porque me cabreó muchísimo que, para emitirlo, interrumpieran la emisión de una serie británica de médicos que me gustaba mucho y de la que ahora mismo no recuerdo absolutamente nada (ni el título, ni los actores, ni la trama, ni ná de ná). No recuerdo haber realizado ninguna profunda reflexión política, pero sí el ser consciente de lo que implicaba dimitir, aunque no me quedara bien con la palabra y dijera que 'Suárez dimintió', expresión casi, casi afortunada, visto lo que vino después.
De los preparativos para la investidura de Calvo-Sotelo no guardo absolutamente ningún recuerdo. 
Lo que sí recuerdo es que era lunes, que yo ya había vuelto del colegio (supongo que o bien solo, o bien Javi Ullán me acompañó hasta casa) y que estaba tan tranquilamente, a lo mío, tal vez jugando con los Geyper-Man o curioseando en algún atlas mundial, cuando mi madre irrumpió en casa, visiblemente nerviosa, y comenzó a gritar:
-¡Han matado a Landelino!
A continuación, bajó al mercado y compró algo así como cuatro o cinco kilos de patatas. No recuerdo que comprara nada más.
Explicación. Mi madre trabajaba en el ISFAS, la sanidad militar, y estaba escuchando el debate de investidura por la radio, supongo que Radio Nacional. En el momento en que Tejero entró en el hemiciclo, mandó sentarse y callarse a todo el mundo, coño, y se cortó la emisión, todo se volvió confuso. Lo último que se oyó antes de perder el contacto con el Congreso fueron los tiros que aun hoy adornan el techo del Parlamento. Poco antes, el narrador había comentado que Tejero estaba apuntando a Landelino Lavilla, presidente del Congreso. No parecía muy difícil colegir lo que podía estar ocurriendo allí dentro.
Ni que decir tiene que a los jefes de mi madre les faltó tiempo para mandar a todo el mundo a casa. 
Así pues, mi madre acaparó todas las patatas que pudo, y nos dispusimos a pasar una larga noche. 
Poco a poco fueron llegando mis hermanos. Conforme fue avanzando la noche, y en vista de que la situación parecía más o menos controlada, salieron a curiosear por las inmediaciones del Congreso, me imagino que con la oposición frontal de mi madre.
Recuerdo haberme pasado horas y horas pegado a la tele, contentísimo por el hecho de que aquel día fuera una excepción a la norma de acostarse a las diez, o a la hora que fuera. Todo valía. Y, además, las pelis que emitieron no estaban nada mal. Recuerdo una de piratas, o de marinos ingleses, no recuerdo, tal vez protagonizada por Robert Taylor. Recuerdo, con más claridad, una película de Danny Kaye, creo que El asombro de Brooklyn. Danny Kaye me encantaba.
Hasta que apareció el Rey, quedó más o menos claro que el golpe había fracasado y nos fuimos a la cama.
Al día siguiente solo fuimos quince alumnos a clase, de los más de cuarenta y tantos que éramos. No dimos clase, pero el profesor, el señor Azurmendi, estuvo francamente didáctico y nos explicó, lo mejor que pudo, qué era lo que había ocurrido.
Ya habíamos vivido acontecimientos históricos, pero a partir de entonces creo que fuimos todos un poco más conscientes. El atentado a Reagan. El atentado a Juan Pablo II. El atentado a Sadat. Los atentados y secuestros de ETA. El Mundial de España. Las elecciones del 28-O. Recuerdo con absoluta nitidez casi todos estos momentos; sin embargo, de los hechos históricos anteriores al 23-F guardo un recuerdo más lejano, y esto puede deberse, cierto, a que yo tenía diez años y luego ya era casi un adolescente, pero también a que, a partir del 23-F, comencé a valorar y entender lo que sucedía en el mundo exterior. Aprendí a ser consciente de la importancia de un momento histórico, y a efectuar análisis de tipo político o sociológico. 
Años más tarde pude escuchar una grabación en casete de las emisiones de RNE durante aquella tarde-noche, y lo cierto es que aparecían detalles y más detalles acerca de lo que había sucedido. Cosas que no había comprendido ni oído. Fue mucho más esclarecedor, pero es cierto que ya estaba familiarizado con todos los nombres y hechos, ya me sabía la historia y tan solo se trataba de ampliar conocimientos.
Sé cuándo se murió Cecilia porque yo estaba de vacaciones en Nerja y ese día cumplía seis años.
Sé cuándo se murió Juan Pablo I porque estábamos en el colegio y nos sacaron de clase para llevarnos a misa.
Sin embargo, sé lo que fue el 23-F porque lo viví, y tal vez por aquella época, tal vez por ese motivo, comencé a desarrollar el juicio crítico suficiente como para entender qué estaba pasando allí. Los acontecimientos del mundo exterior dejaron de ser meros detalles ornamentales, de background, y se convirtieron en los protagonistas. La conciencia política llegó más tarde, pero la conciencia de que existía algo llamado política (y que, además, podía ser determinante en nuestras vidas) nació entonces.
No parece mala enseñanza, desde luego. Algo bueno tuvo que tener el 23-F.
¿Dónde estábais aquel día? ¿Cuáles son vuestros recuerdos del 23-F?

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11 Comments:

Blogger Cristina said...

Yo era muy pequeñaja, pero estaba en casa. Lo único que recuerdo es que me pasé las dos semanas siguientes exclamando "Mira, mamá, ¡Tejero!" cada vez que veía a nuestro vecino, que era guardia civil y llevaba bigote :D (También recuerdo cómo me arrastraba mi madre por la calle cuando sucedía, para intentar huir; lo que ya no sé es lo que pensaría el vecino...)

23 de febrero de 2011, 10:14  
Blogger Juanma said...

XDDDD

23 de febrero de 2011, 10:16  
Blogger Juanma said...

Luego os vengasteis llamando Tejero y Milans a dos de los canarios. XDDD

23 de febrero de 2011, 10:17  
Blogger Kotinussa said...

Yo estaba en 5º de carrera, en clase de Historia de la Música (las clases de la especialidad de Historia del Arte eran por la tarde, de 4 a 9). Nos mandaron a todos para casa, claro. Además, en Sevilla no se estaba muy seguro de lo que podía pasar, de si a alguno le iba a dar por sacar los tanques como en Valencia.

23 de febrero de 2011, 10:53  
Blogger Juanma said...

... y supongo que, con el precedente de Queipo de Llano cuando la guerra civil, en Sevilla prefieren estar alejados de los tanques... :-(

23 de febrero de 2011, 10:55  
Anonymous AMS said...

Lo mío fue mas divertido. A las 6 de la tarde estaba yo, con 21 añitos, plnachando mi disfraz de carnaval. Ese año cantaba a las 10 de la noche en el Teatro Falla de Cádiz con un coro llamado "los Locos del Volante". Así que sobre la 9 me fui, con otro componente hacia el teatro cuando nos para un señor y nos dice: por favor cantad algo de carnaval, que me voy con mi hijo, a la sazon vestido de marinero, para Valencia a su cuartel que está la cosa fatal. Como pudimos le cantamos un tanguillo y el hombre con lagrimones como dos puños nos dió un abrazo y se marchó, supongo, que caminito de Valencia- (unas 7 horas de viaje, mas o menos). Naturalmente en el Teatro Falla, lleno por cierto, el personal estaba mas atento a los transistores que a lo que cantábamos nosotros. Al salir de escena, sobre las 12, los de tramoya nos comentaron que el rey iba a hablar o había hablado ya. Vamos un inicio de carnaval cojonudo. Al día siguiente apareció en escena, cuando actuaba un cuarteto, un tipo con tricornio y todo el teatro se tiró al suelo. Fue el carnaval de Tejero, sin duda.

23 de febrero de 2011, 13:21  
Blogger Juanma said...

Uf, Alfonso, según iba leyendo tu historia me acordaba de Ay, Carmela. :-O

23 de febrero de 2011, 17:28  
Blogger Hari said...

Yo estaba bastante cerca de ti, Juanma, y tenía 14 años. Estaba en casa de un amigo, en la calle Ibiza, cuando apareció su abuela, consternada, diciendo que un teniente coronel de la Benemérita había irrumpido en las Cortes. Nos pusimos a verlo y presenciamos cómo Tejero se cuadraba delante de Gutiérrez Mellado (que tenía un rango militar superior) y luego lo zarandeaba. Y luego se cortó la imagen y estuvimos un rato discutiendo si es lógico cuadrarse para posteriormente desobedecer e incluso agredir a un superior. Cosas de chavales.
Aquella tarde/noche pasaron varios tanques por la M-30 haciendo temblar las ventanas de mi casa (calle Sirio, piso 11). Ajora oigo que en Madrid no salieron los tanques. Pues no sé dónde irían, quizá no entraron en el centro y se apostaron en la Zarzuela, pero algunos circularon por la M-30.
¿Qué sentí aquella jornada? Cuando me enteré, nada especial. Cuando vi la tele esa noche y escuché los comentarios y me di cuenta de que podía ser una tarde-noche histórica, emoción. No es que me importaba un bledo que arrasasen el Congreso y se liaran a tiros con los diputados, no era cuestión, pero mi generación jamás había vivido nada emocionante, o eso creíamos. La muerte de Franco pasó sin ninguna revolución. Se murió y ya esta. La investidura del Rey fue una ceremonia francamente sosa. Si me apuras, lo más sonado que recuerdo fue lo de Carrero Blanco, y, bastante por detrás, lo de California 47. La política de la Transición era un batiburrillo que no ofrecía nada interesante a un adolescente descerebrado que, sinceramente, empezaba a dejarse llevar por sus hormonas. Sí, de vez en cuando había jaleo con ETA y Grapo, o una bronca entre los de CNT y los de Cristo Rey, pero nada que me hiciera recordar una fecha.
Las generaciones posteriores han visto guerras como las de Iraq y los Balcanes, presenciado las caídas de la RDA y la URSS, y sido testigos sucesos emocionantes como lo de Tienamen, Egipto o Libia. Por no hablar del 11-M y del 11-S y las Torres Gemelas. ¿Qué había vivido yo, comparable, en TV a mis 14 años? Minucias que se diluían en el tiempo y que hacían monótonas las noticias. La caída del Sha, algunos conflictos rápidos entre Israel y sus vecinos, lo de Beirut, el final de Vietnam y sus extensiones a Laos y Camboya, una guerra entre Irán e Iraq, y la URSS metiendo la zarpa en Afganistán. Nada más. Y apenas sin imágenes. Algo así, en casa, era emocionante. Y tampoco una bicoca, porque estaba claro desde el principio que era una chapuza. En mi casa nadie hizo acopio de víveres. Yo incluso me di mi paseo habitual por el Retiro con mis colegas y llegué a la misma hora que cualquier otro día. Pero había pasado algo emocionante.
Luego, meses más tarde, casi lo olvidé. Incluso llegué a olvidar en qué año fue. En el 82 pasaron cosas relativamente importantes que lo taparon, como el Mundial, el triunfo de Felipe González (y el ascenso del PSOE al poder). Y luego, no sé si ese mismo año o el siguiente, lo de Rumasa. No fue hasta mediados de la década de los 80 cuando -al menos por lo que yo recuerdo- se empezó a hablar en plan "caray, lo que pudo pasar" y el 23F pasó a ser un capítulo esencial en la historia de nuestra democracia. Aunque ahora parezca que desde ese mismo instante se mantuvo siempre en el candelero, creo sinceramente que pasaron años hasta que hubo una consciencia común acerca de la trascendencia de aquel intento (aquella chapuza) de golpe de estado.
Y desde luego, lo que no recuerdo es que nadie, pero absolutamente nadie que yo conociera, y mira que algunos de los curas de mi cole (Sagrada Familia, calles Menorca y Lope de Rueda) eran bien fachas, estuviera a favor de los golpistas.

24 de febrero de 2011, 11:04  
Anonymous Carneiro said...

Vivía en Ferrol, ciudad esquizoide obrero-militar de tradición golpista contrastada por ambos bandos, lo que le da un matiz peculiar.
Tenía 9 años y volvía del colegio, clase de tarde, a eso de las seis, seguramente.
En casa estaba mi madre nerviosa: "Algo pasa en Madrid, hay guardia civiles a tiros en el Congreso."
Mi padre llegó al poco, cosa rara. Y nervioso, cosa más rara. Mi hermana (me lleva 15 años) y mi cuñado también vinieron a casa. Eran militantes del PCE, podeis imaginar.
Todos pegados a la radio de mi padre toda la tarde-noche, girando como satélites en torno a ella, mientras yo cada vez con más miedo según lo que iba oyendo: "Nos iremos a Portugal", "Pon la tele", "Dios, en vez del telediario emiten 300 millones", "Tomaron la tele".
"Mirad por la ventana" (el gobierno militar estaba en la misma plaza que mi casa), "No hay movimiento", "Aquí manda la Marina, esos lagartos (nombre despectivo de los marineros hacia los soldados) no se mueven hasta que hable el almirante de Capitanía"
"No me gusta Portugal, papá".
"Los obreros de los astilleros montarán algo. Están organizados", mi hermana era optimista.
Pero mi padre se acordó de la Guerra Civil: "Tú y tus proletarios... Los infantes de Marina acabaron a tiros con los obreros. No les durarón dos días. Y de aquella eran más bestias."
Yo estaba ya obsesionado, como buen neurótico, no me importaban los futuros tiroteos: "En Portugal no hablan bien ni castellano ni gallego. No quiero ir."
"¡A la cama con el niño, coño!"
Al final, el discurso del rey calmó un poco. Pero nadie se fiaba. Se pasaron toda la noche oyendo la radio y llamando a amigos relacionados con la Capitanía de Marina. Yo me fui a dormir tarde, soñando con un futuro aterrador, rodeado de incomprensibles portugueses.
Pero al despertar me dijeron que todo se había arreglado. Y que había colegio, desgraciadamente. Pero al menos me libré de Portugal.

24 de febrero de 2011, 20:04  
Blogger Juanma said...

Hari y Carneiro, vuestros testimonios son interesantísimos. Lo destacable es que, aunque fuéramos unos críos, todos nos acordamos de qué estábamos haciendo.

Hari, me alegra que comentes lo de la Brunete dando vueltas por Madrid, porque apenas se cuenta. Un primo mío hizo la mili allí y lo licenciaron unos días antes del 23-F; siempre dice que habría desertado, y el caso es que me lo creo.

Carneiro, también es interesante que comentes el punto de vista de los que pensaron en exiliarse, porque cualquiera se fiaba de un gobierno militar, en vista de cómo habían ido los cuarenta años en que gobernó tu paisano. Portugal no está tan mal, el caldo verde está rico. :-P

Muchas gracias por vuestros comentarios.

25 de febrero de 2011, 10:36  
Blogger Javier Ramos said...

Yo tenía 23 años. Por si te sirva de algo te remito a esta entrada: http://siesta-bajo-la-frazada.blogspot.com/2011/02/el-23-f-los-soldados.html
Y ya que hablas de si Cercas y Arcadi deberían hablar en un burdel, te remito a esta otra: http://siesta-bajo-la-frazada.blogspot.com/2011/02/donde-estaba-usted-senor-mio-durante-el.html
Un abrazo.
Javier.

PD.- La primera experiencia, la real, nunca podré olvidarla. Fue muy dura. En aquellos tiempos te sacab trece años: los mismos que ahora.

25 de abril de 2011, 18:15  

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