jueves, 17 de febrero de 2011

Mis amigos los bonobos

Vivo en una parte un tanto peculiar del barrio de Sants, afectada por un plan urbanístico que la crisis no termina de materializar en unas obras que la pondrían patas arriba y, de paso, destrozarían para siempre parte de su esencia. El barrio se niega a entrar en el siglo XXI y, en rinconcitos como la calle de atrás, yo diría que incluso en la década de 1970. Es, como he dicho alguna vez, una especie de aldea gala de Astérix, condenada de antemano, pendiente tan solo de que el ladrillo regrese por sus fueros y derribe esas casas bajas, cuarteles abandonados y refugios de la guerra civil reconvertidos en alcantarillas públicas. Cuando eso ocurra, los variopintos personajes que pululan por la calle de atrás no tendrán más remedio que claudicar de sus aspiraciones a mantenerse como reserva espiritual de la Barcelona canalla que la Barcelona del diseño enterró sin piedad. Adiós a los señores que mean en los callejones como si fueran los lavabos de sus casas. Adiós a los pequeños hurtos. Adiós a los sustos en mitad de la noche. Bienvenidos sean el tráfico rodado, las motos y las dobles filas en día de partido del Barça.
Mientras eso sucede, nos quedan los pequeños paseos por el barrio y sus casas enigmáticas. Y nuestros vecinos, los del bloque, los que entraron a la vez que Cristina en el único bloque de obra nueva que hay en toda la calle, una isla de siglo XXI en medio de una isla de posguerra.
Cuando Cristina compró el piso, compartía muchas cosas con el resto de vecinos. Todos ellos eran casi treintañeros con nómina e interesados en vivir en Sants. Con el tiempo comenzó a haber movimientos. Los vecinos de arriba del todo se divorciaron, vendieron el piso y se lo compró un chico muy majo e indie. La dueña del piso de al lado del de Cristina puso el suyo en alquiler, y entró una pareja que, al principio, no paraba de exteriorizar su amor, y, más tarde, cuando ella y yo ya estábamos saliendo, no paraba de exteriorizar su odio. Las broncas que tenían eran desagradables, e incluían frases que es mejor no escuchar, desde los reproches en plan "¡Es que solo me falta ponerme la cofia, joder! ¡Haz algo!" hasta los reproches en plan "Te puedo aguantar que vuelvas a casa por la mañana. Te puedo aguantar que vuelvas borracho. Te puedo aguantar que vuelvas empastillado. Incluso te puedo aguantar que me pongas los cuernos. Pero, ¡joder!, lo que no te aguanto es que me los pongas con mis amigas". Contra todo pronóstico, no solo no se separaron sino que dejaron el piso para irse a otro más grande, puesto que estaban intentando tener niños... y los tuvieron. En su lugar entró de nuevo la dueña del piso, a quien le dio tiempo a emparejarse, casarse y comprar otro piso, por lo que puso el de nuestro bloque en alquiler.
Antes de irse, nos contó que los nuevos inquilinos eran chicos jovencitos y majos, con lo que se rompía la tendencia a alojar treintañeros.
Nos cruzamos alguna vez con ellos. No es que llegáramos a congeniar mucho, porque eran muchos años de diferencia, pero tampoco parecían mala gente. De hecho, no creo que lo fueran.
El problema, en realidad, era que no paraban de follar.
Y no me refiero a ello como una frase hecha, no.
Follaban tres veces al día, cinco días a la semana. Los fines de semana, por lo que sabíamos a través de la dueña, él trabajaba, así que no follaban.
Además, respetaban un horario escrupuloso: hacían pases a las 18.30, 21.30 y 00.30. Cinco días a la semana. Como un reloj.
Al principio, estas cosas te las tomas en plan jijí jajá. Mira qué bien se lo pasan... Son nuevos en la ciudad; ya irán haciendo amigos y saliendo por ahí... Bueno, si es la primera vez que viven juntos, ya se les pasará el ardor guerrero... Bueno, ya tendrán sus altibajos y sus broncas...
Y lo cierto es que no, ni por asomo. Apenas los escuchamos discutir un par de veces, y ni siquiera a gritos; más bien, en tono comedido.
Lo cierto es que tampoco los escuchamos hablar más que ese par de veces, aparte de algunas cenas con amigos suyos.
Tan solo se limitaban a follar. Tres veces al día. A las 18.30, 21.30 y 00.30.
El pase de las seis y media me lo tragaba yo solo, en horario de trabajo. Había tardes en que no podía quitarme de la cabeza el ruido ni poniendo el Spotify a toda hostia.
Cuando llegábamos a casa por la noche, después de acompañar a Cristina a la salida de su trabajo, nos encontrábamos con un comité de recepción en plan banda local. Banda de percusión, para ser más exactos. Viento, ninguno, porque lo curioso del tema era que apenas se oían jadeos (orgasmos, solo uno, de ella, en todo un año). Si llegábamos un poco antes, nos encontrábamos con ello, pared con pared, mientras nos cambiábamos de ropa, nos poníamos el chándal y preparábamos las lavadoras. Si no, el fragor del combate nos llegaba con total nitidez al salón o a la cocina, a no ser que tuviéramos puesta la campana extractora, o la lavadora en centrifugado.
En cuanto al pase nocturno, yo me lo perdía casi siempre, porque últimamente me quedo frito en cuanto caigo en la cama. Las excepciones, los casos en que no me los perdía, eran esas noches en las que me quedaba levantado hasta las tantas para terminar alguna corrección urgente. Cuando eso sucedía, allí estaban ellos, a las doce y media, con puntualidad británica y suiza a la vez.
Porque, aclaro, no solo follaban tres veces al día, sino que además se pasaban su media hora de reloj dándole al asunto. Hora y media al día.
Alguna vez me cruzaba con cualquiera de ellos por la calle, e iban con la mochila del gimnasio. Para qué, me preguntaba yo. ¿Más ejercicio? Noooo.
Cristina, que es capaz de encontrar cualquier tipo de información en Internet gracias a sus súper poderes bibliotecarios y documentalistas, dio con una foto de nuestro vecino, y nos dejó impresionados. Detrás de aquel cani de semblante simpático (siempre, siempre iba con la sonrisa en la boca) se escondía una verdadera tableta de chocolate, una especie de Crixus meridional pero tal vez algo más bajito... e igual de destroyer.
Llegó un momento, pasados los dos primeros meses, en que la cosa dejó de tener ni puta gracia. Y, por no montarles el numerito, tampoco nos atrevíamos a llamar a su puerta y decirles que hicieran el puto favor de ser más silenciosos. Porque, aclaro, el problema no es que follaran como conejos, que mejor para ellos, sino el puñetero ruido que hacían.
En vez de llamar a su puerta, hicimos una encuesta de urgencia entre los vecinos con los que tenemos más confianza ("Uy, sí, pues ya nos parecía que era eso, sí") y escribir un mail a la dueña del piso, con la solicitud expresa de que, cuando volviera a poner el piso en alquiler, hiciera el favor de no poner cabecera a la cama, que no veas tú el ruido.
La respuesta de la dueña fue breve, concisa y tajante:
"NO le pusimos cabecera a la cama".
Llegados a ese punto, lo único que nos quedaba era recurrir a la guerra psicológica, así que, directamente, nos pusimos a comentar la jugada (sobre todo en el pase de las 21.30) e incluir vítores, salvas y vivas.
En el pase de las 18.30, servidor contraatacaba poniendo Los Punsetes a toda hostia.
Debió de dar resultado, porque en un momento dado dejaron de mirarnos a los ojos si nos cruzábamos en el portal o en la calle, o cerraban la puerta de un portazo si la tenían abierta y veían que entrábamos por el portal.
Lo cierto es que 'bonobo' les iba que ni pintado. Para empezar, los bonobos son más inteligentes que sus hermanos los chimpancés, hasta el punto de que se los ha clasificado en el género Homo, cosa que no sucede con otros grandes primates, como los gorilas o los orangutanes. Compartimos el 98 por 100 del ADN con los bonobos, y eso, visto lo visto, en ocasiones es quedarse corto.
Los bonobos son primates sociales, muy estructurados, matriarcales y son capaces de aprender signos y mantener una comunicación rudimentaria con un ser humano. Además, el hecho de ser más bajitos que los chimpancés normales acentuaba las similitudes con nuestros vecinos. El hecho de que apenas les oyéramos proferir frase alguna podría indicar un elemento adicional de similitud.
Con todo, y ese era el punto al que tanto Wyoming como nosotros queríamos ir a parar, los bonobos son unos folladores compulsivos. Se pasan todo el día follando. Y se la pela, nunca mejor dicho, que los estén mirando o, en nuestro caso, oyendo.
De hecho, hubo momentos en que tanta puntualidad, esos tres pases de 18.30, 21.30 y 0.30, que duraban, además, media hora de reloj, nos hizo sospechar que a lo mejor se estaban sacando algún sobresueldo trabajando como artistas de variedades para Internet. No nos extrañaría lo más mínimo, y puede que la próxima vez que nos descarguemos alguna peli de manera ilegal, la ministra Sinde nos castigue y nos hallemos mirando cara a cara un fake con nuestros adorables vecinos bonobeando de placer. Yo no lo descartaría.
Con todo, a lo largo del año debieron de cambiarle los turnos de trabajo a nuestro vecino, porque lo cierto es que la actividad pareció volverse más errática, menos sujeta a pauta alguna. E incluso, ya digo, un par de veces se los oyó comunicarse de manera verbal, y no en muy buenos términos.
Entonces pasamos a la segunda fase, mucho más desagradable: la de cocinar con la puerta abierta.
Y no cocinaban cualquier cosa, no: se pasaban la noche cocinando fritangas. Aceite en estado puro.
Llegamos a echar de menos los tres pases diarios, porque por lo menos nos quedábamos sin saber a qué huelen las nubes.
Y vivir al lado de unos vecinos que cocinan con cantidades ingentes de fritanga es molesto. Pero si, además, se dejan siempre las puertas abiertas, es poco menos que imposible.
Volvimos a hacer acopio de paciencia. En vista de que no servía de nada, volvimos a hacer una encuesta de emergencia entre los vecinos con los que tenemos más confianza ("Si, pondría la mano en el fuego a que ayer estaban haciendo calamares con ajo y perejil") y, por último, volvimos a quejarnos a la dueña del piso, que, como siempre, nos desarmó con un solo email breve, conciso y tajante:
"No os preocupéis: se van la semana que viene".
Pues sí. Resulta que a él lo destinaron por fin a su ciudad (al parecer, Barcelona era un destino provisional) y la parejita levantó el chiringuito prácticamente de un día para otro. Ni que decir tiene que ni se despidieron de nosotros, ni nosotros los buscamos, y, por curioso que parezca, no estuvieron especialmente activos durante la última semana. Ni para un Gran Polvo de Despedida. Ni siquiera para jodernos, en plan "Mirad lo que hacemos con vuestros comentarios y canciones de Los Punsetes", que es lo que haría cualquiera de vosotros, ¿o no? Enigmas de la vida.
Ahora tenemos una nueva vecina, con quien ni siquiera hemos hablado aún, ya que se mudó el fin de semana pasada y no hemos llegado a coincidir. Parece una señora tranquila y, por lo que nos cuenta la dueña del piso, es un auténtico encanto. Ya veremos con el tiempo, pero de momento es llamativo el silencio que rodea el piso de al lado. Esta mujer cocina, sí, pero con la puerta cerrada. Y, en cuanto a otras cosas, hasta anoche daba la impresión de que vivía sola, pero le dio por estrenar el piso.
En todo caso, la casa sigue estando muy silenciosa.
Y entonces es cuando recordamos que, quitando el hecho de que nuestros antiguos vecinos, los bonobos, se pasaban el día follando y tenían la desagradable costumbre de cocinar con la puerta abierta, no dieron ni un solo problema durante todo el año en que vivieron pared con pared. Cenaban con amigos, pero procuraban hacer poco ruido y siempre se recogían a horas razonables. Apenas los oías. En muchos aspectos fueron los vecinos ideales, y lo digo sin el menor asomo de ironía.
En fin, la vida tiene estas cosas. Supongo que, en algún lugar de la geografía española, ahora mismo debe de haber algún bloguero quejándose de sus nuevos vecinos los bonobos.

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6 Comments:

Blogger Cristina said...

Además, el hecho de ser más bajitos que los chimpancés normales acentuaba las similitudes con nuestros vecinos.

Niño maaaaaalo XDDDDD

La verdad es que, quitando eso y la costumbre de los últimos meses de dejar la puerta de la calle abierta, han sido ideales.

¡A ver con qué nos sorprende la nueva!

17 de febrero de 2011, 10:11  
Blogger Juanma said...

A ver. Si todavía los echaremos de menos. Para poner en hora el reloj, tres veces al día, eran ideales. :-P

17 de febrero de 2011, 10:13  
Blogger Cristina said...

Para poner en hora el reloj, tres veces al día, eran ideales. :-P


XDDDDDDD ¿Seguro que no eran suizos? :D

17 de febrero de 2011, 10:17  
Anonymous Belén said...

¡Qué buena historia, quillo!

17 de febrero de 2011, 13:39  
Blogger Juanma said...

¡Mucho mejor si te lo cuentan que si los tienes pared con pared! XDDD

17 de febrero de 2011, 13:46  
Blogger Hari said...

Joer, se me había escapado esta entrada impagable.
Qué caña, los vecinos :D

-Un apunte al que no me resisto: si nos hubieran metido al bonobo en el género Homo, debería ser un pariente nuestro más cercano que el australopiteco. Por tanto, el bonobo debería ser forzosamente descendiente del australopiteco, como todos los homos. Pero en realidad el bonobo no pertenece al género Homo, sino al género de los chimpancés, Pan (de hecho, su nombre binomial es Pan paniscus), al igual que la otra especie de chimpancé (Pan troglodytes).
El desliz de Wyoming supongo que procede de confundir género con familia, un taxón más amplio que está entre género y orden. Y es que hace ya unos cuantos años, debido a su evidente parentesco con el ser humano, más cercano que el que les une a gorilas u orangutanes, se reclasificó la familia de los chimpancés pasándola de Pongidae a Hominidae, familia que incluye tres especies vivas (el Homo sapiens y las dos de chimpancés) y toda la serie de australopitecos y diversos homos que se han ido quedando en la cuneta, cuya evolución fue en paralelo a, pero no mezclada con la del chimpancé.

25 de febrero de 2011, 23:00  

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