lunes, 27 de noviembre de 2006

Pared con pared

Los vecinos de Cristina discuten mucho. Es una pena, porque son jóvenes, llevan poco tiempo viviendo juntos y, según me cuenta Cristina, cuando ella estrenó el piso era un coñazo tenerlos como vecinos, porque se pasaban todo el día demostrándose su amor, y ya se sabe que las paredes oyen. Ahora, desde que vivo prácticamente en casa de Cristina, me doy cuenta de que sólo se ven los fines de semana, y se los pasan discutiendo. Él trabaja hasta las tantas, como autónomo, para una pequeña empresa familiar, a veces más de dieciseis horas diarias, y le reprocha a ella que prácticamente no da ni chapa, de lo cual deducimos que o es funcionaria o, peor aún, trabaja por cuenta ajena, unas cuarenta o cincuenta horas a la semana, que es el concepto que tiene él de no trabajar y de que te lo den todo hecho. Pared con pared, resulta difícil tomar partido. Ella pierde los nervios con demasiada facilidad, e instintivamente te pones en su contra, porque es muy escandalosa. Pero él tiene el aspecto de saber perfectamente qué quiere, y las contadas veces que levanta la voz suelta comentarios demasiado hirientes como para no pensar que la tiene machacada psicológicamente. Ella podría ser una histérica, y él un perfecto hijo de puta. No lo sabemos.
Los tenemos como referentes a contrario. Aunque discutamos, siempre terminamos hablando las cosas, tenemos un buen nivel de comunicación. No quisiéramos llegar a ser como ellos.
¿Cómo se nos percibirá pared con pared cuando discutimos o hacemos el amor?
Es difícil de saber: si no sabes cómo es la pareja de amigos que tienes ante ti, y cómo se comporta en realidad, privada de los convencionalismos de la vida social, ¿cómo vas a saberlo cuando hay muros entre ellos y tú?
No son los peores muros: están allí, erigidos para preservar la intimidad y la propiedad, para dejar claro que estás invirtiendo en una hipoteca de treinta y pico años de sueldo, de tu sueldo, y que lo más que puedes hacer para compartirlo con los demás es dejarlos entrar cuando te piden una pizquita de sal (los buenos vecinos son así, o deberían), o bien te puedes limitar a escuchar a través de las paredes cómo una pareja se hace añicos y se vuelve a recomponer, una y otra vez, con esos pegamentos maravillosos y milagrosos que son el amor, la buena voluntad, el entendimiento o, a veces, la pura y simple costumbre, la conveniencia.
Tampoco es que nos guste ser partícipes de ese conocimiento. Preferiríamos unas paredes algo menos indiscretas: en ambos sentidos. Pero, nos guste o no, las discusiones y las reconciliaciones se oyen a través de las paredes. A veces, a través de la ventana.
Si dejas abierta la ventana del dormitorio de Cristina un fin de semana por la tarde, puedes oir a otros vecinos, mucho más impetuosos. Son del portal de enfrente, lo que ya no me atrevo a precisar es el piso. No paran. Son muy escandalosos. Por lo que me cuenta Cristina, iguales que sus vecinos. ¿Estarán así dentro de año y medio o dos años? ¿Empleando en discutir las mismas fuerzas que ahora gastan en fastidiarnos la siesta con sus polvos? No lo sé. Espero que no.
La calle de Cristina es un microcosmos dentro del barrio: tan cerca del metro y del frenesí de una calle comercial, pero al mismo tiempo tan aislada de todo eso. Como estamos en un bajo, nos llegan todos los ruidos procedentes de la calle. Abrimos la ventana y nos enteramos de la conversación de las vecinas, con lo que a veces nos ponemos al día de lo que el Ayuntamiento había prometido y de lo que tenemos a cambio. Mucho y nada, respectivamente. La casa de Cristina es prácticamente la única vivienda de obra nueva que hay en esa parte del barrio; es de suponer que en menos de tres o cuatro años se derriben las casas que ahora detentan los okupas y, por fin, el Ayuntamiento invierta en reasfaltar, o en echar abajo los muros del aparcamiento de la fábrica, echar esta abajo y acabar con la trampa lobera que es la parte trasera de la calle.
Si tienes que hacer caso de las vecinas que forman corro bajo nuestra ventana, la calle ha mejorado mucho de un par de años para acá: el tiempo que tiene la casa de Cristina.
Ello no obstante, he llegado a ver a dos yonquis pinchándose entre unos coches, junto a la fábrica. A veces me olvido de la prohibición expresa de atajar por esas calles que me autoimpuse después de ver aquello. O del domingo (día de limpieza) en que, pasando la bayeta por la ventana del salón, nos encontramos con una preciosa jeringuilla, usada, ensangrentada y, por suerte, tapada, en el quicio de la ventana, junto a las macetas. A mí me fastidió la tarde; a Cristina le supuso un pesar que duró más tiempo. No es agradable ver estas cosas. Te preguntas si es una costumbre, o qué será lo próximo.
O si tu calle es segura.
Si tengo que hacer caso al corro de las vecinas, ahora la calle es segura. Y a mí, que nunca he tenido incidentes serios en Barcelona, también me lo parece: la iluminación es buena, apenas trasnocho y la carretera de Sants está lo suficientemente cerca como para salir por piernas si veo algún peligro. Además, el okupa cojo, omnipresente en el barrio, ya le saluda a Cristina, lo cual nos otorga una especie de patente de corso, una certeza de que gozamos de cierta seguridad, de que somos del barrio y nadie va a intentar hacernos nada.
Cosa que, por supuesto, no tiene por qué saber un hipotético mangui que venga de fuera del barrio.
Creo que nuestra calle es segura. Al menos, yo voy seguro por la calle. Pero, igual que los vecinos, que cara a cara te transmiten una imagen, desmentida por lo que oyes pared con pared (que, a su vez, quedará desmentido por la realidad), la realidad de la calle puede entrar en conflicto con tu percepción de la misma, y a su vez ambas pueden quedar desmentidas por lo que oyes pared con pared.
Vivimos en un bajo. Pared con pared, en nuestro caso, son los vecinos que discuten; pero también la calle y un callejón trasero.
Por eso, una noche tienes malos sueños, pero te despiertas y los malos sueños siguen acosándote.
-¡AsesinooooOOOOSSS!
Y te quedas paralizado. Oyes un tumulto.
"Ya está: le ha dado una paliza", piensas, con la mente puesta en los vecinos. "Se acabaron los gritos. Ya han empezado los malos tratos."
Pero el grito no proviene de donde debiera, sino del otro extremo de la casa.
La calle.
Ha pasado algo en la calle. Y no es un mal sueño: realmente ha pasado.
Y, aunque estás a oscuras, parece que ves, como un gato. Y el tiempo transcurre más despacio.
No llegas a oirte respirar.
Cristina también está envarada, a mi lado.
Una voz de chica. Sigue llorando. El grito ha devenido en una especie de estertor, da paso a un tumulto y luego deviene en llanto.
Empiezas a oir cómo se suben las persianas del vecindario.
Han sido unos segundos interminables de silencio antinatural.
Se oyen algunas voces, más pausadas. Vecinos valientes que han salido a preguntar qué pasa, a intentar ayudar.
Lo más que puedo hacer es abrir la ventana y subir un poquito la persiana.
Algunos vecinos, parapetados tras sus persianas, me devuelven la misma mirada de estupor cobarde e incredulidad expectante que debo de tener, que sé que tengo.
Miro la hora. Las dos y media.
-Qué pronto -es lo único que se me ocurre pensar, y decir.
Muy pronto, sí. A estas horas, el metro acaba de cerrar. Cuando salgo y me recojo pronto, voy por la calle, tan tranquilo, sin saber que frente a mi puerta, o la puerta de la casa de Cristina, alguien puede haber intentado hacerle algo a una mujer. ¿Robar? ¿Violar? No sé.
Pasa una eternidad: uno o dos minutos. Me levanto y voy al salón. Levanto un poco la persiana. Veo a la vecina de arriba patrullar por la calle.
Mira hacia donde se ha ido la chica. Le ofreció llamar a la policía o una ambulancia, pero la chica se ha ido calmando y se va. Al parecer, han intentado asaltarla, ella ha arrancado a gritar y ellos han salido por patas.
-Benditos pulmones -digo, cuando vuelvo a la cama.
Le han salvado la vida.
El domingo, cuando Cristina le explica la movida a su madre, ella sólo acierta a preguntarle: "¿Y Juanmita no salió?".
No. No salí. Vivimos en un bajo. No es lo mismo salir a la terraza en un primero que en un bajo, razonamos, cuando le cuento a Cristina que me siento mal por no haber salido a preguntar, a interesarme por la chica. Puede ser un consuelo, y desde luego es una evidencia: no es sensato subir una persiana y encontrarte con la mirada de alguien que luego puede ir a por ti. Pero te quedas con la sensación de que, pese a ser humano, deberías tener algún resquicio de valentía, y que, aunque no puedas ayudar en términos absolutos, a veces el mero hecho de salir y preguntar ya puede ser un detalle, el apoyo que necesita la otra persona. La certeza de que, si te ocurre a ti, alguien va a hacer algo.
-Nunca hay que pedir ayuda, porque entonces no sale nadie -dice Cristina-. Hay que gritar "¡Fuego!". Entonces sí que te hacen caso.
Y es cierto. Primera o segunda lección de la vida: si no puedes apelar a tu defensa personal, a tu supervivencia como individuo, recurre a la amenaza de supervivencia del grupo. El oso o el tigre de dientes de sable se van a llevar al miembro tullido de la tribu de homo antecessor: es su problema, gana el patrimonio genético de la especie. Pero si se prende fuego en tu cueva, entonces hay que salvar a la tribu en conjunto.
Pared con pared, sientes lo poco que ha avanzado la película en un millón de años. Y da rabia. Claro que da.

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14 Comments:

Blogger Cristina López said...

Yo tampoco salí. Me siento con igual rabia que tú. Pero añadida: la de veces que habré pasado yo ahí, a esas horas. Esa chica era yo, era la vecina de enfrenta...cualquiera. Lo que dijo la del corro bajo la ventana: si te tiene que tocar, te tocará.

27 de noviembre de 2006, 17:14  
Blogger Juanma said...

Y eso es lo que más rabia da: saber que si te tiene que tocar, te va a tocar. Tenían razón las vecinas.

Y el alivio: que, pese a que ha sido una situación muy desagradable, puedo permitirme el lujo de frivolizar o tertuliar sobre ella, dedicándole una entrada del blog. Cuando me toque, si me toca, igual no tengo ganas de escribir sobre ello.

Y sí, tú llevas la peor parte, por todo lo que dices.

Qué asco, sí. :-(

:-*************

27 de noviembre de 2006, 17:21  
Blogger Batz said...

Esto de escuchar a los vecinos tan cerca de ti, es algo que solo he vivido aca en Barcelona. En donde vivo en Mexico aun no hay edificios enormes, y todos vivimos relativamente lejos de nuestros vecinos.
Es interesante, en cierta forma, porque conoces mucho mas a quien vive a tu lado. Lo que no es tan agradable, es saber que ellos saben exactamente lo mismo de ti.

Ya posteare sobre mi vecina y sus constantes idas al baño [que queda justo a lado de nuestra habitacion].

Creo que yo tampoco hubiera salido. Es falta de valentia, es cierto, pero tambien mucho de inteligencia. No hay porque forzar el destino o la mala suerte. Si hubieras podido ayudar [fueras medico, policia, minimo karateca], seguro estarias mucho mas preparado para aportar algo bueno, no solo salir a que te diera a ti tambien con algo.

27 de noviembre de 2006, 20:11  
Blogger Juanma said...

Lo que no es tan agradable, es saber que ellos saben exactamente lo mismo de ti.

Ese es el punto. Y, como dices, salir para nada era tontería, pero no deja de dar pena, porque te quedas con la sensación de que el mero hecho de salir a interesarte ya le hubiera resultado útil a la chica. :-(

Besoos. :-***

28 de noviembre de 2006, 15:58  
Anonymous Anónimo said...

Uf, es una situación muy jodida. Yo tampoco sé qué haría, y eso que yo SÍ he estado del otro lado, y no fue un intento de robo precisamente. En fin, es muy desagradable, pero no te culpes, Juanmita, no te culpes, Cristina, uno nunca sabe cómo va a reaccionar, y en mi caso, ocurrió lo mismo, mis vecinos estaban asomados a la ventana y nadie hizo nada. Cuando llegué al portal llorando acompañada de una amiga que me había oído gritar y minutos antes se había separado de mí, mis vecinos dijeron que "como no sabían que era yo". En fin, qué coño tendrá eso que ver, digo yo... sea quien sea la víctima, es una persona. :-(

28 de noviembre de 2006, 19:44  
Blogger Cristina López said...

El sentimiento de culpa está ahí, Pily. Es bastante duro afrontar que uno no es capaz de salir a ayudar a una persona que lo necesita (aunque estés viendo que no ha pasado nada, y que todo se ha quedado en un susto). Por mucho que uno no sepa cómo va a reaccionar, por mucho que no sea muy inteligente porque no sabes con qué te pueden sorprender, lo primero es tratar a los demás como uno espera que lo traten...y, la verdad, es un poco defraudarse a sí mismo.
Eso sí, aplaudo las narices de la vecina de arriba -también una chica joven- que sí bajó a la calle por si podía hacer algo por la chica. Olé por ella. Ojalá todos fuéramos así...

28 de noviembre de 2006, 19:55  
Anonymous Felicidad said...

Muchas han sido las veces que me han asaltado y, como dice pily, no sólo para robarme.

La primera vez que me asaltaron para robarme (a mí y a mi hermano) sobre todo la sensación fue de impotencia. Y mientras nos robaban, la gente pasaba a nuestro lado como si no pasara nada. Alguna mirada furtiva que otra, pero poco más. Se sabía de sobra lo que estaba pasando, pero nadie hizo nada.

Hará cosa de 5 años, una mujer empezó a pedir ayuda a la luz del día. La gente estaba parada en la acera, salieron de los establecimientos y se quedaron allí, viendo como un novio o marido amenazaba a su novia o mujer. Nadie hizo nada. Yo, que vi aquello desde el balcón, fui a por lo primero que vi para bajar y tratar de hacer algo. Mi madre me detuvo. "Ya vendrá la policia", me dijo. La policia nunca apareció. O mejor dicho, pasó un coche cuando ya hacía rato que se despejó aquello. Durante aquella semana me pudo el sentimiento de culpa, porque en su lugar habría querido que alguien acudiera en mi ayuda.

La última vez que me pasó algo, me creo tal trauma (que aún arrastro) que durante dos meses no podía salir a la calle en cuanto oscurecía. Eran a lo mejor las 7 de la tarde, invierno, y yo empezaba a ventilar si tenía que salir al supermercado a comprar algo.

El miedo nos petrifica y Ellos lo saben y por eso actúan con impunidad. Tal vez si alguien hubiera venido en mi ayuda alguna vez, a lo mejor yo ahora llevaría una vida normal cuando se pone el sol. No fue así y, algún día, puede que consiga rehacerme.

29 de noviembre de 2006, 10:27  
Blogger Juanma said...

Pily: Pues vaya mierda de excusa, ese "Si hubiéramos sabido que eras tú...". Qué mal. Ante todo, lo que hay abajo es una persona. Jo. :-(

Besooos. :-****

30 de noviembre de 2006, 14:45  
Blogger Juanma said...

Felicidad: Siento que tuvieras que pasar por lo que pasaste. En efecto, el miedo nos paraliza, y esa es la ventaja de quien sabe utilizarlo para sus propios fines. Entre la mera supervivencia y jugar a ser un héroe, solemos optar por lo primero.

Lo de que te roben por la calle a plena luz del día y la gente pase de largo ya me ha ocurrido. Jode mucho, sí. :-(

Besooooos. :-*****

30 de noviembre de 2006, 14:48  
Anonymous manu o.e.g.c. said...

A nadie le preparan para reaccionar como un "héroe" y en una situación así funcionamos según nos dicte la adrenalina. Pero es cierto que cada vez más optamos por encerrarnos bajo el caparazón, no sea que el peligro se revuelve y nos pegue la dentellada a nosotros.

Por cierto, Juanma, ¿te acuerdas de que mis primeros dos meses en Madrid lo viví en la deliciosa calle Montera? Nunca me pasó nada, pero se veía cada cosa...

1 de diciembre de 2006, 9:26  
Anonymous arturo villarrubia said...

La única vez que me han asaltado para robarme:
Volvía a casa en Diciembre, solo, otra vez sin comerme una rosca, no muy contento que digamos, andando con un frió de perros, algo más que un poco borracho porque había preferido gastar mis ultimas cien pesetas en un cerveza mejor que en un taxi (Pensar en lo que hace de lo que cuento porque con esa cantidad todavía se podía pagar algo).
Un tipo me sale y me dice que le de lo que tenga.
Yo empiezo a sacar el dobladillo de los bolsillos, todos ellos vacíos, y le digo que me registre y si encuentra algo vamos a medias.
Me dice que algo tendré.
Insisto en si lo encuentra me de parte.
Me dice que tendré tarjeta.
Yo, sibilino, le digo que si se quiere quedar copla mitad de lo que tengo en la cuenta.
Me dice que si.
Yo contesto que cojonudo que se queda con la mitad de mis números rojos.
Me dice que no quiere.
Yo que me lo ha prometido.
Se marcha diciendo que le deje en paz.
Yo le persigo diciendo que es él quien me ha abordado a mí.
No creo que sobrio me hubiese comportado de la misma manera.
Como dice Horacio: el viajero con los bolsillos vacíos se reirá en la cara de los ladrones.

1 de diciembre de 2006, 13:52  
Anonymous Anónimo said...

Yo salgo siempre. Y así me va, claro.

16 de diciembre de 2006, 11:26  
Anonymous Anónimo said...

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21 de enero de 2007, 12:46  
Anonymous Anónimo said...

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