miércoles, 22 de noviembre de 2006

Relojes de arena en los bolsillos

Parece que esta vez va en serio, y por fin el otoño está aquí. En Sant Just Desvern, donde estudio el curso de por las mañanas, ha llegado a lo grande: no en vano, está en las afueras de la gran ciudad y el aire llega casi directo de la sierra. El cielo del lunes me hablaba de nevadas en el Pirineo, o de la proximidad de una ola de frío que, aunque no ha terminado de llegar, me hizo abrir el armario de mi casa, guardar la chaqueta de pana que me compré a finales de septiembre (una tarde que iba a esperar a Cristina a la salida de su trabajo y, como me estaba pelando de frío, hicimos escala en L'Illa) y sustituirlo por el abrigo de invierno (más bien, de entretiempo o invierno suave). No recordaba la última vez que me lo había puesto; meses, evidentemente.
Nada más embutirme en el abrigo, me di cuenta de que los bolsillos estaban llenos. Extraje el contenido y me reencontré con el pasado.
Un viaje en el tiempo.
Tal vez no fuera un viaje de eones, ni siquiera de eras geológicas; apenas unos meses. Y, sin embargo, el contenido de aquellos bolsillos me hablaba de otro Juanma, muy parecido al del veinte de noviembre en algunos aspectos, pero muy diferente en otros.
Una bolsa del Consum. El mismo Juanma de siempre, capaz de guardar todas las bolsas que encuentra, atesorarlas como una urraca amiga de plásticos. Una bolsa casi desteñida, con la que muy bien podría haber guardado la ropa del día anterior, al llevármela de casa de Cristina, o haberla destinado para la tarea opuesta: llevarme la ropa del día siguiente a casa de Cristina. O tal vez la hubiera utilizado para tareas algo más prosaicas; hacer la compra, por ejemplo.
Algo sabía: en aquel momento, ya estaba con Cristina. Cuando la conocí aún llevábamos abrigo. Y aquí andamos, dispuestos a pasar nuestra segunda estación fría juntos.
Una cuenta del Opencor. Día del Libro. A las diez y media de la noche. Tomates en rama. 746 gramos. Aquel día no había ido a la Rambla a montar el la parada de la librería, y ya estaba empezando a mosquearme, y preguntarme si tenía motivos para preocuparme. De todos modos, me pasé un ratito, saludé, ayudé a reponer libros, me encontré con amigos, hablamos y salí hacia casa de Cristina. Seguramente era una de las primeras noches en que me quedaba a dormir en su casa, y aún no teníamos clara ninguna rutina, ninguna costumbre. No sé cómo ocurrió, pero tal vez uno de los dos sugirió que había que cenar, y no había nada en la nevera, y, no sin hacerme de rogar, salí al Opencor, dispuesto a comprar tomates para hacernos un pa amb tomàquet. (Pronúnciese "pantumaca".) No sé si salí por Canonge Pibernat, y de ahí a Brasil, y de ahí al Opencor, o antes me había pasado por casa, o si fui directo desde la Rambla. Sólo tengo una factura, con la que reconstruir este recuerdo.
Una invitación:

Sant Jordi 2006 a les biblioteques
Pregó de la Lectura Sant Jordi 2006
Antonio Tabucchi
L'autor dialogarà amb
Carme Arenas, traductora
Dissabte 22 d'abril, 19 h.
Saló de Cent
Ajuntament de Barcelona

Eso lo recuerdo mejor. Había quedado con Helena, el día antes de comprar el tomate en el Opencor. Aún no le había contado que estaba saliendo con Cristina; de hecho, aún no se lo había contado a mucha gente, y tal vez ni siquiera lo había comentado en el blog. En cuanto tomamos asiento en el Saló de Cent, se lo solté a bocajarro. Pegó un respingo y, si hubiéramos estado en medio de la calle, seguro que se hubiera puesto a gritar de la alegría. Le conté todos los detalles que pude, antes de que el acto comenzara. Helena había estudiado en italiano con libros de Tabucchi (Nocturno hindú o La cabeza perdida de Damasceno Monteiro), y yo me había enamorado de él a raiz de la lectura de Sostiene Pereira, Réquiem y Los últimos días de Fernando Pessoa: coletazos de un amor más grande, el que siento y sentí (y sentiré, cuando regrese) por una de las ciudades más bonitas del mundo, Lisboa.
La charla con la traductora fue apasionante. Ferràn Mascarell estuvo acertadísimo en su presentación del autor. Y Tabucchi, genial, vivaz, vital, nos deleitó con su comprensión de la humanidad, con la bonhomía que destilaba, con su amor por las culturas española, catalana, italiana y portuguesa. Tan sólo hubo una nota discordante: Joan Clos, que en un momento dado interrumpió a Tabucchi y, seguramente con la finalidad de dorarle la píldora al autor, soltó una chorrada monumental:
-Antonio... No sé de qué parte de la Toscana eres, pero tú... tú... se nota que eres de pagès, ¿eh?
Como digo, lo más probable es que estuviera intentando elogiar a Tabucchi, o resaltar sus virtudes como gent del poble, como algo opuesto a la despersonalización con que el urbanita acoge los sentimientos y juicios de sus congéneres. Ni pajolera idea. El caso es que tanto Helena como yo sentimos vergüenza ajena, y seguro que alguno de los asistentes al acto, también.
Siete meses después, Joan Clos es ministro. Qué cosas.
Y, más importante: aún no ha metido la pata en ninguna declaración pública. A decir verdad, tampoco es que se lo haya visto mucho. Ni a su sustituto, Jordi Hereu.
El acto terminó, y Helena corrió a que Tabucchi le firmara algunos de sus libros: unos, en catalán; otros, en castellano; alguno, en italiano. Hablaron brevemente en italiano, y a continuación seguí contándole detalles de mi nueva vida, y de cómo estaba atravesando aquellos momentos tan felices e intensos con Cristina.
El último de los objetos que encontré el lunes en mi abrigo fue un programa de mano del Harlem Jazz Club, donde nos dirigimos Helena y yo después de la presentación de Antonio Tabucchi. Actuaba un cuentacuentos; pero no un cuentacuentos cualquiera, sino Yoshi Hioki, uno de los mejores que he visto en mi vida. Ya lo había visto en el Kosmopolis del 2004, y tal vez en Criminólic, la librería que durante unos meses regentaron Susana y Josep, de Nitecuento. El programa de mano dice lo siguiente:

Yoshi Hioki
La princesa del sexto palacio
Música: Pep Lladó. Contralto: Masako Hioki
Palabras delicadas y silencios abismales nos conducen a conocer a la princesa del sexto palacio. Las 8 diferentes historias que componen esta sesión están unidas con un hilo conductor que nos habla de la vida, la muerte y el acto de fe a través de la mirada de Ryunosuke Akutagawa (1892-1927), considerado uno de los más grandes escritores japoneses del siglo XX.

Como digo, es el mejor cuentacuentos que he visto en mi vida.
No encontré nada más en el abrigo.
Y me sorprende, porque muchas veces lo que nos falta, lo que no llevamos en el abrigo nos dice más acerca de nosotros que lo que llevamos. ¿Por qué no había pañuelos? Soy un paquete de klínex andante y, sin embargo, no encontré ninguno. Tampoco hallé bolígrafos, ni tarjetas de metro agotadas. El desorden habitual en mí, la acumulación de objetos por desidia, había dado paso a una limpieza exhaustiva, dijérase que con la finalidad de arrinconar el abrigo en el armario, hasta la llegada del otoño, y de alguna manera, tal vez debido a los últimos coletazos del invierno (una bajada brusca de temperaturas), lo exhumé, me lo puse una sola vez y dejé allí, olvidados, cuatro objetos, que de otro modo habría guardado o tirado.
Mosquitos prehistóricos conservados en el ámbar de los tiempos, en la sucesión de eras geológicas.
Ciudadanos y esclavos, patricios y plebeyos, habitantes todos de Pompeya y Herculano, moldeados e inmortalizados por la erupción del Vesubio.
Guerreros celtas momificados por una turbera, la desgracia de haber quedado aislados en un pantano, la suerte de poder descubrir sus facciones, serenas, y sus atuendos y joyas, intactos, cuatro mil años después.
Imágenes congeladas de momentos que sólo recordamos cuando, paradoja del observador, hallamos algún indicio de su existencia pretérita, que no obstante nos recuerda que, lejos de ser reliquias del pasado, permanecen vivas y son parte del presente.


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6 Comments:

Blogger Cristina López said...

Esto te pasa por no llevar a la tintorería el abrigo al acabar la temporada :p

22 de noviembre de 2006, 19:02  
Blogger Juanma said...

Ya, pero tiene su encanto. ¿Qué me encontraré esta vez? Tachán tachán, sorpresaaaaaa. :-)

23 de noviembre de 2006, 16:57  
Anonymous Yolanda said...

Mmmmmmmmm

La sierra? la sierra???

Sooooospiro.... :-PPP

24 de noviembre de 2006, 18:01  
Blogger Juanma said...

Bueno, a lo lejos se ven montañitas...

:-PPPP

24 de noviembre de 2006, 18:40  
Blogger MacVamp said...

Dejando un breve saludo y un fuerte abrazo :)

El pasado siempre nos brinda sorpresas y el encanto del recuerdo.

Mac

25 de noviembre de 2006, 12:21  
Anonymous Helena said...

Jo! Pues cómo me gusta haber pasado aquella preciosa tarde contigo. Los libros firmados por Tabucchi me saludan desde el armario y ¿en serio me avalance a lo de la firma? Yo recordaba que me empujaste... Soy tímida con mis ídolos.

Me voy a cenar que el presente me reclama...

Besos
Helena

5 de diciembre de 2006, 23:07  

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