jueves, 7 de mayo de 2015

Presentación de "El noveno capítulo" de Armando Boix y "Dulces dieciséis" de Eduardo Vaquerizo

Como ya conté hace dos meses, el 7 de marzo participé en la presentación de dos antologías más que necesarias: El noveno capítulo y otros relatos, de Armando Boix, y Dulces dieciséis y otros relatos, de Eduardo Vaquerizo, ambas editadas por Cyberdark, el nuevo sello con el que Luis G. Prado regresa a la edición de autores españoles. Como la librería Gigamesh está a la última de nuevas tecnologías, emitió la presentación en streaming y luego la colgó en su cuenta de YouTube. Aquí está el acto.



Como veis, Luis dejó claro que la política de reeditar relatos de los años noventa tiene poco de revival nostálgico y mucho de apuesta clara de calidad: los cuentos de estas dos recopilaciones se sostienen muy bien por sí mismos después de casi dos décadas. Lo cual demuestra ser cierto cuando relees en orden secuencial los relatos de estas dos recopilaciones. Cierto, hay algún inédito, pero el grueso de la producción data del período 1994-2004, es decir, lo que podríamos denominar la Edad de Oro de la ciencia ficción española en formato breve (o Generación Hispacón, como la llaman Julián Díez y Fernando Ángel Moreno). No fue casual que Vaquerizo y Boix, coetáneos de una de las tres oleadas del boom de los años noventa, en concreto de la que doy en llamar "generación de 1994" (que quedaría completada por Daniel Mares, Joaquín Revuelta, Carlos Fernández Castrosín y Manel Díez Román), coincidieran en los sumarios de los fanzines y publicaciones de la época, así como en el palmarés de uno de los motores del género, el premio Pablo Rido.

Del premio Pablo Rido hablamos en la presentación. Boix lo ganó en una ocasión y fue finalista en otras cuatro. Eduardo Vaquerizo se ganó el sobrenombre de "Subcampeón Eterno" al quedar finalista con cinco relatos y no ganar en ninguna edición. Ambos se forjaron como autores en el certamen de ficción breve que convocaba la TerMa y que, en el gozne del cambio de milenio, marcaba el paso de la ciencia ficción española y solía copar las papeletas de finalistas del premio Ignotus.

Artifex no fue ajeno a este proceso. Buena parte de los relatos que ganaban o eran finalistas del Pablo Rido se publicaron en las diferentes reencarnaciones de Artifex. Luis tenía las cosas más claras, podía ofrecer un proyecto muy atractivo y tenía un ritmo de publicación estable, cosa contra la que no podíamos competir en Gigamesh, con su errática periodicidad. Cierto, en Gigamesh acababa apareciendo algún que otro relato ganador o finalista del Rido, y con el tiempo acabaron haciéndolo en Galaxia, pero el grueso de los relatos finalistas o ganadores del Pablo Rido en los últimos años de la década de 1990 y los primeros años del siglo XXI tenía como lugares naturales de primera publicación las sucesivas etapas de Artifex o la breve pero intensa experiencia de 2001, la revista predecesora de Galaxia, editada por Equipo Sirius y que Luis dirigió con acierto durante seis números.

Por supuesto, sería un error reducir estos relatos al premio Pablo Rido o al combo Artifex / 2001, porque las trayectorias individuales de Vaquerizo y Boix han dado para muchísimo más y había otras buenas publicaciones, pero a grandes rasgos podríamos afirmar que el empeño de Cyberdark por rescatar el material de estos autores y esta época obedece a una reivindicación de estos dos fenómenos, como explicación del boom de la década de 1990; una explicación parcial, pues hubo muchos elementos más, pero necesaria, pues el boom habría sido diferente sin ellos. Con ello viene a cerrarse un círculo.

Además, en el transcurso de la presentación se insistió en otro elemento: las circunstancias permiten volver a editar estos contenidos en papel, por lo que vuelven a estar en catálogo y, en cierto modo, en el mercado, en el canon. Cualquier estudioso del género tiene a su alcance las sucesivas antologías históricas que seleccionaron Domingo Santos, Julián Díez y Fernando Ángel Moreno, desde la de Martínez Roca hasta la de Cátedra, pasando por la de Minotauro y Salto de Página. Ahí está el canon colectivo. Pero nos faltan los cánones individuales. Rodolfo Martínez o Rafael Marín los tienen bastante por la mano, ya que sus recopilaciones de relatos no han dejado de editarse durante estos últimos veinte años. Sin embargo, Armando Boix o Ramón Muñoz tenían más que descatalogadas sus recopilaciones individuales de Mandrágora, o Daniel Mares la de AJEC, y Alejandro Carneiro se la publicó no hace mucho pero en formato de libro electrónico y autoeditado. El caso de Eduardo Vaquerizo es más sangrante: no tenía ninguna. Increíble, pero cierto. Podemos acceder en papel siempre que queramos a los mejores relatos de un puñado de grandes autores del género (Cristina Fernández Cubas o Pilar Pedraza), pero no existe material en catálogo de las tres cuartas partes de los protagonistas del salto de calidad definitivo de la ciencia ficción española. Cyberdark ofrece unas condiciones razonables para poder reeditar ese material, descubrírselo a los nuevos lectores, dárnoslo masticadito a los lectores más talluditos y, en definitiva, volver a poner en el mapa un porcentaje respetable del hipotético canon de la ciencia ficción española en formato breve.

Ambas recopilaciones son necesarias, pues tanto Boix como Vaquerizo son nombres indispensables para entender el género en España. También cabe aclarar que se han cribado bastantes relatos: la producción de ambos fue mucho más prolífica, así que nos hallamos ante sendos "lo mejor de..." o, tal vez, "lo más reeditable de...". Pocas objeciones podemos poner al criterio de selección. En general, creo que se reedita el material más defendible de ambos autores. Incluso hay algún que otro inédito ("El Verdugo debe morir", en la recopilación de Boix), al estilo de los discos de grandes éxitos, en los que siempre se reserva alguna canción nueva como single de lanzamiento.

De las estupendísimas ilustraciones de Alejandro Terán podríamos hablar largo y tendido, porque son una delicia. También hay que insistir en la que considero una muy buena idea: ese par de páginas explicativas en las que los autores contextualizan sus relatos; por supuesto, al final, para no condicionar la lectura. Sirven para descubrir las circunstancias en que se escribieron, o para refrescarlas, si da la casualidad de que servidor andaba rondando por ahí. Más informales los de Vaquerizo, literarios los de Boix, estos comentarios son imprescindibles para darle a las recopilaciones un valor añadido. (Eso sí, echo en falta alguna bibliografía final y un palmarés de los autores; apenas serían dos o tres páginas, aunque la maquetación se ha apurado mucho para que los cuentos quepan en las 224 o las 256 páginas.)
Dicho esto, centrémonos en los contenidos.

Dulces dieciséis y otros relatos nos muestra once de los mejores cuentos de Eduardo Vaquerizo. No entraré en detalles acerca de todos ellos. Su publicación puede ser un buen complemento para enganchar a los lectores acostumbrados a su faceta de novelista, ya que aquí se hallan los embriones de sus dos novelas más famosas.  
"Negras águilas", que cierra el volumen, le supuso un premio Ignotus y fue el origen de Danza de tinieblas (otro premio Ignotus), su secuela Memoria de tinieblas (nuevo Ignotus; vaya, igual hablamos de una de las series más premiadas del género) y su spin-off en forma de antología colectiva, Crónicas de tinieblas. Se trata de una ucronía brillante en lo literario y oscuro en lo temático, que nos muestra una España en la que el Ministerio del Tiempo no hace bien los deberes y consigue que nuestro Imperio nunca tuviera fin y, en resumen, nuestra historia fuera una Pavana cañí con olor a tintorro y motor de hulla.
Si el cuento anterior fue nuestro Keith Roberts, "Habítame y que el tiempo me hiele" fue nuestra Connie Willis. Los relatos de los Salmones, esa policía temporal deudora de la Kivrin de "Servicio de vigilancia" y El libro del Día del Juicio Final que creo que en algún momento tendrán que reivindicar oficialmente los creadores del Ministerio del Tiempo, dieron paso a una novela que, a su vez, reconoce la influencia explícita del Ágora de Alejandro Amenábar: La última noche de Hipatia (otro premio Ignotus).
Pero no todo van a ser ucronías ni paradojas temporales. El abanico temático de Vaquerizo es amplio, y toca bastantes palos, desde la ciencia ficción dura de "Los caminos del sueño" (premio Domingo Santos), homenaje a un Juan Miguel Aguilera con quien no mucho después colaboró como coautor de la novelización de Stranded hasta la temática vampírica de "Seda y plata" (que Vaquerizo considera, con acierto, el cuento que lo puso en la primera división de la literatura fantástica española del fandom, y que marcó el principio de la fértil colaboración con Artifex), pasando por la distopía macarra ("Quercarrán") o los guiños a la novela decimonónica ("No bebía otra cosa que agua", que en su momento se publicó con otro título: "Agua mineral").
Además, tenemos esos cuentos extraños y en cierto modo herméticos que convirtieron a Vaquerizo en uno de los autores "difíciles" de su generación. Él mismo reconoce que no tiene muy claro de qué van "El obrador", por citar el ejemplo más conseguido de esta tendencia, o El lanzador, que en su momento se parodió en una actualización de Bibliópolis del Día de los Inocentes; lo hacían aparecer como Eduardo Adjetivizo.
Dejo para el final los dos primeros relatos de la recopilación, ya que muestran hasta qué punto fueron importantes las tertulias como elemento creador de sinergias. Vaquerizo reconoce que "Dulces dieciséis" habría sido imposible sin las interminables charlas que proporcionaba León Arsenal en la TerMa, esa "tertulia hardcore" en la que se gestó y gestionó buena parte del boom de los años noventa. Le veo similitudes temáticas, estilísticas y llamémoslas ideológicas con "En las fraguas marcianas" de Arsenal y, dado que Luis G. Prado adelantó durante la presentación que no piensa limitarse a las recopilaciones de un solo autor sino que también quiere atreverse con las temáticas, me resisto a creer que una de las primeras no sea una antología de relatos españoles ambientados en Marte, con los dos ya mencionados como platos fuertes. Creo que no divago.
Y llegamos al que tal vez sea el relato más reeditado y reconocido de Vaquerizo, "Una esfera perfecta", que según el autor se lo debe todo al preciosismo de León Arsenal. El tiempo da la razón a Julián Díez por haberlo incluido en la antología de ciencia ficción de Minotauro (aún no había aparecido "Negras águilas", la otra obra realmente importante de Vaquerizo en formato breve). Su lectura no hace sino ganar enteros y nos traslada a un mundo fantástico diferente y casi incognoscible.
En resumen, una recopilación más que interesante que viene a llenar una carencia injustificable (Vaquerizo aún no la tenía) justo en un momento en que el autor está a punto de publicar novela con un sello grande. Volveré al asunto al final de esta entrada.


 Armando Boix ya tuvo una recopilación, Sombras de todo tiempo, editada por Mandrágora, en la que defender ante los lectores buena parte de los relatos que aparecen en El noveno capítulo y otros relatos. Pero, ay, está descatalogada, y Boix se pasó la última década completamente apartado del fandom, y ya se sabe que el fandom es muy olvidadizo. En los últimos años ha retomado la escritura (o, al menos, la publicación), se ha vuelto a implicar en el fandom, esta vez el digital de tendencia historicista y popular (es el alma de la fiesta en el grupo Barsoom de Facebook, y supongo que en la revista homónima) y, en definitiva, lo noté feliz como una perdiz en la presentación de su libro: estaba regresando al fandom, a un fandom que ya prácticamente no conocía pero que le daba la bienvenida. A título personal, me alegré de verlo tan animado, y creo que su entusiasmo se contagió al resto de participantes en la presentación.
Boix cultivó siempre una fantasía y un terror de fuerte contenido literario, con muchas referencias cultas y un tono a lo, digamos, Pérez-Reverte pero en friki, que lo consolidó como uno de esos autores exquisitos y obligatorios, un valor seguro en premios y recopilaciones. Su ciencia ficción, aunque menos publicitada, también dio momentos magníficos, como el muy reeditado "El sueño de la razón" o "El tiempo sin límites", ligados ambos al palmarés del premio Alberto Magno y, por lo tanto, casi novelas cortas. En un escalón algo inferior, "Como gotas de agua" plantea y resuelve con acierto una paradoja en términos de CF clásica.
Aquí se acaba la ciencia ficción. El resto de los relatos son de fantasía y terror. Algunos se siguieron reeditando, otros aparecen aquí por vez primera ("El Verdugo debe morir", un espectacular homenaje a los clásicos de la era del pulp que, en justicia, debería figurar entre los finalistas de los premios Ignotus) y algunos se publicaron incluso como libros sueltos, caso de "El que habla con los espíritus", una de las escasísimas muestras de la fantasía colonial española, en la que el vudú convive con la temática de piratas y (¡no, nada que ver con Jack Sparrow!) un escenario casi inédito no solo en la fantasía española sino en la literatura española en general: la colonización española en África. Apareció en su momento como librito de la colección Artifex Serie Minor, en la que, sin ir más lejos, hizo sus pinitos el hoy muy reconocido Pablo Tuset. La querencia por los ambientes exóticos u orientalizantes se extiende a joyitas como el precioso relato corto "Las razones del nómada" o un vacile filosófico, "El Uno inefable", adscrito a lo que más tarde se dio en llamar fantasía cosmogónica (ya sabéis, el Ted Chiang de "La torre de Babilonia" o "El infierno es la ausencia de Dios", el Richard Garfinkle de Materia celeste o el Juan Miguel Aguilera de La locura de Dios) y que estuvo a puntito pero lo que se dice a puntito de levantarle el llamado "Rido de las Estrellas" (es decir, el Pablo Rido de 1997, objetivamente la edición más brillante del premio más importante de ficción fantástica breve que se ha convocado en España) nada menos que al César Mallorquí de "El decimoquinto movimiento". Palabras mayores, en resumen.
¿Qué nos queda? Cuatro cuentos muy interesantes. "Tú que estás en los infiernos" es otro de esos relatos cuyo título no coincide con el de la publicación original (como veíamos en el caso de Vaquerizo con "No bebía otra cosa que agua" / "Agua mineral"). Aparecido como "Wolfgang Amadeus Mozart, tú que estás en los infiernos", fue uno de los platos fuertes de una de las dos o tres mejores entregas de las antologías Visiones de la AEFCFyT, la de 1996 que seleccionó Joan Manel Ortiz. Boix reconoce la deuda del Amadeus de Milos Forman, pero con el matiz de que intenta redimir a Salieri y satanizar (nunca mejor dicho) a... bueno, no sigo con el spoiler. En todo caso, un relato que apenas se cita y que merece una relectura.
Otro tanto le sucede a "El círculo roto", que apareció en Sociedades secretas, una antología editada por Mundos Imaginarios y de la que Boix cuenta una anécdota jugosísima de la que en su momento no tuve conocimiento. Una vez admitido el relato, Boix se encontró con la desagradable sorpresa de que los autores tenían que pagar por publicar, se negó en redondo aduciendo que él no pagaba por publicar (los tiempos de las autoediciones estaban lejos, y él era perro viejo en la edición, pues por aquella época coeditaba Ad Astra, el mítico fanzine en disquete, y estaba a punto de dirigir la primera etapa de la revista Stalker), el editor Claudio Landete lo apaciguó y la cosa quedó en que Landete puso de su bolsillo el dinero de Boix para que el cuento pudiera aparecer, ya que era, de largo, el mejor de aquella recopilación. En él tenemos otro caso de (venga, sacad el machete) fantasía colonial, aunque esta vez ambientada en la Barcelona recién ocupada por los Borbones. Sociedades secretas, siglo XVIII e Ilustración pugnando con lo irracional y fantástico en otro de esos relatos que justifican este libro, ya que es de los menos reeditados del autor.
"El noveno capítulo" fue el estreno de Boix como autor de primera fila, gracias al empeño de Alfredo Lara y su fenomenal fanzine Opar. El homenaje que le rinde Boix al darle su título al libro y comenzar la recopilación es más que merecido, y además le supuso su primer reconocimiento, en forma de cuento finalista del Pablo Rido. Es uno de esos cuentos que ayudan por sí solos a explicar toda una década y todo un fenómeno (el boom del género fantástico español parido por autores de fandom). En su momento lo puse en el top 4 de relatos españoles de género de los años noventa y, releído hoy, creo que me reafirmo en mi opinión.
Dejo para el final el otro relato pata negra de Boix, y otro de los más reeditados del autor: "El ayudante de Piranesi", que le supuso el premio Pablo Rido y que narra una historia igual de espeluznante que la anterior, con una ambientación que no tiene nada que envidiar a la de las historias más chungas de un Grant Morrison, pongamos por caso. Lo que haría Christopher Nolan con un argumento así, madre mía. Al publicarse en BEM, que era el fanzine que marcaba el paso en la primera mitad de los años noventa, resultó finalista del Ignotus y podemos decir, en puridad, que esto fue lo más cerca que estuvo de ganar un monolito. Resulta curioso y paradójico: el Ignotus, que tanto se le resistió a Boix, quien sin embargo sí ganó el Rido, que tanto se le resistió a Vaquerizo, uno de los grandes triunfadores de los Ignotus.


La presentación continuó con un adelanto de quiénes serían los siguientes autores en aparecer en Cyberdark: Ramón Muñoz y Rafael Marín. El listado de trabajo de Luis G. Prado incluye cerca de una veintena de posibles autores de relatos, más las ya citadas antologías temáticas en las que también está meditando. Parece, pues, que hay sello Cyberdark para rato.


Pero esto no fue todo. El maestro de ceremonias del acto, Ricard Ruiz Garzón, nos desveló que Fantascy va a publicar el mes que viene una novela de Eduardo Vaquerizo, que doy en llamar "la distopía del 15M" o "la distopía de los indignados", porque va justo de eso. Se titula Nos mienten, la ilustración de portada es esta que veis abajo, y ya colgaré más adelante el informe de lectura que hice para Fantascy



Por supuesto, aprovecho para recomendaros estos tres títulos, y los que vengan del sello Cyberdark.

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martes, 3 de marzo de 2015

#GIGACON2015 y VI Calçotada Friki

El sábado 7 de marzo haré programa doble de frikismo.

Por la mañana asistiré a los actos de la GigaCon 2015 en calidad de participante en una presentación que aprovecho para recomendaros: Dulces dieciséis y otros relatos, de Eduardo Vaquerizo, y El noveno capítulo y otros relatos, de Armando Boix, sendas recopilaciones de ficción breve con las que se estrena el sello Cyberdark. Aparte de los autores, estaremos por ahí Luis G. Prado, como editor, y Ricard Ruiz y servidor, como amenos expertos. Esto será a las 11.30. Después (12.30) habrá una maratón de firmas de una docena larga de autores. 






Me perderé el primer día de la GigaCon, pero aprovecho para recomendároslo, ya que los protagonistas de los actos del viernes serán la editorial Aristas Martínez y el autor Daniel Ausente



De la GigaCon nos iremos de cabeza a la VI Calçotada Friki, donde nos pondremos hasta arriba de cebollas a la brasa pringadas en salsa hipercalórica.

Si vais a asistir a cualquiera de los dos acontecimientos (¡o ambos!), allí nos vemos.

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jueves, 23 de febrero de 2012

"Cuatro autores, cuatro relatos", en Literatura Prospectiva

Como en el chiste: una noticia mala y otra buena.
La mala es que Literatura Prospectiva, uno de los referentes indiscutibles en cuanto a crítica literaria de género fantástico en red, va a echar el cierre en las próximas semanas. El equipo pilotado por Nacho Illarregui y Joserra Vázquez lo explica en esta entrada. Los motivos de fondo (cansancio acumulado después de tres años de actividad ininterrumpida, dificultades para encontrar nuevos colaboradores, poca receptividad por parte de autores con blogs propios a colaborar en blogs colectivos, posibles fallos de comunicación con los lectores potenciales) son muy complejos y comprensibles, aunque suelen ser el pan nuestro de cada día: todo lo que empieza tiene un final, y tal vez sea mejor dar por finiquitada Literatura Prospectiva, ahora que sigue siendo un referente, antes que dejar que pierda calidad, visibilidad y periodicidad. En todo caso, es una pequeña tragedia, ya que se ha tratado de una magnífica página, en la que se han podido leer muy buenas reflexiones, columnas muy interesantes (para mí ha supuesto el descubrimiento de ese recambio generacional que echaba en falta en el terreno crítico-ensayístico, con gente como Luís Besa, Manuel de los Reyes, Miguel Cisneros, Mariano Martín o Fernando Lafuente) y, sobre todo, en el de las reseñas con finalidad prescriptora y analítica (una laguna clamorosa en estos tiempos de mero quid pro quo que están propiciando las redes sociales).
La buena (para mí, no sé si para los lectores) es que de un par de meses para acá estoy cogiendo ritmo, y hoy ha aparecido una colaboración mía: el ensayo "Cuatro autores, cuatro relatos", en el que recomiendo cuatro historias breves de ciencia ficción española que en su momento fueron relevantes (por sus premios, repercusión o trascendencia) y que ahora se hallan sumidas en el olvido, reducidas a meras referencias bibliográficas. Me parece una buena manera de rescatarlas, y conseguir que interesen a las nuevas generaciones, las que solo conocen a César Mallorquí como un autor de novela juvenil, a León Arsenal como un autor de novela histórica, a Armando Boix como un señor que va a publicar su tercera novela juvenil después de un silencio literario de doce años y Carlos Pavón como un señor que traduce a Greg Egan. Por supuesto, también lo he escrito para satisfacer la nostalgia de los lectores y aficionados que vivieron aquellos maravillosos años noventa. En cierto modo, la selección de estos cuatro relatos y autores no deja de ser una especie de "Auge y caída del boom de los años noventa". Y, antes de que alguien me lo recuerde en la zona de comentarios: sí, es evidente que esto forma parte del esqueleto de la Gran Novela sobre el Fandom que no dejáis de pedirme (y que a este paso se va a titular La gran novela sobre el fandom, así, con un par); sí, comencé a escribirla, pero no tardé en dejarla aparcada, entre otras cosas porque no era la novela que quería escribir en ese momento (es una historia larga de contar, y espero poder hacerlo en detalle dentro de dos o tres años, a poder ser con una novela terminada y publicada en la mano, pero a estas alturas ya nos conocemos), y no, ahora mismo no estoy con ella, pero sigo haciendo acopio de material para cuando me ponga en serio.
Así pues, y sin más preámbulos, copio y pego el ensayo que ha aparecido hoy en Literatura Prospectiva. Ojalá me dé tiempo a escribir alguno más en este estilo, y que llegue a aparecer en Prospectiva, antes de que eche el cierre. Me ha encantado colaborar con esta página, siento no haberme prodigado más (debo muchas críticas desde hace demasiado tiempo) y me alegro de estar cogiendo impulso y publicando allí con regularidad, aunque sea justo al final.

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Es ya un lugar común referirse a los años noventa como la década dorada de los relatos de ciencia ficción española. No insistiremos en la supuesta veracidad de esta etiqueta, dado que estos no son ni el lugar ni el momento, pero resulta indudable que la concurrencia de una serie de factores hizo posible que el género adquiriera un impulso que, en mayor o menor medida, se ha mantenido hasta la fecha presente. El surgimiento de fanzines y revistas, así como las convocatorias de premios, el auge de internet y la segunda etapa de las HispaCones conformaron un fándom activo e inquieto, lo que llevó aparejado un aumento en la cantidad y calidad de los relatos de ciencia ficción autóctonos. Muchos de los autores que comenzaron a publicar en aquella época se mantienen activos hoy en día; otros se han quedado en el camino, y algunos ya no están con nosotros. Sea como fuere, la ciencia ficción española, en formato breve, vivió momentos más que interesantes. El reflejo más ajustado, exhaustivo y veraz de este boom sigue siendo la Antología de la ciencia ficción española. 1982-2002, recopilada por Julián Díez y editada y saldada por Minotauro. El lector inquieto también podrá encontrar de su gusto otra antología que se solapa parcialmente con aquella: Cuentos de ciencia ficción, seleccionada por Miquel Barceló y Pedro Jorge, y editada por Bígaro.
La selección de Julián Díez fue impecable aunque, como es lógico, solo incluía un relato por autor, y no daba cabida a todos los responsables del boom de la ciencia ficción española de los años noventa. Consciente de ello, Julián incluía abundantes referencias bibliográficas en el ensayo introductorio y en el listado final de recomendaciones. En total, entre los relatos incluidos en la antología y las recomendaciones finales, aparecían unos ochenta títulos de ciencia ficción española intra fándom que podríamos considerar, como mínimo, dignos. El tiempo ha sido relativamente generoso con bastantes de ellos, que se dejan releer con un toque entre tierno y nostálgico, sí, pero también los hace aptos para los nuevos lectores, aquellos que tal vez no hayan tenido entre sus manos ningún ejemplar de Gigamesh, BEM, Cyber Fantasy, las sucesivas encarnaciones de Artifex en papel, y no digamos fanzines como Núcleo Ubik, Kenbeo Kenmaro, Parsifal, Elfstone, Bucanero o El Melocotón Mecánico.
Por todo ello, considero oportuno referirme a cuatro relatos de ciencia ficción pura y a veces dura escritos por otros tantos autores que comenzaron a publicar (o a despuntar) en los años noventa; por este motivo no incluyo a Rafael Marín, Elia Barceló ni Rodolfo Martínez. Algunos aparecieron en el sumario de la antología de Minotauro, y otros se quedaron a las puertas. En todo caso, comento relatos no incluidos en esa recopilación, pero, no obstante, recomendables. No intento ser sistemático, ni compensar los relatos en función de su año o lugar de publicación. De hecho, digamos que el criterio que he adoptado es el siguiente: presento cuatro buenos relatos de ciencia ficción española, que no han aparecido en ninguna de las dos recopilaciones mencionadas y que, por lo tanto, no suelen citarse como «referencias obligatorias», pese a que cuentan con méritos suficientes para reivindicarlos y que no caigan en el olvido. Podríamos considerarlos la «segunda línea» de la ciencia ficción española de los años noventa, circunstancia que los ha condenado al olvido.
Por supuesto, hay mucho más material donde elegir, y parte de la gracia de este ensayito consiste en fomentar la participación de los lectores más veteranos o leídos del lugar.


 
«El mensaje perdido», de César Mallorquí
 
Por lo general, se tiende a conceder a este relato más valor histórico que literario. Ganó la primera edición del premio Aznar de relatos, que organizaba la por aquel entonces recién nacida AEFCF (antes de añadir la «yT» a sus iniciales), y se publicó en el combozine de la HispaCon de Barcelona, celebrada en diciembre de 1991. Este dato es relevante, porque, por un lado, la mayoría de las referencias bibliográficas sobre la primera edición del relato son erróneas (su aparición en el número 1 de Cyber Fantasy es posterior) y, por otro, nos permite hablar de este relato, con toda propiedad, como el hito fundacional del boom de la ciencia ficción española de los años noventa. Es cierto que César escribió relatos mucho mejores («El rebaño», «La pared de hielo» o «La casa del doctor Pétalo», que, sin exagerar, muy bien podrían hallarse entre los diez mejores de la historia de la ciencia ficción española), pero tal vez no habrían sido lo mismo si no hubiera escrito antes este relato, o, simplemente, no habrían sido.
El título completo de esta historia, «El mensaje perdido. A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya», nos deja claro desde el principio por dónde van a ir los tiros. Mallorquí fusiona la tradición cienciaficionera de los años cincuenta y sesenta (es, al mismo tiempo, pura Edad de Oro y pura New Wave) con el imaginario tradicional español, y revitaliza la tan traída y llevada ciencia ficción «cañí» que, hasta aquel momento, solo habían desarrollado Gabriel Bermúdez Castillo, Ignacio Romeo y Enrique Lázaro, pero que a partir de entonces se convirtió en uno de los puntos de fuga del género, que acabó derivando en el subgénero llamado «de cachava y boina» (cuyos máximos exponentes se pueden leer en los Cuentos fantásticos de la España profunda, editados por AJEC). La mezcla, que ahora llamaríamos posmoderna y consideraríamos hermana literaria de productos como Amanece, que no es poco, resultaba novedosa, aunque en realidad era clásica, realmente clásica. Detrás de las tribulaciones de un gitano que adquiere el don de la omnisciencia porque, nada más nacer, su cabeza se interpone en la trayectoria de un rayo de luz coherente enviado por una inteligencia extraterrestre superior, se halla un estudio serio y completísimo de los mitos artúricos. Por reducción al absurdo, podríamos decir que «El mensaje perdido» es una mezcla de La diosa blanca, de Robert Graves, y «Volando voy», de Camarón de la Isla. El hecho es que, veinte años y dos meses después, su relectura sigue sorprendiendo.
Como es lógico, la propuesta se adelantó a su tiempo, el relato pasó sin pena ni gloria y César acabó hartándose del fándom (leánse sus más que lúcidos artículos alusivos) y convirtiéndose en uno de los autores más laureados de la literatura juvenil (acaba de obtener su cuarto premio Edebé con una novela de ciencia ficción, La isla de Bowen). Y nada de ello fue posible sin «El mensaje perdido».



 

 Armando Boix fue uno de los autores indispensables de la ciencia ficción española del segundo lustro de los años noventa, y su desaparición del panorama editorial simbolizó, en cierto modo, las primeras señales de desencanto y desgaste del boom. Escribió una docena de relatos impecables (recopilados en Sombras de todo tiempo, editada por Mandrágora), marcó uno de los puntos culminantes de la fantasía y el terror con elementos históricos y «cultos» (que ahora que están tan de moda estos términos, podríamos considerar retrofuturistas o steampunks sin más), dirigió los mejores números de la revista de cine fantástico Stalker, se pasó a la novela juvenil en el momento en que lo hacían Elia Barceló, César Mallorquí o Javier Negrete, la jugada no le salió bien (ganó el Gran Angular con El jardín de los autómatas, pero las ventas y repercusión de El sello de Salomón fueron más bien escasas) y abandonó la literatura y el fándom para dedicarse en exclusiva a su actividad profesional. (Edito: César Mallorquí comenta que Edebé va a publicarle una novela juvenil a Armando durante este año 2012, lo cual es una magnífica noticia. Espero que funcione, y Armando vuelva por sus fueros.) En el camino, como digo, quedaron una docena de relatos de factura impecable, uno de los cuales, «El sueño de la razón» (Gigamesh 13, 1998), era de ciencia ficción; no en vano, fue finalista del certamen Alberto Magno. Pero también era un relato de terror. Y un thriller. Y demasiadas cosas, como todos sus cuentos. La atmósfera de la clínica donde trabaja la protagonista era tan opresiva como el entorno exterior, una Barcelona gris y distópica que, aunque aparece poco, nos recuerda que el relato es, ante todo, una llamada de advertencia. Soylent Green, Gattaca, La isla, Black Mirror… Todos esos referentes, anteriores y posteriores, podrían venir bien para caracterizar las sensaciones que transmite el mundo que crea Boix en este relato. En cuanto a la trama, lo suficientemente bien resuelta como para que no parezca un telefilme de sábado por la tarde, cabe decir que tal vez sea lo menos satisfactorio del conjunto. Y, ante todo, y sin que sirva de precedente, vemos aquí un retrato de personaje femenino creíble y bien caracterizado, cosa que puede parecer una tontería, pero que siempre fue el talón de Aquiles de la ciencia ficción española de los años noventa.


 
«Poetik GmbH», de Carlos Pavón
 
Carlos Pavón fue el típico ejemplo de autor de unos pocos relatos, cuya escasa producción le impidió ser un autor de referencia. No dejaba de ser un francotirador, alguien que se dedicaba a otras cosas, pero que, además, escribía relatos de vez en cuando. En su caso, era el traductor y contacto en España con Greg Egan. Gracias a Carlos, Gigamesh pudo publicar relatos del autor australiano, que contaban con el visto bueno del autor, siempre muy receptivo, hasta el punto de que comenzó a correr el chascarrillo de que Greg Egan era un seudónimo de Carlos Pavón. Hablamos de una época en la que todavía no sabíamos qué aspecto tenía Egan.
Pero Pavón no era solo el traductor de Egan. También tradujo relatos de Pat Cadigan y de Bruce Sterling. Y reseñaba títulos para Gigamesh. Todas estas influencias lo caracterizarían ahora como un lector 2.0 sin más, pero, en 1999, eran algo insólito. Nos hablaban de un lector que estaba a la última en todo lo relativo a ciencia ficción de vanguardia, pero a quien le traía absolutamente al pairo lo que se estuviese haciendo por aquí. No lo necesitaba. Por eso se incurrió en el reduccionismo de definir «Poetik GmbH» como «un cuento de Greg Egan escrito por un español». Cierto, Pavón había traducido a Egan. Cierto, hablaban de los mismos temas; en particular, la memoria y el olvido. Cierto, la estética era parecida. Pero no: Pavón iba más allá. No nos estaba ofreciendo «un cuento de Greg Egan escrito por un español», sino «el tipo de buena ciencia ficción que se está escribiendo ahí fuera, pero escrito por alguien de aquí», que no era lo mismo. Esta diferencia de matiz explica la incomprensión que generó el relato, y es una metáfora inmejorable del cariz que estaban tomando los acontecimientos.



 

 Aunque León Arsenal ha hecho fortuna en el campo de la novela histórica, es justo recordar que sus diez primeros años de actividad lo definieron como EL autor español de relatos de ciencia ficción. Sus colaboraciones con Cyber Fantasy elevaron los estándares de calidad de la ciencia ficción clásica, el space opera de toda la vida, al que León sabía imprimir un toque lo suficientemente moderno, pero sin perder sus raíces. Sabíamos que nos hallábamos ante un pulp arquetípico, pero escrito con lenguaje de New Wave. De nuevo, el posmodernismo de las narices, antes de que tuviéramos muy claro en qué consistía este.
Tal vez no tan brillante como «El centro muerto» (que fue el relato seleccionado por Julián Díez), «En las fraguas marcianas» es una declaración de amor a la ciencia ficción «de antes». La puesta en escena es espectacular. Arsenal escribe en el año 1999 (y se lleva sendos premios Pablo Rido e Ignotus por ello),  pero nos describe un Marte más propio de las novelas de Edgar Rice Burroughs. Estamos en Barsoom, pero también en las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, sin que suene demodé; todo lo contrario: la coherencia del conjunto es asombrosa, y uno no puede dejar de soñar con ese Marte. De nuevo, ahora diríamos que el relato es posmoderno y retrofuturista, pero en 1999 era una maravillosa declaración de amor al sentido de la maravilla con el que todos los lectores ya talluditos nos enganchamos a la ciencia ficción cuando éramos adolescentes. El Marte de León Arsenal es el paraíso perdido de los implicados en el boom de la ciencia ficción española de los años noventa; por eso se llevó el Ignotus, y por eso se convirtió en el canto del cisne de Arsenal como escritor de ciencia ficción breve. ¿Qué más podía añadir? Arsenal se metió, él solo, en un callejón sin salida. Lo siguiente que hizo fue dar carpetazo a su faceta de escritor de relatos con la más que notable recopilación Besos de alacrán y otros relatos, y pasarse a la novela histórica. Se cerraban así los mágicos años noventa y, tal vez y de rebote, todo el boom de la ciencia ficción española.

Por supuesto, hay más autores y más relatos. Podríamos hablar de Joaquín Revuelta y «Más tequila», o de Manuel Díez Román y «Cualquier noche puede salir el sol», o de Ramón Muñoz y su fascinante «Bajando», o de «Los viejos días de la contracultura», de Carlos Fernández Castrosín, pero para ello sería necesario otro ensayo.

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