martes, 20 de diciembre de 2011

Juan Carlos Planells (1950-2011)

Mi última colaboración (hasta el momento) con Literatura Prospectiva es el obituario del escritor, crítico, bloguero y corrector Juan Carlos Planells, que falleció el 3 de diciembre en Barcelona. Dejé un comentario a la noticia, Nacho Illarregui me pidió que lo ampliara, y me salió el texto que podéis leer a continuación. Aquí está el enlace a su edición original en Literatura Prospectiva. 
Los incontables ensayos que escribió Juan Carlos a lo largo de sus más de treinta años de actividad en el fándom son una de las fuentes obligatorias para entender el desarrollo, auge, caída, nuevo auge y atocinamiento de la literatura fantástica española. Su obra literaria, personal e inclasificable, merece no caer en el olvido, ya que contiene una de las novelas (El enfrentamiento) y varios de los relatos ("Cambio de guardia", "¿Cómo mataremos la tarde del domingo?", "Cofres", "De muerte y de dolor", "Heridas y cicatrices", La mirada del intruso", "Otro día sin noticias tuyas" y "Una oveja negra y varios lobos") más representativos de lo que ha sido el género intra fándom. Su blog es un punto de referencia obligado. Y su labor profesional, corrector de estilo y galeradas, es más importante de lo que parece, ya que ayudó a elevar los estándares de calidad de editoriales como Gigamesh.
Ha muerto, pues, uno de los nombres fundamentales para entender la ciencia ficción española de los últimos treinta y tantos años. Y una persona llena de contradicciones, pero atenta, de trato agradable y, a su manera, entrañable.

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El pasado 3 de diciembre falleció el escritor, crítico y corrector Juan Carlos Planells. Tenía sesenta y un años, y un ictus cerebral se lo llevó por delante. A juzgar por la fecha en que fue enterrado (cuatro días después del óbito), cabe suponer que murió solo. Es este un hecho relevante, ya que muchos aspectos de la vida (y, suponemos, muerte) de Juan Carlos transcurrieron en soledad. Pese a que le costaba abrirse a los demás (creo que todos lo recordaremos con esa sempiterna media sonrisa entre tímida y socarrona) y nuestra relación era más cordial que amistosa (sensación, supongo, que compartirán los aficionados que tuvieron más trato con él), uno no deja de tener la impresión de que sus últimos años fueron tristes y solitarios, en parte por los avatares de la vida, y en parte por elección. Manteníamos un contacto esporádico, y meramente epistolar, fruto de la simpatía mutua que nos profesábamos de los tiempos en que trabajé en la editorial Gigamesh y, antes, en que ambos colaborábamos con sus revistas, primero a las órdenes de Alejo Cuervo y después a las de Julián Díez.
Nuestro último intercambio de mensajes se produjo hace algo más de dos años, entre junio y septiembre de 2009. Me comentaba que apenas le quedaban clientes, ya que algunas editoriales lo habían catalogado como persona «poco fiable». Le facilité los datos de toda mi agenda de contactos, con indicación expresa de cuáles me parecían los más idóneos para su perfil profesional (corrección de galeradas en papel y en castellano). Después de unos cuantos mensajes centrándonos en un cliente en concreto, que manifestó su interés por contactar con él, me comentó, con la sencillez y amabilidad que lo caracterizaban, que en realidad ya no hacía falta, que había renunciado a la tarea de seguir buscando clientes, que ya le daba todo igual, y que muchas gracias por la gestión. Lo siguiente que supe, a través de Álex Vidal, era que había vendido buena parte de su biblioteca privada. Y, pocos meses después, en su blog, una serie de entradas en las que comentaba con todo lujo de detalles sus peripecias en el mundillo de los comedores sociales. Y ahora, un año después, nos llega la noticia de su muerte. No me cabe la menor duda de que no murió como le habría gustado (y creo que tenía unas indisimuladas preferencias al respecto; que lo entienda quien quiera), pero sí tengo la impresión de que no quería seguir viviendo, de que ya había bajado los brazos. El resto, lo que ya sabemos que sucedió el día 3 de diciembre, solo era cuestión de (poco) tiempo, supongo.
Algunos obituarios, y muchos comentarios de viva voz, insisten en que Juan Carlos tenía una personalidad que se podría calificar de difícil. No lo conocí lo suficiente como para saber hasta qué punto era cierto, pero no era infrecuente recibir mensajes suyos en forma de filípica contra tal o cual editorial o revista, desautorizando de manera expresa esta publicación o aquel proyecto. No dejaba de ser una manera de recibir noticias suyas y de saber que estaba bien, o no muy mal. En todo caso, cabe decir algo que creo que lo honra, y que en cierto modo puede ayudar a desmentir esa reputación: durante los años más duros de esa guerra fría que sufrió el fandom en la década de 1990, Juan Carlos fue uno de los poquitos autores que simultaneó sus colaboraciones en BEM y Gigamesh, los dos polos de esa lucha intestina que ahora no interesa a nadie, y que en aquel momento parecía que solo dejaba de interesarle a él. Esto dice mucho acerca de su lealtad (amigo personal de Joan Manel Ortiz y de Alejo Cuervo, ya desde los tiempos del fanzine Tránsito) y del respeto que inspiraba (como «vieja gloria» de los tiempos míticos de Nueva Dimensión, cuyas páginas verdes prácticamente acaparó en los últimos números de la revista). En mi caso, el trato fue siempre cordial, y todo lo amistoso que él podía llegar a ser.

Una de mis primeras incursiones en el género había sido el volumen conmemorativo del número 100 de Super Ficción de Martínez Roca, en el que Alejo Cuervo, Albert Solé y él reseñaban todos los títulos de la colección. Ese fue mi primer contacto con su faceta ensayística; le siguieron sus impecables reseñas que aparecían en la primera época de la revista Gigamesh y, después, en los Nueva Dimensión que iba consiguiendo en los saldos. No lo conocí en persona hasta la década de 1990, supongo que en la HispaCon de Barcelona (1991). Con todo, cuando más y mejor lo conocí fue durante los cinco años en que estuve al frente de las revistas Stalker y Gigamesh. Telefonearlo para cantarle los títulos que componían los hit-parade de las revistas era todo un placer, porque, además de la calificación de la película o libro de marras, te razonaba el porqué de su voto, te hacía comentarios que solo puedo calificar de hiperenlaces de viva voz y, en resumen, lo que era una llamada meramente burocrática se convertía en una charla distendida que a veces se prolongaba más de media hora. Cuando se acercaba a la editorial, con esas galeradas que corregía de manera irreprochable y en un tiempo récord, a veces me correspondía hacer los honores de recibirlo (si Álex estaba pendiente de otras cosas) y, entre café y café, aprendía lo que no estaba escrito. Hablar de trabajo con Juan Carlos era, sobre todo, eso: aprender.
Tardé mucho en saber que Juan Carlos era hijo de un pintor surrealista, Àngel Planells. En alguna ocasión comentó que había conocido a Salvador Dalí. Esas infancia y adolescencia, a caballo entre la casa paterna en el corazón del Eixample (lo que ahora se llama el Gaixample) y unas vacaciones en la Costa Brava, supongo que en el Cadaqués natal de su padre, nos ilustran acerca de un modo de vida que se está extinguiendo. La Barcelona (y, por ende, la Cataluña) burguesa, de pintores no demasiado bohemios, de pisos inmensos de renta antigua, con bibliotecas suficientes para quedarse atrapado en ellas, atado a la lectura y los recuerdos, cual Peter Pan en una versión con seny del Arrebato de Iván Zulueta. La Cataluña de la burguesía tardofranquista cuyas contradicciones eran divertidas, con sus hijos perdiéndose una y mil veces entre novelas de Juan Marsé y canciones de Jaume Sisa o Pau Riba, entre las minifaldas provocadoras que se ponían las niñas bonitas de la gauche divine de la calle Marià Cubí y las borracheras de licores y psicotrópicos de un Canet Rock cualquiera, entre ejemplares polvorientos de la revista Patufet adquiridos en el Mercat de Sant Antoni y títulos más polvorientos de la colección Galaxia de Vértice o de revistas Más Allá, adquiridos en alguna librería de lance de la calle Aribau. Esa Cataluña mítica, en resumen, que evocan los cuentos de terror de Cristina Fernández Cubas o los ultracortos inclasificables de Pere Calders (y que, a su vez, no son más que una traslación en clave fantástica de una vertiente realista que se halla presente en la obra de Mercè Rodoreda), de la que Juan Carlos tal vez fuera su único (y, si hubiera tenido seguidores, máximo) exponente, gracias a relatos como «Otro día sin noticias tuyas», «De muerte y de dolor» o «Una oveja negra y varios lobos» y, por supuesto, a la novela El enfrentamiento, a la que ya se refería en el Nueva Dimensión número 145 (el especial Philip K. Dick, de 1982).

El enfrentamiento, claro. Resulta inexcusable hablar de Juan Carlos Planells y no referirse a esta novela. Imperfecta. Con una estructura poco clara. Fascinante. Absorbente. Una joya sin pulir, una tormenta de ideas en medio de un mar sereno. ¿Un 3 sobre 5? Es probable, si se juzga con criterios meramente literarios y de resultados. Y, no obstante, una obra mucho más importante que todo eso. Al igual que él, que Juan Carlos, una obra que inauguraba y clausuraba un estilo por sí misma, y que habría sido su máximo exponente si hubiera tenido seguidores. Una novela dickiana, nuestro Hombre en el castillo, vale, pero también nuestra Plaza del Diamante, la constatación de que Juan Carlos apuntaba en ambas direcciones: a la mejor tradición de esa ciencia ficción que conocía como casi nadie en España (y a la que dedicó algunas de sus mejores páginas, aunque, claro está, no llamaran la atención de ningún estudioso porque «solo eran reseñas») y a la mejor tradición de esa literatura catalana de posguerra que, sospecho, también conocía como casi nadie en Cataluña. Tal vez ese retrato de una resistencia antinazi recordase mucho a las películas o novelas bélicas, y también a las ucronías y novelas de ciencia ficción, pero, ante todo, creo que Juan Carlos estaba hablando de Cataluña y de sí mismo. De esa Cataluña perdida en algún rincón de su casa, en forma de libro antiguo o cuadro con la firma de su padre. Puro kipple. ¿A alguien le extraña que sus autores de cabecera fueran Philip K. Dick, J. G. Ballard o Keith Laumer? Pero también es una novela policíaca. Atención, lectores: Juan Carlos se encasilló en las publicaciones de ciencia ficción porque tal vez no deseaba otra cosa, aunque sé que colaboró con (o, al menos, leía) revistas como Gimlet. Si hubiera sido asiduo de las Semanas Negras o Prótesis hubiera aparecido antes, habría sido un autor reconocido de género policíaco. Sabía un montonazo de este género, casi tanto como del fantástico.
Juan Carlos subía a la editorial, entre los años 2002 y 2006 (y después, pero de eso ya no tengo constancia directa), siempre con esa sonrisa, siempre con ese comentario irónico o ese dato erudito que te dejaban patidifuso (sobre todo, porque los habías tenido delante de tus propias narices y no habías sabido verlos), cargado con tochazos de mil folios que llevaba en bolsitas de plástico: las primeras y las segundas compaginadas del título que fuese a sacar la editorial en aquel momento. A veces añadía alguna reseña, siempre mecanografiada, que le habías encargado porque sabías que le hacía ilusión aparecer publicado en las revistas. De este modo, Juan Carlos escapaba a los corsés limitadores de los números de palabras o caracteres. A cualquier otro colaborador le podías encargar una reseña de quinientas palabras (o de mil, si iba a encabezar la sección de reseñas). Juan Carlos no. Él te llevaba la puñetera Biblia (tres, cuatro, hasta seis folios), siempre escrita a máquina, y claro, tú tenías que picar el texto y verterlo a Word. Susto: dos mil quinientas palabras. Dios, le habías pedido cinco veces menos. Dios, no sobraba nada, ni una puñetera coma. Dios, tenías que recomponer la sección de reseñas (claro, de repente había que dejar fuera dos o tres) y, en ocasiones, encabezarla con la suya. Dios, a veces te planteabas si sacar esa reseña de la sección y considerarla un ensayo con personalidad propia, en la «parte noble» de la revista. La pistola de rayos, de Philip K. Dick. Furia feroz, de J. G. Ballard. Dos de las cuatro o cinco mejores reseñas que aparecieron en los trece números de Gigamesh que tuve el placer y el disgusto de dirigir.

Y siempre, siempre, mecanografiadas. Excepto al final. En algún momento de 2005, Juan Carlos descubrió los ordenadores. Además, comenzó a contarnos sus desventuras en el cibercafé. Él, un señor de cincuenta y tantos años, nos hacía partirnos de risa, entre café y café, con esas anécdotas que tenían como protagonista a la señora bielorrusa de su ciber (no olvidemos que carecía de recursos como para instalarse internet en su piso). Comenzó a pasarnos material de ficción. Cuentos que, de manera invariable y para mi desesperación (¡quería publicarle un relato a toda costa!), le rechazaba, porque lo mínimo que le exigíamos era el nivel de «Gatos en medio de la calle», y lo cierto, siendo indulgente, era que esos nuevos relatos no alcanzaban el nivel de lo que sabíamos que Juan Carlos era capaz de escribir. De lo que Juan Carlos había escrito en un pasado no tan remoto. Eso sí, siempre llamaba la atención el vigor con que aceptó la llegada del 2.0 y del siglo XXI a su vida. Relatos protagonizados por usuarios fantasmas de un chat. Relatos protagonizados por canciones fantasmas de su idolatradísima Avril Lavigne. Era otro Juan Carlos Planells, tal vez no tan brillante como el de los relatos de la década de 1990, pero igualmente personal y único. Como el blog que inauguró en esa época. Qué paradoja: el autor más reticente a las nuevas tecnologías, el que te lo mandaba todo mecanografiado y no tenía ordenador, fue, al mismo tiempo, el bloguero más incansable, prolífico y brillante que he conocido. Porque no cabe duda al respecto: su blog Planells Facts & Fiction es uno de los más memorables que jamás haya parido friqui español alguno.
Estos últimos relatos también son premonitorios, en cierto modo. No puedo dejar de acordarme de ellos ahora que leo acerca de su muerte. La muerte estaba tan metida en la personalidad y mentalidad de Juan Carlos que cuesta creer que no haya acudido antes a su encuentro. Tal vez llegaron a algún tipo de arreglo, en plan «Venga, déjame escribir esta entrada sobre Ken Russell» o «Haz el puto favor de permitirme acabar la sección Galería de mujeres», que ella, la muerte, se negó a cumplir. O puede que Juan Carlos, erotómano impenitente, no pudiera resistirse a los encantos de la parca: es una mujer, al fin y al cabo. Otra de sus grandes pasiones.
En cualquier caso, con Juan Carlos Planells se va uno de los últimos artesanos. Uno de esos críticos inclasificables, como Emilio Serra o Alfredo Benítez. Uno de esos escritores que son un subgénero en sí mismos, como Enrique Lázaro. Alguien que ejemplifica como nadie la difícil transición del folio mecanografiado a los ordenadores, del marcador rojo de corrector de galeradas a la corrección en Word o PDF, de las editoriales en las que contaban los conceptos de equipo y capital humano a los grandes trusts acéfalos y pendientes única y exclusivamente de la cuenta de resultados. El futuro y la realidad atropellaron a Juan Carlos y lo dejaron sin trabajo, sin dinero y prácticamente sin vida, pero él respondió con honestidad, brillantez y buen hacer. Y con esa sonrisa socarrona con la que siempre lo recordaremos, incluso aquellos que, sin haber llegado a ser sus amigos, lo apreciábamos de veras.

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1 Comments:

Anonymous Ana said...

Simplemente, emocionante.

Para los que llegamos tarde a él -en mi caso cuando abrió su blog en 2005- conocer estos retazos de su vida sirve para aumentar, más si cabe, la admiración por una persona compleja, pero, al mismo tiempo, de una honestidad que hoy en día no es frecuente encontrar.

Gracias por tus palabras, me ha encantado
leerlas.. :)

Saludos!!

22 de enero de 2012, 22:33  

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