miércoles, 27 de julio de 2011

Back to 70's


Quienes me conocéis desde hace menos de doce años no dudaríais en describirme, entre otras cosas, como un "friqui gordito y con gafas". No tengo nada que oponer: es la imagen que proyecto al exterior, y, qué coño, es verdad. Suscribo las tres partes de la definición.
Sin embargo, no siempre fui así.
Lo de friqui, pues bueno, digamos que siempre apunté maneras, aunque confieso que nunca leí demasiados cómics (4-F, Astérix, Tintín, Superlópez y Alix, vale, y los Víbora y El Jueves que llevaban mis hermanos a casa) y comencé a leer relativamente tarde (el carné de friqui me lo saqué con catorce años, al leerme El Señor de los Anillos y el Silmarillion en una gripe, y de ahí a Pórtico, las Fundaciones, el Mundo del Río y los cuentos de Sheckley solo hubo un paso). Mi friquismo era televisivo y cinéfilo.
En cuanto a las gafas, comencé a desarrollar miopía con doce o trece años y, después de pasarme un curso entero sin ver lo que escribían los profes en la pizarra, llegué a la conclusión de que tenía que graduarme la vista, y tal. De rebote, el vicio postural de alargar el cuello para ver mejor hizo que mi madre comenzara a llamarme Tortuguita, y tal vez fue la causa o tal vez aceleró el proceso que me llevó a padecer una escoliosis de campeonato. La escoliosis que explica parte de mi barriga.
La otra parte de mi barriga, evidentemente, la explica mi sobrepeso, pero, y a este punto quería yo llegar, el gordito que conocéis es algo bastante reciente, de este milenio, como quien dice.
Veamos. Hasta finales de la década de 1990 yo tenía mi sobrepeso, como corresponde a un friqui con gafas y sedentario. Ya no iba a nadar por prescripción médica para vigilar la escoliosis,  dejé mi subempleo (repartir publicidad de un gabinete psicológico, lo que, quieras que no, me obligaba a caminar cinco horas al día durante cinco días a la semana, una semana al mes),  y me encerré a estudiar oposiciones. Cogí unos kilitos, pero nada preocupante: lo suficiente como para que la barriguita se consolidara. Por otro lado, también se acabó la buena vida universitaria de conciertos y alcohol y, como no tenía ni un duro, en vez de gastarlo en consumo desenfrenado, me plantaba en la TerMa (tertulia de ciencia ficción de Madrid) antes o después de las cenas. Y caminaba mucho. Me estaba descuidando, pero lo tenía más o menos controlado.
Mi linfoma de Hodgkin cambió la dinámica durante cerca de un año. En vísperas de transferirme de Cirugía Torácica a Oncología pesaba 69 kilos. Doy por hecho que ese no era mi peso real, ya que con los primeros estadios de la enfermedad debía de haber adelgazado al menos cuatro o cinco kilos. Pongamos que mi peso a principios de 1999 fuera de 74 o 75 kilos, lo cual, teniendo en cuenta que mido 1,71 (o 1,72, dependiendo de qué sé yo), da un IMC (índice de masa corporal) de algo más de 25, en el umbral del sobrepeso. 
Es decir, podemos dar por hecho que durante mi veintena me moví en el límite del peso ideal y del leeeve sobrepeso. Había dejado de hacer ejercicio con frecuencia, y tenía tendencia al sedentarismo, pero comía con cierto criterio y caminaba mucho. Una cosa por la otra, me mantenía en márgenes razonables, aunque lo fiaba todo a un metabolismo privilegiado.
Mi enfermedad lo cambió todo. Durante ocho meses (los tres de internamiento en el hospital y los cinco de quimioterapia ambulatoria) apenas me moví. No es que mi dieta fuera un exceso, ya que la quimioterapia hace que la comida te sepa a rayos y tengas que comer ligero (pescado al vapor, que entra muy bien, y purés, sobre todo), pero el sedentarismo pasó factura. Entre ciclo y ciclo de quimioterapia salía con relativa normalidad, pero si coincidían la quimio con, pongamos por caso, una epidemia de gripe (que fue lo que sucedió en enero de 2000), entonces me tocaba quedarme en casa, sin moverme.
Como es lógico, engordé bastante. Pongamos que hasta los 77 o 78 kilos (IMC 26,6, sobrepeso-sobrepeso).
Ah, y la cagamos: con tanto sedentarismo, o tal vez como consecuencia de la quimio, o acaso por problemas derivados de mi enfermedad, a la semana de acabar el último ciclo me tuvieron que ingresar de urgencia, con una trombosis venosa profunda en una pierna. Dos semanas ingresado, en reposo absoluto, más un mes sin moverme demasiado. Nos plantamos en marzo de 2000, y creo que por primera vez supero la barrera de los 80 kilos (IMC 27,5, sobrepeso tirando a obesidad, y se encienden las alarmas).
Hasta ese momento, mi sobrepeso tenía justificación clínica.
A partir de entonces, todo el mérito comenzó a ser mío.
Comencé a buscar trabajo, me apunté a un curso de técnico documentalista, hice nuevos amigos, nueva vida, salir mucho, retomar las cenas fuera, las cervezas y los copazos, y todo eso que podríamos englobar bajo el epígrafe living la vida loca. Como ya estaba trabajando en la Biblioteca Nacional, primero de becario, luego de autónomo y por último de subcontratado, manejaba dinero, por lo que no hacía falta reparar en gastos: salía, comía y bebía todo lo que me daba la gana; total, la vida me había dado una segunda oportunidad, me pasé dos años sin coger ni un puñetero resfriado, y ya sentaría cabeza.
No sé cuánto pesaba cuando me vine a Barcelona, pero calculo que entre 82 y 83 kilos (IMC 28, justo la frontera con el sobrepeso chungo, la preobesidad, la necesidad imperiosa de hacer algo porque, definitivamente, ya son más de diez kilos por encima del peso ideal).
Pues ni puto caso. Entre hispacones, grupo de amigos friquis barceloneses, viajes a Madrid y cenas salvajes en piso compartido, superé los 85 kilos en cuestión de meses, y en momentos puntuales (de esos de acojonar a asturianos por mi capacidad de comerme cachopos enteros) comencé a verme más cerca de los 90 que de los 85.
En mi caso, los 89 kilos marcan la obesidad (IMC 30), y aquí es donde hay que recapitular.
Veamos, he padecido un cáncer, siempre he tenido el colesterol entre alto y disparado (la genética...), mis marcadores de triglicéridos y ácido úrico no andan mucho mejor, debo llevar media elástica mientras viva (en la pierna de la trombosis), sigo siendo sedentario (del ordenador del trabajo al ordenador de casa, con intervalos para plantarme a la mesa de casa o un restaurante, y, como mucho, algún bailoteo en el Razzmatazz o estar de pie en la BarraCon de cualquier evento friqui), e incluso el azúcar comienza a acercarse a límites preocupantes. Por no hablar de los grandes clásicos familiares: cardiopatías y demencia senil. En resumen, y no es que alardeara de ello pero sí lo tenía asumido, en algún momento entre 2003 y 2005 comencé a ser cada vez más consciente de que a lo mejor no llegaba a los cincuenta años sin tener algún disgusto serio, no necesariamente un infarto, pero sí una angina de pecho, una hipertensión crónica, o incluso una prediabetes. 
Una vez más, el taller literario de Jorge Zentner me dio la solución. Jorge me pasó la dirección de una dietista de confianza, Dolors, cuyo mayor reto no era que yo adelgazara muchos kilos sino que hiciera ejercicio, y durante unos seis meses estuve ahí-ahí, bajando de los 85 kilos aunque sin llegar, ni por asomo, a los 80. Pongamos que me planté en una media de 83 kilos, lo que ya eran cuatro o cinco kilos menos de lo habitual, y un IMC de 28-29, sobrepeso preocupante, pero no obesidad.
La dieta era cara, porque era muy variada, pero estaba muy bien pensada y, sobre todo, insistía en un concepto: hay que aprender a comer. Lo que sobra es lo que engorda, ergo no repitas. Mastica bien. Compleméntalo con ejercicio. Come cinco veces al día, para evitar el bajón de glucosa de media mañana y media tarde. Permítete algún pequeño exceso un día a la semana, pero no más. (De hecho, el clásico de esos meses era comida china a domicilio nada más salir de la dietista.) 
Ah, y esto era lo mejor: el objetivo no era llegar a determinado peso (80, o 75, o lo que fuera), sino que un día me mirara al espejo, me dijera: "Vale. Este soy yo", y entonces me mantuviera en ese peso.
Todo era muy razonable, y funcionó durante unos meses... pero no del todo. A veces ganaba peso de una visita para otra. No era nada constante. Y no conseguía acercarme a los 80 kilos; es más, se produjo el tan temido efecto rebote, y tardé unos cuantos años en bajar de los 85.
Cuando comencé a salir con Cristina estaba practicando una versión libre de esta dieta, lo que hizo que me acercara a los 90 kilos y, por primera vez en mi vida, los superase de manera puntual en algunas ocasiones (IMC 30,8, cuenta atrás hacia el ictus). Me pasé varios años en una especie de sube y baja: si me acercaba a los 90, me ponía las pilas y bajaba hasta casi 85, pero como no conseguía bajar de esta cifra, me venía abajo y volvía a subir de peso, con lo que me acercaba de nuevo a los 90, etc.
La dinámica se mantuvo hasta que, en algún momento (la intolerancia a la lactosa de Cristina, diría yo), comenzamos a preocuparnos mucho más por lo que comíamos, ya que no podíamos comer cualquier cosa. La intolerancia a la lactosa hace que tengas que estar muy encima de lo que comes, mirando siempre los ingredientes (TODO lleva algún lácteo, incluso los productos más insospechados). Además, comenzó la afición a preparar panes, gracias al maestro Iban Yarza. Y, por supuesto, limitamos las salidas, ya que no todos los restaurantes son lactosa free; de ahí, entre otras cosas, el hecho de ir a restaurantes chinos chinos y japoneses. La comida casera, unida al hecho indudable de que Cristina cocina de puta madre y muy variado, hizo que el sobrepeso se estabilizara, con algunos picos en los que parecía que volvía a las andadas, pero en general consolidándome en los 85-86 kilos. No bajaba de ahí, pero ya no me acercaba tanto a los 90.
Todo esto cambió hace unos meses. Por motivos lógicos (la salud está en juego) nos interesaba dejarnos de polladas y reducir peso, así que dimos una vuelta de tuerca a nuestro régimen alimenticio, que ya de por sí estaba bastante equilibrado (mucha verdura, mucho pescado y mucha fruta), y comenzamos a introducirle cierto criterio. En realidad, se trata de una adaptación libre de la dieta de la doctora Folch, pero sin pasarse. Profundizar en la cocina de mercado (en ese aspecto nos vino bien  que el mercado provisional de Sants montase la carpa a tres minutos de casa, lo que nos hizo ser clientes fijos de la pescadería), limitar cantidades, olvidarnos un poco del alcohol (vaaale, aceptamos gin-tonic) y aumentar verduras.
Por primera vez en casi diez años, estar por debajo de los 85 kilos pasó a ser la regla, no la excepción.
La traca final vino hace unos meses, en forma de dieta propiamente dicha. ¿La de Pierre Dukan? ¡Nooooooo! En realidad, y como ya he dicho, una versión libre de la de la doctora Folch, pero adaptada a nuestras necesidades e idiosincrasia, y que se puede resumir en el siguiente concepto: en realidad no estamos haciendo ninguna dieta, tan solo comemos con criterio. La responsable es la doctora María José Miró, con la que además compartimos restaurante japo de referencia.
Menos cantidad. No repetimos, aunque nos apetezca. Qué gran verdad es eso de que lo que engorda es lo que se queda en el plato. Los desayunos, que eran bastante copiosos, ahora consisten en yogur con una fruta picada, y un café.
Comida de temporada. Poca fruta de invernadero: nada más que la estacional. En ese aspecto nos va bien tener una frutería cojonuda a la vuelta de las esquina. Y solo en el desayuno y la comida, que tienen mucha glucosa. Mucho pescado del mercado, lo más fresco posible. Verduras, las mismas que de costumbre, o tal vez algunas menos.
Menos alcohol. Vale, algo de sidra, cava o gin-tonics de vez en cuando, pero el vino lo hemos limitado bastante, y la cerveza, mejor sin alcohol.
No pasarse con el café. En mi caso, eso significa tres cafés diarios; en el de Cristina, dos.
Reducir carbohidratos, sobre todo de noche, y echar menos azúcar. La horchata, de hecho, la estamos comprando sin azúcar, de la "especial diabéticos" (o sea, solo chufa y agua), y añadimos unas gotitas de edulcorante. Algún caprichito debíamos de tener, ¿no?
Bollería industrial: ni tocarla. Gracias a Lujuria Vegana, Cristina ha vuelto a poder degustar tartas y pasteles, aunque, eso sí, sin pizca de lácteos. Como estamos en temporada de celebraciones (todos los santos y cumpleaños de la familia están concentrados entre los meses de abril y agosto), ahora salimos a un pastelito por mes, más o menos, pero como podemos ser malos de vez en cuando, sin que ello ponga en peligro la dieta, lo hacemos sin remordimientos.
Aplicado a nuestras salidas: olvidarnos un poco de yakiudones y tempuras cuando vamos a comer japo, insistir en el sashimi y no preocuparnos demasiado por el arroz de los makis: una sola ingesta de arroz no va a desbaratar la dieta.
Y poco más, la verdad. El estómago se me ha cerrado bastante, porque lo cierto es que cuando salgo a comer fuera no suelo pasarme con las cantidades, y de hecho ya he tenido algún que otro #epicfail, de esos en los que ya no puedes con el postre, y te da por pensar: "¡Con lo que yo he sido...!".
No excluyo que en lo sucesivo se produzca algún efecto rebote y perdamos lo ganado (o, al tratarse de peso, ganemos lo perdido, habría que decir), pero números cantan: de principios de año para acá no he vuelto a subir de los 85 kilos, estoy perdiendo a razón de un kilo al mes (uuuuuuf, qué dieta tan descabellada) y, después de haberme pasado todo el mes de julio rozándolo, ayer, por fin, la báscula marcó 79 kilos (IMC 27, sobrepeso, todavía de seis a ocho kilos por encima de mi peso ideal).
¿Significa esto que he dejado de ser el friqui gordito y con gafas a quien todos conocéis? Lo dudo: mi personalidad es la de un friqui gordito con gafas, aunque pese setenta y pico kilos, me opere de la vista y comience a citar a Juan Benet. Y la tripita sigue ahí, y, dado que ya tengo casi cuarenta y un años, no me parece muy realista suponer que mi cuerpo vuelva a ser como cuando tenía veintitantos (y, aun así, ya era tripón). No, en términos generales no ha cambiado gran cosa, y sigo claramente por encima de mi peso ideal, pero ya no son casi veinte kilos sino menos de diez, lo que no deja de ser un pequeño logro. Perder siete kilos en otros tantos meses, sin apenas esfuerzo (pero con muchísima fuerza de voluntad por parte de los dos, eso sí), es como para estar contentos. Y vale, tal vez no llegue a los 75 (o tal vez sí, a saber), pero con mantenerme en estos márgenes me doy por satisfecho.
Así que lo dicho: back to 70's. De verdad de la buena.
¡Chúpate esa, Pierre Dukan!


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15 Comments:

Blogger Anna said...

olvidarnos un poco del alcohol (vaaale, aceptamos gin-tonic)

Buff...quin susto m'havies donat!

:-D

Ostres...me n'alegro molt. Però quedem ja! Que a aquest pas no us reconeixeré quan us vegi! (o haureu de passar-me dos cops pel davant pq me n'adoni que hi sou! )

Vida sana no té pq ser sinònim de sosa i avorrida, si senyor!

27 de julio de 2011, 11:57  
Blogger Juanma said...

¡Gracias! Tamos muy orgullosos. :)) Lo más fuerrrrte es mirarse al espejo y tener que fijarse para ver la tripa. :-D

Con moderación, todo con moderación. :-D

Y bueno, si es cuestión de comer verduritas, con echarle dos rodajas de pepino al gin-tonic en vez de una...

Ah, que no va así, ¿no? XDDDDD

27 de julio de 2011, 12:00  
Blogger Cristina said...

olvidarnos un poco de yakiudones

Pero no del todo, ¿eeeh? :DDD

Buff...quin susto m'havies donat!

Que no nos quiten el gin tonic, que pueden volar los guantazos :DDDD

27 de julio de 2011, 12:01  
Blogger Juanma said...

Es la diferencia entre "estamos a dieta" y "en realidad no estamos haciendo ninguna dieta, tan solo comemos con criterio". La falta de criterio sería prescindir de los gin-tonics, digo yo. :-D

27 de julio de 2011, 12:05  
Blogger Paola Castagno said...

Os felicito a los dos :-)
Cuando yo te conocí, Juanma, allá por... estoooooo... entonces... cuando aún no habíamos nacido, claro, no recuerdo que fueras gordito.

Pero lo importante, en estos casos, es cómo te sientas tú y conseguir que el sobrepeso no llegue a perjudicarte. Yo me convertí en la persona que se comió a Paola tras tener a nuestra niña y con el cáncer que pasó mi marido. Me ha costado cinco años mirarme al espejo y volver a reconocerme, pero sobre todo después de asumir que soy diábetica y tener que cambiar mi alimentación del todo. Aún no he conseguido volver a ser yo del todo, pero vamos pasito a pasito.
Muchísimo ánimo para los dos, que sigáis el buen camino.
Besos

27 de julio de 2011, 16:44  
Blogger manu said...

¿Gordito? Fuerte, tú siempre has estado fuerte.

La TerMa... qué tiempos aquellos.

28 de julio de 2011, 9:38  
Blogger Juanma said...

Paola, es muy importante lo que dices, sobre todo "cómo te sientas tú y conseguir que el sobrepeso no llegue a perjudicarte", que no siempre es fácil.

Las adversidades también hacen que cambien cosas dentro de uno; si me dices que tu marido tuvo un cáncer, eso marca para lo bueno y para lo no tan bueno. Lo importante es sobreponerse a las adversidades.

Y las enfermedades, pues otro tanto. En tu caso ha sido diabetes; en el de Cristina, intolerancia a la lactosa, y en el mío, la unión de varios elementos de riesgo que más me vale tener a raya.

Es importante ese reconocerse, ese ser nosotros del todo, y bueno, se puede tardar más o menos, pero el mero hecho de saber que vamos camino de ello ya es un logro.

Uy, sí, la verdad es que me conociste en los buenos tiempos en que estaba en mi peso ideal. Antes habría dicho que hace muchos kilos de ello; ahora, ya no tantos. ;-)

Muchas gracias por los ánimos, y otros tantos para vosotros. Besos.

28 de julio de 2011, 13:30  
Blogger Juanma said...

¡Manuuuuu! ¡Cuánto tiempo! ¿Dónde te metes?

Uy, esas TerMas y el mítico restaurante chino Kindu. Tiempos... :'-)

28 de julio de 2011, 13:31  
Blogger Helena y José Manuel said...

Muchas ánimos, de verdad!

Nunca he soportado las dietas, pero lo de "comer con criterio" lo encuentro más que razonable.

Por aquí abajo nos estamos pasando un pelo entre comilonas y vino (que está mu bueno), pero ahora nos hemos comprado una báscula y veremos si el efecto "presión visual" sirve para crearnos un poco de criterio a la hora de zampar.

Abrazos gordos y fuertes, que eso sí que es sano.

2 de agosto de 2011, 14:37  
Blogger Juanma said...

¡Gracias, Helena! En efecto, el asunto es comer con ciertos límites: no echas de menos casi ninguna comida, y por lo tanto no te das el atracón en cuanto te descontrolas, porque no percibes que te falte nada. Además, con el tiempo descubres que ya no te apetecen ciertas cosas, como entrar a saco en un bufé libre giratorio (¡con lo que yo he sido!) o pasarte con el alcohol (ídem, aunque menos).

Cuidado con las básculas, que a veces no están bien calibradas y dan pesos que no son verdad. Fiu fiuuuu. :-P

Un besazo enorme y transcontinental de los dos para vosotros. :-************

3 de agosto de 2011, 9:49  
Blogger Helena y José Manuel said...

Ay, tengo esperanzas, igual la báscula no está bien calibrada
:-)))

Por cierto, ¡FELIZ CUMPLE!!!! (aunque con un poquito de retraso) Acabo de leer tu nueva entrada.

Besotes
Helena

3 de agosto de 2011, 20:34  
Blogger Juanma said...

¡Muchas gracias, Helena! Besooos. :-***

4 de agosto de 2011, 12:55  
Anonymous Anónimo said...

Juanma, eres un crack. Enhorabuena por el post y por todo. Me alegro muchísimo por ti, y también por ti Cristina, aunque no te conozco :) Ya tienes una fan más del blog. Mucho ánimo. Besos

4 de agosto de 2011, 23:33  
Anonymous Almu said...

Por cierto, la de antes era yo, glups. Almu

4 de agosto de 2011, 23:33  
Blogger Juanma said...

¡Esa Almu! ¡Muchas gracias! :) Besos. :**

5 de agosto de 2011, 9:35  

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