martes, 17 de mayo de 2011

¿Cómo te lo catalogaría yo?

Durante los últimos doce días he estado lejos del mundanal ruido, ayudando a Cristina a catalogar una biblioteca privada. El proyecto venía de antiguo, lo puso en marcha durante el mes de junio del año pasado, y en agosto estuvimos cerca de una semana tratando de catalogar el fondo en cuestión. En vista de que no llegamos ni a la mitad del proyecto, convinimos en que regresaríamos más adelante, y por fin conseguimos cuadrar agendas para realizarlo en mayo. Así pues, he aquí el resultado de esas casi dos semanas en lss que nos hemos pasado prácticamente aislados del mundo, sin redes sociales, Nespressos ni casi, casi, contacto con seres humanos. Tan solo un par de miles de libros y nosotros.
No doy detalles geográficos ni muestro fotos del lugar en cuestión, para respetar la privacidad del cliente. Pero el trabajo ha sido muy interesante y no quería dejar de contarlo en abierto.
Copio y pego la entrada de hoy de Frikitecaris, aunque con alguna foto menos.

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Si se fijan ustedes, Cristina y yo nos hemos pasado dos semanas de absoluto silencio en las cuestiones tocantes a este blog. El motivo, aunque no se lo crean, ha sido rigurosamente laboral, y relacionado, además, con la profesión: nos hemos pasado los últimos doce días catalogando una biblioteca privada. Omitiremos los detalles geográficos, por no dar demasiadas pistas, aunque no los topográficos: hemos estado en 91(467.1)... y hasta ahí puedo leer. 
¿Qué nos llevó allí? Nada menos que un proyecto de esos que no se pueden rechazar, más que nada porque forman parte de la descripción del puesto de trabajo y, como digo, el encargo no se podía rechazar. Una vez aclarado esto, las dimensiones del proyecto (unos mil quinientos ejemplares pendientes de catalogación... que al final resultaron ser casi dos mil) hacían inviable que la catalogación y ordenación la realizase una sola persona, y ahí fue donde entré yo, que valgo tanto para un roto como para un descosido, y me propuse revivir mi (oscuro o esplendoroso, eso lo juzgarán ustedes) pasado como bibliotecario. Aunque, total, pasar de cenu a auxiliar, ya me dirán ustedes...
El lugar en cuestión estaba en una urbanización que debe su nombre a la casa, y que dista unos dos kilómetros del centro de la localidad más cercana. El súper estaba a media hora larga de caminata, así que teníamos que recurrir a dos gasolineras: la primera, a unos doscientos metros, nos proporcionaba cafés para llevar, y la segunda, a cerca de un kilómetro, estaba mejor surtida (hasta había una frutería, doblando un recodo del polígano) y nos permitía sumergirnos en la realidad local, esa en la que todas las publicaciones periódicas son de 796.7, porque la comarca ha dado al menos un campeón mundial de la materia.
Así pues, estábamos prácticamente aislados, y nuestra única visita era el jardinero de la finca, un señor encantador con quien hicimos muy buenas migas. Durante unos cuantos días sostuve que se trataba de un fantasma, ya que se materializaba de la nada, sin hacer ruido, y nos daba unos sustos de muerte. Tampoco ayudaba gran cosa el que pusiéramos la tele durante una noche tormentosa y la única película que se podía sintonizar fuera El resplandor, o que cogiéramos un montoncito de libros para catalogar y diéramos con... El resplandor.
Menos mal que no había hachas. Gemelas no vi, aunque el pasillo era acojonante. Eso sí, los señores de las fotografías familiares nos miraban raro, y de hecho tuvimos algún momento en que llegamos a creer que los fantasmas éramos nosotros. Imaginaos el infierno de un bibliotecario: encerrados en una biblioteca, ajenos al hecho de estar muertos, catalogando una y mil veces los mismos libros, por los siglos de los siglos.

En cuanto al trabajo en sí, como he comentado, consistió en llenar una enorme biblioteca, la que podéis ver en la foto de abajo, más otras dos habitaciones, que no mostraré.
En principio, las materias no tenían mucha complicación: por motivos profesionales, mucho 34, mucho 336 y bastante 316; por razones coyunturales (laborales, diríase), un montonazo de 74/76; por afición, muchísimas 929 y 946, sobre todo 946.023. En cuanto a las lecturas, casi toda la 821.134.1-3"19" que os podáis imaginar, y muchas 23, 24 y 26. También había una cantidad sorprendente de 821.161.1. A la hora de poner topográficos, nos decantamos por los tradicionales N, P y T, aunque introdujimos alguna variante, como NL (clásicos de 821.124). Nos deteníamos en los de 641.5, más de lo necesario, pero es que estas cosas tiran mucho.
La logística del proyecto era complicada. En primer lugar, vaciamos las estanterías en las que estaba el material que había que catalogar. Durante el mes de agosto ya habíamos catalogado aproximadamente un tercio del fondo, de modo que ya teníamos más o menos ordenados los libros de 087, 2, 3 y 7. Pero, entretanto, habían llevado más material, desordenado bastante las cosas y, en definitiva, nos quedaba mucho trabajo por delante.
Entrábamos los datos utilizando una base de datos de gestión escolar, y después la catalogábamos. Una vez realizada esta tarea, ordenábamos los libros en montoncitos, por materia, para tejuelarlos de la manera más ordenada posible. Una vez tejuelados, los colocábamos en otro montoncito, cerca de la estantería. Así pues, había cuatro espacios diferentes: precatalogación, catalogación, tejuelado y ordenación.
Pero JuanMagneto es mucho JuanMagneto, y vino a alterar el orden de las cosas. El proyecto se desarrollaba sin grandes complicaciones hasta que sucedió lo peor: se nos escacharró la Dymo... ¡en pleno fin de semana!


Muertecita se quedó, la pobre.
Por suerte, y una vez efectuada una llamada a la papelería del pueblo, resultó que tenían una, aunque en una lista de comunión; no obstante, nos la apartaron, y encargaron otra para el niño o niña en cuestión, quien debe de ser ajeno al favorazo que nos hizo.
Una vez comprobado que la Dymo nueva funcionaba, sucedió lo previsible: en cuanto apareció el jardinero, le enseñamos la Dymo fenecida, y esta comenzó a funcionar como si nada. Todo parecía reducirse a la eterna lucha entre las fuerzas del caos (JuanMagneto) y las del orden (cualquier otra persona).
No obstante, fue un espejismo: la pobre Dymo estaba en las últimas, y pasó a mejor vida, no sin antes tejuelar todo lo que buenamente pudo. Rindámosle homenaje, pues.
Fue pasando el tiempo, el fondo pendiente de catalogar iba menguando de manera esperanzadora...
... aunque bueno, hubo momentos en que de esperanzadora no tenía gran cosa.
Pero el caso es que Cristina fue catalogando libros, el auxiliar fue auxiliando, seguimos viendo libros interesantes por motivos varios...















... y, por fin, el undécimo día, llegó el momento más esperado: la ordenación de los ejemplares ya catalogados. He aquí el trabajo de un día frenético escalera arriba, escalera abajo.

Como digo, no enseño las otras dos habitaciones que dejamos forradas de libros, sobre todo los de 7, 913, 651.4, P, NL y T.
Y el duodécimo día hicimos el control de calidad, retejuelamos algunos libros y escribimos la memoria final del proyecto. Fuimos felices y, como no teníamos perdices, comimos productos típicos de la región...
... y comida china preparada por las almas caritativas que fueron allí a recogernos...
... y nos volvimos al mundanal ruido, a la gran ciudad y los despachos pequeñítos, a las Nespresso y Blogger, y a poneros los dientes largos, pa que veáis que proyecto más mono nos hemos traído entre manos durante estas casi dos semanas.

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1 Comments:

Blogger Kotinussa said...

A pesar del aislamiento, del jardinero fantasma, de "El resplandor"..., se me ocurren miles de cosas muuuuucho más horribles a las que dedicar dos semanas.

18 de mayo de 2011, 11:30  

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