jueves, 31 de marzo de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (I)

Confieso que cuelgo esta entrada en el blog porque de un tiempo a esta parte he visto varias ediciones piratas del artículo que le da nombre. En una de ellas, incluso me encuentro con párrafos enteros del artículo original, pero firmados por otro señor. Así pues, procedo a actualizarlo un poco, ya que se ha publicado mucho y muy buen material desde que lo escribí a finales de la década de 1990. De paso, he reescrito algunos párrafos que me parecían particularmente mal escritos.
Este artículo estaba pensado para publicarse en el fanzine Kenbeo Kenmaro, aunque al final lo hizo en otro fanzine, Ad Astra. En su momento era una puñetera marcianada, pero ahora, gracias a los esfuerzos de editoriales como Nevsky Prospects, los libros que se mencionan están comenzando a publicarse en castellano y, en resumen, tiene mucho más sentido darlo a conocer. 
Tal como lo he planteado, aparecerá en tres partes, y, además, es más que probable que lo alterne con algún resumen de la estupendísima charla sobre Stanislaw Lem que se celebró la semana pasada en Kosmopolis 2011. Sí, tengo la semana rusófila y polacófila. Lo segundo se explica porque Lem es de mis autores favoritos, y lo primero, porque 2011 es el año de Rusia en España y de España en Rusia, y me apunto al carro celebrador.
Soltado el rollo, os dejo con la chicha. Que disfrutéis del artículo, y recordad: todavía quedan dos entregas. Total, si lo publico en una sola no vais a leerlo porque "hay mucho texto"...

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Cantos estelares de un viejo koljós
(La ciencia ficción soviética de entreguerras)


Juan Manuel Santiago


Una necesaria introducción


Cualquier analista de la «prehistoria» de la ciencia ficción no anglosajona pecaría de injusto si omitiese una breve referencia a la evolución del género en la antigua Unión Soviética, por una serie de razones que van desde su peculiar carácter hasta la ingente producción y repercusión que el género fantástico tuvo (y vuelve a tener) en los países del Este, pasando por el hecho de que ha producido algunos de los grandes hitos literarios de la historia del fantástico (Nosotros, de Zamiatin, o El Maestro y Margarita, de Bulgákov) o, en resumen, a la indiscutible superioridad que la ciencia ficción europea (con la soviética a la cabeza) tuvo durante sobre la estadounidense durante esos años.


Las características de la ciencia ficción soviética se apartan de cualquier otro modelo, casi hasta el punto de que deberíamos considerarla un mundo diferente del anglosajón, con sus propios puntos de referencia y objetivos. Esta situación ya se adivinaba en el período de entreguerras, en el que confluyen la «prehistoria» del modelo que durante las décadas de 1950 y 1960 popularizarían autores de la talla de Iván Yefrémov, Anatoli Dneprov o los hermanos Arkadi y Borís Strugatski y, por otro lado, la plenitud de una ciencia ficción más vanguardista e interesante pero tristemente abortada  como fue la que cultivaron los Bulgákov o Zamiatin. Tal contraposición responde al enfrentamiento entre dos modos opuestos de entender la cultura: uno, que podríamos denominar el «oficial», y otro, el «disidente». 
La cultura «oficial» -o «clasicismo de izquierdas», afortunada expresión de Manuel Vázquez Montalbán al referirse a la arquitectura del período-1 nace de la desesperada necesidad del régimen de consolidarse y diferenciarse de los dos grandes peligros que atenazan la aún frágil Revolución: el capitalismo y los incipientes movimientos fascistas. Frente a ellos hay que crear, en un primer momento, prácticamente de la nada, unas señas de identidad en las que reconocerse, un nuevo sistema de valores que ayude a salir del peligro al sistema, único en el mundo y por tanto sobreexpuesto a cualquier tipo de amenaza exterior. Una vez consolidado el sistema, en la década de 1930, se produce un segundo momento caracterizado por la rigidez, las apoteósicas exaltaciones del régimen, el gigantismo arquitectónico, las estereotipadas defensas del sistema y los no menos estereotipados ataques al fascismo y el capitalismo, las grandes demostraciones de masas y el culto ciego a la persona de Stalin. Es un mundo maniqueo, de buenos y malos, como corresponde a una sociedad en estado prebélico.
La cultura «disidente», por contra, es más rica en matices. Evoluciona desde el momentáneo apoyo a la Revolución -gran parte de sus artífices había padecido la represión del agónico Estado zarista- hasta una postura libre de ataduras serviles que se acaba convirtiendo en una molestia para el régimen, unas veces de modo consciente, y otras por la estrechez de miras de la cultura «oficial». Es una inquieta amalgama en la que se mueven nombres ilustres del arte universal de todos los tiempos como Rodchenko, Kandinski, El Lissitzki o Maiakovski. La mayoría de ellos desaparecen en la década de 1930, o bien exiliados, o bien muertos en vida, o bien forzados al suicidio.
Además de esta dialéctica entre oficialidad y disidencia hay que valorar otros elementos no menos relevantes que nos pueden ayudar a entender mejor el carácter de la ciencia ficción soviética. Muy ligado al carácter «estatal» u «oficial» de la cultura se halla el didactismo o «cientifismo». Y no es por casualidad: el amor a la ciencia es fundamental en un pueblo como el que desean las autoridades soviéticas, y la ciencia ficción es una buena manera de inculcárselo, de «instruir deleitando» al Homo sovieticus. No es extraño leer relatos de ciencia ficción intercalados en breviarios de astronomía, como por ejemplo Nueva astronomía popular, de V. Komárov (Ed. Mir, col. Ciencia Popular. Moscú, 1985). 

Tampoco hay que olvidar la idiosincrasia de la literatura rusa, manifestada en una personalidad y unas influencias literarias muy peculiares. Tenemos, en primer lugar, una amplia y fructífera tradición autóctona, los «novelones» de unos Dostoievski, Tolstói o Gógol, especialmente virtuosos en el retrato de personajes. Añadamos otra característica de la cultura rusa: el fortísimo influjo de la cultura francesa, que convierte a Julio Verne en un autor especialmente querido. Existe también una innegable influencia de H. G. Wells, uno de los escasos intelectuales punteros que se atreven a viajar a la Unión Soviética recién fundada, y de quien se dice que comentó a Lenin, en el transcurso de su entrevista del 6 de octubre de 1920: «¿Electrificar la Rusia arruinada? ¡Usted es aún más fantaseador que yo, Sir!».2  Por último, cabe destacar la querencia, muy rusa, por el teatro: no es por azar que al menos tres dramaturgos -Zamiatin, Maiakovski y Bulgákov- escriban obras de teatro (o con el teatro como protagonista) de temática fantástica.


La primera referencia a la ciencia ficción rusa «oficial» data del siglo xvi, con un opúsculo titulado La leyenda del Sultán Mahomet, de Iván Peresvietov. Se trata de una epístola que el autor escribe al zar Iván el Terrible para implorarle un Estado más centralizado, a imagen y semejanza del que implantó el sultán que conquistó Constantinopla. Incluye los inevitables consejos acerca de cómo debe gobernar un buen zar, el papel que debe desempeñar la Duma (siempre subordinado a los dictados del buen gobernante) y, en resumen, cómo es necesario un ejército fuerte para salvaguardar el Estado e impedir que lo conquisten potencias extranjeras. Sin haberlo leído (no me consta que esté traducido al castellano), da la impresión de que se trata de una obra a medio camino entre El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, y Utopía, de Tomás Moro. Ni que decir tiene que tuvo gran predicamento durante la dictadura de Stalin.
Ya en el siglo xix tenemos Viaje al país de Ofir (1806), del príncipe Sherbatov, de la que no tengo más referencia que el título.
Sin embargo, sí está editado «El año 4338» (1840), del también príncipe Vladímir Odóievski, recopilado en El día de año nuevo y otros cuentos maravillosos (Nevsky Prospects, Madrid, 2010). Escrito a la manera epistolar, nos retrata un curioso futuro en el que un cometa está a punto de destruir la tierra. Resulta interesante (y muy actual) el hecho de que el narrador es chino. El mundo está dominado por Rusia y su inmenso genio, pero China ha adoptado el papel de potencia emergente gracias a un Mao Zedong avant-la-lettre, en detrimento de unos Estados Unidos que Odóievski ve como sumidos aún en el salvajismo: en el momento en que se escribió el relato faltaba medio siglo para que se produjesen la guerra de Secesión y la conquista del Oeste. Destaca el moderado optimismo con respecto a los logros científicos de la época: por lo que se nos cuenta en el relato, el hombre no desarrolla ingenios voladores hasta el siglo xxii, pero existen trenes eléctricos que cruzan el túnel del Himalaya a la velocidad de la luz (sic). No es el único relato fantástico de este descendiente del mítico Rúrik, el fundador de las primeras factorías varegas (vikingas) en la actual Rusia, pero sí el único que entra de lleno en el género de ciencia ficción. Sea como fuere, es el primer relato en el que, de manera consciente, se nos retrata un escenario futurista, si bien es cierto que su intención primaria es glosar las excelencias del genio ruso.

Otra obra destacable es la precursora de la utopía socialista, ¿Qué hacer? (1863), de Nikolái Chernichevski, uno de los máximos exponentes del socialismo utópico ruso, dirigida a los jóvenes rusos que habían crecido bajo el influjo de la guerra de Crimea. Chernichevski era un teórico cuyo análisis sobre las contradicciones internas del sistema financiero burgués había sido elogiado por el mismísimo Karl Marx pero le había valido la cárcel. Con esta novela obtiene su mayor éxito popular, y de hecho era uno de los libros de cabecera de Lenin. Aunque está impregnada del socialismo utópico del autor, lo cierto es que el componente fantástico parece bastante atenuado, y se limita a las visiones de futuro del protagonista, un ejemplo inmejorable del Hombre Nuevo que más adelante perfeccionaría la literatura propagandística soviética. Las imágenes de un hombre del futuro que vive en un palacio de cristal pueden remitir, como veremos más adelante, a Yevgueni Zamiatin y su novela Nosotros, cuyos protagonistas viven también en edificios de cristal, aunque despojados de todo componente positivo. (Se trata, más bien, de una cruel metáfora del control social del régimen.)
Domingo Santos menciona «El sueño de un hombre ridículo», de Fiódor Dostoievski, un acabado ejemplo de literatura utópica con un fuerte componente religioso, o las fantasías satíricas de Nikolái Gógol. En todo caso, quien desee conocer el género en la Rusia zarista debería acudir al reeditadísimo cuento de Chéjov «Las islas voladoras» (1885), una lograda parodia de Julio Verne. 



El siglo xix en Rusia está, mal que pese al estudioso, marcado por la tradición realista de los Tolstói, Dostoievski o Gógol. No obstante, el romanticismo y los nacionalismos literarios y artísticos hacen que brote un súbito interés por la tradición y el folclore, por obra y gracia de Aleksándr Afanásiev y sus Cuentos tradicionales rusos. Asimismo, la burguesía y la aristocracia tienen acceso a las novedades que llegan de Francia y Alemania, de modo que la tradición de la literatura gótica produce obras muy estimables en la Rusia decimonónica. E. T. A. Hoffmann da la mano a Baba Yaga. Julio Verne, a las hadas. Parte de estos relatos están recogidos en la muy estimable antología Rusia gótica (Nevsky Prospects, Madrid, 2009). Emplazo al lector a que descubra joyitas como «El hombre lobo», de Orest Sómov, o «La vendedora de pasteles», de Antoni Pogorelski.



Ya en el siglo xx, los eruditos suelen citar El sol líquido, de Alexandr Kuprin (1912), que vaticina la utilización de la energía solar; La Icaria rusa, de P. Sakulina o las obras de Konstantin Tsiolkovski, el padre de la astronáutica. Sin embargo, poco o ninguno de ese material está disponible para el lector castellanoparlante, con la excepción de Estrella roja, de Alexander Bodgánov (1908; Nevsky Prospects, Madrid, 2010), una inocente utopía en la que se nos presenta un Marte comunista (idea que se repetirá en la mucho más lograda Aelita, de Alexéi Tolstói, de la que hablaremos en la próxima entrega de este ensayo) y que la promoción española de la editorial Nevsky Prospects definió, no sin algo de razón, como «la primera novela steampunk en ruso». Lo más destacable de la novela es el eteroneff, el medio de transporte en el que los marcianos de Menni llevan al protagonista a su planeta.



A modo de resumen, la ciencia ficción soviética de estos años no recibe la menor influencia de la por entonces segundona y atrasada ciencia ficción estadounidense, que aún tardará un lustro en desarrollarse gracias al empuje que le dio Hugo Gernsback desde la revista Amazing Stories (fundada en 1926) y el boom de las revistas pulp durante el período de entreguerras. Es todavía una ciencia ficción europea, muy influida por Julio Verne y la tradición de la literatura utópica, que debe más a la novela gótica que a las fantasías científicas de la era industrial.
Aclarado esto, en la próxima entrega pasaremos a referir los principales logros de la ciencia ficción soviética «oficial» del período de entreguerras.
(Continuará.)

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2 Comments:

Blogger Dr. Huysmans said...

Ayyy, ¡aquellos tiempos de Ad Astra...!

31 de marzo de 2011, 19:58  
Blogger Juanma said...

Pues la verdad es que se echa mucho de menos alguna publicación como Ad Astra... y a gente como Armando Boix, Manu Díez Román, Salva Huete y Xavier Mercet publicando buenos contenidos. Creo que marcó una época, de verdad.

1 de abril de 2011, 9:58  

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