miércoles, 2 de marzo de 2011

All That Dick

Tal día como hoy, hace veintinueve años, un apesadumbrado Joseph Edgar Dick escuchaba  las palabras del cardiólogo de su hijo Phil. La sucesión de ataques al corazón e infartos cerebrales había producido una situación irreversible, por lo que carecía de sentido prolongar su sufrimiento. Llevaba trece días inconsciente, y cinco en estado vegetativo. Absorto por el proceso de duelo y los trámites burocráticos, no reparó en el rayo de luz rosa que, salido de la nada, taladró la cabeza de Phil. Tampoco advirtió el brusco pico que durante una milésima de segundo sacudió el encefalograma plano de su hijo recién desenchufado. 
Era la tercera vez que sucedía. 
La primera había tenido lugar justo ocho años antes, el 20 de febrero de 1974. Está muy bien documentada, tanto por el propio Phil (en una de sus obras maestras, VALIS) como por otros ensayistas (Emmanuel Carrere o Lawrence Sutin) o dibujantes (Robert Crumb), así que no insistiré en el asunto.
La segunda se había producido dos semanas antes, durante la noche del 17 al 18 de febrero de 1982.
Al igual que había sucedido la primera vez, Phil había consumido analgésicos y, además, se había fumado varios porros. Estaba durmiendo muy poco, se había puesto de los nervios después de haber concedido una entrevista particularmente inconexa a Gregg Rickman esa misma tarde, llevaba un par de días sin escribir ninguna anotación de la Exégesis, no dejaba de darle vueltas a la idea de The Owl in Daylight y faltaban exactamente cuatro días y tres horas para que se manifestase su enésimo delirio, su manía persecutoria de aquella semana, que en este caso tendría como objetivo a Tim Powers, quien no terminaba de ver con buenos ojos la deriva de Phil hacia los postulados de la New Age. Cómo no, Powers era un agente del FBI que se había infiltrado en su entorno para sabotear una operación a gran escala destinada a acabar con la contracultura anglosajona en general, y la californiana en particular. El asesinato de John Lennon había sido la primera advertencia, y Phil sabía que él podía ser el siguiente. Ronald Reagan había puesto en marcha un golpe de estado blando, sediento como estaba de venganza por el atentado que había estado a punto de acabar con su vida unos meses antes. Se disponía a descolgar el teléfono para implorar a Timothy Leary que abandonase el país de inmediato. Powers era un tipo peligroso, sin duda. Otro Tim, como Leary. El Tim bueno y el Tim malo. Eso le recordó las dos epístolas de san Pablo a Timoteo, su confidente, el sufrido compañero de viajes apostólicos con quien el antiguo militar romano se sinceraba desde la cárcel. En ellas advertía a Timoteo contra los falsos profetas y los falsos doctores. 
Un rayo de luz rosa interrumpió el hilo de aquellos pensamientos, que habrían derivado en una anotación de la Exégesis más absurda y prolija de lo que en él era frecuente, rematada por el habitual  corolario, "El Imperio nunca tuvo fin", y que además habría reaprovechado para convertirla en el primer capítulo de la primera novela histórica de Phil, ambientada, cómo no, en la Roma paleocristiana, y que le habría deparado su primer premio Pulitzer, por delante de El color púrpura, de Alice Walker.
El rayo de luz rosa le mostró los futuros que le aguardaban si escribía esa anotación, comenzaba esa novela y hacía esa llamada telefónica.
La ruptura inevitable de la amistad con Powers y todo el grupo de California. La caída en desgracia definitiva ante los únicos amigos que le quedaban dentro del colectivo de escritores de ciencia ficción estadounidenses, cada vez más hartos de sus paranoias.
El alejamiento de Timothy Leary y la digamos contracultura domesticada.
El paso definitivo para caer en los brazos de cualquiera de las muchas sectas New Age que predicaban las bondades de la era de Acuario.
El fin de la carrera literaria del Philip K. Dick tal como lo conocemos. El comienzo de un pujante negocio de autoayuda, espiritualidad, ensayos sobre el gnosticismo, novelas de cátaros, novelas de romanos, novelas de abducidos, conferencias lúcidas en las que ganar adeptos para la causa, conferencias desastrosas en las que minar la escasa credibilidad que le quedara, reducido al papel de Judas de la ciencia ficción, apóstol friqui del gnosticismo, un nuevo Lafayette Ronald Hubbard, mucho mejor escritor que él pero mucho peor negociante. A medio plazo, la fama y las portadas. A largo plazo, la ruina personal y literaria.
El rayo de luz rosa le mostró esa línea temporal, pero podría haberle mostrado otras, pues el futuro es siempre abierto y, ya se sabe, si has visto esta realidad, deberías ver las demás.
Realidades en las que Dick se convierte en un autor de éxito mundial, impulsado por sus novelas de romanos y de cátaros. Poseído por la soberbia, se muestra muy estricto con las adaptaciones de sus obras al cine, que quiere controlar hasta extremos insanos. Blade Runner es el blanco de sus iras, pese a que los primeros visionados le habían entusiasmado. La película no capta, de manera deliberada, el aspecto central de la novela: la trama de Mercer y las cajas de empatía. Lo considera un intento consciente de Ridley Scott y de toda la industria cinematográfica estadounidense, que está en manos de la CIA, para silenciar sus coqueteos con la espiritualidad New Age e impedir que se difundan sus advertencias sobre la inminente llegada de Elías. Así pues, ni corto ni perezoso, invierte toda su fortuna en crear una productora audiovisual para controlar todas las adaptaciones de su obra de modo que sean fieles en extremo a los originales. David Lynch efectúa un trabajo sobresaliente con ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que eclipsa incluso la repercusión mediática de Blade Runner, pero la serie televisiva Philip K. Dick presenta es un despropósito continuo, en particular la versión de "Podemos recordarlo todo para usted", que supone el final de las carreras  hollywoodienses de su director, Paul Verhoeven, y de su protagonista, Arnold Schwarzenegger, que prueba fortuna en los terrenos de la política (sin éxito) y termina sus días como entrenador personal de políticos de élite, gracias a sus contactos con el clan Kennedy. También hunde las carreras de Ron Howard y Peter Weir, pues interpreta (y así lo demuestran sus abogados, cedidos de manera no tan altruista por la Iglesia de la Cienciología, empeñada en captarlo como quien trata de fichar al crac del equipo rival) que varias subtramas de Una mente maravillosa y El show de Truman son plagios flagrantes de Tiempo desarticulado. Las siguientes víctimas son los hermanos Wachovski, que no encuentran financiación para Matrix (que queda reducida a un cortometraje de culto), y Michel Gondry, que regresa al campo del videoclip después de que las presiones de Dick paralicen la producción de Olvídate de mí, a mitad de rodaje, ya que, al entender de los implacables abogados del autor, tanto él como su guionista Charlie Kaufman le robaban ideas. No obstante, encumbra a Gus van Sant, quien le hace aparecer en un breve cameo de su primera película, dando vida a un cura pastillero que se las entiende con un cura heroinómano.
Pero también le mostró realidades en las que Phil conserva cierta lucidez... hasta que deja de conservarla. Por ejemplo, visita España para dar una conferencia en la BarnaCon de 2002 y se radica en Barcelona, atraído por las patatas bravas del Tomás, la proximidad de la entonces emergente Ruta de los Cátaros, el ambientillo de las librerías esotéricas del Paralelo y la espiritualidad de Antoni Gaudí, a quien dedica una novela steampunk que marca la cumbre del retrofuturismo literario y proporciona sus primeros premios Oscar a Christopher Nolan y Leonardo Di Caprio, gracias a la visualmente impactante adaptación cinematográfica, que él produce. En la Ciudad Condal traba amistad con todo el equipo de Gigamesh, pero monta en cólera cuando descubre que Cels Piñol lo hace aparecer como la fuente inspiradora del papa Alejo Cuervo: lo interpreta como una burla intolerable, siente que el fandom barcelonés acaba de traicionar su amistad de manera irreparable y emprende acciones legales para acabar para siempre jamás con la serie Fanhunter. De rebote, desautoriza la publicación del número especial Philip K. Dick de la revista Gigamesh (que, para colmo de malos, debe su nombre al archienemigo de Dick, el polaco Stanislaw Lem), pese a que todos los contenidos contaban con el visto bueno de su agente literario, Danny Baror, lo que acelera mi despido de la editorial. Tal vez no ayudara el hecho de haberle mostrado un ejemplar del fanzine que Julián Díez y yo editábamos durante la década de 1990, Núcleo Ubik. Así pues, me lleva a los tribunales, por utilizar una marca registrada. Desesperado porque me exige un pastón en concepto de daños y perjuicios, me quemo a lo bonzo en la puerta del juzgado, con una cerilla, un bidón de gasolina y todos mis libros de y sobre Philip K. Dick, más un ejemplar de Fahrenheit 451, por aquello de introducir una referencia friqui irónica, y porque esta es la entrada número 451 del blog y me apetecía dejar constancia de ello.
Todas las realidades muestran a un Phil colérico, inmerso en un proceso de deterioro mental que acaba aislándolo del mundo y convirtiéndolo en una sombra de lo que fue. En todas ellas es un ángel destructor que acaba con su propio legado y destruye todo aquello que le fue afín. El fandom estadounidense. La industria cinematográfica de Hollywood. El fandom barcelonés. La New Age. Las novelas de cátaros y templarios, que lleva a tales extremos de delirio que un principiante Dan Brown se lo piensa mejor y decide convertir El código Da Vinci en una novela de zombis, subgénero que Dick aún no ha echado a perder porque sus reescrituras de Ubik y Ojo en el cielo en clave zombi se adelantaron demasiado a su tiempo y pasaron desapercibidas. Así pues, Dick también destroza el género de terror, que a partir de entonces se convierte en coto de oportunistas sin ideas, panacea de editores y libreros, y azote de lectores con criterio.
Hay más realidades. Dick convertido en un tomate del tamaño de un planeta. Dick hablando con Dios después de haber estado a punto de resbalar con una pastilla de jabón cuando salía de la ducha. Dick estrechando la mano de su archienemigo Nixon en la Casa Blanca, genial parodia del encuentro del presidente con el Rey, de Nixon con Elvis Presley. Dick viajando con Jane a través de un México espectral para conocer a alguien relacionado con el asesino de Trotski y, de paso, ayudar a su hermana a escribir El hombre en el castillo. Dick amargándole la vida a un pobre empleado que tiene que pedir el día libre porque se ha quedado hecho polvo al enterarse del destino fatal de su escritor favorito.
Incapaz de asimilar todas estas realidades (su salud está mucho más maltrecha que en 1974, y son demasiados yottas de información), el corazón de Phil dice basta. Los vecinos se lo encuentran en el suelo, inconsciente y sentenciado ya a muerte, con el corazón roto y el cerebro achicharrado. Tal vez, si lo hubieran encontrado unas horas antes...
Así pues, el cuerpo de Phil ya no puede aguantar la tercera visita del rayo de luz rosa, que tal vez estuviera destinado a su padre, Joseph Edgar Dick. Muerto Phil, VALIS necesita seguir comunicándose con la humanidad, y nadie mejor que el padre de Phil. Joseph Edgar es anciano, pero aún puede acabar la Exégesis, dar a conocer esa realidad oculta que nadie más podrá mostrar. Además, odia visceralmente a Linda Ronstadt, igual que VALIS, que no pudo terminar de entender la fijación de Phil por una cantante tan mediocre; ambos son más de Wanda Jackson y de Janis Joplin.
El rayo entra, pues, tal vez por error, en la cabeza de Phil, y constata que su estado es irreversible, pero, en el transcurso de ese milisegundo, le proporciona toda la información que Phil necesita: nada menos que la vida que habría vivido su hemana gemela, Jane Charlotte, muerta casi al nacer, que lo espera en la lápida de Fort Morgan, esa lápida en la que figuró inscrito el nombre de Phil durante cincuenta y tres años, con una fecha de nacimiento pero no de defunción. ¿Cómo no escribir lo que escribes cuando te has pasado la vida visitando la tumba de tu hermana y, siempre que la visitas, te encuentras con tu nombre cincelado en una lápida?
En realidad, es Jane quien está detrás de VALIS. En realidad, todo es irrealidad. En realidad, era a Jane a quien estaban destinados los tres rayos de luz rosa. En realidad, estos rayos son solo secuelas del primero, el que alcanzó a la pequeña Jane nada más nacer. La culpable de su muerte no había sido la desnutrición de una niña prematura mal cuidada por una madre negligente: Jane se habría salvado. En realidad había sido el rayo de luz rosa, primerizo aún en esas lides, e incapaz de calcular cuánto daño podría producir a un cuerpo aún sin formar, a un cuerpo débil y ajado. Como el de Jane, el 26 de enero de 1929. Como el de Phil, ahora, el 2 de marzo de 1982.
Era Jane quien debió haber sido la receptora del mensaje de VALIS, quien debió haber cambiado el mundo. Phil solo fue el mal menor, el efecto colateral, las manos equivocadas capaces de convertir en pésima una buena idea.
Por eso Jane no pudo culminar el brillante futuro que le estaba destinado.
Ser la escritora de ciencia ficción más brillante de todos los tiempos, aunque ello se llevara por delante su amistad con Ursula K. Le Guin y James Tiptree, a quien jamás pudo perdonar el hecho de emplear un seudónimo masculino.
Cambiar a mejor el género de ciencia ficción, al contraer matrimonio, de manera sucesiva, con Theodore Sturgeon, Alfred Bester, Frederik Pohl y Robert Silverberg, cuyas carreras literarias mejoraron considerablemente.
Ser la primera escritora de ciencia ficción en recibir el premio Nobel de Literatura, compartido, por cierto, con su mejor estudioso y amante ocasional, Jean Baudrillard, quien propugna la utilización del término 'dickianismo' para sustituir el de 'hiperrealidad', que considera demasiado inconcreto.
Dignificar la contracultura californiana con un poco de pragmatismo, el necesario para socavar el régimen y conseguir que, después de abortar la presencia estadounidense en Vietnam, el Imperio sí tuviese fin.
Contraer matrimonio con un Richard Nixon a quien convierte en paladín del Partido Demócrata tras su derrota frente a Ronald Reagan en las primarias del Partido Republicano para las elecciones presidenciales de 1968; será el hombre gris pero necesario para certificar el final del imperialismo yanqui, para expulsar del poder a un Ronald Reagan caído en desgracia tras el escándalo Watergate, y para poner fin a la guerra fría por medios pacíficos y ventajosos para ambos bandos.
Ser, en resumen, primera dama, primero, y presidenta, la primera, después.
Todo, todo eso se perdió y subvirtió porque el rayo de luz rosa taladró la cabeza acertada demasiado pronto, y la equivocada en tan mal momento. Por eso VALIS envió el tercer rayo, justo a tiempo de que la cosa se le fuera de las manos, y el cuarto, a modo de sentencia de muerte, para dejarle claro a Phil que su cerebro había usurpado el de Jane, y, pese a su brillantez como escritor, nunca había dejado de ser otra cosa que un patético drogadicto esquizoide atormentado por la muerte de la persona que habría cambiado el mundo. Durante ese milisegundo, Phil vio un ángel de la muerte con la cara de la Jane que habría sido, dispuesta a acogerlo a su lado, para pasar la eternidad bajo la lápida de Fort Morgan, juntos por fin. Un milisegundo interminable durante el que Linda Rondsadt tuvo tiempo de sobra para interpretar una versión del "Bye Bye Life" que cantaban Ben Vereen y Roy Scheider en el impresionante número final de Comienza el espectáculo, que a su vez era una versión del "Bye Bye Love" de Simon and Garfunkel. VALIS le dio a conocer toda esta información y, agraviado por la mera idea de la existencia de Phil, el que había echado a perder sus brillantes planes para salvar la humanidad, lo desconectó de manera brusca y se dispuso a buscar alguna inteligencia digna de ser salvada, en el planeta más alejado de la Tierra que pudiera encontrar.


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10 Comments:

Blogger viocanto said...

¿Cuál es el emoticono de "reverencia"?

3 de marzo de 2011, 0:47  
Blogger Juanma said...

¡Gracias, gracias! :)

3 de marzo de 2011, 9:24  
Blogger Kaplan said...

Qué grande, Juanma.

3 de marzo de 2011, 11:53  
Anonymous Carneiro said...

Muy bueno.

A ver si es que los bonzos que se quemaron en Túnez y comenzaron las revueltas tenían algo que ver con plagios de Dick y el precedente de un barcelonés friki.
Todo es una conspiración.

3 de marzo de 2011, 11:58  
Blogger Portnoy said...

Genial
:-)

3 de marzo de 2011, 12:10  
Anonymous Anónimo said...

Con unas relativas aquí y allá te montas un buen libro.

3 de marzo de 2011, 15:06  
Blogger Juanma said...

De hecho, la idea era escribir un cuento de unas cinco mil palabras, desarrollando todos los posibles futuros de Dick. Tiempo tendré de ampliarlo. Me hacía ilusión publicarlo ayer, para que coincidiera con el aniversario de su muerte, pero esto es solo un boceto. :)

3 de marzo de 2011, 15:16  
Blogger Jean Mallart said...

Tremendo. :-))

3 de marzo de 2011, 16:07  
Blogger Ricardo Montesinos said...

Si no es mucha desfachatez, permitidme enlazaros un relato que escribí hace un tiempo. Es un relato de género negro protagonizado por un detective privado llamado... Philip K. Dick:

http://elcielosobreelpuerto.blogspot.com/search/label/N.O.O.S.

4 de marzo de 2011, 0:18  
Anonymous Juanfran said...

No sabía lo de la lápida, es tremendo. Gracias Juanma.

7 de marzo de 2011, 17:27  

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