jueves, 2 de julio de 2015

Ciencia ficción rusa en Gigamesh



Como ya os comenté en la entrada anterior, ayer se presentó Stalker. Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski, en la librería Gigamesh. La Tarde Rusa iba a consistir en una charla sobre literatura rusa en general, a cargo de Ricard San Vicente y Miquel Cabal, y en la presentación de Stalker a cargo de Raquel Marqués y servidor. Miquel se dio de baja a última hora por problemas personales, así que improvisamos una fusión de ambos actos, y creo que no quedó nada mal. Supongo que la gente se debió de quedar satisfecha, ya que hubo llenazo absoluto y muchos os quedásteis al vodka y los pepinillos. En total, hora y media contando las virtudes y defectos de toda una época y un estado que generaron una ciencia ficción muy personal, y a algunos autores imprescindibles como Mijaíl Bulgákov, Yevgueni Zamiátin, Alexéi Tolstói o los hermanos Strugatski. Nos dejamos muchísimas cosas en el tintero, pero qué le vamos a hacer.

A disfrutarla.



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lunes, 29 de junio de 2015

Zona de pícnic en Gigamesh

El próximo miércoles 1 de julio (o sea, pasado mañana) la librería Gigamesh acogerá un par de charlitas sobre literatura fantástica rusa. El nombre genérico del acontecimiento será "Zona de pícnic. Tarde de ciencia ficción rusa. Cuando el futuro viaja al pasado" y contará con la participación de Ricard San Vicente (profesor de literatura rusa de la UB), Miquel Cabal (traductor al catalán de Nosotros, de Yevgueni Zamiátin, en una edición que promete ser uno de los acontecimientos del año), Raquel Marqués (traductora, entre otros, de Mijaíl Bulgákov, Anna Starobínets y los hermanos Strugatski) y vuestro seguro servidor.


Mi aportación consistirá en charlar un poquito con Raquel Marqués acerca de Arkadi y Borís Strugatski y de su novela Stalker. Pícnic extraterrestre, recién reeditada por Gigamesh con una traducción impecable de Raquel que permite realzar sus virtudes, tal vez demasiado oscurecidas por el hecho de que hasta ahora se habían realizado traducciones indirectas (de traducciones del inglés o del francés). 
Os recomiendo que asistáis si sois fans de la novela, de la película, del videojuego, de la literatura rusa en general... o de nada de esto en concreto. Seguro que queda interesante.

Colgaré la charla en cuanto esté disponible en el canal de YouTube de Gigamesh.
Pues lo dicho: allí nos vemos el miércoles.

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miércoles, 24 de julio de 2013

Finalista de los Premios Ignotus 2013

Pues sí, la cosa se ha dado bien, y mi artículo "Cincuenta relatos para una década" ha entrado en la papeleta de finalistas, compartiendo honores con Fernando Ángel Moreno, Julián Díez, José Manuel Uría, Tim Maughan, Sergio Mars y Manuel de los Reyes. Como veis, en muy buena compañía. Gane quien gane, va a ser un monolito merecido. Enhorabuena a los otros finalistas y, por supuesto, muchas gracias por haberme votado.

En cuanto al resto de los candidatos, podéis verlos si pincháis sobre este enlace. Como me faltan algunas lecturas, y además ya estoy muy viejuno, y un tanto al margen de guerras y demás geoestrategia fandomita, me resulta difícil aventurar posibles ganadores. No obstante, acá van algunas impresiones someras, en bruto y sin el menor ánimo de exhaustividad (¡escribo durante la siesta de Mireia! ¡Podría despertarse en cualquier momento!).

En novela llama la atención la doble ausencia de La Zona, de Javier Negrete y Juan Miguel Aguilera, y de La isla de Bowen, de César Mallorquí, que daba por finalistas seguras (ya lo habían sido del premio Celsius). Me gusta que Cenital, de Emilio Bueso, y El mapa del cielo, de Félix J. Palma, se hayan colado en la papeleta final. ¿Hará Bueso un doblete Celsius-Ignotus con la, al parecer, muy polémica pero completamente recomendable Cenital? ¿Conseguirá Palma romper de una puñetera vez la maldición de los Ignotus (todavía no lo ha ganado)? Veremos, veremos, aunque la (que yo sepa) primera novela finalista de Sergio Mars, que ya ha ganado en las categorías de relato, artículo y novela corta, podría alzarse con el monolito.

En relato estoy como unas castañuelas por la inclusión de los dos relatos inéditos de Prospectivas. Antología del cuento de ciencia ficción española actual, que corregí y maqueté hace poco más de un año: "Patrick Hannahan y las guerras secretas", de Eduardo Vaquerizo (que, además, me parece un justísimo reconocimiento a cierta antología colectiva sobre Patrick Hannahan cuyos entresijos dan por sí solos para escribir un libro), y "Neo Tokio blues", de José Ramón Vázquez. Para redondear el regocijo, creo que la introducción, "Ciencia ficción en español", de Fernando Ángel Moreno, debería llevarse el premio, por exponer de manera ejemplar la evolución de la ciencia ficción española, con una capacidad de contextualización realmente brillante.
Y, por seguir dándome autobombo indirecto, el hecho de que una de las novelas extranjeras finalistas haya pasado por mis zarpas (El Vivo, de Anna Starobínets, como corrector), también me alegra el día.

Tercera muestra de autobombo indirecto: a Xatafi no le ha ido nada mal. Triplete en artículos (Julián Díez, Fernando Ángel Moreno y yo), doblete para Hélice (revista y el artículo de Julián), otro doblete en obra poética (Alberto García-Teresa y Santiago Eximeno), un tercer doblete en relato (José Ramón Vázquez y Eduardo Vaquerizo, por los contenidos publicados en Prospectivas) y candidatura en novela corta (para "Ostfront", de Santiago Eximeno, Eduardo Vaquerizo y José Ramón Vázquez).

Por afinidades, me alegra infinito la segunda candidatura seguida de Catarsi a la mejor revista. Es todo un logro que un contenido en catalán se cuele en unos premios que tradicionalmente solo se fijan en lo editado en castellano.

Como podréis comprobar, Terra Nova arrasa en cuanto a contenidos, por lo que sería de desear su continuidad. De este modo podría recoger el testigo de algo que uno echa mucho a faltar, publicaciones periódicas en papel donde aparezcan relatos actuales de manera regular (vamos, lo que hacíamos en Gigamesh y hacían BEM, Cyber Fantasy, Galaxia o Asimov), aunque las candidaturas que ha recibido Cuentos para Algernon nos presentan un panorama muy curioso, en el que el eje de los contenidos influyentes y premiables se desplaza hacia lo digital. Me parece un caso digno de seguir, y creo que con el tiempo acabará siendo la norma; de momento, mi corazoncito de friki de la vieja guardia se alegra del más que probable Ignotus de Ken Liu, aunque Ted Chiang o Charles Stross podrían aguarle la fiesta.
Otro caso interesante es el de la antología Steampunk, seleccionada por Félix J. Palma y que se ha colado como finalista, además de las dos candidaturas a sendos relatos incluidos en ella de Juan Jacinto Muñoz Rengel ("London Gardens", sobresaliente) y Luis Manuel Ruiz ("Dynevor Road"), y la certeza de que "Gringo Clint" de Fernando Marías y, sobre todo, "Flux", de Fernando Royuela, también podrían haberse colado en la papeleta final.

En cuanto a las editoriales que van marcando el paso, parece que Sportula se confirma como la ganadora de antemano, en lo que presumo que es el comienzo de un ciclo que durará unos cuantos añitos, y relega (¡y de qué manera!) a otras que están empezando a apostar fuerte por el fantástico (es de suponer que Fantascy y RBA tendrán una presencia más potente en próximas ediciones). Minotauro aparece de manera meramente testimonial, y Gigamesh, Alamut o Ediciones B ya ni se dejan ver en la papeleta de finalistas, lo cual da una idea de por dónde van los tiros. 

En las categorías audiovisuales llama la atención la irrupción de los podcasts, que parecen haber sustituido a blogs y webs generales (tipo Literatura Prospectiva, que no era nominable al no estar activa) como generadores de opinión. En este sentido, los VerdHugos tienen mucho que decir.

Para finalizar (¡corre, Forrest, Mireia debería estar a punto de despertar!) no puedo dejar de comentar una maldad. ¡Por fin he vivido para presenciar una polémica de tres pares de cojones gestionada íntegramente por el nuevo fandom! Sí, a propósito de Cenital, de Emilio Bueso. Aunque soy parcial (sí, de los que opina que es una de las novelas sobresalientes del año pasado), el hecho de que se polemice no deja de parecerme positivo, ya que demuestra que hay diversidad de opiniones y que un contenido español de ciencia ficción puede sacudir conciencias y generar broncas como no se veían desde la publicación de Consecuencias naturales, de Elia Barceló (y hablo de 1994). Espero que no influya, ni para bien ni para mal, en las posibilidades de Bueso de llevarse el monolito, y me la guardo como contraejemplo para la próxima vez que me digan que el nuevo fandom es mucho más sano y menos broncas que nosotros, los troles sectarios de la vieja guardia. Como decían las incombustibles Vainica Doble: "Dos españoles, tres opiniones". Y parafraseando al teniente coronel Kilgore, me encanta el olor a flames por la mañana.

En fin, que la suerte está echada (o lo estará en cuanto haya rellenado la papeleta final), muchas felicidades a los finalistas, y ¡suerte!




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martes, 13 de septiembre de 2011

Sugerencias para los premios Ignotus 2011

La Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFyT) convoca una edición más de los premios Ignotus, y me pilla más en pelotas que nunca. Dicho de otro modo: como ya no estoy metido en el ajo (ni dirijo ni codirijo nada, ni estoy metido de jurado, ni nada que se le parezca), y parece innegable que "me estoy quitando", este año, más que ofrecer sugerencias, las pido. ¿Qué leo? ¿Qué veo? Estoy bastante perdido en la mayor parte de las categorías.
Por otro lado, durante 2010 apenas publiqué material mío, por lo que en esta entrada ni siquiera intentaré hacer autobombo descarado (que, además, no suele funcionar). Dicho lo cual, algún cuentecito ultracorto o ensayito propondré, pero sin la menor esperanza de que se traduzca en una candidatura.

Dicho esto, donde ando menos perdido es en la candidatura de novela extranjera. Como sigo moderando el Foro Fantasy de Círculo de Lectores he tenido la oportunidad de estar más o menos al día, siempre y cuando la obra fantástica en cuestión haya aparecido en Círculo de Lectores, claro está. También hay alguna obra que he leído "porque sí", o porque la he corregido. Así pues, mis sugerencias son las siguientes:
-La Cúpula, de Stephen King (Plaza & Janés). El mejor King en unos cuantos años, unas cien primeras páginas demoledoras (no solo por las marmotas cortadas en dos por la cúpula que da título a la novela, sino por la maravillosa facilidad con que King rompe la cuarta pared una y otra vez y entabla divertidísimos diálogos con el lector, ese viejo amigo) y, pese a que la cosa flaquea hacia el final, una novela de lo más apañado. Recomendable de veras, aunque no seais especialmente kingófilos.
-El pasaje, de Justin Cronin (Urano). Una digna heredera del estilo de Stephen King, aunque pierde en las comparaciones (sobre todo si el maestro entrega un buen trabajo, como la ya citada La Cúpula). Vampiros high-tech que, no nos confundamos, en realidad son como zombis pero en rápido, en un entorno bigger than life (vamos, que la acción se desarrolla a lo largo de quinientos años), momentos muy, muty buenos, y otros de puro relleno. Un best-seller correcto sin más, lastrado por un final demasiado abierto (lo cual, después de mil cien páginas, toca bastante las pelotas), pero, aun así, posible candidato al Ignotus.
-La dama del lago, de Andrzej Sapkowski (Alamut). Técnicamente, solo la segunda parte apareció publicada en 2010, por lo que la hipotética finalista sería media novela, no la novela entera. Aun así, y pese a que no mantiene el nivel de novelas anteriores, supone el final de una serie importante dentro de la fantasía europea de los últimos años, ha sido el éxito que ha hecho posible la andadura comercial de Bibliópolis / Alamut y, qué coño, todos queremos a Andrzej Sapkowski. 
-La mano izquierda de Dios, de Paul Hofman (La Esfera de los Libros). Tíiiiiipica novela de fantasía, con mundo postapocalíptico seudo o neomedieval, en plan Cántico a san Leibowits, jóvenes novicios que las pasan canutas, organización muy jerarquizada, elementos progresivamente fantásticos y la sensación de que las explicaciones llegarán en el segundo o tercer libros de la serie. ¿Qué la hace mejor que otras novelas de este subgénero? El enfoque, claramente adulto y sin concesiones (el autor escribió La sabiduría de los cocodrilos). Tal vez demasiado feísta, pero efectiva. Si Todd Haynes hubiera dirigido los capítulos de Jon Nieve y el Muro en Juego de tronos, le habría salido algo parecido a esto.
-En llamas y Sinsajo, de Suzanne Collins (RBA). Dignísimas continuaciones de la ya de por sí dignísima Los Juegos del Hambre. Amplitud de miras desacostumbrada para una novela juvenil, en la que podríamos considerar desde ya mismo una de las distopías más satisfactorias de los últimos años.
-Estrella roja, de Alexánder Bogdánov (Nevsky Prospects). Ciencia ficción inocente de principios del siglo XX, cuando Rusia todavía era zarista y lo que hoy llamamos steampunk o retrofuturismo aún era un retrato optimista de un futuro que no llegó. Tiene mucho más valor histórico que literario, pero, aun así, goza de ese qué sé yo que la hace entrañable.
-El Gremio de los Magos, de Trudi Canavan (Debolsillo). Enésima vuelta de tuerca al temita de los aprendices de mago, pero con varias peculiaridades: la protagonista es una chica, nos enseña un mundo rematadamente clasista en el el que los magos son unos auténticos hijos de puta que han montado el gremio de los magos de tal manera que solo favorezca a la plutocracia, y ciertos destellos de conflicto social (las razias que hacen los magos a la ciudad, para limpiarla de ladrones, son fascismo puro). En el trasfondo, los conceptos de bien y mal, la libertad de elección y todo eso que suena a viejo desde La guerra de las galaxias, pero bien contado y con cierta frescura.


En la categoría de antología, nada nuevo bajo el sol. Aun así, alguna sugerencia:
-Lo mejor de Connie Willis II, de Connie Willis (Ediciones B). Imposible de juzgar en el formato en que ha aparecido en castellano (partida en dos tomos), ello no impide que tengamos que reconocer las excelencias de los cuentos que aparecen en ella. Un pero: los inéditos no están a la altura.
-Rusia gótica, de varios autores (Nevsky Prospects) y El día de año nuevo, de Vladímir Odóievski (Nevsky Prospects). Ciencia ficción, fantasía y terror rusos del siglo XIX. Como sucede con la novela de Bogdánov, tienen más valor histórico que literario, pero si os gustan los albores del género en Europa no podéis dejarlas pasar.
-El menor espectáculo del mundo, de Félix J. Palma (Páginas de Espuma). Grandísima antología, pero con pocos cuentos inéditos que proponer como finalistas. Una buena recopilación de Félix, y ya van cuatro o cinco. Momentos culminantes: "Bibelot", "El País de las Muñecas" (candidato impepinable en cuento español, si es inédito, y creo que lo es) y "Un ascenso a los infiernos".

En cuento extranjero, poquita cosa, excepto "El último de los Winnebagos" y "En el Rialto" de Connie Willis (si son inéditos en España, que no estoy seguro; sé que aparecieron en Cuasar, pero, reglamento de los Ignotus en mano, eso los hace inéditos en España y, por lo tanto, nominables). Así pues, recomiendo un cuento de hace casi dos siglos: "El año 4338", de Vladímir Odóievski, una curiosa distopía cuya acción se desarrolla dentro de dos milenios y medio, en la que los trenes recorren túneles bajo el mar Caspio a la velocidad de la luz y, evidentemente, el mundo entero está rendido al alma rusa, sobre todo los chinos.

En novela española no voy a "tener más remedio" (dicho así, entre comillas) que proponer los dos títulos de género que sacó NGC el año pasado:  
-Fragmentos de burbuja, de Juan Antonio Fernández Madrigal, que cierra con buen criterio algunos de los flecos que había dejado abiertos en sus obras anteriores y las termina de convertir en un ciclo narrativo único y original dentro de lo que se está haciendo últimamente en el campo de la ciencia ficción española. Me queda la duda de qué tal se lee de manera independiente, sin tener en cuenta los libros previos del autor, pero creo que bien.
-Necróparis, de Fernando Cámara. Un cuento de terror ambientado en un París entre onírico y pesadillesco. Mandrake frente a un matrimonio treintañero neurótico porque es la primera vez que se separa de su bebé. El complejo de culpa y la inseguridad de unos padres primerizos dan más miedo que los primeros elementos fantásticos, pero cuando se desata el drama, el auténtico terror, ya no quedan uñas que morder. Creo que está en el límite entre novela y novela corta, pero me decanto por la primera categoría.
Tengo en la pila, como quien dice, Mujer abrazada a un cuervo, de Ismael Martínez Biurrun (Salto de Página), El año de la plaga, de Marc Pastor (RBA) y Los muertos, de Jorge Carrión (Mondadori), que, por las referencias que me llegan, entrarán casi seguro en la papeleta... si me las leo a tiempo. Corre, Forrest, corre.

En cuanto a libro de ensayo, dos candidatas clarísimas:
-Teoría de la literatura de ciencia ficción, de Fernando Ángel Moreno (PortalEditions), que, además de una brillante tesis doctoral sobre el género en España, se ha convertido por derecho propio en un libro de referencia obligatorio sobre la materia, más en el ámbito académico que en el friqui. Darle el monolito sería una buena manera de deshacer el entuerto, y de que los aficionados reconocieran lo que los docentes tienen más que asumido: nos hallamos ante un trabajo necesario, convincente y perdurable.
-Ray Harryhausen, el mago del stop-motion, de Carlos Díaz Maroto (Calamar). Un buen ensayo sobre el maestro del género fantástico.

En página web, insisto en dos que deberían tener ya el Ignotus, y vosotros decidís:
-www.literaturaprospectiva.com
-www.stardustcf.com

En representación audiovisual ando bastante poco al día. Por barrer para casa, sin duda recomendaría el Calendario 2011 de Frikitecaris, por aquello de que hay motivos friquis. 

En cuanto al autobombo, como digo, apenas tengo material nominable, así que no insisto con el tema. Quiero decir, tener material inédito, lo tengo, pero no creo que merezca la pena recomendarlo en serio, salvo tal vez el relato efímero "Ágora (Homenaje descarado a Hipatia, aunque no tanto a Amenábar)". Vosotros mismos.

Lo dicho: cada vez estoy menos al tanto de lo que se cuece realmente en el frikiverso fandomita, así que agradecería sobremanera recomendaciones, por si me diera tiempo a leerlas y verlas de aquí a que termine el plazo de entrega de votaciones en la primera fase de los Ignotus. ¡Gracias!

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lunes, 11 de abril de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (y III)

Concluye aquí el ensayo sobre la ciencia ficción rusa anterior a la segunda guerra mundial, que he estado publicando en el blog durante los últimos días. En la primera entrega nos quedamos en los umbrales de la Revolución Rusa, y en la segunda analizábamos la ciencia ficción oficial del nuevo régimen soviético. En esta entrega concluiremos con un vistazo a la ciencia ficción disidente, con especial atención a la obra maestra de la ciencia ficción europea no anglosajona (con el permiso de Solaris, de Stanislaw Lem, claro está): Nosotros, de Yevgueni Zamiatin. 
De momento lo dejo aquí, ya que embarcarme en un estudio igual de exhaustivo acerca de la ciencia ficción soviética posterior a la segunda guerra mundial sería meterme en un berenjenal considerable. Y, si nos referimos a la ciencia ficción rusa posterior a la caída de los regímenes comunistas, no digamos. En todo caso, y sin ánimo de generalizar, se trata de una ciencia ficción diferente, tal vez más intelectual y menos espectacular que la anglosajona, pero poco estudiada en España, y que ha dado lugar a obras muy recomendables.

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La ciencia ficción «disidente»

Los autores incluidos bajo este epígrafe reciben cierta influencia de la tradición utópica europea de finales del siglo xix, con un marcado carácter de denuncia que los lleva a camuflar sus críticas bajo la apariencia de ciencia ficción. Para entendernos, el paradigma Verne es sustituido por un doble paradigma Wells-Bellamy, el mismo que llevó en estos años a ciertos autores a escribir algunas de las novelas más perdurables del género: Un mundo feliz (1926), de Aldous Huxley; La guerra de las salamandras (1936), de Karel Čapek; 1984 (1949), de George Orwell y, por supuesto, Nosotros (1921), de Yevgueni Zamiatin. No deja de ser un chiste de mal gusto que el súmmum del izquierdismo finisecular (británico, se entiende; en el resto de Europa las cosas estaban más radicalizadas) influyera decisivamente en unos autores que más tarde fueron purgados por Stalin, algunos de ellos tras haber colaborado con la Revolución.


Uno de ellos fue Yevgueni Zamiatin (1884-1937), ingeniero de profesión y gran escritor, a quien no sirvió de nada el haber militado en el partido bolchevique durante los últimos años del zarismo. Su obra literaria y crítica es abultada, aunque poco traducida al castellano. Debe su fama, y no es para menos, a la novela Nosotros (1921), que no dudo en considerar una de las cinco o seis mejores novelas de la historia de la ciencia ficción, y que prefigura las más famosas Un mundo feliz y 1984. Escrita entre 1919 y 1921, se publicó en París de modo clandestino, al igual que gran parte de las novelas de exiliados  políticos rusos (como, por ejemplo, Novela con cocaína, de M. Aguéiev, otro hito de la narrativa rusa del exilio), ampliamente conocida por la intelectualidad occidental de la época -existe constancia de que tanto Huxley como Orwell la habían leido-, pero  nunca editada de modo oficial en Rusia hasta los años de la perestroika.
 
El argumento es sencillo: en el opresivo y mecanizado Estado Único, férreamente gobernado por el Bienhechor, donde nadie tiene derecho siquiera a la intimidad -las paredes son transparentes y sólo puede haber relaciones en los «días sexuales» fijados a tal efecto-, donde toda actividad está regida por la Tabla de las Leyes -no olvidemos que es la época del taylorismo, de ahí las semejanzas con la crítica de Huxley- y el mayor pecado es ser un individuo, vive el ingeniero D-503, constructor de la nave espacial Integral. D-503 conoce a la subversiva I-330, quien hace venirse abajo todos sus esquemas de orden e inmutabilidad del sistema. I-330 marca la educación sentimental de D-503 en el mismo sentido en que Julia marcará la de Winston Smith en 1984. El mismo personaje que al comienzo de la novela afirmaba convencido que «nosotros sabemos que los sueños son una enfermedad psicológica  muy grave» acaba descubriendo, horrorizado, que está enfermo: «Es algo grave. Por lo visto, se le ha formado un alma». Su mente cartesiana llega a la conclusión de que A[ el amor] = (f) M [la muerte] y, más aún,

¿Qué es la felicidad? Todos los deseos son dolorosos y la felicidad solo puede existir cuando los deseos son satisfechos. ¡Qué error tan grave hemos cometido al poner un signo positivo delante de la felicidad! El signo de la felicidad absoluta es el signo menos, el divino signo menos.

Tras un intento de apoderarse de la nave Integral, se somete a D-503 a una operación de lavado de cerebro. Está curado. Vuelve a la realidad:

He dejado de delirar, he dejado de hablar con absurdas metáforas, he dejado de tener sentimientos.

Con lo cual la novela llega a un final feliz, al menos para el ahora rehabilitado protagonista. Las ingenuas ideas revolucionarias han muerto con I-330, «porque no puede haber otra revolución. Porque nuestra revolución fue la última y no puede haber otra».


Imposible de leer de manera desapasionada, Nosotros pone la carne de gallina. El ambiente opresivo, la carencia de esperanzas, la deshumanización de la sociedad... Todo ello la hace mucho más impresionante que la exagerada pirotecnia de 1984. A la casi inaudita  firmeza narrativa de Zamiatin se une una capacidad de evocación visual muy viva: el lector «ve» la novela, como si estuviera en presencia de un cuadro de Kandinski o una escenografía teatral preparada por Ródchenko. Zamiatin, además de vigoroso novelista, también había sido dramaturgo y poeta vanguardista en el inquieto San Petersburgo de primeros de siglo: junto a Borís Pilniak, formó parte del grupo literario de los Hermanos Serapión, y una violenta campaña de prensa contra ambos precipitó la salida de Zamiatin de la URSS. (Este episodio se cita en el muy recomendable libro de Vitali Shentalinski, De los archivos literarios del KGB, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994.) Basta con leer algunas frases entresacadas de su obra para apreciar el poder de su prosa:

¡Con qué placer escuché nuestra música actual! [...] ¡Qué regularidad grandiosa e inflexible! ¡Y qué miserable parecía a su lado la música de los antiguos, libre, absolutamente ilimitada excepto en su fantasía salvaje! […] Cada poeta auténtico es un Cristóbal Colón. América existía muchos siglos antes de Cristóbal Colón, pero éste la descubrió.

Nosotros es más que una obra maestra: es un libro de una complejidad extrema, imposible de abarcar en una sola página de resumen, una novela que gana en matices con cada nueva lectura, una experiencia absolutamente irrepetible.                     
Con ser también un excelente trabajo, el relato «La caverna» (1920) apenas nos da una ligera idea de las posibilidades reales de Zamiatin como prosista, pese a la conseguida descripción de un San Petersburgo poscatastrófico, anegado por el hielo. Tampoco La pulga (1925) va está a la altura de Nosotros, y se queda en un «juguete cómico en cuatro actos», como apunta el propio subtítulo de esta obra teatral... No. Por extraño que suene, la otra obra maestra de este escritor es la carta que dirige a Stalin en 1929, recogida en un interesantísimo volumen conjunto con las cartas de Bulgákov a Stalin (Cartas a Stalin, VeintisieteLetras, Madrid, 2010). Leamos algunos fragmentos:

La crítica ha hecho de mí el diablo de la literatura soviética. Escupir al diablo se considera una buena acción y nadie se priva de hacerlo. [...] El Código Penal soviético prevé una pena aún peor que la pena capital: la expulsión del país. Si realmente soy un criminal y merecedor de una pena, con todo, pienso que no puede ser tan grave como la muerte literaria; y por eso pido su sustitución por la expulsión de la URSS. [...] La razón principal de mi petición [...] es mi desesperada situación como escritor dentro de la URSS, debido a la sentencia de muerte que ha sido dictada contra mí como escritor.

Podemos considerar que Zamiatin tuvo suerte, pues consiguió autorización para exiliarse a París, ciudad en la que falleció en 1937. No se puede decir lo mismo con Vladímir Maiakovski (1893-1930), quien se suicidó, entre otras cosas por el calvario que sufrió debido a las trabas que puso el régimen a La chinche, una «comedia mágica en nueve cuadros» que se estrenó en 1929. Al desagradable y casposo obrero Prisipkin lo congelan durante cincuenta años. Despierta en el futuro, donde lleva consigo la epidemia de la holgazanería, convertido en un parásito, una «chinche» que termina exhibida en el parque zoológico junto con un gran cartel de advertencia: «¡Cuidado! Esto escupe». Por lo visto, la obra no sienta muy bien a Stalin (dicho sea de paso, verdadero aficionado al teatro), quien, después de haber calificado a Maiakovski como «el poeta más grande de nuestra época», lanza contra su persona una campaña de acoso y derribo. El antaño bardo oficial de la Revolución se pega un tiro en el corazón en 1930, tal vez agobiado por la presión a que lo sometió el régimen. Paradojas de la vida, a su muerte se instaura un auténtico culto oficial a su obra poética.


A Mijaíl Bulgákov (1891-1940) no se le permite ninguna de las dos formas de evasión física (exilio o suicidio) que hemos visto, de modo que sus últimos años transcurren como un muerto en vida, silenciado, dentro de su mundo. En esa tesitura produce la mejor novela fáustica de todos los tiempos, El Maestro y Margarita; ya había escrito dos recomendables incursiones en la ciencia ficción a lo H. G. Wells: Los huevos fatales (1924)  y Corazón de perro (1925). Vaya por delante de todo que es mi escritor favorito, pero ya publiqué un artículo sobre su obra literaria en el número 6 de la revista Cyber Fantasy (que rescaté para el blog, y que podéis leer si seguís este enlace).


Hemos visto, pues, cómo evoluciona la ciencia ficción durante los primeros años del régimen soviético. Más tarde, ya después de la segunda guerra mundial, se asienta y produce otras obras y autores destacables, como las de Iván Yefrémov, o los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, pero son materia para otros ensayos, que tal vez me anime a escribir más adelante.

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miércoles, 6 de abril de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (II)

Segunda parte del artículo que comencé a publicar la semana pasada. En esta ocasión introduzco poquitos cambios con respecto a la redacción original. Raquel Marqués me ha echado una mano con algunas transliteraciones y referencias literarias. ¡Muchas gracias! Si tengo que recomendar alguno de los títulos de los que hablo en esta actualización, sin duda me decanto por Aelita y El hiperboloide del ingenieron Garin, ambas de Alexéi Tolstói. Pero claro, la segunda está inencontrable, excepto tal vez en Iberlibro. A disfrutar con esta entrega. Aviso: he pulido algunos defectillos de la primera edición del artículo, más que nada en lo relativo a referencias bibliográficas inexactas o incluso inexistentes. Que lo sepáis.


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La ciencia ficción «oficial»


Con el triunfo de la Revolución rusa de 1917 prolifera la muy políticamente correcta ciencia ficción «oficial». Un precedente podría ser Plutonia (1915), de Vladímir Óbruchev, émulo del Julio Verne de Viaje al centro de la tierra o el Edgar Rice Burroughs de la serie Pellucidar. La acción transcurre en el interior de la tierra, un mundo lleno de dinosaurios, mamuts y hombres de Neanderthal. Curiosamente, Óbruchev era paleontólogo, igual que otro de los grandes autores de ciencia ficción soviética, Iván Yefrémov. En 1924 vuelve a la carga con otra novela de temática similar, La tierra de Sannikov, ambientada en las míticas e inexistentes islas homónimas de las leyendas rusas, una especie de isla de san Barandán ubicada en el océano Ártico; fue llevada al cine en 1973.



No obstante, la regla general la marcan obras como Viaje de mi hermano Alexéi a los países de la utopía campesina (Alexandr Chayánov, 1920), prototipo de la ciencia ficción de tipo social que, sin embargo, no pudo salvar a su autor  de la deportación a Kazajistán en la década de 1930, tras un juicio secreto.
También cabe destacar Tiempo adelante, de Valentín Katáiev, dramaturgo y novelista de aventuras, quien se convirtió en uno de los escritores favoritos del régimen después de la segunda guerra mundial.
Aunque, si hemos de hablar de autores oficiales del régimen, no queda más remedio que referirse al siempre interesante Iliá Ehrenburg. También tenemos El trust  D. E. (1923), en la que se nos describe una conjura del capitalismo estadounidense para destruir Europa mediante la guerra química y bacteriológica. No parece estar a la altura de sus obras más reconocidas, la sátira anticapitalista Julio Jurenito y sus discípulos (1922) y la loa soviética El deshielo (1954), ni de su interesante libro de viajes España, república de trabajadores (1932), pero su temática, a medio camino entre la novela de espionaje a lo James Bond y la propaganda política más descarada, nos permite enlazar con el siguiente de los autores, tal vez el más interesante de los que mencionaremos en este epígrafe: Alexéi Tolstói (1882-1945), quien, por cierto, y a pesar de lo que afirman diversas fuentes mal informadas, no guardaba parentesco alguno con su supuesto tío, León Tolstói.


Tolstói es un caso singular. Huye de la Revolución en 1918, y regresa cinco años después, convertido en un entusiasta propagandista del régimen. Progresivamente decantado hacia el realismo y la novela histórica, sus primeras obras son, sin embargo, de ciencia ficción. 


Citemos su Aelita (1922), que sirvió como punto de partida para una célebre película homónima (Yákov Protazanov, 1924) y que relata los amores entre un ingeniero ruso y una bella marciana, con una revolución marxista  en Marte como telón de fondo. Se ha editado también con el título Expedición a Marte.



Casi tan famosa como la novela citada, aunque mucho menos reeditada en castellano, es El hiperboloide del ingeniero Garin (1925-1927), en la que nos presenta al poco escrupuloso personaje homónimo, un científico loco dispuesto a dominar el mundo con su «hiperboloide», rayo lumínico de efectos devastadores, en cierto modo precursor del láser. Sus colaboradores, forzosos unos, voluntarios otros, son la bellísima Zoia Monroz, femme fatale donde las haya y menos escrupulosa incluso que Garin; el magnate de la industria química estadounidense Rolling, un tiburón de los negocios que está dispuesto a colonizar Europa (y aquí enlazamos con la novela de Ehrenburg), y el inspector soviético Shelgá, elemento meramente decorativo en la novela hasta que, en las últimas páginas, se dedica a organizar una revolución socialista mundial, nada menos.  



Podríamos considerar esta novela como un buen ejemplo de novela popular de acción, misterio y política ficción, una especie de James Bond puesto del revés. Baste saber que Garin codicia las reservas mundiales de oro, ocultas en la «capa olivínica» de la corteza terrestre, con la intención de depreciarlo y revalorizarlo a voluntad para así controlar la marcha de la economía mundial. La Europa de la novela está deshecha por la primera guerra mundial, el revanchismo y la previsible futura conflagración mundial son evidentes -al igual que en otras novelas de la época, por ejemplo La Guerra de las Salamandras, de Karel Čapek -, y no es muy difícil ver en Garin un símbolo del emergente fascismo, del mismo modo que Rolling lo es del capitalismo internacional aliado con el fascismo, Shelgá es un trasunto del prometedor futuro comunista, y Zoia no es sino la vieja y desorientada Europa, dispuesta a venderse al mejor postor. En un momento dado, Garin expone sus delirantes intenciones a Shelgá:

Lo interesante del caso es que no se trata de una utopía. [...] Simplemente soy lógico. [...] Está claro  que a Rolling no le he dicho nada, porque no es más que un bestia. [...] Verdad es que Rolling y todos los Rolling del   mundo hacen a ciegas lo que he desarrollado creando un amplio y preciso programa. Pero lo hacen como bárbaros, pesada y lentamente. [...] Mi primera amenaza al mundo será dar al traste con el valor del oro. Obtendré cuanto oro quiera. Después pasaré a la ofensiva. Estallará una guerra más terrible que la del catorce. Mi victoria está asegurada. Luego procederé a la selección de la gente que quede viva después de la contienda y de mi victoria, aniquilaré a los indeseables, y la raza por mí elegida empezará a vivir como corresponde a dioses, mientras los «operarios» trabajarán con todo empeño, tan satisfechos de su vida como los primeros habitantes del paraíso.                   
                (Cap. 86)

La novela se lee muy bien, pese a ciertas estridencias y derrapes neurononales hacia el final. Se trata de una obra que aún posee cierto encanto, por lo cual recomiendo encarecidamente su búsqueda a los lectores de este artículo. Y, a los editores que me estén leyendo, su reedición.
Más famoso aún fue Alexandr Beliáiev (1884-1942), el Julio Verne de la ciencia ficción soviética. Autor de ingente producción (unos sesenta libros), destaca por su agilidad narrativa, que compensa con creces el hecho de no haber envejecido lo que se dice muy bien. Empero, ha sido la principal influencia de todos los autores de ciencia ficción soviéticos posteriores, el equivalente a Heinlein y Asimov juntos en un solo escritor. A todo ello no es ajena su trayectoria humana: pasó gran parte de su vida postrado en la cama, a consecuencia de una caída que se produjo a los catorce años, mientras intentaba volar en un aparato de su invención. Como muy bien se señala en la Enciclopedia de Peter Nicholls, este hecho explica el que los protagonistas de sus obras sean casi siempre seres dotados de superpoderes y habilidades especiales (excepto en El ojo mágico, como veremos). Consagrado a escribir ciencia ficción desde 1925, le gustaba ambientar sus novelas en países capitalistas, gracias a lo que efectuaba feroces críticas, no exentas de ingenio, de su modo de vida, como en el relato «Míster Risus», que narra las andanzas de un estadounidense dedicado al mundo del espectáculo, cuyo mayor afán es lograr una explicación científica del fenómeno de la risa y vengarse del empresario que se negara a hacerle partícipe de los beneficios que legítimamente le correspondían por sus chistes.



Otra de las grandes preocupaciones de Beliáiev es la meticulosidad con que maneja los datos científicos, tal y como demuestra en «La gravedad ha desaparecido», perteneciente a una serie de relatos protagonizados por el profesor Wagner, quien en esta ocasión utiliza la hipnosis para impartir al lector, en un tono marcadamente cientifista, una lección sobre las leyes de la gravedad y la fuerza centrífuga.
Las únicas obras de Beliáiev que he podido encontrar en castellano son La estrella Ketz, Ictiandro (también conocida como El hombre anfibio), El ojo mágico y Ariel. Como tampoco se trata de hacer interminable este artículo, me referiré brevemente a las dos últimas.


De El ojo mágico (1938) sorprende su ingenuo optimismo con respecto a las posibilidades de la ciencia y la tecnología. El autor desarrolla la idea de la televisión -el «ojo mágico» que da título a la obra- y sus múltiples aplicaciones prácticas, en particular la investigación subacuática. No menos optimista se muestra con respecto a la energía nuclear:

Sí, la piedra filosofal. El sueño de los alquimistas sobre la transformación de los elementos... No es solamente una revolución. ¡Es una nueva época de la química, de la historia de la Humanidad! [...] Los motores atómicos realizarán una completa revolución en la técnica y en la vida. Seremos inmensamente más fuertes y ricos.
                  (pp. 39-43)

En cuanto a los logros de la ciencia soviética, nos encontramos con perlas propagandísticas como la siguiente:

El encuentro de la flotilla soviética en el océano Atlántico en el lugar de la catástrofe del Leviatán fue un golpe inesperado para Scott. No dudaba de que los bolcheviques en algún modo habían olido el oro. [...] Ellos disponían de tres barcos, excelentes instalaciones de televisión y, sobre todo, casi inagotables recursos materiales y técnicos. [...] ¡Una potencia que no ahorraba recursos con tal de lograr su objetivo!
                   (p. 162)

El argumento no tiene el menor desperdicio. Don Blasco Jurgés naufraga a bordo del transatlántico Leviatán, llevándose a las profundidades abisales la fórmula de la energía atómica. El periodista español Blasco Azores (sic) indaga en Argentina, patria del finado Jurgés, y convence a las autoridades soviéticas para organizar una expedición, capitaneada por el ingeniero Borin  y seguida desde su hogar -a través de la televisión- por el joven Mishka Borin, convaleciente de un accidente. Una vez en el Atlántico, y después de descubrir nada menos que la Atlántida (total: pillaba de camino...), coinciden con otra expedición, dirigida por un tal Scott, siempre dispuesto a entorpecerles la tarea. ¿Buscará también la fórmula? ¿Se saldrá con la suya? La solución, cuando leáis la novela.
Algo más floja, pero en todo caso digna, es Ariel (1941), que narra la historia de un joven heredero inglés a quien sus tutores, para desposeerle de su patrimonio, ingresan en una extrañísima escuela teosófica de la India. Un tal doctor Hyde, el científico loco de rigor, le enseña a volar. Ariel huye de su internado y sobrevuela toda la India, donde conoce la injusticia del sistema de castas. Es tomado por un dios, sirve de bufón al rajá y acaba trabajando en un circo, antes de viajar a Nueva York, ciudad en la que lo vemos trabajando de Supermán. Harto de los Estados Unidos, donde «una buena intención puede devenir un crimen horrible», regresa a la India, junto a sus verdaderos amigos. Pese a su carácter moralizante y una bastante primaria crítica social, la novela demuestra que Beliáiev no era en absoluto un mal escritor, que no mereció en absoluto su trágico final -murió, vencido por el hambre, en 1942- y que merece ser leído, bien es verdad que con una sonrisa en los labios.


Pero la ciencia ficción «oficial» no termina con Beliáiev. Se publican obras como Dentro de mil años (1927), de V. Nikolski, donde se predice una explosión nuclear para ¡1945!; La tierra feliz (1931), de Yan Larri y, para terminar, la muy panfletaria El secreto de los dos océanos (1938), de Gueorgui Adámov.   
(Continuará.)

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jueves, 31 de marzo de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (I)

Confieso que cuelgo esta entrada en el blog porque de un tiempo a esta parte he visto varias ediciones piratas del artículo que le da nombre. En una de ellas, incluso me encuentro con párrafos enteros del artículo original, pero firmados por otro señor. Así pues, procedo a actualizarlo un poco, ya que se ha publicado mucho y muy buen material desde que lo escribí a finales de la década de 1990. De paso, he reescrito algunos párrafos que me parecían particularmente mal escritos.
Este artículo estaba pensado para publicarse en el fanzine Kenbeo Kenmaro, aunque al final lo hizo en otro fanzine, Ad Astra. En su momento era una puñetera marcianada, pero ahora, gracias a los esfuerzos de editoriales como Nevsky Prospects, los libros que se mencionan están comenzando a publicarse en castellano y, en resumen, tiene mucho más sentido darlo a conocer. 
Tal como lo he planteado, aparecerá en tres partes, y, además, es más que probable que lo alterne con algún resumen de la estupendísima charla sobre Stanislaw Lem que se celebró la semana pasada en Kosmopolis 2011. Sí, tengo la semana rusófila y polacófila. Lo segundo se explica porque Lem es de mis autores favoritos, y lo primero, porque 2011 es el año de Rusia en España y de España en Rusia, y me apunto al carro celebrador.
Soltado el rollo, os dejo con la chicha. Que disfrutéis del artículo, y recordad: todavía quedan dos entregas. Total, si lo publico en una sola no vais a leerlo porque "hay mucho texto"...

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Cantos estelares de un viejo koljós
(La ciencia ficción soviética de entreguerras)


Juan Manuel Santiago


Una necesaria introducción


Cualquier analista de la «prehistoria» de la ciencia ficción no anglosajona pecaría de injusto si omitiese una breve referencia a la evolución del género en la antigua Unión Soviética, por una serie de razones que van desde su peculiar carácter hasta la ingente producción y repercusión que el género fantástico tuvo (y vuelve a tener) en los países del Este, pasando por el hecho de que ha producido algunos de los grandes hitos literarios de la historia del fantástico (Nosotros, de Zamiatin, o El Maestro y Margarita, de Bulgákov) o, en resumen, a la indiscutible superioridad que la ciencia ficción europea (con la soviética a la cabeza) tuvo durante sobre la estadounidense durante esos años.


Las características de la ciencia ficción soviética se apartan de cualquier otro modelo, casi hasta el punto de que deberíamos considerarla un mundo diferente del anglosajón, con sus propios puntos de referencia y objetivos. Esta situación ya se adivinaba en el período de entreguerras, en el que confluyen la «prehistoria» del modelo que durante las décadas de 1950 y 1960 popularizarían autores de la talla de Iván Yefrémov, Anatoli Dneprov o los hermanos Arkadi y Borís Strugatski y, por otro lado, la plenitud de una ciencia ficción más vanguardista e interesante pero tristemente abortada  como fue la que cultivaron los Bulgákov o Zamiatin. Tal contraposición responde al enfrentamiento entre dos modos opuestos de entender la cultura: uno, que podríamos denominar el «oficial», y otro, el «disidente». 
La cultura «oficial» -o «clasicismo de izquierdas», afortunada expresión de Manuel Vázquez Montalbán al referirse a la arquitectura del período-1 nace de la desesperada necesidad del régimen de consolidarse y diferenciarse de los dos grandes peligros que atenazan la aún frágil Revolución: el capitalismo y los incipientes movimientos fascistas. Frente a ellos hay que crear, en un primer momento, prácticamente de la nada, unas señas de identidad en las que reconocerse, un nuevo sistema de valores que ayude a salir del peligro al sistema, único en el mundo y por tanto sobreexpuesto a cualquier tipo de amenaza exterior. Una vez consolidado el sistema, en la década de 1930, se produce un segundo momento caracterizado por la rigidez, las apoteósicas exaltaciones del régimen, el gigantismo arquitectónico, las estereotipadas defensas del sistema y los no menos estereotipados ataques al fascismo y el capitalismo, las grandes demostraciones de masas y el culto ciego a la persona de Stalin. Es un mundo maniqueo, de buenos y malos, como corresponde a una sociedad en estado prebélico.
La cultura «disidente», por contra, es más rica en matices. Evoluciona desde el momentáneo apoyo a la Revolución -gran parte de sus artífices había padecido la represión del agónico Estado zarista- hasta una postura libre de ataduras serviles que se acaba convirtiendo en una molestia para el régimen, unas veces de modo consciente, y otras por la estrechez de miras de la cultura «oficial». Es una inquieta amalgama en la que se mueven nombres ilustres del arte universal de todos los tiempos como Rodchenko, Kandinski, El Lissitzki o Maiakovski. La mayoría de ellos desaparecen en la década de 1930, o bien exiliados, o bien muertos en vida, o bien forzados al suicidio.
Además de esta dialéctica entre oficialidad y disidencia hay que valorar otros elementos no menos relevantes que nos pueden ayudar a entender mejor el carácter de la ciencia ficción soviética. Muy ligado al carácter «estatal» u «oficial» de la cultura se halla el didactismo o «cientifismo». Y no es por casualidad: el amor a la ciencia es fundamental en un pueblo como el que desean las autoridades soviéticas, y la ciencia ficción es una buena manera de inculcárselo, de «instruir deleitando» al Homo sovieticus. No es extraño leer relatos de ciencia ficción intercalados en breviarios de astronomía, como por ejemplo Nueva astronomía popular, de V. Komárov (Ed. Mir, col. Ciencia Popular. Moscú, 1985). 

Tampoco hay que olvidar la idiosincrasia de la literatura rusa, manifestada en una personalidad y unas influencias literarias muy peculiares. Tenemos, en primer lugar, una amplia y fructífera tradición autóctona, los «novelones» de unos Dostoievski, Tolstói o Gógol, especialmente virtuosos en el retrato de personajes. Añadamos otra característica de la cultura rusa: el fortísimo influjo de la cultura francesa, que convierte a Julio Verne en un autor especialmente querido. Existe también una innegable influencia de H. G. Wells, uno de los escasos intelectuales punteros que se atreven a viajar a la Unión Soviética recién fundada, y de quien se dice que comentó a Lenin, en el transcurso de su entrevista del 6 de octubre de 1920: «¿Electrificar la Rusia arruinada? ¡Usted es aún más fantaseador que yo, Sir!».2  Por último, cabe destacar la querencia, muy rusa, por el teatro: no es por azar que al menos tres dramaturgos -Zamiatin, Maiakovski y Bulgákov- escriban obras de teatro (o con el teatro como protagonista) de temática fantástica.


La primera referencia a la ciencia ficción rusa «oficial» data del siglo xvi, con un opúsculo titulado La leyenda del Sultán Mahomet, de Iván Peresvietov. Se trata de una epístola que el autor escribe al zar Iván el Terrible para implorarle un Estado más centralizado, a imagen y semejanza del que implantó el sultán que conquistó Constantinopla. Incluye los inevitables consejos acerca de cómo debe gobernar un buen zar, el papel que debe desempeñar la Duma (siempre subordinado a los dictados del buen gobernante) y, en resumen, cómo es necesario un ejército fuerte para salvaguardar el Estado e impedir que lo conquisten potencias extranjeras. Sin haberlo leído (no me consta que esté traducido al castellano), da la impresión de que se trata de una obra a medio camino entre El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, y Utopía, de Tomás Moro. Ni que decir tiene que tuvo gran predicamento durante la dictadura de Stalin.
Ya en el siglo xix tenemos Viaje al país de Ofir (1806), del príncipe Sherbatov, de la que no tengo más referencia que el título.
Sin embargo, sí está editado «El año 4338» (1840), del también príncipe Vladímir Odóievski, recopilado en El día de año nuevo y otros cuentos maravillosos (Nevsky Prospects, Madrid, 2010). Escrito a la manera epistolar, nos retrata un curioso futuro en el que un cometa está a punto de destruir la tierra. Resulta interesante (y muy actual) el hecho de que el narrador es chino. El mundo está dominado por Rusia y su inmenso genio, pero China ha adoptado el papel de potencia emergente gracias a un Mao Zedong avant-la-lettre, en detrimento de unos Estados Unidos que Odóievski ve como sumidos aún en el salvajismo: en el momento en que se escribió el relato faltaba medio siglo para que se produjesen la guerra de Secesión y la conquista del Oeste. Destaca el moderado optimismo con respecto a los logros científicos de la época: por lo que se nos cuenta en el relato, el hombre no desarrolla ingenios voladores hasta el siglo xxii, pero existen trenes eléctricos que cruzan el túnel del Himalaya a la velocidad de la luz (sic). No es el único relato fantástico de este descendiente del mítico Rúrik, el fundador de las primeras factorías varegas (vikingas) en la actual Rusia, pero sí el único que entra de lleno en el género de ciencia ficción. Sea como fuere, es el primer relato en el que, de manera consciente, se nos retrata un escenario futurista, si bien es cierto que su intención primaria es glosar las excelencias del genio ruso.

Otra obra destacable es la precursora de la utopía socialista, ¿Qué hacer? (1863), de Nikolái Chernichevski, uno de los máximos exponentes del socialismo utópico ruso, dirigida a los jóvenes rusos que habían crecido bajo el influjo de la guerra de Crimea. Chernichevski era un teórico cuyo análisis sobre las contradicciones internas del sistema financiero burgués había sido elogiado por el mismísimo Karl Marx pero le había valido la cárcel. Con esta novela obtiene su mayor éxito popular, y de hecho era uno de los libros de cabecera de Lenin. Aunque está impregnada del socialismo utópico del autor, lo cierto es que el componente fantástico parece bastante atenuado, y se limita a las visiones de futuro del protagonista, un ejemplo inmejorable del Hombre Nuevo que más adelante perfeccionaría la literatura propagandística soviética. Las imágenes de un hombre del futuro que vive en un palacio de cristal pueden remitir, como veremos más adelante, a Yevgueni Zamiatin y su novela Nosotros, cuyos protagonistas viven también en edificios de cristal, aunque despojados de todo componente positivo. (Se trata, más bien, de una cruel metáfora del control social del régimen.)
Domingo Santos menciona «El sueño de un hombre ridículo», de Fiódor Dostoievski, un acabado ejemplo de literatura utópica con un fuerte componente religioso, o las fantasías satíricas de Nikolái Gógol. En todo caso, quien desee conocer el género en la Rusia zarista debería acudir al reeditadísimo cuento de Chéjov «Las islas voladoras» (1885), una lograda parodia de Julio Verne. 



El siglo xix en Rusia está, mal que pese al estudioso, marcado por la tradición realista de los Tolstói, Dostoievski o Gógol. No obstante, el romanticismo y los nacionalismos literarios y artísticos hacen que brote un súbito interés por la tradición y el folclore, por obra y gracia de Aleksándr Afanásiev y sus Cuentos tradicionales rusos. Asimismo, la burguesía y la aristocracia tienen acceso a las novedades que llegan de Francia y Alemania, de modo que la tradición de la literatura gótica produce obras muy estimables en la Rusia decimonónica. E. T. A. Hoffmann da la mano a Baba Yaga. Julio Verne, a las hadas. Parte de estos relatos están recogidos en la muy estimable antología Rusia gótica (Nevsky Prospects, Madrid, 2009). Emplazo al lector a que descubra joyitas como «El hombre lobo», de Orest Sómov, o «La vendedora de pasteles», de Antoni Pogorelski.



Ya en el siglo xx, los eruditos suelen citar El sol líquido, de Alexandr Kuprin (1912), que vaticina la utilización de la energía solar; La Icaria rusa, de P. Sakulina o las obras de Konstantin Tsiolkovski, el padre de la astronáutica. Sin embargo, poco o ninguno de ese material está disponible para el lector castellanoparlante, con la excepción de Estrella roja, de Alexander Bodgánov (1908; Nevsky Prospects, Madrid, 2010), una inocente utopía en la que se nos presenta un Marte comunista (idea que se repetirá en la mucho más lograda Aelita, de Alexéi Tolstói, de la que hablaremos en la próxima entrega de este ensayo) y que la promoción española de la editorial Nevsky Prospects definió, no sin algo de razón, como «la primera novela steampunk en ruso». Lo más destacable de la novela es el eteroneff, el medio de transporte en el que los marcianos de Menni llevan al protagonista a su planeta.



A modo de resumen, la ciencia ficción soviética de estos años no recibe la menor influencia de la por entonces segundona y atrasada ciencia ficción estadounidense, que aún tardará un lustro en desarrollarse gracias al empuje que le dio Hugo Gernsback desde la revista Amazing Stories (fundada en 1926) y el boom de las revistas pulp durante el período de entreguerras. Es todavía una ciencia ficción europea, muy influida por Julio Verne y la tradición de la literatura utópica, que debe más a la novela gótica que a las fantasías científicas de la era industrial.
Aclarado esto, en la próxima entrega pasaremos a referir los principales logros de la ciencia ficción soviética «oficial» del período de entreguerras.
(Continuará.)

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