miércoles, 6 de abril de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (II)

Segunda parte del artículo que comencé a publicar la semana pasada. En esta ocasión introduzco poquitos cambios con respecto a la redacción original. Raquel Marqués me ha echado una mano con algunas transliteraciones y referencias literarias. ¡Muchas gracias! Si tengo que recomendar alguno de los títulos de los que hablo en esta actualización, sin duda me decanto por Aelita y El hiperboloide del ingenieron Garin, ambas de Alexéi Tolstói. Pero claro, la segunda está inencontrable, excepto tal vez en Iberlibro. A disfrutar con esta entrega. Aviso: he pulido algunos defectillos de la primera edición del artículo, más que nada en lo relativo a referencias bibliográficas inexactas o incluso inexistentes. Que lo sepáis.


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La ciencia ficción «oficial»


Con el triunfo de la Revolución rusa de 1917 prolifera la muy políticamente correcta ciencia ficción «oficial». Un precedente podría ser Plutonia (1915), de Vladímir Óbruchev, émulo del Julio Verne de Viaje al centro de la tierra o el Edgar Rice Burroughs de la serie Pellucidar. La acción transcurre en el interior de la tierra, un mundo lleno de dinosaurios, mamuts y hombres de Neanderthal. Curiosamente, Óbruchev era paleontólogo, igual que otro de los grandes autores de ciencia ficción soviética, Iván Yefrémov. En 1924 vuelve a la carga con otra novela de temática similar, La tierra de Sannikov, ambientada en las míticas e inexistentes islas homónimas de las leyendas rusas, una especie de isla de san Barandán ubicada en el océano Ártico; fue llevada al cine en 1973.



No obstante, la regla general la marcan obras como Viaje de mi hermano Alexéi a los países de la utopía campesina (Alexandr Chayánov, 1920), prototipo de la ciencia ficción de tipo social que, sin embargo, no pudo salvar a su autor  de la deportación a Kazajistán en la década de 1930, tras un juicio secreto.
También cabe destacar Tiempo adelante, de Valentín Katáiev, dramaturgo y novelista de aventuras, quien se convirtió en uno de los escritores favoritos del régimen después de la segunda guerra mundial.
Aunque, si hemos de hablar de autores oficiales del régimen, no queda más remedio que referirse al siempre interesante Iliá Ehrenburg. También tenemos El trust  D. E. (1923), en la que se nos describe una conjura del capitalismo estadounidense para destruir Europa mediante la guerra química y bacteriológica. No parece estar a la altura de sus obras más reconocidas, la sátira anticapitalista Julio Jurenito y sus discípulos (1922) y la loa soviética El deshielo (1954), ni de su interesante libro de viajes España, república de trabajadores (1932), pero su temática, a medio camino entre la novela de espionaje a lo James Bond y la propaganda política más descarada, nos permite enlazar con el siguiente de los autores, tal vez el más interesante de los que mencionaremos en este epígrafe: Alexéi Tolstói (1882-1945), quien, por cierto, y a pesar de lo que afirman diversas fuentes mal informadas, no guardaba parentesco alguno con su supuesto tío, León Tolstói.


Tolstói es un caso singular. Huye de la Revolución en 1918, y regresa cinco años después, convertido en un entusiasta propagandista del régimen. Progresivamente decantado hacia el realismo y la novela histórica, sus primeras obras son, sin embargo, de ciencia ficción. 


Citemos su Aelita (1922), que sirvió como punto de partida para una célebre película homónima (Yákov Protazanov, 1924) y que relata los amores entre un ingeniero ruso y una bella marciana, con una revolución marxista  en Marte como telón de fondo. Se ha editado también con el título Expedición a Marte.



Casi tan famosa como la novela citada, aunque mucho menos reeditada en castellano, es El hiperboloide del ingeniero Garin (1925-1927), en la que nos presenta al poco escrupuloso personaje homónimo, un científico loco dispuesto a dominar el mundo con su «hiperboloide», rayo lumínico de efectos devastadores, en cierto modo precursor del láser. Sus colaboradores, forzosos unos, voluntarios otros, son la bellísima Zoia Monroz, femme fatale donde las haya y menos escrupulosa incluso que Garin; el magnate de la industria química estadounidense Rolling, un tiburón de los negocios que está dispuesto a colonizar Europa (y aquí enlazamos con la novela de Ehrenburg), y el inspector soviético Shelgá, elemento meramente decorativo en la novela hasta que, en las últimas páginas, se dedica a organizar una revolución socialista mundial, nada menos.  



Podríamos considerar esta novela como un buen ejemplo de novela popular de acción, misterio y política ficción, una especie de James Bond puesto del revés. Baste saber que Garin codicia las reservas mundiales de oro, ocultas en la «capa olivínica» de la corteza terrestre, con la intención de depreciarlo y revalorizarlo a voluntad para así controlar la marcha de la economía mundial. La Europa de la novela está deshecha por la primera guerra mundial, el revanchismo y la previsible futura conflagración mundial son evidentes -al igual que en otras novelas de la época, por ejemplo La Guerra de las Salamandras, de Karel Čapek -, y no es muy difícil ver en Garin un símbolo del emergente fascismo, del mismo modo que Rolling lo es del capitalismo internacional aliado con el fascismo, Shelgá es un trasunto del prometedor futuro comunista, y Zoia no es sino la vieja y desorientada Europa, dispuesta a venderse al mejor postor. En un momento dado, Garin expone sus delirantes intenciones a Shelgá:

Lo interesante del caso es que no se trata de una utopía. [...] Simplemente soy lógico. [...] Está claro  que a Rolling no le he dicho nada, porque no es más que un bestia. [...] Verdad es que Rolling y todos los Rolling del   mundo hacen a ciegas lo que he desarrollado creando un amplio y preciso programa. Pero lo hacen como bárbaros, pesada y lentamente. [...] Mi primera amenaza al mundo será dar al traste con el valor del oro. Obtendré cuanto oro quiera. Después pasaré a la ofensiva. Estallará una guerra más terrible que la del catorce. Mi victoria está asegurada. Luego procederé a la selección de la gente que quede viva después de la contienda y de mi victoria, aniquilaré a los indeseables, y la raza por mí elegida empezará a vivir como corresponde a dioses, mientras los «operarios» trabajarán con todo empeño, tan satisfechos de su vida como los primeros habitantes del paraíso.                   
                (Cap. 86)

La novela se lee muy bien, pese a ciertas estridencias y derrapes neurononales hacia el final. Se trata de una obra que aún posee cierto encanto, por lo cual recomiendo encarecidamente su búsqueda a los lectores de este artículo. Y, a los editores que me estén leyendo, su reedición.
Más famoso aún fue Alexandr Beliáiev (1884-1942), el Julio Verne de la ciencia ficción soviética. Autor de ingente producción (unos sesenta libros), destaca por su agilidad narrativa, que compensa con creces el hecho de no haber envejecido lo que se dice muy bien. Empero, ha sido la principal influencia de todos los autores de ciencia ficción soviéticos posteriores, el equivalente a Heinlein y Asimov juntos en un solo escritor. A todo ello no es ajena su trayectoria humana: pasó gran parte de su vida postrado en la cama, a consecuencia de una caída que se produjo a los catorce años, mientras intentaba volar en un aparato de su invención. Como muy bien se señala en la Enciclopedia de Peter Nicholls, este hecho explica el que los protagonistas de sus obras sean casi siempre seres dotados de superpoderes y habilidades especiales (excepto en El ojo mágico, como veremos). Consagrado a escribir ciencia ficción desde 1925, le gustaba ambientar sus novelas en países capitalistas, gracias a lo que efectuaba feroces críticas, no exentas de ingenio, de su modo de vida, como en el relato «Míster Risus», que narra las andanzas de un estadounidense dedicado al mundo del espectáculo, cuyo mayor afán es lograr una explicación científica del fenómeno de la risa y vengarse del empresario que se negara a hacerle partícipe de los beneficios que legítimamente le correspondían por sus chistes.



Otra de las grandes preocupaciones de Beliáiev es la meticulosidad con que maneja los datos científicos, tal y como demuestra en «La gravedad ha desaparecido», perteneciente a una serie de relatos protagonizados por el profesor Wagner, quien en esta ocasión utiliza la hipnosis para impartir al lector, en un tono marcadamente cientifista, una lección sobre las leyes de la gravedad y la fuerza centrífuga.
Las únicas obras de Beliáiev que he podido encontrar en castellano son La estrella Ketz, Ictiandro (también conocida como El hombre anfibio), El ojo mágico y Ariel. Como tampoco se trata de hacer interminable este artículo, me referiré brevemente a las dos últimas.


De El ojo mágico (1938) sorprende su ingenuo optimismo con respecto a las posibilidades de la ciencia y la tecnología. El autor desarrolla la idea de la televisión -el «ojo mágico» que da título a la obra- y sus múltiples aplicaciones prácticas, en particular la investigación subacuática. No menos optimista se muestra con respecto a la energía nuclear:

Sí, la piedra filosofal. El sueño de los alquimistas sobre la transformación de los elementos... No es solamente una revolución. ¡Es una nueva época de la química, de la historia de la Humanidad! [...] Los motores atómicos realizarán una completa revolución en la técnica y en la vida. Seremos inmensamente más fuertes y ricos.
                  (pp. 39-43)

En cuanto a los logros de la ciencia soviética, nos encontramos con perlas propagandísticas como la siguiente:

El encuentro de la flotilla soviética en el océano Atlántico en el lugar de la catástrofe del Leviatán fue un golpe inesperado para Scott. No dudaba de que los bolcheviques en algún modo habían olido el oro. [...] Ellos disponían de tres barcos, excelentes instalaciones de televisión y, sobre todo, casi inagotables recursos materiales y técnicos. [...] ¡Una potencia que no ahorraba recursos con tal de lograr su objetivo!
                   (p. 162)

El argumento no tiene el menor desperdicio. Don Blasco Jurgés naufraga a bordo del transatlántico Leviatán, llevándose a las profundidades abisales la fórmula de la energía atómica. El periodista español Blasco Azores (sic) indaga en Argentina, patria del finado Jurgés, y convence a las autoridades soviéticas para organizar una expedición, capitaneada por el ingeniero Borin  y seguida desde su hogar -a través de la televisión- por el joven Mishka Borin, convaleciente de un accidente. Una vez en el Atlántico, y después de descubrir nada menos que la Atlántida (total: pillaba de camino...), coinciden con otra expedición, dirigida por un tal Scott, siempre dispuesto a entorpecerles la tarea. ¿Buscará también la fórmula? ¿Se saldrá con la suya? La solución, cuando leáis la novela.
Algo más floja, pero en todo caso digna, es Ariel (1941), que narra la historia de un joven heredero inglés a quien sus tutores, para desposeerle de su patrimonio, ingresan en una extrañísima escuela teosófica de la India. Un tal doctor Hyde, el científico loco de rigor, le enseña a volar. Ariel huye de su internado y sobrevuela toda la India, donde conoce la injusticia del sistema de castas. Es tomado por un dios, sirve de bufón al rajá y acaba trabajando en un circo, antes de viajar a Nueva York, ciudad en la que lo vemos trabajando de Supermán. Harto de los Estados Unidos, donde «una buena intención puede devenir un crimen horrible», regresa a la India, junto a sus verdaderos amigos. Pese a su carácter moralizante y una bastante primaria crítica social, la novela demuestra que Beliáiev no era en absoluto un mal escritor, que no mereció en absoluto su trágico final -murió, vencido por el hambre, en 1942- y que merece ser leído, bien es verdad que con una sonrisa en los labios.


Pero la ciencia ficción «oficial» no termina con Beliáiev. Se publican obras como Dentro de mil años (1927), de V. Nikolski, donde se predice una explosión nuclear para ¡1945!; La tierra feliz (1931), de Yan Larri y, para terminar, la muy panfletaria El secreto de los dos océanos (1938), de Gueorgui Adámov.   
(Continuará.)

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