lunes, 11 de abril de 2011

Cantos estelares de un viejo koljós: La ciencia ficción soviética de entreguerras (y III)

Concluye aquí el ensayo sobre la ciencia ficción rusa anterior a la segunda guerra mundial, que he estado publicando en el blog durante los últimos días. En la primera entrega nos quedamos en los umbrales de la Revolución Rusa, y en la segunda analizábamos la ciencia ficción oficial del nuevo régimen soviético. En esta entrega concluiremos con un vistazo a la ciencia ficción disidente, con especial atención a la obra maestra de la ciencia ficción europea no anglosajona (con el permiso de Solaris, de Stanislaw Lem, claro está): Nosotros, de Yevgueni Zamiatin. 
De momento lo dejo aquí, ya que embarcarme en un estudio igual de exhaustivo acerca de la ciencia ficción soviética posterior a la segunda guerra mundial sería meterme en un berenjenal considerable. Y, si nos referimos a la ciencia ficción rusa posterior a la caída de los regímenes comunistas, no digamos. En todo caso, y sin ánimo de generalizar, se trata de una ciencia ficción diferente, tal vez más intelectual y menos espectacular que la anglosajona, pero poco estudiada en España, y que ha dado lugar a obras muy recomendables.

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La ciencia ficción «disidente»

Los autores incluidos bajo este epígrafe reciben cierta influencia de la tradición utópica europea de finales del siglo xix, con un marcado carácter de denuncia que los lleva a camuflar sus críticas bajo la apariencia de ciencia ficción. Para entendernos, el paradigma Verne es sustituido por un doble paradigma Wells-Bellamy, el mismo que llevó en estos años a ciertos autores a escribir algunas de las novelas más perdurables del género: Un mundo feliz (1926), de Aldous Huxley; La guerra de las salamandras (1936), de Karel Čapek; 1984 (1949), de George Orwell y, por supuesto, Nosotros (1921), de Yevgueni Zamiatin. No deja de ser un chiste de mal gusto que el súmmum del izquierdismo finisecular (británico, se entiende; en el resto de Europa las cosas estaban más radicalizadas) influyera decisivamente en unos autores que más tarde fueron purgados por Stalin, algunos de ellos tras haber colaborado con la Revolución.


Uno de ellos fue Yevgueni Zamiatin (1884-1937), ingeniero de profesión y gran escritor, a quien no sirvió de nada el haber militado en el partido bolchevique durante los últimos años del zarismo. Su obra literaria y crítica es abultada, aunque poco traducida al castellano. Debe su fama, y no es para menos, a la novela Nosotros (1921), que no dudo en considerar una de las cinco o seis mejores novelas de la historia de la ciencia ficción, y que prefigura las más famosas Un mundo feliz y 1984. Escrita entre 1919 y 1921, se publicó en París de modo clandestino, al igual que gran parte de las novelas de exiliados  políticos rusos (como, por ejemplo, Novela con cocaína, de M. Aguéiev, otro hito de la narrativa rusa del exilio), ampliamente conocida por la intelectualidad occidental de la época -existe constancia de que tanto Huxley como Orwell la habían leido-, pero  nunca editada de modo oficial en Rusia hasta los años de la perestroika.
 
El argumento es sencillo: en el opresivo y mecanizado Estado Único, férreamente gobernado por el Bienhechor, donde nadie tiene derecho siquiera a la intimidad -las paredes son transparentes y sólo puede haber relaciones en los «días sexuales» fijados a tal efecto-, donde toda actividad está regida por la Tabla de las Leyes -no olvidemos que es la época del taylorismo, de ahí las semejanzas con la crítica de Huxley- y el mayor pecado es ser un individuo, vive el ingeniero D-503, constructor de la nave espacial Integral. D-503 conoce a la subversiva I-330, quien hace venirse abajo todos sus esquemas de orden e inmutabilidad del sistema. I-330 marca la educación sentimental de D-503 en el mismo sentido en que Julia marcará la de Winston Smith en 1984. El mismo personaje que al comienzo de la novela afirmaba convencido que «nosotros sabemos que los sueños son una enfermedad psicológica  muy grave» acaba descubriendo, horrorizado, que está enfermo: «Es algo grave. Por lo visto, se le ha formado un alma». Su mente cartesiana llega a la conclusión de que A[ el amor] = (f) M [la muerte] y, más aún,

¿Qué es la felicidad? Todos los deseos son dolorosos y la felicidad solo puede existir cuando los deseos son satisfechos. ¡Qué error tan grave hemos cometido al poner un signo positivo delante de la felicidad! El signo de la felicidad absoluta es el signo menos, el divino signo menos.

Tras un intento de apoderarse de la nave Integral, se somete a D-503 a una operación de lavado de cerebro. Está curado. Vuelve a la realidad:

He dejado de delirar, he dejado de hablar con absurdas metáforas, he dejado de tener sentimientos.

Con lo cual la novela llega a un final feliz, al menos para el ahora rehabilitado protagonista. Las ingenuas ideas revolucionarias han muerto con I-330, «porque no puede haber otra revolución. Porque nuestra revolución fue la última y no puede haber otra».


Imposible de leer de manera desapasionada, Nosotros pone la carne de gallina. El ambiente opresivo, la carencia de esperanzas, la deshumanización de la sociedad... Todo ello la hace mucho más impresionante que la exagerada pirotecnia de 1984. A la casi inaudita  firmeza narrativa de Zamiatin se une una capacidad de evocación visual muy viva: el lector «ve» la novela, como si estuviera en presencia de un cuadro de Kandinski o una escenografía teatral preparada por Ródchenko. Zamiatin, además de vigoroso novelista, también había sido dramaturgo y poeta vanguardista en el inquieto San Petersburgo de primeros de siglo: junto a Borís Pilniak, formó parte del grupo literario de los Hermanos Serapión, y una violenta campaña de prensa contra ambos precipitó la salida de Zamiatin de la URSS. (Este episodio se cita en el muy recomendable libro de Vitali Shentalinski, De los archivos literarios del KGB, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994.) Basta con leer algunas frases entresacadas de su obra para apreciar el poder de su prosa:

¡Con qué placer escuché nuestra música actual! [...] ¡Qué regularidad grandiosa e inflexible! ¡Y qué miserable parecía a su lado la música de los antiguos, libre, absolutamente ilimitada excepto en su fantasía salvaje! […] Cada poeta auténtico es un Cristóbal Colón. América existía muchos siglos antes de Cristóbal Colón, pero éste la descubrió.

Nosotros es más que una obra maestra: es un libro de una complejidad extrema, imposible de abarcar en una sola página de resumen, una novela que gana en matices con cada nueva lectura, una experiencia absolutamente irrepetible.                     
Con ser también un excelente trabajo, el relato «La caverna» (1920) apenas nos da una ligera idea de las posibilidades reales de Zamiatin como prosista, pese a la conseguida descripción de un San Petersburgo poscatastrófico, anegado por el hielo. Tampoco La pulga (1925) va está a la altura de Nosotros, y se queda en un «juguete cómico en cuatro actos», como apunta el propio subtítulo de esta obra teatral... No. Por extraño que suene, la otra obra maestra de este escritor es la carta que dirige a Stalin en 1929, recogida en un interesantísimo volumen conjunto con las cartas de Bulgákov a Stalin (Cartas a Stalin, VeintisieteLetras, Madrid, 2010). Leamos algunos fragmentos:

La crítica ha hecho de mí el diablo de la literatura soviética. Escupir al diablo se considera una buena acción y nadie se priva de hacerlo. [...] El Código Penal soviético prevé una pena aún peor que la pena capital: la expulsión del país. Si realmente soy un criminal y merecedor de una pena, con todo, pienso que no puede ser tan grave como la muerte literaria; y por eso pido su sustitución por la expulsión de la URSS. [...] La razón principal de mi petición [...] es mi desesperada situación como escritor dentro de la URSS, debido a la sentencia de muerte que ha sido dictada contra mí como escritor.

Podemos considerar que Zamiatin tuvo suerte, pues consiguió autorización para exiliarse a París, ciudad en la que falleció en 1937. No se puede decir lo mismo con Vladímir Maiakovski (1893-1930), quien se suicidó, entre otras cosas por el calvario que sufrió debido a las trabas que puso el régimen a La chinche, una «comedia mágica en nueve cuadros» que se estrenó en 1929. Al desagradable y casposo obrero Prisipkin lo congelan durante cincuenta años. Despierta en el futuro, donde lleva consigo la epidemia de la holgazanería, convertido en un parásito, una «chinche» que termina exhibida en el parque zoológico junto con un gran cartel de advertencia: «¡Cuidado! Esto escupe». Por lo visto, la obra no sienta muy bien a Stalin (dicho sea de paso, verdadero aficionado al teatro), quien, después de haber calificado a Maiakovski como «el poeta más grande de nuestra época», lanza contra su persona una campaña de acoso y derribo. El antaño bardo oficial de la Revolución se pega un tiro en el corazón en 1930, tal vez agobiado por la presión a que lo sometió el régimen. Paradojas de la vida, a su muerte se instaura un auténtico culto oficial a su obra poética.


A Mijaíl Bulgákov (1891-1940) no se le permite ninguna de las dos formas de evasión física (exilio o suicidio) que hemos visto, de modo que sus últimos años transcurren como un muerto en vida, silenciado, dentro de su mundo. En esa tesitura produce la mejor novela fáustica de todos los tiempos, El Maestro y Margarita; ya había escrito dos recomendables incursiones en la ciencia ficción a lo H. G. Wells: Los huevos fatales (1924)  y Corazón de perro (1925). Vaya por delante de todo que es mi escritor favorito, pero ya publiqué un artículo sobre su obra literaria en el número 6 de la revista Cyber Fantasy (que rescaté para el blog, y que podéis leer si seguís este enlace).


Hemos visto, pues, cómo evoluciona la ciencia ficción durante los primeros años del régimen soviético. Más tarde, ya después de la segunda guerra mundial, se asienta y produce otras obras y autores destacables, como las de Iván Yefrémov, o los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, pero son materia para otros ensayos, que tal vez me anime a escribir más adelante.

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