Cines de barrio
Oh, el Dúplex y sus dos salas. Cuántas tardes me habré pasado aquí, hasta bien entrada mi etapa de universitario. Si mal no recuerdo, aquí vi Grand Canyon, lo que demuestra que o bien me falla la memoria o bien hubo una época, hacia el final, en que dejó de ser cinestudio y se convirtió en cine de estreno. Mis hermanos llevaban los programas de mano casi desde que tengo recuerdo, y, cuando fui yo quien comenzó a frecuentarlo, me valí de esos programas para recortar las carátulas con las que luego adornaba mis carpetas. Cuando salíamos, nos acercábamos al Burger King de Diego de León, a merendar. Aquí vi, por ejemplo, Érase una vez en América, las dos partes, del tirón, en un pase doble. Y muchas más.
Sin embargo, mi cinestudio de referencia siempre ha sido y será el Fantasio. No solo porque es el cine que tengo más cerca de casa de mi madre, sino porque es el sitio en el que más horas eché entre tercero de BUP y primero de carrera; más que en mi casa, diría yo. Ya fuera solo, ya fuera con mis compañeros de insituto (y, más tarde, de universidad), aquí fue donde adquirí la mayor parte de mi culturilla cinéfila. Muchas veces entraba cuando comenzaba el primer pase, a las cuatro de la tarde, y no salía hasta que finalizaba el último, que en ocasiones consistía en la repetición del primero. De este modo podías pasarte una tarde-noche entera viendo, por ejemplo, Los hermanos Marx en el Oeste, Sopa de ganso y Una noche en la ópera, o Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo, pero no se atrevía a preguntar, El dormilón y La última noche de Borís Grushenko. También había macarradas en plan Fuego en el cuerpo y El corazón del ángel de una tacada, o programas gloriosos como Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance y La diligencia, o festivales de Bogey con Tener y no tener, El sueño eterno y Casablanca. El súmmum fue un programa con las dos partes de Novecento, así, del tirón. (De todos modos, debo reconocer que la cosa más bizarra que he visto en un cinestudio no fue aquí, sino en el Griffith, en la calle de Santa Engracia, donde me tragué Solaris, de Tarkovski, Dune, de Lynch, y Solaris, otra vez, de propina. Luego, claro, tenía que salir a toda leche para no perder el último metro en Cuatro Caminos.)
Pero mi primer recuerdo del Fantasio, sin embargo, data de antes de que se convirtiera en cinestudio. Durante mucho tiempo, puede que un año, proyectaron allí 2001, una odisea del espacio. Yo tendría cinco años y, evidentemente, no la vi en aquel momento (aunque sí lo hice allí mismo, en el Fantasio, años después, en programa doble con 2010: Odisea dos, que recuerdo haber visto antes que la primera, gracias a lo cual conseguí entenderla, o eso creía yo). Llegué a familiarizarme con el cartel y, como yo tenía una imaginación desbordante y daba muestras del friqui en que iba a convertirme, no me costaba nada soñar con aquellas imágenes, esas fotos que podías ver junto a la taquilla, esos sueños de viajar, viajar, viajar a las estrellas.
También aquí se produjo uno de mis recuerdos más traumáticos. Sesión matinal, de esas en las que te intentaban vender la enciclopedia escolar de turno entre pase y pase de, qué sé yo, Viaje al centro de la Tierra, de Juan Piquer Simón, o La tierra olvidada por el tiempo. Yo, que no debía de tener ni seis años, salgo al estrado, porque han pedido voluntarios para cantar alguna canción, o un chiste, o lo que fuera. Recuerdo que tenía la intención de cantar el "Frère Jacques", que había aprendido en Santa Bernardita y que entonaba con pizpireto acento franco-madrileño de quien no tiene ni la más remota idea de lo que está cantando (durante años creí que aquello se escribía "Fregu saque"). Sin embargo, me puse a mil, perdí los nervios, y me salió una sarta de incoherencias en free-style casi rapeado, la historia (en castellano) de un niño que hacía travesuras y su mamá le reía la gracia, o algo así. El público se descojonaba, yo interpreté que se estaban riendo de mí y de aquella marcianada improvisada (lo cual, probablemente, era cierto), ni siquiera recuerdo si me dieron el regalo que nos habían prometido a los que saliéramos a cantar o contar chistes o lo que fuera, y no recuerdo absolutamente nada más de lo que sucedió, porque a partir de aquel momento me invadieron unas tinieblas de color rojo sangre, o rojo vergüenza.
Luego, mira tú por donde, me he pasado cerca de treinta años suspendiendo todos los exámenes orales a los que me presentaba, e incapaz de dar charlas, conferencias, clases o cualquier tipo de interacción social que implicara el que yo llevara la voz cantante y hubiera un público pendiente de mí. Huelgan los comentarios.
Esta anécdota, triste, que me ha marcado de manera muy profunda, me saca de la ensoñación. ¿Cine? ¿Qué cine? El Fantasio ha corrido la misma suerte que todos los cines de mi barrio, excepto el Victoria. El subsahariano de la puerta, el que llama "Papi" o "Mami" a todo el mundo para parecer simpático, va a por mí, pero me zafo con esa práctica que da la experiencia; casi parece como si pudiera pasar a través de él, como si aún no estuviera allí, como si estuviera en su casa mientras yo salgo del Fantasio de ver, qué sé yo, un programa triple con El apartamento, Primera plana y Con faldas y a lo loco.
Ya he vuelto al mundo real, el de aquí y ahora, en el que no solo han desaparecido todos los cines de barrio, sino que también han cerrado casi todos los de la Gran Vía, y, si quieres ver cine, ya no te queda otra que irte a un centro comercial de las afueras o quedarte en casa, pirateando, y si, además, quieres ver buen cine no comercial, pues mejor te sacas el abono de la Filmoteca Nacional o te quedas en casa, pirateando. Esto vuelve a ser Madrid en enero de 2012, no en enero de 1988.
Y regreso a casa de mi madre, a preparar la comida y ponerme a hacer cajas.
Etiquetas: cine, pornografía emocional, vida cotidiana





























