viernes, 10 de febrero de 2012

Cines de barrio

Enero de 2012. Aprovecho que estoy en Madrid unos días para hacer cajas en el piso de mi madre. También tenemos que hablar acerca de qué haremos con el piso. Para variar, me he traído un cerro de trabajo, por lo que aprovecho los intervalos entre visita familiar y visita familiar para ir corrigiendo o haciendo informes de lectura. Apenas dispongo de tiempo; por eso, y porque lo sé, ya que esta visita va a ser exprés y, como dicen en Catalunya, per feina, nada más llegar al piso de mi madre y dejar las maletas, salgo a la calle para hacer unas cuantas compras básicas y, pertrechado con el teléfono móvil, decido sacar algunas instantáneas del barrio donde he crecido. 
Por el camino, percibo cómo la fisonomía de la ciudad ha cambiado de una manera apenas perceptible: el mobiliario urbano, los vehículos que transitan, los vestidos de la gente y las formas de los escaparates no son como hace un rato. Cuando me veo reflejado en los cristales de los comercios, veo a un adolescente con gafas, carpeta de instituto en una mano, y tal vez un Nueva Dimensión o un libro de Nebulae segunda época en la otra. No estoy del todo disconforme con el cambio, así que comienzo a comportarme como cuando tenía diecisiete años, y comienzo a vagar por el barrio, de cine en cine, a ver qué echan hoy, a ver en cuál de ellos podría meterme.


Este es el cine Salamanca. También funciona como teatro y sala de conciertos,  pero solo en ocasiones muy especiales. Aquí ha tocado Raimon, nada más morirse Franco, cuando oír cantar en catalán, nada menos que en el barrio de Salamanca, tenía un toque casi provocador. Es, en cierto modo, uno de los emblemas del barrio, un cine emblemático, y, además, uno de los más bonitos. Voy poco, pero a veces he entrado. En realidad, es más para #SeñorasQ.


Este otro cine es el Carlton. Está al lado de mi parvulario, el Santa Bernardita, y del practicante que me ponía las inyecciones, y de la comisaría de la calle Príncipe de Asturias. Aquí vine el día de mi primera comunión. Mi madre me invitó a ver la primera película de Supermán (la de Christopher Reeve, se entiende), y diría que aquí también vi las otras dos. (No, definitivamente no tengo en cuenta la cuarta, solo comparable a la segunda y la cuarta de Los Inmortales en cuanto a despropósitos.) No es que sea un gran cine, ni el mejor del barrio, pero le guardo cariño. Siempre que paso por delante me acuerdo de Richard Pryor, Gene Hackman y los malos malosos de la segunda entrega de la saga.


El cine Victoria. He ido mucho al cine Victoria, aunque perdió gracia cuando lo convirtieron en multicines. Cine de barrio donde los haya, al otro lado de Francisco Silvela, en la Guindalera, donde el distrito de Salamanca ya no es el barrio de Lista, ni mucho menos el de Salamanca, y se llena de gente que viene de Hortaleza, Canillas o Prosperidad, gente que coge el 72 o la línea 4 en Diego de León, se va de tapas al bar de la esquina, donde también puedes comprar pollos asados, ve alguna peli con los niños, y o bien se baja al Corte Inglés de Goya o bien regresa a sus dominios, sin necesidad de pasar por el espanto de las aglomeraciones del centro. O gente que está en el Hospital de la Princesa y necesita salir un ratito a desahogarse y desentenderse de las enfermedades que allí se ven, y se dedica a joderme la foto, por ejemplo. 


Un respeto, que aquí está el cine Peñalver. Aquí se estrenó nada más y nada menos que Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, la ópera prima de Pedro Almodóvar, lo que quiere decir que, con permiso del Fernando Colomo de Tigres de papel, la pantalla de plata de esta sala vio nacer la Movida Madrileña. Por esta calle de Conde de Peñalver desfilaron Alaska, Carmen Maura y Félix Rotaeta, convencidos de que aquello era una fotonovela en movimiento: aún no existía el término photo call. Cabe suponer que, después, se fueron de copas o concierto a Rock-Ola, que no es que esté al lado, pero no está muy lejos si aprietas el paso.
Si siempre he asociado el Carlton con Supermán, la imagen que me viene cuando paso por delante de este cine es Indiana Jones. Aquí vi las tres primeras entregas de la saga de Spielberg. Salía del cine y me pasaba semanas y semanas jugando con mis Geyper-Man a cosas que, en realidad, no eran sino variantes de la última película que hubiera visto de la saga. El Geyper-Man nazi le hacía la vida imposible al aventurero, que al final trepaba hasta lo más alto de la librería del salón y rescataba el objeto mágico, probablemente alguna de las figuritas precolombinas de mentira que los laboratorios farmacéuticos regalaban a mi padre.




Oh, el Dúplex y sus dos salas. Cuántas tardes me habré pasado aquí, hasta bien entrada mi etapa de universitario. Si mal no recuerdo, aquí vi Grand Canyon, lo que demuestra que o bien me falla la memoria o bien hubo una época, hacia el final, en que dejó de ser cinestudio y se convirtió en cine de estreno. Mis hermanos llevaban los programas de mano casi desde que tengo recuerdo, y, cuando fui yo quien comenzó a frecuentarlo, me valí de esos programas para recortar las carátulas con las que luego adornaba mis carpetas. Cuando salíamos, nos acercábamos al Burger King de Diego de León, a merendar. Aquí vi, por ejemplo, Érase una vez en América, las dos partes, del tirón, en un pase doble. Y muchas más.


Sin embargo, mi cinestudio de referencia siempre ha sido y será el Fantasio. No solo porque es el cine que tengo más cerca de casa de mi madre, sino porque es el sitio en el que más horas eché entre tercero de BUP y primero de carrera; más que en mi casa, diría yo. Ya fuera solo, ya fuera con mis compañeros de insituto (y, más tarde, de universidad), aquí fue donde adquirí la mayor parte de mi culturilla cinéfila. Muchas veces entraba cuando comenzaba el primer pase, a las cuatro de la tarde, y no salía hasta que finalizaba el último, que en ocasiones consistía en la repetición del  primero. De este modo podías pasarte una tarde-noche entera viendo, por ejemplo, Los hermanos Marx en el Oeste, Sopa de ganso y Una noche en la ópera, o Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo, pero no se atrevía a preguntar, El dormilón y La última noche de Borís Grushenko. También había macarradas en plan Fuego en el cuerpo y El corazón del ángel de una tacada, o programas gloriosos como Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance y La diligencia, o festivales de Bogey con Tener y no tener, El sueño eterno y Casablanca. El súmmum fue un programa con las dos partes de Novecento, así, del tirón. (De todos modos, debo reconocer que la cosa más bizarra que he visto en un cinestudio no fue aquí, sino en el Griffith, en la calle de Santa Engracia, donde me tragué Solaris, de Tarkovski, Dune, de Lynch, y Solaris, otra vez, de propina. Luego, claro, tenía que salir a toda leche para no perder el último metro en Cuatro Caminos.)
Pero mi primer recuerdo del Fantasio, sin embargo, data de antes de que se convirtiera en cinestudio. Durante mucho tiempo, puede que un año, proyectaron allí 2001, una odisea del espacio. Yo tendría cinco años y, evidentemente, no la vi en aquel momento (aunque sí lo hice allí mismo, en el Fantasio, años después, en programa doble con 2010: Odisea dos, que recuerdo haber visto antes que la primera, gracias a lo cual conseguí entenderla, o eso creía yo). Llegué a familiarizarme con el cartel y, como yo tenía una imaginación desbordante y daba muestras del friqui en que iba a convertirme, no me costaba nada soñar con aquellas imágenes, esas fotos que podías ver junto a la taquilla, esos sueños de viajar, viajar, viajar a las estrellas.
También aquí se produjo uno de mis recuerdos más traumáticos. Sesión matinal, de esas en las que te intentaban vender la enciclopedia escolar de turno entre pase y pase de, qué sé yo, Viaje al centro de la Tierra, de Juan Piquer Simón, o La tierra olvidada por el tiempo. Yo, que no debía de tener ni seis años, salgo al estrado, porque han pedido voluntarios para cantar alguna canción, o un chiste, o lo que fuera. Recuerdo que tenía la intención de cantar el "Frère Jacques", que había aprendido en Santa Bernardita y que entonaba con pizpireto acento franco-madrileño de quien no tiene ni la más remota idea de lo que está cantando (durante años creí que aquello se escribía "Fregu saque"). Sin embargo, me puse a mil, perdí los nervios, y me salió una sarta de incoherencias en free-style casi rapeado, la historia (en castellano) de un niño que hacía travesuras y su mamá le reía la gracia, o algo así. El público se descojonaba, yo interpreté que se estaban riendo de mí y de aquella marcianada improvisada (lo cual, probablemente, era cierto), ni siquiera recuerdo si me dieron el regalo que nos habían prometido a los que saliéramos a cantar o contar chistes o lo que fuera, y no recuerdo absolutamente nada más de lo que sucedió, porque a partir de aquel momento me invadieron unas tinieblas de color rojo sangre, o rojo vergüenza.
Luego, mira tú por donde, me he pasado cerca de treinta años suspendiendo todos los exámenes orales a los que me presentaba, e incapaz de dar charlas, conferencias, clases o cualquier tipo de interacción social que implicara el que yo llevara la voz cantante y hubiera un público pendiente de mí. Huelgan los comentarios.
Esta anécdota, triste, que me ha marcado de manera muy profunda, me saca de la ensoñación. ¿Cine? ¿Qué cine? El Fantasio ha corrido la misma suerte que todos los cines de mi barrio, excepto el Victoria. El subsahariano de la puerta, el que llama "Papi" o "Mami" a todo el mundo para parecer simpático, va a por mí, pero me zafo con esa práctica que da la experiencia; casi parece como si pudiera pasar a través de él, como si aún no estuviera allí, como si estuviera en su casa mientras yo salgo del Fantasio de ver, qué sé yo, un programa triple con El apartamento, Primera plana y Con faldas y a lo loco.
Ya he vuelto al mundo real, el de aquí y ahora, en el que no solo han desaparecido todos los cines de barrio, sino que también han cerrado casi todos los de la Gran Vía, y, si quieres ver cine, ya no te queda otra que irte a un centro comercial de las afueras o quedarte en casa, pirateando, y si, además, quieres ver buen cine no comercial, pues mejor te sacas el abono de la Filmoteca Nacional o te quedas en casa, pirateando. Esto vuelve a ser Madrid en enero de 2012, no en enero de 1988.
Y regreso a casa de mi madre, a preparar la comida y ponerme a hacer cajas.


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jueves, 19 de mayo de 2011

"Entre tinieblas", de Pedro Almodóvar, en Estudiodecine. Escuela de cine digital

Ayer volví a dar una clase en el máster de historia del cine en 50 películas de Estudiodecine. Escuela de cine digital. Fue la segunda del año, después de la de El extraño viaje, de Fernando Fernán-Gómez, que comenté en marzo, y se adelantó tres semanas, debido a reajustes de programación. En esta ocasión destripamos Entre tinieblas, de Pedro Almodóvar, y para mi asombro y satisfacción gustó a todos los alumnos. Se rieron mucho, les sorprendió la frescura y originalidad de Almodóvar, destacaron la paleta de colores de las escenas más kitsch, el empleo de la música y, sobre todo, la fortísima impresión que causa ver esa comunidad de monjas anarco-yonquis-masoquistas que es la orden de las Redentoras Humilladas. Así pues, cabe calificarla de sorpresa agradable.


Como resulta imposible entender Entre tinieblas sin el trasfondo político-artístico-cultural de lo que fue la movida madrileña, insistí bastante en el asunto.
Comencemos por el póster promocional, obra del grandísimo Iván Zulueta, director de la que muchos consideramos la mejor película española de la historia: Arrebato (en la que, por cierto, Almodóvar doblaba a uno de los personajes). Uno de los protagonistas de la mítica cinta, Will More, actúa aquí encarnando a Jorge, el novio yonqui de Yolanda cuya muerte por sobredosis de heroína adulterada con estricnina da pie a la huida de esta a la comunidad de las Redentoras Humilladas.
Sigamos por el trasfondo musical. Hablamos largo y tendido de la movida madrileña, de cómo el largo plano inicial de los títulos de crédito (clavadito, por cierto, a un cuadro de Antonio López) parece estar tomado desde el edificio de Torres Blancas, justo enfrente de donde se emplazaba la mítica sala Rock-Ola, que vio algún que otro concierto antológico de Almodóvar y McNamara, de los vínculos de nuestro director con la revista La Luna de Madrid (donde publicó por entregas su folletín Patty Diphusa) y con buena parte de las mentes pensantes y cantantes de aquellos tiempos de locura y drogas, como Alaska, Poch o Bernardo Bonezzi.

Como buena película de transición, Entre tinieblas marca el paso de la etapa puramente macarra, pop, punk o de la movida a una etapa mucho más seria, que se suele llamar 'felliniana' pero que en realidad debe más "al folletín mexicano, las películas de Sara Montiel, el melodrama a lo Douglas Sirk y el tebeo underground", como la definió con gran acierto José Luis Guarner. Después de un rodaje de un año, la prácticamente autofinanciada Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), y otro pagado por los cines Alphaville, Laberinto de pasiones (1982), Almodóvar consigue negociar, por fin, con una productora establecida, Tesauro, aunque el precio a pagar es la imposición de la actriz principal, Cristina Sánchez Pascual, a la sazón esposa del productor. Cuesta no pensar en este episodio cuando se analiza Los abrazos rotos (2009), aunque Chicas y maletas, la película que rueda Mateo Blanco durante su idilio con Magdalena, sea un claro trasunto de Mujeres al borde de un ataque de nervios. Almodóvar ha contado en alguna ocasión que, en vista de que no era capaz de extraer una gran interpretación de la protagonista, decidió centrarse en la comunidad de las Redentoras Humilladas, esas brillantísimas hermana superiora (Julieta Serrano), sor Estiércol (Marisa Paredes), sor Víbora (Lina Canalejas), sor Perdida (Carmen Maura) y la extraordinaria sor Rata de Callejón (Chus Lampreave). Aparte de constituir el primero de los llamados 'gineceos' de Almodóvar, demuestra el talento de nuestro director a la hora de dirigir actrices, al tiempo que conforma la primera película con personajes "de carne y hueso", una galería inolvidable en la que caben una yonqui enamorada, una sadomasoquista adicta a los tripis, una mojigata que literalmente se queda para vestir santos, una obsesivo compulsiva de la limpieza y una escritora de novela romántica. Las situaciones que producen rozan la carcajada y el llanto, pero sobre ellas destaca la peculiar relación de amor no correspondido entre Yolanda y la madre superiora, quien es consciente de que no va a ser correspondido, y dado su afán por mortificarse, entra en el juego. A su vez, Yolanda quiere librarse de la sombra de su novio muerto y, como sucede en la canción "Historia de play-back", de Radio Futura, alguien dicta en la sombra y ella solo mueve los labios. Es muy interesante la escena en la que Yolanda lee en el diario de Jorge cómo él no hizo sin manipularla y, a continuación, repite el texto que acaba de leer, palabra por palabra, a la madre superiora.
La historia de amor no correspondido da lugar al momento más brillante de la película, en el que Yolanda y la madre superiora cantan juntas un bolero de Lucho Gatica, y también al más impactante desde el punto de vista visual, y que con toda justicia podríamos considerar como el punto culminante del cine kitsch español:
Nótese la letra de la canción, que se suele interpretar como equívoca, pero que en realidad es una declaración de desamor en toda regla: Yolanda deja claro a la madre superiora qué intenciones tiene con respecto a ellas dos. Este pasaje se basa en un suceso de la vida de Almodóvar, que documentó en su relato "La visita", que dio origen a La mala educación (2004). También está recogido, aunque de manera no tan explícita, en una escena de La ley del deseo (1987), en la que Carmen Maura canta en presencia de su antiguo profesor, que no la reconoce debido a su condición de transexual.
Se habló de más cosas, porque la hora y pico de debate dio para mucho. Como la charla posterior a El extraño viaje había quedado demasiado densa, me apetecía darle un toque más lúdico a esta, de modo que añadimos varios extras; pudimos ver algunos, y otros no, debido al formato de los archivos. Así pues, los incluyo todos aquí. En primer luga, el tráiler oficial de Entre tinieblas, que se aparta en cierto modo de la costumbre española de destripar las películas contando el argumento de arriba abajo:
A continuación, tres canciones de Almodóvar & McNamara, con lo que habrían escuchado cuatro canciones suyas a lo largo de la tarde, ya que "Suck It to Me" suena como música de fondo en la escena en que la madre superiora visita a su ex discípula y sin embargo camella para pedirle prestado:
Y, por último, una rareza: el último cortometraje de Pedro Almodóvar realizado en Super 8: "Salomé" (1978):
Espero que la clase gustara a los alumnos tanto como a mí me gustó impartirla. Espero poder repetir experiencias en la próxima edición del máster.

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martes, 22 de marzo de 2011

"El extraño viaje", de Fernando Fernán Gómez, en Estudiodecine. Escuela de cine digital

El año pasado di un par de charlas en el máster de historia del cine en 50 películas de Estudiodecine. Escuela de cine digital. No debieron de quedar muy mal, porque este año repito. Ayer glosé las excelencias de El extraño viaje, la obra maestra de Fernando Fernán Gómez, y en junio toca hablar de Entre tinieblas, de Pedro Almodóvar.



Después de que la inmensa mayoría de los alumnos tuvieran el privilegio de ver El extraño viaje por primera vez (es difícil de encontrar, y, que yo sepa, solo hay un par de ediciones en DVD), comenzamos un debate que me comprometo a convertir en ensayo, porque la verdad es que fue de lo más enjundioso.

Hablamos, en primer lugar, de la vida y milagros de Fernando Fernán Gómez (Lima, 1921-Madrid, 2007), su papel capital dentro del cine, el teatro y la televisión españoles de los últimos setenta años, sus facetas de director, actor y escritor, y diversos lances de su bastante agitada biografía, que él mismo narró de manera apasionante en El tiempo amarillo.
En cuanto a los temas concretos de la película, insistimos mucho en el final, demasiado precipitado, y en el final alternativo, muchísimo más rico pero no disponible en la edición en DVD. 
El principio de la película también llamó la atención, desde esos títulos de crédito que te destripan la actualidad española de un día cualquiera de comienzos de la década de 1960 hasta esa inmensa secuencia de ocho minutos en la que, a través de algo tan aparentemente banal como un baile de pueblo, se hace el retrato más implacable de la España profunda de la época franquista. La ensayista Áurea Ortiz define este pueblo sin nombre como "el gemelo malvado de Villar del Río" (el pueblo de Bienvenido, Míster Marshall), y la verdad es que no se me ocurre ninguna otra definición mejor de ese lugar donde todo el mundo espía a todo el mundo: los ancianos, a la joven descocada; los pueblerinos jóvenes, a los ancianos que espían a la joven descocada; la rica del pueblo, a sus habitantes; los hermanos tontos de esta, a ella; las viejas arpías del pueblo, a la novia mojigata ("No sé qué van a dejar para el matrimonio", comentan tras un inocente abrazo), y esta, en la secuencia final, a su novio taimado y sin escrúpulos. Pocas veces el control social ha quedado retratado de una manera tan implacable y, al mismo tiempo, divertida. En ese aspecto, la imagen del corsé que aparece justo después de los títulos de crédito iniciales es más que premonitoria.
También es un estudio impecable de la contraposición entre libertad sexual (muy, pero que muy inocente) y represión sexual (que da origen a psicopatologías muy, pero que muy chungas). El twist inicial de Angelines (Sara Lezana) lo resume a su perfección.
Las influencias externas, en particular las hitchcockianas (Rebeca, Psicosis y Los pájaros están presentes en muchos planos) y las berlanguianas (no hay que olvidar que Luis García Berlanga es el autor de la idea original, plasmada en el primer y magnífico guion de Pedro Beltrán), no se pasaron por alto a los alumnos, y pudimos desarrollarlas largo y tendido.
También contamos abundantes anécdotas, como que, en principio, el papel de Rafaela Aparicio, la infantil y más manipuladora de lo que parece Paquita, lo iba a interpretar Jesús Franco, quien acabó interpretando a su hermano Venancio. O que Carlos Larrañaga no era la primera opción para hacer de Fernando, papel que podría haber recaído en Jaime de Mora y Aragón o en Ismael Merlo. 
Por último, especulamos acerca de si hubo censura o no. Fernán Gómez comentó en cierta ocasión que tal vez le hicieron un favor retrasando el estreno de la película cinco años, pues ese pase casi clandestino (en un cine de barrio madrileño, en una sesión doble con una película del Oeste) sirvió para la que la crítica de la época comenzara a reivindicarla y la alzase a la altura de obra maestra del cine español de todos los tiempos, mientras que, de haberse estrenado en 1964, tal vez habría pasado desapercibida. Nunca lo sabremos.
Como digo, más adelante ampliaré estas notas y las convertiré en un ensayito, que digo yo que aparecerá en este blog. Mientras tanto, os recomiendo encarecidamente que veais esta joyita que, en palabras del propio Fernán Gómez, mezcla tres elementos dispares: terror, erotismo y zarzuela.

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viernes, 21 de mayo de 2010

Luis Buñuel y Derek Jarman en Estudiodecine

Mi proactividad se extiende también al cine. Gracias a Andrés Villa, este año he impartido dos clases en la IV edición del máster de historia del cine en 50 películas que Antonio José Navarro dirige para Estudiodecine. Escuela de cine digital.  El 15 de febrero hablé de Él, una de las mejores películas de Luis Buñuel, y el 16 de mayo comenté los entresijos de Sebastiane, la ópera prima del británico Derek Jarman

La dinámica del máster permite el debate, ya que la charla se produce justo después de la proyección de la película, con el visionado aún reciente. Pese a que Sebastiane no terminó de gustar y Él entusiasmó a los alumnos, lo cierto es que ambas charlas resultaron muy interesantes. 
No preparé ningún texto como los que sí dediqué a otras conferencias y charlas en las que he participado (léanse, por ejemplo, mis disertaciones sobre Stanislaw Lem y George Orwell). Sí tomé abundantes notas y elaboré prolijos esquemas con los que articular las charlas. Prefiero no colgarlos en el blog, dado que son muy esquemáticos, apenas unos guiones de trabajo de los que tirar por si se me pasaba algún tema relevante. Permitidme, pues, que los elabore y cuelgue en el blog más adelante, cuando se hayan convertido en textos legibles. Una advertencia: no se tratará de reseñas propiamente dichas ni contendrán tesis alguna, ya que se trataba de ofrecer una visión divulgativa para alumnos de un máster; por lo tanto, se tratará más bien de una exposición de los aspectos más relevantes de las biografías y filmografías de sus respectivos directores, así como un repaso a los temas principales de las películas. Eso sí, necesito algo de tiempo para elaborarlos.




Releo mis notas y no puedo dejar de tener la impresión de que las charlas estuvieron más centradas en las personalidades de los directores, algo que resulta comprensible en un curso introductorio: se trataba de escoger películas representativas de las obras de esos directores. Y ambas lo son.


Luis Buñuel (1900-1983)

Derek Jarman (1942-1994)


Así pues, y coming soon, sendos artículos sobre Él y Sebastiane, respectivamente. Mientras tanto os dejo con algunas imágenes de las películas. 




Y, por supuesto, os las recomiendo.

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miércoles, 26 de marzo de 2008

Rafael Azcona (1926-2008)

Cuando muere el autor de los guiones más inteligentes de la historia del cine español, cualquier palabra que se escriba es completamente superflua. Ahí nos quedan El verdugo, Plácido, Tamaño natural y la serie Patrimonio Nacional, de Luis García Berlanga; El pisito, El cochecito y La gran comilona, de Marco Ferreri; El año de las luces, Belle époque y La niña de tus ojos, de Fernando Trueba; El bosque animado y La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda; La prima Angélica y ¡Ay, Carmela!, de Carlos Saura... Como el listado es casi interminable, selecciono dos fragmentos de la que para mí es la película española: El verdugo.




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miércoles, 1 de agosto de 2007

Bienvenido, Míster Bergman

La Muerte se cansó de posar y se llevó a Ingmar Bergman. También a Michelangelo Antonioni: una doble pérdida. Ya quedan menos directores clásicos.
De Bergman siempre recordaré El séptimo sello, una de las películas que mejor retratan la mentalidad medieval y la Danza de la Muerte, además de una escuela inagotable de cine: en cada nuevo visionado puedes aprender algo nuevo sobre encuadres, diálogos y, sobre todo, sensibilidad. Es, con diferencia, la película suya que más he disfrutado. También reconozco haberme emocionado con Fresas salvajes y Fanny y Alexander: la primera, por el conmovedor retrato de un maduro al borde de la muerte; la segunda, por la imagen de dos niños desprotegidos frente al rígido mundo adulto.
Y siempre, la muerte (la Muerte) como destino ineludible.
No obstante, las tres películas citadas son otros tantos cantos a la libertad y la vida, de las que carecen los protagonistas. Al menos, así las quiero entender. Resulta paradójico, pues, que la imagen más célebre de la filmografía del autor sea la de una Muerte sensata, humilde y me atrevería a decir que humanista, que no necesita hablar en mayúsculas para que su mensaje sea inteligible. Puedo imaginármela jugando al ajedrez con Bergman, mientras comentan El séptimo sello, El manantial de la doncella o Persona, o hablan de las influencias de Bergman en Andrei Tarkovski o Lars von Trier.

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jueves, 5 de julio de 2007

En attendant Woody Allen

No podía ni imaginarme el revuelo que se iba a organizar con la estancia de Woody Allen en Barcelona, con motivo del rodaje de su próxima película. La gente sale a recibirlo adondequiera que va, no se habla de otra cosa que de los ojos de Scarlett Johansson y las canas del genial director neoyorquino y, en resumen, parece que al barcelonés medio el seny se le ha ido al carajo, y ya no le importan la derrota del Barça frente al Real Madrid en las pasadas ligas de fútbol y baloncesto, ni las recientemente arrancadas transferencias en materia de gestión de aeropuertos y trenes de cercanías (que a mí, personalmente, me parecen más una putada que un regalo de Madrid), ni de las broncas internas de Ciutadans per Catalunya y Esquerra Republicana de Catalunya. En resumen, Barcelona, ciudad cosmopolita donde las haya, espejo en el que se miran miles de japoneses amantes de la obra de Gaudí, sólo tiene ojos para las andanzas y paseítos de Woody Allen, Scarlett Johansson y Javier Bardem. Ni siquiera durante el rodaje de El perfume recuerdo tal revuelo: sólo noté que una noche iba paseando por el Gòtic y no pude pasar a la plaza de Sant Felip Neri, una de mis favoritas de la Ciudad Condal, porque estaban rodando una escena. Y aquello fue todo. Pero esto ha desbordado todas las expectativas.

Doy fe de ello, porque el otro día, mientras paseaba por las inmediaciones de la Villa Olímpica, me crucé con un grupo de curiosos y vecinos que estaban esperando la aparición de Woody Allen. Al final se quedaron un poco decepcionados, porque el director estadounidense pasó de largo, en vez de detenerse a departir con ellos y sacarlos de extras en la peli.

Pero basta de cháchara. Mejor que lo veais por vosotros mismos.



Y a lo que iba: que conste que Woody Allen me encanta, que es uno de mis directores favoritos y que le perdono deslices como la tontísima Scoop: sigue siendo el autor de Zelig, Manhattan, Annie Hall, Hannah y sus hermanas, Match Point, La Rosa Púrpura de El Cairo, El dormilón y Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero no se atrevía a preguntar.



Pero el espectáculo mediático-paleto que están montando a costa de su presencia en Barcelona me parece innecesario y de mal gusto. Como si no hubiera otros problemas en la ciudad. La vivienda y RENFE, sin ir más lejos.

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