viernes, 10 de febrero de 2012

Cines de barrio

Enero de 2012. Aprovecho que estoy en Madrid unos días para hacer cajas en el piso de mi madre. También tenemos que hablar acerca de qué haremos con el piso. Para variar, me he traído un cerro de trabajo, por lo que aprovecho los intervalos entre visita familiar y visita familiar para ir corrigiendo o haciendo informes de lectura. Apenas dispongo de tiempo; por eso, y porque lo sé, ya que esta visita va a ser exprés y, como dicen en Catalunya, per feina, nada más llegar al piso de mi madre y dejar las maletas, salgo a la calle para hacer unas cuantas compras básicas y, pertrechado con el teléfono móvil, decido sacar algunas instantáneas del barrio donde he crecido. 
Por el camino, percibo cómo la fisonomía de la ciudad ha cambiado de una manera apenas perceptible: el mobiliario urbano, los vehículos que transitan, los vestidos de la gente y las formas de los escaparates no son como hace un rato. Cuando me veo reflejado en los cristales de los comercios, veo a un adolescente con gafas, carpeta de instituto en una mano, y tal vez un Nueva Dimensión o un libro de Nebulae segunda época en la otra. No estoy del todo disconforme con el cambio, así que comienzo a comportarme como cuando tenía diecisiete años, y comienzo a vagar por el barrio, de cine en cine, a ver qué echan hoy, a ver en cuál de ellos podría meterme.


Este es el cine Salamanca. También funciona como teatro y sala de conciertos,  pero solo en ocasiones muy especiales. Aquí ha tocado Raimon, nada más morirse Franco, cuando oír cantar en catalán, nada menos que en el barrio de Salamanca, tenía un toque casi provocador. Es, en cierto modo, uno de los emblemas del barrio, un cine emblemático, y, además, uno de los más bonitos. Voy poco, pero a veces he entrado. En realidad, es más para #SeñorasQ.


Este otro cine es el Carlton. Está al lado de mi parvulario, el Santa Bernardita, y del practicante que me ponía las inyecciones, y de la comisaría de la calle Príncipe de Asturias. Aquí vine el día de mi primera comunión. Mi madre me invitó a ver la primera película de Supermán (la de Christopher Reeve, se entiende), y diría que aquí también vi las otras dos. (No, definitivamente no tengo en cuenta la cuarta, solo comparable a la segunda y la cuarta de Los Inmortales en cuanto a despropósitos.) No es que sea un gran cine, ni el mejor del barrio, pero le guardo cariño. Siempre que paso por delante me acuerdo de Richard Pryor, Gene Hackman y los malos malosos de la segunda entrega de la saga.


El cine Victoria. He ido mucho al cine Victoria, aunque perdió gracia cuando lo convirtieron en multicines. Cine de barrio donde los haya, al otro lado de Francisco Silvela, en la Guindalera, donde el distrito de Salamanca ya no es el barrio de Lista, ni mucho menos el de Salamanca, y se llena de gente que viene de Hortaleza, Canillas o Prosperidad, gente que coge el 72 o la línea 4 en Diego de León, se va de tapas al bar de la esquina, donde también puedes comprar pollos asados, ve alguna peli con los niños, y o bien se baja al Corte Inglés de Goya o bien regresa a sus dominios, sin necesidad de pasar por el espanto de las aglomeraciones del centro. O gente que está en el Hospital de la Princesa y necesita salir un ratito a desahogarse y desentenderse de las enfermedades que allí se ven, y se dedica a joderme la foto, por ejemplo. 


Un respeto, que aquí está el cine Peñalver. Aquí se estrenó nada más y nada menos que Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, la ópera prima de Pedro Almodóvar, lo que quiere decir que, con permiso del Fernando Colomo de Tigres de papel, la pantalla de plata de esta sala vio nacer la Movida Madrileña. Por esta calle de Conde de Peñalver desfilaron Alaska, Carmen Maura y Félix Rotaeta, convencidos de que aquello era una fotonovela en movimiento: aún no existía el término photo call. Cabe suponer que, después, se fueron de copas o concierto a Rock-Ola, que no es que esté al lado, pero no está muy lejos si aprietas el paso.
Si siempre he asociado el Carlton con Supermán, la imagen que me viene cuando paso por delante de este cine es Indiana Jones. Aquí vi las tres primeras entregas de la saga de Spielberg. Salía del cine y me pasaba semanas y semanas jugando con mis Geyper-Man a cosas que, en realidad, no eran sino variantes de la última película que hubiera visto de la saga. El Geyper-Man nazi le hacía la vida imposible al aventurero, que al final trepaba hasta lo más alto de la librería del salón y rescataba el objeto mágico, probablemente alguna de las figuritas precolombinas de mentira que los laboratorios farmacéuticos regalaban a mi padre.




Oh, el Dúplex y sus dos salas. Cuántas tardes me habré pasado aquí, hasta bien entrada mi etapa de universitario. Si mal no recuerdo, aquí vi Grand Canyon, lo que demuestra que o bien me falla la memoria o bien hubo una época, hacia el final, en que dejó de ser cinestudio y se convirtió en cine de estreno. Mis hermanos llevaban los programas de mano casi desde que tengo recuerdo, y, cuando fui yo quien comenzó a frecuentarlo, me valí de esos programas para recortar las carátulas con las que luego adornaba mis carpetas. Cuando salíamos, nos acercábamos al Burger King de Diego de León, a merendar. Aquí vi, por ejemplo, Érase una vez en América, las dos partes, del tirón, en un pase doble. Y muchas más.


Sin embargo, mi cinestudio de referencia siempre ha sido y será el Fantasio. No solo porque es el cine que tengo más cerca de casa de mi madre, sino porque es el sitio en el que más horas eché entre tercero de BUP y primero de carrera; más que en mi casa, diría yo. Ya fuera solo, ya fuera con mis compañeros de insituto (y, más tarde, de universidad), aquí fue donde adquirí la mayor parte de mi culturilla cinéfila. Muchas veces entraba cuando comenzaba el primer pase, a las cuatro de la tarde, y no salía hasta que finalizaba el último, que en ocasiones consistía en la repetición del  primero. De este modo podías pasarte una tarde-noche entera viendo, por ejemplo, Los hermanos Marx en el Oeste, Sopa de ganso y Una noche en la ópera, o Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo, pero no se atrevía a preguntar, El dormilón y La última noche de Borís Grushenko. También había macarradas en plan Fuego en el cuerpo y El corazón del ángel de una tacada, o programas gloriosos como Centauros del desierto, El hombre que mató a Liberty Valance y La diligencia, o festivales de Bogey con Tener y no tener, El sueño eterno y Casablanca. El súmmum fue un programa con las dos partes de Novecento, así, del tirón. (De todos modos, debo reconocer que la cosa más bizarra que he visto en un cinestudio no fue aquí, sino en el Griffith, en la calle de Santa Engracia, donde me tragué Solaris, de Tarkovski, Dune, de Lynch, y Solaris, otra vez, de propina. Luego, claro, tenía que salir a toda leche para no perder el último metro en Cuatro Caminos.)
Pero mi primer recuerdo del Fantasio, sin embargo, data de antes de que se convirtiera en cinestudio. Durante mucho tiempo, puede que un año, proyectaron allí 2001, una odisea del espacio. Yo tendría cinco años y, evidentemente, no la vi en aquel momento (aunque sí lo hice allí mismo, en el Fantasio, años después, en programa doble con 2010: Odisea dos, que recuerdo haber visto antes que la primera, gracias a lo cual conseguí entenderla, o eso creía yo). Llegué a familiarizarme con el cartel y, como yo tenía una imaginación desbordante y daba muestras del friqui en que iba a convertirme, no me costaba nada soñar con aquellas imágenes, esas fotos que podías ver junto a la taquilla, esos sueños de viajar, viajar, viajar a las estrellas.
También aquí se produjo uno de mis recuerdos más traumáticos. Sesión matinal, de esas en las que te intentaban vender la enciclopedia escolar de turno entre pase y pase de, qué sé yo, Viaje al centro de la Tierra, de Juan Piquer Simón, o La tierra olvidada por el tiempo. Yo, que no debía de tener ni seis años, salgo al estrado, porque han pedido voluntarios para cantar alguna canción, o un chiste, o lo que fuera. Recuerdo que tenía la intención de cantar el "Frère Jacques", que había aprendido en Santa Bernardita y que entonaba con pizpireto acento franco-madrileño de quien no tiene ni la más remota idea de lo que está cantando (durante años creí que aquello se escribía "Fregu saque"). Sin embargo, me puse a mil, perdí los nervios, y me salió una sarta de incoherencias en free-style casi rapeado, la historia (en castellano) de un niño que hacía travesuras y su mamá le reía la gracia, o algo así. El público se descojonaba, yo interpreté que se estaban riendo de mí y de aquella marcianada improvisada (lo cual, probablemente, era cierto), ni siquiera recuerdo si me dieron el regalo que nos habían prometido a los que saliéramos a cantar o contar chistes o lo que fuera, y no recuerdo absolutamente nada más de lo que sucedió, porque a partir de aquel momento me invadieron unas tinieblas de color rojo sangre, o rojo vergüenza.
Luego, mira tú por donde, me he pasado cerca de treinta años suspendiendo todos los exámenes orales a los que me presentaba, e incapaz de dar charlas, conferencias, clases o cualquier tipo de interacción social que implicara el que yo llevara la voz cantante y hubiera un público pendiente de mí. Huelgan los comentarios.
Esta anécdota, triste, que me ha marcado de manera muy profunda, me saca de la ensoñación. ¿Cine? ¿Qué cine? El Fantasio ha corrido la misma suerte que todos los cines de mi barrio, excepto el Victoria. El subsahariano de la puerta, el que llama "Papi" o "Mami" a todo el mundo para parecer simpático, va a por mí, pero me zafo con esa práctica que da la experiencia; casi parece como si pudiera pasar a través de él, como si aún no estuviera allí, como si estuviera en su casa mientras yo salgo del Fantasio de ver, qué sé yo, un programa triple con El apartamento, Primera plana y Con faldas y a lo loco.
Ya he vuelto al mundo real, el de aquí y ahora, en el que no solo han desaparecido todos los cines de barrio, sino que también han cerrado casi todos los de la Gran Vía, y, si quieres ver cine, ya no te queda otra que irte a un centro comercial de las afueras o quedarte en casa, pirateando, y si, además, quieres ver buen cine no comercial, pues mejor te sacas el abono de la Filmoteca Nacional o te quedas en casa, pirateando. Esto vuelve a ser Madrid en enero de 2012, no en enero de 1988.
Y regreso a casa de mi madre, a preparar la comida y ponerme a hacer cajas.


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10 Comments:

Blogger Ferran Moreno said...

Este post me recuerdo mucho el minipaseíto nostálgico de hace unos domingos, cuando os conté que el párquing de Galileu había sido el Cine Galileo y el centro comercial de la carretera de Sants, el cine Liceo. Todo cambia, y no siempre para mejor.

10 de febrero de 2012, 9:02  
Blogger Luis G. Prado said...

Te soluciono la duda del Dúplex, que como se ve en la foto es el que ha cerrado más recientemente: yo fui con alguna frecuencia en los años en que viví en Maldonado, y creo recordar que la última película que vi allí fue _El jardinero fiel_, así que sí, en aquella época relativamente cercana era un cine de estrenos comerciales.

10 de febrero de 2012, 9:13  
Blogger Juanma said...

Ferran, el proceso es el mismo en todas partes. :( Yo me llevo el disgusto cuando voy a Madrid y paseo por mi barrio, pero cuando me bajo a la Gran Vía, lo flipo, directamente, porque ya solo quedan dos cines.

10 de febrero de 2012, 9:26  
Blogger Juanma said...

Luis, gracias por la acotación. Pues, entonces, el Dúplex ha cerrado hace relativamente poco, estando yo ya en Barcelona.

Si hubiera tenido más tiempo, habría prolongado el safari fotográfico por otros cines como el Velázquez, el Vergara, el Cid Campeador, el Alcalá Palace y el Carlos III. Creo que, como cines, solo quedan el Cid Campeador y medio Vergara (la otra mitad es un Vips).

10 de febrero de 2012, 9:29  
Blogger Nymeria Solo said...

Ay, qué pena. En todo Madrid ha pasado lo mismo, claro. En Vallecas llegó a haber hasta siete u ocho cines, entre Vallecas Villa y el Puente. Mi cine de la infancia era el Excelsior, allí vi "E.T.", por ejemplo, y había otro cine de reestreno, el Bristol, en el que tuve la suerte de ver "La guerra de las galaxias" con 9 años (también en otra sesión me traumatizaron con "Todo es posible en Granada" de Manolo Escobar, era el peligro que tenía la sesión doble, te colaban cualquier cosa en la primera sesión). Hoy sólo hay unos multicines, los Ciné Cité de Méndez Álvaro, que ni siquieran están realmente dentro del barrio, sino al lado, en Pacífico, y lo que más me dolió fue cuando vi que habían dividido de mala manera el Excelsior (ni siquiera respetaron la fachada) entre un Lidl y un gimnasio. Mi infancia se quedó allí :_(.

Y, por supuesto, lo de la Gran Vía no tiene nombre.

10 de febrero de 2012, 9:34  
Blogger Juanma said...

Lo de respetar las fachadas debería ser obligatorio. Por lo que he visto en los cines de mi barrio, lo han respetado, aunque sea para hacer una tienda de muebles de oficina. Es una manera de recordar que allí hubo un cine. Pero echarlo todo abajo, sin más... Es eso, cargarse una época, y cargarse el barrio.

10 de febrero de 2012, 9:40  
Blogger Palomares said...

Es dramático. Bajando un poco más por Alcalá te habrías sencontrado con que ya no está ni el Benlliure (ahora unaa cadena de libros y música), ni el Canciller (ahora no es nada) ni el Aragón (ahora es un Sfera).

12 de febrero de 2012, 20:39  
Anonymous Carneiro said...

Felices vosotros que todavía tenéis cines antiguos, o se conservan sus fachadas. Donde vivo, ya no hay uno en 50 kilómetros. Todo lo que queda son salas en centros comerciales.
Los antiguos edificios han desaparecido convertidos en pisos o galerías comerciales.
Ciudades de 70.000 habitantes, como Ferrol, ya no tienen un solo cine. Antes, cada pueblo de 1000 o 500 habitantes de los alrededores tenía uno o dos. Eso sí, ahora hay centro comercial con mini salas fashion.
Bueno, perdón, queda uno, con entradas a un euro como única medida de salvación para ir tirando. Son unos románticos escondidos en un callejón. Solo ponen clásicos. Apenas les da para vivir. Más bien creo que no les da.
Los menciono porque se lo merecen: Cine Duplex.

13 de febrero de 2012, 14:44  
Anonymous Anónimo said...

Os recomiendo este blog.....mi blog , en el que hago homenaje a esos cines de los que habláis, que desgraciadamente, tan sólo perviven en el recuerdo de los que los frecuentaron....desgraciadamente no volverán, la vía pasa y las cosas dejan de existir, como la vida misma, pero no quiero que futuras generaciones , se queden sin conocer lo que fueron esos antiguos cines, que nos hicieron pasar tan agradables ratos.

http://alberto-lapantallamagica.blogspot.com.es/

Saludos a todos

4 de agosto de 2013, 17:05  
Blogger Netcinearte said...

Hermoso relato. Cuántos recuerdos de aquellos Palacios Plebeyos. Gracias. Jorge

17 de mayo de 2016, 15:28  

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