viernes, 13 de enero de 2012

Obras completas (III): La forja de un friqui

Javi Ullán siempre cuenta cómo nos hicimos amigos.
Debió de ser en segundo o tercero de EGB. Éramos compañeros de clase desde primero, pero, por algún motivo, no nos hicimos amigos hasta una mañana, en el recreo. Como yo era malísimo jugando al fútbol, me dedicaba a pasarme los recreos a mi puta bola, jugando yo solito en el patio, dando vueltas entre los soportales y el Castillo, o haciendo dibujitos sobre la arena del Foso. En esta tesitura me vio Javi una vez. 
--¿Qué estás haciendo? --me preguntó.
--Una nave espacial --le respondí--. ¿Te subes?
Y, treinta y tantos años después, seguimos siendo amigos.
No era un hecho aislado. Uno de mis primeros recuerdos conscientes es un sueño inspirado en Espacio 1999. O tal vez sea un recuerdo distorsionado de un episodio de Espacio 1999. El caso es que, con cuatro o cinco años, yo me quedaba pegado a las historias de Maya, la cambiaformas que viajaba a lo largo y ancho del universo en una nave espacial que no era sino la luna, arrancada de cuajo de su órbita por culpa de una explosión atómica. Mi suspensión de la incredulidad funcionaba a tope, porque años después, cuando Antena 3 echó a andar, recuerdo haber visto, en casa de José María Faraldo, y acompañado por Julián Díez, Susana Vallejo y Héctor Ramos, episodios de Espacio 1999, con el doblaje sudamericano que la hacía quedar como Cosmos 1999, y haberme horrorizado por la pésima calidad de aquel bodrio, por aquella delirante sarta de incoherencias.
Recuerdo, de refilón, haber visto The Thunderbirds. Y, los sábados por la tarde, tragarme películas de las de theremin en la banda sonora, tipo Planeta prohibido. Y una serie de televisión cuya acción transcurría en la Atlántida en el siglo veintitantos (sic), y películas con efectos de Ray Harryhausen y, por supuesto, Los siete de Blake, que emitían por las tardes, a las siete, y que me tenía completamente pegado a la silla. Como Dentro del laberinto (la serie británica, la de "¡Os niego en Nidus!", no la peli de Bowie). E incluso una serie francesa, protagonizada por Josep Maria Flotats, en la que había que descubrir a unos extraterrestres infiltrados, que solían ser calvos.
Con todos estos antecedentes, lo raro no es que yo haya salido lector de ciencia ficción, sino que no me metiera a saco en el género hasta los quince años. Había madera de friqui desde mi misma cuna.
Porque, claro, yo nací un año después de que mis padres se compraran una televisión, para poder ver la llegada del hombre a la luna. El punto culminante de la carrera de Jesús Hermida, visto por millones de españoles, algunos de los cuales (mi abuelita, por ejemplo) nunca llegaron a creerse del todo que aquello hubiera sido cierto. 
A mí me chiflaba la carrera espacial. También me gustaba todo lo relacionado con la astronomía. Durante estas Navidades pude hacer cajas con Cosmos, de Carl Sagan (el libro y la serie, en vídeo), un par de manuales de astronomía, un libro de astrofísica de Scientific American (que me debió de regalar mi padre: su manera de acercarse a mí después de irse de casa era regalarme cultura, y eso incluía astronomía, paleontología, prehistoria, historia, poesía y literatura existencialista) y una guía del sistema solar ilustrada por el mismo artista que había plasmado mis sueños de friqui en el Cosmos de Carl Sagan.
¿Qué más recuerdo haber visto en mi infancia? Capricornio Uno, por ejemplo. O el famoso documental Alternativa 3 que emitió Fernando Jiménez del Oso, con ese cangrejito furtivo que venía a "demostrar" que había marcianos; el cachondo no nos contó que era un falso documental, y yo, claro, me lo creí.
En primero de BUP escribí un relato de ciencia ficción, que he perdido o, mejor dicho, que me perdió mi profesor de literatura, el señor Gayo. Era la historia de un ingeniero genético español que llega a la luna con el encargo expreso de diseñar una mula adaptable a las condiciones lunares, para servir como bestia de carga en baja gravedad. De viaje a la base lunar, el ingeniero genético se extravía en la cara oculta de la luna, junto con un astronauta australiano y otro soviético, y tienen que apañárselas para regresar a la base, ayudados por la mula. A la vuelta de vacaciones se lo pedí al profesor, me salió con un pobre "Ah, pues debió de tirarlo la señora de la limpieza en junio", y así fue como, gracias a alguien que en teoría debería haber alentado mi vocación literaria, me quedé sin el único ejemplar de una historia de ciencia ficción, tal vez la primera que escribí.
Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que el primer dibujo que conservo sea... la llegada del hombre a la luna. Neil Armstrong (o "Amstrong", como lo escribí) posándose en una irreal Apollo XI y un paisaje que parece un decorado de cartón piedra de película de los años cincuenta.
Es un trabajo de clase para segundo de EGB. Yo tenía siete años, y hacía solo ocho que el hombre había llegado a la luna. Es probable que la ilustración fuera de temática libre, de modo que me dio por dar rienda suelta a mi imaginación. ¿Y acerca de qué quería dibujar aquel niño solitario de siete años que se pasaba los recreos jugando a naves espaciales? Pues eso: de naves espaciales. Pero de las de verdad. 
Como se suele decir, he aquí la forja de un friqui.



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11 Comments:

Blogger Cristina said...

La cara sonriente de "Amstrong" da cierto yuyu, sr. friki :P

13 de enero de 2012, 12:31  
Blogger Juanma said...

Es como si fuera el Joker el que llegó a la luna... :P

13 de enero de 2012, 12:32  
Anonymous Mambrila said...

Bueno, después de leer la entrada sólo me queda por decir que... ¡menos mal que decidiste dedicarte a la literatura y no al dibujo...!
Yo también me pasaba los recreos vagabundeando por la periferia de los tres mil partidos de fútbol que se desarrollaban simultáneamente y cuyos balones sentían una irresistible atracción por mi cara. Esos alrededores del pario estaban delimitados por vallas de alambre que producían enormes desgarrones en mis batas, cosa que mi madre no acababa de entender. Snif, snif, qué recuerdos...

13 de enero de 2012, 12:35  
Blogger Ferran Moreno said...

No es por malmeter, pero la nave parece un alienígena devorando astronautas... ;-)

13 de enero de 2012, 12:44  
Blogger Cristina said...

Por cierto, tendrías que titular estas entradas "Despierta el Friki que hay en ti" o algo por el estilo XDDDD

13 de enero de 2012, 13:24  
Blogger Juanma said...

tendrías que titular estas entradas "Despierta el Friki que hay en ti" o algo por el estilo XDDDD

O, más bien: "No hagas como yo, y te convertirás en una persona de provecho". :P

13 de enero de 2012, 14:04  
Blogger Juanma said...

¡menos mal que decidiste dedicarte a la literatura y no al dibujo...!

Un poquito de por favor, que solo tenía siete años y no había descubierto a Frazetta. :-P

13 de enero de 2012, 14:05  
Blogger Juanma said...

No es por malmeter, pero la nave parece un alienígena devorando astronautas... ;-)

La Apolo devorando a sus hijos. Parece un título de cuadro de Goya. :-D

13 de enero de 2012, 14:05  
Anonymous Carneiro said...

Yo jugaba bien al fútbol. Era un extremo izquierdo cojonudo (soy zurdo de pierna), de esos que los capitanes en el recreo escogían de los primeros.
Acabé siendo un friqui de igual manera. Así que debe ser cierto lo del destino.

Y la nave está inspirada en el comecocos. Fijo.

13 de enero de 2012, 14:57  
Blogger manu said...

Los siete de Blake, Dentro del laberinto... snif, qué tiempos más gloriosos.

Ojo, que yo siempre jugaba al fútbol en el patio y... salí como salí, ejem, ejem.

15 de enero de 2012, 19:46  
Blogger tramullas said...

Impresionante relato, me recuerda mi propia infancia, incluso las mismas series de culto...

30 de enero de 2012, 11:17  

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